Capítulo 26
El sonido del teléfono la estaba volviendo loca. Hacía tan sólo dos días que había llegado a Madrid, pero el dichoso ruido no había cesado ni un segundo. Sakura se cubrió la cabeza con la almohada e intentó olvidarse del tormentoso pitido. Lo único que deseaba era pensar en Sasuke, en sus ojos, en su boca, y en su sensual sonrisa. Apenas hacía cuarenta y ocho horas que no lo veía y aún no lograba entender cómo iba a seguir viviendo sin él.
Sin poder soportar más el impertinente pitido, se levantó de la cama, se dirigió al salón y de un tirón logró arrancar el cable del teléfono de la pared. Una vez el silencio invadió su apartamento, se sintió mucho mejor. Quería dormir, necesitaba hacerlo. Regresó a su elegante habitación y, nada más apoyar la mejilla en su almohada Tempur, el ruido volvió de nuevo.
—¡Maldita sea! ¿De dónde...? —vociferó levantándose nuevamente de la cama.
Esta vez, el ruido provenía de la puerta de entrada. Furibunda, abrió sin importarle la pinta que llevaba y vio que fuera estaba su madre con Deidara y el portero.
—Por la Virgen del Tupperware —exclamó su amigo al verla—. ¿Qué llevas puesto?
—Un pijama de tomates cherry —casi gritó Sakura, momento que el portero aprovechó para escabullirse—. Y ¿a vosotros qué os pasa? ¿Es que no sois incapaces de respetar el sueño de los demás o qué?
—Son las seis y media de la tarde —contestó Deidara desganado—. Nos tenías preocupados y, al ver que no cogías el teléfono, no nos ha quedado más remedio que presentarnos aquí.
—Mamá —dijo Sakura dirigiéndose a Tsunade—. Hablé contigo cuando llegué y te dije que estaba bien. Creo que me merezco un poco de paz.
—Tesoro —murmuró ella al ver el aspecto de su hija—. Estábamos preocupados por ti. Entiéndelo.
—Pues haced el favor de no preocuparos tanto por mí e intentad respetar mi intimidad —gritó ella, aún en la puerta.
—Porque te queremos mucho, si no... —replicó Deidara, que ahora parecía enfadado—. Hija, de verdad, es para mandarte a la mierda sin billete de vuelta. ¿Nos vas a invitar a pasar o piensas seguir ladrando mientras nos tienes en la puerta?
—Quiero dormir —bufó Sakura incrédula—. ¿Seríais tan amables de marcharos?
Tsunade no podía decir nada. Sólo observaba las grandes manchas oscuras que su hija tenía bajo los ojos y la hinchazón de su cara. Eso, unido a los pelos de loca que llevaba y al enorme pijama de tomates —cherry, según ella—, le indicó que Sakura no estaba bien.
—Tesoro —insistió Tsunade—. Temari nos ha llamado. Está preocupada por ti, y sólo queríamos...
—¡Mamá! Estoy bien, ¿no lo ves?
—Sí, estás fantástica —repuso Deidara—. Vámonos, Tsuna —añadió agarrando del brazo a la mujer, que en un principio se resistió—. Dejemos a la diva de los tomates cherry.
—¡Adiós! —chilló Sakura cerrando de un portazo.
Sin embargo, en cuanto hubo dado un par de pasos hacia el dormitorio, sintió una opresión en el corazón que la hizo volver atrás, abrir la puerta y lanzarse llorosa a los brazos de su madre y de su amigo.
Dos horas después, Deidara había bajado al Vips en busca de comida y se había sorprendido al recibir una llamada de Sakura pidiéndole que subiera cervezas. Mientras tanto, Tsuna se afanaba en preparar algo de comer en la inmensa cocina de su hija.
—Yo te veo muy guapa —señaló Deidara, ya sentado junto a su amiga—. Creo que el aire de la montaña te ha sentado bien. Es más, incluso te veo más delgada.
—¡Imposible! —lo contradijo Sakura— Allí he comido como una vaca.
Al pronunciar la palabra «vaca», comenzó de nuevo a llorar.
Todo le recordaba a lo que tanto echaba de menos, así que Deidara tuvo que sacar un nuevo Kleenex de la caja azul.
—Por Dios, Saku, te vas a deshidratar. Vamos, intenta seguir hablando sin llorar, ¿vale?
—Allí nada era light o bajo en calorías —explicó ella conteniendo las lágrimas—. Estoy segura de que reventaré la báscula.
