Capítulo 10

Los susurros la despertaron. Al principio, se desorientó. Todavía ardían las velas, arrojando sombras que danzaban sobre la mampara. Sakura las contempló un momentos antes de comprender dónde estaba.

Los murmullos se dejaron oír otra vez. Se esforzó por captar alguna que otra palabra, y cuando lo logró, se despertó del todo y tembló de miedo. ¡Ahora entendía lo que decían! Era el sacramento de la extremaunción lo que estaba oyendo, el rito sagrado dedicado a un alma que partía.

Debían de haber encontrado a Itachi. Sakura se persignó deprisa, se puso la bata y fue a ofrecer sus propias plegarias. Aunque se la considerara una extraña, de todos modos era la esposa de Sasuke. ¿Acaso no era su deber permanecer junto a su esposo cuando despedía a un amigo?

Sasuke no la oyó acercarse. Sakura se quedó detrás de su marido, observando cómo el sacerdote leía la lectura sagrada. El cuerpo estaba sobre la mesa más alejada de la mampara. El anciano sacerdote, vestido con el atuendo de duelo, negro, bordeado de púrpura, estaba de pie junto a un extremo de la mesa. Tenía los cabellos grises y el rostro arrugado y hablaba con un tono cargado de tristeza.

Sasuke estaba de pie junto al extremo opuesto de la mesa. Los espacios intermedios estaban llenos de soldados de distintos rangos. Samui, Ino y otra mujer, que Sakura adivinó que sería Izumi, estaban cerca del hogar.

El corazón de Sakura se compadeció por la sufrida mujer. Vio que el rostro de Izumi estaba surcado de lágrimas, pero de su boca no brotaba un sonido, y eso la hizo admirarla más aún. Sin duda, en circunstancias similares ella habría gemido sin control.

Se asomó detrás de su esposo para mirar mejor al hombre al que estaban velando.

Al principio pensó que estaba muerto. Sakura estaba acostumbrada a ver heridas de todo tipo, y por eso no se desmayó al contemplar el horrendo espectáculo, aunque faltó poco. En un primer momento, le pareció que había sangre por todos lados. Pero no podía saber qué proporción provenía de heridas graves, y lo serio que era el daño. Una gran herida curva abarcaba gran parte del pecho del guerrero. Además, tenía quebrado el brazo izquierdo, cerca de la muñeca, pero a Sakura le pareció que era un corte limpio.

Era un hombre con cicatrices de batalla, rasgos austeros y cabello castaño oscuro. Un enorme cardenal le hinchaba la frente, confiriéndole un aspecto grotesco. Sakura contempló largo rato la hinchazón, preguntándose si ese golpe habría sido la causa de la muerte.

De súbito, el hombre muerto hizo una mueca. Fue un movimiento tan leve que si no hubiera estado observándolo con tanta atención, le habría pasado por alto.

En la mente de Sakura se encendió una chispa de esperanza. Se concentró en el modo en que el guerrero respiraba. Si bien la respiración era superficial, era tan genuina como la de un gallo de pelea. Esa era una buena señal, pues cuando la muerte se aproximaba a la presa, se producía una respiración temblorosa.

La verdad la tomó por sorpresa: Itachi no se había muerto... todavía.

El sacerdote no terminaba nunca las oraciones, y Sakura no quería esperar. Sin duda, el hombre al que estaban despidiendo pescaría una fiebre y moriría a menos que la joven pudiese curarle las heridas.

Sakura dio un golpecito en el hombro de Sasuke y este se volvió de inmediato; luego se movió para obstruirle la visión del soldado herido. No parecía muy complacido de verla.

—¿Es Itachi? —murmuró Sakura.

Sasuke asintió.

—Vuelve a la cama, Sakura.

—No está muerto.

—Está muriéndose.

—No, no creo que se esté muriendo, Sasuke.

—Vete a la cama.

—Pero, Sasuke...

—Ya.

La aspereza de la orden afligió a la joven. Sakura se volvió con lentitud y se encaminó de regreso a la cama. Pero mientras tanto hizo una lista mental de las cosas que necesitaba para atender a Itachi.

