Capítulo 26

Somewhere.

—Entonces, ¿no quieres que te acompañe?

—No, no te preocupes, Dana estará esperándome. Tomo un taxi y en 5 minutos estoy ahí.

—Quinn, no me importa acompañarte si…

—Todo bien, Rebecca —le dijo por quinta vez—. No es necesario, de veras. Sé que te apetece pasar todo el día conmigo, pero no es bueno que nos acostumbremos… —replicó con burla, provocando la sonrisa en Rachel.

Habían pasado toda la mañana y parte de la tarde en el parque hasta que regresaron al apartamento, de la misma forma en la que se habían marchado, subidas al tándem, disfrutando como nunca de las calles de aquella ciudad, y de un buen humor que había terminado contagiándolas. No así de la temperatura, que inexplicablemente, comenzó a bajar conforme el sol iba descendiendo por el horizonte.

A aquella hora, casi las 20:30, Quinn ya se disponía a acudir a su cita con Dana en un restaurante cercano, con quien había quedado para hablar, tras regresar de San Diego, donde residían sus padres.

—Tienes razón. Me estas mal acostumbrando a acompañarte a todos lados, y ahora me siento perdida —dramatizó divertida Rachel—. Pero, de todos modos, déjame que te acompañe hasta la calle, al menos. Será mejor que vaya a dejar el tándem en su aparcamiento oficial.

—Deberías. Si no, te van a cobrar suplementos, y te advierto que, en esta ciudad, las tarifas son bastante altas.

—Lo sé.

—Oye… ¿No vas a salir?

—No, no creo. Me quedaré aquí, cenaré y terminaré de organizar mi habitación.

—Ouch…Cierto. Y yo debería de ayudarte.

—No te preocupes, Quinn. De hecho, te he dicho eso por decirte algo. Probablemente me quedaré dormida en cuanto termine de cenar —espetó sonriente.

—Estás cansada, ¿verdad? —cuestionaba ya dispuesta a tomar el ascensor—. 10 millas en tándem… Un paseo agradable —añadió con sarcasmo.

—Tenías razón. No pensaba que fuese a ser tan intenso. Estoy acostumbrada a usar la bicicleta, pero ésta me ha dejado destrozada.

—Yo estoy igual —respondía divertida—. Mañana nos van a doler hasta las pestañas.

Rachel no pudo contener la carcajada tras aquella respuesta por parte de la rubia, que cambió por completo su tono de voz al tiempo que ya se adentraban en el ascensor. Fue probablemente la primera vez que reía tras haber regresado al apartamento. Y no porque no se lo hubiera pasado bien junto a ella, sino porque el remordimiento de consciencia había empezado a hacer de las suyas en su estado de ánimo.

—Mañana vamos a estar ambas sin poder movernos. Creo que es la primera vez que voy agradecer no tener trabajo y poder dormir hasta tarde.

—Es un buen consuelo, sí. A mi mañana, precisamente, me toca madrugar —masculló Quinn recordando la cita que tenía con su oftalmólogo.

—¿Ah sí? Vaya, pues que mala suerte. Le he dado a bajar, ¿te has dado cuenta? No me he equivocado —le dijo procurando no perder el tono divertido.

—Sí. Vas a aprendiendo bien. Y sí, lo he percibido. Es increíble como los sentidos se agudizan cuando pierdes uno de ellos.

—Ya me ha quedado claro que el oído lo tienes muy desarrollado.

—El oído, el olfato, el tacto…y el gusto —respondía dando un pequeño paso hacia adelante, acercándose irremediablemente a la morena, que se sorprendió del gesto.

—Eh…sí. Ya, ya lo he podido comprobar —tartamudeó.

Suerte la suya, pensó Rachel al escuchar como la puerta del ascensor se abría en ese instante, y rompía cualquier mínima opción de sufrir lo que iba a ser sin duda una perfecta encerrona por parte de Quinn, que tras sentir como se detenía el ascensor, no pudo más que morderse el labio con un claro síntoma de frustración.

Aquel juego le gustaba.

