La escandalosa Lady
Capítulo 13
La Lady del lord escoces, hizo las maletas y se retiró a la orilla del mar después de una enfermedad repentina. La ciudad está triste sin ella.
Publicado en una gaceta de sociedad.
Septiembre, 1877
—Urgente—, había dicho Bee.
Un maldito desastre, pensó Naruto mientras bajaba las escaleras. Nagato estaba en el salón de la planta baja con Menma y una mujer a la que nunca había visto antes. El gran vestíbulo de la casa de estilo palatino atravesaba todo el frontal de la misma en toda su longitud y estaba decorado con muebles de madera pulida, pinturas al óleo, y altas ventanas.
En el centro mismo, de la sala se situaba una mesa redonda con un arreglo floral enorme que el personal cambiaba a diario. Antes ahí se encontraba una escultura de un dios griego entrelazado eróticamente con una diosa, hecha por Bernini, pero aún siendo muy hermosa, Tanahi había decidido que las flores serían más apropiadas para la vista de las damas que pasaran por allí. El Bernini se exponía ahora en el piso de arriba, en las habitaciones privadas de Nagato.
Naruto dudaba que la mujer hubiera venido a visitar a Tanahi o a Hinata. Era delgada hasta el punto de la desnutrición y llevaba un vestido de color marrón oscuro, un sombrero maltrecho, y una capa que le colgaba de los huesudos hombros.
Su rostro parecía avejentado, maltratado por la vida, aunque no parecía ser mucho mayor que Hinata. A sus pies, atada a su muñeca por un trozo de cuerda, había una niña pequeña con el pelo rubio y ojos azules.
Nagato habló a la mujer en francés. Menma estaba de pie junto a ellos, con las manos a la espalda, balanceándose ligeramente sobre sus talones como lo hacía cuando estaba distraído o molesto. Naruto se abrochó la camisa que Bee había colocado sobre su pecho desnudo y se acercó a ellos.
—¿Nagato? ¿Qué quieres? ¿Quién es ella?
La mirada que Nagato le echó su hermano, podría haber hecho un agujero en una pared de piedra. Los ojos de Nagato, como los de un águila, siempre tenían un aire depredador, pero ahora relucían furiosos.
—Te doy un voto de confianza porque no soy ningún santo—, dijo Nagato con voz tensa. —Pero no me gustan las mentiras.
—¿Las mentiras? ¿Qué dices? ¿De qué diablos estás hablando?
Menma lo interrumpió.
—Ella dice que la niña es tuya. Está equivocada.
—Por supuesto que está equivocada—, dijo Naruto asombrado. —Nunca he visto a esa mujer en mi vida.
La joven escuchó la conversación sin entender nada, mirando ansiosamente de un hermano a otro. Naruto se dirigió a ella en impecable francés.
—Ha cometido un error, madame.
Ella le lanzó una mirada angustiada y comenzó a balbucear. Por supuesto, que no se había equivocado. Naruto MacUzumaki, el gran Lord escocés había sido su amante durante años en Francia. Naruto había dejado a su esposa por ella, pero desapareció un año después de que su niña hubiera nacido. Había esperado y esperado a que regresara, entonces enfermó y era demasiado pobre para cuidar de Yodo. Había viajado hasta Escocia para encontrar a Naruto y dejar a Yodo con él.
Naruto escuchó con creciente asombro. La cara de Nagato se llenó de ira, y Menma se quedó mirando el suelo, con el puño apretado debajo de la barbilla.
—Te juro, Nagato, que no tengo ni idea de quién es—, dijo Naruto cuando la mujer acabó de hablar. —Nunca me he acostado con ella, y esta niña no es mi hija.
—Entonces, ¿por qué demonios está diciendo todo eso?— exigió Nagato.
—¿Cómo diablos voy a saberlo?— Naruto oyó unos pasos ligeros detrás de él y un susurro de seda, y cerró los ojos. ¡Maldición! Los abrió de nuevo para ver a Hinata bajando el último tramo de escaleras. Estaba completamente vestida, cada cinta atada, todos los botones abrochados.
La única señal de descuido era su pelo, que había sido recogido en una trenza que le caía por la espalda. Hinata no dijo ni una palabra a los hermanos, pero se dirigió hacia la frágil joven. Nagato dio un paso en su dirección.
—Hinata, vuelve arriba.
—No me digas a mí, lo que debo hacer, Nagato MacUzumaki—, dijo secamente. —Esta mujer, obviamente, tiene que sentarse. ¿Puede alguno de ustedes, pedir que nos sirvan el té?
