10 Misa


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


—Bendíceme padre, pues yo pequé.

Hinata se arrodilló ante de Menma, las manos cruzadas en su pecho, la cabeza baja. Respirando profundo, comenzó:

—Casi cometí una terrible injusticia para con tres criaturas inocentes, que precisaban de mi. Fui cruel con ellas al principio. Fui mala para con mi marido; Tuve pensamientos malignos y fantasías de venganza. Él me oprime, pero sé que lo considera justo. Si yo hubiese cometido la traición que él me atribuye, merecería todo lo que él me hace y más. Pero no merezco. Intenté comprender y perdonarlo, pero a veces... Quiero el perdón de él y quiero de vuelta lo que existía entre nosotros, antes que la perfidia de mi familia destruyese nuestro matrimonio. Algo dentro de mí se rebela contra la injusticia. Es una rabia contenida, a veces dirigida a él, a veces, a mí misma. A veces, le pido perdón por lo que voy a decir, estoy muy enojada con Dios, por haber permitido que esto aconteciese. Un santo aceptaría su destino y viviría en santidad, fuesen cuales fuesen las circunstancias, pero no soy santa.

Hinata hizo una larga pausa. Menma permaneció inmóvil, con la cabeza baja. Entonces, ella terminó la confesión:

—Soy débil y me dejo llevar por la autocompasión. No soy generosa y maltraté a Koharu.

—¿Es sólo eso, Hinata? - Menma indagó.

—Por esos y por todos mis pecados, pido perdón.

Un largo momento siguió, mientras Hinata aguardaba su penitencia. No se había dado cuenta de cuánto precisaba de aquella limpieza de mente y de alma, hasta arrodillarse y comenzar a hablar.

Temía que Menma fuese a censurarla. Y si él lo hiciese; ¿estaría expresando la ira de Dios o puro enojo humano? Menma le tomó as manos entre las suyas y la miró con expresión tan tierna y piadosa que Hinata explotó en lágrimas.

— Hiciste una buena confesión— él dijo. — Hinata, no puedo hacer nada, como hombre, para ayudarte. Como ya te dije, tengo la obligación de mantener el sacramento en secreto.

—Yo lo sé — ella murmuró, entre sollozos. — Pero ya me doy por satisfecha. El hecho de no tener con quien conversar, con quien intercambiar mis ideas, hizo que me sintiese confusa. Ahora, al menos, consigo comprenderme mejor a mí misma.

Bajando los ojos hacia las manos entrelazadas, Menma reflexionó por un momento.

—Iré más allá de mis obligaciones de sacerdote, pero si caigo en pecando, responderé por eso más tarde. Hinata, voy a darte un consejo. — Irguió los ojos para mirarla con expresión seria. — No dejes de luchar. Por ti misma y por mi hermano. Nunca aceptes la culpa que no es tuya, pero también muéstrale a mi hermano, a través de tus actitudes la mujer que eres. Hazlo dudar de si mismo.

—No puedo — ella protestó. — Él no me permite siquiera tocar el tema.

—Continúa amándolo y sé paciente. Por encima de todo, sé fuerte. — Menma sonrió. — Sos muy fuerte. Acepta lo que él te hizo, pero lucha para superar todo eso. Acepta lo que él te da, pero esfuérzate por ofrecerle más.

Hinata sacudió la cabeza.

—Parece un enigma. No sé qué esperas de mí.

—Tampoco yo lo sé. Creo que la verdad es que no hay nada que yo pueda decir, que realmente haga alguna diferencia. — Después un suspiro, concluyó: — Como penitencia, realiza un acto sincero de contrición y reza el Padre Nuestro tres veces todas las noches.

Era una penitencia pesada, y Hinata lo miró con amargura y dolor.

—No es un castigo — él explicó —, sino para que reúnas fuerzas. Para que Dios te ayude.

—Exactamente lo que pensé — la voz de Naruto los interrumpió. — Yo estaba justamente diciéndome a mi mismo: "Que Dios ayude a esos dos".

Hinata vio a Menma respingarse, antes de que los dos girasen para encarar la furia de Naruto. Los ojos azules, ardiendo como brasas, mostraban claramente la disposición de él.

Ella nunca lo había visto tan airado y amenazador. Tal vez en aquella primera noche en el barco. Desde aquella vez, ella se había dejado intimidar, pero ahora, fortalecida por la confesión y por la certeza de la confianza de Menma, Hinata se sintió segura.

