Capítulo 10

ITACHI miró la pila de trabajo que había sobre su escritorio como si pudiese hacerlo desaparecer con la mirada. La promesa de la primavera se había alejado de Londres y la lluvia golpeaba los cristales de su despacho como si un dios furioso estuviese lanzando espadas desde el cielo.

Aunque a él le daba igual, no tenía intención de salir de allí en mucho tiempo porque no quería volver a casa y encontrársela vacía.

Llamaron a la puerta y supuso que se trataría de Tenten, pero era Naori. Les había dicho a sus hermanos que estaba enfermo y que no quería contagiar al bebé, pero ya habían pasado ocho días y su hermana había querido ir a comprobar cómo se encontraba.

–Pensé que te habías marchado a Nueva York –comentó él en tono amable.

–Tenía que hacer algo en Oxford antes de marcharme –le respondió ella acercándose y sentándose al otro lado del escritorio–. Y luego Tenten me llamó y aquí estoy.

–¿Tenten te llamó? –preguntó él con el ceño fruncido.

–Y tengo que confesar que ahora lo entiendo. Tienes un aspecto horrible.

–No me he afeitado desde hace... varios días, nada más.

–Ni tampoco has dormido desde hace varios días, a juzgar por tus ojeras. ¿Qué ocurre?

–Trabajo –entonó él–. Ahora, ¿hay algún otro motivo por el que querías verme?

–¿Cómo está Sakura? Shisui me ha contado que se ha vuelto a Berenia. Bueno, me lo ha contado todo, pero yo te conozco y te he visto con ella, así que sé que era real.

–Dentro de tres mil cuatrocientas treinta y dos horas estaremos divorciados –le respondió él.

–Oh, Itachi.

Itachi se levantó de la silla y fulminó a su comprensiva hermana con la mirada antes de ponerse a mirar por la ventana.

–Pero tú la amas de verdad, ¿no? –le preguntó Naori.

–Si esto es amor, no lo quiero –rugió él.

–Yo pienso que lo que te ocurre es que te da miedo.

–¿Sí? ¿Y qué es lo que me da miedo?

–Sentir. Amar.

Itachi resopló.

–El amor no existe –espetó–. Y si piensas lo contrario estoy seguro de que vas a sufrir.

–¿Como cuando éramos niños? Yo era muy pequeña, pero recuerdo lo enfadado que estuviste cuando mamá se marchó. Hiciste un agujero de un puñetazo en una pared, ¿recuerdas? Te rompiste los nudillos y tuviste que llevar la mano vendada seis semanas.

–¿Cómo sabes que le di un puñetazo a una pared?

–Porque te vi. Y, desde entonces, te encerraste en ti mismo y te apartaste de todo el mundo, incluso de Shisui y de mí.

–Siempre estaré ahí si me necesitáis, y lo sabes.

–Sí, pero no permites que nosotros hagamos lo mismo.

–Eso es porque yo no necesito a nadie.

Nada más decir aquello se preguntó por qué entonces se sentía tan mal con la marcha de Sakura. Por qué tenía la sensación de que su vida no tenía color de repente. Juró entre dientes.

Naori sonrió.

–Sé que el amor es un concepto que no te gusta, pero ella te ama.

–¿Cómo lo sabes?

–Igual que sé que tú también la amas a ella. Por el modo en que os miráis. A Shisui y a Temari les pasa lo mismo y yo también espero encontrar algún día a alguien que me mire así.

Él estuvo a punto de negarlo, pero no pudo.

Enterró la cara entre las manos y reconoció lo que siempre había sabido que era verdad. Amaba a su esposa. Amaba a Sakura y eso no iba a cambiar.

–Se te olvida que se ha marchado, Naori. Si amas a alguien, no te marchas a medianoche, sin despedirte.

–¿Como nuestra madre? –le preguntó ella en voz baja–. Sakura no es nuestra madre, Itachi. Y, ¿quién sabe qué habría ocurrido si nuestro padre hubiese ido tras de ella? Tal vez habría vuelto y nuestra vida hubiese sido muy diferente.

–No sé...

–Y no lo sabrás si te rindes.

–Yo no me rindo –reaccionó Itachi.

–Entonces, ¿por qué no le has preguntado a Sakura por qué se quería marchar en vez de dar por hecho que ya sabías la respuesta?

–Te debo una –le dijo él sonriendo, de camino a la puerta.

–No te preocupes, que me la voy a cobrar.

.

.