—Hinata—. Nagato lo intentó con su tono más severo.
—No es hija de Naruto—, repitió Menma. —No es bastante mayor.
—Ya te he oído—, dijo Hinata. —Ven conmigo, petite—, dijo a la mujer en francés. —Nos sentaremos, y descansará—. La mujer se quedó mirándola con asombro, pero Hinata puso un brazo sobre sus hombros suavemente. Dejó que Hinata la llevará unos pocos pasos antes de llevarse una mano al vientre y desplomarse en el suelo.
Naruto le gritó a Bee, que se dirigía a la cocina para obedecer la orden de Hinata.
—Olvida el maldito té, Bee. Envía a por un médico—. Ayudó a Hinata a levantar a la mujer y colocarla en un sofá. La mujer miró a Naruto con terror, pero Hinata le dijo en voz baja. —Va a ponerse bien, madame—, dijo. —Vendrá un médico enseguida. Descanse—. La mujer comenzó a llorar.
—Un ángel. Usted es un ángel. Mi pobre bebé...— La niña, viendo a su madre desmayarse, oyendo a los hombres gritar y no siendo ninguna tonta, hizo lo que cualquier niño al pasar por una situación terrible, abrió su boca y se puso a llorar.
El llanto de la mujer se intensificó.
—¡Mi pobre bebé! ¿Qué será de mi pobre bebé?— Menma les dio la espalda a todos y se precipitó por las escaleras, cruzándose con Tanahi, que bajaba, como si no la viera.
Tanahi parpadeó y se detuvo dudando entre continuar bajando o seguir a Menma. Se decidió por bajar. Tanahi cogió a la niña y la levantó en sus brazos.
— Cálmate—, dijo en francés. —Nadie te hará daño. Mira, aquí está tu mamá—. Tanahi llevó la niña con su madre, pero la joven no levantó los brazos para cogerla. Se recostó en los cojines, como si no se hubiera sentado sobre algo tan blando en mucho tiempo.
Tanahi dirigió a Naruto, una mirada inquisitiva y grave.
La niña se había calmado un poco, pero sollozó en el hombro de Tanahi. Hinata tomó la mano de la mujer.
—La pobre está agotada—, dijo a Tanahi en inglés.
—Es más que eso—. Naruto miró a Tanahi. —¿No es así?
Tanahi asintió con la cabeza.
—He visto esto antes, en el asilo. Un médico puede aliviar el dolor, pero no creo que pueda hacer nada más.
—Por eso vino—. Hinata frotó la mano de la mujer y cambió al francés.
—Usted ha venido aquí porque está enferma.
Ella asintió con la cabeza.
—Cuando milord no regresó, no sabía dónde ir.
—Tenemos que llevarla a una cama—, dijo Hinata.
Nagato se mantuvo como un altivo dios, en el centro de la sala.
—Bee la llevará.
—¡Por Dios, yo lo haré!—. Naruto cogió a la mujer en sus brazos. Era tan ligera que casi perdió el equilibrio, como si sólo tuviera huesos debajo de la ropa.
Naruto estaba de acuerdo con la evaluación de Tanahi. La joven se estaba muriendo. La mujer observó el rostro de Naruto mientras la llevaba hasta las escaleras, elevando las cejas perpleja. Tanahi y Hinata iban detrás de ellos, Tanahi seguía sosteniendo a la niña.
—¿Crees que la niña asustó a Menma?— oyó que preguntaba Tanahi.
—No lo sé—, respondió Hinata. —Pero no te preocupes, cariño, estoy segura de que Menma estará encantado con sus propios hijos.
Naruto podía sentir la preocupación de Tanahi, pero no sabía cómo consolarla. Menma no era en absoluto un hombre previsible, y ¿quién sabía cómo se comportaría cuando naciera su hijo?.
Naruto llevó a la mujer a un dormitorio preparado para los huéspedes y la acostó en la cama. La mujer miró a su alrededor asombrada por la elegancia, pasó los dedos por la colcha damasquinada que Hinata pasó por encima de ella. Llamó a Natsu, a continuación, cogió a la niña de los brazos de Tanahi y la depositó en los de Naruto.
—¿Puedes cuidar de ella, cariño? Sácala de aquí.
La pequeña echó un vistazo a Naruto y comenzó a aullar de nuevo. Hinata llevó a Naruto a la puerta y le empujó fuera sin piedad, mientras Natsu entraba con un montón de ropa. Otra sirvienta la seguía con una palangana de agua, otra con las toallas. Yodo continuó gritando, y la puerta se cerró de golpe en la cara de Naruto.
