Enséñame tu Corazón


10| LOS PROBLEMAS


Las lágrimas humedecieron las mejillas de Hinata cuando sintió la cálida fuerza de esa mano sobre la suya; cuando vio los dedos largos y delgados que se entrelazaban con los suyos. Era una mano grande y masculina que la envolvía con su fuerza.

Esas manos habían matado, pero también habían protegido. La habían cuidado y le habían proporcionado placer. A través de ese pequeño gesto supo que por fin había conectado con él. Por fin había alcanzado lo inalcanzable.

Sin embargo, el contacto se interrumpió.

El rostro de Naruto se tornó adusto al tiempo que apartaba la mano de la suya de un tirón.

—No quiero cambiar. No quiero que tú me cambies. No quiero que nadie me cambie.

Con un gruñido de furia, pasó junto a ella y se encaminó hacia la puerta.

Hinata hizo algo que jamás había hecho: soltó una maldición. Maldito fuera por apartarse de ella. Maldito fuera por ser tan estúpido.

—Ya te lo dije: es un poco cabezota.

Se dio la vuelta y vio a Toneri a su espalda, contemplando por el vano de la puerta a Naruto mientras este caminaba por la nieve sin camisa.

—¿Cuánto tiempo llevas espiándonos? —le preguntó al Oneroi.

—No mucho. Sé cuándo no debo importunar en un sueño.

Hinata lo miró con los ojos entrecerrados y un gesto elocuente.

—Eso espero.

Sin hacer caso ni de ella ni de su amenaza, Toneri se alejó para observar a Naruto abrirse camino a través de la nieve.

—Así pues, ¿qué vas a hacer ahora? —le preguntó a Hinata.

—Golpearlo con un palo hasta que entre en razón.

—No serías la primera que lo intenta —replicó Toneri con sequedad —. La cuestión es que Naruto es inmune a ese método.

Hinata exhaló un largo suspiro de cansancio. Era cierto.

—No sé qué hacer —confesó—. Me siento tan impotente en lo que a él se refiere...

Un brillo sagaz apareció en los resplandecientes ojos claros de Toneri.

—No deberías haberlo atrapado en este lugar y, ya puestos, tú tampoco deberías estar aquí. Es peligroso demorarse demasiado en este reino.

—Lo sé, pero ¿qué otra cosa podía hacer? No había manera de detenerlo y estaba decidido a marcharse de mi cabaña. Ya sabes que no puedo permitirlo. —Hizo una pausa y lanzó al Cazador Onírico una mirada suplicante—. Necesito ayuda, Toneri. Ojalá pudiera hablar con Jiraya. Es el único que conozco que podría contarme algo sobre Naruto.

—No es cierto. Naruto también podría hacerlo.

—Pero no lo hará.

Toneri enfrentó su mirada.

—¿Te rindes, pues?

—Jamás.

Toneri le dedicó una extraña sonrisa que le indicó que estaba canalizando sus emociones.

—Lo suponía. Me alegra saber que has superado el desánimo.

—Pero ¿cómo puedo llegar hasta él? A estas alturas, estoy abierta a cualquier idea, a cualquier sugerencia.

Toneri extendió la mano y un librito azul oscuro apareció en su palma. Se lo ofreció a Hinata, quien se limitó a mirar la copia de El principito.

—También es el libro favorito de Naruto —le dijo el Oneroi. No era de extrañar que se lo supiera de memoria... Toneri se alejó un poco.

—Es un libro de sufrimiento y supervivencia. Un libro que habla de magia, esperanza y promesas. Es extraño que lo conmueva, ¿no crees?

Toneri desapareció del sueño con un destello luminoso y la dejó hojeando el libro. Hinata se percató de que el Cazador Onírico había marcado ciertas páginas y ciertos párrafos.

Cerró el libro y se acercó a la cómoda butaca que había aparecido en la cabaña de repente. Esbozó una sonrisa. A todos los dioses del sueño les gustaba hablar con acertijos y metáforas. Apenas decían nada de forma directa, pero conseguían que la gente se esforzara en obtener sus respuestas.

Toneri, el jefe de los Oneroi, le había dejado ciertas pistas en ese libro. Si de ese modo podía entender mejor a Naruto, leería lo que le había señalado.

Tal vez así pudiera salvarlo.

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Shikamaru se agachó para entrar en la tienda y se sacudió como un perro mojado que acabara de refugiarse de la lluvia. No podía soportar el frío que hacía en ese puto lugar.

¿Cómo había sobrevivido Naruto en Alaska antes de que se inventara la calefacción central? No podía menos que admirar a su amigo. Un hombre tenía que ser duro y peligroso para establecer su hogar en ese sitio sin ayuda de ningún amigo o escudero.

A título personal, él prefería que lo molieran a golpes con la culata de un revólver y que lo arrojaran a un nido de víboras.

Tras el mostrador había un hombre mayor que le dedicó una sonrisa, como si entendiera el motivo de la palabrota que había soltado al entrar. El tipo tenía una espesa mata de cabello canoso y una barba grisácea. El ajado jersey verde que llevaba tenía algunos desgarrones, pero parecía que abrigaba y era de buena calidad.