—Imagino que no estás esperando una explicación — Menma dijo.

—Muy por el contrario. Estoy ansioso para oírla. Pero conversaré con vos mas tarde. Ahora, déjame a solas con mi esposa.

Menma vaciló, pero Hinata sonrió, tranquilizándolo.

—Muy bien — él habló por fin. — Estaré en la cocina. Naruto, recuerda que fui yo quien buscó a Hinata. Si existe alguna culpa, es mía.

Naruto permaneció en silencio, hasta que su hermano desapareciera. Entonces, se dio vuelta hacia Hinata.

—Podría matarte ahora mismo — murmuró.

—Estoy segura de que estás muy contrariado — ella replicó, encogiéndose de hombros, — No debe ser fácil aceptar que otras personas vayan en contra de tu soberana voluntad.

La expresión de shock dio lugar a la sorpresa.

—¿Me estás reprendiendo? - él preguntó, incrédulo.

De alguna manera, el consejo de Menma había penetrado el alma de Hinata, haciendo que ella encarase de manera diferente al hombre que había amado y temido por tanto tiempo.

—Tu tontería me sorprende, Naruto. Desperdicias tu energía, en esta lucha sin sentido, para hacerme pagar por lo que yo nunca...

—Yo ya te dije —él rugió — que nunca más quiero oír tus mentiras.

—En ese caso, debo informarte de que estás pidiendo lo imposible, pues solo puedo mentir, o defender mi inocencia. No puedo hacer las dos cosas, al mismo tiempo. Está tan habituado a obtener victoria a cualquier precio, que dejaste de darle valor a la verdad. No sos todopoderoso, Naruto. No puedes insistir en hacer valer tu voluntad y esperar que el sol y las estrellas se alineen de acuerdo a tus planes. ¡En vez de decirme como te gustaría matarme, porque no me preguntas simplemente que estábamos haciendo Menma y yo! Puedes sorprenderte con la repuesta.

—¿Ya fabricaste una mentira, tan rápido?

—Sos un hombre triste — ella concluyó, con un suspiro. — Permitiste que el odio te consumiese.

—¡Un odio creado y alimentado por tu familia!

Una vez más, como tantas otras en que Naruto quería intimidarla, él se aproximó, yendo hacia ella, amenazador. Sin embargo, esta vez, Hinata no se encogió. Simplemente, irguió una de las manos y la posó en el rostro de él.

—Yo sé — murmuró.

Fue como si el poder de aquel toque suave lo drenase, pues la ira lo abandonó y, en su lugar, el dolor le modificó las facciones.

—Vos me traicionaste.

—No, Naruto. Nunca te traicioné.

—Y, ahora, quieres sacarme a Menma.

Tal comentario la tomó de sorpresa.

—¿Qué?

Una sonrisa triste y amarga se curvó en los labios de Naruto.

—¿Por qué siempre haces el papel de inocente? ¿No puedes, por una vez, admitir tu perfidia?

—¿Qué quieres decir con "sacarme a Menma"?

—Te encuentro prácticamente en los brazos de él, a solas, y vos tienes la audacia...

—Bien, si hubieses llegado una hora antes, realmente me habrías encontrado en sus brazos. Menma vino como sacerdote.

Naruto emitió un sonido de desprecio e incredulidad.

—Mi hermano nunca fue un gran sacerdote.

—Él oyó mi confesión y se está preparando para rezar la misa. Es la verdad, lo creas o no.

—Nunca imaginé que fueses tan devota — él insistió en tono burlón.

Hinata estrechó los ojos.

—Hay muchas cosas sobre mí que vos no sabes.

Naruto la miró en silencio durante un largo momento, antes de decir:

—Cuéntame por qué estabas en brazos de él.

—Yo estaba llorando y él me ofreció alivio.

—¡El idiota!

Hinata sacudió la cabeza. Era una pérdida de tiempo intentar aceptarlo.

—Voy a llevar a las criaturas a misa. Podremos retomar esta conversación mas tarde.

—Todavía no acabé — él advirtió.

Hinata lo miró por encima del hombro.

—Acabaste, si. Acabaste conmigo hace mucho tiempo.


