—¡Henry!

El nombrado miró hacia atrás y bufó antes de acelerar su paso, pero, bueno, Tom se había llevado el récord de quién crece más rápido y un paso del mayor implican dos de Henry. El ojiazul se paró frente a su amigo, haciendo que éste chocara con su pecho y, de paso, mirara a su alrededor para darse cuenta que no habría un estudiante estúpido que le salvara de esa charla.

—Oh, no. —detuvo el menor levantando una mano para que su espacio personal no fuera violado— Sigo enojado contigo.

—Siempre estás enojado conmigo... —el menor le dirigió una mirada de muerte a su amigo.

—Pero esto es otra cosa —balbuceó mirándolo molesto, pero, antes de que Tom pudiera comentar algo más, volvió a hablar—: ¡Me robaste mi primer beso!

—Si quieres te lo devuelvo —contestó Tom sonriendo.

El menor frunció el ceño e hizo un puchero mientras se cruzaba de brazos. Tom rió ante la infantil acción y se acercó al azabache, quien sólo se encogió en su lugar sintiendo que sus mejillas se tiñen de rosa.

—Tom, mi espacio personal —se quejó tratando de no balbucear por los nervios.

Eso hizo que el nombrado sólo sonriera más de lo que ya hacía. Había investigado lo suficiente como para saber que, a comparación del mundo muggle, lo que empezaba a sentir era bien visto. Aún tenía sus dudas, pero todo estaba bien mientras estuviera al lado de Henry.

—¿Lo quieres de regreso o no? —cuestionó el Slytherin mayor a centímetros de los suaves labios ajenos.

Henry simplemente asintió inflando sus mejilla con poco aire.

—Hey, alto, ¿yo seré el pasivo? —preguntó el ojiverde cuando sintió la mano de Tom colarse por su cintura, quien lo miró confundido antes de entender el significado de eso y sonreír.

—Yo creo, realmente no me veo como pasivo.

—Oh, eso es cierto. —Henry bajó lentamente sus brazos para luego llevarlos a los hombros de su mejor amigo-ya-no-tan-amigo— Que conste que sólo lo hago porque tú no eres pasivo...

—Ajá, como diga, mi lady.

Henry iba a replicar, pero unos labios hicieron que toda conexión boca-mente se extinguiera, mas un pequeño pensamiento se coló por su mente: ¿Qué eran ahora? El ojiverde estaba seguro que, con su comportamiento, era claro que no eran amigos, pero no estaba seguro de que llegaran a hacer novios porque... bueno, simplemente no estaba seguro de eso.

Unas campanas sonaron a lo lejos y Henry recordó que se encontraban yendo hacia la clase de Pociones, la cual se encontraba algo lejos de donde estaban. Se alejó de su compañero con una sonrisa en sus rostro y un pequeño cosquilleo en su estómago, pero eso no detuvo que agarrara la mano del contrario y le jalara mientras corría hacia el aula donde se imparte la clase.

Tom simplemente se dejó jalar, estaba demasiado satisfecho como para reclamarle ese hecho a su acompañante.


Las lechuzas llegaban dejando el periódico del día y una que otra carta a los alumnos. Henry frunció el ceño cuando una carta de sus padres le llegó y, dejando el discreto agarre que tenía su mano con la de Tom, abrió la carta, leyéndola de la forma que Tom también pudiera hacerlo, aunque el mayor respetó su privacidad y siguió comiendo.

—Los nazis atacaron Francia —susurró Henry en voz baja, el ojiazul lo miró levantando una ceja—. Mis padres ya sabían que debía pasar algo así, ya ves, en la primera guerra muggle también hubieron conflictos en Francia.

—¿Dónde fue? —la pregunta salió con tranquilidad, pero Tom sólo podía pensar en la salud de los padres del menor.

—Benelux —contestó encogiéndose de hombros—. Está a ocho horas de Lyon, así que mis padres temen que se expandan.

—¿Día?

—10 de mayo —susurró—. Que genial, primera vez que me mudo y aparece una segunda guerra mundial a 150 kilómetros de mi casa.

Tom rió y se levantó de su lugar una vez que acabó de comer, Henry ya había acabado hace mucho, así que no duraron en salirse del Gran Comedor para su siguiente clase.

—¿Regresarán a Gran Bretaña? —preguntó Tom mirando a su no-amigo.

—Dicen que sí, es más seguro que irse a Estados Unidos —contestó suspirando—. No se quieren ir a Italia ya que, bueno, sería llegar a la casa de tía Louise.

Tom asintió y le dio un ligero empujón con sus caderas al menor, quien sonrío con diversión.