Rebecca ya le había dejado claro que le interesaba, pero solo por diversión, al igual que sentía ella. Haber pasado aquel día a su lado le hizo bien.

Hablaron prácticamente de todo lo que podrían hablar, inclusive sus vidas. Rebecca era exactamente lo que se había imaginado, y eso le valía para querer seguir dando ese pequeño paso con una chica, dejando ese hueco en su corazón a Rachel, por supuesto, a quien había comenzado a tener más presente aún en sus pensamientos tras aquella charla con Rebecca. Y sorprendentemente, de una forma más agradable de lo que lo había hecho siempre.

La idea de volver a hablar con ella se hacía cada vez más necesaria, y ese pequeño empujón por parte de Rebecca, estaba ayudándola a querer dar ese paso por encima de su propio orgullo.

—Te has librado…—susurró con una traviesa sonrisa dibujada en su rostro.

Rachel trató de ignorar el comentario, mostrándose como si realmente no hubiera escuchado aquel susurro que en ese mismo instante estaba aturdiéndola por completo.

—Eh Quinn, un momento —la detuvo justo a la salida del ascensor.

—Dime.

—Eh… He estado pensando en todo lo que hemos hablado hoy, lo que te sucede con esa chica, con Rachel.

—¿Has estado pensando?

—Sí, creo…Creo que me he equivocado al aconsejarte —le confesó sabiendo que eso era lo que había estado mermando su consciencia.

—¿Cómo? —se mostró confusa— No te entiendo.

—Quinn yo no soy quién para decirte nada de lo que deberías o no hacer en tu vida privada. Solo tú sabes lo que ha sucedido, y sólo tú debes decidir por ti misma.

—Ah…Es eso.

—No quiero influirte en nada. Eres, bueno, se ve que eres una persona íntegra, honesta, sincera… No sé, he estado pensando que quizás me he tomado demasiadas libertades contigo, y no creo que sea justo.

No lo era en absoluto. Rachel no había hecho otra cosa más que sentirse despreciable y ya no lo soportaba más. Lo último que esperaba de ella misma era ser tan ruin como para interferir en los pensamientos de Quinn respecto a su lucha personal contra ella.

Recorrer la ciudad en ese tándem, con ella justo detrás, tarareando algunas canciones, no hizo más que destrozar su corazón. No podía seguir así y no iba a seguir así.

Necesitaba dar un cambio, acabar con toda aquella farsa de una forma más digna, y cuidar de Quinn, sin interferir en su vida. Protegerla hasta que Santana y Britt volviesen.

—No te preocupes, ¿ok? Yo sé lo que hacer, y por ahora, no tengo pensamientos de volver a hablar con ella.

—Ok —respondía con algo de tranquilidad. En el fondo, a pesar de que aquello debía dolerle, sintió como eso era justo lo que merecía.

—Será mejor que me marche. Voy a llegar tarde.

—¿Conoces el restaurante? —cuestionó al tiempo que volvía a tomar el tándem, y se personaban en la calle.

—Sí, es el restaurante donde siempre vamos ella y yo.

—Ok…

—Oye…Puedes… ¿puedes detener un taxi? Eso si me sigue pareciendo una odisea.

—Por supuesto —respondía dejando la bicicleta a un lado, y tomándola del brazo, dispuesta a acercarse más a la calzada, dónde decenas de coches seguían su camino en la gran avenida.

No le resultó complicado alzar la mano y detener a uno de los tantos taxis que abundaban en aquella ciudad. Apenas un minuto después, el coche ya esperaba impaciente a la rubia.

—Gracias…

—Nada de gracias. Cuídate, ¿ok? Si necesitas algo, me llamas —respondía con dulzura. Voy a tener el teléfono disponible.

—Mmm, lo cierto es que sí necesito algo, pero ahora…No luego.

—Pues dime. ¿Qué necesitas?

Quinn no lo dudó.

Con el taxi frente a ellas y aun sujetando el brazo de la morena, alzó la mano que le quedaba libre y buscó su cuello, para segundos después, besar su mejilla. Provocando el desconcierto en Rachel.