Cuando regresó junto a su esposo, tenía los brazos cargados con frascos de medicinas. Había metido una aguja larga e hilo fuerte en el bolsillo de la bata y tres medias blancas asomaban por el otro bolsillo. Sakura estaba resuelta a hacer todo lo posible por salvar al guerrero, con o sin la cooperación de su marido. Solo esperaba que Sasuke no armara demasiado escándalo antes de darse por vencido.

Pero no tendría más remedio que rendirse.

El sacerdote dio la bendición final y se arrodilló. Sasuke hizo un gesto a sus hombres, se volvió y casi arrojó a Sakura al suelo. Sin pensarlo, la sujetó para que no se cayera.

Estaba furioso con su esposa: así lo indicaba su expresión. Y también el modo en que le apretaba los hombros. Sakura hizo una aspiración profunda y exclamó:

—En Inglaterra tenemos una extraña costumbre. No lloramos la muerte de un hombre hasta que está muerto, y no llamamos al sacerdote hasta estar seguros de que ha fallecido.

Esa afirmación logró la atención total de Sasuke.

—No puedes estar seguro de que Itachi esté moribundo. Déjame ver las heridas. Si Dios ha decidido llevárselo, nada de lo que yo haga cambiará las cosas.

Movió los hombros para soltarse de las manos de Sasuke mientras esperaba una respuesta, que demoró largo rato. Sasuke la miraba como si hubiese perdido el juicio. Sakura trató de desplazarse a un lado, pero su esposo volvió a obstruirle la visión.

—Hay mucha sangre.

—Ya la he visto.

—La sangre te marea.

—Sasuke, ¿de dónde sacas eso?

Él no respondió.

—No me hará nada.

—Si te mareas, me enfadaré.

Y si tu voz se torna más áspera aún, hará estallar un relámpago, pensó Sakura.

—Esposo, lo atenderé, con tu permiso o sin él. Ahora, sal de mi camino.

Sasuke no se movió, pero abrió los ojos, sorprendido ante la dureza de la orden. Ella pensó que quería estrangularla y sacó la conclusión de que ése no era el modo de abordarlo.

—Sasuke, ¿acaso yo te dije cómo luchar contra esos bandidos que nos atacaron?

A él la pregunta le pareció ridícula. Sakura respondió por él:

—No, por supuesto que no te lo dije. Esposo mío, yo no sé nada de peleas, pero sé mucho acerca de curar. Curaré a Itachi, y no se hable más. Por favor, quítate de mi camino. Tu amigo sufre un dolor horrible.

Fue esa última afirmación lo que convenció a Sasuke.

—¿Cómo sabes que sufre?

—Lo he visto hacer una mueca.

—¿Estás segura?

—Muy segura.

La fiereza en el tono de Sakura sorprendió a Sasuke. Ante sus mismos ojos estaba convirtiéndose en una tigresa.

—Haz lo que puedas.

Sakura exhaló un suspiro mientras se acercaba deprisa a la mesa. Apoyó los frascos en una esquina y se inclinó sobre Itachi para examinarle las heridas.

Todos los guerreros se acercaron otra vez a la mesa. Parecían ofuscados, por lo que Sasuke creyó que se enfrentaría a una rebelión. Cruzó los brazos sobre el pecho y contempló a los presentes, que se habían vuelto hacia él. Era evidente que esperaban a ver qué haría en relación con la atrevida intervención de su esposa.

Sakura no prestó atención a los soldados. Palpó con suavidad los extremos de la protuberancia en la frente de Itachi. Luego, examinó la herida del pecho.

—Tal como imaginaba —dijo.

—¿El daño? —preguntó Sasuke.

Sakura movió la cabeza y dijo en tono esperanzado:

—La mayor parte es aparente.

—¿Aparente?

—Quiero decir que parece más grave de lo que en realidad es —explicó Sakura.

—¿No está muriéndose?

Fue el sacerdote quien preguntó. Jadeando, el anciano se puso de pie con esfuerzo y miró a Sakura con la expresión más feroz que la joven había visto nunca.

—Tiene una buena posibilidad, padre —dijo Sakura.

Oyó un grito de mujer e imaginó que provenía de Izumi.

—Me gustaría ayudarte -dijo el sacerdote.

