Este Fic es una adaptación del libro "Conspiración en la noche" de Jezz Burning la cual les comparto sin fines de lucro,
sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Troll mayor" Tite Kubo. Espero lo disfruten.
Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.
Capítulo 25
Levantarse de la cama no fue nada fácil. Tuvo que hacerlo despacio, pues al primer intento
experimentó un mareo que casi la tumba en el suelo. Esperaba que, después de tantas horas, su
cabeza ya se hubiera recuperado y pudiera moverse normalmente. Era evidente que estaba
equivocada.
Terminaba de vestirse con las ropas que, una vez más, Ichigo le había dejado junto a la cama
cuando escuchó un par de golpes en la puerta.
—Adelante.
Chad se acercó a ella con un vaso entre las manos y se lo ofreció.
—Bebe, te sentirás mejor.
—¿Qué es?
—Sólo una combinación de hierbas de acción analgésica. Hará que el dolor desaparezca más
rápidamente.
—Sabe a rayos —dijo con una mueca después de probar un sorbo.
—Valora qué es mejor: el dolor o el mal sabor.
—Visto así... —Rukia miró de nuevo el contenido con ojo crítico y lo tragó de un tirón antes de
devolverle el vaso al cherokee, componiendo un cómico gesto de disgusto.
—Buena chica —dijo antes de darse la vuelta para dejarla a solas de nuevo.
—¿Nunca sonríes? —La pregunta consiguió que Chad se detuviera y girara el rostro para
mirarla.
—Sólo cuando tengo motivos.
—Supongo que tu estancia aquí no es voluntaria.
Chad esperó un segundo antes de contestar.
—Deduzco por tus palabras que sabes más acerca de mi situación de lo que deberías.
—Ichigo me lo ha explicado todo.
—Para el sueco, la palabra «todo» tiene un significado distinto que para el resto de los mortales
—comentó apoyando la espalda en el marco de la puerta.
—¿Qué quieres decir?
—No importa —negó con la cabeza—. ¿Qué haces aquí? Con él.
—Buscar respuestas. Quiero saber la verdad.
Chad abandonó el apoyo, como si de repente recordara algo que debía hacer sin perder
tiempo.
—Pues tendrás que esperar a que vuelva —dijo antes de desaparecer de su vista.
Rukia lo siguió hasta la cocina. No deseaba estar sola. Trece meneó la cola al verla y ladró
contento al otro macho que había sido tan amable con él.
—¿Y tú?
—¿Yo qué? —preguntó llenando el cuenco de agua del can y dejándoselo cerca.
—Sé que le debes un favor pero ¿cuál es tu función aquí?
—Soy nagual. Ayudaré a Isshin a recuperarse cuando lo rescatemos de la prisión donde lo
retienen. —Rukia arrugó el ceño ante la respuesta.
El indio se extrañó de que no formulara más preguntas y que, de pronto, pareciera estar a miles
de años luz de distancia.
—¿Ocurre algo?
—¿De dónde has venido? —preguntó entonces.
—¿Cómo?
—¿Desde dónde te has desplazado? ¿De dónde has venido?
—¿Importa?
—Tu respuesta me aclarará una duda. Nada más, sólo es importante para mí —dijo ante la
reticencia del cherokee a desvelar su procedencia.
—Desde México. Me alojo en las cuevas del Cerro de los Remedios con mi esposa y un niño
humano.
—¿Cuándo llegaste?
—¿Aquí?
—Sí.
—A tiempo para ayudarte. No sé a dónde quieres llegar.
—Sé más explícito, por favor.
—Según dijo Ichigo, una hora después de que perdieras el conocimiento.
Por alguna razón, su respuesta le provocó tan evidente tensión que Chad temió que, a pesar
del remedio ingerido, el dolor de cabeza volvería postrándola de nuevo. Se acercó a ella con
preocupación y cogió su mano para conducirla de nuevo al dormitorio.
—No es conveniente que te alteres, al menos durante un par de horas, hasta que estés
recuperada casi por completo. Lástima que aquí no entre la luz del sol,te ayudaría.
—En este momento no es reposo lo que necesito, sino...
—¡Vaya! —dijo Ichigo que llegaba en ese momento—. ¿Intentando echar una cana al aire, indio?
—...desmembrar a ese perro rubio mentiroso —terminó Rukia.
