13

SAKURA

Aquella noche volvió tarde otra vez, tras acabar el trabajo en la primera planta con Karin y el resto de su gente. Esta vez no me molesté en hacer ver que estaba dormida. Entró y se desanudó la corbata, mirándome a los ojos. Se quitó cada artículo de ropa con gestos seductores, dejándolos caer al suelo. Primero fueron la corbata y la camisa. Se desabrochó el cinturón y lo dobló entre las manos, probando la dureza del cuero. Luego se quitó los pantalones.

Ojeé su cuerpo casi desnudo y me sentí asqueada por la excitación casi inmediata que me invadió. Para ser un criminal, tenía una piel suave y casi inmaculada. Los músculos se movían y contraían cada vez que cambiaba de posición, haciendo obvio el poder de su constitución era obvio. No era corpulento como Kabuto, pero su aspecto esbelto daba a entender que era fuerte, y rápido.

Se quitó los zapatos con los pies, luego los calcetines y, a continuación, pasó los dedos bajo la cinturilla de los bóxers.

Sabía que no debía mirar; no estaba segura de por qué había empezado a hacerlo.

Sus ojos negros mostraban un deseo y confianza en sí mismo enérgicos, rozando casi la arrogancia. Se bajó los bóxers hasta descubrir su duro miembro, con el glande hinchado y de un color más oscuro que el resto de su extensión. Veintidós centímetros de hombre emergían de sus testículos de vello recortado. Apartó los bóxers de una patada y se acercó, sabiendo que contaba con toda mi atención.

Se metió en la cama, a mi lado, y colocó un brazo bajo la cabeza. Las sábanas se amontonaron a la altura de su cintura, insinuando la forma de su erección.

Parecía salido del sueño de toda mujer sin intentarlo siquiera: masculino, poderoso y sexy. Estaba durmiendo en el interior de un castillo que había heredado gracias a su sangre noble. Era un rey de verdad.

Giró la cabeza y me miró; su barba de tres días era más tupida de lo que había sido aquella mañana.

―¿Te gusta lo que ves, monada?

No me molesté en seguir mintiendo; era obvio lo atraída que me sentía hacia él. Pero por muy fuertes que fueran mis necesidades, no iba a recorrer aquel camino. Sentía demasiado respeto por mí misma, y mi deseo de libertad jamás había flaqueado. Quizás no pudiese evitar que me sedujese, pero sí podía asegurarme de que no fuera yo la que moviese ficha primero.

―Estoy cansada... ―Bostecé y me di la vuelta, intentando olvidar las palpitaciones que sentía entre las piernas.

Sasuke apagó la lámpara de la mesita de noche y rió entre dientes.

―Lo que tú digas, monada. Pero muy pronto me darás exactamente lo que quiero.

Se me aceleró el corazón al oír aquello.

–¿A qué te refieres?

―Lo sabrás por la mañana. ―Se quedó callado, negándose a dar más información.

No me tomé sus amenazas a la ligera. Tenía poder, dinero y autoridad; podía hacer que ocurrieran muchas cosas. Cualquier cosa. No sabía qué iba a pasar por la mañana, pero tenía que asegurarme de no estar allí para averiguarlo.

.

.

.

Me concentré en su respiración, estudiándola para determinar en qué fase de su ciclo REM se encontraba. No podía actuar hasta que estuviese fuera de combate. Me encontraba en medio de ninguna parte, y necesitaba tanta ventaja como me fuese posible.

Cuando su respiración se hizo profunda y acompasada, salí de la cama y me puse las zapatillas de correr que Kabuto había guardado en mi maleta. Iba vestida con leggings negros y una camiseta; ropa poco adecuada para una escapada rápida, pero tendría que bastar.

Fui de puntillas hacia la puerta del otro lado de la habitación y la abrí lentamente, agradeciendo que no crujiera a pesar de su edad. Salí al pasillo y miré a ambos lados, asegurándome de que nadie estuviese de guardia. La alfombra de color rojo oscuro se extendía por el pasillo, bajo las lámparas de araña de cristal que colgaban del techo.

Caminé en silencio por el pasillo y permanecí pegada a la pared, aguzando el oído en busca de cualquier ruido. Llegué al final y miré el piso de abajo por la escalinata, sin ver a nadie. Bajé a la planta baja y me fijé de inmediato en las dos enormes puertas que marcaban la entrada.

Kabuto estaba delante, vestido de negro. Estaba mirando el teléfono como si estuviese jugando a algo para pasar el tiempo.

Maldición. No podía salir por ahí.

Volví al piso de arriba y escogí el pasillo del lado opuesto de la habitación, que llevaba a un corredor lleno de dormitorios. Pasé junto a uno en el que había una mujer gimiendo a viva voz mientras la cama crujía, y no pude evitar pensar en Sasuke y en lo que habríamos estado haciendo ahora mismo si no me hubiese ido.

Me lo quité de la cabeza.