—Le estaría agradecida —repuso la joven. Oyó que, tras ella, los soldados murmuraban por lo bajo. No les hizo caso y le dio la espalda a su esposo—. Advertí que te marchabas con tus hombres, pero si no tienes algo demasiado importante que hacer, tu ayuda me vendría bien.

—Ibamos a construir una caja —explicó Sasuke.

—¿Una caja?

—Un ataúd —intervino el sacerdote.

Sakura adoptó una expresión incrédula y sintió deseos de tapar los oídos de Itachi con las manos para que no oyese esa conversación descorazonadora.

—¡Por el amor de Dios! ¿Ya enterrabais a Itachi antes de que dejara de respirar?

—No, habríamos esperado —respondió Sasuke— En realidad piensas que puedes salvarlo, ¿no es cierto?

—¿En qué puedo ayudar? —preguntó Óbito, antes de que Sakura pudiese responderle a su marido.

—Necesito más luz, vendas de hilo, un tazón con agua tibia, más tazones con agua y dos tablillas de madera, más o menos de este tamaño, Óbito — indicó, mostrándole con las manos las medidas de las tablillas que necesitaba.

Si acaso pensaron que lo que había pedido Sakura no tenía sentido, no lo dijeron.

—Tiene el brazo roto, chica. ¿Piensas cortárselo? —preguntó el sacerdote.

A espaldas de Sakura, un soldado murmuró:

—Itachi preferiría morir antes de que le cortaran el brazo.

—No le cortaremos el brazo —afirmó Sakura, exasperada—. Se lo enderezaremos.

—¿Puedes hacerlo? —preguntó el clérigo.

—Sí.

El círculo de hombres en torno de la mesa se estrechó. Óbito se abrió paso a codazos hasta la señora.

—Aquí está el tazón de agua que pediste. Los otros están detras de ti.

Sakura abrió los frascos de medicinas, tomó entre el pulgar y el índice una pizca de un polvo pardo y lo mezció con el agua del tazón. Cuando el líquido se volvió turbio, se lo dio a Óbito.

—Por favor, sosténme esto un momento.

—¿Qué es, señora? —preguntó Óbito, oliendo la poción.

—Un somnífero para Itachi. Le aliviará el dolor.

—Ya está dormido.

Sakura no reconoció la voz y supo que ese comentario provenía de otro soldado que hablaba en tono colérico.

—Sí, está dormido —musitó otro—. Cualquiera puede verlo.

—No está durmiendo —replicó Sakura, esforzándose por ser paciente. Comprendió que tenía que conquistar la confianza de los hombres para que colaborasen con ella.

—Entonces, ¿por qué no nos habla ni nos mira?

—Porque sufre mucho —respondió Sakura—. Sasuke, ¿puedes sostenerle la cabeza para que le resulte más fácil beber?

Sasuke fue el único que no le discutió. Se acercó a la mesa y alzó la cabeza de Itachi. Sakura se inclinó sobre el amigo de Sasuke, le rodeó el rostro con las manos y le habló:

—Itachi, abre los ojos y mírame.

Fue necesario que repitiera sus palabras tres veces, gritando la última hasta que al fin el guerrero le obedeció.

Un murmullo de sorpresa se extendió alrededor de la mesa; los incrédulos se habían convencido.

—Itachi, tienes que beber esto —le ordenó Sakura—. Te quitará el dolor.

No cesó de insistir hasta que el guerrero bebió buena parte del preparado. Entonces, suspiró satisfecha.

—En uno o dos minutos, la poción hará efecto.

Tras esta afirmación, Sakura alzó la vista. Sasuke le sonreía.

—Aún es posible que le dé una fiebre y muera —susurró, temerosa de haberle dado demasiadas esperanzas y de haber sido poco precavida.

—No se atrevería.

—¿No?

—¡Con la manera en que le gritaste...! —replicó Sasuke.

Sakura sintió que se sonrojaba.

—Tenía que alzar la voz —se excusó—. Era el único modo de que me respondiese.

—Creo que ya está dormido —intervino Óbito.

—Veremos —dijo Sakura. Otra vez se inclinó sobre Itachi y le rodeó la cara con las manos.

