CAPÍTULO 11

LA SORPRESA

Dime, querida, ¿has seguido dibujando? —le preguntó lord Sabaku en la cena.

—Sí, milord. Intento reservar tiempo para ello al menos una vez a la semana —repuso Sakura.

—Bien, he visto tu trabajo y es muy bueno. ¿Has considerado alguna vez dedicarte a ello?

Ella negó con la cabeza.

—No, milord. Quien tiene talento de verdad es Temari. Sus retratos son mucho más intuitivos. Estoy segura de que llegará a ser famosa. Yo, sin embargo, me tomo la pintura como una simple actividad en la que dar rienda suelta a mi creatividad; además, parece que solo me gusta pintar el mar. Es el tema que repito una y otra vez en mis cuadros.

Lord Sabaku le dio una palmadita en la mano.

—Eso tiene sentido, cariño —aseguró él con cordialidad. A continuación, el hombre se dirigió a Sasuke—. ¿Qué opinas del talento artístico de tu mujer, Uchiha?

—Bueno, creo que es una artista consumada. Me gusta observarla mientras trabaja. Cuando se concentra, frunce el ceño y estudia el paisaje marino con una intensidad fascinante. Sin embargo, es muy concienzuda. Jamás está satisfecha con lo que plasma en los lienzos, cuando para mis ojos sería digno de colgar en la National Gallery —aseguró Sasuke.

Lord Sabaku se rio entre dientes.

—Supongo que conseguir tal cosa será el trabajo de mi vida, y es tan difícil como lo suelen ser los empeños importantes. Nos aseguraremos de dejarle una buena pared. —Guiñó el ojo a Sakura—. Ojalá pudiera conseguir que tu marido se entregase al servicio público; imagina lo que podría lograr un hombre como él en el Parlamento. ¿Qué opinas, Uchiha? ¿Te animas a presentarte para ser elegido por el distrito de Kilve?

—Estoy pensándomelo, milord —aseguró Sasuke, mirándola a ella. Había deseo en sus ojos y ella supo que en ese momento en concreto no estaba absorto precisamente en política. Su mente se hallaba perdida en lo que quería hacerle a ella cuando la tuviera para él solo.

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La concentración que había en sus ojos solo se incrementó de camino a casa. Sasuke permaneció sentado frente a ella, en el carruaje, recorriéndola con la mirada en un famélico barrido que no dejaba dudas sobre las ideas que giraban en su cabeza. Sakura se estremeció de anticipación, notando que cada vez estaba más mojada entre los muslos. Al parecer, la frenética sesión en la biblioteca, antes de la cena, solo había estimulado la necesidad de un encuentro más reposado esa noche.

—Ven tú a mi habitación en esta ocasión —le susurró él al oído cuando la escoltó hasta la puerta del dormitorio—. Estaré esperándote, preciosa... Y no te molestes en ponerte demasiadas prendas encima. —Le brindó una sonrisa de oreja a oreja digna de un demonio. Un demonio muy guapo, pero también muy lascivo.

Eligió uno de sus nuevos camisones franceses, un diseño exclusivo de madame Terumi. La seda era azul celeste y dejaba al descubierto mucha piel, poseía un escote muy profundo y carecía de mangas. El corte había sido diseñado para enfatizar cada curva femenina. Sasuke le había dicho que no se cubriera demasiado y sin duda le estaba obedeciendo. Sin embargo, tampoco importaba mucho o poco lo que llevara puesto, pues sabía que no permanecería sobre su cuerpo demasiado tiempo. Él precisaría de un solo instante para desnudarla.

