Este Fic es una adaptación de la novela "El beso del Arcángel" de Nalini Singh (y continuación de la novela "El Ángel caído")
el cual les comparto sin fines de lucro, sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Trol mayor" Tite Kubo.
Espero lo disfruten.
Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.
Cursivas, comunicación / vinculo mental
Capítulo 11
Cinco días después de que Ichigo la amara hasta hacerle perder el sentido, Rukia
estaba sentada en un tranquilo jardín iluminado por la luz del sol. Las pesadillas
no se habían repetido desde esa noche, pero podía sentirlas en el horizonte, como
una tormenta que no estaba preparada para enfrentar. De no haber contado con
la implacable disciplina de los entrenamientos de Grimmjow para mantenerse
ocupada, su mente se habría hecho papilla en un intento por escapar de esa
presión constante. Sin embargo, por extraño que pareciera, el Refugio también se
había quedado tranquilo, ya que el ataque a Noel le había parecido una
aberración a todo el mundo.
No obstante, la ira de Ichigo no se había aplacado ni lo más mínimo.
—Nazarach niega cualquier tipo de relación con ese incidente —le había
dicho la noche anterior mientras jugueteaba con los dedos sobre los músculos de
su abdomen—. Podría introducirme en su mente, pero si está diciendo la verdad,
tendría que matarlo, y perdería a uno de los ángeles más fuertes de mi territorio.
Rukia había tragado saliva al ver la tranquilidad con la que hablaba de
destrozar la mente de un ángel. Un ángel al que otra cazadora lo había descrito
una vez como « un monstruo que probablemente se partiría de risa mientras te
mata a polvos» .
—¿Nazarach se volvería contra ti?
—Tú también lo harías si yo te hiciera algo así, Rukia. —Había deslizado la
mano sobre el borde superior de sus braguitas—. Debo tener pruebas... o me
arriesgaré no solo a perder su lealtad, sino también la de otros ángeles fuertes que
están de mi lado.
Rukia sujetó su muñeca y le dio un apretón. Siempre que él daba, su cuerpo
deseaba tomar. Sin embargo, había una advertencia en su mirada, una pasión
oscura para la que ella no estaba preparada, para la que no estaba lo bastante
fuerte. Todavía no.
—¿Lo necesitas para mantener el poder?
Ichigo extendió la mano sobre su abdomen y agachó la cabeza para besarla
con una languidez que hizo que a Rukia se le doblaran los dedos de los pies bajo
las sábanas, que ambos quedaran atrapados en las afiladas garras de la pasión.
—No. Rukia tardó un par de segundos en reunir el aliento necesario para responder.
—¿Y entonces?
—Los humanos lo necesitan, Rukia. —Un sutil recordatorio.
Rukia vio la pesadilla que él intentaba evitarle.
—La única razón por la que no hay más vampiros que se entreguen a la sed
de sangre es que siempre hay un ángel que los mantiene a raya.
—Y ni siquiera un arcángel puede controlar a todos los vampiros que hay
dentro de sus fronteras. Tendría que asesinarlos a todos si se entregaran a la
sangre. —Enarcó una ceja—. Hay sombras en tus ojos... ¿Qué sabes de
Nazarach?
—Otra cazadora lo siguió durante algún tiempo. —Karin se había negado
en rotundo a regresar a Atlanta cuando surgió un trabajo que no estaba
relacionado—. Me dijo que su casa estaba llena de gritos, llena de un dolor que
podría hacer que una persona cuerda acabara en el mismo infierno. Al parecer,
se llevó a dos vampiras a la cama sin otro motivo que castigar a sus parejas.
—Los vampiros eligen su eternidad cuando deciden ser Convertidos. —Una
respuesta aterciopelada.
Una que ella no podía discutir.
Incluso su hermana Momo había intentado convertirse en candidata, a pesar de
que había sido testigo del brutal castigo que recibió su esposo a manos del
arcángel al que él llamaba amo.