Menma se acercó a ellos por el pasillo llevando una pila de cajas.
—¿Qué estás haciendo tú con ella?—, preguntó alzando la voz sobre los lamentos de Yodo.
—Nada. La sostengo. Las mujeres de la familia se hicieron cargo y me echaron. Siempre he pensado que las mujeres escocesas eran de carácter fuerte, pero no son nada en comparación con las sassenach.
Menma miró a Naruto, como si no tuviera ni idea de qué estaba hablando.
—He encontrado un juego de construcción con ladrillos. En el ático. — Menma entró en una pequeña sala de estar en el pasillo.
Naruto vió como Menma se agachaba y vaciaba sobre la alfombra las cajas con los ladrillos. Yodo miró con interés, y su llanto cesó bruscamente.
—Déjala aquí—, dijo Menma.
Naruto bajó a la niña, que se tambaleó un momento antes de sentarse sobre su pequeño trasero y tratar de alcanzar los ladrillos. Menma se tendió en el suelo junto a ella y le enseñó cómo apilar ladrillos uno encima de otro. Naruto se hundió en la silla más cercana, dejando sus manos colgando entre sus piernas vestidas con el kilt.
—¿Cómo supiste que estaban en el desván?
—Jugábamos con ellos cuando éramos niños—, dijo Menma.
—Ya lo sé, pero de eso hace veinticinco años. ¿Cómo te acordaste de ellos y supiste donde encontrarlos, después de todo este tiempo?— Naruto levantó la mano. —No, por supuesto, lo recuerdas todo.
Menma no estaba escuchando. Enseñó a Yodo cómo construir un muro bajo, que Yodo derribó alegremente. Menma esperó hasta que terminó luego con paciencia la ayudó a construir el muro de nuevo.
Naruto se pasó las manos por el pelo. Era una mañana de locos. Hacía un momento tenía a Hinata en sus brazos, era un hombre feliz. Había saboreado la reconciliación, y él todavía podía sentir el calor de su cuerpo en el suyo.
Al instante siguiente, una francesa loca había dejado caer que la niña que iba con ella era de Naruto. Y Hinata, en lugar de coger una pistola de la armería y disparar hasta matarle, se apresuró a ayudar a la pobre mujer. Esto tenía que ser una pesadilla.
Naruto se levantó. Tenía que ponerse algo aparte de la falda y la camisa, y tenía que averiguar quién diablos, era esa mujer. Tan pronto como llegó a la puerta, Yodo comenzó a gritar, un sonido agudo que se hundía directamente en el cráneo de Naruto. Estuvo gritando hasta que Naruto volvió y se sentó a su lado. Yodo inmediatamente se tranquilizó y jugó con los ladrillos de nuevo.
—¿Qué le pasa?—, preguntó Naruto.
Menma se encogió de hombros.
—Te quiere.
—¿Por qué iba a hacerlo?
Menma no respondió, siguió con la construcción de ladrillos. Como lo había hecho cuando era un niño, Menma intentó poner cada bloque exactamente encima del otro, dándole pequeños golpecitos hasta quedar satisfecho. Yodo se echó a reír y los tiró al suelo.
—Menma—, dijo Naruto, cuando comenzó a alinear los ladrillos de nuevo. —¿Por qué eres el único que me cree?. Cuando digo que la niña no es mía, quiero decir.
Menma no levantó la vista de su fascinante tarea.
—No has estado con una mujer desde que Hinata se fue, hace tres años y medio. Esta niña no es más que un bebé. Incluso teniendo en cuenta el tiempo del embarazo, es demasiado pequeña para ser tuya.
Perfectamente lógico. Así era Menma.
—Sabes, hermano, que podría haber mentido sobre mi celibato.
Menma levantó la vista.
—Pero no lo hiciste.
—No, no lo hice. Nagato me cree un mentiroso. Y Dios sabe lo que piensa Hinata.
—Hinata cree en ti.
Naruto volvió a mirar a su hermano y se dio cuenta de que Menma le miraba directamente a los ojos. Se emocionó. Las pocas veces que Menma, lograba hacer eso, eran momentos preciosos.
Además Menma creía a Naruto, sabía en su corazón que Naruto no estaba mintiendo. Lo que los hacía doblemente preciosos. Menma parpadeó y se concentró en los ladrillos una vez más, el momento había pasado.
