Capítulo 11

«Es el final quien nos corona, no la batalla».

ROBERT HERRICK, El final

Cuando fue llamada al estudio de su padre, Sakura pensó que no era una buena señal. Una vez más se vio dominada por la ansiedad. Con o sin llamada de su padre, era su estado natural: las últimas semanas habían sido horribles.

Después de que Itachi abandonara Oakfield tras su desastrosa visita, ella se sintió como si lo hubiera perdido todo. Deidara le había contado lo ocurrido, así que Itachi sabía cuál era la razón de su deshonra. Además, la voluntad de resistir ante las maquinaciones de su padre comenzaba a desmoronarse. El viejo continuaba decidido a casarla y el hecho de que ella solo deseara hacerlo con un hombre fuera de su alcance no era lo más adecuado. Uchiha era un hombre maravilloso que la había hecho sentirse una mujer de verdad, deseada y apreciada, al menos durante un breve tiempo.

Había entrevisto una pequeña luz de esperanza de que Itachi pudiera quererla igual cuando supo que su amado conoció toda la horrible verdad de labios de su hermano, pero no había sido así. No hubo reacción ninguna. De hecho, él se había ido con tanta rapidez como si intentara esquivar una bala.

Todavía podía recordar el destello de repugnancia que vio en sus ojos cuando compartió con él su vergüenza. Parecía que estuviera lanzándole estiércol.

No, el futuro baronet sir Itachi Uchiha, de Hallborough Park, en Somerset, no quería una novia manchada, deshonrada, y eso era lo que ella supondría precisamente para él.

Para su desgracia, pensó pragmáticamente, ante ella se extendía un futuro desolador. Sin embargo, ahora ya no le importaba. No tenía nada que esperar, nada que perder. Contaba con poder abandonar Oakfield sin que nadie la viera, en silencio. Nadie la quería, a excepción de Deidara, así que nadie la echaría de menos cuando se fuera, algo que haría en cuanto encontrara la forma adecuada. Se iría de Oakfield, de Inglaterra y de la vida que había conocido.

Llamó a la puerta y recordó otras veces que había hecho lo mismo en los últimos tiempos. Esas entrevistas eran la causa de que ahora se sintiera tan renuente a reunirse con su padre en aquel despacho.

La humillación y, más todavía, el miedo a que aquel monstruo la hubiera fecundado habían paralizado a su padre. Después de su desgracia él no parecía pensar en otra cosa, por lo que continuó interrogándola, de manera casi obsesiva, para informarse de si experimentaba alguna señal de embarazo. En cada nueva entrevista ella se había sentido muy avergonzada, abochornándose hasta el límite siempre que él le hacía la misma pregunta.

Al final recibió una pequeña bendición, una buena noticia en un mar de opresivo horror; llegó la menstruación y por fin pudo responder a su padre de manera definitiva. Eso detuvo aquellos aterradores interrogatorios de una vez por todas. ¡Qué alivio supuso! Para los dos.

—Adelante.

Entró.

—Papá, ¿deseabas verme?

Su padre la saludó solemnemente con la cabeza y la miró de aquella manera tan propia de él, como si estuviera tratando de resolver un acertijo. Finalmente meneó la cabeza, como si fuera a abordar una causa perdida.

—No sé cómo te las has arreglado, niña, en especial teniendo en cuenta la manera en que lo trataste cuando estaba invitado aquí, pero parece ser que la suerte te favorece; él todavía te quiere.

Un gélido terror le recorrió la columna.

—¿De qué hablas, papá?

—Está aquí otra vez, dispuesto a olvidar lo que le dijiste la última vez que lo viste. Ha vuelto a pedir tu mano en matrimonio. Y esta vez aceptarás.

«¡Oh, santo Dios! Lord Shimura había regresado».

La joven retrocedió un paso.

—No. No, por favor, papá. ¡No me hagas esto!

—Sakura, basta de dramatismos —repuso su progenitor en tono hastiado—. Ha llegado el momento de que madures y cumplas con tu deber. Es una oferta respetable. La única manera de obtener un lugar en la sociedad y un título. ¡Por el amor de Dios! Es más de lo que tu madre consiguió. Serás una dama.