Chad hizo oídos sordos al comentario del sueco y no pudo evitar una sonrisa ante las
palabras de Rukia. Dejó a la Pura, pues parecía vérselas bastante bien con el dolor que sentía
y se cruzó de brazos mirándolos a ambos.
Rukia clavó la vista en el sueco como si pudiera incinerarlo con los ojos.
—¿Me he perdido algo? —preguntó ignorante de la indignación que bullía a fuego vivo en el
interior de la hembra.
Las pupilas de Rukia cambiaron del violeta al rojo en un instante y en su blanca dentadura los
caninos comenzaron a despuntar amenazantes.
—¡Falso perro sarnoso! ¡Babosa rastrera y desagradecida!
—¿Qué le has dado, indio? —preguntó arqueando una ceja en su dirección.
Chad alzó las manos y negó con la cabeza en señal de inocencia absoluta antes de volver a
cruzarlas sobre el pecho.
Rukia avanzó un paso y descargó una potente bofetada en la mejilla del sueco.
—¡Mentiroso! ¡Farsante! —volvió a gritar.
—Me han acusado de muchas cosas en mi vida, pero siempre he sabido la razón. —En su tono
ya no se advertía la jocosidad de la que había hecho gala un segundo antes.
—¡Fingiste que no querías buscar en mi mente sólo para que yo me compadeciera de ti y tus
circunstancias y tener vía libre sin que la conciencia te carcomiera por dentro! ¡Esperaremos!
¡Esa fue tu respuesta cuando yo lo sugerí! ¿Por qué no aceptaste entonces? ¡Ya tenías pensado
hacerlo, lo tenías todo preparado, ¿verdad?! ¡Sabías que yo insistiría! ¡Pero no, tenías que jugar
con las emociones y los sentimientos de los demás! ¡Con eso es con lo que disfrutas en
realidad! —Rukia se llevó una mano a la sien, tratando de aliviar el dolor sin conseguirlo.
—No fue así —se defendió.
—¡Me hablaste de lo malditamente complicado que era para ti todo esto, de cómo te había
jodido la vida! ¡De cómo hubo momentos en los que pensaste olvidarlo todo y marcharte lejos!
¡Me hiciste creer que te importaba, que por eso no querías hacerme pasar por ello! ¡Me
mentiste! ¡Lo tenías todo calculado! ¡Bravo, Ichigo! ¡No solo eres un hijo de perra, también eres
un gran actor!
—¡Estás equivocada! —exclamó Ichigo para hacerse oír.
Rukia giró ciento ochenta grados y se metió en el dormitorio, cerrando de un portazo tan
violento que resonó en los oídos de los machos como si fuera a derrumbarse el techo.
—¿De qué narices habéis hablado? ¿Qué mentira le has contado? —rugió al indio.
—¿Conoces el cuento de Pedro y el lobo?
—¡Yo no he mentido a nadie!
—Pero tampoco dices toda la verdad. —Fue el turno de Ichigo para escupir llamas por los ojos
—. No intentes pagarlo conmigo, sueco. Mi deuda contigo es de otra índole —dijo antes de
volver a encerrarse en la cocina.
Caminar arriba y abajo por el taller se estaba convirtiendo en una rutina. ¡Y lo odiaba! Esa
sensación de no saber qué hacer ni cómo comportarse era irritante de por sí. Desde muy joven
tuvo claro que mantener una relación demasiado larga con una hembra era inconveniente.
¡Joder, si lo había visto en las vidas de sus colaboradores! ¡A dos palmos de sus narices! Y no
era lo mismo intervenir para que estas relaciones se produjeran y de paso beneficiarse, que
sufrirlo en las propias carnes. No, padecerlo era muchísimo peor. Era como haberse tragado un
parásito que te corroyera por dentro, alimentándose de cada una de tus decisiones. Como una
tenia gorda y asquerosa, instalada en el cerebro, que engullera cada una de las palabras de la
hembra hasta volverte un loco o un botarate.
Lo peor de todo es que se sentía estúpidamente culpable del malestar de Rukia. Y eso aún lo
ponía más furioso pues, pensándolo fríamente, ¡él no era responsable de que lo hubiera
malinterpretado! ¡Ella había sacado sus propias conclusiones sin esperar explicaciones!