—¿Puedo ayudarlo?

Shikamaru se apartó la bufanda de la boca al tiempo que saludaba al hombre de forma amigable con una inclinación de cabeza. Los buenos modales exigían que se quitara el Stetson negro de la cabeza mientras estuviera dentro de algún sitio, pero que lo colgaran si dejaba escapar aunque fuera un poco de calor corporal. Lo necesitaba todo para él.

—A las buenas —dijo despacio, haciendo un despliegue de buena educación—. Querría un poco de café negro o cualquier otra cosa caliente que tenga. Si está hirviendo, mejor.

El hombre dejó escapar una carcajada y señaló la cafetera que había al fondo del establecimiento.

—No debe de ser de por aquí.

Shikamaru se acercó hacia la cafetera.

—No, señor, y le doy gracias a Dios por eso.

El anciano volvió a reírse.

—Vaya, vaya. Quédese un poco más y su sangre se espesará lo suficiente como para que ni siquiera lo note.

Lo dudaba mucho. Su sangre tendría que petrificarse para no sentir semejante frío. Quería pirarse de vuelta a Reno antes de convertirse en el primer Cazador Oscuro de la historia en morir congelado.

Shikamaru llenó la taza de plástico hasta el borde y regresó al mostrador. La dejó allí y rebuscó entre las miles de capas formadas por el abrigo, la camisa de franela, el jersey y la ropa interior hasta sacar del bolsillo trasero del pantalón la cartera para pagar.

Su mirada se posó sobre una vitrina de cristal donde alguien había colocado una figurilla tallada en madera. Era un vaquero montando un potro salvaje. Frunció el ceño al reconocer el caballo y también al hombre.

¡Era él!

El verano pasado le había mandado por correo electrónico a Naruto una foto que le habían hecho mientras montaba su último semental. Que lo colgaran si la figurilla no era una réplica exacta de la imagen.

—Oiga —dijo el anciano, que también acababa de caer en la cuenta—. Es igualito a la figurilla.

—Sí, señor. Me he dado cuenta. ¿Dónde la ha conseguido?

La mirada del hombre volaba entre la figura y Shikamaru mientras comparaba el parecido.

—En la subasta anual navideña del pasado mes de noviembre.

Shikamaru frunció el ceño.

—¿Una subasta navideña?

—El Club del Oso Polar recauda dinero para los pobres y los enfermos. Por eso celebramos una subasta anual y desde hace ya unos... no sé, veinte años o así, Santa nos deja un enorme par de bolsas llenas de figurillas talladas a mano como esta para que se subasten.

» Suponemos que debe de tratarse de un artista local o algo así que quiere mantener el anonimato. También recibimos todos los meses una enorme suma de dinero en nuestro apartado de correos. Casi todos creemos que se trata de la misma persona.

—¿Se refiere a Santa... Claus?

El hombre asintió con la cabeza.

—Sé que suena un poco estúpido, pero no sabemos qué otro nombre ponerle. Es un tipo que pasa aquí los inviernos y se dedica a hacer obras de caridad. La policía lo ha visto un par de veces llevando las bolsas a nuestro local, pero lo dejan tranquilo. Despeja los caminos de nieve para los ancianos y esculpe en el hielo todas esas figuras que habrá visto por la ciudad.

Shikamaru se quedó boquiabierto por el asombro, pero se recuperó pronto para no dejar los colmillos a la vista del anciano. Sí. Había visto las esculturas.

Pero... ¿¡Naruto!?

No parecía propio del antiguo esclavo. Su amigo era brusco en el mejor de los casos, y hostil en sus peores días. Pero claro, Naruto jamás le había contado lo que hacía para matar el tiempo. No contaba casi nada.

Pagó el café y regresó a la calle.

Caminó hasta uno de los extremos, hasta el cruce donde se alzaba una de las esculturas de hielo. Se trataba de la reproducción de un alce y tendría unos dos metros y medio de altura. La luz de la luna brillaba sobre la superficie y la reproducción era tan detallada que el animal parecía estar a punto de dar un brinco y salir corriendo hacia su hogar.

¿Lo habría hecho Naruto?

No le pegaba en absoluto.

Hizo ademán de tomar otro sorbo de café, pero descubrió que ya se había congelado.

—Odio Alaska —murmuró al tiempo que arrojaba el café al suelo y aplastaba la taza en un puño.

Antes de que encontrara una papelera en la que tirarla, su móvil comenzó a sonar.

Vio que se trataba de Utakata, uno de los escuderos Iniciados en el Rito de Sangre que estaban en la zona para dar caza a Naruto. Al parecer, en cuanto los Oráculos escucharon el rumor de que tanto Artemisa como Hamura querían a Naruto muerto, se lo notificaron de inmediato al Consejo, cuyos miembros, a su vez, enviaron al grupo más intratable de Iniciados para abatir al Cazador Oscuro renegado.