—¿El dolor está cediendo? —preguntó.

El guerrero abrió lentamente los ojos y Sakura vio que la medicina comenzaba a surtir efecto, pues los ojos negros estaban turbios y el semblante había adquirido una expresión serena.

—¿Acaso me he ido al Cielo? —preguntó Itachi, en un áspero susurro—.¿Tú eres mi ángel?

Sakura sonrió.

—No, Itachi. Todavía te encuentras en las Tierras Altas.

Una expresión de horror atravesó el semblante del soldado.

—¡Buen Dios Todopoderoso, no estoy en el Cielo! ¡Estoy en el Infierno! Es una treta cruel del demonio. Pareces un ángel pero hablas como una inglesa.

La última afirmación fue un bramido y, de inmediato, comenzó a debatitse. Sakura se inclinó tan cerca del oído derecho de Itachi que casi lo besaba, y le murmuró en gaélico:

—Quédate tranquilo, amigo. Estás a salvo entre escoceses —le mintió—. Si te hace sentir mejor, imagínate la próxima batalla contra los ingleses, pero cállate. Deja que la poción te haga dormir.

El suave acento con que Sakura le habló le sonó extraño a ella misma, pero Itachi estaba demasiado aturdido para notarlo. Dejó de forcejear y cerró otra vez los ojos.

Se durmió con una sonrisa en los labios.

Debe de estar contando los soldados enemigos que matará, pensó Sakura.

—¿Qué le ha dicho, milady? —preguntó un soldado por encima del hombro de Sakura.

—Le he dicho que era demasiado obstinado para morirse, aún —respondió Sakura, encogiéndose de hombros.

Óbito estaba desconcertado.

—Pero ¿cómo sabes que Itachi es obstinado?

—Es escocés, ¿verdad?

Óbito miró a Sasuke para ver si se sentía divertido o insultado por el comentario de lady Uchiha. Pero aquel sonreía, y Óbito llegó a la conclusión de que la señora solo bromeaba. Con el entrecejo fruncido, se preguntó cuánto tiempo le llevaría entender a esa insólita inglesa. La voz dulce de la mujer era tan engañosa como su apariencia: era como una muñequita delicada. ¡Si la coronilla de Sakura apenas llegaba al hombro de su esposo...! Y si no estaba en guardia, esa voz algo ronca era capaz de convencerlo de cumplir cualquier deseo que le formulara...

—Yo también quisiera ayudarla.

La voz llorosa pertenecía a Izumi, que estaba al otro lado de la mesa, mirando a Sakura. La mujer castaña aún estaba asustada, pero decidida, y cuando Sakura le sonrió, le devolvió una sonrisa algo vacilante.

—Itachi es mi esposo. Haré cualquier cosa que me indique.

—Agradecerá su ayuda —le dijo Sakura—. Humedezca este paño y sosténgalo contra la frente de su esposo —le indicó.

Sakura sacó las tres medias del bolsillo y metió en una de ellas la tablilla que le había proporcionado Óbito. Antes de que terminara, uno de los soldados había hecho lo mismo con la segunda tablilla.

En ese momento le temblaban las manos, pues ya no podía demorar la tarea que más la asustaba. Era hora de enderezar el brazo de Itachi.

—En Inglaterra se puso de moda utilizar una esponja para hacer dormir aun hombre, pero yo no estoy de acuerdo con ese tipo de tratamiento — divagó—. Ruego que Itachi duerma mientras le hacemos estó.

—¿Habría dormido mejor si hubiera empleado la esponja? —preguntó un soldado.

—¡Oh, sí! —respondió Sakura—. Pero Sería posible que no despertara. Sucede en la mayoría de los casos. Las desventajas superan a las ventajas, ¿no cree?

De inmediato, los soldados asintieron.

—Sasuke, tendrás que hacer esto por mí pues yo no tengo suficiente fuerza — dijo—. Óbito, necesito tiras largas de hilo, preparadas para amarrar las tablillas.

Sakura metió la mano hinchada de Itachi en la tercera media, hizo cinco agujeros en la parte de los dedos del pie, y pasó los dedos por esos orificios. Cada vez que le tocaba el brazo, echaba a Itachi una mirada angustiada para ver si despertaba.