Tenía que salir de allí.

Recorrí diferentes pasillos, y al final acabé perdiéndome en el enorme edificio. La cantidad de electricidad necesaria para mantener las luces encendidas debía ser exorbitante. Fui al otro extremo del castillo y miré por la gran ventana que mostraba una completa vista de la edificación desde arriba. Por lo que podía calcular, me encontraba en el lado opuesto de la propiedad, sobre un patio con un jardín de rosales.

Las únicas escalinatas existentes llevaban otra vez a la entrada, y tenía que asumir que estaban todas bloqueadas. Contaba con varios años de experiencia en escalada, así que podría descender hasta el suelo, pero me encontraba en el tercer piso, y eso lo convertía en peligroso.

Pero valía la pena el riesgo.

Ninguna de las ventanas cedió, así que entré en un dormitorio que había en la esquina, con cuidado de no hacer ruido alguno y sintiéndome aliviada al ver que no había nadie. Y para suerte mía, tenía balcón. Cerré la puerta y eché el pestillo.

El balcón estaba en la parte superior del tercer tejado. El único modo de bajar era aferrarse a los huecos que había entre las piedras. Era peligroso, y toda una estupidez. El suelo era de hierba en lugar de hormigón, pero seguía estando tan lejos como para poder romperme algo con facilidad.

En un rincón de mi mente, oí el aviso de Sasuke: si intentaba escapar y fracasaba, habría consecuencias. Sabía que la amenaza había sido sincera, y que pagaría seriamente por mis acciones. Todavía estaba a tiempo de echarme atrás y volver al dormitorio. O podía continuar y esperar lo mejor.

Tenía que salir de allí ya.

Colgué las piernas por el borde y empecé a descender lentamente, enterrando las uñas en las muescas entre las piedras para sostener mi peso. En cuestión de un minuto, la piel me empezó a arder con el contacto. El esfuerzo me hizo sudar. Apreté los dientes mientras bajaba, negándome a mirar el suelo y arriesgarme a caer.

Estaba a medio camino del suelo cuando oí los gritos.

―¡Encontradla! ―La terrorífica voz de Sasuke levantó ecos por el patio, llegándome a los oídos a pesar de que se encontraba al otro lado de la propiedad.

Mierda.

Eché un vistazo abajo y supe que todavía me quedaba bastante camino, pero no tenía tiempo. Tenía que saltar y rezar para que todo saliera bien. Tras coger aire, me solté.

Aterricé en la hierba y rodé, saliendo de la caída sin ningún hueso roto. Me dolían las articulaciones por la fuerza del impacto, pero aquello no era nada comparado con lo que podía haber sido.

Las luces de las linternas emergieron del castillo, tanto de las ventanas como de los balcones, seguidas de voces irritadas.

Tenía que escapar.

Corrí a toda velocidad por el patio y me dirigí a los árboles, con el corazón latiéndome tan fuerte que parecía que me fuera a explotar. Mis pies golpearon la tierra, haciendo ruido, pero seguí adelante; necesitaba llegar a los árboles. En cuanto estuviese entre los árboles y los prados, podría esconderme hasta que se rindieran. Puede que tuvieran paciencia, pero yo estaba decidida.

―¡Ahí está la zorra! –Kabuto me iluminó el hombro, atrapándome en mitad del sprint.

Joder. Joder. Joder.

Usé toda la energía de mi cuerpo para correr lo más rápido que pude; estar encerrada en la isla Fair había reducido mi resistencia. Antes de irme de Nueva York había estado en muy buena forma física al estar todo el día de pie en el hospital, pero mi nivel de fitness había recibido un buen golpe.

Aquello no me detuvo.

―¡Por aquí! ―La voz de Kabuto me aterró por lo alta que la oí. Estaba cerca, a sólo unos metros de distancia.

No iba a conseguirlo.

Pero no podía rendirme aún. Jamás me rendiría.

Atravesé la línea de árboles y seguí corriendo, llegando al fin a las tierras altas. Eran oscuras; la luna no daba luz suficiente para alumbrarme. Y, de todas formas, aunque tuviese una linterna no podría usarla.

Sabía que no podía ganar a Kabuto. Su forma física era excelente.

Tenía que esconderme.

Corrí junto a un árbol alto y hundí los pies en la tierra para detenerme. Sin pensarlo dos veces, salté hacia el tronco y me agarré a una gruesa rama. Me impulsé hacia arriba, ignorando las astillas que se me clavaron en las manos, y seguí adelante. Trepé todo lo que pude antes de que las ramas se hicieran demasiado delgadas como para sostener mi peso.

Me quedé allí sentada, intentando no respirar muy alto. Aquellos hombres no eran normales; trabajaban para Sasuke, así que tenían que ser muy buenos. No debería ser difícil encontrarme.

Pero podía tener suerte.

La voz de Kabuto sonó demasiado cerca para mi gusto.

