CAPITULO XI

—Los Aburame no estaban muy contentos con nuestra visita, pero vendrán el viernes. Por cierto, parece que ya habían hablado con los Hozuki. No parece que la cosa pinte bien. Fue pronunciar el nombre de Suigetsu, y Laird Aburame escupió en el suelo.

Utakata Uchiha caminaba junto a su hermano Sasuke por el patio trasero en dirección a la casa, cuando le dio las novedades. Acababa de llegar y estaba algo cansado. No tanto del viaje pero sí de los improperios de Laird Aburame que harían santiguarse hasta al mismísimo diablo. Había sido difícil pero había conseguido que Laird Aburame diera su palabra de que asistiría a la reunión del próximo viernes.

—Lo importante es que...

Sasuke dejó lo que iba a decir. El patio trasero daba entrada a la casa por uno de los laterales. Cuando tanto Utakata como él entraron y enfilaron el largo pasillo, una imagen los dejó a los dos parados en el acto.

El pequeño Ian Uchiha estaba librando una batalla a espada contra Saku, que no solo ejecutaba los movimientos con maestría y agilidad sino que enseñaba al pequeño Ian a hacerlo.

—¿Saku sabe cómo manejar una espada o me lo estoy imaginando yo? —preguntó Utakata divertido—. Uf... ese movimiento no ha sido al azar, y le está explicando a Ian cómo debe atacar a su oponente sin quedar al descubierto. Todas ellas habilidades normales en una muchacha de su edad, ¿verdad? —preguntó Utakata con su fina ironía.

Sasuke ni siquiera lo miró cuando le contestó.

—Si a eso le sumamos que sabe leer y escribir yo diría que es algo bastante inusual. Uruchi me dijo que se crió en casa de un barón mientras hacía de acompañante de su hija y que por eso la chiquilla tiene esas cualidades.

Utakata alzó una ceja antes de hablar.

—¿Y sabemos qué barón es? Deberíamos preguntar. No creo que existan muchos hombres como ese.

Sasuke le miró un segundo antes de contestar.

—También dice que tiene conocimientos para la sanación. Esta ayudando a Naori.

—¿Y no temes que mate a nadie? Si ayudando en la cocina estuvo a punto de aniquilar al clan y le dio una muerte poco digna a tu camisa, no sé qué será capaz de hacer con un enfermo. Seguramente lo rematará, pero con dolor.

Sasuke no quería darle la razón pero también era lo primero que él había pensado.

—Uruchi me ha dicho que Naori está contenta y que en este caso sí sabe lo que hace. De todas formas, hay algo que no cuadra en ella.

—Muy bien, hermano. Debes enterarte de qué es —le dijo Utakata mientras le ponía una mano a Sasuke en el hombro—. Debes hacer lo que haga falta para llegar a la verdad.

A Sasuke no se le escapó el doble sentido que teñía las palabras de Utakata. Si a eso se le unía su sonrisa socarrona y su ceja ligeramente alzada, no cabía duda de a dónde quería llegar. Maldito fuera el día que le pilló besando a Saku... Sabía que su hermano tenía tema de diversión para rato.

Ian y Saku seguían luchando sin darse cuenta que ellos estaban siendo testigos de la escena. Saku rió cuando Ian le dijo: «¡Muere, cobarde», con tono amenazador, mientras intentaba darle con la espalda en la pierna. Saku hizo un requiebro para esquivarla, y en ese mismo instante Sasuke sintió que se le contraía el estómago como si le hubiesen dejado sin aire. Incluso Utakata siseó de manera bastante sonora.

El movimiento de Saku para evitar la espada de Ian hizo que el pañuelo que llevaba en la cabeza se desprendiera y cayera al suelo, dejando al descubierto su cabello.

Sasuke jamás había contemplado un cabello igual.

Largo hasta la cintura y ondulado, era como el color de los cerezos. Pero eso era demasiado vulgar para describirlo. La luz que entraba desde una de las ventanas arrancaba destellos rosáceos que veteaba su abundante cabellera. Esta se movía al compás de sus movimientos como si fuese un mantón rosa.

Si era hermosa de por sí, con esos enormes ojos color verde, el conjunto en ese momento lo dejó sin habla.

En ese momento, Saku giró y los vio allí de pie a los dos observando cómo ella e Ian jugaban con las espadas. Eso la distrajo lo suficiente como para que Ian, que no era consciente de la compañía, le diera con la espada en el estómago y la hiciera doblarse en dos de dolor.

—Lo siento, lo siento, Saku. ¿Te duele mucho?

Saku le dijo que no con la cabeza mientras intentaba disimular. El estómago le dolía a rabiar y se había quedado sin aire. El pequeño Ian era más fuerte de lo que había pensado.

En ese instante sintió dos manos sobre su cuerpo. Una en la espalda y otra cogiéndola del brazo. Sabía que era Sasuke Uchiha sin necesidad de mirar, porque a pesar de dolor, el contacto de esas manos la hizo temblar.

—Saku, ¿estás bien? No he querido hacerte daño.

El pequeño estaba preocupado por ella, su inquietud era palpable. Cuando Saku recuperó algo de aire, le contestó como pudo.

—Estoy bien, Ian, no te preocupes. Sé que ha sido sin querer. La culpa ha sido mía. Me he distraído y tú eres un gran guerrero. Has ganado —le dijo Saku mientras esbozaba una sonrisa.