Un olor extraño comenzó a flotar en la habitación. Ambos hombres miraron a Yodo, que cogió un ladrillo y trató de metérselo en la boca. Naruto hizo una mueca.
—Es hora de encontrar a las mujeres, creo.
—Sí—, coincidió Menma.
Los hermanos se pusieron en pie. Yodo se apoyó sobre las manos, para levantarse sobre sus regordetas piernas, sin soltar el bloque. Levantó sus brazos hacia Naruto. Aunque la mirada de Menma era evasiva, una sonrisa divertida se insinuaba en su boca. Naruto recogió a Yodo, que ahora expelía un olor agrio. Ella jugaba con alegría con el bloque, mientras los dos hombres recorrían desesperados la casa buscando a una mujer.
El médico local llegó y estuvo con la francesa mucho tiempo. Cuando Naruto miró dentro de la habitación de invitados, se encontró con su esposa sentada en la cabecera de la mujer, ayudando al médico. Yodo no quería dejar que Naruto se apartara de su vista.
Una de las criadas, una escocesa, de cara redonda y colorada, con cinco hijos propios, limpió a la niña y le cambió el pañal, pero Yodo lloró cuando Naruto trató de salir de la habitación y sólo se calmó cuando la cogió de nuevo en brazos.
El resto del día, cada vez que Naruto trataba de dejar a Yodo con Tanahi, o el ama de llaves, o la criada de cara redonda, la niña no quería saber nada de ellas. Naruto se quedó dormido esa noche en su cama, con la ropa puesta, con Yodo acostada sobre su estómago a su lado.
Por la mañana, todavía exhausto, Naruto llevó a Yodo a la terraza. El viento se había vuelto frío, el invierno llegaba pronto a las tierras altas, pero el sol brillaba en un cielo sin nubes. El ama de llaves sacó una pequeña silla para Yodo y ayudó a Naruto a abrigarla contra el frío.
Yodo se quedó dormida bajo el sol, mientras que Naruto apoyándose sobre la balaustrada de piedra, miró más allá de los jardines a las montañas que se veían a lo lejos, la escarpada pared que delimitaba las Tierras Altas.
Oyó los pasos de Hinata en la terraza de mármol detrás de él, pero no se volvió. Ella llegó a la balaustrada y se detuvo junto a él, mirando la belleza del paisaje.
—Murió mientras dormía—, dijo Hinata después de un tiempo, con voz cansada. —El doctor dijo que tenía un cáncer que se extendía por todo su cuerpo. Estaba sorprendido de que hubiera vivido tanto tiempo. Tenía que mantenerse viva hasta dejar a su hija segura.
—¿Llegó a decirte su nombre? —preguntó Naruto.
—Mirabelle. Eso fue todo lo que dijo.
Naruto estudió las praderas artificiales del jardín. Pronto las fuentes, tendrían que vaciarse para evitar que se congelaran, y los prados se cubrirían de nieve.
—Te creo, ya lo sabes—, dijo Hinata.
Naruto se volvió para mirarla. Hinata llevaba un vestido de color marrón oscuro esa mañana, pero la seda brillaba a la luz del sol. Estaba de pie, como una mujer de un cuadro, pero real, con la luz besando su pelo y jugando con los pliegues de la tela. Tenía el rostro pálido por su noche de insomnio, pero refulgía de belleza.
—Gracias—, dijo Naruto.
—Te creo. Me dijo que había hecho lo imposible para evitar tener que venir a buscarte. Que si no hubiera estado desesperada no habría salido nunca de París. Estaba aterrorizada de mí, de ti, de este lugar—. Hinata negó con la cabeza. —No era tu tipo de mujer en absoluto.
Naruto alzó las cejas.
—¿Y si hubiera sido, como tú dices, mi tipo de mujer?
—Incluso si hubiera sido una joven valiente dispuesta a ponerte en tu lugar, nunca la habrías dejado en la indigencia, en especial, con un niño. Ese no es tu estilo.
—En otras palabras, no confías en mi fidelidad, sólo en mi generosidad y mi gusto en mujeres.
Hinata se encogió de hombros.
—Hemos vivido separados más de tres años. Me alejé de ti, pedí la separación. ¿Cómo puedo saber si buscaste placer en otra parte? La mayoría de los caballeros lo haría.
