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CAPÍTULO 9
A la mañana siguiente salieron temprano. Candy apenas tuvo tiempo de despedirse de Patricia y Alistair antes de que Sin los llevara rápidamente de vuelta a los cuatro al camino que conducía a Escocia.
Los días siguientes transcurrieron sin acontecimientos dignos de mención y estuvieron marcados únicamente por la terquedad con la que su esposo se negaba a reconocer la presencia de Candy.
Cuando llegaron al confín de las tierras de los MacWhite, ella ya estaba dispuesta a estrangularlo. Pero la visión de su hogar eclipsó momentáneamente toda la irritación que había estado sintiendo hacia su esposo.
¡Estaba en casa! Espoleando a su caballo, se adelantó a los demás.
Sin la alcanzó y la obligó a detenerse.
—¿Qué haces? —le preguntó ella.
—Estamos siendo observados.
Candy frunció el ceño.
—¿Por quién?
Sin no respondió.
—Archie, sube al chico a tu caballo y mantente alerta por si tienes que ponerlos a salvo a él y a Candy..
Archie obedeció sin hacer preguntas.
Acababa de sentar a Jimmy delante de él cuando un grito resonó a través del bosque. Candy sintió que se le aceleraba el pulso cuando dos veintenas de hombres surgieron de entre los árboles y los rodearon. Pero no era el miedo lo que hacía que su corazón latiese tan deprisa. Candy conocía a aquellos highlanders. Conocía y amaba todas y cada una de sus benditas caras.
Antes de que ella tuviera tiempo de parpadear, Sin desmontó para ponerse delante del caballo de Candy y desenvainar su espada, listo para enfrentarse con todos ellos. Su esposo podía haberla tratado con frialdad durante los últimos días, pero todavía estaba dispuesto a protegerla y luchar por ella. Era una buena señal.
—¡Deja libres a la muchacha y al chico o muere!
Sin dio un paso adelante.
—Tomer, por favor-dijo Candy, tratando de refrenar la apasionada naturaleza de sus parientes. —Me han traído hasta aquí.
Los cabellos grises de Tom estaban un poco enmarañados y su cara tenía nuevas arrugas. Miró escépticamente a Sin y Archie.
—¿Estás segura, palomita?
—Sí. —Ardía en deseos de decirles quién era Sin, pero se lo pensó mejor. Que los recibieran como amigos y luego ella se encargaría de asestar lo que sin duda iba a ser un golpe terrible para su tío.
Tomer les hizo una seña a los hombres para que envainaran las armas.
—En ese caso parece que te debemos una disculpa, inglés.
Sin envainó su espada sin decir nada y volvió a su caballo. Candy reparó en la rigidez del movimiento con el que se sentó sobre la grupa. Aquél era el Sin con el que se había encontrado en la escalera de la torreta, un hombre de sospecha y peligro.
Su familia mostraba la misma cautelosa reserva. Nadie, ni siquiera Dermot, la saludó abiertamente. Todos miraban a Archie y Sin, listos para empuñar las espadas ante cualquier provocación.
—Tío Tomer, tío Tom -gritó Jimmy excitadamente. —Lord Sin se ha casado con Candy, y además la desarmó.
Las palabras de Jimmy llenaron de temor a Candy, especialmente cuando Tomer les lanzó una mirada asesina a los dos caballeros.
—¿Y cuál de vosotros es ese lord Sin?
—Yo.
El aire entre los dos hombres se cargó de antagonismo.
—Nos casamos hace una semana, siguiendo los ritos que manda la Iglesia —añadió Candy, con la esperanza de aliviar un poco la tensión.
La expresión de Tomer se volvió todavía más fría.
—¿Te obligaron a casarte, muchacha?
Candy vio la expresión que apareció en los ojos de Sin, pero éste no dijo nada. Su esposo esperaba que ella lo traicionara, que lo dejara a merced de sus parientes.
—No, tío. Me casé con él voluntariamente.
—¿Es que te has vuelto loca? —rugió Dermot. Un destello de furia relució en el verde de sus ojos mientras el viento tiraba de sus largos cabellos castaños—. ¿Cómo se te ocurre traer aquí a un sassenach? ¿Dónde tienes la cabeza, mujer?