Él era lo único que se interponía entre los escuderos y Naruto.

Nacido y criado en Nueva York, Utakata era un tipo joven, de unos veinticuatro años, con un carácter arisco que a Shikamaru le traía sin cuidado.

Contestó la llamada.

—Dime, Utakata, ¿qué necesitas?

—Tenemos un problema.

—¿Cuál?

—¿Conoces a la mujer que ayudaba a Naruto? ¿Fûka?

—¿Qué pasa con ella?

—Acabamos de encontrarla. Le han dado una paliza brutal y han incendiado su casa. Mi olfato me dice que Naruto buscaba venganza.

A Shikamaru se le heló la sangre en las venas.

—Eso es una idiotez. ¿Has hablado con ella?

—No estaba en condiciones de hablar cuando la encontramos, créeme. Ahora mismo está con un grupo de médicos y nosotros vamos a volver a la cabaña de Naruto para ver si podemos encontrar a ese cabrón y le hacemos pagar por esto antes de que vuelva a herir a alguien.

—¿Y la hija de Fûka?

—Estaba en casa de una vecina cuando sucedió. Gracias a Dios. He dejado a Kabuto para que la vigile, por si acaso Naruto quiere hacerle otra visita.

A Shikamaru le resultaba imposible respirar, y no precisamente por el gélido azote del viento. ¿Cómo había podido suceder algo así? Al contrario que los escuderos, sabía a ciencia cierta que Naruto no había tenido nada que ver con lo sucedido.

Solo él sabía dónde estaba Naruto.

Jiraya le había confiado la verdad de lo que estaba sucediendo y le había endosado la responsabilidad de que nadie la jodiera hasta que el juicio de Naruto concluyese.

Bueno, la cosa parecía ir cuesta abajo y sin frenos.

—No te muevas hasta que yo llegue —le ordenó al escudero—. Quiero acompañarte a su cabaña.

—¿Por qué? ¿Es que piensas entorpecer otra vez nuestra labor cuando lo encontremos?

Semejante pregunta le sentó como una patada en el culo.

—Será mejor que dejes ese tonito. No estás hablando con un escudero. Da la casualidad de que soy uno de los tipos para los que trabajas. Y donde yo vaya o deje de ir, te trae sin cuidado. Limítate a quedarte ahí hasta que yo te lo diga o voy a enseñarte cómo conseguí que Wyatt Earp se meara en los calzoncillos.

Utakata titubeó antes de volver a hablar. Cuando lo hizo, su voz fue amable y distante.

—Sí, señor. Estaremos esperándolo en el hotel.

Shikamaru colgó y se guardó el móvil en el bolsillo.

Sentía lástima por Fûka. No debería haber corrido riesgo alguno. Ninguno de los escuderos se habría atrevido a hacerle daño. Y, a pesar de lo que opinaran los demás, sabía que Naruto no lo habría hecho aunque hubiera sido capaz.

Tenía la impresión de que Naruto no era el tipo de persona que se ensañaba con los más débiles que él. Aunque eso hacía aflorar una pregunta: ¿quién se habría atrevido a hacer algo así?

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Hinata descubrió a Naruto en el centro de una aldea medieval calcinada. Había cuerpos desperdigados por todas partes, carbonizados y sin carbonizar. Hombres y mujeres. De todas las edades. Casi todos habían sido degollados, como si un daimon o una criatura similar se hubiera alimentado de ellos.

Naruto caminaba entre ellos con expresión taciturna y mirada atormentada. Se rodeaba con los brazos, como si quisiera protegerse del horror que se extendía frente a sus ojos.

—¿Dónde estamos? —le preguntó ella.

Para su estupefacción, le contestó:

—En Konohagakure.

—¿En Konohagakure?

—Mi aldea —susurró con la voz ronca por la angustia—. Viví aquí durante trescientos años. Esta vieja bruja me vio una vez cuando era una chiquilla. Solía dejarme cosas de vez en cuando. Una pierna seca de cordero, un odre de cerveza... A veces, solo era una nota dándome las gracias por cuidar de ellos. —Miró a Hinata con semblante atormentado—. Se suponía que yo debía protegerlos.

Antes de poder preguntarle qué le había sucedido a la aldea, Hinata escuchó los sollozos sofocados de una anciana.

Naruto corrió hacia ella.

La mujer yacía en el suelo con la ropa hecha jirones y todo el cuerpo malherido. Estaba cubierta de sangre y moratones. Se dio cuenta de inmediato de que se trataba de la mujer a la que Naruto había hecho referencia.

Naruto se arrodilló junto a ella y le limpió la sangre de los labios mientras la anciana se esforzaba por respirar. Su intensa mirada lo acusaba de lo sucedido.

—¿Cómo has podido?

La vida abandonó los ojos de la anciana, que se tornaron vidriosos y apagados. Se quedó inerte en brazos de Naruto.

