La Perfecta Duquesa
11| Que así sea
—TE dije que la quemaras —le reprochó.
Naruto no podía levantarse, no podía moverse, tenía que asimilar lo que acababa de leer.
Hinata cerró la puerta y se acercó a la mesa donde él había colocado las cartas.
—No pude.
Se dio cuenta de que ella ni siquiera tuvo que preguntar a qué carta se refería.
—¿Por qué no?
—No lo sé, la verdad. Supongo que, porque de todas las personas a las que podías haber recurrido, me elegiste a mí.
—No podía contárselo a nadie más —dijo él—. A ninguna otra en el mundo.
Las palabras flotaron entre ellos. El cerró el álbum y se levantó; le pesaban los pies. Necesitaba tocarla. Ella le observó acercarse sin decir palabra. Y él encerró su cara entre las manos y se inclinó para besarla.
Sabía al brillo del sol. No malgastó ni un momento en preguntarse por qué ella estaba allí, ni si Konan estaba esperándola. Solo le importó que la tenía entre sus brazos, que sentía su calor bajo las manos, que era la mujer que conocía todos sus secretos y jamás los había contado.
Al abrazarla volvió a sentirse fuerte; su dolor se disolvió bajo las caricias de Hinata. Esperó a que la oscuridad que siempre le asolaba llegara de nuevo, que le despojara de ese momento, pero no fue así.
Le cubrió de besos la mejilla, rozando las pecas que tanto amaba.
—Hinata...
—Shhh... —Ella le tomó entre sus brazos y apoyó la frente en su hombro—. No digas nada. No es necesario.
Él la besó en la coronilla, aspirando el aroma de su pelo. Su corazón estaba herido, pero ella sanaba todos los daños.
—Has pegado las fotos en un álbum —comentó—. En un álbum sobre mí.
Ella alzó la cabeza y le miró, tenía la cara tan roja como la grana.
—Bueno, es que...
Él se sintió flotar mientras la observaba intentando dar una explicación. Ella abrió la boca varias veces, pero la volvió a cerrar.
—Es que es muy agradable mirarte —confesó finalmente, con un hilo de voz.
Él quiso reírse. Su regocijo era todavía más intenso después de los recuerdos que habían avivado las cartas.
Ella frunció el ceño de repente y le rozó la piel donde le había alcanzado la esquirla de piedra.
—¿Qué te ha pasado?
—No tiene importancia. No cambies de tema.
Sus dedos eran muy suaves.
—Incluso herido eres un hombre muy guapo. Ya lo sabes.
Eran muchas las mujeres que le habían dicho eso, pero jamás se había recreado en las alabanzas. La riqueza y la posición matizaban la perspectiva, dotando a la fealdad de belleza.
—No quiero que tengas las fotos que sacó la señora Palmer —dijo—. Quiero que las quemes.
—No pienso hacerlo. Están bien donde están. Además, si vuelvo a enfadarme contigo, estoy segura de que podré obtener una buena suma de dinero por ellas.
Él dejó de sonreír.
—¿Lo harías?
Ella fingió considerar la posibilidad.
—Es posible, si sigues diciéndome que deje de buscar a quién las envió, o hacer lo que deseo con respecto a ellas.
Aquella broma le conmovió.
—Siempre lo supe, eres una mujercita muy atrevida. No has cambiado ni un ápice desde que me sedujiste en aquel cobertizo para barcas.
—¿Qué yo te seduje? Según recuerdo... solo estaba intentando solucionar un asunto y tú me acechaste allí.
—Podríamos seguir discutiendo sobre este tema durante años y jamás nos pondríamos de acuerdo. No importa. —Tomó el álbum—. Las quemaré yo mismo.
Ella se abalanzó sobre él.
—No te atreverás.
Él se giró para dirigirse hacia la chimenea, envuelto en la sensación de vida y bienestar que ella le proporcionaba.
Hinata corrió detrás de Naruto y agarró el álbum, él fingió forcejear. Ella sabía que estaba fingiendo porque podría habérselo arrancado de las manos en el momento que quisiera. Fue ella la que tiró bruscamente... justo en el mismo momento en que él lo soltaba, haciéndola trastabillar hacia atrás.
No llegó a caerse porque Naruto la sujetó. Él le quitó el álbum y lo lanzó sobre el escritorio, acto seguido la atrapó por la cintura y la tiró sobre la cama.