Hinata le lanzó una mirada de advertencia a Obito, para que él se quedase quieto. A su lado, Rin se recostaba en su brazo, ignorando sus intentos de forzarla a sentarse correctamente. Hinata irguió los ojos al cielo, en oración, pidiendo paciencia. Se dijo a si misma que, con tiempo, conseguiría enseñarles el comportamiento adecuado en una misa.

Izumi, sin embargo, presentaba una postura impecable, sentada erecta, los ojos fijos en el altar improvisado. Atenta al comportamiento de Hinata, había aprendido buenas modales aún sin haber sido enseñada y, ahora, no parecía una muchacha de origen humilde. Obito, por su lado, no era tan diferente de los hijos mimados de las familias nobles y, poco a poco, asimilaba las correcciones de Hinata y ya no hablaba da manera grosera que había aprendido con su padre.

Y Rin era demasiado joven. De temperamento dócil, la niña simplemente se dejaba llevar. Nunca caminaba, pues sólo sabía saltar o correr, aún cuando recorría pequeñas distancias. Su exuberancia era contagiosa, tan fascinante y preciosa como la bondad de Izumi, o el orgullo de Obito. Los tres, cada uno a su manera, habían conquistado un lugar en el corazón de Hinata. Para siempre.

Cuando Menma entró, Hinata indicó a las criaturas que todos debían levantarse. Entonces, el joven sacerdote comenzó a decir las palabras iníciales, en latín y, en aquel momento, Naruto entró en silencio y se puso al lado de Rin. Cuando sus ojos encontraron a los de Hinata, por primera vez en mucho tiempo, no había ninguna señal de burla o desafío. Inclinando la cabeza, él le susurró a Hinata:

—Nunca asistí a una misa dada por mi hermano.

Poco después, para el horror de Hinata, Rin prácticamente se echó sobre el muslo de Naruto.

—¡Levántate! — Hinata susurró, pero Naruto posó la mano en la cabezada de la niña, acariciándole los cabellos.

Ella quedó sorprendida, pues el gesto era muy afectuoso.

—Yo también me quedaba dormido, a la edad de ella — él explicó.

Apenas creyendo en lo que pasaba a su lado, Hinata concentró su atención en la misa, tomada por un sentimiento muy agradable.

Menma les dio la espalda, dirigiéndose al crucifijo colocado detrás del altar. Como un bálsamo, las frases familiares confortaban a Hinata, mientras ella recitaba las oraciones. Su voz mezclaba con la de Naruto. En el momento de la comunión, ella probó del pan y del vino, antes de extenderlos a su marido. Se sintió como si hubiese vuelo a su casa, después de un largo viaje, por tierras extranjeras.

En Byakugan, las misas eran diarias y esa había sido una de las cosas que Hinata extrañaba.

Además de Hanabi. ¡Ah, cuanta nostalgia sentía de su presencia a su lado!

Cuando la misa terminó, Menma se aproximó.

—Gracias – Hinata dijo.

—Gracias, padre. —los tres dijeron al unísono, aunque Rin no intentaba ocultar un bostezo.

Menma sonrió a la pequeña y le acarició los cabellos.

—Puedo volver dentro de una semana, más o menos. Así, tendríamos un ritual regular.

—No será necesario, Menma. — Naruto informó. El joven frunció el ceño.

—Esto no tiene nada que ver con vos, Naruto. Estoy apenas cumpliendo mi obligación para con Hinata y las criaturas.

—Yo no quise decir que voy a prohibirte que vengas. Pasa que Hinata no estará aquí. Vos podrás realizar la misa a las criaturas, si quieres.

Hinata lo miró sobresaltada.

—¿Qué? — inquirió, con una mezcla de esperanza y aprensión.

—Irás conmigo a Konoha — Naruto explicó.

—¿Cuando?

—Hoy. Ahora.

Hinata sacudió la cabeza, confusa.

—No entiendo... ¿Por qué?

—Será solo temporario. Gaara vendrá en una visita y desea conocerte. Por razones obvias, no puedo traerlo aquí.

Al mismo tiempo en que la satisfacción la invadía, Hinata sintió un nudo en el pecho.

—Pero las criaturas.

—Ellas se quedarán aquí. Koharu cuidará de los tres.

En ese mismo instante, Izumi, Obito y Rin emitieron gritos de protesta y se aferraron a la falda de Hinata. Ella respiró profundo.

—No me parece que eso sea posible — declaró. —Koharu no tiene el menor afecto por las criaturas, y las amedrenta. No puedo dejarlos al cuidado de ella.