Sakura hojeó con desgana el documento que Shizune le había imprimido. Cincuenta páginas con los invitados que esa noche asistirían a la cena.

Llevaba algo más de una semana en Berenia y no se encontraba bien, aunque había estado disimulando para que nadie se diese cuenta.

–¿Está lista, Alteza? –le preguntó su asistente.

Ella gimió en silencio. Seguía por la página veinte y tenía el estómago revuelto, llevaba así desde que había vuelto de Londres.

–No he terminado de leer tus notas. ¿Hay algo en particular que deba saber? ¿Algún tema de conversación que deba evitar?

Shizune le dio algo de información y Sakura se obligó a concentrarse.

Después se miró al espejo por última vez. Había escogido una sencilla túnica azul marino y se había recogido el pelo en un moño. Su aspecto era profesional.

–El rey y la reina de Santara han enviado una nota para dar gracias por el regalo que envió a la princesa Jana. No podrán asistir esta noche, como era de esperar.

–¿Y mi padre?

–Está esperándola en el salón sur. ¿Seguro que está bien, Alteza? La veo un poco pálida.

–Estoy bien –mintió, a pesar de que solo quería tumbarse en la cama y dormir.

Al llegar al salón en el que estaba su padre, este realizó la misma observación:

–No tienes buen aspecto.

–Gracias, padre –le respondió ella, haciendo una mueca–. Lo mismo podría decir de ti.

–Yo ya descansaré cuando me muera –argumentó el rey–. Con respecto a ti... No deberías estar sola esta noche. Tu marido debería estar aquí.

Ella esbozó una sonrisa y decidió que tenía que ser valiente.

–Antes de que salgamos de esta habitación hay algo que me gustaría contarte acerca del príncipe Itachi y yo. Y quiero que sepas, ante todo, que la idea fue mía.

Su padre la escuchó pacientemente mientras ella narraba todo lo ocurrido omitiendo la parte en la que se había enamorado de Itachi.

–Y ahora, ¿qué? –le preguntó él con el ceño fruncido.

–Estaremos casados cinco meses y después nos separaremos.

–Deberías habérmelo contado antes.

–¿Me habrías escuchado?

Sakura jamás le habría hecho una pregunta tan impertinente a su padre unos meses antes, pero quería que este se diese cuenta de que ya no era la misma persona que antes de haberse casado con Itachi. Había crecido en brazos de Itachi y no quería volver al pasado.

–Tal vez no –admitió él–, pero ahora sí que te voy a escuchar. En cualquier caso, tenemos que ir a recibir a nuestros invitados.

–Por supuesto, padre. Para terminar, solo quiero decirte que voy a demostrarte que soy capaz de hacer este trabajo sola. Que vas a estar orgulloso de mí como reina de Berenia.

–Nunca he pensado lo contrario, Sakura, pero este es un trabajo muy solitario y te será más difícil encontrar esposo cuando seas reina. Por eso no quiero que estés sola, porque es demasiado duro.

–Padre...

–Estoy bien. Es solo que... echo de menos a tu madre.

–No sabía que te sintieses así.

Él esbozó una sonrisa.

–¿Por qué piensas que no he vuelto a casarme? Y, tal vez me equivoqué, pero por eso quise evitaros a Deidara y a ti que os apegaseis demasiado a nadie.

–Ese es el motivo por el que nos cambiabas de niñera constantemente, ¿no? –le dijo ella, comprendiéndolo por fin.

–Quise que fuerais más resilientes que yo. Más fuertes. Pero a ti te hicieron daño igualmente y después perdimos a Deidara, así que tengo la sensación de haberos fallado a los dos.

–Padre...

–Permite que termine –le pidió–. Pensé que si te obligaba a casarte sin amor te evitaría futuros sufrimientos, pero ahora me doy cuenta de lo equivocado que estaba. También tenía la esperanza de que tuvieses a un hombre fuerte a tu lado que te apoyase, y esperaba que ese fuese el príncipe Itachi. Ahora, ¿vamos?

–Sí, ya es la hora.

Tres horas después Sakura pensó que, si no se sentaba pronto, se iba a desmayar.

Se disculpó con las personas con las que estaba hablando y se disponía a salir del salón cuando vio en la puerta una figura vestida de negro.

Estaba serio e iba muy bien vestido, pero estaba sin afeitar.

Itachi se acercó a ella.

–Te has recogido el pelo –comentó.

–Sí –admitió ella, todavía más aturdida.