Cuando abrió la puerta que cerraba el dormitorio principal, notó que se le tensaban los músculos del abdomen y que parecía faltarle el aire. El efecto que tenía Sasuke sobre ella era siempre igual. Él no le daba miedo —estaba segura de que jamás le haría daño—, pero la ponía nerviosa..., muy nerviosa. En el momento en que su marido quería mantener relaciones sexuales, ella se tensaba. No porque no compartiera sus deseos, sino porque sí lo hacía. Él era un amante diestro, capaz de arrancar a su cuerpo unos placeres que jamás había imaginado, que conseguía que se perdiera en exquisitas sensaciones, que el placer y la indecencia fueran tan intensos que resultaban un poco aterradores. Sin duda, la anticipación de lo que podía encontrar en sus brazos era la verdadera razón de su nerviosismo. Y ella no sabía nunca cómo harían el amor. Era evidente que a Sasuke le gustaba que ella se pusiera un poco nerviosa porque así podía tranquilizarla, y parte de su placer era disfrutar de su sumisión cuando la conducía al éxtasis.

La habitación estaba a oscuras y no vio a su marido por ninguna parte. No se encontraba tumbado en la enorme cama ni sentado junto a la chimenea. Pensó que quizá había sido más rápida que él preparándose para acostarse, aunque Sasuke siempre estaba listo y pendiente de ella.

Suspiró y se dirigió a las puertas del balcón para salir al exterior. El aire veraniego era caliente y las estrellas brillaban en lo alto. La noche resultaba apacible y se podía oler el aroma de la madreselva en el aire, que flotaba desde las vides del jardín. El dulce perfume le hizo recordar a su madre.

Ahora que estaba casada, se preguntó sobre sus padres. ¿Habían disfrutado del tipo de pasión que ella encontraba en su matrimonio? Sonrió y meneó la cabeza. Era difícil de imaginar. Nada la había preparado para la intimidad del sexo. Estar tan cerca de Sasuke, físicamente, parecía haber derrumbado sus paredes emocionales. Era imposible distanciarse de otra persona cuando estaba dentro de tu cuerpo y te proporcionaba un placer tan exquisito que incluso te hacía llorar.

Regresó al interior del dormitorio. En cuanto atravesó las puertas del balcón, unos firmes brazos la envolvieron desde atrás, atrapándola contra un pecho duro y musculoso. Y no solo estaban duros los pectorales; podía sentir cada centímetro del largo y grueso miembro contra las nalgas. No podía ver a Sasuke porque estaba a su espalda, pero supo que estaba desnudo, excitado y decidido a poseerla de inmediato.

—Sasuke... —jadeó con la respiración entrecortada—. Me has sorprendido.

Él le acarició el cuello con la nariz antes de poner los labios sobre su pulso y recorrer con los dientes el tendón más cercano. Deslizó las grandes manos de arriba abajo por sus brazos desnudos en un lento movimiento que rezumaba posesividad.

—Y tú me has sorprendido a mí cuando saliste al balcón con este camisón. Parecías un ángel. Me dejaste mudo, así que me quedé observándote mientras pensaba en lo que te haría cuando volvieras al interior...

—¿Y qué vas a hacerme? —jadeó con un hilo de voz, apretando su cuerpo caliente contra él al sentir su erección.

—¿Confías en mí, Sakura? —Sasuke le puso las manos en la cintura, cubriéndole las costillas, deteniéndose justo debajo de los pechos.

Sentir sus manos tan cerca, pero sin llegar a tocarla en realidad, hizo que se arqueara hacia atrás, intentando hacer desaparecer la distancia que había entre ellos.

—Sí, Sasuke.

—Buena chica. —Le cubrió los pechos con ambas manos y los apretó. Sus pezones se irguieron, duros y erizados, y él los estrujó por encima de la fina seda. Unas chispas de puro placer recorrieron su piel y tuvo que tragarse el grito de éxtasis que acudió a sus labios, sabiendo que esa era la recompensa por confiarle a él su placer—. Sigue confiando en mí, Sakura. Confía en mí y... siente.

Ella se estremeció, preguntándose qué iba a hacerle. Así era siempre; él jugaba con la emoción de la anticipación y lo que esto le hacía sentir. Sabía cómo excitarla hasta que no era capaz de hacer nada más, hasta que solo podía pensar en el placer que él iba a darle. Sasuke sabía cómo hacerse imprescindible.

—Lo haré... Lo hago... —susurró ella.