—Koharu no puede ser peor que el padre de ellos; y los tres sobrevivieron — Naruto argumentó impaciente.

—Es exactamente por eso que no voy a dejarlos. Ya enfrentaron demasiado sufrimiento.

—No tienes elección. Como ellos no pueden ir con vos,tendrán de que permanecer aquí.

Rin comenzó a llorar bajito.

—No— Hinata retrucó con firmeza, manteniendo la mirada amenazadora de Naruto. — Ellos pueden acompañarnos. No van a incomodar a nadie.

—Yo ya dije que no.

—Naruto, por favor — ella insistió.

—No voy llevar un grupo de pillos maleducados a Konoha. ¿Crees que ellos estarán contentos con dormir con los criados, después de todos los mimos que les das? Imposible, Hinata. Trata de resignarte, pues ellos no viajarán. Y ni todas las lágrimas, o todos los argumentos van a hacerme cambiar de idea.


Por centésima vez, en aquel día, Naruto se maldijo. La caravana seguía lentamente el camino hacia Konoha. La senda estaba repleta de agujeros y raíces, que impedían el progreso del viaje, dejando a Naruto impaciente. Además de eso, tales condiciones hacían que el carro que llevaba a Hinata y a las criaturas se sacudiese todo el tiempo.

A pesar de todo, nadie se quejaba. Y que no se atreviesen a hacerlo, Naruto pensó, irritado. Jamás sería capaz de explicar cómo Hinata lo había convencido de llevar a las criaturas, y de mentir, diciendo que eran primos de ella.

—Precisamos parar - Menma anunció. Naruto respiró profundo.

—No vamos parar — vociferó.

—La niña precisa...

—¿De nuevo? ¡Ya paramos tres veces a causa de ella!

—Ella está nerviosa — Menma explicó. — Ese tipo de situación afecta a las criaturas pequeñas.

—¿Ella bebió un barril de agua antes de partir?

—Será sólo un minuto.

Murmurando algo sobre criaturas campesinas que dictaban reglas a la clase dominante, Naruto desmontó y se aproximó al carro

—¡Apresúrate! —ordenó.

Izumi y Rin saltaron del carro y corrieron hasta el bosque. Hinata, aparentando calma y serenidad, ofreció una sonrisa vacilante a Naruto.

¡Ah, como era de linda! El sol en sus cabellos provocaba mechones azulados. Los labios carnosos y sensuales le provocaban deseo de besarlos. Sin que Naruto percibiese, la rabia lo abandonó.

—¿Cuánto tiempo falta? — ella preguntó.

—Una hora, o poco más. Depende de cuantas veces tengamos que parar.

La sonrisa de Hinata se tornó más grande, achicando sus ojos.

—Gracias por ser tan paciente.

La vaga noción de que estaba siendo manipulado se le ocurrió, pero él decidió no examinar la cuestión. Lo que lo incomodaba era la diferencia en la actitud de ella. Hinata se mostraba más segura. ¿Por qué?

—¿Dónde están ellas? — él inquirió, poco después.

— ¿Quieres que vaya a buscarlas?

—No, pues luego tendré que salir a buscarlas a las tres. — Girando hacia uno de sus hombres, Naruto ordenó.

—Konohamaru, ve dónde están las niñas.

—¡Naruto, no! — Hinata protestó. — ¡Quedarán aterrorizadas si un hombre fuera a buscarlas! Yo misma iré. Cuando ya iba a saltar del carro, Naruto la tomó. Permanecieron por un largo momento, como hipnotizados por la oleada de calor que barrió el cuerpo de ambos.

—Allá vienen ellas —. Él murmuró finalmente.

Retomaron el viaje, sin más paradas, pero la mano de Naruto ardió, todavía sintiendo la piel de Hinata bajo los dedos, hasta llegar al destino.

La carabina que atravesó los portones de Konoha, antes de la puesta del sol, no se asemejaba en nada una comitiva digna del señor y de la señora del castillo. Naruto notó las miradas curiosas que atraían, cuando pararon en el patio.

Desmontando, él dejó a Hinata en compañía de una criada que recibió instrucciones de llevar a su señora al cuarto. Entonces, desapareció.

Hinata insistió en acompañar a las criaturas hasta sus aposentos Solamente después de certificarse de que los tres estaban bien instalados, ella aceptó conocer su propio cuarto.