Así habían pasado sus día, entre empujones y roces que los dos se daban, sin mencionar lo besos robados en los momentos en los que nadie veía. Todavía no sabían qué eran, pero estaban cómodos con eso, no había necesidad de ponerle un nombre a lo que tenían cuando, desde que se conocieron, sabían que se pertenecían mutuamente.


—No me quiero ir —susurró Henry abrazando a Tom como un niño en pleno berrinche.

Aunque eso era. Un niño emberrinchado porque se iba a separar de su mejor amigo por un largo periodo.

—Henry, luego nos podremos ver —comentó el mayor acariciando los cabellos de su niño.

Los adultos simplemente sonreían. Ya habían llegado las vacaciones y no podía ir a visitar a Henry gracias a que recientemente empezaban a llegar las cosas de la mudanza y debían acomodar todo.

No era algo que preocupara a Tom, si bien extrañaría a Henry, sabría que Neferet casi viviría en su habitación a causa de todas las cartas que se mandarían. Debía planear comprar otra lechuza para esos casos, había ahorrado mucho dinero que le daba la escuela gracias a que los padres de Henry habían decidido apoyarle comprándole la mayoría de sus útiles escolares y, sumándole, Tom empezó a hacer pequeño negocios con otros alumnos para hacerles los ensayos que les dejaban, claro, esto último no debía ser conocimiento del menor.

—Lamentamos no poderte invitar esta vez, Tom —comentó la señora Sant sonriendo con cariño—, pero, ya sabes, las cosas no han salido como uno quiere últimamente.

—Las próximas vacaciones estás completamente invitado a pasar con nosotros, aunque sean las navideñas —adelantó Admes Sant sonriendo—. Claro, si es que te permiten pasar el solsticio de invierno con nosotros.

Tom sonrió ante eso, estaba a punto de agradecer la invitación cuando un pequeño sonido llegó a sus oídos y los adultos suspiraron.

—Vamos, Henry —dijo la madre del nombrado con cariño—. En un minuto se activa el traslador.

El menor refunfuñó y, dándole un pequeño beso en la mejilla a su compañero, lo soltó y se acercó a sus padres, quienes agarraron sus manos y, segundos después, desaparecieron.

Tom no pudo resistir el suspiro que se formó en sus labios. Cuando estaban estudiando en Husttlov le fue difícil contener sus ganas de estar con el pequeño en vacaciones, ahora eso se vería incrementado gracias a la cercanía que habían formado esos últimos años.

Se dirigió al orfanato tomando otro tren. En la estación lo esperaba una de las encargadas del orfanato para trasladarlo sin problemas. Todo fue muy común cuando llegó, las miradas llenas de odio y otras llenas de curiosidad de los nuevos, su habitación siguiendo como antes, y las burlas de Hackings por ser un anormal.

Todo en perfecta armonía.


Esa armonía se perdió después de dos semanas de vacaciones. Las empleadas estaban corriendo de un lado a otro limpiando y acomodando las cosas. Los niños se habían vestido de la mejor forma posible y le habían advertido a Tom que no saliera de su habitación.

Tom consideraba eso una falta de respeto y, claramente, no le prestaría atención a esa advertencia, ¿qué le podían hacer? ¿Dejarlo encerrado en su habitación como castigo? Bueno, eso siempre lo hacía, así que no perdía nada.

Tal parecía que una persona importante iba a venir, según lo que le había explicado Rose, la única que tenía la amabilidad de explicarle o darle algo de información. Un niño rico que estaba viendo dónde quedarse y que iba a estar visitando a sus familiares hasta decidir dónde se quedaba, ¿cuál era el familiar que tenía en el orfanato? Tom no quiso preguntar, pero obtuvo más respuestas. Si el chico se quedaba había una probabilidad de que cierta parte del dinero heredado fuera donado al lugar para que el niño mimado tuviera buena estancia.

Ahí la justificación del porqué el alboroto, el cual ya no escuchaba, había invadido la casa. Muchos de los niño -tales como Hackings- se sentían emocionados al tener a un riquillo con ellos, y más considerando que, a la edad de 18, dejaban de ser parte del orfanato y se iban a vivir su vida de una u otra forma, tener a alguien rico a su lado sería buen augurio de que no vivirían en la calle.

Era un pensamiento razonable, pero era algo que a Tom no le importaba del mundo muggle. Notando que el ruido empezaba a disminuir, salió de su habitación vestido con un pantalón de mezclilla y una camisa azul de mangas largas, tampoco quería quedar mal frente al chico, pero, si podía, asustarlo no sonaba mal.