—Sasuke, sujétale la mano. Óbito, tú sostén el antebrazo —indicó—. Tirad muy lentamente, por favor, hasta que yo pueda enderezar el hueso. Izumi, vuélvete de espaldas. No quiero que veas esto.

Sakura aspiró con fuerza para serenarse, y luego murmuró:

—¡Dios, cómo detesto esta parte de mi trabajo! Ahora.

Fueron necesarios tres intentos hasta que la joven estuvo segura de que los extremos del hueso roto estaban en la posición correcta. Deslizó la primera tablilla debajo del brazo, luego puso la segunda encima. Le temblaban las manos. Sasuke sostuvo las tablillas mientras Sakura envolvía varias vueltas de vendas en las maderas. Cuando terminó, el brazo de Itachi quedó firmemente entablillado.

—Ya está; lo peor ya ha pasado —dijo, con un hondo suspiro de alivio.

—Falta el pecho, milady —le recordó el sacerdote. Lanzó una tos áspera y dolorosa, y agregó—: Tiene una herida abierta ahí.

—Parece peor de lo que en realidad es —respondió Sakura.

Sonrió al oír un suspiro colectivo. Pidió más luz y quedó casi ciega por la cantidad de velas que los soldados sostuvieron para que pudiese ver.

Sakura pidió otro tazón con agua tibia. Abrió otro frasco de medicina, arrojó una buena cantidad de un polvo anaranjado en el líquido y entregó la mezcla al sacerdote, tomándolo por sorpresa.

—Beba esto. Le curará la tos —le dijo—. Estoy segura de que le duele.

El clérigo quedó mudo. Tanta consideración lo dejaba perplejo. Bebió un buen trago e hizo una mueca.

—Bébalo todo, padre —le ordenó.

Como un niño, se resistió unos instantes y luego obedeció.

Sakura volvió la atención a la herida del pecho de Itachi. Se concentró en la tarea. La herida formaba una costra con barro y sangre seca, la limpió con meticulosidad, pues por la experiencia pasada y las instrucciones de su madre sabía el terrible daño que podía ocasionar un solo rastro de suciedad que quedara dentro de una herida. Y aunque no conocía la razón, sabía que era así. Como los labios de la herida eran desparejos, los cosió con aguja e hilo.

Sasuke ordenó que llevaran una cama al gran salón. Sabía que Sakura querría tener al paciente cerca, y la cabaña de Itachi estaba a buena distancia.

La esposa de Itachi no había pronunciado una sola palabra en toda esa noche tan larga. No se movió de donde estaba, frente a Sakura, y observó cada uno de los movimientos de la joven.

Ella casi no le prestó atención. Había estado inclinada sobre el guerrero tanto tiempo que, cuando al fin se irguió, le corrió un dolor por la espalda que la hizo ahogar una exclamación. Se tambaleó hacia atrás, y antes de que pudiese recuperar el equilibrio, sintió que una docena de manos la sostenían.

—Izumi, por favor, ayúdame a vendar el pecho de tu marido —pidió, con intención de hacer participar a la afligida mujer.

Izumi estaba ansiosa por ayudar. En cuanto la curación terminó, Sasuke llevó a su amigo a la cama. Sakura y Izumi lo siguieron.

—Cuando el dolor lo despierte, estará furioso —vaticinó Sakura—. Izumi, tendrás que vértelas con un oso.

—Pero despertará. —En la voz de Izumi vibró una sonrisa.

—Sí, despertará —confirmó Sakura.

Esperó a que Izumi acomodara las mantas bajo los hombros de su esposo, y luego le preguntó:

—¿Adónde han ido Samui y Ino?

—Han regresado a su cabaña, a dormir —respondió Izumi. Acarició la frente de Itachi con un ademán afectuoso que demostraba cuánto lo quería—. Yo iba a despertarlas cuando Itachi... cuando él hubiese muerto.

Sakura miró perpleja a Sasuke.

El padre Murdock atrajo la atención de todos, pues comenzó a roncar. El anciano sacerdote estaba tumbado en una silla que había acercado a la mesa.