—¡Oh, papá! —Se cubrió la boca con la mano y se alejó de él. Las paredes se cernían sobre ella. Se sentía pequeña e impotente, completamente a merced de otros, sin una voz propia—. ¿Cómo podré hacerlo? —preguntó con voz trémula.

—Puedes y lo harás. Eres una Haruno y debes cumplir con tu deber para con tu familia, y después obedecerás a tu marido, como es obligación de todas las esposas.

Su única respuesta fue una catarata de incontenibles sollozos silenciosos. Quería suplicar que su existencia terrenal fuera lo más breve posible. Si accedía a los deseos de su padre, su vida había acabado para siempre.

La voz del señor Haruno se suavizó al acercarse a su hija.

—Sé lo que has soportado, hija, pero creo que esto es lo más conveniente: tener tu propia vida y, más tarde, unos niños a los que criar. De esa manera podrás olvidarte de..., de esa pasada indignidad. Este hombre necesita un heredero y tú perteneces a una familia buena y noble. Él te respeta. No es una vergüenza ser esposa y madre, Sakura.

Ella se sentía realmente rota y exhausta. La voluntad de resistirse a ser aplastada ya había desaparecido. La primera esposa de lord Shimura había muerto en el parto, quizá también a ella le ocurriera lo mismo. Fuera lo que fuera lo que le reservara el destino, ¿qué más daba? Ya no importaba nada, ¡nada! Se sentía muerta por dentro.

Asintió con la cabeza, sin expresión en la cara.

—¡Por fin! —musitó el señor Haruno—. Has tomado la decisión correcta. Iré a comunicar al afortunado la feliz noticia y le invitaré a hablar contigo en privado. —Le puso la mano en el hombro y apretó.

—¿Está...? ¿Está aquí ahora?

—Sí. Llegó hace una hora con una licencia especial en la mano. Dice que ya ha pasado demasiado tiempo y no piensa esperar más. La ceremonia será en la salita, mañana por la mañana, y después del desayuno nupcial lo acompañarás a tu nueva casa. Podemos decir que el compromiso se formalizó cuando estuvo aquí la última vez y que habéis estado prometidos en secreto estas últimas semanas. Las criadas empaquetarán tus cosas de inmediato. Estoy seguro de que dispondrás de otra doncella cuando llegues a tu nuevo hogar.

Su padre parecía casi mareado por el alivio y charlaba apresuradamente sobre lo que debía hacerse de inmediato. Ella apenas prestó atención, sumida en su desolada tristeza.

Un repentino pensamiento brotó en su mente; allí mismo, en ese mismo instante, vivía su última vez. Aquel momento era la última vez que podía considerarse una persona libre, que poseía voluntad propia. Muy pronto lord Shimura atravesaría esa puerta y la reclamaría. A partir de ese instante le pertenecería y tendría que servirlo. Su existencia ya no sería la misma. «Será una muerte en vida», pensó.

Fijó su atención en el cuadro que colgaba sobre la chimenea. Era un paisaje marino, un litoral escarpado; unas olas levantadas por la tempestad al atardecer, mientras el sol anaranjado parecía sumergirse tras el horizonte. Siempre le había gustado aquella pintura, tanto los colores como el tema. Aquel cuadro era una metáfora de su propia y breve vida... El momento que ahora transcurría, como el que se reflejaba en el cuadro, era el fin.

Se escuchó el sonido de unos pasos.

Estaba absolutamente paralizada, sin poder hacer otra cosa que mirar fijamente la puesta de sol del cuadro, incapaz de moverse.

Oyó sus pasos mientras caminaba resueltamente hacia ella; sus pasos seguían la dura cadencia de su corazón y estaban cada vez más cerca. Podía escuchar su intensa respiración. Cuando recorrió la distancia que los separaba, se detuvo a su espalda. Un sorprendente aroma inundó sus fosas nasales... ¿Esencia de clavo?

Aquello no podía ser cierto. Ella solo conocía a una persona que oliera a clavo. Enderezó la espalda, temiendo incluso pensar en él.

«¿Itachi?».

—¿Ni siquiera puedes mirarme, Sakura? Quiero ver tu cara. Es lo único que he visto en mis sueños durante todas estas semanas que hemos estado separados.

Lo miró al fin, sintiéndose repentinamente insensata y pensando de pronto que, después de todo, la pintura no era un ocaso, sino un amanecer. Sí, definitivamente. ¡Un glorioso amanecer!