10. Rescate


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


¡El coche no arrancaba! ¿Por qué tenía que ocurrirle precisamente esa mañana? Ayame estaba sentada en el asiento del copiloto, sosteniendo entre las manos su preciado pasaporte al tiempo que miraba con nerviosismo a los coches que pasaban más allá del edificio de apartamentos donde había pasado la noche.

Si no fuera por Naruto y la réplica del anillo de la Super Bowl, los antiguos jefes de Ayame ignorarían su desaparición. Incluso así, no podía culpar a Naruto por lo que había hecho. Hinata había imaginado que su estatus de celebridad sería suficiente como para que el príncipe le regalara a Ayame, pero Naruto conocía mejor que ella a los ricos egoístas. Había sido un error de cálculo por su parte.

Mientras Ayame se mordía el labio inferior, Hinata hurgó bajo el capó del Sonata, pero no vio el problema hasta que inspeccionó la caja de fusibles. Habían desaparecido dos. ¿Quién demonios había...?

En ese momento se detuvo junto a ella un coche y se bajó la ventanilla.

—Entra.

Era Naruto, sentado detrás del volante de un Audi plateado como si fuera el rey de la ciudad.

—¡Eres tú el que ha hecho eso! —exclamó—. ¿Dónde has metido mis fusibles?

—Te los devolveré cuando esté preparado —repuso él arrastrando las palabras.

Lo miró mientras salía del coche y abría la puerta del copiloto del Sonata.

—Buenos días, señorita Ayame. Seré yo quien las lleve hasta Canadá.

—¡No! —Hinata no quería pasar tantas horas en un coche con él, requeriría demasiado esfuerzo por su parte. Además, no quería que él fuera decente. Deseaba que siguiera siendo el deportista egocéntrico pendiente solo de sí mismo, arrogante y endiosado que había pensado que era cuando empezó a vigilarle.

Pero Ayame se puso muy contenta al verlo y se cambió de coche con prontitud, sin dejarle otra opción que seguirla. Él hizo caso omiso a las protestas de Ayame y la obligó a sentarse en el asiento del copiloto del Audi, relegando a Hinata a la parte trasera.

—No solo soy perfectamente capaz de conducir hasta Minnesota —afirmó mientras se ponía el cinturón de seguridad—, además soy mejor conductora que tú.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó él mientras se ponían en marcha.

—Te he estado siguiendo, ¿recuerdas? Tardas tanto en frenar que casi te comes al de delante y, en general, eres demasiado agresivo. Yo, por el contrario, estoy capacitada para una conducción evasiva, preparada para evitar los atascos y cualquier contacto ofensivo.

—Impresionante, pero no tengo ninguna multa. Y por lo que sé, no puedes decir lo mismo.

—Solo porque no hay ni un solo poli en el estado de Illinois que ponga una al gran Naruto Namikaze. Pero ya veremos cómo actúan las patrullas de carretera de Wisconsin cuando crucemos su territorio.

—Incluso allí —dijo él con aire de suficiencia—. Cuando eres un gran deportista como un servidor, puedes conseguir casi cualquier cosa.

—La vida es muy injusta —murmuró ella—. ¿Dónde has dejado el Tesla?

—En el garaje. Tengo que recargarlo cada seiscientos kilómetros, así que los viajes por carretera requieren cierta planificación.

—¿Y este coche de quién es?

—Mío.

Hinata se obligó a apretar los labios.

—¿Cuántos tienes?

—Solo dos. A menos que cuentes la pickup.

—¿Para qué necesitas una pickup?

—Por infraestructura. Todos los hombres necesitamos una.

Ella suspiró y empezó a quitarse pelusas del jersey.

Mientras se dirigían hacia la frontera de Wisconsin, Ayame les contó la conversación que había mantenido con su tía la noche anterior. Naruto utilizó todo el encanto que no se había molestado en usar nunca con ella para charlar con la jovencita. Ayame mantenía una actitud modesta, sin mirarlo directamente a los ojos, pero era evidente que lo adoraba. Solo cuando él se aventuró a decir algo de política se vio en Ayame algo de fuego.

