La Locura del Lord
10|TOCAME
Naruto esperó, con sus ardientes ojos azules, a que ella le explicara los misterios del mundo.
—Es lo más divino que puedas imaginar —tanteó ella.
—No quiero escucharte hablar de divinidades. Lo que quiero es saber qué se siente. ¿El amor es como el deseo?
—Hay personas que lo piensan.
—Pero tú no.
Una gota de sudor se deslizó por la espalda de Hinata a pesar de que las nubes ocultaban el calor del sol. El problema de las preguntas de Naruto MacUzumaki era que tenían respuestas imposibles. Y que ella debía contestarlas. Que todos debían… Pero no era posible, porque todo el mundo, sencillamente, lo sabía. Todos excepto Naruto.
—El deseo forma parte de ello —explicó lentamente—, anhelas el cuerpo de tu amado. Pero también necesitas su corazón y su mente, y te gustan todas las bobadas que haga, sin importar lo absurdas que sean. Te pones de buen humor cuando entra en la misma habitación que tú y te entristeces cuando se aleja. Quieres estar con él, verle, tocarle y escuchar su voz, pero también quieres que sea feliz. Eres egoísta y al mismo tiempo no lo eres.
—Yo puedo desear y echar de menos. Te encuentro hermosa y quiero tenerte. Ella notó que se excitaba.
—Debo decirte que eres buenísimo para mi ego. Pero cuando no deseas a una mujer, ¿no sientes nada por ella?
—Absolutamente nada. Hinata suspiró.
—Es por eso, Naruto MacUzumaki, por lo que te digo que me romperás el corazón. Naruto volvió la vista hacia la ventana y observó París cubierto por las nubes.
—¿Desearte no es suficiente? ¿Un deseo tan intenso que haría cualquier cosa por satisfacerlo?
—Es precioso en el momento, pero creo que no llena a la larga.
—En el sanatorio aprendí que sólo importa el presente.
Hinata se imaginó a Naruto, un joven larguirucho que todavía no había alcanzado la madurez física, perdido y solo. Un chico confuso que le recordaba mucho a aquella muchacha que se vio abandonada a los quince años, vagando entre depredadores que esperaban convertirla en su víctima. Incluso ahora, que poseía un nombre respetable y una fortuna, no lograba sentirse a salvo.
—Admito que yo también he aprendido a vivir el presente —dijo ella.
—También sientes deseo. —Naruto le tomó los dedos con los suyos y se los apretó.
—Lo tuviste que notar en casa de la duquesa. —Hinata se ruborizó—. Por supuesto que siento deseo. Me hiciste alcanzar el éxtasis allí mismo, con las faldas por las orejas. ¿Cómo podría no sentirlo?—¿Quieres volver a sentirlo?
La excitación la atravesó como un susurro.
—Si realmente fuera una dama, protestaría; diría que, por supuesto, no quiero volver a sentir tal cosa. Pero no sería cierto. Quiero volver a alcanzar ese éxtasis con todas mis fuerzas.
—Bien, porque yo quiero ver tu cuerpo. Hinata tragó saliva.
—Ya has visto una buena porción. Él le dirigió una sonrisa lasciva.
—Y me gustó. Pero quiero ver el resto. Ahora mismo.
Hinata lanzó una mirada a la puerta.
—Menma podría regresar de un momento a otro.
—No se acercará por aquí hasta que salgamos.
—¿Cómo lo sabes?
—Conozco a Menma.
—¿Y la ventana?
—El estudio está demasiado alto para que nos vean desde la calle.
Hinata tuvo que admitir que él había desechado las objeciones primordiales. Sabía que debía protestar más, pero en ese momento no lograba recordar por qué.
—¿Y si prefiero esperar?
—Entonces, esperaremos.
Hinata vaciló, sentía las piernas flojas, pero al mismo tiempo sabía que no había nada que la impulsara a abandonar aquella estancia, salvo un incendio. Un incendio muy grande.
—Necesitaré que me ayudes con los botones —dijo.
La ropa de Hinata cayó capa por capa; fue como si se desprendiera de una complicada envoltura hasta revelar su belleza natural. Una a una, las prendas que vestía cayeron sobre el sofá del estudio en un revoltijo multicolor: el corpiño y la sobrefalda azul brillante, la enagua ligera de un azul más apagado, las dos enaguas de seda blanca, el cubrecorsé… hasta que, por fin, él mismo desató el propio corsé de lino.
Su erección comenzó a latir y supo que no quedaría satisfecho hasta verla totalmente desnuda. Le desató la camisola y el lazo de los calzones. Las livianas prendas de seda flotaron graciosamente hasta el suelo y Hinata dio un paso adelante, desnuda. Trató de abrazarle pero él se apartó, obligándola a detenerse, confundida.