Mientras les hablaba de Escocia, no podía evitar alternar los lloros con las miradas ilusionadas, lo que no pasó desapercibido ni a Deidara ni a Tsunade.
—Mira, Saku —dijo de pronto su amigo—. Te apoyaré tomes la decisión que tomes, pero creo que quizá deberías pensar un poco mejor lo que has dejado allí y lo que tienes aquí.
—Aquí lo tengo todo, Deidara. Mi trabajo, mi familia, mis amigos. Allí, de momento, aparte de una hermana enamorada, tengo poco más.
—¿Tan enamorada está nuestra Barbiloca? —preguntó Deidara al oírla.
—Como diría ella, hasta las trancas —contestó y sonrió al recordarla—. En ningún momento ha vuelto a mencionar a Shikamaru; es más, creo que su pelinegro ha borrado cualquier sentimiento que aún pudiera tener por él.
—Ufff..., Shikamaru, menudo sinvergüenza —comentó Tsunade entrando en el comedor con un caldito—. Se presentó en casa para que yo le dijera dónde estaba Temari e ir a buscarla.
—Te lo perdiste —le espetó Deidara—. Yo estaba allí y puedo asegurarte que ese machito se fue con el rabo entre las piernas, y nunca mejor dicho.
—Ésa fue la mía —explicó Tsunade—. Me despaché a gusto con él. Le dije todo lo que pensaba, y no ha vuelto a aparecer.
—Me habría gustado estar presente —reconoció Sakura—. Yo también le habría dicho un par de cositas.
Mirando a su hija, Tsunade deseó acurrucarla entre sus brazos, pero aún existía una pequeña barrera entre ambas que era incapaz de franquear. La frialdad que a veces Sakura le demostraba la hacía frenarse en muchos sentidos por temor a enfadarla o a sentir su rechazo.
—Tesoro —le dijo cogiéndole la mano—, sabes que estoy aquí para cualquier cosa que necesites, ¿verdad?
—Sí, mamá. Lo sé —asintió ella.
—Si necesitas hablar de Sasuke, ya sabes que...
—No, mamá —repuso Sakura al tiempo que retiraba la mano de la de su madre—. Ni quiero ni necesito hablar de esa persona. Quiero olvidarme de él y punto.
—Saku —le reprochó Deidara dándole un empujón—, a veces eres más áspera que una piedra pómez.
«Es cierto», pensó ella.
Deidara y su madre hacían todo lo posible para ayudarla y, en cambio, ella seguía como siempre, en su línea de mala víbora.
—Mamá, gracias por tu ofrecimiento, pero sobre lo mío prefiero no hablar —se corrigió, e intentó sonreír—. En cuanto a Temari, te diré que está feliz, y que dentro de unos días regresará, pero con la intención de volver a Escocia. —Entonces vio que a su madre empezaba a temblarle la barbilla y se apresuró a añadir—: Pero no debes llorar, mamá, porque cuando conozcas a Óbito y a la pequeña Lexie vas a ser la mujer más feliz del mundo.
—Querida —dijo Deidara—, con el dinero que tienen..., ¿cómo no nos van a gustar?
—En la vida no todo es dinero y lujo, tontuso —sentenció Tsunade.
—Eso es cierto, mamá —asintió Sakura con tristeza—. Eso es muy cierto.
Sobre las diez de la noche, y tras prometer que regresarían al día siguiente, Deidara y Tsunade se marcharon.
Una vez cerró la puerta, lo primero que hizo Sakura fue preparar la bañera. Al fin iba a darse su maravilloso y esperado baño relajante con aceites esenciales. Cogió una cerveza fresquita de su moderno frigorífico. Después se quitó la ropa y se miró en el espejo.
—Bien, ha llegado el temible momento —murmuró mientras sacaba la báscula de un rincón.
Y se subió a ella tras lanzar un suspiro. Luego miró al frente esperando oír la odiosa voz que por norma le indicaba que había engordado. «Ha perdido dos kilos ochocientos treinta gramos», anunció la voz de la báscula.
—No me lo puedo creer —susurró ella bajándose para volver a subir de inmediato—. Seguro que no me he pesado bien.
«Ha perdido dos kilos ochocientos treinta gramos», volvió a repetir la voz. Sakura, sorprendida, cogió la cerveza, dio un trago y sonrió.
Tras el subidón de la báscula, se metió en su moderna y lujosa bañera, donde disfrutó durante una media hora de un increíble baño. No obstante, pasado ese tiempo comenzó a sentirse rara y angustiada. Le faltaba algo y, con lágrimas en los ojos, rápidamente supo de qué se trataba.