—La palabra islam significa «paz, pureza, sumisión y obediencia» —explicó—. ¿Qué tiene que ver eso con el terrorismo?

Charlaron un poco más sobre Oriente Medio, sobre la comida y la música. Cerca de Madison, compraron el almuerzo en un Auto King. A Ayame le encantó la idea de pedir la comida a través de una ventanilla. Naruto se negó a aceptar el dinero de Hinata, y también a dejarla conducir cuando se ofreció.

—Como vea una sola mancha de kétchup en los asientos, te dejaré tirada en la carretera —amenazó.

Ayame se tomó la amenaza en serio y le prometió que tendría mucho cuidado.

—No va por ti, Ayame—le aseguró él—. Solo por ella.

—¿Hinata no te cae bien? —La chica parecía realmente angustiada.

—Es complicado —dijo Naruto—. ¿Sabes?, Hinata está loca por mí. Tengo que mantenerla a distancia.

Hinata resopló.

—¡Oh, no! —exclamó Ayame—. Hinata no está loca. Es muy inteligente.

Eso hizo que Naruto iniciara una larga explicación sobre el argot americano. En el momento en que pasaron Wisconsin Dells, él le había enseñado ya que no podía tomarse literalmente palabras como «loco» o «increíble», y también le había explicado el significado de «guay», «colgado», o «¿Qué pasa?».

La risa de Ayame consiguió que Hinata fuera feliz.

—Conocer el argot americano no le servirá de nada en Canadá —intervino en un tono lo suficientemente borde para sentirse sorprendida ella misma.

—En Canadá ven cadenas de televisión americanas —señaló él.

Como la mayoría de los hombres, Naruto odiaba detenerse, y lo acusó de cronometrarlas cuando Ayame y ella fueron al cuarto de baño en una gasolinera.

—Que haya mirado el reloj no quiere decir que estuviera midiendo el tiempo —puntualizó él con seriedad.

Ella puso los ojos en blanco.

—¿Cuánto tiempo hemos tardado?

—Seis minutos y treinta y dos segundos.

A pesar de lo irritante que podía encontrarlo a veces, todavía podía hacerla reír.

—Abróchense el cinturón, señoras —les avisó—. La nave está a punto de partir.

Llegaron a Duluth a media tarde, y por fin Naruto le permitió ponerse al volante, principalmente porque estaba sentada detrás cuando él reapareció después de ir al baño.

—Cinco minutos, cincuenta y dos segundos —informó ella—. Has tardado casi tanto como nosotras.

Ayame se rio desde el asiento de atrás.

—Estás mintiendo. Cuatro minutos como mucho. —Pero se sentó en el asiento del copiloto sin protestar.

La salvaje belleza de la costa norte de Minnesota, con sus rocosos acantilados, sus playas de guijarros y las impresionantes vistas del lago Superior eran un secreto bien guardado para la mayor parte de los estadounidenses, pero Hiashi la había llevado de acampada a la costa norte varias veces cuando era niña y siempre le había encantado la zona.

Los letreros anunciando pescado frito o ahumado con tortitas de arroz la hacían echar de menos al viejo misógino a pesar de sus defectos y su amor. Naruto parecía fijarse más en los anuncios de tartas caseras.

—¡Detente! —ordenó al ver una señal que indicaba que el ominoso nombre del lugar era Castle Danger. Ella se desvió a un restaurante rústico de carretera. Él no tardó mucho en regresar con tres trozos de tarta—. Es de caramelo y manzana.