¡Pero maldito fuera!, en realidad la Pura tenía algo de razón. Aunque nunca tuvo intención de
jugar con emociones o sentimientos, de cualquier modo había tomado la decisión de
introducirse en su mente, fueran cuales fueran las consecuencias. Bien, pues ahí las tenía.
Ahora tocaba decidir si merecía la pena afrontarlas. Si pensaba como debía, es decir, como lo
había estado haciendo desde que encontró a Einar en aquella taberna, dejaría que la Pura se
calmara por sí misma. Intentaría deshacerse de aquella sensación enfermiza que lo embargaba
cada vez que estaban juntos.
Lucharía contra la desquiciante urgencia de sentirla cerca, de que lo comprendiese, de obtener
su aprobación para todo lo hecho y lo que estaba por hacer. Haría frente a la delirante
necesidad de protegerla que parecía haberse instalado en sus entrañas desde el día en que la
encontró en aquel bar del Kulturhuset, aunque ella no necesitase ni quisiera ser protegida.
Incluso en ese momento, cuando era consciente de que él había provocado ese peligro.
Maldiciendo a sus ancestros en varios idiomas, Ichigo se encaminó decidido hasta el dormitorio.
Cuando tomaba impulso para empujar la puerta con todas sus fuerzas aunque reventara los
goznes, Chad apareció en el pasillo y lo miró negando con la cabeza antes de suspirar y
volver a desaparecer. El sueco, recompuso sus ropas, respiró profundamente y llamó un par de
veces con los nudillos.
Rukia asomó con semblante relajado que cambió al instante, tornándose frío y evidentemente
enfadado, al ver que no era el indio quien llamaba a su puerta. Intentó volver a cerrarla en sus
narices pero el pie del sueco se lo impidió. Rukia lo miró un momento fijamente y apretando
los labios, abrió un poco más la puerta sólo para intentar cerrarla con más fuerza, a sabiendas
de que el pie seguiría allí para recibir el golpe. —¡Joder! —exclamó Ichigo.
—Si no te largas no me conformaré sólo con eso.
—Quiero hablar contigo —dijo entrando de un empellón y cerrando tras él.
—¡Ja! Tú no hablas, ordenas, mientes, impones, ¡maquinas! —exclamó con aspavientos—. Pero
no hablas.
—¡No te he mentido!
—¿Ah, no? ¿Y cómo llamas a lo que has hecho? ¿A hacerme creer que sentías algo por mí?
—Sólo porque me preocupaba el estado en el que terminaras no quiere decir que...
—¡Oh, pobrecita Kia! ¡Puede quedar lela de por vida o morir! —exclamó en un tono teatral—.
¿Qué es eso? ¿Compasión?
—No, tampoco es compasión.
—¡Claro que no! ¡Tú no puedes sentir compasión por nadie! ¡Tienes una piedra negra y afilada
donde deberías tener el corazón!
—¡Maldita sea, Rukia!
—¿Qué vas a decirme ahora, Ichigo? ¿Que no quiero entenderte? ¿Que no comprendo la
importancia de lo que tienes entre manos? ¿Que la vida de unos pocos vale menos que el
bienestar de muchos? ¡Era mi vida la que estaba en peligro!
—¡Y por eso dudé tanto! ¡Por eso me negué cuando lo sugeriste por primera vez! ¡Y por eso
traté de controlar hasta el último instante todo cuanto te ocurría mientras estaba conectado a ti!
¡Por eso sentí que me hundiría en la oscura miseria si algo te ocurría!
—¿Y qué se supone que debo hacer? ¿Darte las gracias por perdonarme la vida?
Ichigo clavó los ojos en los de la hembra, intentando hacerle ver que era completamente sincero
con ella.
—No hay nada que agradecer, lo hice porque... —El sueco enmudeció.
—¿Por qué? —Rukia se acercó a él sin apartar la mirada de aquel verde tormentoso que ahora
teñía las pupilas del macho—. ¿Por qué, Ichigo?
Los dedos del sueco se cerraron en dos duros y apretados puños a los costados de su cuerpo.
Los labios tensados en una fina línea de terquedad. Incluso en los tendones del cuello, Rukia
advirtió la tirantez a la que estaba sometiendo su cuerpo.
—Esto es una jodida pérdida de tiempo. Me marcho —masculló ella yendo hacia la puerta.