Una vez sola, se puso a examinar el aposento. El cuarto de Naruto era, definitivamente, masculino. A pesar de ser confortable, apenas poseía los muebles necesarios; o sea la cama enorme, un armario y dos sillas, dispuestas ante la chimenea. Andando de un lado a otro, ella tocaba los objetos, curiosa sobre las costumbres de su marido.

Al abrir el baúl al pie de la cama, encontró una túnica de lana. Era evidente que había sido lavada, antes de ser guardada, pero el tejido todavía llevaba el olor familiar de Naruto. Hinata enterró el rostro en la lana, cerró los ojos y aspiró el perfume.

—Nunca pensé que fueses una ladrona —Naruto dijo. – Además, no creo que te vaya a servir.

Hinata abrió los ojos. Él estaba en la puerta, apoyado en el marco en una postura casual. Su rostro exhibía gran divertimento. Ella se ruborizó hasta la raíz de los cabellos. ¡Cuánta humillación, ser sorprendida oliendo las ropas de él!

Dobló la túnica, la devolvió al baúl y cerró la tapa. Sabía que Naruto sonreía, aunque no se atreviese a mirarlo.

Para su sorpresa él no hizo ninguna burla.

—¿Dónde están tus cosas? — preguntó, sentándose en el borde de la cama y sacándose las botas. —Hinata — apuntó al banco donde había dejado sus dos vestidos, una combinación, el peine y el jabón: —Guárdalos en el armario. Detesto el desorden.

Ella prefirió no comentar que varios objetos de él se encontraban fuera de lugar.

—Yo no quise perturbar tus pertenencias — dijo.

—Son apenas pertenencias. ¿Cómo podrías perturbarlas?

—Yo quise decir que no quería perturbarte a vos.

—Ya estoy perturbado.

¡Él se estaba esforzando por ser desagradable!

—Muy bien — Hinata murmuró con aire inocente.

Se dio vuelta para abrir el baúl y apartó las ropas de él, impecablemente dobladas y acomodadas, hasta conseguir algún espacio. Entonces, puso sus cosas dentro y se sentó sobre la tapa, hasta conseguir cerrarlo.

Naruto la miraba, intentando mantener la seriedad, pero el brillo divertido en su mirada lo traicionaba.

—¡Como te gusta provocarme! — comentó.

— ¿Por qué mandaste que me instalasen en este cuarto, con vos?

Naruto se quitó la túnica y la camisa.

—Prefiero tenerte cerca, donde pueda vigilarte.

La visión del pecho desnudo dejó a Hinata con la boca seca.

—Vas arreglar mis ropas y cosas así. Es divertido.

Naruto dio un paso en dirección a ella, con aire amenazador, sino fuese por el brillo en sus ojos claros.

—¡Como te diviertes fácilmente! — Hinata replicó, adelantándose un paso, para mostrar que no se sentía intimidada.

—No tanto. Eso sólo pasa cuando vos te comportas como una criatura.

Naruto dio un paso más al frente.

—No soy una criatura. Soy una mujer.

¿Qué juego era aquel, después de todo? Hinata se aproximó un poco más.

Él irguió as cejas.

—Sé eso mejor que nadie. Yo lo garantizo.

Hinata sintió la excitación hervir dentro de ella. Naruto se encontraba a pocos centímetros de distancia y, con un paso casi pegó su cuerpo al de ella. Ella esperó, apenas atreviéndose a respirar. El aire alrededor de los dos se tornó denso, como si una tempestad estuviese lista a acertarlos. Hinata bajó los ojos hacia el pecho ancho frente suyo, ardiendo de ganas de tocarlo. Se preguntó qué haría Naruto si ella lo abrazase y lo besase.

El brillo se apagó en los ojos de él, al mismo tiempo en que él se apartaba. La decepción casi invadió a Hinata. Mordiéndose el labio, ella se dirigió para a cama. El juego, fuese cual fuese, había terminado. Aunque supiese que debería sentirse aliviada, ella no fue capaz de evitar sentir la sensación de derrota que la invadió, una vez más. Con la cabeza baja se desvistió y se acostó.

Naruto estaba furioso consigo mismo, pero no sabía por qué.

Decidió que la noche no estaba tan fría como para encender la chimenea y, así, cuando apagó las velas, el cuarto se sumergió en la más absoluta oscuridad.