Al desnudarse, Hinata se había despeinado y los bucles caían ahora desordenados sobre sus hombros. Tenía los brazos y los muslos suaves y redondos y la cintura muy estrecha tras años utilizando corsé.
Las caderas eran rotundas y marcadas, igual que las nalgas. Naruto ya había visto antes el oscuro vello púbico, cuando le subió las faldas en la salita de la duquesa, pero ahora, bajo la luz del día, era todavía más hermoso.
Ante aquel profundo escrutinio, Hinata se sonrojó y cruzó los brazos cubriéndose los pechos.
Naruto se apoyó en el respaldo de la silla y se deleitó en su belleza.
—No quiero que te escondas de mí.
Hinata vaciló, luego comenzó a girar y dio vueltas y vueltas con los brazos estirados. Era tan hermosa con los cabellos desordenados, con la boca curvada por la risa, con los ojos perlas brillantes bajo la luz del atardecer. Las nubes se agolparon y comenzó a llover, pero eso no apagó el resplandor en la estancia.
Hinata se rio de nuevo.
—¿No crees que la vida es muy extraña? —preguntó ella—. En un momento eres una acompañante sin un chelín en el bolsillo y al siguiente eres una rica bohemia en París. De ser casi una esclava, he pasado a comprar regalos para mi amante.
Sus palabras fluyeron sobre él como el agua en el cristal. Más tarde recordaría cada una de ellas en el preciso orden en que las había dicho, pero jamás las comprendería mejor que en ese instante.
La vio recoger la tela que Cybele había dejado caer y envolverse en ella. Los diáfanos pliegues capturaron sus caderas y sus pechos, pero no los ocultaron a sus ojos. Ella siguió girando a su alrededor sin dejar de reírse.
Naruto asió la tela cuando pasó junto a él y la utilizó para acercarla. De pronto, Hinata cayó entre sus brazos todavía riéndose. El primer beso sobre sus labios entreabiertos interrumpió la risa y notó que se derretía contra él.
Hinata le había visto perder el control, en su peor momento, y aún así había acudido allí, con una disculpa y un regalo. Naruto vislumbró el destello dorado del alfiler en su pecho y el corazón le latió debajo con más intensidad.
Otras partes de su cuerpo también palpitaban con fuerza. La alzó contra su cuerpo. Le gustaba tenerla, flexible y desnuda, entre sus brazos. Si Hinata hubiera sido una cortesana, la habría inclinado sobre la silla y la habría tomado sin demora. Pero aunque su marido le hubiera enseñado los placeres de la cama, ella no conocía nada de los crudos coitos de las prostitutas. Le sonreía con confianza absoluta, como un capullo floreciendo.
La frágil confianza de Hinata estaba en sus manos. Le había gruñido que no le protegiera, pero su instinto le impulsaba a protegerla a ella. Estaba sola en el mundo, era muy vulnerable y ni siquiera se daba cuenta.
Naruto deslizó las manos por su cuerpo, deseándola con todas sus fuerzas pero conteniéndose. Pensar que podía ocurrirle algo, que otros hombres podía exigirle determinadas cosas, hizo que sus pensamientos se enredaran en un frenesí.
—Bésame —le pidió.
Hinata sonrió sobre sus labios. Le rodeó el cuello con los brazos y ambos quedaron envueltos en la diáfana tela. Sabía a miel caliente e increíblemente dulce. Algo respondió a ella en su interior. Reconoció el deseo, pero había algo más. Deslizó las rodillas entre las de ella mientras la besaba. Le puso las manos en las nalgas y la alzó más arriba de los muslos.
Luego la dejó caer suavemente, poco a poco, contra su pierna, dura como una piedra. Hinata pareció sorprendida y emitió un suave gemido.
Naruto le sostuvo las caderas con facilidad para comenzar a mecerla contra sus músculos, enseñándole cómo darse placer a sí misma. Su perfume, dulce y excitante, le envolvió. La besó y permitió que disfrutara a solas de la extraña sensación de la tela contra su sexo.
Ella siguió moviéndose, jadeando, con las mejillas encendidas y sudorosas. Naruto se dio cuenta de que Hinata jamás había buscado el placer a solas. Aquello era nuevo para ella y le provocaba un encantador asombro. La observó dejar caer la cabeza hacia atrás y cerrar los ojos. Los mechones cayeron sobre su espalda al tiempo que separaba los labios, transida por el deseo.
—Naruto —susurró—. ¿Cómo es posible que intuyas tan bien… lo que deseo?