Se retorció contra él cuando ambos cayeron encima del colchón. Pero no luchó con la intensidad que debería porque...
¡Naruto estaba riéndose!
Naruto, que ya no solía reírse, lo hacía a carcajadas al tumbarla sobre la espalda, envolviéndola con el kilt al girar. Sus ojos brillaban con picardía mientras lo hacía.
Se hundió debajo de él con placer, pero pronto encontró un impedimento.
—¡Ay, Dios! ¡Maldito polisón!
Naruto cerró las piernas alrededor de las de ella y rodó hasta que fue ella quien estuvo sobre él, con el polisón sobresaliendo sobre su trasero como un barco en un mar tempestuoso.
Bajó la vista hacia él, su risueño highlander, y se enamoró una vez más.
Él le pasó las manos por la espalda, y sus palmas le calentaron la piel incluso a través de la ropa. Intentó contener el escalofrío de excitación cuando sintió la evidente dureza debajo del kilt.
Dobló las rodillas y agitó los pies, mostrándole las botas de tacón alto con botones hasta el tobillo.
—Tengo que levantarme. Mi institutriz me enseñó que nunca debía tumbarme en la cama con los zapatos puestos.
La sonrisa de Naruto se hizo más picara.
—Yo te enseñaré a tumbarte solo con zapatos.
Hinata se vio atravesada por una agradable sensación de calor.
—Eso sería muy malo.
—Pues claro, de eso se trata.
Hinata le tocó la punta de la nariz.
—Admito que cuando estoy contigo, me entran ganas de ser mala.
—Bien.
—De hecho, debo ser una mujer muy mala al permitir que te estés tomando todas estas libertades, ¿no crees?
Él sonrió ampliamente y le aparecieron arruguitas en la comisura de los ojos.
—Hinata, tu inocencia clama al cielo.
—No soy tan inocente como crees. —Fingió fruncir el ceño—. Te recuerdo que me crié con un padre que no daba ninguna importancia a discutir los hábitos reproductivos de cualquier clase de criatura, incluidos los humanos, mientras comíamos.
—Tu madre debió de ser muy paciente.
—Mi madre le adoraba. —Sintió la usual tristeza que la embargaba cuando pensaba en su madre, que enfermó y murió cuando ella tenía ocho años.
A Naruto se le oscureció la mirada.
—Es algo que siempre envidié. Tus padres se querían de verdad; tuviste una infancia feliz.
—Sí, fue feliz... —convino ella—. Hasta que se volvió triste.
Naruto la rodeó con los brazos.
—Lo sé.
—Al menos mi padre y yo nos teníamos el uno al otro. Lo que me lleva de nuevo a lo que estábamos hablando. Es posible que pienses que soy inocente, pero a mi manera soy muy mundana.
—Está claro. Guardas fotos de un hombre desnudo en el cajón de la ropa interior.
—En el que tú te has dedicado a fisgonear.
—Lo que me da una idea del estado de tu guardarropa. No le has dicho nada a Konan de las instrucciones que te di sobre los vestidos. Los que tienes son horribles.
—Vaya, muchas gracias.
Él le rozó el labio inferior.
—Contén el orgullo. Si tienes que alternar con esta familia, necesitas ropa decente o destacarás como un faro. Konan te acompañará de compras y me pasará la cuenta.
—Ni hablar. La gente dirá que soy tu capricho.
Él se rio entre dientes.
—Menuda expresión, si te pago un sueldo.
—Por escribir a máquina. Es un salario honesto por un trabajo honesto.
—Considera que la ropa está incluida. No quiero que mis empleados resulten monótonos. Los vestidos del ama de llaves son mejores que los tuyos.
—Insulto sobre insulto.
—Es cierto. Ahora, dime la verdad, ¿por qué guardas toda esa basura sobre mí?
—Es evidente, para alimentar tu ego.
Él se rio otra vez. Era agradable ver cómo se estremecía de risa debajo de ella, percibir regocijo en sus ojos en vez de la desolación que los inundaba cuando entró. Era como si leer las cartas hubiera arrancado la costra de una herida, volviendo a manar la sangre. Esperaba que ahora pudiera llegar a curarse.
Que siguiera bromeando con ella en la cama como si fueran viejos amigos o amantes casuales. Naruto había sido así cuando la cortejó; se reía y se burlaba de ella, obligándola a admitir determinadas cosas un momento y resultando tierno al siguiente.