—Gracias por el día de hoy —susurró justo antes de apartarse, y acercarse al taxi para tomarlo.

Rachel se limitó a observarla, aún con la sorpresa implantada en su rostro, y viendo como Quinn ya accedía al interior del taxi, y daba la orden específica para poner rumbo hacia el restaurante donde le esperaba Dana.

—Relájate Rachel —se dijo así misma—. No puedes hacerle daño —susurró al tiempo que regresaba hacia la bicicleta, justo cuando algo estaba a punto de dejarla petrificada en mitad de la acera.

—¡Rachel Barbra Berry!

Alguien pronunciaba su nombre desde el lado opuesto de la acera, y sintió como una gran bola caía de forma pesada en su estómago, y sus pulmones dejaban de funcionar.

—¡Rachel! —volvían a exclamar provocando que la morena se girase por completo, y descubriese a Robert, junto a un chico, llamando su atención.

—Oh dios —se lamentó lanzando una mirada a su alrededor, tratando de averiguar si alguien a su alrededor se había detenido al escuchar su nombre, mientras el chico se apresuraba a cruzar la avenida por el paso de peatones.

—¿Qué haces? ¿Dónde vas con esa bicicleta? —la interrogó a unos metros de ella.

—Hola Robert —lo saludó lanzando una última mirada a su alrededor—. Me has asustado. No deberías gritar mi nombre así —le recriminó.

—Era la única forma que tenía de llamarte. Te estaba viendo desde hace unos minutos, pero te vi hablando con una chica y no quise molestarte. Hey… ¿Qué te pasa? Tienes cara de susto.

—Como para no tenerla —masculló.

—¿Ocurre algo?

—Eh… Sí. Bueno, no, pero creo que será mejor que tú y yo quedemos algún día y hablemos de un asunto serio.

—Rachel, me estás asustando.

—¿Tienes algo que hacer ahora? Te invito a cenar a casa.

—Mmm, ya he quedado —lanzó una mirada hacia su acompañante—. Nos vamos al restaurante karaoke que fuimos el otro día. Podrías venir, y así me cuentas eso tan importante.

—Eh…no, no quiero molestar.

—Si molestaras no te habría invitado. Vamos, cenamos, me cuentas eso, y, además, cantamos. ¿Te parece bien?

—Ok…ok. Si insistes, eso sí…antes tengo que dejar esta bicicleta en su aparcamiento.

—Perfecto. Te acompañamos —espetó ilusionado—¡Adam! —volvía a gritar provocando de nuevo un susto en la morena, que no terminaba a acostumbrarse a aquella actitud—. ¡Nos vamos con la diva!

—Shhh…deja de gritar por favor —suplicó completamente avergonzada.

La misma vergüenza que sentía Quinn después de haber bajado del taxi y tropezar con un pequeño escalón que se interpuso ante ella, y que a punto estuvo de lanzarla al suelo si no llega a ser por la rapidez de Dana, que ya la esperaba en la puerta del restaurante.

—Quinn, puedes dejar de avergonzarte de una vez. La gente te mira más por el rubor de tus mejillas que por lo que acabas de vivir —le dijo ya en el interior del local.

—No es divertido, ¿me oyes?

—Ya, ya sé que no es divertido, por eso le he recriminado al taxista que no te avisara del escalón —le respondió recuperando la seriedad—. Pero deja de ruborizarte, por favor.

—Ok…Ahora empieza a ruborizarte tú.

—¿Yo? ¿Por qué? —cuestionó al tiempo que tomaban asiento.

—¿No tienes nada que contarme?

—Mmm, depende. Si me vas a criticar…No.

—Cuenta…

—Ok. El viernes por la noche, Michael…bueno, fue a entregarme mi regalo de cumpleaños y al final pues sucedió. Ya sabes…

—Eso te lo puedes ahorrar, yo quiero saber por qué le llamaste mi chico.

—Nos estamos dando una oportunidad.

—¿De veras? ¿Quién ha cedido?