Él lo sabía porque su cuerpo se lo decía. A él le gustaba excitar a las mujeres con sus caricias, igual que ahora a Hinata; le gustaba ver cómo sus ojos se nublaban de placer. Las mujeres se mostraban más hermosas que nunca cuando se dejaban llevar por el éxtasis. Y a él le gustaba su olor, su sabor, el sonido de sus suspiros, el calor de sus cuerpos bajo las manos.
Eso significaba que Naruto podía estar en el estudio de Menma, totalmente vestido, y conseguir que Hinata se volviera loca de placer. A él le gustaba poder hacerlo, conseguir que ella abriera los ojos y dejarla sin aliento antes de que gritara alocadamente llevada por el deleite.
Apartó un mechon de su frente con los labios. La deseaba de todas las maneras posibles, pero disfrutaba del lento proceso de la seducción, quería mostrarle uno a uno los goces que le esperaban, y ser testigo de cómo aprendía a anhelarle.
Una noche la poseería. Entonces, Hinata le desearía tanto que él conseguiría que fuera suya para siempre. Naruto no comprendía el amor, pero sabía que tener a Hinata en su vida merecía cualquier tipo de esfuerzo. Ella le había dicho que no la primera vez que le pidió que se casara con él; le había explicado cortésmente que ella no sentía inclinación por casarse, pero Naruto la haría cambiar de idea. Naruto MacUzumaki había aprendido cómo obtener lo que realmente quería.
Los gritos de Hinata resonaron contra el alto techo del estudio. Ella le cogió la cara entre las manos y le besó con firmeza.
—Gracias, Naruto —susurró.
Él le clavó los dedos en el trasero y le devolvió el beso, saboreando en sus labios el orgasmo que comenzaba a desvanecerse.
Hinata también le había dado las gracias en la salita de la duquesa, pero era ella quien había aquietado a la bestia que tenía en su interior. Era él quien debía agradecer la paz que le proporcionaba, aunque sólo fuera por unos preciosos instantes.
Me he convertido en una mujer realmente decadente —escribió Hinata en su diario unos días después—. Me paso los días esperando a ver qué travesura podemos realizar juntos Naruto y yo.
Ayer nos escoltó a Sumire y a mí a Drouant, ese nuevo restaurante de moda al que acuden todos los que quieren ser vistos. Naruto no habla mucho cuando estamos acompañados y jamás dice nada mientras Sumire y yo parloteamos como cotorras… mejor dicho, mientras Sumire me cuenta todo lo que se le ocurre sobre la gente que ve, y yo la escucho con deleite.
Naruto me apretó la mano por debajo de la mesa durante toda la comida. Sumire lo sabía…, por supuesto que lo sabía. Parece encantada por las atenciones que Naruto tiene hacia mí. Pero si supiera de qué manera me sostuvo la mano, podría no sentirse tan satisfecha.
Naruto no puede limitarse a hacer algo tan simple como agarrarme la mano. Desliza el pulgar sobre mi muñeca, dentro del guante, buscando ese punto en concreto que, cuando lo toca, me hace estremecer de pies a cabeza. Acaricia mi palma con dedos suaves que luego entrelaza con los míos para apretarlos con firmeza. Como si quisiera mostrarme que el sitio de mi mano está en la suya.
Come con serenidad su lenguado meuniére, o cualquier otro manjar que Sumire nos haya recomendado, sin decir una palabra.
Naruto y yo somos amantes… ¡Qué extraño me resulta escribirlo! Y, aún así, no hemos consumado nuestra relación. No como se entiende que debe ser consumada una relación sexual. En el estudio de Menma pensé que se quitaría la ropa y me tomaría en el sofá, pero no lo hizo. No se quitó la chaqueta, ni siquiera se aflojó la corbata, fui yo la que se recostó sobre él completamente desnuda. Muy decepcionante.
Sin embargo, sentir la fricción de la tela de su pantalón contra mi sexo fue una sensación extraña pero agradable. Jamás me había imaginado nada tan decadente; me sentí salvaje y caprichosa. Habría hecho cualquier cosa en esa estancia, todo lo que él me pidiera, pero se limitó a sugerirme que me vistiera y que me fuera a casa antes de que Sumire imaginara dónde estaba. Lo hice, pero la manera en que me besó al despedirnos prometía más aventuras en un futuro cercano. Y, Santo Dios, así fue. Hoy mismo he tenido una cita con él…
Hinata hizo una pausa en la escritura para escuchar la lluvia que golpeaba las ventanas. París estaba siendo azotado por una serie de tormentas de verano y la lluvia parecía caer a borbotones interminables sobre la ciudad. El clima había arruinado su paseo matutino y la posibilidad de salir de compras con Sumire.