Después de librarse de las ropas, se acostó, fijando los ojos en el techo negro, intentando pensar en cualquier cosa que no fuese la mujer echada a su lado.

—Naruto—Hinata susurró.

—¿Qué?

—¿Voy a vivir aquí, o me llevarás de vuelta a Myōboku, cuando Gaara parta?

—Esta situación es solo temporaria, Hinata.

Ella no discutió, ni protestó, aunque Naruto hubiese preferido lo contrario. El silencio que le siguió fue vacío y él fue tomado por el remordimiento.

Fue entonces que comprendió lo que lo incomodaba. Las criaturas. La presencia de ellas, o más bien el comportamiento de Hinata para con ellas. ¿Por qué una mujer como ella, mentirosa y traicionera, se dedicaría con tanto cariño a un grupo de pillos campesinos?

Hinata no había dado el menor valor a la vida de Naruto, pero ahora, cuidaba de aquellos tres con la ferocidad de una leona y, al mismo tiempo, la gentileza de la Virgen María.

Todo había cambiado, para Hinata y para él. El odio que lo protegiera hasta entonces se disipaba rápidamente. Se preguntó si una verdadera traidora actuaría de aquella manera. ¿Arriesgaría despertar la ira de él, lo que ella jamás osaría hacer por sí misma, a favor de los niños?

Si la tomase en los brazos y la amase, como tanto deseaba hacer, aquella coraza de odio acabaría de desmoronarse y, junto con ella, su alma.

Se sorprendió con el tono poético de sus propios pensamientos.

¨Bien por mí", pensó, "un guerrero, un hombre de acción y de propósitos firmes, haciendo el papel de filosofo, examinando cuidadosamente el significado de pequeños detalles de la vida."

Aquella mujer era un gran problema. Aún cuando no estaba causando problema alguno.

Fue a la mañana siguiente, cuando todos los habitantes del castillo se reunieron para el desayuno, que Hinata notó a la mujer.

La primera cosa que le llamó a atención fueran sus cabellos platinados y sedosos, además de la boca generosa. Ella usaba un vestido de lana fina, que se le adhería de manera provocativa al cuerpo voluptuoso. Hinata la observó, al principio apenas envidiosa de la naturalidad con que la otra atravesaba el salón, saludando y sonriendo a aquellas personas, que se limitaban a mirar a Hinata con antipatía.

Sentado a su lado, Naruto se concentraba en la conversación con sus camaradas y, por eso, no percibió la aproximación de la mujer. Así, sola mente Hinata fue testigo de la sonrisa lánguida qué dibujaron los labios de la otra, cuando sus ojos se posaron en Naruto.

—Mil Lord, no sabía que ya estabas de vuelta — ella comentó con voz melodiosa.

Naruto levantó los ojos y sonrió.

— Ryūzetsu. Realmente, no nos vimos anoche.

Ryūzetsu se dio vuelta hacia Hinata. —Y esta vez, trajiste a tu esposa. Es un placer conocerte finalmente.

—El placer es mío, Ryūzetsu - Hinata replicó, cordial.

No le gustó aquella mujer. Sus instintos le advertían que, a pesar da actitud simpática, Ryūzetsu no era una amiga. Ryūzetsu se dio vuelta para fijar su mirada de adoración en Naruto.

—Oí decir que también trajiste unos niños.

—Sí, los primos de mi esposa.

Hinata se dio cuenta que su marido no percibía que el tono de Ryūzetsu indicaba que la conversación entre ellos era muy íntima.

—Yo tenía la esperanza de poder cabalgar, hoy, y oí decir que vas a salir. ¿Puedo acompañarte, o vas a tratar negocios y no quieres la compañía de una mujer?

—En verdad, estoy planeando visitar a Albérmarle, Si quieres me puedes acompañar, será un placer.

La otra exhibió una sonrisa radiante.

—¡Será perfecto! Adoro provocar al viejo cascarrabias. —Entonces, se dio vuelta hacia Hinata. — Es una pena que no podamos conversar hoy. Espero que mañana, vayas al solar..

¡Como si ella fuese la señora del castillo, invitándome a unirme a ella!

Encogiéndose de hombros, Hinata respondió que tal vez fuese. Ryūzetsu le sonrió a Naruto una vez más.

—Te encontraré en el establo — declaró, antes de apartarse.

Poco después, Naruto pidió permiso y salió, dejado a Hinata especulando sobre Ryūzetsu y el paseo de los dos.