—¿Crees a Nazarach?
—Miente sin inmutarse, pero no es lo bastante arrogante como para pensar
que puede convertirse en arcángel.
—¿Quién más está en el Refugio, o lo estaba en esas fechas? —Ambos
estaban de acuerdo en que el instigador debía de haber estado lo bastante cerca
como para presenciar (y disfrutar) los resultados de sus órdenes—. ¿Dahariel? —
La mirada carente de emociones de ese ángel, muy similar a la del ave cuyas
alas eran iguales a las suyas, había hablado de una mente gélida y racional,
capaz de justificar cualquier acto si este conllevaba el resultado deseado.
Un gesto de asentimiento.
—Y también Anoushka, la hija de Sui Feng, que lleva aquí varias semanas.
Sui Fung, la Reina de los Venenos y de las Serpientes.
Rukia se estremeció al pensar en lo que la hija de Sui Feng sería capaz de hacer
y cogió uno de los libros que le había prestado Jessamy a fin de volver a
concentrar su mente en el presente, en la hermosura de todo lo que la rodeaba.
Nunca habría encontrado ese jardín secreto sin la ayuda del ángel de alas azules
que estaba tumbado a su lado.
Las flores silvestres habían brotado con salvaje abandono y formaban un
alegre círculo en torno al cenador de mármol en el que estaban sentados. El
cenador era una estructura sencilla, aunque de diseño elegante: cuatro columnas
sostenían un tejado que había sido labrado en una fiel reproducción de las sedosas
tiendas de las tierras árabes.
—Hace demasiado frío para que salgan estas flores. —Rukia acarició los
alegres pétalos naranjas de una que le rozaba el muslo, y a que estaba sentada
con las piernas colgando del borde.
—Las flores empezaron a salir sin previo aviso hará cosa de un mes. —Ashido
encogió los hombros—. A nosotros nos gustan... ¿Por qué cuestionarse un regalo
así?
—Entiendo lo quieres decir. —Rukia abrió el libro y extendió las alas sobre el
mármol frío. Sus músculos ganaban fuerza día a día, y las alas y a no le parecían
una carga adicional, sino una extensión natural de sí misma—. Aquí dice que las
Guerras de los Arcángeles se iniciaron por una disputa territorial.
Ashido se incorporó un poco, con lo que el cabello cayó sobre uno de sus ojos.
—Esa es la versión suave que elegimos para nuestros niños —dijo al tiempo
que se apartaba el pelo de la frente—. Lo cierto es que, como siempre, el motivo
fue algo mucho más humano. Todo comenzó por una mujer.
—Venga ya... ¿en serio? —Rukia no intentó disimular su escepticismo.
Ashido esbozó una sonrisa maliciosa.
—Tengo ganas de volar. Llámame si me necesitas.
Rukia observó cómo se acercaba al saliente de un precipicio rocoso para
lanzarse al vacío como una exquisita ráfaga de color azul plateado. Luego frunció
el ceño y pensó: Ichigo.
La respuesta llegó en una fracción de segundo.
Sí, dijo él, las guerras comenzaron por una mujer.
Rukia estuvo a punto de romper la página que tenía en la mano.
¿Cuánto tiempo llevas escuchando?
No había vuelto a obligarla a actuar contra su voluntad desde el acuerdo tácito
que establecieron cuando sobrevolaban el Refugio, pero aquella... violación de
sus pensamientos, de sus secretos... estaba mal. Quizá incluso peor. Porque había
confiado en él su dolor, había decidido exponer una parte de sí misma que
mantenía firmemente oculta.
Somos uno, Rukia.
—Yo creo que no. —Si la cosa fuera en ambos sentidos, podría aceptarlo.
Pero no era así. Y había luchado demasiado por su derecho a ser quien era como
para ceder en esa situación. Respiró hondo y lo empujó mentalmente con todas
sus fuerzas.
