Jindama
Primera parte
Ibiki se sobresaltó cuando un estruendoso silbato anunció la llegada al puerto. Aunque lo que más le sorprendió, fue que pudo dormir en un sitio desconocido.
Tsunade había reservado un camerino privado, que era como el capitán de esa nave llamaba al casi cuarto de escobas con camastro que le habían asignado, que, si bien cumplía con su función de que nadie más de la tripulación le incordiara, también parecía que se olvidaban de avisarle que la cena ya estaba servida.
Su estómago gruñó.
Tampoco era como si a bordo hubiese un chef, o mínimamente alguien de confianza, y como los perros de Kakashi se habían comido lo que había comprado, solo había sobrevivido con una botella de agua. Lo que le preocupaba en todo caso, era cómo pasar las siguientes dos semanas.
Confiaba en la quinta maestra Hokage, y si ella lo hacía en esa persona, Wasabi Jirōchō, no tenía más que encomendarse a él para pasar ese tiempo.
Con las maletas en manos, dejó el precario espacio en el que había estado los últimos dos días, dándose prisa, por si acaso olvidaban que él bajaba ahí. Sin embargo, lo que encontró en la cubierta fue una maniobra de embarque de mercancía, probablemente té y algunas otras cosas para seguir el viaje con giro comercial.
Encontró al capitán justamente supervisando desde un escritorio, dictando a un asistente el listado de lo que iba subiendo, mientras que otro acercaba una linterna para examinar las cajas lo mejor que podía debido a que estaban cerradas. No era tan tarde realmente, recién caía el sol en el horizonte, pero las sombras ya cubrían buena parte del muelle.
—¡Oh! —exclamó al verle, y por su expresión, Ibiki confirmó lo que ya estaba sospechando: se le había olvidado que bajaba ahí, o que, en primer lugar, iba con ellos. Apuró a un par de hombres para que interrumpieran la línea de carga y le permitieran bajar, si bien saltar por la borda y caminar sobre el agua para llegar a la orilla era una opción perfectamente viable.
—Gracias —dijo al capitán y la tripulación que pudo escucharle, aunque solo lo decía por cortesía.
Una vez en tierra firme, miró a un lado y otro. No esperaba una comitiva de bienvenida, pero mínimamente alguien que le condujera al sitio donde se quedaría, porque los arreglos de su estancia no los había hecho él.
—¡Hermano!
Suspiró con resignación.
La última vez que lo había visto, básicamente lo había negado, y no estaba seguro de cómo iniciar una conversación casual con todo lo que había pasado entre ellos. No obstante, Idate corrió hacia él, prácticamente arrebatándole las maletas.
—¡No tenía ni idea de a qué hora llegaba tu barco!
Ibiki se quedó callado. Había crecido unos veinte centímetros desde la última vez, cuando recogió al equipo 7 que tenía a Sasuke incapacitado para ir por su cuenta. Ya llegaba a su hombro. También estaba más delgado, aunque mantenía un buen tono muscular.
—¡Vamos! Seguro Jirōchō-sama estará preguntándose qué pasa, salí de la casa desde las seis de la mañana, que normalmente llegan los primeros barcos.
Ibiki quería decir algo, lo que fuera, incluso un comentario sobre el clima, pero su cerebro simplemente no enviaba nada a su boca. Y si su hermano lo notaba, no daba indicios de ellos, pues no dejaba de parlotear con tanta naturalidad que cualquiera podría pensar que solo habían pasado unos meses separados tras una vida muy unidos.
Realmente no entendía el motivo por el que, de todas las opciones posibles, había elegido ese lugar como destino de unas vacaciones que, en primer lugar, no quería.
Caminaron poco más de cuarenta minutos hasta que finalmente llegaron a su destino, y tal como Idate decía, el hombre les esperaba con cierta preocupación. Pero nada más verlos aparecer, ordenó a sus sirvientes que empezaran a servir la cena.
—Gracias por recibirme —dijo, inclinándose respetuosamente.
—Cualquier amigo de Tsunade, siempre será bienvenido —respondió el anciano.
Ibiki no quiso contrariarlo, no creía que Tsunade lo considerara un amigo realmente, era más probable que se lo dijera para ahorrarse un hospedaje.
Jirōchō Wasabi ordenó a un sirviente que recogiera su equipaje, aunque Idate se negó a dárselo.
—¡Lo siento mucho! —dijo, riéndose —, pero mi hermano no confía ni en su sombra, lo haré yo.