Él dejó escapar un bramido de furia. Soltó a la mujer y se puso en pie. Describió un amplio círculo mientras se pasaba las manos por el cabello con furia. Resollando de ese modo parecía estar tan desquiciado como todos afirmaban.

Hinata sentía su dolor. No entendía qué estaba pasando. Ni qué era lo que estaba recordando.

Lo siguió.

—Naruto, ¿qué pasó aquí?

Con el rostro asolado por la angustia, se dio la vuelta para mirarla a la cara. El odio y la culpa ardían en las profundidades de sus ojos color azul. Hizo un gesto con la mano en dirección a los cadáveres que los rodeaban.

—Yo los maté. A todos. —Las palabras salieron entrecortadas de sus labios—. No sé por qué lo hice. Solo recuerdo la ira, la sed de sangre. Ni siquiera recuerdo haberlos matado. Solo recuerdo imágenes fugaces de gente muriendo al acercarse a mí.

Su rostro había perdido el color. En sus ojos había una mirada de autodesprecio.

—Soy un monstruo. ¿Entiendes ahora por qué no puedo hacerte mía? ¿Por qué no puedo quedarme contigo? ¿Y si un día te matara a ti también?

Hinata sintió una opresión en el pecho al escucharlo y una oleada de pánico se adueñó de ella.

¿Lo habría juzgado mal?

«Todos los hombres son culpables», rezaba el dicho favorito de su hermana Shion. «Los únicos hombres honestos son los niños que todavía no han aprendido a decir mentiras.»

Hinata miró horrorizada los cuerpos que la rodeaban... ¿Habría sido capaz de hacer algo así?

Ya no sabía qué pensar. Quienquiera que fuese el responsable de semejante carnicería merecía la muerte. Esto explicaba por qué Artemisa no lo quería cerca de la gente.

Hinata detuvo el hilo de sus pensamientos.

Un momento... Algo no encajaba. No encajaba en absoluto. Observó de nuevo los cadáveres. Eran cadáveres humanos. Algunos de ellos eran niños; la mayoría, mujeres.

Si Naruto hubiera hecho eso, Jiraya lo habría matado de inmediato. No toleraba que nadie abusara de los débiles ni de los indefensos. Y mucho menos que se hiciera daño a un niño. Era imposible que hubiese permitido que un Cazador Oscuro capaz de asesinar a la gente que debía proteger siguiera con vida. Hinata lo sabía sin ningún género de dudas.

—¿Estás seguro de que lo hiciste tú? —le preguntó.

Su pregunta pareció dejarlo anonadado.

—¿Quién más podría haberlo hecho? No había nadie más. ¿Ves que haya alguien más con colmillos?

—Tal vez un animal...

—¡Yo fui el animal, Hinata! No había nadie más capaz de hacer esto.

Ella seguía sin creerlo. Tenía que haber otra explicación.

—Has dicho que no recuerdas haberlos matado. Tal vez no lo hiciste.

El dolor y la ira hicieron brillar sus ojos.

—Recuerdo lo suficiente. Sé que hice esto. Todo el mundo lo sabe. Por esto me temen los demás Cazadores Oscuros. Por esto no me hablan. Por esto me desterraron a un lugar donde no hubiera gente a la que proteger. Por esto me despierto cada noche con el temor de que Artemisa me traslade de Yukigakure a un lugar donde haya aún menos gente.

En parte, Hinata temía que estuviera diciendo la verdad, pero descartó la posibilidad.

En el fondo de su corazón sabía que ese hombre capaz de hablar de forma poética y hacer maravillosas obras de arte con sus manos, ese hombre que cuidaba del animal que lo había herido, jamás habría podido hacer algo así.

Sin embargo, necesitaba pruebas.

El instinto no sería evidencia suficiente para presentarle ni a su madre ni a Artemisa. Ambas le exigirían una prueba fehaciente de su inocencia.

Una prueba de que Naruto era incapaz de matar humanos.

—Ojalá supiera por qué hice esto —gruñó él—. Qué fue lo que me desquició hasta el punto de matarlos a todos y ni siquiera recordarlo después. —La miró con ojos desolados—. Soy un monstruo. Artemisa tiene razón. No puedo estar cerca de la gente normal y corriente.

Los ojos de Hinata se llenaron de lágrimas al escucharlo.

—No eres ningún monstruo, Naruto. —Se negaba a creerlo.

Lo encerró en un abrazo y le ofreció consuelo, si bien no estaba segura de que fuese a aceptarlo. Al principio se tensó, como si estuviera a punto de apartarla, pero no tardó en relajarse. Hinata soltó el aire de sus pulmones muy despacio, agradecida por el hecho de que hubiera aceptado su abrazo.

Unos brazos fuertes y sólidos la apretaron contra un cuerpo musculoso y esbelto. Jamás había sentido nada semejante. Naruto era duro como el acero, pero tierno al mismo tiempo. Su mejilla descansaba sobre unos duros pectorales y sus pechos contra unos abdominales muy bien definidos.

