CAPÍTULO 25

¡Estaba agotado y frustrado! Le resultaba imposible seguirle el ritmo. ¿En qué demonios había pensado cuando valoró Escocia para la luna de miel? Volvió a mirarla entre la incredulidad y el fastidio: Candy estaba ruborizada y tenía los rizos revueltos. Bailaba con entusiasmo una danza escocesa. Imitaba los pasos con una chispa de diversión en sus ojos, mientras un descarado escocés de ojos inquisitivos la miraba con un dejo de admiración que no ocultaba, y que a Albert le resultó molesto. La deseaba con una intensidad que lo dejaba atónito. El esfuerzo que suponía estar a su lado y no acceder a ella, le estaba pasando factura. Apenas podía pegar un ojo sabiendo que Candy dormía plácidamente sin ninguna preocupación tan cerca de él y tan inalcanzable al mismo tiempo.

Estaba a punto de volverse loco.

—¡Ven, Albert! ¡Prueba tú!

Él, negó con la cabeza de la misma forma que se había negado por completo a meterse en el agua helada del lago Loch Leven, como sugería la tradición. Cuando pensó en Escocia para su luna de miel, no creyó, en ningún momento, que iba a convertirse en una especie de maratón para verlo todo. Candy parecía incansable. Un momento más y su paciencia cruzaría un límite. Candy se había retirado del grupo que bailaba, y se acercó a él con una pregunta en los ojos.

—¿No te diviertes? —le preguntó.

Albert no negó ni asintió.

—Estoy cansado —le dijo serio.

En realidad estaba enfadado porque ella se divertía y lo ignoraba. Candy sonrió por el comentario.

—Solo nos queda un día y tenemos que aprovecharlo al máximo.

Albert abrió los ojos. Estaba cansado, y, parte de ese cansancio, tenía que ver con la energía que le consumía su deseo: no poder canalizarlo, no poder hacerle el amor, lo dejaba más agotado que si lo hicieran a todas horas.

—No me gusta bailar, ni meterme en un lago helado —dijo un tanto resignado.

Candy no se ofendió: estaba tan llena de vida, y se sentía tan plena de entusiasmo que la crítica se la tomó casi en broma.

—Ignoraba que Escocia era tan bonita —dijo sincera—. Y me encantan los escoceses. —Te recuerdo que esta noche y mañana me pertenecen —le dijo él.

Candy tomó a Albert por la mano para incitarlo a moverse. Él, siguió clavado al suelo de la taberna.

—Nos quedan cosas por hacer y ver, y todavía no quiero regresar a Catlodgen —agregó.

Albert negó otra vez con la cabeza.

—Necesitas descansar —respondió sin dejar de mirarla.

Candy hizo una mueca.

—Pero quiero ver los juegos —lo animó.

—¡No me interesa lo más mínimo esos juegos!

Candy lo miró desilusionada.

—Entonces nos veremos más tarde en Catlodgen —respondió resignada y girándose para marcharse.

Albert percibió las ganas de volar sola que ella tenía, y le sujetó las alas con ternura, pero con determinación.

—¡Lady Andrew! —la llamó. Ella se dio la vuelta al oírlo—. Si crees por un instante que vas a despedirme como si fuera un mensajero, es que no me conoces en absoluto. Deberías darte un descanso. Si no lo haces por ti, hazlo por el bebé —la amonestó, aunque con una voz demasiado suave.

—Pero yo quiero ver los juegos.

—Mereces un descanso, Candy. ¡Yo, merezco un descanso!

Candy se sintió un poco avergonzada porque él tenía razón. Albert había mostrado una paciencia sorprendentes. ¡Y seguía siendo tan guapo! Sus huesos crujían cada vez que él la miraba de esa forma tan especial.

Albert, al ver su rostro de desilusión, no pudo evitar decirle:

—¡Me disgusta que me ignores!

—No te ignoro —se justificó ella—. Es solo que no sé cuándo podré regresar de nuevo a Escocia.

Albert alzó una ceja y agregó risueño:

—Si me tratas bien, te traeré tantas veces como desees.

Candy ignoró el doble sentido que proponía la última frase él.