El capitán desvió la mirada, en realidad tampoco se las dejaría a él, pero no quería hacer una escena innecesaria, así que se limitó a agradecer de nuevo a su anfitrión las atenciones, y fue con él al comedor.
La cena estaba servida con una abundancia ridícula, realmente creyó que esperarían más invitados. Sin embargo, únicamente aguardaron a que Idate volviera.
—¿Cómo está Tsunade? —preguntó mientras una doncella le servía una taza de té.
—Todo lo bien que puede estar alguien con una carga de trabajo como la suya.
El hombre rio por ello.
—No puedo creer que la misma mujer que conocí en un salón de juegos hace tanto tiempo, sea ahora la líder de una de las cinco grandes aldeas ninja.
—Sus aptitudes como kunoichi y como dirigente superan cualquiera de sus otras habilidades menos halagadoras —repuso Ibiki.
—Tendría que serlo, si liderara como apuesta, seguro me habrían llegado noticias de la caída de Konoha. ¿Y tú juegas?
El ninja negó con la cabeza, luchando por controlar los ruidos de su estómago. Realmente tenía hambre, todo en la mesa tenía una pinta estupenda, y el olor no hacía más que incentivarlo a salivar.
—Normalmente los juegos hacen converger las prohibiciones ninja.
Jirōchō no pareció entender a lo que se refería, aunque fue Idate quien le explicó.
—Abusar del dinero, el alcohol y las mujeres —dijo —. Es deseable que un ninja muera pobre, sobrio y célibe.
—Oh que triste —repuso el hombre, aunque enseguida se llevó la mano al mentón con gesto pensativo —¿Y cómo aplicaría la tercera prohibición a Tsunade? No es como que le importaran mucho las dos primeras, pero el servicio de trabajadores sexuales para mujeres no prolifera demasiado que digamos. Lo normal es que se hagan de un acompañante más o menos formal sin ningún intermediario.
Ibiki se quedó perplejo. Acababa de conocer a ese hombre y la charla había pasado de extraña a incómoda y no quería siquiera imaginarse a la honorable quinta maestra Hokage en un establecimiento pidiendo a un muchacho joven. Lo peor fue, que recordó las habladurías ridículas de genins viejos y amargados que apuntaban a que a Tsunade le gustaban los chicos jóvenes, y señalaban a uno que otro como los favoritos.
Sacudió la cabeza, convencido de que se había colorado un poco.
—Las kunoichi suelen tener mejor juicio en ese sentido, porque a ellas un desliz de ese tipo les implicaría una temporada de retiro si algo falla y acaban embarazadas, aunque quedaría explícito que les aplica las mismas condiciones.
—Ya veo, tiene sentido —respondió Jirōchō —. Aunque la medicina moderna ofrece varias opciones para que puedan divertirse por ahí.
Ibiki lo miró, hablaba con tanta naturalidad del asunto que parecía no comprender del todo el cargo que Tsunade ostentaba, y ya no tenía que ver con la vida en la que la conoció.
La comida dispuesta en la mesa, que en un principio le pareció excesiva, desaparecía con buen ritmo. Se estaba controlando para mantener los modales, pero el hambre no aminoraba, y tanto su hermano como su anfitrión, demostraban un apetito admirable, con todo y que no habían pasado dos días sin comer como él.
—Idate-kun —agregó, mirando al muchacho —, resérvanos sitio en El castillo del señor del mar.
—Claro —respondió, saliendo enseguida.
—Lo siento —interrumpió Ibiki —, pero de verdad no juego.
—Qué pena, pero estás a mi cargo. Tsunade me dio una lista de recomendaciones, aunque no creí que el caso fuera tan grave.
Ibiki frunció el ceño, ¿realmente ella había hecho tal cosa?
—Ahora —indicó Jirōchō mientras retiraban el servicio —. Vamos, que la noche es joven.
Sin posibilidades reales de negarse, tuvo que salir de la casa con él, escuchándolo hablar de lo bien que iban los negocios gracias a Idate, y el equipo 7, que los había respaldado hacía un buen tiempo.
—¿Y sabes algo de esos muchachos? —preguntó —. El rubio me simpatizó mucho.
Ibiki suspiró, el rubio estaba en un viaje de entrenamiento con un compañero de equipo de la Hokage, que, a su vez, había tomado a su cargo a la chica de pelo rosa mientras que el otro estaba prófugo de la aldea, siguiendo los pasos de uno de los más tenebrosos ninjas renegados que había salido de Konoha.