Naruto me dijo que me llevaría con Sumire al parque hoy, y se presentó a la hora convenida. Pero Sumire lanzó una mirada al cielo gris plomizo y se negó rotundamente a salir de casa. A Naruto no pareció importarle y me encontré subiéndome al carruaje a solas con él.
¿Realmente afectará tanto el clima a Sumire? ¿Se ha apresurado demasiado al llevarse la mano a la sien y decir que notaba que comenzaba a sentir una migraña? Parece como si quisiera que me comportara de manera impropia… ¿Quizá sea ésa la manera en que quiere alentar a Naruto a declararse?
Pero Naruto y yo somos adultos. Según me ha dicho Sumire él tiene veintisiete años, lo que supone que es dos años más joven que yo. Está claro que ni yo soy una virginal debutante, ni él un oscuro villano. Somos, sencillamente, una viuda y un soltero de edad similar disfrutando de nuestra mutua compañía.
Cuando el carruaje comentó a rodar por el parque, le dije en un alarde de atrevimiento lo mucho que me había gustado sentir su ropa contra mí en el estudio de Menma. Él esbozó una sonrisa conocedora y ardiente, añadiendo que si me gustaba esa clase de sensación, podía bajarme los callones y sentarme con las nalgas desnudas sobre su regazo.
Me excité en el acto sólo de pensarlo, y Naruto lo supo, ¡maldito hombre! Creo que se deleita sumiéndome en ese estado.
No seguí su sugerencia porque imaginé que si el carruaje tenía un accidente me encontrarían con los calzones por los tobillos. París es un lugar más depravado que Londres, pero creo que eso ni siquiera aquí sería pasado por alto.
Naruto se rio ante mi temor y me dijo que pensar que podían atraparnos formaba parte de la diversión. Le contradije mencionando que él había visto suficiente de mi piel desnuda y que, sin embargo, yo no había visto nada de él.
Entonces me preguntó qué era lo que quería ver.
Yo, por supuesto, quería verle desnudo. Los músculos bajo la ropa sugieren que tiene un cuerpo duro y bien tonificado, y pensar en ver cualquier parte de él hizo que se me acelerara el corazón.
Por desgracia, estábamos en un carruaje en movimiento y no habría resultado práctico que se quitara la ropa. Sin embargo, me dijo que podría mirar lo que quisiera, pero que para ello tendría que desnudarle yo misma.
Como la mujer depravada que soy, me abalancé sobre él y me dispuse a desabrocharle los pantalones.
Naruto se recostó sobre el respaldo y me dejó hacer, con los ojos entrecerrados como rendijas azuladas. Separó las piernas pero se negó a ayudarme. Eso me fastidió, porque la ropa masculina es muy difícil de manejar; no sé cómo se las arreglan. Tuve que desabrochar y desatar varias prendas antes de dar finalmente con lo que buscaba. Naruto se estremecía cuando terminé, creo que de risa.
Por fin logré abrir su ropa y dejar al descubierto aquella parte de la anatomía masculina que es la causa de tanta debilidad. Tengo el placer de decir que no sentí ni un atisbo de vergüenza o timidez cuando cerré la mano en torno a ella para sacarla por la bragueta.
De todas maneras Naruto no tiene nada de qué avergonzarse, al contrario, está muy bien dotado. Su pene es largo y oscuro, resultaba cálido en el frío carruaje. Termina en una punta ancha, como una caperuza con una diminuta rendija en el centro. Acaricié ese punto con el dedo y él emitió un gruñido hambriento.
Al darme cuenta de que le gustaba, deslicé el pulgar sobre la cabeza de su miembro en un movimiento circular hasta que logré arrancarle otro gemido. Seguí jugando con él, disfrutando de mi poder. Cambié de técnica, agarré su pene y deslicé los dedos arriba y abajo, haciéndole cosquillas a mi manera por la punta.
Naruto se cubrió la cara con una mano y me rodeó apretadamente con el otro brazo. Yo apoyé la mejilla en su pecho y continué examinando tan fascinante apéndice.
Al cabo de un rato, quería más. El carruaje se movía suavemente, así que me arrodillé en el suelo ante él. Le estudié un rato con la vista, disfrutando de la libertad de observar cada parte. Luego me incliné y lo capturé con la boca.
Naruto dio un respingo, como si le hubieran pellizcado. Temí haberle hecho daño, pero cuando intenté retroceder, me introdujo los dedos en el pelo y me atrajo de nuevo hacia sí.