….

Estaba comiéndose una pieza de fruta. Miró pensativa la lujosa estancia que tendrían que abandonar al día siguiente. Albert se encontraba en una notaría haciendo gestiones importantes de las propiedades que tenían los Andrew en Escocia.

Una sonrisa se dibujó en sus labios cuando recordó el rostro de Albert al señalarle ella uno de los dormitorios para que durmiera los días que iban a estar en Catlodgen. Mantenerlo a distancia había sido mucho más difícil de lo que imaginaba, pero ella quería y necesitaba tiempo antes de dar el paso definitivo. Había estado muy enfadada porque no le había consultado nada sobre los preparativos de la boda, el viaje, etc. Y no pretendía que la vida en común fuese un cúmulo de reproches por no tomarla en cuenta. Candy había estado casada apenas unas semanas, Michael nunca había sido posesivo, ni celoso, tampoco controlador, todo lo contrario de Albert que apenas podía dar un paso sin que la vigilara. No estaba acostumbrada a que la controlaran, y menos un hombre, pues al ser viuda la mayor parte de su vida, había podido disfrutar de una libertad que otras muchas mujeres apenas podían conocer. Pero Albert había hecho honor a su palabra, y, tras darle las buenas noches, se había retirado a su alcoba sin ninguna protesta al respecto. Esto se había repetido cada una de las seis noches que habían pasado juntos en Escocia.

Candy soltó un suspiro largo.

Qué cara le estaba resultando mantener su determinación: su cuerpo traidor y ansioso lo seguía deseando cada segundo del día. Recordaba de forma nítida el modo en que la había besado hasta casi consumirla, la había acariciado incendiando cada poro de su piel. Trataba de mostrarle que no podía tomar decisiones por ella, que tenía voz propia, sabía que si cedía en ese punto, su batalla habría acabado. Candy necesitaba, de momento, ese dominio sobre la relación.

Pero era tan atractivo. ¿Por qué la desarmaba esa mirada anhelante que no ocultaba nunca, y que la seguía a todas partes? Sentía ganas de gritar anunciando su rendición, pero esa debilidad podía costarle cara en el futuro, cuando ya no pudiese controlar ningún aspecto de su relación con él.

¡Maldita su suerte!

Terminó de comerse la fruta y decidió que ya era hora de comenzar a prepararse para la cena. Acababa de darse un baño, estaba desnuda bajo la bata de seda rosa. Escuchaba a la doncella que le preparaba el precioso vestido que llevaría y los acompañamientos. Miró la jarra de hidromiel sobre la mesa auxiliar. Ella nunca había probado esa bebida. Albert tampoco la tomaba, pero el servicio siempre dejaba una jarra y dos copas cada noche. Sentía curiosidad por conocer su sabor, existía tantas costumbres diferentes en Escocia, que ella estaba encantada de comenzar a conocerlas. Decidida vertió un poco de hidromiel en una de las copas, y tomó un sorbo. Estaba muy buena, se le antojó a miel especiada, decidió servirse una copa entera y se la tomó con gran deleite. El sabor la maravilló, y se dijo que iba a pedirle a Albert que le consiguiera un barril para llevar a Inglaterra. Percibió el sabor dulce que se le pegaba a los labios y se relamió feliz. A Candy no le gustaba los haggis, pero la hidromiel estaba deliciosa. Se sirvió otra copa, y cuando ya se había bebido la mitad, se notó ligera y de buen humor.

En ese momento le gustaría que él estuviese con ella. Que los dos disfrutaran de ese momento íntimo. Apuró la segunda copa y, cuando iba a llenarse una tercera, lo pensó mejor. Se preguntó por qué motivo Albert tardaba tanto en regresar a la casa. Y rió, estaba deseando que volviera porque lo deseaba hasta un punto inconcebible, con unas ansias que la devoraban, pero estaba presa de sus palabras. Debía respetar la súplica que le había hecho, por más ridículo que le resultara en ese momento.

—No deberías emborracharte.

Candy miró la copa vacía que sostenía y arrugó el ceño.

—Es un refresco de miel, no lleva alcohol.