Le acarició la espalda con la mano, logrando que se estremeciera entre sus brazos. Y sonrió al descubrir el poder que tenía sobre él. Puesto que era una ninfa de la justicia, su feminidad había quedado relegada a un segundo plano. No tenía tiempo para sentirse femenina ni sensual.

Sin embargo, así se sentía en ese instante.

Gracias a Naruto.

Era consciente de su cuerpo por primera vez en la vida. Consciente del modo en que su corazón acompasaba los latidos del de Naruto. Consciente del modo en que su sangre hervía al sentirse encerrada entre sus brazos.

En ese momento, deseó hacer algo por él. Deseó arrancarle una sonrisa. Se apartó de él de mala gana y le ofreció la mano.

—Ven conmigo.

—¿Adónde?

—A algún sitio cálido.

Naruto vaciló. Solo había un aspecto de la gente en el que podía confiar: siempre acababan haciéndole daño. Jamás se había visto decepcionado en ese sentido. Confiar en que alguien no le hiciera daño era algo nuevo.

En lo más profundo de su corazón, deseaba confiar en Hinata. No..., necesitaba confiar en ella. Solo una vez.

Respiró hondo y extendió la mano con evidente renuencia. Ella lo trasladó a una soleada playa y la aldea quedó atrás.

Naruto parpadeó y entrecerró los ojos a causa del desconocido brillo del sol. Alzó la mano para protegerse del resplandor que había olvidado por completo. Jamás había pisado una playa. Solo había visto el mar en las fotos de las revistas o en la televisión. Y habían pasado siglos desde que viera la luz del día. Luz del día de verdad.

El sol le calentaba la piel, provocándole una especie de cosquilleo.

Dejó que el calor inundara su aterido cuerpo. Dejó que el sol le acariciara la piel y derritiera siglos de penurias y soledad. Ataviado solo con los pantalones negros de cuero, caminó por la arena absorbiendo todos los detalles pero sin detenerse en ninguno en particular.

Eso era mucho mejor que su estancia en Nueva Konoha. El rumor de las olas al romper en la orilla los rodeaba y el viento le enredaba el pelo. La arena estaba caliente y se le pegaba a los pies.

Hinata pasó corriendo a su lado, de camino a la orilla.

La observó mientras se quitaba la ropa y se quedaba solo con un diminuto biquini azul. Acto seguido, lo recorrió de arriba abajo con una mirada sensual y picarona que le provocó un escalofrío a pesar del calor.

—¿Te gustaría acompañarme?

—Creo que tendría un aspecto un tanto extraño en biquini.

Hinata soltó una carcajada.

—¿Eso ha sido una broma? ¿Es posible que hayas hecho una broma de verdad?

—Sí, debo de estar poseído o algo así.

O más bien hechizado. Por una ninfa marina.

Se acercó a él con paso decidido. Naruto esperó, incapaz de respirar. Ni de moverse. Tenía la sensación de que su vida o su muerte dependían del descarado vaivén de esas caderas.

Se detuvo frente a él y le desabrochó los pantalones. El tacto de esos dedos contra la estrecha línea de vello que bajaba desde su ombligo hasta la entrepierna fue como una descarga eléctrica. Su miembro se endureció al instante por el deseo de volver a probarla.

Hinata le bajó despacio la cremallera mientras lo miraba con los párpados entornados.

Solo quedaba un mísero milímetro para que su erección quedara a la vista cuando ella pareció perder el valor. Se mordió el labio y sus manos lo acariciaron en dirección contraria, hacia el torso. Sentir esas manos extendidas sobre el pecho no lo ayudó a recobrar la respiración.

—¿Por qué me tocas cuando nadie más lo hace? —quiso saber.

—Porque me lo permites. Me gusta tocarte.

Naruto cerró los ojos mientras sus delicadas caricias lo abrasaban.

¿Cómo podía ser tan increíble algo tan nimio?

Ella se acercó un poco más y la rodeó con los brazos de forma instintiva. Sintió el roce de sus pechos contra los abdominales y su miembro se tensó hasta extremos dolorosos.

—¿Has hecho el amor alguna vez en la playa?

La pregunta lo dejó aturdido.

—Solo he hecho el amor contigo, princesa.

Ella se puso de puntillas para poder atrapar sus labios y atormentarlos con un beso tierno. Cuando se apartó, esbozó una sonrisa mientras acababa de bajarle la cremallera y tomaba su miembro en la mano.

—Bueno, hombre de las nieves, pues estás a punto de hacerlo.

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Jiraya estaba a solas en el templo de Artemisa, en la terraza adyacente a la sala del trono, desde donde podía contemplar la hermosa cascada iridiscente. Con el cabello blanco recogido en una coleta, estaba sentado sobre la barandilla de una balaustrada de mármol y apoyaba la espalda desnuda en una columna estriada.

Los animales salvajes, a salvo de los cazadores y de cualquier otro peligro gracias a la protección de Artemisa, pastaban en un patio cuyo suelo estaba formado por nubes. Los únicos sonidos que se escuchaban eran el rugido de la cascada y el ocasional trino de algún pájaro en libertad.