—Sigo teniéndola encima de los hombros, Dermot MacWhite, y no necesito que alguien como tú empiece a preocuparse por ella. Sin es mi esposo y nuestro sentido del honor te obliga a mostrarle respeto.
Dermot escupió en el suelo.
—Antes moriré que mostrarle respeto a ningún sa.…, —La frase quedó interrumpida cuando una daga pasó silbando a un par de centímetros de su cara.
Sin lo miró severamente.
—Vuelve a llamarme eso, muchacho, y, morirás por ello.
Dermot desenvainó su espada, pero Tam detuvo a su caballo cogiéndolo de las riendas antes de que pudiera hacerlo avanzar.
—Cálmate, muchacho. Tu hermana ha vuelto a casa. Dejemos que Tom v Candy resuelvan esto entre ellos.
La expresión de Dermot hubiese debido hacer desaparecer de la faz del mundo a su esposo. Sin parecía inmune a toda aquella hostilidad, y sin embargo algo le decía a Candy que no era así.
Todos mantuvieron la boca cerrada mientras Tomer los conducía al castillo de la familia de Candy. Si no hubiera sido por la rápida cháchara de Jimmy, el viaje habría transcurrido en el más completo silencio.
La madre de Jimmy fue corriendo hacia ellos apenas entraron en la sala. Martha era una mujer hermosa y esbelta con largos cabellos del mismo color castaño que Dermot. Sus bondadosos ojos azules se llenaron de alegría en cuanto los vio.
—¡Ay, mi pequeñín! —chilló, cogiendo en brazos a Jimmy y estrechándolo contra su amplio seno.
El muchacho empezó a patalear en señal de protesta mientras ella lo apretaba y besaba su cara una y otra vez.
Sin contempló cómo la mujer, que probablemente sólo tendría uno o dos años más que él, daba la bienvenida a su hijo. Había habido un tiempo, ya muy lejano, en el que había soñado con volver a casa para ser acogido de aquella manera. Pero cuando los otros chicos a los que se había traído de Escocia fueron enviados a sus casas por Enrique, lo único que recibió él fue una corta y seca nota enviada por su padre:
No quiero tener a un sassenach en mi casa. Haz lo que te plazca con él. No es bienvenido aquí, y nunca lo será.
Las viejas heridas volvieron a abrirse dentro de él, vertiendo un torrente de dolor que se esparció por todo su cuerpo.
—¿Mi señor?
Sin se dio la vuelta y empezó a quitarse los guanteletes.
Candy contempló su espalda con el ceño fruncido. La angustia que acababa de ver en sus ojos la había llenado de inquietud. Cuando pasó alrededor de él, vio que su rostro mostraba su expresión estoica habitual.
Martha se llevó arriba a Jimmy mientras Tom los conducía a ella, Sin, Archie y Dermot hasta su sala de consejos.
—No quiero que él esté aquí —dijo Dermot en gaélico. Candy lo vio todo rojo.
—Esa decisión no te corresponde tomarla a ti.
—Eso es lo que tú te crees. Él es inglés.
—Dermot, Candy, calmaos de una vez —les ordenó Tom—. Esto no nos llevará a ninguna parte. Y ahora dime, Candy, ¿qué pretendes que hagamos con él?
—Pretendo que le deis la bienvenida.
Tom se pasó la mano por sus cabellos grises.
—Eso es pedir demasiado, ¿no te parece, muchacha? Pasé la mejor parte de mi juventud combatiendo a los suyos. Igual que hizo tu querido y ya difunto padre. Quiero la paz con ellos tanto como tú, pero no a este precio.
Candy miró a su esposo, quien intercambió con Archie una mirada bastante hosca.
—Estamos faltando a la cortesía al discutir esto delante de él cuando no sabe ni una palabra de nuestra lengua.
—Su madre era una ramera, y si no puede entendernos más vale que lo envíes de vuelta a su casa.
—En una cosa tenéis razón. —Todos se quedaron helados cuando el gaélico impecable de Sin retumbó como un trueno a través de la sala—. Mi madre era una ramera, pero no tengo ninguna intención de irme a casa hasta que cesen las incursiones contra los ingleses. —Fue hacia Dermot y se detuvo ante él, tan cerca que las punteras de sus respectivas botas se tocaron—. Así que si quieres que me vaya lo único que has de hacer es firmar la paz.