Le faltaba el bullicio de aquella casa. La falta de intimidad. Los comentarios nada femeninos de Karin, los ladridos de Stoirm, las dulces palabras de Ko y..., sobre todo, le faltaba Sasuke.
Cerró los ojos e intentó retener las lágrimas. No quería llorar más, pero le resultaba imposible. No conseguía quitarse de la cabeza la noche que había pasado con él en el castillo. Su mente volaba una y otra vez al momento en que Sasuke le había mostrado las películas pirateadas, los termos con té de Starbucks... Al momento en que se habían besado por primera vez... Ah, sus besos, esos besos ardientes y con sabor a vida que tanto le gustaban y que tanto echaba de menos.
Despabilándose, se puso en pie en la bañera, se dio una ducha rápida y, tras ponerse el albornoz, se dirigió descalza hasta el salón. Una vez allí, se sentó en su cómodo sofá y encendió la tele con la intención de ver alguna película que la distrajera de sus dolorosos recuerdos.
Pero incluso la televisión le recordaba a Sasuke, puesto que en uno de los canales estaban dando Braveheart. «Oh, Dios mío..., un highlander», pensó, y se echó a llorar como una tonta al ver los paisajes escoceses.
Decidió cambiar de canal y en el siguiente vio que daban un documental sobre animales en el que aparecían unos ciervos, con lo que volvió a llorar de nuevo. Cogió el mando y saltó hasta otro canal, donde se quedó durante unos segundos viendo a una señora que preparaba una tarta de manzana que le recordó a Ko. Cambió de nuevo e, incrédula, vio al tipo de «Bricomanía» que arreglaba el cercado de una finca.
«Esto es un complot», se dijo.
Sin embargo, cuando volvió a cambiar una última vez y vio al actor escocés Gerald Butler hablar sobre la película Posdata: Te quiero, Sakura se derrumbó del todo y, tras lanzar el mando contra la pared, volvió a llorar como una idiota.
Sobre la una de la madrugada, harta de dar vueltas en la cama y de que todo le recordara a Sasuke, se vistió y bajó al garaje. Cogió su coche y condujo hasta la casa de su madre. A las dos y diez de la madrugada, llamó al portero automático.
—Mamá, abre. Soy yo.
Tsunade, asustada, bajó en camisón en busca de su hija. La encontró en el portal hecha un mar de lágrimas. La abrazó y ambas subieron al piso, donde Óscar las recibió cariñosamente.
Una vez pasados los primeros momentos de desconcierto, en los que le temblaban hasta las pestañas, Tsunade intentó serenarse. Así pues, tras preparar café, regresó junto a su hija al comedor, donde la encontró sentada en el suelo junto a Óscar.
—Tesoro, ¿por qué no te sientas en el sillón? Cogerás frío.
—Óscar es un encanto de perro, ¿verdad? —susurró Sakura acariciándole la cabeza.
—Es un amor —convino Tsunade.
—Mamá, te quiero mucho —dijo ella apenas con un hilo de voz—, y quiero decirte que siento mucho todo lo que pasó y que... y que estoy enamorada de Sasuke y no sé qué voy a hacer para poder continuar mi vida sin él.
Tsunade se había quedado sin habla. Su hija Sakura había acudido a ella en mitad de la noche en busca de apoyo, cariño y ayuda. Tras unos instantes en los que le costó reaccionar, se agachó junto a ella, la abrazó y dio gracias a Dios porque Sakura, su Saku, había vuelto.
Sobre las cinco de la mañana, después de llevar horas hablando como solían hacer años atrás, Sakura parecía más tranquila. Charlar con su madre le había llenado de aquella paz de la que en su momento Homura le había hablado. Cuando Tsunade la acompañó hasta la habitación de su niñez y la besó en la frente con ternura antes de apagar la luz, se sintió arropada y protegida como cuando era pequeña. Esa sensación y el cansancio acumulado la hicieron dormir plácidamente.
Tsunade salió de la habitación con gesto preocupado y entró en la suya, donde el hombre que había cuidado de ella en el último mes la esperaba despierto, consciente de que no debía hacer el menor ruido. La inesperada visita de Sakura a su madre, y su charla posterior, era más importante que cualquier otra cosa.
—¿Está mejor?
—Tiene el corazón roto —susurró Tsunade—, y eso sólo lo cura el tiempo.
—¿Quieres que me vaya?
—Lo lamento —dijo ella mirándolo incómoda—, pero creo que sería lo mejor.
—No te preocupes, cariño. Lo entiendo.