Entonces, él le puso una banda de seda sobre la cara y le cubrió los ojos con ella. Aseguró la tela con un nudo en la parte posterior de su cabeza. La venda le tapaba por completo; no podía ver nada.

«Solo podía sentir, y eso es lo que iba a hacer».

Sasuke dio un paso atrás y admiró la espalda de Sakura. El exiguo camisón que la cubría era precioso, pero había llegado el momento de quitárselo. Se inclinó, tomó el bajo con las manos y se lo subió por encima de la cabeza hasta que nada cubrió su piel. Suspiró de satisfacción. Por fin la tenía desnuda. Sabía que lo que hacía era escandaloso a los ojos de la sociedad, pero no podía imaginar acostarse con Sakura de cualquier otra forma. Hacer el amor con ella cubiertos por gruesa ropa para dormir y sumidos en la oscuridad no sería más que una parodia. El lujurioso cuerpo de su esposa estaba hecho para ser devorado con la mirada noche tras noche.

Le agarró las nalgas, elevándolas y obligándola a separar las piernas un poco.

—Un culo tan redondo y suave como el tuyo debería poder tocarse cuando uno quisiera. —Apretó cada una de las nalgas y deslizó los dedos sobre ellas antes de introducirlos en la hendidura que las separaba, que recorrió hasta la parte más mojada y empapada de su cuerpo.

Notó que ella se estremecía cuando comenzó a acariciarle los hinchados pliegues al tiempo que gemía con un erótico jadeo. ¡Dios!, cuando hacía eso le volvía loco, provocaba en él alocados impulsos que lo convertían en un demonio sexual. La necesidad de penetrarla era como un grito en el interior de su cerebro.

—Me encanta que estés siempre tan mojada. Pronto, preciosa, muy pronto, entraré en este coñito tuyo tan apretado y resbaladizo para hacerte gritar de placer. Y lo haré una y otra vez; durante toda la noche, hasta que salga el sol. —Ella gimió en señal de protesta cuando él retiró los dedos—. Camina. Quiero ver cómo se mueve ese culito. Adelante. Da diez pasos hacia delante y llegarás junto a la cama.

Ella dio un paso titubeante y luego otro, y otro más. Movió aquel impresionante trasero hasta el borde de la cama y se detuvo. Él gimió ante la sugerente imagen de sus músculos ondulando según movía sus largas piernas para recorrer la distancia. La vio volver la cabeza hacia él, aunque sabía que ella no podía verle a través de la venda de los ojos.

—¿Qué quieres, Sakura? —preguntó él.

—Te quiero a ti. —La vio estremecerse de necesidad. Sus pechos vibraban, con los pezones duros y contraídos al máximo.

—¿Cómo me quieres, preciosa?

—Te quiero dentro de mí. Quiero tener tu pene dentro de mí.

La nota de súplica de su voz activó un interruptor en su mente. Cualquier control que hubiera ejercido a lo largo de la tarde se evaporó en un instante. Estaba junto a ella antes de tomar aliento otra vez. Le puso una mano en la espalda para inclinar su torso hacia la cama y la sostuvo por las caderas. Pensar en penetrarla desde atrás hizo que su pene diera un brinco, como si fuera un garañón a punto de montar a una yegua. Se convirtió en una auténtica bestia, maligna, decadente y primitiva.

La respiración de Sakura se volvió más entrecortada cuando le separó más las piernas. Desde su posición, él podía oler la esencia de su excitación, veía lo mojada y caliente que estaba para recibirlo. Guio su miembro hasta la entrada y la embistió hasta la empuñadura, hundiéndose hasta el fondo. El dulce y apremiante agarre de su vagina resultaba tan placentero que era casi doloroso, pero un dolor que buscaba una y otra vez. La oyó contener la respiración cuando la empaló, seguramente por la sorpresa, pero lo aceptó en su interior sin la más leve protesta y se impulsó hacia atrás como si quisiera todavía más.

«¡Era condenadamente perfecta!».