Era demasiado difícil comer el dulce mientras conducía por aquella tortuosa carretera de dos carriles, por lo que solo pudo disfrutar de la deliciosa fragancia a canela mientras Naruto gemía de forma exagerada y describía de una forma casi pornográfica lo que sentía al alimentarse con las hojas de hojaldre y el pegajoso relleno—. ¿Qué te parece, Ayame? —le preguntó—. ¿No es la mejor tarta que hayas probado nunca?

—Deliciosa —repuso ella, aunque se mostraba más nerviosa según se acercaban a la frontera canadiense y solo había dado un par de bocados.

Grand Marais era la última ciudad importante antes de llegar al paso fronterizo de Grand Portage, y Hinata le preguntó a Ayame si podría considerar quitarse el pañuelo de la cabeza hasta que estuvieran en Canadá.

—Somos un grupo extraño —le explicó—. A pesar de que todos los papeles están en regla, tendríamos que dar menos explicaciones.

La joven se mordió el labio inferior y miró a Naruto, en el asiento delantero.

—No puedo, Hinata.

—No te preocupes por eso —dijo Naruto—. Detente, Sherlock, te voy a demostrar cómo se hace.

—¿Te haces una idea de lo desagradable que resultas?

—Lo que tú llamas desagradable, a otras personas les resulta encantador y delicioso.

Ella sonrió y se detuvo.

Los hombres que hacían guardia en la frontera reconocieron de inmediato a míster Mandamás, y tras firmar un par de autógrafos e intercambiar algunas impresiones de fútbol americano, les dejaron pasar.

La tía de Ayame vivía en una modesta casa junto a una carretera de montaña con una valla blanca, que tenía vistas al lejano puerto de Thunder Bay. Había estado esperándolos y salió corriendo del interior antes incluso de que el coche se detuviera.

Ayame se arrojó a los brazos de su tía y las dos se pusieron a llorar. Otros amigos y parientes salieron de la casa. Muchos rodearon a Hinata para agradecerle todo lo que había hecho. Las mujeres la besaban y los hombres abrazaban a Naruto.

Les ofrecieron comida y bebida. La efusividad de sus elogios la hizo consciente de sí misma. Después de un último y lloroso adiós a Ayame, y recibir promesas de oraciones de todo el mundo, dejó que Naruto se sentara en el asiento del conductor para emprender el camino de vuelta.

Había sido un día largo y estaba empezando a oscurecer. No había pensado en dónde pasarían la noche, pero Naruto la informó de que había reservado habitaciones en Two Harbors, un pueblo en la costa norte a unas tres horas de distancia. Ella estaba cansada después de los acontecimientos de los últimos dos días, y hubiera preferido un lugar más cercano, pero él no quiso oír hablar del tema.

—Me han dicho cosas excelentes de este lugar, y quiero comprobarlo.

—¿Cuánto cuesta?

—Más de lo que puedes pagar. Pero quedaremos en paz si trabajas horas extra.

Estaba siendo difícil porque sí, pero luego se redimió.

—Admitiré que no me moría de ganas de verme involucrado en esto, pero me alegro de me que pidieras ayuda. Has hecho una buena obra.

—Tú también —dijo ella.

En el coche se hizo un incómodo silencio, y recibió con agrado que él encendiera la radio.

Él se hizo cargo de la conducción cuando se detuvieron a echar gasolina. A eso de las diez de la noche, se desvió hacia la localidad de Two Harbors. No había muchas grandes cadenas hoteleras con instalaciones en la costa norte, pero aun así no se esperaba que la carretera de doble sentido se convirtiera en un camino de grava que corría paralelo a los muelles de hierro del pueblo.

Aquellos embarcaderos resultaban descomunales e inquietantes de noche, su imponente esqueleto de acero acanalado le recordaban una visión distópica de un rascacielos en ruinas de una ciudad antaño grande.

En uno de los muelles había atracado un carguero, que estaba llenando las bodegas con el producto de unas minas cercanas, y el resplandor de los reflectores gigantes hacía la escena todavía más fantasmal.