Elena, ¿qué estás hac... ?
Un silencio súbito.
¿Ichigo?
Nada. En su mente no había esencia de lluvia. Una esencia en la que no se
había fijado hasta que desapareció. No le dolió la cabeza, al menos no de
inmediato, aunque comenzó a sentir cierta tensión una hora después de empezar
a leer sobre las guerras. El libro decía que Chad se había puesto del lado de Sui Feng
y Nadiel, mientras que Ikakku había luchado junto a Antonicus. Unohana
había permanecido neutral.
—Nadiel, Antonicus... —murmuró por lo bajo. Jamás había escuchado esos
nombres con anterioridad.
Alzó la mano para frotarse la sien y pasó otra página. La encantadora y
detallada imagen que vio la dejó sin aliento. El rostro de aquella criatura era un
paradigma de pureza; sus ojos eran de ese ámbar imposible que Rukia tan solo
había visto en otro ser; su cabello era naranja como el de Rafael...
—Masaki —leyó—. Arcángel de Sumeria.
Sintió un dolor espantoso en el cuello y supo que había llegado el momento de
abandonar el escudo mental. Lo había mantenido durante mucho más tiempo que
cuando era mortal, pero no lo suficiente... Tendría que reservarlo para ocultar
esos secretos que no podía permitirse que el mundo conociera, esos secretos que
ni siquiera ella podía soportar.
Las esencias del viento y de la lluvia no reaparecieron de inmediato. Pero sí
otro aroma.
Un aroma almizcleño exótico y sensual, matizado con el delicado toque de las
más raras orquídeas.
Pero esa esencia no estaba en su mente, comprendió Rukia casi al instante.
Estaba en el aire.
Tras notar la descarga de adrenalina, Rukia dejó el libro a un lado y se puso
en pie justo en el momento en que Orihime aterrizaba delante de ella. El
impacto visual fue sobrecogedor. Por más que le desagradara esa criatura, tenía
que admitir la verdad. Las alas de Orihime tenían un magnífico color bronce, su
cuerpo era un paisaje de curvas y valles equilibrado a la perfección. Y su
rostro... no había otro tan extraordinario en todo el mundo.
—Vaya... —Sus labios exuberantes se curvaron en una sonrisa que hizo que
Rukia se alegrara de llevar la pistola consigo—, así que he desenterrado al
ratoncillo que Ichigo ha estado escondiendo. —La arcángel se adentró en el
cenador, y sus alas adquirieron el color del ámbar gracias a los rayos de un sol
que empezaba a ponerse. Ese día llevaba puestos unos elegantes pantalones de
color arena, y su « camiseta» consistía en una única tira blanca y suave que se
enrollaba en su cuello antes de cruzarse sobre sus pechos para acabar atada en un
lazo bajo sus alas. Un atuendo refinado, sugestivo e incitante.
Rukia sabía a la perfección a quién pretendía incitar. Apretó las manos hasta
cerrarlas en puños. El sentido común se hizo trizas y estalló en llamas a causa de
la furia posesiva que se atascó en su garganta.
—No sabía que me encontraras tan fascinante. Orihime entrecerró los párpados.
—Ahora eres un ángel, cazadora. Y yo soy tu superior.
—No lo creo.
La arcángel clavó la vista en el libro.
—Esa es la compañía que deberías frecuentar. Esa maestrucha lisiada encaja
mucho mejor con tu posición.
Escuchar esa descripción denigrante de Jessamy (una criatura amable,
inteligente y sabia) hizo que Rukia lo viera todo rojo.
—Ella es diez veces más fémina de lo que tú lo serás jamás.
Orihime hizo un gesto con la mano, como si esa idea fuera tan ridícula que ni
siquiera mereciera consideración.
—Tiene trescientos años, y se pasa los días encerrada con libros polvorientos
que a nadie salvo a un tullido podrían parecerle interesantes.