Jamás había saboreado antes un miembro masculino y lo lamí, evaluando el sabor.
Lo encontré un poco salado pero picante, muy diferente al que tenía su boca.
Especulé sobre si podría darle allí un mordisco de amor, y cuando lo intenté, gimió con voz ronca. Separó más las piernas y flexionó los pies dentro de las botas. Le escuché susurrar mi nombre, pero no pude responder porque tenía la boca llena.
Realmente no fui capaz de marcarle allí con un mordisco de amor, aunque lo intenté durante mucho tiempo. Cuando por fin me di por vencida, succioné su miembro con la boca como si tuviera intención de tragármelo por completo.
Pensar tal cosa me excitó. Quise devorarle. No comprendí aquel deseo, pero lo introduje todo lo que pude.
Sé que a él le gustó, porque me encerró entre las piernas al tiempo que emitía sonidos incoherentes. Levantó las caderas del asiento. Me sentí pletórica al pensar que podía atormentarle, igual que él había hecho conmigo. Ahora sabía cómo darle un placer que le haría perder el sentido.
Deslicé la mano entre las piernas separadas hasta encontrar la firme redondez de sus testículos y me entretuve acariciándolos suavemente con la palma. Le sentí estremecerse y latir contra mi paladar. Entonces, de repente, emitió un fuerte gemido y eyaculó en el interior de mi boca.
Me sorprendió tanto que casi me aparté, pero me sobrepuse con rapidez y seguí lamiéndole. Sabía un poco a crema agria, pero no era un sabor desagradable. Me relamí los labios y tragué su semilla, feliz de conservar una parte de él.
Naruto me hizo subir al asiento sin molestarse en abrocharse los pantalones. Me besó con fuerza a pesar de lo que acababa de hacer, como si él también quisiera saborear el gusto que quedaba en mi lengua.
Me miró sin decir nada, pero la fuerza con la que me agarraba la cara se suavizó.
Noté que intentaba mirarme a los ojos pero alejó la vista casi al instante.
Por fin, me rodeó con los brazos haciéndome emitir un sordo gruñido. Me retuvo así, acariciándome y besando mi pelo, hasta que el carruaje se detuvo delante de casa de Sumire. Se negó a entrar conmigo; lo comprendí, aunque por supuesto se había cerrado de nuevo los pantalones. Esperaba que él se despidiera, que me hiciera saber cuándo volveríamos a encontrarnos para continuar nuestra caprichosa relación, pero se mantuvo en silencio. Sin embargo, noté que respiraba con fuerza; creo que no era capaz de hablar.
Sumire me saludó sin mostrar la más leve huella del dolor de cabeza que había utilizado como excusa para no salir. De hecho, la muy ladina subió las escaleras a toda velocidad y se preparó para ir de compras aunque la lluvia no había aminorado en absoluto.
Me negué a acompañarla porque Naruto no nos escoltaría y no podía imaginar ningún deleite similar al que había experimentado en un carruaje cerrado, con él, en un día lluvioso.
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En aquella habitación de hotel hacía calor a pesar de que estaba la ventana abierta para permitir la entrada de la brisa veraniega. En la suite había un ventilador girando perezosamente en el techo, propulsado por gas comprimido. Pero funcionaba sólo a ratos y no desplazaba suficiente aire caliente italiano.
—Hay otro artículo, Excelencia.
El duque de Rasengan cogió el periódico que le tendía su ayuda de cámara por encima de los documentos que cubrían el escritorio.
Nagato leyó la página que le habían seleccionado, pero la historia era obvia. Aquella pequeña nota de sociedad mostraba un retrato de Naruto MacUzumaki junto a una hermosa joven de cabello oscuro en un abarrotado teatro. Detrás de la chica estaba su cuñada, Sumire. Los sombríos titulares, con muchos signos de exclamación, proclamaban en francés:
«¿Un nuevo amor para el hermano del duque? Una misteriosa heredera inglesa, la señora Õ., acompaña a lady S., y a su cuñado a la obra «La Bonne Femme», la última y más escandalosa comedia musical inaugurada en París. Traviesa, traviesa señora Õ.»
—¿Quién demonios es esta mujer? —gruñó Nagato. Jamás había oído hablar de ella, nunca la había visto antes.
—Lord Naruto es muy rico, Excelencia —dijo Yamato con voz aguda—. Quizá ella trata de multiplicar su fortuna.
—No le veo la gracia, Yamato. —Nagato dobló la pluma hasta que el fino instrumento se rompió y la tinta salpicó el periódico.
—Claro que no, Excelencia.
—¡Maldita sea! ¿A qué está jugando Sumire?
