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Capítulo 13

Completamente borracho, Albert Ardley reía mientras se abalanzaba sobre una joven y despampanante rubia, que no podía creer en su buena suerte.

Estaba en la fiesta de Navidad que ofrecía todos los años su abuela Elroy en la gran mansión familiar. La cabeza le daba vueltas y sólo quería olvidar...

Necesitaba olvidar, pero no podía.

¿Cómo olvidar a Candy? ¿Cómo olvidar su dulzura, sus manos de seda, el color de sus ojos? Su glorioso cabello dorado, sus piernas perfectas. Y su boca... Dios, su boca.

Debía eliminar esos fantasmas, debía ahogar su dolor en los labios de una bella mujer. Lo intentó con lo que tenía más a mano. Tomó a la mesera de un brazo como había hecho con Candy aquella vez, en la puerta de La Escala. Le cubrió la boca con la suya, quemada por el licor y el sabor de los recuerdos.

Pero no funcionó. La miró a los ojos y sacudió la cabeza... como Candy no había dos. La soltó murmurando una disculpa, y la pobre se quedó desmadejada y anhelante, con la bandeja a punto de caérsele.

Su padre se acercó y le pasó el brazo sobre los hombros.

—Albert, basta.

—Ah, papá, tu no entiendes... Ven, brindemos por el amor.

—Que ya has brindado demasiado, hijo.

—Papá, es Navidad, y hay que festejar —le dijo apurando un nuevo trago.

—Estás ebrio, Albert. Tú no eres así. Desde que terminaste con esa chica, no eres el mismo.

La sonrisa de Albert se marchitó al instante. No quería hablar de Candy. No quería recordar...

Llamó a la mesera que se acercó más que dispuesta.

—Sé buena, y trae champagne para mi viejo y para mí.

—Suficiente. Estás dando la nota, Albert, todos nos miran. Tu abuela está muy afectada por tu comportamiento.

Albert soltó una carcajada.

—¿La abuela está afectada? Pues la invitaré a bailar. Y luego le regalaré un colgante con su inicial, ¿qué te parece? Una linda cadena con una letra... Mierda. Papá ¿cómo se llama la abuela? Lo tengo en la punta de la lengua...

—Me llamo Elroy, William. Y ya tengo varios collares con mi inicial, querido. Quizás te dé uno a ti, para que no vuelvas a olvidar mi nombre —observó su abuela con una mueca de disgusto. Sus finos labios parecían de piedra.

—Abuelaaa... qué placer verte.

—Ya nos hemos visto hace minutos, y estabas igual de ebrio.

—... qué gusto verte de nuevo, entonces. Ven, dame un abrazo.

Elroy lo ignoró y se dirigió a su hijo.

—Hijo, llévatelo ya. Está como una cuba.

—Esooo... Cuba, quiero regresar a Cuba —canturreó Albert.

Y fue el último sonido que emitió esa noche, antes de caer al suelo casi inconsciente.

Mientras su padre lo llevaba a rastras a la cama, a sus espaldas se desplegaba un magnífico espectáculo de fuegos artificiales, que ninguno de los dos disfrutaría.

Despertó pero no abrió los ojos porque sabía que estaba en el mismo infierno de siempre.

Se preguntó si de verdad habría vida después de Candy. Después de todo, no la había antes de ella ¿por qué habría de haberla después?

Hasta que la conoció no supo lo que era amar a una mujer. Había querido, había deseado, pero amar, lo que se dice amar, jamás.

Desde el instante en que la vio, supo que era algo especial. No sólo por su cautivante belleza, sino por esa conexión perfecta que sintió con ella, ese tipo de conexión que sólo puede darse una vez en la vida. Y la amó, vaya si lo hizo. Y lo seguía haciendo. Y estaba seguro de que la amaría hasta el último de sus días. Cada minuto que pasaron juntos había sido tan intenso que de sólo recordarlo le dolía el alma. ¿Por qué lo había estropeado así? ¿Qué clase de idiota arruinaría su propia felicidad de ese modo?

Sintió que jamás podría siquiera interesarse por otra mujer. No tenía ninguna necesidad de tipo sexual hasta que llegaba la noche, besaba sus bragas y lo abordaban los recuerdos. Revivía una y otra vez, aun sin desearlo, esos momentos únicos que pasaron juntos. Recordaba cuando la besó por primera vez, en el parque de diversiones. Cerraba los ojos y la veía reír escondiendo su hermoso rostro detrás del oso de peluche. Podía sentir en su boca su aroma a vainilla. Podía oler el perfume de su cabello. Olía a manzana. Olía a mujer. "Por Dios, ¿hasta cuándo seguirá esta tortura", se preguntó.