—Ambos…Quiero decir, yo le prometí que no iba a exigirle una atención continua, y él me prometió que íbamos a hacer cosas juntos.

—Ok. Ok, pero ¿vais a seguir discutiendo como lo hacéis siempre? Lo digo porque yo pensaba hablar con los dos para que trataseis de no discutir mucho, al menos ahora que ya está Rebecca con nosotros.

—Tranquila, nada de peleas, y cuando surja algo extraño, pues lo hablaremos como personas civilizadas.

—¿Me lo tengo que creer? —preguntó algo incrédula.

—Por supuesto. Quiero que salga bien, Quinn. Ya sabes lo que siento por él…

—Ok. Espero que Michael esté en el mismo punto que tú. Si los dos poneis de vuestra parte, seguro que va a funcionar.

—Ojalá. Lo cierto es que estoy como en una nube desde anoche.

—Mmm, el amor —murmuró recuperando el tono divertido—. Por cierto, ¿qué te regaló?

—Pues me preparó un almuerzo a bordo de un pequeño yate, y recorrimos parte de la bahía.

—¿Qué? ¿Hablas en serio?

—Sí, no me preguntes de dónde sacó el yate, pero fue perfecto. Y muy romántico.

—Ok. Parece que va en serio. Michael no hace esas cosas a menos que realmente esté interesado en que todo vaya bien.

—Lo sé. Por eso estoy convencida de que esta vez es la de verdad. La buena.

—No sabes cuánto me alegro, entonces —replicó Quinn con sinceridad—. Era absurdo veros discutir continuamente, sabiendo que lo que sentís. Realmente necesitabais un poco de seriedad, y veo que ha llegado el momento.

—Pues sí. Ha llegado —dijo dejando escapar un leve suspiro—. Y hablando de cosas serias. ¿Me puedes explicar por qué has dormido con la nueva?

—¿Qué?

—Vamos Quinn, ésta mañana te vi salir de su habitación.

—Ufff…

—¿Qué? No me digas que Santana tiene razón y ahora te interesan las chicas.

—Hey…hey tranquila, yo, yo dormí ahí porque no me encontraba bien después de lo de anoche.

—¿No te encontrabas bien? Quinn, no me mientas, sé que estuviste en la azotea con ella. ¿Qué pasó?

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo no estaba borracha cuando os vi bajar —respondía sonriente.

—Ok. Subimos porque Rebecca se equivocó de botón en el ascensor, y ya que estábamos arriba, salimos un rato para tomar el aire.

—Ya…

—Dana, ¿me dejas terminar?

—Ok, ok…Habla.

—Pues eso, salimos a tomar el aire y…Bueno, si pasó algo.

—¿Algo como qué?

—Nos besamos —respondía completamente sonrojada.

—¿Tiene razón San? ¿Te gustan las chicas? Oh dios mío, ¿te has acostado con ella?

—Para, basta, por favor —la detuvo—. No, no me he acostado con ella y no, no me gustan las chicas.

—¿Entonces?

—Solo quiero probar.

—¿Probar? Quinn, ¿quieres acostarte con Rebecca por probar algo nuevo?

—Sí, quiero dar ese paso. No es algo tan grave, ¿no?

—No, no lo es, pero esa chica tiene sentimientos. No puedes utilizarla, así como así, Quinn.

—Lo sé, pero se da la circunstancia de que ella busca lo mismo. Quiero decir, a ella le gusto, pero no quiere ni relaciones ni enamorarse.

—¿No quiere enamorarse?

—No. Porque está convencida de que, en un par de meses, se va a marchar. Y no quiere tener nada que la ate a esta ciudad.

—No me lo creo —murmuró— ¿Quién en su sano juicio dice que no quiere enamorarse? Vamos Quinn, cuando las cosas empiezan así, seguro que acaban mal.

—Al contrario. Ha sido completamente sincera conmigo. Ella solo busca diversión y yo solo quiero probar.

—¿Y vas a dar ese paso con una autentica desconocida? ¿Por qué no lo haces con alguien que sea de confianza?