En ese instante comenzó a hacerle cosquillas.
—¡Basta! —Le apoyó las manos en el torso—. No me extraña que teman tanto al gran Naruto MacUzumaki... Vota por mí o te haré cosquillas.
—Lo haría si funcionara. —La sonrisa de Naruto se desvaneció—. Quema esas fotos, Hinata. Son horribles.
Por el contrario, eran perfectas. No le gustaba que fuera la señora Palmer quien las había sacado, pero no lograba encontrar defectos en los resultados.
—De eso nada —se negó—. Una persona con buenas intenciones me envió las fotos a mí, no a ti, y pagué una guinea por las demás. No pienso quemarlas. Son mías.
Naruto probó a fruncir el ceño y a observarla con la feroz mirada de los MacUzumaki al tiempo que emitía un gruñido. Pero sus esfuerzos habrían resultado más fructíferos si no estuviera de espaldas en la cama, con el kilt extendido a su alrededor y el pelo en desorden. Ella se limitó a besarle la punta de la nariz.
—Solo me desharé de ellas si las reemplazas —le propuso—. En vez de ropa, cómprame una buena cámara fotográfica y déjame hacerte más fotos. Unas que sean solo mías.
Él dejó de fruncir el ceño y la miró con sorpresa y algo de vergüenza.
—¿Quién sacaría esas fotos?
—Yo, ¿no te lo acabo de decir? Sé cómo funcionan esos chismes. Mi padre alquiló uno en una ocasión, junto con los productos químicos y las máquinas para revelar las imágenes. Lo necesitó para mostrar ejemplos de flora en uno de sus libros. Lo cierto es que disfruté haciéndolas. Como verás, soy muy versátil.
—Ya veo. Puedes escribir a máquina, sabes hacer fotografías... ¿Hay algo que no sepas hacer?
—Bordar. —Hinata frunció la nariz—. Se me da realmente mal. Y jamás he logrado aprender a tocar el piano. No valgo para las cosas apropiadas en una dama, se me dan mejor las cuestiones masculinas.
Él volvió a sonreír.
—Sí, yo diría que se te da de vicio cuestionar a los hombres.
—Oh, Su Excelencia, es usted muy gracioso. ¿Qué me dices de la cámara de retratar?
—¿De verdad quieres sacarme fotos? —Parecía... tímido.
—Pues sí —repuso—. ¿Por qué te resulta tan difícil creerlo?
—Ya tengo algunos años más.
Ella esbozó una sonrisa cada vez más amplia. Deslizó la mirada por el pequeño corte que tenía en la cara, por la garganta que ocultaba detrás de la corbata, por el ancho pecho cubierto por la camisa y el chaleco, por el abdomen plano... Se incorporó para seguir estudiándolo, fijándose en sus caderas estrechas y los muslos insinuados bajo el kilt arrugado. La tela de cuadros se había subido por encima de las rodillas y dejaba a la vista un trozo de poderoso músculo por encima de las gruesas medias de lana.
Emitió un suspiro.
—No veo nada malo en ti, Naruto MacUzumaki.
—Eso es porque estoy vestido... con ropa buena.
Un incontrolable, intenso y atrevido impulso la embargó. Antes de poder detenerse, agarró el borde del kilt y lo subió muy despacio hasta dejarle parte de los muslos al descubierto. Él permaneció relajado, con un brazo detrás de la cabeza mientras ella le examinaba.
—No, no veo nada malo, la verdad —repitió.
—Monto a caballo todos los días.
—Es una actividad muy recomendable. Mens sana in corpore sano. Creo que estos muslos saldrían fantásticos en una foto.
¡Santo Dios del Cielo!, él estaba sonrojándose.
—¿Qué es lo que te preocupa? —preguntó ella.
—Cuando te cortejé era joven.
—Yo también. Aunque es cierto que tú tienes arrugas. —Le pasó el dedo por las esquinas de los ojos. Le gustaba que las tuviera; indicaba que al menos sonreía de vez en cuando.
—Tú no las tienes.
—Eso es porque estoy rellenita. Si estuviera delgada, a estas alturas estaría tiesa como un palo.
Él le rozó la cara con suavidad.
—Jamás te he visto más hermosa.
A ella se le aceleró el corazón, pero se arrodilló a su lado antes de que el traidor calor que él provocaba en su interior le impulsara a hacer algo que acabaría lamentando. Se inclinó sobre él con una sonrisa y le alzó de golpe el kilt hasta más arriba de las caderas.