—¿Ve su mano en esto, Excelencia?
—Las dos. ¡Maldición!
—¿Supone un peligro? —Cuando Nagato levantó la mirada airada hacia él, Yamato se ruborizó—. Quiero decir, milord, que si a su cuñada le gusta esta mujer, la señora Õtsutsuki, si la aprueba, ¿no podría ser correcto? Si su hermano, milord, disfruta de su compañía… Bueno, ha alcanzado una edad en la que debería pensar en sentar cabeza.
Nagato le observó fijamente hasta que el sirviente se calló.
—Yamato, llevas diez años trabajando para mí. Conoces a Naruto y sabes de lo que es capaz.
—Sí, Excelencia.
—Sumire no se da cuenta de ciertas cuestiones. Y parece que tú tampoco.
—Sí, Excelencia.
—Créeme, debemos mantener a Naruto alejado de esa mujer, sea quién sea. —Nagato estudió la imagen. La joven tenía un hermoso rostro y cabellos oscuros. Parecía inocente e inofensiva, pero Nagato sabía de sobra lo engañosa que podía resultar la apariencia. Aquélla era la quinta vez que un periódico parisiense se hacía eco de la relación que existía entre Naruto y aquella señora Õtsutsuki—. No sé cuáles son sus intenciones, pero no creo que sean buenas.
—No, Excelencia.
—Ten preparada una maleta con lo imprescindible, Yamato. Por si tengo que salir de improviso.
—Por supuesto, Excelencia. ¿Me deshago del periódico?
—Todavía no. —Nagato puso la mano encima y repitió—: Todavía no.
Yamato hizo una reverencia y se alejó. Nagato estudió de nuevo la imagen, percibiendo la manera en que Naruto se había girado de medio lado para mirar a la señora Õtsutsuki. Podía ser la interpretación del artista, cierto, pero lo más probable es que no estuviera muy alejado de la realidad. La señora Õtsutsuki debía conocer de sobra la historia de Naruto, sus excentricidades, sus jaquecas, sus pesadillas. Esto último dependería de si ella había logrado meterse ya en su cama o no.
Nagato apretó los puños y los puso sobre el periódico. Naruto no debería estar en París, sino en Londres. Debía regresar a Escocia cuando Nagato terminara sus asuntos en el Continente. No le había mencionado que tuviera intención de visitar a Menma o a Sumire en París.
—No sé quién es usted —dijo Nagato, siguiendo con el dedo la silueta de la risueña señora Õtsutsuki—. Pero está yendo demasiado lejos.
Arrugó lentamente la página entre sus dedos y luego la rompió en largas tiras.
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A lo largo de la semana que transcurrió entre el interesante paseo en carruaje y el siguiente encuentro que concertó con Hinata, no tuvieron noticias del inspector Fellows. Naruto incluso ordenó a Shino que lo buscara, pero el criado no pudo dar con él.
—Debe de haber corrido a su casa con el rabo entre las piernas —declaró Shino. Naruto no lo creía. Los tipos como el inspector eran astutos y listos y no huían porque él les amenazara. Si realmente había regresado a Londres, sería por una buena razón. Deseó saber qué estaba planeando ese hombre.
Sumire le había pedido que las acompañara el miércoles a una salida, y aunque caía sobre París otra tormenta de verano, su cuñada insistió en llevar a cabo sus planes.
—Vamos a entrar en un lugar de perdición, querida —dijo Sumire a Hinata cuando los tres se bajaron del carruaje ante una casa de apariencia normal y corriente cerca de Montmartre—. Te va a encantar.
Él había estado allí con Menma, pero llegar con Hinata del brazo resultaba mucho más satisfactorio. Ella iba vestida con un tafetán rojo oscuro con adornos en el corpiño. Todo lo que llevaba emitía un ligero brillo y un leve frufrú.
Puso la mano sobre la que ella había colocado en el hueco de su brazo cuando intentó apartarse. Se alegraba de que Sumire hubiera sido lo suficientemente inteligente como para pedirle que las escoltara, porque, ¡maldición!, no hubiera permitido que Hinata entrara sola en ese antro.
—¿Lugar de perdición? —preguntó Hinata, mirando con atención el oscuro y polvoriento lugar cuando entraron—. Creo que te han tomado el pelo.
Sumire se rio.
—Esa es la intención, querida. Es un lugar secreto.
Les guio a través del local hasta una sencilla puerta en la parte posterior. La luz, el ruido y el olor a cigarros inundaban la escalera alfombrada.