—No soy como esos caballeros—, dijo Naruto. —Pensé en hacerlo. No sé si por intentar sentirme mejor yo o por castigarte a ti. No estoy seguro. Pero me habías partido el corazón. Estaba vacío, no tenía sentimientos. La idea de tocar a cualquier otra...—. Los amigos de Naruto habían visto su celibato como una broma, y sus hermanos habían pensado que había estado tratando de demostrarle algo a Hinata. Demostrárselo a sí mismo.
Pero la verdad es que Naruto no había deseado a otra mujer. Acostarse con otra no le habría proporcionado felicidad ni olvido. Naruto se había entregado en cuerpo y alma, cuando se casó con Hinata, y eso era todo.
—El padre debe haber sido él—, dijo Hinata. —El hombre que vendió los cuadros falsificados al señor Tsuki, quiero decir.
—Yo llegué a la misma conclusión. Maldita sea, ¿quién será este tipo?— Naruto frunció el ceño. —Cuando llevaba a Mirabelle por las escaleras, vi que se dio cuenta de que yo no era el hombre al que ella buscaba. Pero no dijo nada. ¿Les dijo algo a ti o a Tanahi?
—Por supuesto que no. Piensa, Naruto. Si fueras una mujer sin dinero, que sabía que se moría, ¿preferirías dejar a tu hija con el hermano rico de un duque o confesar tu error y que la niña se quedara huérfana?
Naruto se mostró de acuerdo.
—Yodo no quedará desamparada. Puede ser adoptada por alguno de los arrendatarios. A la esposa del guardabosque le encantan los niños y no tiene ninguno.
—No la adoptará el guardabosques. Voy a adoptarla yo.
Naruto la miró fijamente.
—Hinata.
—¿Por qué no habría de hacerlo? No es culpa de Yodo que su padre la abandonara y que su madre falleciera de una enfermedad incurable. Tengo dinero, una casa grande, tiempo para dedicarle.
Naruto se irguió y se apartó de la balaustrada.
—Su padre es, obviamente, un loco. Este hombre, quienquiera que sea, pinta cuadros con mi nombre, luego los vende a través de marchantes de arte de renombre, pero no recoge el dinero. Ron Steady vio a un hombre que juró era igual a mí, apostando en las carreras, así que sigue alrededor nuestro. Por no hablar de que quemó mi casa.
—Nada de eso es culpa de Yodo.
—Ya lo sé. ¿Pero qué pasará cuando venga a por ella? ¿Y si estás sola?.
—Puedo protegerla—, dijo Hinata obstinadamente.
Naruto suavizó su voz.
—Cariño, sé que quieres un niño.
Ella se volvió indignada
—Por supuesto que quiero un niño. Y nadie quiere a Yodo. ¿Por qué no debo tratar de ayudarla?
—¿Y qué dirán las revistas de cotilleos de su origen?
—¿Por qué van a decir nada?. Diré que es la huérfana de un primo perdido hace mucho tiempo, de Estados Unidos o algo así.
—Ángel, todo Londres sabrá que es una hija ilegítima de una mujer desconocida—, dijo Naruto. —Van a pensar exactamente lo que Nagato pensaba.
—Hace mucho que dejé de preocuparme por los escándalos que aparecían en esas revistas asquerosas.
Lo dijo con voz arrogante, pero Naruto sabía que sí le importaba. Los periodistas habían utilizado gran parte de su matrimonio con Hinata para aumentar la tirada de sus periódicos.
Por alguna razón, el público en general había estado fascinado por los detalles de cómo Hinata había cambiado la decoración de la casa de Mount Street, lo que ocurría en sus fiestas, y el tema de cada pelea que tuvo con Naruto, reales o ficticias.
Como hermano del segundo duque más poderoso de Inglaterra y Escocia, Naruto estaba acostumbrado a ser observado, y a que escribieran acerca de él, pero Hinata no. Había llevado una vida muy privada y esto le había afectado profundamente.
Naruto admitía que no había hecho nada para mantener alejada la atención de los periodistas. Había llevado a Hinata a garitos de mala muerte, permitía que estuviera en su estudio mientras pintaba modelos desnudas, y viajó con ella a París, donde trabajó durante días sin dormir, mientras ella iba de compras y a las fiestas. Los periódicos los habían adorado.
—Pero podría importarle a Yodo —, dijo Naruto-. —Con el tiempo.
Los ojos de Hinata brillaron con determinación.
—No voy a dejar que la niña crezca en la pobreza y sintiéndose no deseada. Quien quiera que sea ese hombre, evidentemente no quiere a Yodo. Mirabelle, dijo que ella era su modelo, pensó que estaba posando para el gran y generoso Naruto MacUzumaki. También eras famoso por no traicionar a tu esposa, nunca hubiera creído que eras tú, si tú y yo no hubiéramos estado separados—. Suspiró. —Si yo no te hubiera dejado.