Se quedó paralizada.
—Oh...
A Naruto se le oscureció la mirada.
—¿Qué pasa, cariño?
—Estaba segura de que llevarías ropa interior. Hace frío.
—Esta mañana no he salido de casa —explicó él.
La timidez de Naruto había desaparecido y volvía a tener el control de la situación. Permaneció tumbado con las manos detrás de la cabeza y esperó a ver qué hacía ella.
Entre sus muslos se podían ver las tensas esferas de sus testículos y, por encima, la erecta longitud erguida contra su abdomen, acunada por el plaid.
—Me gustaría tener una máquina fotográfica entre mis manos en este momento —dijo ella.
—¿De verdad, atrevida mujercita?
«¡Oh, sí!». Naruto era un modelo impresionante; recostado, con el kilt arrugado alrededor de las caderas, exhibiendo su deseo mientras la observaba con ardor.
Hacía mucho tiempo que ella aprendió a conocer su cuerpo; se familiarizó con la cicatriz que le subía por el interior del muslo derecho, con el vello que le cubría las piernas. Sabía que las rodillas no eran exactamente iguales... Las fotos no mostraban esos pequeños detalles; solo los conocía la mujer que tuviera el privilegio de admirarle en la intimidad.
Naruto no dijo nada. No hizo nada.
Ella le rozó la cicatriz, recorriendo la rugosa piel, más fría al tacto. En los ojos de Naruto brilló el deseo mientras ella acariciaba la marca cada vez más arriba, pero continuó inmóvil.
La piel estaba más caliente cerca de la ingle. La cicatriz moría en el interior de la pierna, pero ella continuó trazando la línea imaginaria por el muslo hasta casi llegar a la entrepierna. Le acarició allí durante un rato, el último lugar seguro, antes de tomar la erección entre los dedos.
Él se estremeció levemente. Siguió mirándola, expectante.
La sonrisa de ella se amplió mientras deslizaba el dedo por la longitud hasta la punta. La piel era suave, caliente, y al mismo tiempo sedosa. Pura fuerza contenida.
—El órgano masculino se pone rígido —recitó ella— con la finalidad de penetrar la funda femenina, y entra en ella con un único propósito.
—¿Qué? —dijo él con la voz ronca—. ¿De dónde has sacado eso?
—Es lo que pone cierta publicación científica.
Naruto se estremeció de risa, pero no lo suficiente como para que ella apartara los dedos.
—Espero que no se te haya ocurrido susurrarle algo así a otro hombre, y menos con esa entonación tan dulce.
—Solo a ti, Naruto. Solo a ti.
Él se quedó quieto.
—Hinata, me matas.
Ella apartó la mano.
—¿Quieres que me detenga?
—¡No! —Él le asió la muñeca con fuerza, pero de pronto se detuvo, aflojando los dedos. Volvió a poner la mano detrás de la cabeza, pero ella notó que temblaba—. No quiero que te detengas —susurró—. Por favor, sigue...
A ese hombre le resultaba muy difícil pedir algo por favor. Ella se puso el dedo en los labios, vacilante, como si no supiera qué hacer mientras él la observaba, con el cuerpo en tensión.
Luego deslizó la mano por la longitud, de aquella manera que él le había enseñado hacía ya tantos años en la casita de verano. Le oyó contener el aliento y notó que se ponía rígido cuando le cubrió el glande con la palma durante un instante, antes de iniciar el recorrido inverso.
—¡Oh, Dios mío! ¡Mi Hinata...!
Aquel gemido casi la desarmó. Volvió a acariciarle, esta vez con más lentitud. Se puso todavía más duro bajo sus dedos y ella se recreó en el poder que tenía sobre él.
—¡Hinata, mi dulce Hinata! ¡Dios bendito!
Observó que Naruto cerraba los puños como si tuviera que hacer un gran esfuerzo para no tomarla entre sus brazos.
Tanto en la casita de verano como en los encuentros que mantuvieron en los dormitorios, ambos se habían desvestido antes de comenzar a tocarse íntimamente. Ella no sabía lo excitante que podía resultar hacer el amor cuando los dos permanecían vestidos. ¡Qué delicioso descubrimiento!