Delante de ellos, en lo alto de un acantilado, el delgado haz de un faro señalaba el puerto como un dedo móvil. Naruto siguió el camino de grava hasta la puerta de un edificio de ladrillo rojo. Con sus estrechas ventanas y las molduras de color tiza, parecería una escuela antigua si no fuera por la torre iluminada que había en una de las esquinas.

—¿Vamos a dormir aquí?

—Me han hablado de este lugar algunos amigos. Es el faro más antiguo en funcionamiento en el lago Superior. La sociedad histórica lo convirtió en un Bed & Breakfast hace algún tiempo.

Ella agarró la manilla de la puerta del coche.

—Mientras haya dos dormitorios, me parece bien.

—¡Espera! —Él cerró la puerta estirándose por encima de ella, atrapándola en el coche mientras la miraba con una irritación que ella no entendía—. ¿No estarás insinuando en serio que voy a intentar llevarte a la cama?

Su reacción la tomó por sorpresa. Lo miró con un suspiro de exasperación.

—No lo estoy insinuando, pero tampoco esperaba ese odioso beso de la otra noche, y ya que parece que poseo un imán para atraer a los hombres más improbables, ¿qué sé yo?

—No tienes ningún tipo de imán.

—¿De verdad? Entonces ¿por qué me besaste anoche?

—Trataba de salvar tu estúpida vida. —La señaló con uno de sus largos dedos—. Vamos a dejar algo claro, Sherlock. No tengo ningún interés sexual en ti. Ninguno, nada, cero. La única razón por la que te besé fue para no ceder a mi verdadero impulso, estrangularte. Y ahora, esta conversación ha terminado.

Él abrió las puertas y salió del coche.

«¿Qué le pasaba?», pensó ella. Era evidente que necesitaba dormir porque estaba un poco irritada después de oírle decir que no se sentía atraído por ella, algo que no le habría molestado si hubiera venido de cualquier otra persona. Bien, estaba algo más que un poco molesta. Lo estaba lo suficiente como para querer desafiarlo, pero una mujer de mediana edad que se presentó como Marilyn había aparecido en la puerta.

—¿Señor Smith? Bienvenido.

«¿Señor Smith? ¿Eso era lo más original que se le había ocurrido?»

Él se había acercado al maletero, de donde sacó una pequeña bolsa de lona. Ella recogió su mochila y lo siguió hasta una cocina vintage con una alfombra de trapo en la que limpiar los pies, un fregadero de porcelana y un fogón de gas antiguo. Unas cortinas de encaje blanco cubrían la mitad inferior de las estrechas ventanas, y había un molinillo de café en una de las repisas. Debajo, una bandera americana doblada en forma de triángulo encima de un arcón de madera.

En el aire flotaba el aroma a dulce recién horneado, seguramente el pastel de chocolate de donde procedían los dos trozos que había en sendos platos. A través de la puerta, vio una escalera, por el otro lado, había un comedor de aspecto anticuado formado por un radiador de vapor, una alfombra de flores oscuras, una mesa de roble y un aparador con figuritas de porcelana china. Estas habitaciones formaban parte de la vivienda del farero.

Naruto la presentó como Ingrid, su masajista.

—Hinata Hyūga —dijo—. En realidad soy la que vigila que el señor Smith permanezca sobrio.

—Bueno, que Dios la bendiga —replicó Marilyn con una alegre sonrisa—. No es una vergüenza admitir que necesita ayuda, señor Smith.

Hinata le dio una palmada en el brazo.

—Eso es lo que le digo yo siempre.

El estallido de mal humor que lo había impulsado a salir del coche parecía haberse desvanecido porque no la apartó. Ella, por otra parte, todavía seguía molesta por su debilidad. Era una nueva faceta de sí misma que no le gustaba.

Marilyn les condujo hasta un pasillo en la parte de atrás, donde tres escalones finalizaban en un descansillo desde el que otros escalones subían hasta un vestíbulo cuadrado con cinco puertas; tres daban a los dormitorios, una al cuarto de baño y otra al faro.