Debería ser un lugar en el que encontrar la tranquilidad; aun así, Jiraya estaba inquieto pese a su apariencia serena.

Artemisa y sus doncellas lo habían abandonado para ir a Teocrópolis, lugar desde donde Zeus gobernaba a todos los dioses del Olimpo. Tardarían horas en regresar.

Ni siquiera eso conseguía animarlo.

Quería saber cómo se estaba desarrollando el juicio de Naruto. Algo iba mal, lo sabía. Lo presentía, pero no se atrevía a utilizar sus poderes para indagar. Él podía capear la ira de Artemisa, pero jamás se arriesgaría a que Naruto o Hinata quedaran expuestos a ella.

Así pues, siguió sentado, refrenando sus poderes y dando rienda suelta a la furia y a la frustración.

Akri, ¿Simi puede abandonar tu brazo un ratito?

La voz de Simi mitigó en parte sus conflictivas emociones. Cuando estaba en su cuerpo, el demonio no podía ver ni escuchar nada, salvo cuando la llamaba por su nombre para darle una orden. Ni siquiera podía escuchar sus pensamientos. Simi solo podía sentir sus emociones, y eso le permitía saber cuándo estaba en peligro, la única circunstancia en la que le estaba permitido abandonar su cuerpo sin que él se lo ordenara.

—Sí, Simi. Puedes adoptar tu forma humana.

El demonio caronte se apartó de él y se manifestó. Llevaba trenzado el largo cabello rubio; sus ojos tenían un tono gris plomizo y sus alas eran azul claro.

—¿Por qué estás tan triste, akri?

—No estoy triste, Simi.

—Sí que lo estás. Simi te conoce, akri. Te duele el corazón igual que a Simi cuando llora.

—Yo nunca lloro, Simi.

—Simi lo sabe —replicó al tiempo que se ponía frente a él para apoyar la cabeza en su hombro.

Uno de los cuernos negros del demonio le arañó la mejilla, pero a Jiraya no le importó. Simi lo rodeó con los brazos y lo estrechó con fuerza.

Jiraya cerró los ojos, alzó la mano para acariciar la nuca del demonio y la apretó contra él. El abrazo ayudó a apaciguar su atribulado espíritu. Solo Simi era capaz de conseguirlo. Solo ella lo tocaba sin exigencia física alguna.

Solo deseaba ser su «bebé». Infantil e inocente, era el bálsamo que necesitaba.

—Entonces, ¿Simi puede comerse ya a la diosa pelirroja?

Jiraya esbozó una sonrisa al escuchar la pregunta favorita de su demonio.

—No.

Ella alzó la cabeza y le sacó la lengua antes de apartarse con un gesto irritado para sentarse junto a sus pies desnudos, en la barandilla.

—Simi quiere comérsela, akri. Es una persona horrible.

—Como la mayoría de los dioses.

—No. Algunos, quizá. Pero a Simi le gustan los atlantes. Eran muy buenos. Casi todos. Tú no conociste a Arcón, ¿verdad?

—No.

—Ese sí que era malo. Era rubio, alto como tú... bueno, más alto que tú, y guapo como tú... aunque no tanto. Simi no cree que nadie sea tan guapo como tú. Ni siquiera los dioses. Está claro que eres único...

La sonrisa de Jiraya se ensanchó.

El demonio se llevó el dedo índice a la barbilla y guardó silencio durante un instante, como si estuviera intentando reconducir sus pensamientos.

—¿A qué venía eso? ¡Ah, ya! A Arcón no le gustaba casi nadie, cosa que a ti no te pasa. ¿Recuerdas eso que haces cuando te cabreas muchísimo? ¿Eso que hace explotar todas las cosas y lo deja todo en llamas, retorcido y hecho un desastre? Pues él también podía hacerlo, pero no con tanta elegancia como tú. Tú sí que sabes hacer las cosas con elegancia, akri. Mejor que nadie.

»Bueno, Simi tiene que corregirse. A Arcón le gustaba Simi. Una vez le dijo: "Simi, eres un demonio de primera". ¿Tú conoces a algún demonio que no lo sea? Eso es lo que Simi quiere saber.

Sin dejar de sonreír, Jiraya siguió escuchando la cháchara de Simi sobre los dioses y las diosas que se adoraban durante su vida como mortal. Dioses y diosas muertos desde hacía mucho tiempo. Le encantaba escuchar las absurdas e inconexas historias de su demonio.

Era como observar a un niño pequeño que intentara descubrir el mundo y de repente recordara algo. No había modo de predecir lo que saldría de sus labios después de cada frase.

Para ella, las cosas tenían una lógica aplastante, como para cualquier niño. Si tenía un problema, lo mataba. Fin del problema. Las sutilezas y la política no existían.

Simi era lo que era. No era un ser amoral ni depravado, sino un demonio muy joven con poderes semejantes a los de los dioses y que no comprendía lo que eran el engaño y la traición. Cosa que él envidiaba. Por eso la protegía con tanto ahínco. No quería que aprendiera las duras lecciones que a él le había tocado vivir.