—Según parece, Noba la encuentra algo más que interesante. —Un disparo a
ciegas.
Pero dio en el blanco.
—Noba es un cachorro que todavía no ha aprendido a elegir a sus enemigos.
—¿Él también te rechazó? —inquirió la cazadora, aunque sabía que era una
provocación—. Pues claro... seguro que sigue el ejemplo de su señor. —Rukia
salió disparada por los aires, y se quedó sin aliento cuando acabó estampada
contra la columna de mármol que había al otro lado del cenador. Sentía un dolor
de mil demonios, pero le dio la impresión de que no tenía nada roto.
Fue entonces cuando la sintió, cuando sintió la gélida puñalada del miedo.
—¿Dónde está Ashido?
—Ocupado con otros asuntos. —La arcángel esbozó una sonrisa burlona
mientras se acercaba. Todos sus movimientos tenían una cualidad sensual
inherente—. Estás sangrando, cazadora. Qué torpeza por mi parte...
Rukia saboreó la sangre del corte que tenía en el labio, pero no dejó de vigilar
a Orihime. Era muy consciente de que esa zorra estaba jugando con ella, de que
había ido a verla por una razón muy específica.
—Si le has hecho daño, Ichigo te dará caza.
—¿Y si te hago daño a ti?
—Acabará contigo. —Lanzó una patada que estampó su pie derecho contra la
rodilla de Orihime.
Para su asombro, la arcángel cayó. Pero lo más sorprendente de todo, y a que
Orihime estaba en pie un segundo después, fue que sus ojos empezaron a brillar
desde el interior.
—Creo —dijo la arcángel en un tono que a Rukia le recordó la escalofriante
vena sádica de Aizen— que estoy más que dispuesta a averiguar lo que le haría
Ichigo a quien se atreviera a hacer daño a su pequeña mascota.
Rukia apretó el gatillo de la pistola que había conseguido sacar un instante
después de que Orihime cayera al suelo. Pero no ocurrió nada. Un segundo más
tarde, sus dedos se aflojaron uno a uno y dejaron caer el arma al suelo. Sintió
que algo golpeaba su pecho en ese mismo momento, pero cuando bajó la vista,
no vio nada. Su corazón se desbocó a causa del pánico. Un instante después, notó
unos dedos esqueléticos (duros y coronados de uñas afiladísimas) que se
cerraban alrededor de ese órgano aterrado y lo apretaban hasta que la sangre le
llenó la boca y empezó a correr por su barbilla.
Orihime tenía una expresión casi divertida.
—Adiós, cazadora.
Rukia vio un centelleo azul a su derecha y atisbó a Ashido, rodeado de alas y
cubierto de sangre. Recuperó la sensación en los dedos en ese preciso momento.
—Zorra... —Fue un susurro casi inaudible destinado a distraer a la arcángel
mientras cogía la daga oculta en el bolsillo lateral de sus pantalones. La sujetó
con toda la fuerza de su determinación y se la arrojó, pasando por alto el dolor,
pasando por alto la sangre que manaba de su boca.
Orihime soltó un alarido y bajó la mano cuando la hoja se clavó en su ojo.
Un fuego abrasador arrasó el cenador al secundo siguiente, pero fue Orihime
quien acabó inconsciente contra la columna de atrás, no ella. Rukia intentó ver
algo a través de las lágrimas provocadas por la neblina de poder y, al final, divisó
a Ichigo, cuyas manos estaban envueltas por el resplandor letal del fuego de ángel.
Escupió la sangre que le llenaba la boca.
—No... —Un graznido que nadie habría podido escuchar.
Ichigo, no lo hagas. Ella no merece la pena. Había matado a Aizen porque
era necesario hacerlo, pero algo en su interior había muerto cuando le arrebató la
vida al otro arcángel. Rukia percibía esa cicatriz, aunque no sabía cómo. Yo la
provoqué.