—¿Dónde aprendiste a hablar nuestra lengua, muchacho?—preguntó Tomer—. Nunca he sabido de ningún sas… ningún inglés que la hablara tan bien.
Sin lanzó una mirada por encima del hombro.
—Estoy lleno de sorpresas.
Candy contuvo la respiración mientras los dos hombres se medían con la mirada. Al igual que Sin, su tío no estaba acostumbrado a que nadie cuestionara su suprema autoridad. Mandaba sobre su tierra con el poder de un rey, y todo el clan le debía la lealtad de la sangre.
Dirigió una mirada suplicante a Archie, con la esperanza de que si tenía lugar un combate él la ayudaría a separarlos.
Tomer entornó los ojos.
—Si piensas aunque sólo sea por un instante que permitiré que captures a alguno de los míos y los entregues a tu rey, estás lamentablemente equivocado.
Sin se volvió hacia él.
—Entonces os aconsejo que os aseguréis de que los rebeldes no hagan más incursiones.
—¿Cómo puedo hacer tal cosa cuando no tengo ni idea de quiénes son?
—Sois el jefe de este clan. No me digáis que no conocéis a cada uno de los hombres, mujeres y niños que viven en estas tierras. Si no conocéis a los rebeldes por su nombre, sin duda los conocéis por su reputación y sabéis cuáles de vuestros hombres tienen más probabilidades de ser culpables.
Dermot contempló con expresión despectiva a Sin y Archie.
—No son más que dos, tío. Yo digo que les cortemos el cuello y los enterremos y...
Sin llegó a sonreír ante la amenaza de Dermot mientras Archie, visiblemente divertido, enarcaba una ceja.
Cuando Sin habló, su tono fue bajo Y letal.
—Hombres mejores que tú lo han intentado, mocoso, y ahora yacen en sus tumbas por ello.
Dermot se irguió cuan alto era hasta desplegar toda su estatura juvenil, que aun así seguía quedando una cabeza por debajo de la de Sin.
—No me das miedo.
—Entonces eres demasiado estúpido para seguir viviendo. —Sin sacó una daga de su bota—. Ven aquí, muchacho, y te cortaré el cuello y así terminaré con nuestras respectivas cargas.
Por primera vez en su vida, Candy vio palidecer a su hermano.
—Sin— dijo, en un tono de chanza que esperaba los pondría de mejor humor y evitaría que se enfrentaran—, guarda eso antes de que Dermot piense que hablas en serio.
—Hablo en serio.
Ella puso los ojos en blanco mientras sentía inflamarse su propio temperamento.
—Dios, vosotros los hombres. Siempre tenéis que alardear y dároslas de valientes. —Cogió la daga de la mano de su esposo y volvió a envainársela en la bota—. La próxima vez te la confiscaré.
La expresión de incredulidad que apareció en el rostro de Sin fue risible. De hecho, Archie se echó a reír.
Candy se volvió hacia Dermot.
—Y tú… tú deberías avergonzarte. Ahora ve arriba a saludar a tu hermano y déjame hablar con Tomer sin tu atolondrada interferencia.
Sus palabras sólo consiguieron enfurecer todavía más a Dermot.
—Tengo tanto derecho como…
—¡Dermot, obedece! —le ordenó ella.
Su hermano salió de la sala mascullando juramentos.
—¡Ya no soy ningún niño! —gritó antes de cerrar la puerta tras de sí haciendo mucho ruido.
Candy respiró hondo. Al fin un momento de paz para tratar de negociar un milagro.
Se volvió hacia los hombres.
—Bueno, veamos, ¿por dónde íbamos?
—Tu tío te estaba explicando por qué él y el resto de su clan no pueden permitir que yo ponga los pies aquí.
—No es que tengamos nada personal contra vos —dijo Tomer—. Por fin he conseguido calmar a los rebeldes, y vuestra presencia aquí sin duda volvería a enardecerlos.
Sin cruzó los brazos encima del pecho.
—¿Fue vuestra autoridad la que los calmó o el hecho de que Enrique tuviera en su poder a Candy.
El rostro de Tomer adquirió un peculiar tono rojizo.