—Como todos los chicos de su edad, creciendo y buscando su camino ninja —respondió con simpleza.
—¡Así debe de ser! —exclamó con emoción —. Alguna vez deberían venir también. Ya le he dicho a Tsunade que mi casa siempre recibirá a cualquiera de sus ninjas que necesite despejar su mente y descansar su cuerpo.
El capitán lo miró. No podía encontrar ni un atisbo de maldad en sus palabras, ni en su mirada, y se preguntó qué había hecho la Hokage para ganarse una lealtad tan generosa.
Increíblemente, El castillo del señor del mar, era precisamente un castillo, tan lleno de vida y movimiento, que tan solo ese lugar emulaba más animosidad que cualquier festival de Konoha.
Absolutamente todos a su paso saludaban con cordialidad e incluso reverencia a Jirōchō Wasabi, llamándolo "jefe", principalmente.
Idate estaba en la puerta principal, al fondo del inmenso jardín que parecía un tipo de feria permanente, pese a la avanzada hora de la noche que era.
—Ya lo tenían listo —les dijo —. Desde que anunció que vendría en estos días, le reservaron su estadía.
De ese modo, los tres pasaron directamente, e Ibiki no pudo evitar el sorprenderse de que había una fila impresionante de gente esperando poder entrar. Y eso era sorprendente porque no creía que un pueblo tan pequeño, tuviese tantos habitantes. Sin embargo, notó que, a un costado del castillo, que tenía vista al mar, se había construido un muelle que enfilaba varias embarcaciones de pasajeros, desde las que transportaban una cantidad considerable, como las que a todas luces eran privadas, y aún lejos de la costa, se dio cuenta de que había otras que parecían tener algún tipo de fiesta a bordo.
—¿Dados o cartas? —preguntó de imprevisto.
—No tengo idea —respondió con sinceridad.
—¿Estrategia o azar?
Ibiki dudó. Podría elegir estrategia para irse a lo seguro, podría hacer cualquier tipo de análisis, pero eso implicaría que en primer lugar debería conocer el sistema de juego, y no quería incordiar a su anfitrión con esos detalles.
—Azar —respondió, aunque dubitativo.
Idate se adelantó para guiarlos a una estancia que rápidamente se adaptó para recibir a dos jugadores más.
—Es bien simple —le dijo Idate en voz baja mientras se acomodaban y los presentes saludaban a Jirōchō Wasabi —. El hombre de ahí arroja unos dados con el cubilete, y cada jugador dice el número que creé que saldrá, gana el que acierte.
Ibiki asintió. Era como le decía, bastante simple.
—Toma —dijo el hombre dándole una bolsa con fichas —. Le debo a Tsunade un dinero, me dijo que te lo diera a ti para que lo jugaras.
El ninja aguzó la mirada, a todas luces era una trampa, porque si perdía algo, tendría que seguir jugando para recuperar el total, y muy probablemente, a su regreso a Konoha, le diría que le debe intereses o algo de ese estilo.
Resopló, tomó la bolsa y sacó las fichas equivalentes al monto que el resto estaban poniendo como apuesta. Con suma atención miró al hombre meter los dados en el cubilete, agitarlos un par de veces y luego bajarlos.
Esa era una buena estrategia para asegurar que, aunque hubiese ninjas en el juego, no significara realmente una ventaja.
Uno a uno, los hombres alrededor dijeron un número.
—Nueve —dijo sin pensarlo mucho, una de las ventajas del azar.
—Doce —secundó Jirōchō Wasabi.
Idate no jugaba, claramente solo iba para asistir a su jefe, y como él era el último, el sujeto de los dados levantó el cubilete, revelando un seis.
Básicamente la casa ganaba, porque nadie había acertado, y usando un aditamento, recogió las fichas.
Ibiki bufó. Tal como lo temía, tenía que volver a jugar.
Con una incertidumbre creciente, luego de seis rondas seguidas de perder, creyendo que Tsunade no lo había enviado solo con su bendición, sino con su suerte, se animó a pedir que cambiaran de juego, desafortunadamente, no sabía jugar cartas, así que solo le quedaba opción con la ruleta.
Sin embargo, algo que llamó su atención, era que, aunque él había perdido las seis rondas, Jirōchō había perdido cuatro, pero las dos que había ganado, de ninguna manera compensaban la pérdida de las otras cuatro. Y pese a eso, el hombre parecía estarse divirtiendo bastante.
—Cielo santo —se quejó cuando salían del salón de los dados —. Necesito un digestivo.