—Hinata, por el amor de Dios, la existencia de Yodo no es culpa tuya.
—Debería haberme quedado, Naruto. Debería haber intentado hacer que funcionara.
Estaba temblando, con los ojos demasiado brillantes. No había dormido toda la noche, y ahora la muy tonta, se recriminaba por cosas que no debía.
—Te volví loca, mi amor—, dijo Naruto. —¿Recuerdas? He leído la carta que me escribiste cientos de veces, cada vez con la esperanza de que dijera algo diferente.
—Lo sé. Pero me escapé. Fui una cobarde.
—Para con esto—. Naruto la abrazó. Olía a sol, quería hundirse en ella y permanecer allí el resto del día. —He conocido a muchos cobardes, Hinata. Tú no lo eres. ¡Dios mío, si te casaste conmigo! Para eso hace falta estar armada de valor.
—No me tomes el pelo en estos momentos—, dijo Hinata sobre su hombro. —Por favor.
Naruto le acarició el cabello.
—Calla, mi amor. Puedes cuidar a la niña, si lo deseas.
—Gracias.
Naruto se quedó en silencio, no le gustaba el asunto. No le importaba la generosidad de Hinata ni que cuidara a la pequeña huérfana de una madre pobre, si no que intentara calmar con ello una culpa imaginaria. También le preocupaba lo que haría ese loco una vez que se enterara de que Hinata tenía a Yodo. Naruto haría lo imposible para encontrar al canalla.
Yodo se despertó, vio a Hinata, y reclamó su atención. En este momento, la niña requería ser alimentada, protegida y querida. Ya habría tiempo suficiente para resolver complicadas emociones de adultos.
Hinata levantó a la niña. Yodo comenzó a llorar y alargó los brazos hacia Naruto. Resignado, él extendió los brazos, tratando de disimular lo encantado que se sentía, cuando ella dejó de llorar al apoyarse sobre su pecho.
Hinata sonrió, con las mejillas aún húmedas.
—Te guste o no, Naruto, ha decidido que le perteneces.
—Lo que significa que, si deseas cuidar de ella, voy a tener que seguir cerca de ti.
—Hasta que se acostumbre a mí, sin duda. En ese caso, más vale que envíes a Bee a comprar los billetes para regresar a Londres.
—¿A Londres? ¿Y qué pasa con Rasengan? Aquí tiene mucho espacio para correr, y a los niños de los arrendatarios para jugar.
Hinata le dirigió una de esas miradas que mostraban la superioridad del pensamiento femenino.
—Tengo que hacer los arreglos para encontrar niñera e institutriz, debo ocuparme de la ropa, preparar el cuarto de los niños. Un centenar de cosas que hacer antes de que comience la temporada.
Naruto lanzó a Yodo por los aires.
—No está lista para hacer su debut, seguro. Es demasiado pequeña para bailar el vals.
—No seas tonto. Durante la temporada estoy siempre muy liada, y no voy a mandar a mi hija al campo, mientras me ocupo de entretener a los invitados.
—¿A diferencia de lo que hicieron nuestros propios padres, quieres decir?— Yodo se divertía tirando del pelo a Naruto hasta que él volvió a lanzarla al aire y atraparla. Ella gritó de alegría.
—Sí—, dijo Hinata. —Me acuerdo de lo sola y poco querida que me sentía. No dejaré que Yodo crezca lejos de mí—. Hinata estaba decidida.
Naruto abrazó a Yodo de nuevo, pero sentía ciertos recelos. Sabía que la pérdida de su bebé, había herido profundamente a Hinata, pero no se había dado cuenta hasta este momento de lo mucho que deseaba tener hijos. ¿Tanto como para desear hacer suya a Yodo? Utilizando una lógica retorcida, Yodo no habría nacido si Hinata no hubiera dejado a Naruto.
Una cosa era cierta: no importaban en absoluto las complicadas motivaciones de Hinata, estaba decidida a ir a Londres con Yodo. Yodo sólo estaba tranquila con Naruto y, Naruto estaba decidido a no permitir que Hinata se alejara de su vista. Se marcharían a Londres. Hinata y él, que hasta ahora habían sido dos satélites que giraban recelosos uno alrededor del otro, ahora se convertirían en un sólido trío.
Continuará...