Albert estaba parado en el umbral de la puerta, y la miraba de forma penetrante. Ella, ni lo había oído llegar, ni lo había escuchado despedir a la doncella. Estaba serio, y la irritó su actitud: él nunca sugería, sino que ordenaba.

—Está muy bueno —le dijo con ojos brillantes.

—¿Nunca lo habías probado?

Ella negó con la cabeza. Albert siguió mirándola. Candy trató de demostrarle que había bebido muy poco, pero cuando trató de levantarse, sufrió un ligero mareo que le arrancó una carcajada por lo absurdo de la situación.

«Pues no es una simple bebida de miel», se dijo así misma.

—Mientras lo bebía, no percibí el sabor del alcohol —se excusó un tanto avergonzada. Si él continuaba mirándola así, no iba a poder contenerse más, e iba a arrojarse a su cuello para besarlo y acariciarlo.

—Solo he bebido dos copas —se justificó.

Albert llegó hasta ella para ayudarla a mantener el equilibrio. La bata de seda se le había abierto por el cuello, lo que hizo que Albert tuviera una visión perfecta de uno de sus pechos. Desvió la mirada: debía hacerlo, de lo contrario, no podría evitar arrojarla a la cama y hacerle el amor. Contra todo pronóstico, Candy no dijo nada cuando Albert le puso las manos en la cintura y le aseguró el cinturón antes de acercarla hacia sí.

La miró con intensidad; ella le sostuvo la mirada sin pestañear.

—Eres muy atractivo, lord Andrew.

Albert la iba llevando hacia la cama mientras le contestaba con calma:

—Eso ya me lo has dicho.

Candy no lo escuchaba.

—Eres tan hermoso como Rudolph.

Albert alzó las cejas curioso.

—¿Rudolph? —preguntó.

—El gato de mis hijos, aunque ya no vive con nosotros. Mary resultó ser alérgica a su pelaje, y Annie lo adoptó —comentó pausadamente: la lengua se le enredaba.

—¡No sabes cuánto me alegra que me compares con el gato de Annie!

Candy no entendió el sarcasmo. Ella no se lo había dicho para enojarlo, simplemente, le había dado ternura su actitud contenedora y asoció esa ternura al cariño que Rudolph demostraba. Se había criado en Battlefield desde que era un cachorrillo. Candy se sentía con el ánimo ligero, y tenía ganas de bromear.

—Te mereces un beso —Albert la miró durante un instante tan largo que Candy dudó—. Un beso de gratitud por ser tan buen caballero —siguió ella. Albert evaluó las palabras que había escuchado: había esperado tanto ese momento.

—¡Guárdate tu gratitud, no la necesito! —dijo fingiendo estar enojado.

Ella no se esperaba esa respuesta seca. Pese a todo, le rodeó el cuello con los brazos. —Eres muy alto —continuó ella—. Acabo de darme cuenta de que me gustan los hombres altos.

Candy se había puesto de puntillas, Albert se acercó a ella.

—¡Estás jugando con fuego, lady Andrew!

El aviso llegó demasiado tarde, cuando ambas bocas se encontraron, perdieron la capacidad de razonar: los labios de Candy sabían a fruta y a hidromiel. Beber de ella resultaba embriagador. Albert comenzó una danza con su lengua explorando, delineando la suavidad de su forma. Candy gimió ante las sensaciones maravillosas que él lograba transmitirle. Su fuerza la estaba mareando todavía más. Albert la iba inclinando hacia atrás sin separar la boca de sus labios. Había descendido un brazo que cerró con posesión en la cintura de ella. Con la otra le sujetó el mentón a su requerimiento. Candy se sentía completamente segura en sus brazos y se abandonó a las caricias que tan magistralmente la recorrían. Se sentía extrañamente impotente y a la vez viva entre los fuertes brazos que la sujetaban, fue entonces cuando notó el cambio de actitud de él.

—No sé si eres tú o la hidromiel lo que me hace sentir todo esto —farfulló.

Albert no dejaba su cuello.

—Primero me comparas con un gato, y ahora infravaloras mi capacidad de seducción por la hidromiel.