Naruto, por su parte, descubría otra clase de cuestiones como, por ejemplo, que Hinata estaba más hermosa que nunca y que él no estaba tan muerto como creía; sentir su mano resultaba increíble. A pesar de todas sus afirmaciones, ella era inocente y su sonrisa despertaba cada pizca de lujuria que él poseía.
La arrebatadora sensación en su miembro se propagó por todo su cuerpo hasta acomodársele en el corazón. Se moriría de placer. Naruto el amo, el hombre omnipotente, dominado por el contacto de una mujer.
¡Oh, Dios! Era glorioso.
—Hinata —susurró entre jadeos—. Me desarmas. Siempre lo haces.
—¿Quieres que me detenga?
«Mírala, juguetona y desafiante, completamente inocente y pícara al mismo tiempo».
Había permitido que ella se alejara de él porque entonces era joven y estúpido, demasiado arrogante para valorar lo que tenía. Jamás volvería a permitir que le dejara, incluso aunque tuviera que encerrarse con ella en esa habitación durante el resto de su vida. Quería que estuviera siempre a su lado.
No sería una mala existencia. Los sirvientes podrían pasarles agua y comida por una rendija en la puerta, y quizá ellos se acordarían de consumirla.
—No, no te detengas —suplicó con la voz entrecortada—. Nunca. Por favor. ¡Oh, santo Dios!
Se apoyó en los codos, incapaz de permanecer tumbado durante más tiempo. Observó la mano con la que le daba placer; aquellos pequeños dedos, tan femeninos y habilidosos.
—Sigue, sigue hasta el final, Hinata. Por favor, hazlo o me moriré.
Hinata sabía lo que quería decir. Lo sabía porque él se lo había enseñado hacía mucho tiempo.
Ella se tumbó a su lado mientras continuaba la lenta fricción y él la rodeó con un brazo para que apoyara la cabeza en su pecho. Las hebras de cabello negro azulado resaltaban contra la camisa blanca. No pudo dejar de acariciarla con ternura.
La oscuridad creció en su interior, pero él la contuvo. Quería que aquel acto fuera simple, sencillo; una mujer dándole placer porque era lo que quería hacer.
La necesidad física se volvió cada vez mayor. Su mente se vació de todo lo que no fuera el aroma del pelo de Hinata, la gloriosa sensación que provocaban sus dedos, su calidez. Solo existían ella y él, las emociones, el deseo...
Arqueó las caderas.
—Hinata...
La rodeó con sus brazos y se apoderó de su boca mientras alcanzaba el éxtasis. La cálida eyaculación le cubrió los muslos, pero la sensación de placer siguió durante mucho más tiempo. La besó con avidez y ella respondió con la misma ansiedad.
—Mujer, ¿Qué me haces?
Ella entrecerró los ojos, un precioso gris entre pestañas oscuras, dejándole sin palabras. Solo pudo volver a besarla. Se estaba en paz allí. La casa estaba tranquila; él y ella en una burbuja. Besándola en la cama, durante una lluviosa mañana londinense.
Hinata le acarició la mejilla mientras sus labios seguían buscándose. Era un beso dulce y pausado. Sin prisa.
—Hinata, tú me das paz —susurró.
—Me alegro —musitó ella con una suave mirada.
El tiempo transcurrió inexorable mientras ellos se rozaban la nariz, se besaban y tocaban, disfrutando del silencio.
Continuaron allí, en beatífica paz, hasta que la seca tos de Shikamaru en el pasillo invadió su nube, recordándoles que el mundo real los esperaba. Él quiso mandar todo al garete.
Ella, más sensata, se acercó a la jofaina para coger una toalla que humedeció antes de regresar a la cama. Él le limpió las manos y sus propios muslos, luego la besó de nuevo antes de bajar del lecho, y los pesados pliegues del kilt cayeron hasta sus rodillas para abrigarle.
Cuando se casara con ella habría muchos días como ese. Daría igual lo ocupadas que estuvieran sus vidas, ni cuántas personas requirieran su atención, él se aseguraría de que el duque y su duquesa disfrutaran de momentos íntimos a la luz del día, alejados de las miradas curiosas.
Tuvo que obligarse a salir de la habitación, a alejarse de ella, pero su corazón estaba rebosante.
Hinata respiró hondo cuando Naruto cerró la puerta. Se acercó a la palangana y se lavó las manos y la cara con agua fría antes de coger otra toalla del estante. Todavía temblaba. ¿Qué demonio la había poseído? Sin embargo, no podía negar que había sido un acto hermoso.