—¿Alguien de confianza? ¿Estás insinuando que me acueste con San o Britt? Porque ellas son las únicas de confianza que estarían dispuestas a acostarse con una chica.

—No, no digo ellas, pero puedes hacer como yo…

—¿María?

—Sí, es buena chica, de confianza y está muy bien…Además…

—¿Además qué?

—Pues que, si te van a gustar las chicas, te aseguro que te lo vas a pasar bien…Al menos yo me lo pasé bien, y eso que ya tengo claro que no me gustan.

—No…no me voy a acostar con María.

—¿Por qué no? ¿Qué tiene Rebecca que no tenga ella?

—Pues precisamente eso, que Rebecca se va a marchar, y si sucede eso entre nosotras, no voy a volver a verla. Sin embargo, a María, pues está ahí, la veo todos los días y no podría.

—No seas imbécil, con Michael te has acostado, y es uno de tus mejores amigos. ¿Por qué no ibas a poder ver a María?

—Con Michael sabía lo que tenía que hacer, con María no… Y la verdad, no quisiera quedar como una imbécil.

—Ay dios…Quinn, ¿de verdad me dices que quieres acostarte con esa chica solo porque no te va a dar vergüenza después?

—Por eso y porque me gusta, que también es importante.

—¿Te gusta?

—Sí, no sé, me parece divertida, es buena chica, sensata y…Y bueno, según Michael, no está nada mal. Y tú también lo dijiste.

—Es cierto, no está nada mal…Pero no es una excusa, Quinn. Quiero decir, es un paso muy importante. Si sale mal te va a traumatizar, y a lo mejor sale mal precisamente porque no tenéis esa confianza. No…no es un chico Quinn, no es lo mismo. No sé si me entiendes.

—Quiero dar ese paso —espetó ignorando por completo el pequeño sermón de la chica.

Un sermón parecido al que Rachel daba a su viejo amigo en aquel bar karaoke en el que se encontraban. Habían pasado casi dos horas desde que llegaron, y disfrutaron de una rápida cena, acompañada por todo tipo de cantantes amateurs que trataban de amenizar la noche.

—Rachel —Robert volvía a cuestionar a la morena, que un tanto preocupada, trataba de explicarle la situación por la que no debía llamarle Rachel—. ¿De verdad estás haciendo eso por esa chica?

—Sí, y te pido por favor que, si me ves por la calle o en cualquier lugar, aunque creas que estoy sola, llámame Rebecca. ¿Ok?

—Ok. Pero me parece lo más surrealista del mundo.

—Lo sé, pero es problema mío, y no quisiera salir mal parada de todo esto.

—Madre mía, esto es una verdadera obra dramáticas. Oye, ¿y puedo conocerla? tengo interés en saber cómo es…

—No, ni hablar. No quiero que haya más gente implicada, ¿entendido?

—¿Mas gente? ¿Quién más lo sabe?

—Kurt.

—¿Kurt? ¿Kurt mi Kurt?

—Sí, tu Kurt, mi Kurt…Nuestro Kurt.

—Oh dios mío, mañana mismo le llamo.

—No…no, no, por favor, Robert, te pido que dejes a un lado las bromas y la curiosidad. De veras ni siquiera permito que Kurt venga, así que no puedes meterte. ¿De acuerdo?

—Ok, está bien… Pero quiero que sepas que me sabe mal que no me des la oportunidad siquiera de ver en primera persona como interpretas a esa Rebecca —se quejó—. ¿Qué menos después de saberlo?

—No puedo arriesgarme a que Quinn te reconozca.

—¿A mí? ¿Cómo me va a reconocer a mí?

—No lo sé, pero la época en la que tú y Kurt teníais eso que teníais, ella venia mucho a casa. Y sé que en alguna que otra ocasión, ha visto fotos tuyas con Kurt. No puedo correr el riesgo, ¿entiendes?

—Ok, ok. Pero, de todos modos, estando ciega, no me va a ver. Y dudo que a mi si me reconozca por la voz.