Candy rió con voz cantarina mientras sentía las diversas emociones que la lengua de él le imprimían en la piel. La sentía como si fuera un sendero de lava candente. Y Albert la besó más profundamente abriendo sus labios con su avasalladora lengua y reclamando una respuesta que ella no pudo ni quiso negarle. Las manos de él ascendieron por el cuerpo femenino y acarició los pechos de ella sobre la línea de su escote hasta llegar al cuello para luego recorrer el camino en el sentido contrario. Ella extendió la mano y sujetándole del pelo lo acercó más a sus labios, cuando lo logró, lanzó un gemido de triunfo. Una sensación cálida se instaló en su vientre, y una conocida humedad empapó su sexo. Apretó las piernas y volvió a gemir.

¿Qué le estaba ocurriendo? Una marea de sensaciones esperadas se estaba instalando en el interior de ella y no la dejaba razonar. Albert le estaba provocando todas esas emociones.

—¿Qué me estás haciendo? —se quejó y lo incitó a la vez.

Albert alzó levemente la cabeza para mirarla. Candy era consciente de cómo podía interpretar él sus palabras. Las había dicho para eso. La espiral de cosquillas que comenzaba a subir desde el vientre hasta el pecho le impidió pensar fríamente. Lo deseaba, y era la última noche que pasarían en Escocia.

—Puedo tomarme la respuesta de tu cuerpo como una invitación.

Albert pareció dudar un segundo. Candy se sorprendió al verlo dubitativo: ¿acaso él no entendía lo que ella quería? ¿Cómo tenía que explicárselo? ¿Esperaba que ella le suplicase?

—Yo solo quería darte un beso —trató de justificar lo que había dicho. Albert no pensó mucho en el tema. Ya no le importaba, aunque le costara caro.

—¡Y me lo vas a dar lady Andrew!

Sin saber cómo, Candy se encontró sentada en la cama. Albert había apoyado una rodilla en el mullido colchón de plumas y la iba inclinado hacia atrás. La espalda de Candy tocó la sedosa colcha. Solo entonces, Albert separó su boca de la de ella.

—Esta vez seré yo el que esté encima y con el control.

El hombre se apoyó sobre los codos. Se inclinó para saborear la dulzura de sus labios. Eran jugosos, incitantes. Su mano izquierda fue introduciéndose por la abertura de la bata sin despegar los labios de su boca. Que ella estuviese desnuda debajo de la prenda simplificaba mucho las cosas, y eso lo puso de cero a cien en menos de un segundo.

Candy apenas era consciente de lo placenteras que le resultaban las caricias de él. Sin percatarse siquiera, comenzó a mover la parte inferior de su cuerpo. Albert gimió al sentirla: ella no lo dejaba pensar con sus movimientos eróticos.

Se apartó ligeramente para situarse en posición y desabrocharse los pantalones. Candy lo ayudó con la camisa de forma apresurada. Albert le sostuvo el rostro con manos expertas. Deseaba observarla cuando ella lo recibiera. Ver el éxtasis reflejado en sus ojos le impidió pensar con coherencia, la penetró de una embestida. Empujó profundo, y fue como introducirse en el paraíso. Dejó el peso de su cuerpo sobre sus codos; y, Candy, al verse libre, elevó las caderas. Cada embestida le generaba un gemido largo y profundo que no podía contener. La bata había quedado completamente abierta. Albert comenzó a acariciar uno de los pezones con dedos diestros hasta que se puso enhiesto. Cuando consiguió lo que quería, pasó al otro pecho para rendirle el mismo tributo.

Seguía dando lentas embestidas, como si quisiera medir el movimiento.

Candy entrelazó las piernas alrededor de la cintura de él y lo siguió en la danza. Cuando se movió más rápido, los gemidos entrecortados de ella le indicaban que iba a alcanzar en breve el punto de su liberación. Una última embestida y se enterró en lo más profundo de ella: lanzó un bramido que lo dejó sorprendido por la intensidad. Después se quedó completamente inmóvil.

...

Candy tiene demasiada fuerza de voluntad, yo hubiera caído desde la boda. Adiós determinación con este hombre!