Idate asintió, escabulléndose entre la gente, mientras que ellos ocupaban un gabinete pensado para los que se tomaban un descanso del juego, regresando al poco con una muchacha con un vestido de gala de corte tradicional, algo como un kimono, pero con menos capas, que le permitía moverse con mayor agilidad. Llevaba una charola con servicio para dos. La botella estaba cerrada, y se la mostró al hombre mayor para que así lo verificara. Luego, con cuidado, sacó de sus mangas un sacacorchos.
Ibiki suspiró, había sido un bonito espectáculo de seguridad, pero si fuera su misión matar al jefe de la familia Wasabi, no tenía más que untar el fondo de los vasos con veneno, aunque adulterar una botella tampoco era especialmente difícil y su hermano parecía haberse conformado con que el sello estuviera, aparentemente, intacto y se mantenía a una distancia prudente para saltar a la defensiva en caso de un ataque obvio, como usar el sacacorchos de puñal.
Trató de contenerse, de simplemente dejar que las cosas sucedieran como tenían que hacerlo, pero, aunque luchó contra el impulso, no pudo evitar la necesidad de tomar los dos vasos y sumergirles una tira de papel reactiva.
Jirōchō lo miró con sorpresa, aunque no dijo nada.
En cuestión de segundos, el papel se tiñó de un color rosado uniforme y tenue que significaba que todo estaba bien.
Ligeramente avergonzado por dejar de manifiesto sus manías, le devolvió el vaso que le correspondía.
La muchacha también parecía impresionada, seguramente era la primera vez que les pasaba eso, e Ibiki gruñó, pensando en cuántos colegas de profesión volvían sin dinero ni armas porque acabaron inconscientes en algún bar, sin haber bebido demasiado.
—Gracias —dijo Jirōchō, levantando su vaso a modo de brindis, con lo que Ibiki se vio en la obligación de corresponder.
Extrañamente, el trago frío se sintió bastante bien, quizás porque la cantidad de gente reunida, era más de lo que comúnmente frecuentaba, aunque estaban en los pisos superiores del castillo, que suponían un acceso más limitado y exclusivo. O quizás porque de verdad estaba cumpliendo una función digestiva, que luchaba contra el atracón que se había dado en la cena.
—¿Por qué no te sirvieron? —preguntó de repente Jirōchō a Idate.
—Porque yo tengo que cuidarlo, señor —respondió.
—Vaya —dijo Ibiki —, pensé que no te hacía gracia morir sobrio.
—Yo no soy un ninja —respondió —, además, no es que lo haga siempre.
Ibiki frunció el ceño.
¿Estaba entendiendo que Idate se la vivía borracho?
—Listo —dijo el hombre cuando los dos se hubieron acabado su bebida —. A la ruleta.
La ruleta tenía más o menos el mismo sistema, había que elegir un número, pero también un color, y eso antes de que empezara a girar, de modo que de nada le servía calcular la fuerza, posición ni nada.
La mujer a cargo de la ruleta la giró, y la pequeña pelota dio saltos entre números y colores, perdiendo velocidad a medida que la ruleta perdía aceleración.
Ibiki contuvo la respiración, si mantenía el mismo ritmo descendente, las posibilidades de que se detuviera en su apuesta se elevaban considerablemente, y entonces…
El muro de la derecha estalló, todos empezaron a gritar a medida que por el boquete se abría paso uno de los barcos.
Idate tomó a Jirōchō Wasabi, poniéndolo a resguardo debajo de una de las mesas, mientras que Ibiki hizo un par de clones para apartar a tanta gente como era posible, aunque los primeros que recibieron el impacto ni siquiera contaban como heridos.
Rápidamente se dirigió al boquete, mirando al muelle. Pronto se dio cuenta de que ahí no estaba el problema.
—Pero ¿qué es eso? —preguntó Idate.
En mar, donde antes habían visto los barcos con las fiestas a bordo, se encontraba una criatura tan alta como el castillo en que estaban, negruzca a la escasa luz de la noche, similar a una inmensa cabeza redondeada con ojos resplandecientes.
—Una invocación, seguramente —respondió Ibiki saltando hacia abajo, corriendo a toda prisa a su encuentro antes de que siguiera destruyendo navíos.
Hizo su propia invocación.
Las olas se levantaron exageradamente y de entre ellas emergió un gato de la suerte con un eco metálico, encerrando en su interior aquella cosa, trozando uno de los tentáculos con los que estaba sosteniendo un barco, que cayó al agua. No se partió, pero definitivamente se hundiría.