—¡Pobrecito! —exclamó Sakura—. Olvidé decirle que el brebaje le daría sueño.

Puede dormir aquí —dijo Sasuke. Y dirigiéndose a la esposa de Itachi, añadió—: Izumi, vete a descansar un poco. Óbito y yo nos turnaremos para cuidar a tu esposo hasta que vuelvas.

La expresión abatida de Izumi indicó a Sakura que no quería dejar a su marido, pero se apresuró a asentir y se encaminó hacia la puerta. Sakura comprendió que la obediencia hacia el señor era más importante que cualquier otra consideración.

—Sasuke, si tú estuvieses muy enfermo sin duda yo no querría apartarme de tu lado. ¿Por qué no dejas que Izumi duerma aquí? podría descansar en una silla, o tal vez usar uno de los dormitorios de arriba, ¿no crees?

Izumi giró en redondo.

—Estaría muy cómoda —aseguró.

Sasuke pasó la mirada de una mujer a otra, y luego asintió.

—Ve a buscar tus cosas —dijo—. Dormirás en una de las habitaciones de arriba, Izumi. No te olvides de tu estado. Itachi se enfadaría si al despertar te viese exhausta.

Izumi hizo una reverencia formal.

—Gracias, milord —dijo.

—Omoi, acompaña a Izumi a la cabaña a recoger sus cosas —ordenó Sasuke.

Sakura se quedó junto a la cama, observando a Itachi. Izumi se acercó a ella, dudó unos instantes y luego le tomó la mano:

—Quisiera darte las gracias señora —murmuró.

—No tendrás que despertar a Samui y a Ino. —repuso Sakura.

Izumi sonrió.

—No, no tengo que despertarlas. —Comenzaba a irse, pero se volvió.— Cuando nazca mi hijo, llevará el nombre de su padre.

—¿Cuándo será ese acontecimiento maravilloso? —preguntó Sakura.

—Dentro de seis meses. Y sí es una niña...

—¿Sí?

—Le pondré tu nombre, milady.

Sí hubiera tenido fuerzas, Sakura habría reído, pero estaba tan agotada que solo pudo sonreír.

—Sasuke, ¿has oído la promesa de Izumi? Ella no cree que Sakura sea un nombre de varón. ¿Qué te parece?

Izumi le sonrió a Sasuke, esperó que asintiera y dijo:

—¿Sakura? Creía que tu nombre era Susi, milady.

Sasuke rió por su esposa. Izumi estrechó la mano de Sakura para demostrarle que estaba bromeando, y salió del salón con Omoi.

—¿Ese individuo sonríe alguna vez? —le preguntó Sakura a Sasuke cuando quedaron solos.

—¿Quién?

—Omoi.

—No, Sakura.

—Me detesta con toda su alma.

—Sí, así es.

Sakura miró enfurruñada a Sasuke por haber asentido con tanta facilidad, y luego preparó otro brebaje que tenía poder para prevenir la fiebre. Se dirigía otra vez hacia la cama cuando de pronto recordó que no había examinado la parte inferior del cuerpo de Itachi para ver si había otras heridas que curar.

Resolvió pedirle a Sasuke que lo hiciera mientras ella cerraba los ojos.

—No hay más heridas —afirmó Sasuke, tras acceder a su petición.

El alivio de Sakura no duró. Cuando abrió los ojos, Sasuke estaba a pocos centímetros de ella y le sonreía.

—Esposa, estás ruborizada. Respóndeme algo —le ordenó en voz suave y provocativa—. Si hubiera habido otra herida, ¿qué habrías hecho?

—Curarla, si fuera posible —respondió Sakura—. Y tal vez me habría ruborizado todo el tiempo mientras lo hiciera. Sasuke, no olvides que solo soy una mujer.

Esperó que Sasuke la contradijese.

—Sí, eso eres.

La forma en que la miraba hizo que el sonrojo de Sakura se intensificara. ¿Qué era lo que le pasaba a ese hombre? Se comportaba como si quisiera decirle algo y no se decidiera.

—Esposo, ¿otra vez estoy fea? Sé que debo de estar hecha un desastre.