Se merecía la infancia que él no había tenido. Una infancia resguardada. Una infancia en la que nadie pudiera hacerle daño. No sabía qué sería de su vida sin ella.

Cuando se la regalaron, no era más que un bebé. Él acababa de cumplir los veintiún años y, en cierto modo, se habían criado el uno al otro. Ambos eran los últimos miembros de sus respectivos pueblos que aún caminaban por el mundo.

Llevaban solos más de once mil años. Simi formaba parte de él en la misma medida que cualquier órgano de su cuerpo. Sin ella, moriría.

La puerta del templo se abrió. Simi siseó y dejó a la vista sus colmillos, actitud que le indicó a Jiraya que Artemisa había regresado antes de lo previsto. Giró la cabeza para cerciorarse y descubrió que, en efecto, caminaba hacia él. Exhaló un suspiro hastiado.

La diosa se detuvo en seco tan pronto como vio a Simi sentada a sus pies.

—¿Qué está haciendo fuera de tu brazo?

—Hablando conmigo, Mei.

—Haz que se vaya.

Simi resopló, furiosa.

—Simi no tiene que hacer nada que tú ordenes, vieja foca. Y mira que eres vieja. Muy, muy vieja. Y una foca.

—Simi —dijo Jiraya, enfatizando el nombre—. Por favor, regresa conmigo.

El demonio miró a Artemisa con expresión malévola antes de convertirse en una sombra oscura y amorfa. Al instante, comenzó a moverse sobre el cuerpo de Jiraya hasta detenerse en su torso, donde adquirió la forma de un enorme dragón con dos colas que se enrollaron a lo largo de sus brazos.

Jiraya soltó una torva carcajada al ver la forma que había adoptado. Así lo abrazaba y, al mismo tiempo, irritaba a Artemisa. La diosa no soportaba que el demonio ocupara una parte tan extensa de su cuerpo.

Artemisa resopló, asqueada.

—Haz que se mueva.

Jiraya cruzó los brazos sobre el pecho.

—¿Por qué has vuelto tan pronto?

La actitud de la diosa se tornó nerviosa de repente. El mal presentimiento de Jiraya se intensificó hasta niveles insospechados.

Artemisa caminó hasta la columna en la que se apoyaba y, tras rodearla con los brazos, reclinó la cabeza contra el mármol. Comenzó a juguetear con el borde dorado de su peplo mientras se mordía el labio con actitud preocupada.

Jiraya se enderezó con un nudo en el estómago. Esa actitud evasiva solo podía significar que algo iba fatal.

—Dímelo, Artemisa.

La diosa parecía exasperada y furiosa.

—¿Por qué tendría que hacerlo? Acabarías enfadándote conmigo, aunque de todos modos ese parece tu estado habitual. Si te lo digo, querrás marcharte y, como no puedes hacerlo, comenzarás a gritarme.

El nudo de su estómago empeoró.

—Te doy tres segundos para que hables o me olvido de lo mucho que te asusta la posibilidad de que uno de tus familiares descubra que estoy viviendo en tu templo. Usaré mis poderes y descubriré por mi cuenta lo que ha pasado.

—¡No! —exclamó furiosa al tiempo que se giraba para mirarlo—. No puedes hacer eso.

Un músculo comenzó a palpitar en la mandíbula de Jiraya.

Artemisa retrocedió y dejó que la columna se interpusiera entre ellos. Respiró hondo como si quisiera reunir fuerzas y acto seguido comenzó a hablar con la voz débil y asustada de una niña.

—Kakuzu está libre.

—¿Qué? —rugió Jiraya al tiempo que bajaba los pies al suelo y se ponía en pie.

—¿Lo ves? Ya estás gritando.

—¡Ja! —exclamó entre dientes—. Esto no es gritar, créeme. Ni siquiera se le acerca. —Se alejó de la balaustrada y comenzó a pasearse de un lado a otro de la amplia terraza. Tuvo que echar mano de todas sus fuerzas para no utilizar sus poderes contra Artemisa—. Me prometiste que lo harías regresar.

—Lo intenté, pero se escapó.

—¿Cómo?

—No lo sé. Yo no estaba allí y ahora se niega a obedecerme.

Jiraya le lanzó una mirada furibunda.

Kakuzu andaba suelto y el único que podía detenerlo estaba bajo arresto en el templo de Artemisa. Malditos fueran sus trucos y sus promesas. No había manera de que pudiera marcharse. Al contrario que los dioses del Olimpo, cuando daba su palabra, se veía obligado a mantenerla.

Romper la promesa lo mataría. Literalmente.

Jiraya hervía de furia. Si Artemisa le hubiera hecho caso la primera vez, no estarían reviviendo semejante pesadilla.

—Cuando maté al último hace novecientos años, me juraste que no volverías a crear un nuevo Kakuzu. ¿A cuántas personas mató aquel? ¿A cuántos Cazadores Oscuros? ¿Lo recuerdas siquiera?