La poseyó con dureza. No había duda alguna al respecto, estaba tomándola con todas sus fuerzas, porque en ese momento era lo que necesitaba. Más tarde podría ser suave, tierno, pero ahora mismo tenía que alimentar a la bestia que vivía en su interior. Solo había una cosa en el menú de la bestia, algo dulce y rosado que se hallaba entre los muslos de Sakura. En esa posición se internaba mucho más profundamente en ella que en cualquier otra.

«¡Oh, Dios bendito! —pensó—. ¡Que no acabe nunca este placer!».

Siguió impulsándose con ferocidad, horadando en ella como un poseso, perdido en aquel velo de sensaciones carnales. No supo cuánto tiempo estuvo penetrándola, si fue un segundo, un minuto o una hora..., ¿qué más daba?

Deslizó una mano hacia su sexo y comenzó a frotarle el clítoris con un dedo. Ella alcanzó el éxtasis al instante, apretó los puños y se estremeció bajo él. El orgasmo de Sakura desencadenó su liberación. Dar placer a esa mujer era el nirvana; sentir su cuerpo ciñéndole, escuchar sus gritos de éxtasis... Sintió que la necesidad se hacía cada vez más grande, como una burbuja a punto de estallar, y se derramaba como el vino de un tonel. La gloriosa respuesta le empujó al límite y se dejó llevar por aquel clímax que necesitaba con desesperación. Soltó un grito, siseó, y su cálida semilla se derramó en ella. Por un instante, conoció el paraíso.

Una hora más tarde, ella reposaba lánguida y somnolienta entre sus brazos..., agotada, completamente saciada..., una mujer muy sensual. La venda había desaparecido de sus ojos hacía mucho tiempo. Sakura se había acurrucado sobre él, apoyando la cabeza en su pecho, donde le besó, desde donde deslizó aquellos dulces labios a su mandíbula y sus hombros.

Pensó en todo lo que había sabido antes de ella y lo que sabía ahora. Se sentía encantado al constatar que había estado en lo cierto al predecir la pasión que contenía. Su Sakura era una sirena en la cama. Además era una mujer cariñosa; él adoraba sus caricias y gestos. Después de amarse como acababan de hacer ahora, le gustaba mantenerla cerca de su cuerpo, besarla y acariciar su piel. Cada vez que ocurría esto se le henchía el corazón. Ella le hacía sentirse victorioso, fuerte y poderoso como un guerrero. Pero había muchas otras facetas en ella, otros aspectos que resultaban más misteriosos ahora que antes. Presentía cierta oscuridad en su esposa y eso le preocupaba. Él sabía que sus sentimientos hacia ella eran más fuertes cada día que pasaba, y entre ellos destacaba el deseo de protegerla y hacerla feliz de todas las maneras que estuvieran a su alcance.

—Cara, ¿por qué parecías tan triste cuando lord Sabaku te preguntó sobre tus dibujos?

—¿Lo parecía?

—Sí. Fue evidente para mí e incluso para él; te dio una palmadita en la mano para consolarte. ¿Por qué pintas el mar con melancolía?

Ella contuvo el aliento antes de responder.

—Creo que es porque el mar resulta siempre muy exigente.

—¿Exigente? —Más que una explicación era un acertijo—. ¿De qué manera?

—Dondequiera que voy, el mar me llama..., desde hace mucho tiempo. No puedo alejarme de las olas y mucho me temo que siempre será así. De alguna manera, congelar un momento del tiempo, bosquejar las vistas marinas me sosiega. Por eso solo dibujo lo... —Meneó la cabeza y le miró—. Ya basta de hablar de eso, quiero hablar sobre ti. Lord Sabaku se toma muy en serio que inicies una carrera política en la Cámara de los Comunes y creo que tiene razón. Serías un buen político, Sasuke.

Él sonrió y la besó en la coronilla, pensando en lo hábilmente que había evitado ella sus preguntas. Sakura era cariñosa, educada y atenta. No podía reprocharle nada a una esposa que aceptaba todos sus deberes y respondía a ellos con alegría. No le cabía ninguna duda de que sus respuestas eran sinceras. Entonces, ¿por qué, en el fondo de su mente, tenía esa persistente sensación que le decía que Sakura no estaba siendo completamente honesta?