Se acercó al escritorio, donde él había dejado el álbum y comenzó a guardar las cartas en el escondite de la contracubierta. Poco después se sentó a hojear las páginas, recreándose en las fotos.
Sonrió. Naruto podía insistir en que había dejado atrás la juventud, pero la imagen que ofrecía en su cama, con el kilt alrededor de las caderas, era impresionante. Incluso mejor que años atrás. Era más musculoso y fornido, su cuerpo había alcanzado el potencial que prometía cuando era joven.
Suspiró y sacó de nuevo las cartas. Desdobló la que él leía cuando entró y la releyó a su vez. Su contenido le oprimió el corazón, ansiando poder consolarlo una vez más.
Él tenía razón; debía haberla quemado. Pero en su momento razonó que la posibilidad de que alguien encontrara la carta escondida en su casa, en Escocia, era muy remota. Los criados jamás tocaban sus pertenencias y su padre rara vez entraba en su dormitorio. No pensó en las misivas que guardaba en el libro cuando hizo el equipaje para Londres; simplemente supo que quería llevar el álbum consigo.
Pero comprendía el peligro de conservar esa carta en concreto. Estaba segura de que Naruto había alcanzado a su padre sin querer; que habían forcejeado por la escopeta y esta se disparó accidentalmente. Lo que hubiera habido en la mente de Naruto una fracción de segundo antes de que el arma detonara era algo entre Dios y él.
Daba igual cómo hubiera ocurrido, la muerte del viejo duque era necesaria para la seguridad de Menma. Pero si aquella carta caía en algún momento en manos de los enemigos de Naruto, sería desastroso para él.
Se acercó a la chimenea y abrió la rejilla.
—Que así sea —se dijo para sí misma y, respetando por fin la petición de Naruto, dejó caer el papel entre las llamas.
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El atentado hizo que Naruto se replanteara el viaje a Berkshire. En ningún momento pensó permanecer en casa de Nagato durante todo el mes, como solía hacer otros años, sino que planeaba viajar entre Londres y la casa de su hermano todas las veces que fuera necesario.
Las estaciones ferroviarias eran lugares demasiado expuestos, donde se presentaban multitud de ocasiones para que cualquier fanático enloquecido cometiera un atentado. Él dio muchas vueltas a la decisión, pero llegó a la conclusión de que Hinata y su padre estarían más seguros viajando en transporte público, bajo la protección de Yahiko, que en el carruaje, donde podrían asaltarlos en algún camino vecinal. La clave estaba en que él no viajara con ellos.
El día antes de la partida, subió las escaleras de su casa para reunirse con Hinata y el resto de la familia, que tomaba el té en la habitación infantil.
Cuando entró, ella estaba a punto de morder un bollo relleno. Él se detuvo en seco. Verla lamerse la nata de los labios hizo que se mareara.
En el momento en que volvió a enfocar la mirada, vio que Yahiko estaba sentado con Eileen, junto a Konan, y que Robert ocupaba una trona. Hinata les acompañaba en la mesa mientras que la señorita Westlock, la niñera, supervisaba lo que ocurría en el otro extremo del cuarto. Aimée estaba sentada junto a la ventana con lord Hyûga; el conde mostraba a la niña los fósiles que había llevado consigo desde Escocia.
Él volvió a clavar la mirada sobre la mancha de nata en los labios de Hinata antes de dirigirse a su hermano.
—Mañana partiré para Berkshire. Tengo que resolver algunos asuntos de camino, así que iré en el carruaje. Los demás, tomaréis el tren mañana por la tarde.
—¿En el carruaje? —repitió Yahiko. Su hermano se lamió el pulgar y le hizo un gesto a su hija—. Eileen, por favor, no llenes de nata el pelo de tu hermano. —Volvió a mirarle—. ¿No ibas a venir con nosotros?
—Ya te lo he dicho, tengo que resolver unos asuntos.
Hinata le miró furiosa.
—Naruto, lo sabemos. —Le mostró un ejemplar del periódico, que levantó de la silla que tenía a su lado.
¡El duque de Rasengan escapa con vida de un atentado!
Los disparos fueron realizados frente al Parlamento.
¿Han encontrado los fenianos un nuevo objetivo?
—¿Quién puñetas ha metido esta basura en casa? —gruñó Naruto—. ¿Yahiko?
Su hermano mostraba una expresión inocente, pero la cara de Hinata brillaba de ferocidad.