Artemisa se tensó y lo miró con una furia que igualaba la suya.

—Ya te lo dije. Necesitábamos a alguien capaz de acorralar a los tuyos. Tú te niegas a hacerlo. Ni siquiera controlas a tu demonio. Esa fue la única razón que me impulsó a crear otro. Necesitaba a alguien que pudiera ejecutarlos cuando traspasaran los límites.

» Tú te limitas a disculparlos. «No lo entiendes, Artemisa. Bla, bla, bla.» Sí que lo entiendo. Prefieres atender a cualquiera antes que a mí, por eso creé a alguien que sí me escucha cuando hablo. —Lo miró de modo elocuente—. Alguien que me obedece de verdad.

Jiraya tuvo que contar hasta diez tres veces seguidas mientras abría y cerraba los puños. Artemisa lograba despertar en él un horrible deseo de atacarla y herirla que le costaba horrores controlar.

—No me hagas hablar de ese tema, Mei. Al parecer, la palabra «obedecer» no está en el vocabulario de tu ejecutor.

Enloquecido por su confinamiento y su sed de venganza, el último Kakuzu había arrasado Inglaterra a su paso con tal saña que Jiraya se había visto obligado a inventar una supuesta «plaga» que impidiera tanto a los humanos como a los Cazadores Oscuros descubrir la verdadera causa que había acabado con el cuarenta por ciento de la población del país.

Jiraya se pasó la mano por la cara al pensar en lo que Artemisa acababa de dejar suelto por el mundo. Cuando le pidió que lo hiciera volver, debería haber imaginado que ya era demasiado tarde.

Pero como un imbécil, había confiado en que ella cumpliría su promesa. A esas alturas ya debería haber aprendido...

—Maldita seas, Artemisa. Kakuzu tiene el poder de convocar a los daimons y hacer que lo obedezcan. Puede llamarlos desde cientos de kilómetros de distancia. Al contrario que mis Cazadores, puede moverse durante el día y resulta imposible matarlo. Ellos desconocen el único punto vulnerable que tiene.

La diosa resopló.

—Bueno, eso es culpa tuya. Deberías haberles hablado de él.

—¿Qué tendría que haberles dicho? ¿Que sean buenos si no quieren que la puta de Artemisa envíe a su asesino para matarlos?

—¡Yo no soy ninguna puta!

Jiraya se acercó a ella y la dejó aprisionada contra la columna.

—No tienes ni idea de lo que has creado, ¿verdad?

—No es más que un sirviente. Puedo hacerlo volver.

Jiraya observó las temblorosas manos de la diosa y las gotas de sudor que le cubrían la frente.

—Entonces, ¿por qué tiemblas? —le preguntó—. Dime cómo ha logrado escaparse.

Artemisa tragó saliva, pero tuvo el buen tino de proporcionarle la información que pedía.

—Fue Hamura. Se estaba jactando de ello en Teocrópolis momentos antes de que yo viniera a decírtelo.

—¿Hamura?

La diosa asintió con la cabeza.

En esa ocasión, Jiraya maldijo su propia estupidez. No debería haber borrado los recuerdos de Hamura sobre lo sucedido en Nueva Konoha. Debería haber dejado que el imbécil recordara exactamente a qué se enfrentaba. Debería haberlo dejado con tanto miedo en el cuerpo que jamás volviera a tener la osadía de enfrentarse a él o a sus Cazadores.

En cambio, había elegido proteger a Artemisa. Ella no quería que su familia supiera quién o qué era él. Para ellos solo era su mascota. Una curiosidad humana de la que se podía prescindir fácilmente.

Si ellos supieran...

Había borrado los recuerdos de aquella noche de todos los presentes y solo recordaban que había habido una pelea y la identidad de los vencedores.

Ni siquiera Artemisa se había librado.

La diosa le había prometido que Hamura no perseguiría a Naruto para vengarse de él. Pero eso fue antes de que ella misma ordenara la muerte del Cazador.

¿Cuándo iba a aprender? No se podía confiar en ella.

Se alejó de Artemisa.

—No tienes ni idea del efecto que tiene un encierro sobre una persona.

El efecto de que te dejen olvidado en un agujero.

—¿Y tú sí lo sabes?

Jiraya guardó silencio y acalló los recuerdos que amenazaron con inundarlo. Unos recuerdos amargos y dolorosos que lo asaltaban cada vez que se atrevía a pensar en el pasado.

—Será mejor que reces para que nunca sepas lo que se siente. La locura, la sed... La ira. Has creado un monstruo, Artemisa, y yo soy el único que puede matarlo.

—En ese caso, tenemos un problemilla, ¿no es cierto? No puedes marcharte.

Jiraya entrecerró los ojos.

La diosa dio un respingo.

—Ya te lo he dicho, me pondré en contacto con los Oráculos para que lo traigan de vuelta.

—Será mejor que lo hagas, Artemisa. Porque si no lo controlas, el mundo va a convertirse precisamente en la peor pesadilla que puedas tener.

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Continuará...