—Son los únicos huéspedes esta noche, así que no tendrán que compartir el cuarto de baño.

El señor Smith arqueó una de las cejas. No se le había ocurrido que podría tener que compartir el baño con la plebe. Ella, por el contrario, habría apreciado algún cliente más que les hiciera compañía.

Las habitaciones tenían hogareños cabeceros de madera, bonitos edredones, lámparas de globos de cristal pasadas de moda y más cortinas de encaje. En las paredes había fotografías en blanco y negro de barcos de mineral ya desaparecidos.

Su anfitriona, que había estado dándoles una pequeña charla sobre la historia del lugar, señaló las linternas que podían encontrar en cada dormitorio por si querían explorar el faro.

—Hay un fantasma, pero la mayoría de los huéspedes no lo ve. —Se dirigió hacia el pasillo—. Si no les importa, cierren la puerta delantera después de que me vaya.

¿Se iba? Hinata no estaba segura de por qué, pero eso le molestaba. Bueno, estaba a salvo, pero..., incluso aunque el pueblo estuviera a poca distancia, el faro parecía tan aislado como una isla desierta. Aunque ella no era una tierna debutante que necesitara acompañante.

—Estaré de vuelta por la mañana —indicó Marilyn—. El desayuno es a las ocho y media. — Desapareció por la escalera y, unos momentos después, la puerta se cerró a su espalda.

«¡Mamá! ¿Es que no sabes que no debes dejar a los niños solos?»

Él puso en el suelo la bolsa de lona. Una simple acción con la que absorbió todo el aire de la habitación. Debido a su irritante reacción ante lo que había dicho en el coche, Hinata supo que tenía que salir de allí enseguida.

—Eres voluble —la acusó él cuando se volvía hacia la puerta.

Ella se dio la vuelta.

—No lo soy. Tengo hambre.

Él entornó los ojos.

—No esperes que haga nada al respecto. Ya te lo he dicho. No estoy interesado.

—¡Para el rollo! Tengo un hambre que puede saciar ese pastel de chocolate que nos han dejado. Por Dios, ¿qué te pasa? —Ella se volvió con desprecio, a pesar de que tuvo que resistir al impulso de pasarse el jersey por la cabeza, rasgarse el sujetador y ver si seguía sin estar interesado.

Bajó la escalera para ir en busca de su trozo de pastel a la cocina. Mientras lo comía, atravesó el comedor hacia una sala que parecía pertenecer a una entrañable abuelita. El sillón de orejas y el sofá de damasco azul tenían los típicos tapetitos blancos de encaje.

Un estereoscopio antiguo y una maceta con violetas africanas ocupaban la parte superior de una librería con puertas de cristal. Incluso había una planta colgando junto a la ventana. Se imaginó al guardián del faro y a su esposa sentados allí por la noche, en un tiempo en el que no existían las distracciones electrónicas. Habrían estado leyendo, quizá cosiendo, hablando del tiempo que haría al día siguiente. A continuación, subiría la escalera hacia el dormitorio...

Cogió un cuaderno de la mesita de café y lo abrió. Era el registro de huéspedes que habían asumido los deberes de farero durante su estancia: subir y bajar la bandera, por la mañana y por la noche respectivamente, anotar los nombres de los buques que entraban en el puerto, y comprobar la baliza dos veces al día.

El trozo de tarta de Naruto seguía encima de la encimera de la cocina cuando dejó el plato vacío en el fregadero y subió a su habitación. Se puso unos pantalones de pijama a cuadros negros y una camiseta de los Bears, pero no tenía ganas de dormir.

Ya que estaba allí, ¿por qué no buscar al fantasma del lugar? Tomó la linterna de la parte superior de la mesilla, se puso las chanclas y cruzó el pasillo para jugar a ser la farera.