—No puedo dedicar mi tiempo a este tipo de cosas. Espero la llegada de una comitiva de aliados enviada por un clan del norte. Lo último que…
Sin se envaró.
—¿Con qué propósito vienen?
Tomer se puso todavía más rojo cuando vio que Sin se atrevía a interrogarlo sobre las actividades del clan.
—Eso no es asunto vuestro, maldito inglés.
Sin dio un paso adelante al tiempo que una ominosa advertencia oscurecía su rostro.
—Como consejero de Enrique…
—¡Por el nudillo de san Pedro, Candy! —exclamó Tom al tiempo que se volvía hacia ella para fulminarla con la mirada—. ¿No te parecía bastante con traerte a un inglés para que además tuviera que ser un consejero del rey?
Candy hizo como si no hubiera oído su pregunta. Al igual que Sin, quería saber quién venía y por qué.
—¿Quién viene hacia aquí, Tom? No veo qué puede haber de malo en que él lo sepa.
Un temblor palpitó en la mandíbula de Tom. Durante unos minutos no abrió la boca, mientras su mirada iba y venía entre ellos. Finalmente habló.
—Los MacArdley vienen hacia aquí.
Sin frunció el ceño.
—¿Alec MacArdley?
—¿Lo conoces? —preguntó Tomer.
Candy arqueó una ceja, muy sorprendida. Los MacArdley eran un clan estrechamente unido que ejercía un gran poder sobre sus compatriotas de las Highlands. Se decía que su líder, Alec, era más sabio que el rey Salomón y que en toda Escocia no había un guerrero más grande que él.
William MacArdley, por su parte, era una figura más mítica que real. La leyenda decía que había vivido en las colinas, donde practicó antiguas y negras artes que hacían acudir a las almas de los guerreros muertos para que habitaran su cuerpo. Un gigante entre los hombres, nunca había sido derrotado en combate.
Y Victor MacArdley… No había una sola muchacha en toda Escocia que no hubiera oído hablar él. Bello como un ángel, se decía que era capaz de seducir a cualquier mujer que se le cruzara en el camino. Cuando había que empuñar las armas, todos estaban de acuerdo en que las únicas personas que podían hacerle frente eran sus hermanos.
Nadie quería incurrir en la ira de un MacArdley.
Sin resopló.
—Sí, podríais decirlo así.
—¿Por qué han decidido venir? —preguntó Candy.
Tomer se sentó detrás de su escritorio y rebuscó minuciosamente entre los papeles.
—Como ellos no están enemistados con el rey Enrique, les pedí que acudieran con la esperanza de así poder alcanzar una paz que te trajese a casa. Ahora me temo que habrán hecho el viaje en vano. Pero da igual, les daré la bienvenida y les diré que regresen a sus tierras.
A Candy le pareció razonable y la llenó de alivio que Tom hubiera buscado una manera pacífica de recuperarla en vez de marchar sobre Londres y conseguir que lo mataran.
—¿Cuándo llegarán?
—Quizá mañana.
Candy llamó con un ademán a Archie y Sin.
— Venid, caballeros, permitid que os muestre dónde podéis lavaros y descansar. Tom, ¿tendrías la bondad de hacer que envíen algo de comida a mi habitación y a la que queda enfrente de ella?
La rabia oscureció el rostro de su tío en cuanto le oyó decir aquello. Primero soltó un gruñido, y luego casi gritó:
—¡No puedes alojar a uno de ellos en tu habitación, muchacha! ¡Es una indecencia!
Candy se lo quedó mirando con la boca abierta.
—¿Te refieres a mi esposo?
El rostro de Tom se sonrojó de nuevo.
—Sí, me había olvidado de eso —farfulló—. Muy bien, enviaré a Maggie con comida para todos vosotros.
—Gracias
Sin no dijo nada mientras ella lo llevaba a través de la sala y hasta unas escaleras. Vio las miradas llenas de odio que recogían mientras iban por el castillo.
—Sabes —dijo Archie desde detrás de él—, no había sentido tanta animosidad desde la última vez que fui a París.
—Ya te dije que te quedaras en casa.