—Nunca has sido fea —le respondió Sasuke, apartando un mechón de cabello sobre el hombro de Sakura. El tierno gesto provocó un estremecimiento en los brazos de la mujer—. Pero sí estás hecha un desastre.

Sakura no supo cómo interpretarlo. Su esposo sonreía, y la muchacha supuso que no se burlaba. ¿O sí? Ese hombre tenía un extraño sentido del humor.

Cuanto más la contemplaba Sasuke, más nerviosa se ponía.

—Vamos, haz que Itachi beba esto. —Le entregó el tazón.

—En las últimas horas has disparado órdenes como un comandante en el campo de batalla, Sakura. Pero ahora te muestras tímida. ¿A qué se debe el cambio?

—A ti —repuso Sakura—. Cuando me miras así, siento timidez.

—Es bueno saberlo.

—No, seguro que no es bueno —musitó. Le arrebató el tazón de las manos, corrió junto a Itachi e instó al paciente a que bebiera una buena cantidad.

—Quiero que uses mi manto —dijo Sasuke.

—¿Qué?

—Esposa, quiero que lleves mis colores.

—¿Por qué?

—Porque ahora me perteneces —le explicó Sasuke, paciente.

—Uchiha, usaré tu manto cuando mi corazón quiera pertenecerte,
y ni un minuto antes. ¿Qué opinas de eso?

—Podría ordenarte que...

—Pero no lo harás.

Sasuke sonrió. A fin de cuentas, su pequeña y gentil esposa comenzaba a entenderlo. Y él también comenzaba a comprender cómo funcionaba la mente de Sakura. Esta mujercita tonta aún no aceptaba que su propio corazón comenzaba a ablandarse por él. Pero Sasuke quería que lo admitiese.

—¿Es cierto lo que le dijiste a Izumi? Si yo estuviese herido, ¿te quedarías a mi lado?

—Por supuesto.

Sakura no miró por encima del hombro cuando agregó:

—Marido, ya puedes abandonar esa sonrisa presuntuosa. Cualquier esposa se quedaría junto a su marido: es nuestro deber.

—Y tú siempre cumples con tu deber.

—Sí.

—Sakura, te daré dos semanas para decidirte, pero terminarás por usar mi manto.

Mientras contemplaba a Sakura, una verdad contradictoria se abrió paso en la mente de Sasuke: en realidad, quería que ella lo quisiera. Quería que lo amara. Aun así, estaba decidido a no amarla. El motivo era simple: un guerrero no amaba a su esposa, la poseía. Claro que existían buenas razones para ello: el amor complicaba la relación. Por otra parte, hacía que un señor olvidara sus obligaciones. No, nunca amaría a Sakura, pero se empeñaría en que muy pronto ella se enamorara de él.

—Dos semanas.

Sakura no necesitaba que lo repitiese.

—Marido mío, eres muy arrogante.

—Me alegro de que lo adviertas.

Sasuke salió del salón antes de que Sakura pudiese ahogar una risa con la que lo hubiera provocado otra vez. Los soldados debían de estar esperándolo abajo, en el patio, de seando oír noticias sobre su amigo. Varios cientos de hombres velaban a Itachi y no retomarían las tareas hasta no haber entrado a ver al camarada. Tenían derecho, y Sasuke no se lo negaría.

En el mismo momento en que Sakura cerraba los ojos, Itachi se despertó del sueño inducido por el brebaje. La joven se arrodilló en el suelo con los pies metidos bajo el vestido. El largo cabello rosa se esparcía como una manta por la espalda. Itachi gimió cuando intentó mover el brazo palpitante. Quiso frotarse para aliviar la comezón, pero cuando trató de mover la otra mano, sintió que alguien se la sujetaba.

Abrió los ojos, y enseguida vio a la mujer. Tenía la cabeza apoyada cerca del muslo de Itachi y los ojos cerrados. Sin saber cómo, adivinó que tenía los ojos esmeralda, dulces y encantadores.

Itachi creyó que estaba dormida, pero cuando intentó soltarse, ella no se lo permitió.

Entonces, los soldados comenzaron a agolparse en el salón, y atrajeron la atención del herido. Los amigos le sonreían. Itachi trató de devolver el saludo y, si bien estaba dolorido, las sonrisas de los camaradas le indicaron que no estaba moribundo. Quizá los últimos ritos que creí oír eran para otro, pensó.