Sólo entonces Ichigo giró en redondo.
—Mi padre aún está en apuros. Si te importa algo todo por lo que hemos pasado, me ayudarás a
sacarlo de allí.
—¿Y un nuevo reto basado en mi conciencia? —preguntó sin dignarse a mirarlo.
—No. Te estoy pidiendo ayuda.
Esta vez fue Rukia quién tardó algo más de lo habitual en contestarle.
—Lo pensaré.
—¿Lo pensarás?
—Es la única respuesta que puedo ofrecerte en este momento.
Trabajaba sobre el plano que había trazado basándose en los datos extraídos de la mente de
Rukia donde localizar la ubicación exacta de la nave y calcular el tiempo con precisión para
llevar a cabo el rescate, cuando la voz de Yumichika llegó hasta sus oídos murmurando Another
town, another train de Abba.
—Cuando despiertes sé que llorarás. Y las palabras que escribí para decir adiós, no te
consolarán para nada —cantaba—. Pero con el tiempo comprenderás, que los sueños que
soñamos, eran de arena. Para un holgazán inútil como yo, vivir es ser libre —continuó en un
tono más alto cuando dio con él.
—Por favor, Yumichika. No es el momento, ni estoy de humor.
Yumichika abrió los ojos desmesuradamente. La respuesta de Ichigo era totalmente contraria a su
modo de actuar con él. El ruotsi nunca rechazaría unos minutos de diversión ni aunque tuviera
entre sus manos la salvación del mundo. Era capaz de manejar ambas cosas y gozar del
momento.
—¿Problemas? —preguntó mirándole desde el vano de la puerta, ataviado con una de aquellas
horribles camisas hawaianas y sonriéndole satisfecho.
—Algo así, sí.
—¿Y la hembra? No la he visto.
—Ella es el problema.
—Yo era celosa antes de que nos conociéramos. Ahora cada mujer que veo es una amenaza
potencial. Y soy posesiva, eso no es bueno —siguió cantando, pero esta vez tomando la letra de
Lay all your love on me—. No vayas gastando tu emoción, deposita todo tu amor en mí —
terminó, con las manos sobre el pecho y dotando a la canción con un sostenido tono grave para
finalizar, que no le pegaba en absoluto—. Al menos he logrado arrancarte una sonrisa. Aquí
tienes los planos de la nave que me has pedido. Aún están calentitos —añadió, colocándole un
gran papel doblado sobre la mesa.
—Gracias pero me distraes de lo que debo hacer.
—Me tomaré eso como un halago.
—Tómalo como quieras pero vete de aquí.
—Sabes cómo acabar con las ilusiones de un pobre licántropo —dijo mostrando un fingido
mohín—. ¿Me das al menos un besito de despedida?
—Vete, Yumichika —volvió a decirle pero esta vez acompañando las palabras con un suave
empujón.
—Está bien. Quizá después, cuando acabes con tus obligaciones.
—Ni lo sueñes —dijo sin despegar los ojos de los papeles.
—Hasta luego, bomboncito mío. —Esperó a que Ichigo ofreciera una réplica, pero al ver que no
se producía, continuó travieso: —Perla de Oriente. Rey de la casa. Pastelito. Cuchi-cuchi.
—¡Yumichika! —rugió.
—Vale, vale. Ya me voy.
Chad volvía de ofrecerle a Rukia la última dosis de la medicina que le había preparado
cuando se encontró con Yumichika en el pasillo. Éste se lo quedó mirando como embobado y
comenzó a canturrear.
—Dame, dame, dame tu amor esta nocheee...
—¿Quién eres?
—Desde este mismo momento, tu seguro servidor. Maravilla de la naturaleza.
—Es Yumichika —informó Rukia desde atrás—. Amigo de Ichigo. De confianza —añadió.
—Si es así, bienvenido —respondió Chad antes de volver a la cocina.
Rukia se acercó con Trece siguiéndole los pasos.
—¡Oh! ¡Qué hermoso perrito! ¡Ven bonito, ven! —Cuando Trece aceptó la invitación, Yumichika se
deshizo en mimos con el chihuahua que ladró evidentemente complacido—. Después de tantos
años, no conocía esta faceta del ruotsi. No sabía que tuviera un perro como éste, ese chico
guarda muchas sorpresas.