Naruto pensó que no era tan secreto como Sumire pensaba mientras permitía que Hinata le precediera escaleras abajo. Los gendarmes parisienses estaban al tanto de aquel casino ilegal, pero cogían el dinero que les ofrecían y miraban hacia otro lado. Los franceses ricos se excitaban como niños traviesos al pensar que hacían algo al margen de la ley.
La escalera les condujo a una estancia brillante. El local ocupaba los bajos de varias casas y las arañas de cristal colgaban del techo. Había una alfombra de un intenso color rojo en el suelo y las paredes estaban cubiertas de paneles de madera de nogal.
Los presentes rodeaban las mesas hablando, riendo, gritando o gimiendo. El tintineo de los dados, el susurro de las cartas y el zumbido de una ruleta resonaban por encima de las voces. Había demasiada gente alrededor y a Naruto no le gustaba. Le aplastaban, le miraban fijamente y hablaban al mismo tiempo, de manera que no era capaz de asimilar lo que decían. Sintió la acuciante necesidad de escapar, percibía como si una insidiosa vid le rodeara, y miró a su alrededor para localizar la salida más cercana.
—¿Naruto?
Hinata levantó la mirada hacia él. El etéreo aroma femenino le envolvió. Los mechones quedaban a la altura de su nariz. Podría enterrar la cara en su pelo, podría besarla. No tenía que huir.
—No me gustan las multitudes —explicó, apretándole la mano.
—Lo sé, ¿quieres que nos vayamos?
—Ni se os ocurra —dijo Sumire. Les miró con un cierto brillo en los ojos y se detuvo ante una mesa con una ruleta. La rueda de latón giraba sin cesar y las tablillas de madera de la base pasaban ante ellos con rapidez. Había montones de fichas sobre un tapete verde de fieltro con números pintados.
Naruto observó la bolita zumbando alrededor de la ruleta en dirección opuesta a la rueda. Las ruletas eran simétricas y flotaban sobre su base, lo más cercano a una máquina en perpetuo movimiento. Naruto quiso atrapar la bolita y hacerla girar de nuevo, contar cuántas veces podía deslizarse alrededor de la circunferencia antes de detenerse.
La rueda comenzó a girar más lentamente. La miró fijamente, prediciendo cuántos giros más daría antes de que cayera la bola. Quince, supuso, o quizá veinte.
La bolita bailoteó por encima de la fila de ranuras antes de detenerse.
—Rouge, quince —anunció una mujer casi desnuda desde detrás. «Quince, rojo».
Hubo gemidos y suspiros. La crupier arrastró las fichas y un montón de manos recogieron las ganancias.
—Me encanta la ruleta —suspiró Sumire—. La han prohibido en Francia, pero se puede jugar si sabes dónde. Te evita la molestia de viajar hasta Montecarlo. Dame tu dinero, querida, y lo cambiaré por fichas.
Hinata miró a Naruto llena de dudas. Él asintió con la cabeza. El nudo que le oprimía la garganta se había aflojado y respiraba con más facilidad.
Sumire regresó con las fichas de Hinata y ésta puso un montón en uno de los números.
—Ahí no —dijo él con rapidez.
—¿Importa dónde se pongan? —Los diamantes refulgieron en la muñeca enguantada de Hinata cuando detuvo la mano.
Naruto cogió las fichas y las colocó en un cruce entre cuatro números.
—Aquí hay más posibilidades de ganar.
Hinata no pareció muy convencida, pero retiró la mano del borde de la mesa. La crupier puso la ruleta en movimiento y la rueda comenzó a girar. Zumbó con todas las miradas clavadas en ella. La bolita giró tentadoramente hasta acoplarse suavemente en una ranura.
—Noir, dix neuf. —«Diecinueve, negro».
Hinata golpeó la mesa con frustración cuando la crupier retiró las fichas.
—Apuesta en el mismo lugar —dijo Naruto.
—Pero he perdido.
—Repite la apuesta.
—Espero que sepas lo que haces, Naruto. —Puso las fichas obedientemente en el mismo sitio. La ruleta giró y la bolita cayó.
—Rouge, vingt et un. —«Veintiuno, rojo».
Hinata emitió un gritito y dio un salto al ver que ganaba. La crupier depositó un montón de fichas al lado de las suyas.
—¡He ganado! ¡Santo Cielo! ¿Puedo volver a hacerlo?
Naruto movió su mano y recogió las ganancias de Hinata.
—La ruleta es un juego tonto. Ven conmigo.
Sumire les sonrió ampliamente y depositó sus fichas donde antes las había puesto Hinata.
—Es muy divertido, ¿verdad? La suerte te sonríe, querida. Lo sabía. —Se rio y se giró hacia la mesa.