—Mejor no arriesgarme. Insisto.

—Ok. Me dejas fuera de la película, pero al menos permíteme el lujo de cantar contigo un par de canciones ¿no? —espetó lanzando una mirada hacia el pequeño escenario, donde su acompañante ya trataba de cantar algo—. Adam no lo está haciendo demasiado bien, y quiero que vea mi potencial —añadió divertido.

—Bueno, eso no te lo puedo rechazar. ¿Sabes? No he vuelto a cantar desde el otro día que cenamos juntos aquí, y siento que incluso estoy perdiendo mi voz.

—¿Y por qué no cantas?

—Porque si canto, Quinn sí que me va a reconocer.

—Oh, cierto. Pues vamos a poner remedio a eso. Voy a pedir algunas canciones y que nos hagan turno, ¿ok?

—Ok…Pide alguna que sea importante, ya que canto, quiero que mi voz vuelva a ser la misma.

—Eso está hecho, reina del drama —respondía divertido, al tiempo que se alejaba hacia la zona dónde un dj preparaba las canciones para aquel karaoke tan especial.

—Increíble lo que haces, Rachel —se dijo así misma sacando el teléfono de su bolso y observando varias imágenes que permanecían en él. Imágenes de Quinn, de ellas dos cuando estaban en el campamento de verano, en el día de la graduación o de Nueva York. En todas ellas aparecían sonrientes, incluso en alguna que otra abrazadas—. Soy capaz de dejar de cantar por ti, Quinn, ¿te haces una idea del sacrificio que es para mí?

—¿Es para mí? —cuestionaba Dana al recibir un pequeño sobre de Quinn, que ya abandonaban el restaurante.

—Sí, anoche no pude dártelo. Se supone que va junto a tu regalo, pero no pude escribírtelo, así que aproveché que esta mañana estuve acompañada por Rebecca, para que me echara una mano.

—Oh…Voy a leerlo.

—No, no…Prefiero que lo hagas a solas. Es, es algo que escribí yo. Quiero decir, no lo escribí yo en ese papel, pero sí es mío.

—¿Es uno de tus poemas?

—Mas o menos. Lo cierto es que prefiero que lo leas a solas, o al menos no conmigo presente.

—Ok, señorita —respondía regalándole un sentido abrazo—. Lo leeré cuando esté a solas.

—Bien. Oye, ¿no vienes a casa ya?

—No. ¿Recuerdas que tenía que escanear todos esos libros para la biblioteca virtual de la redacción?

—Ajam.

—Pues lo tenemos que tener listo para el martes. Así que, me temo que esta noche la paso en el estudio con Samuel.

—Ok, pues espero que os sea leve. Me ofrecería a ayudaros, pero iba a servir de poco —bromeó.

—No tiene gracia…—se quejó—. En fin, será que te detenga un taxi, te marches antes de que puedas estropear la noche con alguno de tus comentarios.

—No, no…

—¿No?

—No, prefiero regresar andando.

—¿Andando? ¿Sola?

—Sí, apenas tengo que cruzar un par de calles y estaré en Market. Me apetece andar un poco.

—¿Estás segura? Es tarde Quinn.

—Son las diez y media de la noche, no es tarde. Además, al parecer la gente aun respeta a los ciegos, así que no te preocupes. ¿Ok?

—Ok, pero llámame en cuanto llegues, ¿de acuerdo? Así me quedo más tranquila.

—Lo haré. Que pases buena noche —le dijo devolviéndole el abrazo a modo de despedida—. Te espero mañana para la consulta. No me puedes fallar.

—Tranquila, a las 8 paso por ti.

—Ok.

—Cuídate, Quinn —se despedía la chica tras terminar el abrazo, y ver como Quinn, con el bastón en la mano, comenzaba a andar tomando la dirección correcta.

Solo tenía que recorrer unos 500 metros en Geary Street, buscar el cruce con Grant Avenue, y tras recorrer esa calle, llegar directamente al Four Seasons.