—En realidad, es mío.
—¡Hum! Ya me parecía a mí.
—¿A qué se debe tu visita, Yumichika?
—Vine a traerle los planos de una nave que me pidió hace unas horas. Ha tenido suerte,
generalmente esas naves sufren modificaciones según el fin para el que las alquilen, pero estos
en particular llevan años pagando religiosamente su cuota mensual.
—Eso nos proporcionará una información más o menos fiable.
—Sí, aunque de todos modos te tiene a ti. —Rukia mostró incredulidad antes de un severo
enfado—. No se lo reproches, querida. Ichigo jamás me ha ocultado nada.
—Ven, demos un paseo —dijo caminando hacia los túneles que llevaban al exterior, lejos de los
oídos del sueco—. ¿Sabes quién es? ¿Lo que es?
—¡Por supuesto! —dijo con un ademán como para quitarle importancia—. ¿Quién crees que ha
sido su punto de conexión con la ciudad cuando se ha ausentado?
—Entiendo.
—Lo conozco muy bien. Por eso me ha sorprendido encontrarlo tan conmocionado por lo que
sea que le has hecho —dijo mirándola de reojo.
—¡Yo no le he hecho nada! ¡Él me mintió! Y no es capaz de reconocerlo.
—Perdona que no te crea. Ichigo, jamás miente.
—Pues conmigo ha roto todas las reglas.
Yumichika arrugó los labios hacia un lado mientras se golpeó el mentón con el dedo índice.
—Quizá ahí tengas parte de razón. Sí, es muy probable. Eso explicaría el estado emocional en
que se encuentra.
—Es decir, que me crees, admites que estoy en lo cierto cuando afirmo que me ha mentido.
—No, querida.
—Lo siento, Yumichika, pero no te sigo.
—No quiero ofenderte, bonita, pero es normal, eres demasiado..., simple —Yumichika sonrió
ante el sonido de desprecio que emitieron los labios de Rukia—. No me interpretes mal.
Quiero decir que para comprenderlo debes ir un poco más allá de la forma en que tú actuarías
para afrontar una circunstancia.
—¿Pensar como él?
—Más o menos, sí. Aunque es complicado ya que su mente funciona de un modo mucho más
complejo. Verás, frente a un problema generalmente se nos abren diferentes caminos a tomar
para su resolución, opciones que debemos valorar y sopesar para decidirnos por el más
correcto o el que implique menos pérdidas. Un humano, por ejemplo, vería entre tres o cuatro,
quizá menos, no lo sé. Un licántropo, probablemente encuentre hasta seis. Pero Ichigo, ¡oh! Él
es capaz de ver cada una de las posibilidades que existen.
—Eso volvería loco a cualquiera —murmuró Rukia algo reticente a admitir las palabras de
Yumichika como ciertas.
—En efecto. A cualquiera, pero no a él. Él es capaz de hacer lo imposible: confeccionar una
nueva opción a partir de las diferentes posibilidades. Eso le permite tomar el más correcto,
beneficioso y que produce la menor cantidad de pérdidas.
—¿Y qué demonios tiene que ver eso para que me haya mentido?
—Ésa no es la pregunta correcta.
—¡Ah!, ¿no?
—No. La cuestión es, ¿qué has hecho para que él se encuentre en ese estado de insatisfacción
consigo mismo? Cuando lo he visto, me ha dado la sensación de que no era capaz de mantener
el equilibrio habitual; el control del entorno. Creo no equivocarme al decir que le has roto los
esquemas.
—Que yo, ¿qué?
—Cuando el ruotsi toma una decisión, ha sido tras un minucioso estudio, lo cual impide que
después sufra remordimientos. Asume las consecuencias y los posibles daños colaterales.
Todo está perfectamente calculado. Pero... creo que en lo que respecta a ti no puede ser
imparcial como debe y eso le lleva a dudar de su criterio.
Rukia rio en sonoras carcajadas sin humor.
—¿Y esa es la conclusión que has sacado sólo con verle unos minutos?
—Lo conozco perfectamente, querida, y nunca, jamás, lo he visto vacilar. Ni siquiera cuando ha
tenido que sacrificar vidas —dijo mirándola fijamente—. Algo ha cambiado en él, pequeña. Y tú
eres la responsable.