Hacía frío en la oscuridad de la torre, y ni siquiera el débil goteo que dejaba la enorme lente que giraba en lo alto era capaz de traspasar la espesa negrura. Encendió la linterna, lo que hizo que aparecieran sombras misteriosas sobre las paredes de yeso.

Una estrecha escalera con los peldaños pintados de oscuro color granate conducía hasta la sala del faro. Una pequeña ventana en el rellano tenía vistas hacia el puerto, pero la niebla había hecho aparición desde que llegaron y solo pudo intuir el tenue contorno estructural de los muelles de mineral.

Comenzó a subir la escalera. El frío le traspasó la camiseta y el pantalón del pijama. Curvó los dedos de los pies para retener las chanclas cada vez que subía uno de los escalones. Las espeluznantes sombras, la oscuridad, la sensación de aislamiento... Todo resultaba deliciosamente siniestro.

Se sentía como si se hubiera colado en uno de los misterios que había devorado de niña. Hinata Hyūga y el secreto de los crímenes del faro.

Llegó a otro pequeño descansillo, este con un ojo de buey. Aún no era visible la luz de la enorme lente superior del faro. Apagó la linterna para mirar a través de la redonda ventana hacia el lago, pero la niebla era demasiado espesa para poder ver nada.

Luego oyó un ruido.

El clic de una puerta. Un sigiloso sonido de pisadas en los escalones inferiores.

El asesino del faro la había seguido hasta allí.

Y ella sabía quién era. Él también sabía que ella conocía su identidad. No podía permitirse el lujo de dejarla salir viva de allí.

Nadie podía ayudarla.

Solo dependía de sí misma.

Estaba sola, en un faro desierto, con un psicópata que ya había matado... Y que estaba decidido a matar de nuevo.

¡No había nada en la vida mejor que eso!

Pegó la espalda a un rincón, sin hacer ruido. Con la linterna apagada colgando de su muñeca. Él avanzaba con el sigilo de una pantera, pero se movía.

Sus pasos se aproximaban. Cerca. Cada vez más cerca.

Por fin, pisó el descansillo.

Ella dio un salto hacia él.

—¡Uuuuuhhhhhh! —aulló.

Naruto gritó. Dejó caer la linterna y se estrelló contra la pared.

De hecho, se había llevado una mano al pecho. Al encender su propia linterna, Hinata se dio cuenta de que quizás había ido un poco lejos.

—Hummm... Hola, ¿estás bien? —le dijo

—¿Qué mierda pretendes? —gritó él.

—Solo... Solo quería divertirme un poco, pero es posible que me haya pasado.

Él lanzó un gruñido ronco que pareció salirle del fondo de la garganta. Se lanzó a por ella, la agarró por los hombros y empezó a sacudirla. Y luego la besó. De nuevo.

Ella sintió la fuerza de su ira en los labios, y la tensión de su cuerpo. Naruto la apretó contra su pecho, haciendo que se sintiera pequeña e indefensa, a pesar de que no lo era.

«No tengo ningún interés sexual en ti. Ninguno, nada, cero.» Claro, sin duda.

Hinata dejó caer su propia linterna y se apretó contra su cuerpo. Naruto ya estaba duro. Y no era el único que adoraba los retos, así que en lugar de retirarse ella le rodeó el cuello con los brazos.

«Naruto Namikaze, estás perdido.»

Ella ladeó la cabeza y abrió los labios. Él pensaba que era todopoderoso. El amo y señor de todas las mujeres. Bien, pues no lo era de ella. Se deshizo de una de las chanclas y se subió a sus zapatos para llegar más arriba y profundizar el beso. Asegurándose de que Naruto pescaba al vuelo sus intenciones.

Y lo hizo, suavizando los labios y separándolos. Sus lenguas se encontraron. Ella enredó los dedos en su cabello y él le agarró el trasero con aquellas enormes manos. Hinata le rodeó la otra pierna con la suya cuando la calidez de sus anchas palmas se propagó a través de la fina tela del pijama de algodón hasta su piel.