Cerca de la entrada aguardaban Sasuke y Óbito. Sasuke contemplaba a su esposa, y Óbito a los soldados.

Para Óbito fue un momento mágico: los soldados parecían atónitos ante el cuadro que presenciaban. Todos ellos sabían que lady Uchiha había salvado a su amigo de una muerte segura. La débil sonrisa de Itachi confirmaba el milagro.

En el salón solo cabía una tercera parte de los soldados, pero cuando el primer hombre se puso en cuclillas e hizo una reverencia, los otros lo imitaron, hasta que incluso los que estaban afuera estuvieron de rodillas.

Sasuke comprendió que era un acto unánime de lealtad, pero no hacia Itachi. No, Itachi era un par y no correspondía que se arrodillaran ante él. En ese instante, los soldados brindaban a lady Uchiha su lealtad, su absoluta confianza.

Y durante la silenciosa ceremonia, su esposa dormía.

—Yo me jacté de que le llevaría mucho tiempo conquistar la confianza de los soldados —le dijo Óbito a Sasuke—. Estaba equivocado; le ha llevado menos de un día.

Omoi, con su hermana Ino, entró en el salón en el mismo momento en que salía el último soldado. Esperaron junto a Óbito, hasta que Izumi, llevando de la mano a Samui, se unió a ellos.

—¿Lo ves, Samui? Te dije que Itachi estaba mejor. ¡Mira cómo sonríe! — murmuró Izumi, dichosa; luego, soltó la mano de Samui y corrió junto a su esposo.

—Lady Uchiha salvó a Itachi —le dijo Óbito a Omoi—. Es hora de regocijo, mi amigo, no de enfado. ¿Por qué frunces así el entrecejo?

—Itachi se habría curado aun sin la asistencia de lady Uchiha. Fue decisión de Dios, no de ella.

El tono duro del hombre llamó la atención de Sasuke.

—Omoi, ¿no aceptas a mi esposa? —preguntó, con un tono engañosamente suave.

De inmediato, el guerrero movió la cabeza.

—La acepto porque es tu esposa, Sasuke, y la protegeré con mi vida —agregó—. Pero no ganará mi lealtad tan fácilmente.

Samui y Ino permanecieron junto a Omoi con la misma expresión que él, mientras asistían a la conversación. Sasuke los miró uno a uno y luego dijo:

—Todos vosotros le daréis la bienvenida, ¿habéis entendido?

Las mujeres asintieron de inmediato. Omoi tardó algo más en aceptar.

—Sasuke, ¿acaso olvidaste tan pronto a nuestra Helena?

—Han pasado casi tres años —intervino Óbito.

—No la he olvidado —afirmó Sasuke.

—¿Y por qué...?

—Omoi, yo me casé para complacer a mi rey, y tú lo sabes. Antes de darle la espalda a mi esposa, recuerda, recordadlo todos: Sakura también se casó por orden de su propio rey. No tenía más interés que yo en este matrimonio. Honradla por cumplir con su deber.

—¿Es verdad que no quería casarse contigo? —preguntó Samui. Los ojos azules revelaban su asombro.

Sasuke movió la cabeza.

—Samui, el único motivo por el que comento esto contigo, es tu hermana, Helena. Sakura estaba prometida a otro hombre. ¿Por qué querría casarse conmigo?

—Los ingleses nos detestan tanto como nosotros a ellos —dijo Óbito.

—Tu esposa no sabe lo afortunada que es —dijo Samui, con timidez.

Sasuke sonrió al percibir la sinceridad en la voz de Samui. Los tres se quedaron mirándolo mientras se encaminaba hacia su esposa dormida y la alzaba con ternura en los brazos. La apretó contra el pecho.

Óbito lo siguió con la intención de tomar su turno para cuidar de Itachi.

—Sasuke, me pregunto cuánto tiempo le llevará a tu esposa aceptarnos.

—Muy poco —predijo Sasuke. Se dirigió hacia la cama, pero se detuvo para decir sobre el hombro—: Se acostumbrará, Óbito, ya lo verás.


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