—Me mentiste cuando te pregunté cómo te habías herido. Me dijiste que no era importante. ¿Cómo has podido? Casi te matan.
Él se pasó la punta de los dedos por los cortes, casi imperceptibles.
—No fue nada. Ese tipo carecía de puntería y no acertó. No te lo dije porque no quería que te preocuparas.
—¿Preocuparme? Naruto, es peligroso. Es el tipo de noticias que debes contar a tu familia... Y a tus amigos.
—¡Esa es precisamente la razón por la que no voy a viajar con ustedes! —No pudo contener la impaciencia en la voz—. Si ese tipo no tiene puntería, podría convertirlos a alguno de ustedes en víctimas accidentales. Hinata, tu padre y tú viajaran con Konan y Yahiko, yo lo haré con mis guardaespaldas y con Shikamaru; estuvo en el ejército y sabe cómo defenderse.
Ella le miró con frialdad.
—No te atrevas a hacer un chiste. Imagino que ni siquiera se te habrá ocurrido hablar con la policía.
—Pues sí que lo he hecho. Le pedí a Fellows que investigara el asunto. Si alguien puede dar con el culpable, es nuestro detective favorito de Scotland Yard. Pero no tiene demasiadas pistas, solo unos ladrillos astillados. Y además, es posible que ese hombre no fuera a por mí, sino a por cualquiera que saliera del edificio.
—MacUzumaki —intervino lord Hyûga—, debes comprender que pensar que viajarás solo nos inquiete. ¿Por qué ir solo en un carruaje por la solitaria carretera?
—No voy a ir solo. He contratado como lacayos a antiguos boxeadores, por su corpulencia física y sus rápidos reflejos.
—Algo que no sirvió de nada la noche del tiroteo —apostilló Hinata.
—Porque nos cogieron por sorpresa. —Esa noche estaba pensando en ella, cubierta únicamente por un corsé, el pelo suelto y botas de tacón—. Pero ahora estoy sobre aviso —explicó.
—Eso no me vale. —Ella seguía echando chispas por los ojos—. Pero imagino que es imposible hacerte cambiar de opinión. Quiero que envíes un telegrama en cuanto llegues, ¿lo harás, verdad?
—Hinata... —comenzó a decir él.
—Bah, no importa. Si no lo haces tú, lo hará Haruna. Por favor, acuérdate de comentarle a Nagato lo ocurrido, o se enfadará. Y él es más grande que tú.
—Déjalo ya, Hinata. —No se molestó en ocultar la irritación—. Nos veremos en Berkshire.
Ella le miró con el ceño fruncido, pero él estaba imaginándola con corsé y botas, una imagen irresistible que aderezaba el erótico gesto de su lengua lamiéndose la nata del labio. Se dio la vuelta y se obligó a salir de la estancia.
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Hinata siempre había adorado, la propiedad que Nagato poseía en Berkshire, aunque hacía años que no la visitaba.
Nagato, el segundo de los hermanos MacUzumaki, había comprado aquellas tierras poco después de la muerte de su primera esposa, cuando quiso marcharse lo más lejos posible del lugar donde había transcurrido su desafortunado matrimonio.
Los verdes campos cubrían las colinas arboladas, y el canal Kennet y Avon discurría perezosamente delimitando uno de los bordes de la propiedad. La próxima llegada de la primavera hacía que los corderitos trotaran por la hierba detrás de sus madres y que los potros acompañaran a las yeguas en los pastos.
La tradición llevaba a la familia MacUzumaki a ese lugar cada mes de marzo. Los hermanos, ahora acompañados de sus esposas e hijos, observaban cómo Nagato entrenaba a sus purasangres ganadores alejados de los ojos del mundo. Allí podían ser una familia normal durante un corto espacio de tiempo, antes de que Nagato se desplazara con sus mejores ejemplares para competir en Newmarket.
La casa era vieja, un montón de ladrillos distribuidos de forma anárquica, pero por lo que Haruna comentaba en sus cartas, se había dedicado a decorar parte del interior. Estaba deseando ver sus progresos.
Pero cuando ella, su padre, Konan y Yahiko llegaron con los excitados niños y la robusta niñera a la zaga, cuando el viejo Ben bajó del carruaje que les había llevado desde la estación de ferrocarril, fue Naruto quien les esperaba en la puerta principal para decirles que Menma había desaparecido.
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Continuará...