Naruto cogió a Hinata de la mano y la guio hacia una mesa larga donde un hombre corpulento agitaba un cubilete de dados. Los apostadores rodeaban la mesa y animaban a gritos al caballero, cuya cara brillaba de sudor. Una dama, espléndidamente vestida, estaba colgada de su brazo y daba saltitos a su lado.
—Le va a arruinar la tirada —susurró Hinata.
—Es posible, si es empleada de la casa —respondió Naruto en voz baja.
—¿Eso no es hacer trampa? Él se encogió de hombros.
—Es el riesgo que se corre al entrar en este tipo de tugurios.
—Sumire parecía muy excitada.
—A ella le gusta arriesgarse. —Después de todo, se había casado con Menma.
—¿Puedo apostar? —preguntó Hinata.
Aquel juego tenía tantas posibilidades, tantas combinaciones diferentes como los dados podían producir. A Naruto le parecía inútil intentar predecir cuál saldría o esperar un lanzamiento preciso, pero la gente encontraba excitante el riesgo. Era algo que le desconcertaba.
Los ojos de Hinata centellearon cuando observó que el hombre se disponía a tirar.
—¿Dónde apuesto?
Naruto se frotó la frente con el pulgar, los números fluían en su mente con precisión matemática.
—Aquí y aquí —indicó él, señalando unos cuadrados en el tapete.
El caballero lanzó finalmente los dados, sacando el número que él quería: un diez. Entonces tiró otra vez. Todo el mundo gimió cuando los dados sumaron doce.
—He perdido —gimió Hinata, decepcionada.
—Has ganado. —Naruto recuperó las fichas—. Has apostado a que él superaría la cifra en el segundo lanzamiento.
—¿De verdad? —Hinata miró las fichas y luego la mesa. Tenía las mejillas rosadas y los labios brillantes y rojos—. Creo que no debería jugar si no tengo ni idea de a qué estoy apostando.
—Eres rica. —Naruto le puso las fichas en las manos—. Puedes permitirte el lujo de perder.
—No lo seré mucho tiempo si me dedico a perder el dinero en la ruleta y en los dados. ¿Qué habría ocurrido si no hubieras estado aquí conmigo?
—Si yo no estuviera aquí, tú tampoco estarías.
—¿De verdad?
Ella arqueó las cejas, que parecieron delicadas alas en su rostro. Naruto deseó inclinarse y besarlas; allí, en medio de la gente. Hinata era su amante, su querida. Y quería que todo el mundo supiera que le pertenecía.
—¿Naruto?
Ella le había preguntado algo.
—¿Mmm?
—Te he preguntado cómo sabías que no estaría aquí si no estuvieras tú. Naruto la cogió por el codo y la condujo a una zona menos abarrotada.
—No lo habría permitido.
—¿De verdad? ¿Me seguirías a todas partes, como hace el inspector Fellows?
—Este sitio es peligroso —dijo él con desagrado—. Sumire sabe arreglárselas. Tú no.
Hinata notó una oleada de calor en el pecho.
—Eres muy protector conmigo. —Se apoyó en él para murmurarle al oído—. Pensé que estábamos de acuerdo en que la nuestra era una relación entre dos personas dispuestas a gozar de los placeres de la vida y nada más.
Naruto no recordaba haber convenido tal cosa. Ella había dicho que se gustaban y que no pensaba volver a casarse. Nada más. Él no había respondido entonces y tampoco lo hizo ahora.
Mantener una relación con ella no sería suficiente. Quería algo más que jugar con ella en el estudio de Menma y que disfrutar del placer que le había proporcionado en el carruaje. La deseaba una y otra vez, gozar con ella siempre que pudiera. No, Hinata no era una prostituta ni una aventura amorosa que olvidar cuando dejaran París. La quería para siempre en su vida.
Lo difícil era cómo conseguirlo. Ella había dicho que no deseaba casarse. Su compromiso con aquella serpiente de Akatsuki la había dejado tocada y ya le había rechazado una vez. Tendría que pensar muy bien cómo volver a proponérselo, pero la tarea no le preocupaba. Naruto era muy hábil canalizando su atención en un problema, excluyendo todo lo demás, hasta solucionarlo.
En ese momento un joven delgado con espeso cabello rubio corto se puso delante de él y los pensamientos de Naruto se fragmentaron como una lámina de vidrio.
—No me podía creer que fueras tú. —El hombre le tendió la mano con los ojos brillantes—. Naruto MacUzumaki en carne y hueso. ¿Qué tal, viejo amigo? No te había visto desde que te sacaron de aquella prisión.
Continuará...