Con cuidado, ambos recorrieron el pasillo sin hacer ruido hasta la puerta de entrada.
—Ahora que Sakura ha vuelto —dijo Tsunade—, tengo que hablar con ella. Lo último que querría en este mundo es que piense que yo también la engaño.
—Tranquila, cariño. Todo se solucionará.
Tsunade se despidió de él y cerró la puerta. Entonces, sus ojos se encontraron con los de Óscar.
—No me mires así, bribón —señaló mientras caminaba hacia la cama—. Ya sé que tengo que hablar con ella.
A la mañana siguiente, cuando Sakura se despertó, lo primero que vio fue su Nancy azafata en la repisa que había frente a su cama. Con una sonrisa recordó lo ocurrido la noche anterior. Por fin había franqueado la barrera para llegar hasta su madre, y eso le gustó. Tapada hasta las orejas, recorrió con la mirada aquella habitación que durante años había sido su refugio. Ahora se veía anticuada, con aquellos edredones floreados a juego con las cortinas.
Durante un buen rato, y mientras escuchaba a su madre canturrear copla española por la casa, Sakura observó uno a uno todos los recuerdos de su niñez, hasta que llegó a la foto de su comunión y la de Temari.
«Por favor, por favor..., si parecemos la novia de Chucky», pensó mientras se tapaba la cara divertida con la sábana.
En ese momento, sus ojos detectaron algo y, sentándose en la cama, leyó incrédula el bordado de la sábana: «AC Santo Mauro».
«No puede ser», pensó.
Era imposible que, el día que había estado en el hotel, su madre se hubiera llevado también un juego de sábanas. Tras levantarse, retiró a continuación el edredón de la cama de Temari y a punto estuvo de soltar un chillido al comprobar que allí había otro juego igual.
—¡Mamá! —gritó sin entender mientras se sentaba en su cama.
La puerta se abrió y apareció Tsunade con un delantal blanco y un plumero en la mano, seguida por Óscar, que al verla despierta acudió a saludarla.
—Buenos días, cariño —dijo la mujer besándola—. No me digas que he cantado demasiado alto y por eso te has despertado.
—No, mamá.
—Hija, ya sabes que me encanta Radio Olé y, cada vez que ponen a la Piquer, es que se me abren las carnes.
—Mamá... —le preguntó Sakura señalando el bordado de la sábana—, ¿cómo es que tienes sábanas del hotel Santo Mauro?
Al oír eso, a Tsunade se le cayó el plumero al suelo.
—¡Por Dios, mamá! —exclamó Sakura poniéndose en pie—. No te habrá dado por robar, ¿no?
—Oh, no, hija, no es eso —dijo ella recogiendo el plumero—. Es sólo que...
—Pero, mamá —casi gritó Sakura al fijarse en ella—, si hasta en tu delantal pone «Hotel Santo Mauro».
—Y en el plumero también —añadió Tsunade con gesto tonto.
—¡Mamá! —volvió a gritar Sakura—. ¿Qué está ocurriendo aquí?
Tsunade se sentó en la cama porque las piernas le fallaban y dio una palmada a su lado en el colchón para que su hija hiciera lo propio.
—Tengo que hablar contigo —comenzó a decir—. Y, aunque quería esperar un poco hasta que te encontraras mejor, creo que va a ser imposible. Por tanto, ahí va. —La miró un instante antes de continuar—: He conocido a un hombre, y él es quien me proporciona todo este material del hotel Santo Mauro.
—¡Ay, Dios mío! —susurró Sakura asustada—. Por Dios, mamá, no irás a decirme que te has enamorado de un tipo de los países del Este que está en España ilegalmente y que se dedica a robar en los hoteles, ¿verdad?
Tsunade pestañeó y, sin poder remediarlo, se echó a reír.
—¡Habrase visto la imaginación que tiene mi Saku!
—¿Imaginación? —repitió ella incrédula—. Mamá, estas sábanas son del hotel de la familia de Nagato, mi ex para más señas, y ¿sabes por qué lo sé? Porque yo misma busqué la fábrica que las confecciona, y también porque he dormido allí muchas veces. Pero ¡lo que no sé —exclamó haciendo que Tsunade dejara de reír— es cómo han llegado hasta aquí estos juegos de sábanas, las toallas que seguramente tienes en el baño y sabe Dios cuántas cosas más!
—De acuerdo, hija, pero relájate, porque la venita del cuello te va a explotar.
—¡A la mierda la venita, mamá! —bufó ella—. ¿Cómo ha llegado todo esto hasta aquí? No lo entiendo.