Se sentía extenuado, y pasó todo el día de Navidad durmiendo. Pero ni así se liberaba, pues Candy se aparecía en sueños, con su uniforme de colegio y su mochila rosa. Podía sentir lo mismo que sintió cuando ella lo montó y le succionó la lengua.

Volvió a soñar también con el fatídico momento en que ella lo tocó y él se desbocó como un caballo salvaje. Y cuando despertó, se encontró solo, enfermo, y al borde del abismo.

Necesitaba un trago con urgencia pero no tenía voluntad ni de llamar para que se lo trajeran, mucho menos de ir a buscarlo. Se preguntó si Candy pensaba en él, y si ya había vuelto al ruedo el idiota de la bici. De sólo imaginarlo, se quedaba sin aire. No soportaba la idea de que otro la tocara, y al mismo tiempo deseaba que ella fuese feliz.

Recordó su risa pero sintió ganas de llorar. Recordó su mirada, y cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir, sintió que se le erizaba la piel al revivir lo que experimentaba cuando su lengua tocaba la de ella.

Por esa boca... daría lo que fuera por volver a besar esa hermosa boca.

"Por favor, basta. Basta o me moriré de pesar por no tenerla...", se dijo mientras apretaba su rostro contra la almohada. Y por primera vez en muchos años, hizo lo mismo que en La Habana, cuando se dio cuenta de que su madre jamás volvería: dejó correr las lágrimas por su rostro perfecto. Finalmente, pudo llorar.

Thomas en cambio no lloraba. Ni siquiera lo hizo cuando se enteró de la tragedia de sus padres. Pero entonces, al igual que ahora, le dolía el alma por Candy.

No odiaba a Albert como lo hacía Candida. No lo odiaba porque no lo conocía. Pero aun así no entendía cómo un hombre que una noche le muestra al mundo que está con una mujer, al otro día la deja como si fuese el traje que lució en la fiesta. Su hermana no iba a ser el adorno de nadie, eso lo aseguraba él.

Le creía a Candy que no habían ido a la cama. Por eso no podía entender por qué diablos la dejó sin haber... probado el dulce. Era su hermana, y le inspiraba una ternura inmensa, pero no podía dejar de reconocer que era hermosa, y mal que le pesara, ya era mayor de edad. ¿Por qué querría ese Albert deshacerse de algo tan bello antes de...?

No le encontraba explicación al asunto. Vamos, que el hombre tenía su misma edad. A los 28 años, ya sabe uno para que lo tiene ¿no? La pregunta era: ¿por qué no continuó adelante? ¿Por qué lo detuvo una mínima resistencia de ella? Después de todo, es lo que se espera de una chica que jamás... Un hombre siempre está preparado para ello, y no por eso se corta así. Diablos, no se quedaría con la duda.

Iría a ver a ese tal Albert, para que le dijera en la cara por qué tenía a su hermana como un alma en pena. Adoraba a Candy pero no la guardaba para sí. Quería que fuese feliz, y entendía que a su edad y siendo así de bella, debía estar dichosa y enamorada, disfrutando del sexo, y no llorando el día entero a moco tendido, como la heroína de una novelita rosa.

Decidido. Iría a hablar con Ardley.

El World Trade Center Montevideo se erguía majestuoso de cara al mar. Tom dudaba en la puerta. ¿Debía llamar primero, o presentarse así de improviso? Miró hacia arriba, y lo encandiló el reflejo del sol en el vidriado edificio. Por suerte había dejado de llover. Una Navidad lluviosa, con una Candida de mal humor y una Candy sollozante, era más de lo que podía soportar. Ambas siempre habían sido unas campanas. A veces tañían duro y lo aturdían, pero eran unas campanas. Y ahora todo era pesar en esa casa.

No dudó más y entró.

—Quisiera hablar con Albert Ardley.

"Qué guapo y qué decidido", pensó Paqui, la recepcionista. Entre su jefe y los visitantes, siempre estaba a punto de infartarse.

—¿Quién lo busca?

—Dígale que soy Thomas White, el hermano de Candy.

—Un momento.

Menudo palacio. Este Albert trabajaba en una empresa de primera, se notaba. Candida tenía razón, este tipo tenía dinero. Y seguro que era un estirado.

Cuando supo que el hermano de Candy lo buscaba, Albert casi se infarta. No acostumbraba a ir personalmente en busca de sus visitas, pero la ansiedad pudo más, y bajó a recibirlo. Salió del lujoso ascensor y se paró frente a él.

Eran dos hombres igual de altos, igual de guapos, mirándose a los ojos.

—Buenas tardes. Soy Albert.

—Lo supuse.