Había hecho esa ruta tantas veces, que la conocía a la perfección, y no necesitaba ayuda de nada ni nadie para llegar a su objetivo. Su único temor eran los semáforos, pero por suerte, cada vez estaba más familiarizada con gracias a las alertas sonoras que disponían las señales de tráfico, y también la ayuda de la gente, que solían apartarse para dejar paso a alguien como ella.

Disfrutar de un paseo a solas, guiándose por su intuición y por los recuerdos, era un privilegio que disfrutar. Market Street estaba grabada perfectamente en su memoria, pero el resto de calles eran toda una aventura, al igual que lo había sido el paseo en tándem junto a Rebecca, aquella misma mañana.

Fue divertido, pero mucho más que eso, sirvió para sentirse segura, para saber que, a pesar de haber perdido la vista, seguía recordando muchos detalles de las calles, y sobre todo, su intuición se había visto gratamente expandida.

Todos sus sentidos habían cobrado una fuerza sobrenatural. El tacto, cada cosa que tocaba era algo nuevo, había conseguido distinguir toda su ropa por el tejido, incluso conseguía adivinar el color de dos prendas que estuvieran hechas con la misma tela. El gusto. Era increíble como su paladar se había desarrollado, algo que no comprendía en absoluto, al igual que el olfato. Realmente se sorprendía por conocer los lugares en los que estaba por el olor, un olor que jamás había percibido cuando conservaba la vista. Todos y cada uno de los lugares y personas, tenían un olor distinto, y eso es algo que solo pudo descubrir quedándose ciega. Sin embargo, el sentido que más había agudizado era el oído.

Era increíble como conseguía no solo escuchar las voces a su alrededor, sino separarlas y distinguir conversaciones con absoluta nitidez. En ese instante, en el que ya caminaba por Grant Avenue, podía escuchar el rugir de los coches que cruzaban la avenida, el sonido de los semáforos cambiándose, el paso de las personas y los murmullos. Podía distinguir el sonido que provocaban los pájaros, que, a pesar de estar en una gran ciudad, vivían en las copas más altas de los árboles que decoraban las aceras de Market Street, cuando ni siquiera se encontraba en esa calle.

Podía distinguir el sonido de algunos aviones que cruzaban el cielo, llantos de niños que parecían salir de los edificios, risas que procedían de la acera opuesta, e incluso música.

Música que salía de algunos de los bares que había en aquella zona, y que inevitablemente se mezclaban con el sonido abrumador de la clientela en el interior.

Unos acordes la hicieron detenerse junto a uno de ellos. Conocía las notas, la melodía, e irremediablemente, su mente voló 7 años atrás y se instaló en la sala del coro del instituto.

Todos y cada uno de sus compañeros aparecían sentados, observando como la protagonista que entonaba aquella canción se enfrentaba a ellos con la mejor de las voces que había escuchado.

Una canción que procedía de uno de los mejores musicales que había tenido ocasión de contemplar cuando vivía en Nueva York.

West Side Story

Solo unos segundos de aquellas primeras notas fueron suficientes para saber que se trataba de Somewhere, y no dudó en aguardar apenas unos segundos más, para escuchar por fin la voz de quien osaba interpretar a la impresionante canción.

There's a place for us,
Somewhere a place for us.
Peace and quiet and open air
Wait for us
Somewhere.

Y todo se detuvo.

O tal vez, todo giró a su alrededor. No lo supo. No supo si era vértigo o es que el mundo había dejado de girar en ese instante. En ese preciso instante en el que escuchó la voz. Ni siquiera supo cómo fue capaz de mantenerse erguida.

Otra vez el temor, otra vez el recuerdo, otra vez esa extraña locura que la aquejaba desde hacía unas semanas. Aquella voz, aquellas palabras, aquellas notas que salían del interior del bar eran absolutamente inconfundibles, por mucho que el mundo tratase de negarlo. Por mucho que sus amigos le negasen una y otra vez su presencia. No creería ni al mismísimo Dios si le dijese que no era ella. Porque era imposible que no lo fuese.

—¿Rachel?