El inmenso gato se selló con cadenas y empezó a sumergirse, produciendo un nuevo oleaje.
—¡Hay que rescatar a los sobrevivientes! —ordenó.
—¡Todos los que tengan un barco, ayuden! —secundó Jirōchō Wasabi, bajando de la espalda de Idate, y a su orden, los que aún no se habían movilizado tras la indicación de Ibiki, empezaron a abordar sus naves, con bastante dificultad debido al oleaje.
Ibiki corrió hacia el mar, reuniendo el chakra bajo sus pies para ganar estabilidad.
—Es impresionante —dijo el anciano, mirando cómo la situación parecía estar bajo control —. Los muchachos me habían dado una buena impresión, pero nunca había visto trabajar a un ninja de mayor rango.
Idate sonrió de medio lado.
Él nunca había aprendido a correr sobre agua, menos aún hacer una invocación, y aunque nunca se quejaba de haber abandonado su entrenamiento, no podía evitar el sentirse celoso.
El caos duró horas, entre que seguían rescatando a los pasajeros del agua, atendían a los heridos y trataban de ordenar una lista de desaparecidos y muertos, el amanecer los alcanzó en la playa.
Jirōchō no se había querido retirar, y era lo lógico, considerando que era responsable por ese pueblo en específico.
—Idate-kun —le llamó —¿tu hermano aún no ha vuelto?
El chico aguzó la mirada, atajándose el sol con una mano.
—No sé ni a qué fue.
—Debería decirle a Tsunade.
Sin embargo, pronto lo vieron acercarse por el camino, llevando algo a la espalda.
—Necesito un médico —dijo, notablemente cansado.
Cuando bajó al hombre que llevaba, se hizo evidente que no era para él.
—¡Pero si es el monje Dōshu! —exclamó Jirōchō.
—¿Es de por aquí? —preguntó, sentándose en un banquillo de la improvisada carpa que fungía como centro de operaciones.
—Lo es —respondió —. Pero desapareció hace casi un año. ¿En dónde estaba?
—Unos kilómetros hacia el este, hay un conjunto de islas inhabitadas. Mi invocación no pudo atrapar a la criatura, se escabulló antes de que pudiera sellarla, así que la seguí hasta ahí. En una gruta hay un templo, ahí lo encontré, pero está en tan mal estado que dudo mucho qué él haya hecho la invocación.
Idate fue por un médico, que corroboró lo que ya habían supuesto; el monje estaba severamente desnutrido y deshidratado.
—Lo mejor será llevarlo al hospital —dijo, suministrándole la única solución salina que llevaba consigo.
—Ya veo, si queremos que nos dé algo de información útil, tiene que recuperarse.
Ni bien Jirōchō terminaba de decir eso, cuando el monje reaccionó violentamente tomándolo por la mano. Aunque estaba tan débil, que se encontraba completamente distante de hacerle algún daño.
—Umibōzu —tartamudeó —. Santuario Todoroki.
Y se desvaneció enseguida.
—¿Umibōzu? —preguntó Idate.
—¿Dónde está el santuario Todoroki? —preguntó Ibiki.
—Llévalo —ordenó Jirōchō.
—Pero Jirōchō-sama, quedará desprotegido…
—Estaré bien, lo importante es evitar otro ataque.
—Iré yo solo, puedo llegar más rápido, además, mi hermano está de vacaciones.
—Es verdad, me disculpo por disponer de usted, Ibiki-san.
Ibiki se puso de pie.
—No hay problema con esto —. Solo iremos a echar un vistazo. Llegaremos a la hora del almuerzo.
Jirōchō rio quedamente.
—Lo tendré listo entonces.
Idate, sin embargo, torció la boca.
Comentarios y aclaraciones:
El Umibōzu apareció en un relleno de Naruto, quizás lo recuerden, quizás no…
Quizás sea el mismo… quizás no.
Abrí una fanpage de Facebook: El moleskine de Kusubana.
¡Síganla! Tendré material adicional y algunas noticias sobre el provenir de esta y otras historias.
Y más que nada, quiero desearles ¡Felices fiestas!
Este año logré alcanzar el centenar de historias publicadas y nada de esto tendría sentido sin ustedes los lectores.
¡Mis mejores deseos para todos! Especialmente en estos tiempos tan difíciles, espero poder cooperar en algo, aunque sea un minúsculo aporte para hacer más llevadero el asunto
¡Gracias por leer!