«¿Sigues sin estar interesado en mí?»

Al parecer sí lo estaba, y mucho. Sus lenguas se enfrentaron. Y...

Ella empezó a derretirse por dentro. Sintió que se fusionaba y ardía al mismo tiempo. Que le fallaban las rodillas, lo que le obligó a arquear la espalda. El zumbido de una alarma comenzó a resonar con fuerza en su cabeza. Zumbidos, campanadas y sirenas intermitentes.

Estaba consumiéndose desde dentro. Naruto la levantó del suelo con sus enormes y atléticas manos. La apoyó contra la pared como si no pesara nada en absoluto. El beso se volvió salvaje. Hinata deslizó los dedos por decisión propia por debajo de la camiseta de Naruto para clavárselos en los duros músculos de la espalda.

De pronto, él se apartó con brusquedad, la agarró por el hombro y la dirigió por delante hacia la escalera. Cuando estuvieron bajo la luz del pasillo, Hinata se volvió con la boca abierta para hablar.

—Cállate —dijo Naruto antes de que pudiera pronunciar palabra—. Esto no me gusta más que a ti.

Era lo mejor que podía haber dicho. Ya no eran Hinata y Naruto. Eran solo dos cuerpos que necesitaban liberarse. Despersonalizados. Sexo en su forma más primitiva.

Fueron al dormitorio de Naruto. Él se lanzó hacia su bolsa de lona y empezó a revolver en el interior de la misma. Hinata hubiera jurado que le temblaban las manos, pero estaba demasiado ocupada quitándose la camiseta de los Bears para poder fijarse bien.

Permaneció allí con los pechos al aire, cubierta solo por los pantalones del pijama, mientras él se desnudaba y, ¡Oh, Dios!, era un espectáculo increíble: músculos feroces y tendones flexibles, piel bronceada y pálidas cicatrices. Quiso morder cada una de ellas, pero necesitaba sentir el anonimato, así que apagó la luz, dejándolos a oscuras.

Oyó cómo Naruto se deshacía del resto de la ropa y lo siguiente que supo fue que él estaba sobre la cama y que ella, todavía con los pantalones del pijama puestos, era aplastada por su cuerpo. Hinata le envolvió con las piernas mientras él se concentraba en sus pechos.

Se retorció bajo la fuerza de sus dedos, bajo el látigo de su lengua. Lo empujó en el tórax con la fuerza suficiente como para desequilibrarlo, y salió de debajo de él con intención de ponerse encima. Naruto tenía esculpidos abdominales, lo suficientemente poderosos como para mantener el torso en equilibrio.

De hecho, él podía sostenerse en el ángulo adecuado para acercar la boca a sus pechos y continuar ejerciendo aquella magia negra. Hinata dejó caer la cabeza hacia atrás y cabalgó sobre él. Naruto gimió, y ella se encontró de nuevo con la espalda sobre la cama para que él pudiera quitarle los pantalones del pijama con aquellas enormes manos.

Una vez más, su boca aplastó la de ella, haciéndola arquearse para encontrarse con él. La oscuridad no le permitía ver, pero sí sentir, y eso hizo.

Le dolió un poco cuando la dilató con los dedos, pero fue solo un momento y luego... Luego no dolió en absoluto y se movió contra su mano, con la mente en blanco, dejándose llevar por la locura, era solo un cuerpo que se hundía y volvía a salir sin respiración, que se hacía pedazos.

Él le dio un respiro antes de volver a la carga, torturándola, pero ella seguía sin poder tocarlo, al menos de la manera que quería.

Odiaba aquella oscuridad. Necesitaba verlo. Se retorció, rozando algo. El condón.

Tenía que sentirlo. Músculo y piel. Cerró la mano a su alrededor.

Naruto soltó un ronco grito. Y todo terminó.

Antes de haber comenzado.