—Sin duda desearé haberte escuchado. —Archie se aclaró la garganta. Cuando volvió a hablar, fue en un tono profundo y cargado de burla—. «Oh, Archie, no sabes cómo me alegro de que hayas venido conmigo. Imagínate, si no estuvieras aquí ahora sólo podría hablar con Candy y con Jimmy.» —Volvió a cambiar la voz a su tono normal—. No hace falta que me lo agradezcas, Sin. Ha sido un placer, realmente. Para eso están los amigos.
Sin se detuvo en la escalera y se volvió hacia él para mirarlo con expresión burlona.
—¿Has terminado?
—A decir verdad, no. ¿Por qué lo preguntas?
Sin sacudió la cabeza y rió.
—Tienes razón, Archie. Gracias por haber venido.
Simon se dejó caer sobre el muro de piedra, el rostro convertido en una máscara de sorpresa y consternación.
—Candy, ponte a salvo, cariño. El castillo está condenado. Sin acaba de darme las gracias. El fin del mundo es inminente. —Se persignó—. Santa María, madre de Dios…
Candy rió mientras Sin lo fulminaba con la mirada.
—Menudo payaso estás hecho —dijo después—. Deberías haber sido bufón en vez de caballero.
—Cierto, pero a los bufones no se les permite llevar espada. Personalmente, me gusta mi espada. Porque verás, la imagen del caballero hace que las damas se vuelvan locas por mí. No es que últimamente se me haya declarado ninguna, claro está, dado que sólo he estado en compañía de mujeres casadas, pero uno nunca pierde la esperanza.
Archie hizo una pausa, y luego juntó las cejas en un hosco fruncimiento de ceño.
—Oh, espera. Acabo de recordar que estoy en Escocia, donde a nosotros los ingleses nos odian. Maldición, mis posibilidades con las mujeres acaban de quedar reducidas a cero. —Suspiró dramáticamente—. ¿No había un monasterio a unas cuantas leguas de aquí? Quizá debería hacer los votos y así ahorrarme la vergüenza de que se burlen de mí.
Candy rió todavía más fuerte.
—Oh, Archie. Yo, por mi parte, estoy muy contenta de que hayas venido con nosotros. Tendremos que enseñarte a llevar una falda escocesa y a hablar un poco de gaélico.
Archie se aclaró la garganta y le susurró a Sin, hablando lo bastante alto para que Candy pudiera oírlo:
—¿Es verdad que los hombres de aquí no llevan nada debajo de sus faldas?
—Lo es.
Su amigo se estremeció y sus ojos buscaron la mirada de Candy.
—Si no te importa, creo que seguiré llevando mis calzones.
— Como quieras —dijo ella, abriendo la puerta de la habitación de Archie.
Archie entró y cerró la puerta mientras Sin seguía a Candy a través del pasillo hasta sus aposentos.
Sin se detuvo ante la puerta y paseó la mirada por la acogedora habitación. La gran cama estaba adornada con cortinajes de sarga color borgoña, y gruesas mantas y pieles cubrían el colchón. Deba jo de la ventana de cristal rosado había un arcón elegantemente tallado con un surtido de muñecas encima de él. Las paredes estaban pintadas de blanco y tonos azul claro dispuestos en agradables pautas geométricas.
Se sintió extraño al entrar allí, como si estuviera entrometiéndose en algo muy privado.
—¿No vas a entrar? —preguntó ella.
Sin se obligó a cruzar el umbral, pero no pudo dejar de sentir que él no tenía nada que hacer allí. Con ella.
Dejó las alforjas al lado del arcón y se quitó el cinto del que colgaba su espada.
Candy observaba sus rígidos movimientos. Se mostraba tan frío y distante que echó de menos al Sin alegre y capaz de bromear que había entrevisto en Londres y, por un breve instante, en la escalera con Archie.
Bajó los cobertores de la cama para que él pudiera descansar si lo deseaba.
—¿Quieres que te haga traer un baño?
—No. Me basta con descansar un rato.
Candy dio un paso hacia él.
—¿Te encuentras bien?
—Estoy perfectamente.
Ella extendió la mano para tocarle la cara, con el temor de que la apartara
Él no lo hizo.
Sin sabía que hubiese debido alejarse de ella, pero la deliciosa sensación de la mano de Candy sobre su piel lo mantuvo inmóvil. Había pasado toda su vida en entornos hostiles, rodeado de personas que lo odiaban. La situación de ahora no tenía nada de nuevo para él. Nada salvo la amistad que le ofrecían ella y Archie.