Se estrecharon la mano. A Tom, muy a su pesar porque iba predispuesto a la batalla, Albert le cayó bien de entrada. No le pareció nada estirado y le agradó la firmeza de su mano.

—Ven. Por aquí.

Y Tom lo siguió de vuelta al elevador, y luego hasta su espectacular oficina en el piso veintidós, con vista al Puerto del Buceo. Resopló fascinado cuando vio las blancas embarcaciones a la distancia. Parecían pequeños puntos en el mar azul. Siempre le habían gustado las alturas, pero el hermoso paisaje no debía distraerlo de su objetivo. Fue directo al grano.

—Lo que quiero saber es qué le hiciste a mi hermana.

Albert se esperaba algo así, pero igual su franqueza lo golpeó en la boca del estómago y lo dejó sin aire.

—Le hice daño —respondió con igual sinceridad.

Tom pestañeó, aturdido. Y se lo decía así de fresco ¿debía romperle la cara ahora o esperar un rato...?

—Pero no como tú te imaginas. No me acosté con ella.

—Lo sé. Y por eso estoy aquí. ¿Por qué no te acostaste con Candy, Ardley?

Albert no podía creerlo.

—Me preguntas por qué no me follé a tu hermana...

—No. Lo que te pregunto es por qué no quisiste hacerlo y la dejaste de la peor manera, ignorándola y sin dar la cara. Ardley, Candy está destrozada por tu culpa.

Carajo. Lo dijo. Dijo lo que él no quería escuchar. Candy estaba sufriendo. Su corazón también se deshizo, se le partió en mil pedazos.

—No entenderías.

—Inténtalo —respondió Tom con los dientes apretados.

"¿Qué le digo? ¿Que soy tan caballero que no quise dañar su virtud? ¿O le digo la verdad, que tuve miedo de no estar a la altura de las circunstancias, de ser muy poco para ella, y que además estuve a punto de violarla en más de una ocasión? Que tengo miedo de mis propios impulsos, que ella es demasiado para un cínico como yo, un enfermo sexópata que no puede reprimirse", pensó.

—Candy es lo mejor que me pasó en la vida, Thomas. Yo la amo. Pero no tengo derecho a cortarle su adolescencia con mis presiones de hombre adulto, con demasiadas noches encima. Abrumarla con... mis urgencias, apremiarla para que haga lo que aún no desea hacer, me hace sentir una mierda.

—Entonces, en vez de decirle "Mira, cuando estés lista me avisas", contando con que ella no lo esté aún, la dejas sin darle ninguna explicación.

—Era la única forma. Si la tengo enfrente, si le hablo, no la dejo.

—¿De veras la amas, Albert?

—De veras.

—Pues ve por ella. Sí, ve por ella. Yo, su hermano, te lo estoy pidiendo.

Albert dudó. ¿Le estaba entregando a Candy?

—Sólo quiero que ella sea feliz. Sólo lo será a tu lado, pues te adora. Y vamos, Albert, que no es una niña, ambos lo sabemos.

Albert apretaba los puños sobre el escritorio. Todos sus músculos estaban en tensión y el corazón se le salía por la boca.

—Me adora... —repitió como extasiado por la novedad.

—Así es. Por eso compórtate como un hombre y dile de frente que no quieres seguir, si es que te dan los huevos. O compórtate como un hombre y dile que esperarás lo que sea necesario, que ella marcará el momento en que se sienta lista, y tú te controlarás como sea.

Carajo, se pasaba de franco Thomas White. Pero tenía razón. Tenía toda la razón. Debía seguir con ella, para bien o para mal, y dominar sus instintos hasta que a ella le diera la gana. Era así de simple. Y Candy lo valía. Quizás él no fuera demasiado bueno para ella, pero Candy lo amaba. Y eso era más que suficiente para vencer sus temores. Ya no habría ningún chico de la bici en su vida, él se encargaría de eso. Y cuando estuviese lista, cuando estuviese segura, la haría suya. Se la follaría de veras.

Se estremeció de solo pensarlo. Menudo esfuerzo debería hacer para esperarla. E incluso si ella creía estar a punto, debería darle un poco de tiempo, y aguantar como el hombre que era hasta estar bien seguros ambos de que todo iba a estar bien.

No pudo más y se puso de pie. Tomó las llaves del coche, y salió de la oficina dejando a Thomas de una pieza.

Enseguida volvió sobre sus pasos.

—¿Candy está en la casa o en el consultorio?

—En el consultorio. Ve por ella. Y cuídate de no embarazar a mi hermana porque te mataré.

Albert rió y le estrechó la mano. Un tipazo este Thomas, tenía razón Candy.

CONTINUARA