—Te lo estaba contando cuando has comenzado a alucinar con bandas del Este, robos y yo qué sé qué más —replicó la mujer con vehemencia.
—Mamá, por favor...
—Saku, quien me regala estas maravillosas sábanas y todo lo demás no es ningún delincuente, porque yo nunca estaría con una mala persona y...
—¡Mamá, desembucha de una vez! —chilló Sakura.
—Es Dan. ¡Ea, ya lo he dicho! —Suspiró.
—¿Da?... ¿Qué Dan? —preguntó su hija sin entender.
—Dan Katō.
El primer impulso de Sakura fue chillar. ¿Qué hacía su madre con su exsuegro? Pero al ver cómo la miraba ella, lo único que pudo hacer fue echarse a reír como una loca.
Por su parte, Tsunade la miraba desconcertada. Esperaba gritos e incluso disgusto por parte de su hija... todo menos lo que estaba ocurriendo.
—¡Ay, mamá! —exclamó Sakura serenándose—. Entonces, ese misterioso acompañante tuyo del que Deidara no quería revelar su identidad... ¿es Dan?
—Sí, hija, es Dan —asintió ella con rotundidad—. Un hombre que me quiere por quien soy y por cómo soy. No se avergüenza de mi pasado, ni de mí, y tiene plena confianza en que aquello que ocurrió una vez no volverá a suceder.
Si la hubieran cortado con un cuchillo, Sakura no habría sangrado. En la vida se le habría ocurrido pensar en su exsuegro como futura pareja de su madre. Pero la vida era así de caprichosa y, si la vida le daba a su madre una segunda oportunidad, ¿quién era ella para criticarlo?
—Mamá, y ¿lo vuestro desde cuándo...?
—Creo que el flechazo lo sentimos cuando nos presentaste en el salón del hotel Santo Mauro —contestó Tsunade—. A los dos días me llamó. Quería quedar conmigo para comer con el pretexto de hablar sobre ti, pero yo le dije que no. No quería tener nada que ver con hombres casados.
—Mamá, pero si Dan está divorciado de la madre de Nagato.
—Pero yo eso no lo sabía, hija. Es más, creía que era el padre de ese cenutrio.
—Entonces, ¿qué pasó para que al final estéis juntos?
—Oh, hija. —Sonrió Tsunade al recordarlo—. Uno de los días que salía del Mercadona cargada como una burra, un coche paró a mi lado. Como imaginarás, era él. Me trajo hasta casa y en el camino me contó que estaba divorciado desde hacía más de diez años de la insoportable cuchi-cuchi de tu exsuegra. Y ahí fue cuando me enteré también de que el cenutrio de tu ex no es hijo suyo.
—Qué raro que Nagato no me dijera nada en el viaje —señaló Sakura.
—Es que no saben nada ni él ni la finolis de su madre. Dan y yo queríamos contároslo primero a vosotras y luego al resto del mundo. Aunque Deidara, el muy tunante, se enteró, y aún no sé cómo.
Sakura se lo imaginó. Con seguridad había sido el amigo y vecino de su hermana quien se lo había contado.
—Dan te quiere mucho, Saku —señaló Tsunade tomándole las manos—. Y nunca entendió qué habías visto en el relamido del hijo de su mujer para que desearas casarte con él.
—Ahora que lo pienso, mamá, yo tampoco.
—Tesoro, voy a decirte una cosa y espero que no te moleste.
—Dime, mamá.
—Creo que el viaje que has hecho a Escocia te ha cambiado más de lo que tú crees. Lo veo en tus ojos y me lo grita tu corazón. Si amas a Sasuke y crees que es un buen hombre, debes perdonarlo porque, de lo contrario, te pasarás el resto de tu vida preguntándote qué habría pasado si hubieras elegido ese camino.
—Uf..., mamá —exclamó Sakura—. No es fácil.
—Tesoro, no creas que te lo digo porque ese muchacho sea conde, ni nada por el estilo. Sabes que a mí eso me importa un pimiento. Yo sólo quiero que seas feliz, y me destroza verte con el corazón roto.
—Mamá —expuso Sakura con tristeza—, en este momento de mi vida estoy segura de tres cosas. La primera es que soy feliz por verte a ti feliz. La segunda es que mi hermana ha encontrado un buen hombre, y la tercera es que yo no sabía lo que era el amor hasta que me han roto el corazón.
Tsunade la abrazó entonces con ternura, mientras en su fuero interno le pedía a su Virgen, la Virgen de las Viñas, que intercediera por el corazón de su hija.