Eso da igual. Vino aquí para matarte.
Cuando alzó la mano, el fuego azul se extendió por sus brazos, y Rukia supo
que Orihime estaba a punto de morir. Se deslizó hasta el suelo y dijo algo que
jamás le había dicho a otro hombre: Te necesito.
La cabeza de Ichigo se volvió hacia ella en una fracción de segundo. Sus ojos
resultaban de lo más extraños a causa de su luminiscencia. El tiempo se congeló.
Y un instante más tarde, estaba arrodillado a su lado. El fuego azul regresó al
interior de su cuerpo con un violento chasquido.
—Rukia... —Cuando él le acarició la mejilla, la cazadora notó una
inexplicable oleada de calor en todo el cuerpo, una calidez que aliviaba su
magullado corazón. Un segundo después, los latidos se aplacaron.
Alzó los brazos y lo atrajo con fuerza para acurrucar su cabeza mientras le
susurraba al oído:
—No permitas que Orihime te convierta en un ser como ella. No dejes que gane.
—Vino a dañar lo que es mío. No puedo permitir que eso quede sin castigo.
La posesión era un muro de llamas negras en el interior de sus ojos, pero
Rukia sabía que todo aquello no se debía tan solo al instinto posesivo.
—Es una cuestión de poder, ¿no es cierto?
Un gesto de asentimiento que hizo que los sedosos mechones naranja
cayeran sobre sus manos. Su arcángel estaba dispuesto a entrar en razón. Al
menos por el momento.
—Está inconsciente, con mi daga clavada en el ojo. Déjala en algún lugar
donde todo el mundo pueda verlo.
—Esa es una idea sanguinaria... —Apoyó la boca contra la suya. Al parecer,
ya controlaba su ira—. La humillación será peor que cualquier posible tormento
físico.
—Esa zorra no solo vino a por mí, también le hizo daño a Ashido. ¿Él está...?
—Es uno de mis Siete —dijo Ichigo—. Vivirá... aunque no puedo decir lo
mismo de los de Orihime.
—Pobre Campanilla... —replicó ella, que se asomó para ver cómo Ashido
acababa con el último de los ángeles que luchaba contra él—. Parece que
siempre acaba herido por mi c... —Se le cerró la garganta al ver cómo Ashido le
cortaba las alas al ángel caído con una espada que había sacado literalmente de
la nada—. Ichigo...
—Es un castigo justo. —Se puso en pie para acercarse a Orihime. La
arcángel dejó escapar un gemido cuando él la cogió en brazos, pero no recuperó
la consciencia—. Quédate aquí, Rukia. Regresaré a buscarte.
La cazadora observó cómo remontaba el vuelo. No estaba segura de si la
arcángel sobreviviría a la furia glacial que había convertido el rostro de Ichigo en
esa máscara indiferente, una máscara que ella no había vuelto a ver desde que se
convirtieron en amantes. Apoyó la mano en la columna que tenía detrás e intentó
ponerse en pie. Justo en ese instante, Ashido se adentró en el cenador. Tenía el
rostro, el cabello y la espada cubiertos de sangre.
—¿De dónde salió esa espada? —le preguntó cuando se situó frente a ella,
como un centinela. Le habían desgarrado la camisa, así que su espalda estaba al
descubierto. Ashido extendió las alas para ocultarla, y el mundo de Rukia quedó
reducido a un muro de músculos masculinos ensangrentados y plumas de color
azul plateado empapadas en un fluido que se oxidaba con rapidez.
—Te he fallado otra vez —fue la tensa respuesta.
Rukia tomó unas cuantas bocanadas de aire y se apoyó la mano sobre el
corazón, ya que todavía sentía esos dedos fantasmales que la aferraban.
—Ashido, has acabado con cinco ángeles. Y les has cortado las alas. —Con
gélida y serena eficiencia.
