Naruto Y Hinata en:

Vudú


PASO DIEZ


«NOTARÁS LA DIFERENCIA SI CLAVAS UN PAR DE ALFILERES EN CADA PIE DE TUMUÑECO DE PODER. ¡NO SE PODRÁ ALEJAR DE TI!»

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Hinata llegó al museo con surcos bajo los ojos y un profundo mohín de desconsuelo en los labios. Sin embargo, a medida que fue avanzando su jornada, logró que su estado de ánimo mejorara. Al fin y al cabo, ya que los astros le habían otorgado la privilegiada oportunidad de verse asediada por dos hombres, iba a aprovecharse de ello.

Naruto besaba mejor que nadie que hubiera conocido, era más guapo que el infierno y aún no podía olvidar el beso con el que la había sorprendido en su casa. Pero no era, ni muchísimo menos, el único hombre en el mundo.

Aún quedaba Gaara.

Estaba claro que su muñeco tendría que ser destruido y, después de la experiencia, Hinata no estaba segura de querer repetir la operación, pero al menos había aprendido la lección.

Tendría que valerse de sus propios —y dudosos— encantos para conquistarlo. Pero a esas alturas de su vida, no le cabía ninguna duda de que lo conseguiría.

Cuando finalizó su turno, antes del anochecer, cruzó los dedos para que él estuviera esperando fuera. Si de verdad su energía era tan poderosa iba a emplearla a su favor, así fuera la última cosa que hiciera.

Bingo.

Allí estaba, con su ondeante ropa de piel, su pelo pelirrojo y sus NewRocks en los pies.

Vale, no tenía el aire pícaro y malicioso de Naruto, pero seguía siendo guapísimo. Y misterioso. Y encantador. Tenía muchas virtudes, de hecho. A la abuela le encantaría.

Tratando de dar esquinazo a la vocecilla acusica que le recordaba lo muchísimo más contenta y orgullosa que se habría sentido la abuela de haberse presentado en su casa del pueblo con un chico vestido de piloto, se acercó al objeto de sus deseos.

—¡Hola! —saludó, e inmediatamente se sintió estúpida.

Gaara lanzó al suelo la colilla de su cigarro antes de responder.

—Hola —dijo con una sonrisa torcida.

—Vienes muy a menudo, ¿no? —Estaba claro que el muñeco de poder no había actuado a su favor, porque aquello no podía considerarse siquiera una conversación.

Él entrecerró sus preciosos ojos verdes.

—Sí, bastante.

Hinata siguió sonriendo mientras registraba el cielo. Para su desgracia, ese día no había nada en el clima que mereciera ser destacado.

—Buscas a Nezumi, ¿no? —inquirió al fin, más por decir algo que por un interés real.

Gaara asintió con la cabeza. Estaba tan guapo que Hinata no pudo hacer sino sonreír como una idiota babeante. Sin embargo, su parquedad empezaba a hacerla sentir incómoda. Tendría que cambiar ese desagradable hábito cuando se casaran.

Decidida a no desperdiciar la ocasión de pasar más tiempo con él, lanzó otra de sus intrascendentes preguntas.

—¿Te debe dinero o algo así?

Primero, Gaara se quedó mirándola como si acabara de aterrizar desde otro planeta. Luego, lanzó una carcajada tan estruendosa que parecía imposible que hubiera salido de unos labios tan angelicales. Y, por último, siguió riéndose tan fuerte que Hinata miró hacia ambos lados de la calle, preguntándose qué sería aquello tan gracioso.

Hasta que, para no sentirse fuera de lugar, se dejó contagiar por su risa.

—Claro que no —replicó él, sin parar de reír—. Salimos juntos, joder. Desde hace tres meses.

La sonrisa de Hinata murió en sus labios. Para cuando Nezumi abandonó el museo y se lanzó a los labios de Gaara, interpretando a la perfección su papel de pareja perfecta del hombre perfecto, ella ya corría calle abajo con las mejillas ardiendo de mortificación.

SIGUIENTE, PASO ONCE