—Riddle, ¿qué es lo que haces? —susurró una de las encargadas justo cuando pasó por la cocina.

La mujer no tuvo tiempo de jalarlo a su habitación cuando ya había salido a la sala. Encontrándose a pocos niños del lugar -Tom supuso que los seleccionaron- jugando o hasta leyendo un poco en los horribles sillones gastados que se encontraban en la habitación.

Miró hacia las encargadas, notando cómo una se daba cuenta de esto y, despidiéndose de forma educada de las personas frente a ella, se dirigió a él con enojo. Justo en ese momento pudo notar la mirada curiosa del chico del que habían hablado, posado en el umbral del lugar, hablando con Rose de forma tan familiar que le hizo fruncir el ceño.

Observó a la persona al lado de su compañero de cuarto en Slytherin y encontró al sirviente de éste con una expresión de indiferencia. Tom frunció el ceño y, sacándose el agarre de la encargada -quien le había enterrado sus uñas- de su brazo, caminó unos pasos más adelante, antes de que la misma mujer pusiera su mano en su hombro.

El ojiazul ya estaba dispuesto a dar media vuelta para decirle una que otra verdad a la mujer cuando notó cómo unos ojos verdes chocan con los de él y una sonrisa se posa en los labios que, anteriormente, se encontraban en una línea recta.

—¿Tom? —la pregunta hizo que los niños a su alrededor y la señora Robinson detuvieran cualquier acción y miraran la escena que se encontraba frente a él— Por Merlín, ¡Tom!

Ante eso, Henry corrió hacia él y lo abrazó con cariño, ocultando su rostro en el pecho del mayor, quien se descolocó un poco por la presencia de su niño en ese lugar.

—¿Henry? ¿Qué haces aquí?

Esa pregunta causó que los hombros del menor se tensaran y, antes de que pudiera contestar, Roberts se adelantó.

—El señor y la señora Sant acaban de fallecer el lunes pasado —informó con voz formal, sonriendo un poco al saber qué decisión tomaría el joven Sant-Sayre después de ver a Tom en ese lugar—. Los señores sólo pusieron en el testamento que querían que Henry se quedaran con el familiar más cercano, suponemos que pensaban en la tía Louise y, después de su muerte, no fueron a cambiar ese detalle.

Tom se separó con delicadeza del menor y, poniendo una mano en su barbilla, levantó su cabeza con cuidado, mirando los ojos verdes cubiertos con unos tonos rojos que no solían estar ahí. Henry forzó una sonrisa antes de volverse a enterrar en su pecho.

—Entonce tu familiar más cercano es tu prima, bisnieta de Martha Steward, ¿no, Henry? —el menor simplemente asintió. Tom recordó que esa rama de la familia había salido sin magia, haciendo que el ojiazul estuviera en desacuerdo instantáneo de que se quedara— Está Webster, ¿por qué no van con él?

—Webster no es familiar sanguíneo —volvió a contestar Roberts—, es parte de los Boot y no de los Steward —informó. Tom asintió recordando ese hecho—. En caso de que Henry no se quisiera quedar aquí, iríamos directo con Chadwick Boot, el padre de Webster. Si ellos no lo pueden aceptar, está en mi deber quedarme con Henry.

Tom bufó y miró a su amigo.

—Es mejor que te vayas con tu tío —susurró con tranquilidad. Henry se aferró más a él—. Sabes que es lo correcto, facilitaría muchas cosas...

—Me quiero quedar —informó levantando su mirada. Tom notó que los tonos rojos en sus ojos habían subido de intensidad—. Aquí estás tú.

—Henry...

—¡Oh! —balbuceó tratando de cambiar de tema, agarrando la mano del menor y jalándolo hasta quedar al lado de Roberts— Ella es Rose Guim, mi prima —presentó sonriendo. Una sonrisa demasiado falsa para Tom, pero creíble para los demás—. Supongo que ya se conocían, pero da igual. Rose, él es Tom, mi mejor amigo, ha estudiado conmigo desde los seis años, pero nos hicimos amigos a las nueve.

Después de esa presentación, Roberts se despidió de Henry dándole un abrazo y prometiendo seguir las inversiones de sus padres hasta que tuviera la edad suficiente para tomarlas. Un asentimiento con la cabeza para Tom y dio media vuelta para irse.

—Te hubieras ido con Webster —le recriminó Tom poniendo los ojos en blanco.

—Mira el lado positivo —comentó encogiéndose de hombros—, ahora estaremos todas la vacaciones juntos.