Por primera vez en su vida no se sentía completamente solo. Y antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba haciendo, bajó la cabeza y capturó los labios de Candy con los suyos.
Gimió al sentir el sabor de su boca y la dulzura de su aliento. Ella lo rodeó con los brazos, llevándolo todavía más cerca de su calor.
Sin sintió que iba a perder el control. Deseaba a Candy como nunca había deseado nada en la vida. Quería mantenerla encerrada dentro de su corazón marchito, para que estuviera protegida y a salvo, y sin embargo sabía que eso era una insensatez.
Nunca podría someter a una mujer semejante al horror de ser una desterrada. Candy formaba parte de su pueblo, y éste nunca lo aceptaría a él.
Si las gentes de su propio hermano no podían tolerar su presencia, ¿qué esperanza podía tener de que aquellos desconocidos fueran distintos? Al menos los miembros del clan MacArdley lo habían visto de niño. Sabían que llevaba su sangre.
Pero en realidad ni siquiera ellos lo habían aceptado jamás. Habían visto el desprecio que su señora sentía por él y habían seguido su ejemplo. A sus hermanos se les había dado la bienvenida, pero él siempre había sido un añadido del último momento. Eso suponiendo que todavía se acordaran de él después de tanto tiempo.
Se apartó de Candy.
—Deberías ir a visitar a tu familia.
—Tú eres mi familia, Sin.
Él sintió que se le hacía un nudo en la garganta cuando un súbito maremoto de emociones hizo temblar su alma. La intensidad de la sensación era tan grande que hizo que se le saltaran las lágrimas. Perdido y desgarrado por el sufrimiento, se alejó de Candy.
—¿Milord?
— Déjame —gruñó él.
— ¿Sin? —Ella le tocó el brazo.
Sin se obligó a apartarse de ella y de todas las emociones encontradas que su presencia suscitaba en él. Necesitaba estar solo durante un tiempo. Tiempo, sí: necesitaba tiempo para pensar en todo aquello, para recuperar el control de su cuerpo y curar su alma.
—¡Vete!— rugió—. Déjame en paz.
Candy no sabía qué hacer. Nunca había visto sufrir tanto a un hombre y no conseguía entender cuál podía ser la causa. Sin estaba furioso y, a decir verdad, daba miedo.
Una parte de ella quería rodearlo con los brazos y estrecharlo contra su cuerpo, pero no se atrevía a hacerlo. Sin le recordaba a una víbora enroscada y lista para morder. Incapaz de insistir, asintió.
—Si me necesitas, estaré abajo con mi tío.
Sin oyó cómo la puerta se cerraba tras ella. Sus estados de ánimo se habían vuelto tan volátiles que de pronto le entraron ganas de romper algo.
Por encima de todo, quería que aquel intenso dolor dejara de desgarrarle el corazón. Quería bajar y reclamar a su esposa, vivir en el paraíso de su aceptación.
¿Acaso era mucho pedir?
Con los ojos de la imaginación, vio cómo se había comportado Stear cuando estaba con su mujer y su hijo, y no pudo evitar sentir una terrible envidia. Porque un corazón lleno de amor y unos brazos que te rodeaban con cariño eran algo que él nunca podría llegar a tener.
«Si tu propia madre no podía soportar verte, ¿por qué debería querer verte yo?» Los ecos de las palabras llenas de furia de su madrastra resonaron a través de su ser.
Sin se pasó las manos por el pelo y se esforzó por hacer desaparecer los recuerdos. No quería pensar en el pasado.
—No quiero nada —masculló.
Y era cierto. No quería tener a Candy, no quería ser dueño de sus tierras. No quería nada. Lo único que quería…
Cerrando los ojos, invocó el capullo hecho de vacío y ausencia de sentimientos dentro del que llevaba tanto tiempo viviendo. Allí no había dolor. No había pasado.
No había nada.
Era el único consuelo que un hombre como él podía esperar llegar a conocer. Sí, allí, ya que no en el cielo del contacto de su esposa, había una imitación de la paz. Y a él le bastaba con eso.
Pero en el fondo de su corazón Sin sabía que no era así. Candy lo había arrancado de su capullo y ya nunca volvería a ser el mismo.
CONTINUARA