Ian no parecía muy conforme todavía. La expresión tensa de su rostro denotaba que no sabía muy bien si creer lo que le había dicho o no.

—Vamos, Ian, nos acercaremos a la cocina a ver si Uruchi ha hecho sus famosas galletas. No creo que le importe que le cojamos unas cuantas. Dejemos que Saku se recupere del todo —dijo Utakata cogiendo al niño como si fuera un saco y echándoselo al hombro.

La risa infantil que resonó en la estancia la convenció de que el niño ya había olvidado lo que había pasado.

—¿Estás bien? —preguntó Sasuke con un tono de voz duro. Más de lo que había sido su intención. Maldita sea, no quería ser tan brusco, pero su cercanía, el leve olor a flores que impregnaba su pelo y la textura sedosa de esos rizos que se enredaron en sus dedos cuando la tocó para comprobar que estaba bien le habían afectado.

El deseo se había apoderado de él, y le costó lo indecible mantenerlo a raya.

Saku se irguió hasta incorporarse del todo. Todavía le dolía el estómago pero por lo menos ya podía respirar. Se volvió para mirar a Laird Uchiha que seguía a su lado, sosteniéndola. Había estado evitando quedarse a solas con él desde el beso. Aquel beso que la había dejado totalmente desconcertada. Nada la había preparado para aquello y ahora, al estar tan cerca de él y reconocer en sus ojos el mismo anhelo salvaje que el día que la besó, dio un paso hacia atrás de forma inconsciente.

—Estoy bien, Laird Uchiha. Eso me pasa por jugar a las espadas con Ian. Tiene mucha fuerza y es bastante hábil para su corta edad —dijo Saku con una sonrisa, intentando poner algo de distancia entre ambos.

Una cosa era lo que quería y otra lo que hizo. Porque aunque su cabeza le decía que debía alejarse de allí lo más rápido posible, su cuerpo permaneció inmóvil, anhelante del contacto del hombre que seguía sujetándola, provocando que toda su templanza se fuera volando de la mano de su prudencia.

Sasuke la soltó, solo después de que recurrir a su fuerza de voluntad y a su buen juicio.

—Uruchi me ha dicho que te estás adaptando bien.

Saku esbozó una pequeña sonrisa que hizo que él deseara besarla hasta que un gemido de placer saliera de ellos.

—Sí, por fin estoy haciendo algo que sé hacer, aunque sinceramente no sé cómo dio su permiso para que fuera con Naori a ver a los enfermos. Creía que no confiaba en absoluto en que pudiera tener algún tipo de habilidad.

Sasuke sonrió, y Saku pensó que era el hombre más apuesto que había visto jamás. Debía ser pecado tener la apariencia y el cuerpo de ese hombre.

—Y no la tenía, pero Uruchi y Naori me convencieron. Naori me dijo que no iba a dejar que te acercaras a ningún enfermo hasta que no estuviese segura de que no serías la próxima plaga de Escocia.

Saku se rió con ganas, y un pequeño hoyuelo adornó su mejilla derecha.

—Una mujer que sabe escribir y leer, que puede ver una herida o a un enfermo sin que se inmute y que además tiene conocimientos básicos en el manejo de una espada. Sin embargo no sabe nada de otros quehaceres comunes entre las mujeres. Eres un misterio, Saku Yamanaka —dijo Sasuke a la vez que le apartaba un mechón de pelo de la cara colocándoselo con cuidado detrás del hombro. Al hacerlo le rozó la mejilla con los dedos. Su piel era tan suave al tacto que demoró el contacto más de lo debido.

Saku intentó ocultar la inquietud que le habían provocado sus palabras, y se guardó de mostrar algún tipo de reacción al escrutinio al que la estaba sometiendo Sasuke con su mirada. Era como si intentara leer en ella algún signo de contradicción o mentira. Sin embargo, la dulzura con la que le retiró el pelo, y le tocó la cara redujo toda su cautela a la nada. En ese momento no veía a Sasuke Uchiha, el enemigo de su clan, sino a un hombre capaz de hacerla perder la cordura.

Cuando retiró la mano de su mejilla casi gritó por la sensación de pérdida que aquello le provocó. No tenía sentido pero cuando la tocaba, sentía que era capaz de cualquier cosa.

—Reconozco que mi niñez y mi educación no han sido las habituales —dijo Saku intentando volver a la conversación y olvidar lo que Sasuke la hacía sentir—. Las circunstancias a mi entender me han hecho afortunada. El leer y escribir debería ser algo habitual y no una extraña rareza —continuó Saku con firmeza mirando a Sasuke.

Este calló por unos instantes que a Saku se le hicieron eternos. Su mirada penetrante la mantuvo inmóvil hasta que desvió la vista y pasó por su lado para irse, pero no sin inclinarse un poco sobre ella y decirle al oído:

—Estoy de acuerdo contigo, Saku.

Ella se quedó allí quieta mientras el Laird se marchaba.

¿Sasuke Uchiha le había dicho que estaba de acuerdo con ella?

Aquello sí que la desconcertó, tanto que no pudo contestar como debía al mandato que Laird Uchiha le dijo antes de doblar la esquina y desaparecer.

—Y no vuelvas a ponerte ese pañuelo en la cabeza, Saku Yamanaka. Es una orden de tu Laird.

Saku estuvo a punto de responder que haría lo que ella quisiera, pero se mordió la lengua a tiempo. No había que ser avariciosa. Ya había obtenido una pequeña victoria. El demonio de Escocia le había dado la razón.