–Y no te encuentras bien.

–Me duele un poco la cabeza. Tú, sin embargo, estás... casi como siempre.

–No he vuelto a ser el mismo desde que te conocí, princesa –le respondió él–. Aparte de eso, voy a sacarte de aquí.

–¿Príncipe Itachi? Qué alegría que hayas podido venir.

Sakura oyó la voz de su padre y se estremeció.

–Sí, pero me temo que mi esposa no se encuentra bien y voy a llevármela de aquí.

–¿De verdad? Entonces, ¿te has acordado de que tienes una esposa?

–No se me ha olvidado nunca –respondió Itachi al rey.

Los dos hombres se miraron a los ojos y el rey asintió.

–Bien. Ya le he dicho yo que no estaba bien. Necesita acostarse.

–Eso lo decidiré yo –protestó Sakura.

–Por supuesto –le dijo Itachi–, pero necesito hablar contigo y preferiría no hacerlo en público.

Sakura se dio cuenta entonces de que muchas personas los miraban con interés.

Levantó la barbilla y echó a andar, pero sintió que le fallaban las piernas y habría tropezado con el vestido si Itachi no hubiese estado a su lado para sujetarla.

–¿Dónde está tu habitación? –le preguntó, saliendo por la puerta con ella en brazos.

–No voy a ir contigo a mi habitación. Y déjame en el suelo.

Él la dejó en el suelo y ella se alisó el vestido.

–Solo quiero saber qué haces aquí. Y por qué tienes aspecto de no haber dormido en una semana.

Itachi tomó sus manos.

–He venido a decirte que estoy completamente enamorado de ti.

Sakura dejó escapar un gemido.

–Pero si... en el hospital, cuando te di a la princesa Jana, me miraste como si no quisieras volver a verme jamás.

–Estaba en shock. Al verte con el bebé en brazos, me pregunté cómo sería si la niña fuese nuestra.

–¿De verdad? –le preguntó ella con los ojos llenos de lágrimas–, pero si me dijiste que no necesitabas amor en tu vida.

–No quería amor en mi vida –la corrigió él–. Por eso no fui tras de ti cuando te marchaste. En especial, porque me recordó a cómo se había marchado mi madre, pero Naori me ha abierto los ojos.

–Oh, Itachi. Cómo siento haberte recordado a tu madre. Yo... tenía tanto miedo de decirte lo que sentía, que hui como una cobarde.

–Yo tampoco te di muchos motivos para quedarte, pero ahora me gustaría que me dijeras qué sientes por mí.

–Te amo, por supuesto. Creo que siempre te he amado.

Itachi le dio un beso y ella se apoyó contra su cuerpo, hasta que fue consciente de la realidad.

–Itachi, espera... –le pidió con voz temblorosa–. Esto no puede funcionar. Tu vida está en Londres y yo voy a ser reina, salvo que abdique en mi primo y...

–¿Abdicar? De eso, nada. Vas a ser una reina perfecta.

–Entonces, ¿qué sugieres? ¿Que tengamos un matrimonio a distancia?

–Sakura, eres mi esposa y vas a seguir siéndolo y yo voy a estar a tu lado. Aquí, en Berenia.

–Pero, tus negocios...

–Puedo gestionarlos desde cualquier parte, si es que tú quieres pasar el resto de tu vida conmigo.

–Sí, sí, sí –respondió ella feliz–. Itachi, te amo tanto que me da miedo.

–Eso es porque todavía no eres consciente de lo mucho que te amo yo a ti, pero prometo demostrártelo todos los días.

Ella le dio un beso y después se apartó.

–No quiero pegarte el resfriado.

–A mí me parece que no estás resfriada, princesa.

–Pues me siento mal, tengo el estómago revuelto y estoy mareada a ratos.

–¿Te ha visto un médico?

–No.

–Pues debería hacerlo porque yo pienso que no estás enferma, sino embarazada.

–No, no puede ser... ¿Qué vamos a hacer? –le preguntó, llevándose la mano a la boca.

–Vamos a tener un bebé.

–Quiero decir que, ¿qué te parecería tener un bebé?

–¿Qué te parecería a ti?

–Yo sería la mujer más feliz del mundo. Te amo y quiero tener hijos contigo.

Itachi esbozó una sonrisa.

–Entonces, llévame a tu habitación, por si acaso estoy equivocado, podemos ponernos a ello inmediatamente.

Sakura lo abrazó por el cuello.

–Será un placer.