Él volvió la cabeza para enfrentar su mirada.—¿Sientes lástima por ellos? —
inquirió con un levisimo matiz de acento británico.
—Yo solo... —Rukia sacudió la cabeza mientras intentaba encontrar las
palabras adecuadas—. Cuando me sentaba en mi apartamento para contemplar a
los ángeles que aterrizaban en el tejado de la Torre, envidiaba su capacidad de
volar. Las alas son algo muy especial.
—Crecerán de nuevo —dijo Ashido—. Con el tiempo.
La frialdad de su voz resultaba sorprendente. Y él debió de darse cuenta,
porque de pronto esbozó una sonrisa helada.
—Tu mascota tiene colmillos, Rukia. Y eso te desagrada.
Era la bofetada que necesitaba para despejar la neblina que enturbiaba su
mente.
—Te considero mi amigo. Y la mayoría de mis amigos podrían acabar con
un ángel remilgado cuando les diera la gana.
Ashido parpadeó. Una vez. Dos. La familiar sonrisa maliciosa se abrió paso en
su rostro.
—Renji tiene un cabello muy largo y hermoso. ¿Quieres que le presente a
Relámpago?
Como era de esperar, Ashido le había puesto nombre a su espada.
—Inténtalo si quieres, pero te apuesto lo que sea a que cuando vuelvas tendrás
unas cuantas plumas menos.
El ángel de alas azules alzó la enorme espada de doble filo como si fuera a
enfundársela a la espalda. Rukia estaba a punto de advertirle que ya no llevaba
puesto el arnés... pero la espada desapareció.
—Todos tenemos nuestros talentos, Rukia. —Una sonrisa tímida—. El mío es
de lo más útil. No tengo glamour, pero puedo hacer que los objetos pequeños que
están cerca de mi cuerpo desaparezcan.
Rukia se preguntó si eso significaba que un día se Convertiría en arcángel.
—¿Has llevado una espada encima desde el momento en que nos conocimos?
Un encogimiento de hombros.
—Una espada, una pistola... a veces una cimitarra. Las cimitarras son un
arma excelente para las decapitaciones.
Rukia hizo un gesto negativo después de escuchar ese sanguinario recital, pero
se detuvo al notar que la cabeza empezaba a dar vueltas.
—Ve a lavarte esa sangre, Campanilla.
—Cuando regrese Ichigo.
Rukia dio unos cuantos pasos por el cenador después de empujar a Ashido
para que se apartara.
—Puedo caminar hasta casa. —Sentía los cardenales que empezaban a
aparecer en su cuerpo, pero no había salido tan mal parada después de todo... en
especial su corazón. Se frotó la zona con la palma de la mano. La notaba un poco
dolorida, pero por lo demás estaba bien—. Y, como no soy una suicida, permitiré
que me acompañes.
—El señor te ha pedido que te quedes aquí.
En realidad, pensó Rukia, había sido más bien una orden... que esperaba ser
obedecida sin rechistar.
—Ashido, hay algo que deberías saber si quieres que esta amistad prospere. Es
muy poco probable que obedezca todas y cada una de las órdenes de Ichigo.
El rostro de Ashido se llenó de censura.
—Él tiene razón, Rukia. Aquí no estás segura.
—Soy una cazadora nata —le dijo con voz ronca—. Jamás he estado a salvo.
« Ay, mi pequeña cazadora... Mi dulce y deliciosa cazadora...»
Rukia desechó ese recuerdo como si se tratara de un abrigo innecesario, pero
sabía que volvería para acosarla una y otra vez. Empezó a caminar. Ashido trató
de impedírselo poniéndose delante, pero Rukia tenía ventaja: sabía que él no le
pondría un dedo encima.
Casi había olvidado a los ángeles que él había dejado en los jardines.
Parecían pájaros heridos, y su sangre salpicaba el suelo, convirtiendo el
prado de flores en un matadero.