―Está escondida. Seguramente en uno de los árboles.

Maldita sea.

Las luces lo iluminaron todo cuando una docena de hombres caminaron alrededor de mi localización, usando las linternas en árboles y arbustos. Las pesadas botas de Kabuto crujieron al pisar la hierba mientras se acercaba a mi escondite.

La sangre me latió en los oídos mientras me aferraba a la rama a la que estaba subida. No iba a escapar, y tendría que sufrir el cruel castigo de Sasuke. Mi imaginación se volvió loca, aterrándome.

Kabuto se acercó al pie del árbol, justo en mi línea de visión. Vi su ancha silueta apuntando el suelo con la linterna. Entonces se dio la vuelta y la apuntó directamente hacia mí.

Oí su sonrisa en su tono de voz.

―Te pillé.

Me abandonó toda esperanza. Me sentí derrotada, incluso estúpida.

Kabuto se llevó los dedos a los labios y silbó ruidosamente.

—Está aquí, chicos.

No tenía a dónde escapar.

Su acento escocés comunicó su condescendencia.

―Subiré ahí arriba y te arrastraré al suelo si tengo que hacerlo, pero ambos sabemos que será más sencillo que lo hagas tú. No hay sitio al que huir ni en el que esconderse, y el jefe llegará en cualquier momento.

Las lágrimas me subieron a los ojos, pero no cayeron. Lo único que quería era libertad, volver a ser respetada como ser humano. Echaba de menos ir a la cafetería de la esquina, estar bajo el sol sin miedo a que alguien me quitara mis derechos.

―¿Qué decides? ―preguntó enfadado.

No existía otro plan de escape. En lugar de alargarlo, bajé. Me moví lentamente de rama en rama hasta llegar al suelo. Me solté de la última y pisé la hierba.

Kabuto me cogió del cuello inmediatamente y me tiró al suelo.

―Quédate ahí.

Obedecí sin contestar. Los hombres me rodeaban con sus linternas, siluetas enmarcadas bajo sus luces. A veces veía fragmentos de caras por alguna luz vecina. Cuando se separaron, supe que estaban dejando sitio para su líder.

Su rey.

Se me acercó lentamente y se quedó sobre mí; una oscura y ominosa silueta. Su ira era palpable, aterradora. Irradiaba una autoridad fiera, convirtiéndose en el dictador que era realmente.

Se arrodilló frente a mí, con el rostro visible por el círculo de luces. Sus ojos negros eran crueles, ya no contenían ni pizca de encanto. No dijo ni una palabra; no necesitó hacerlo. Su mirada ya era suficiente intimidante.

―Qué... Te... Dije. ―La voz le salió en un susurro lleno de amenaza. Su mano salió disparada para agarrarme el cuello, apretándome más fuerte que nunca. Me constriñó la garganta hasta que no pude respirar.

Lo triste era que no lo culpaba por hacerme daño. Me había avisado, y yo me había arriesgado igualmente a pesar de no tener un plan sólido. Debería haber explorado más la zona, debería haber memorizado la disposición del castillo. Pero con el día siguiente pendiendo sobre mi cabeza, había cundido el pánico.

Me apretó más fuerte, cortándome el aire del todo.

―Levanta... El culo. ―Se puso de pie y me arrastró con él, forzándome a ponerme en pie sin el cuidado con el que solía manejarme. Me empujó a un lado―. Camina.

Caminé hacia adelante, sintiéndolo a mi espalda. Fui abriendo camino, sabiendo que una docena de hombres me seguían, todos con linternas apuntándome a la espalda. Me sentía como ganado a punto de ser sacrificado. Moví los pies lentamente, perdiendo el mayor tiempo posible.

Sentí los ojos de Sasuke taladrándome la espalda.

Era como un criminal caminando a su tumba. Sentí que aquello era el fin.

Regresamos al vestíbulo del castillo. No sabía dónde quería que fuese, así que me quedé allí, todavía erguida, pero sin orgullo.

―A partir de aquí me encargo yo. ―Sasuke volvió a cogerme del cuello y me guió al piso de arriba, paseándome como si fuera un perro y su brazo la correa. A pesar de estar cooperando, su agarre casi me estrangulaba.

Llegamos a los aposentos reales y me empujó dentro.

―Desvístete.

Oh, Dios.

Cerró la puerta de un golpe y se colocó detrás de mí; su respiración pesada caía sobre mi cuello.

―No me obligues a repetirlo.

Sabía que no sería capaz de escapar de aquella situación. Mantuve la mirada al frente mientras me quitaba la camiseta y la tiraba a un lado.

Sasuke se apoyó contra el pie de la cama y cruzó los brazos sobre el pecho. Me miró fijamente, con frialdad; sus ojos negros no poseían ni una pizca de compasión.

Me desabroché el sujetador y lo dejé caer, intentando no sentirme tan derrotada. Aquel hombre ya me había visto desnuda, me había follado en su cama y me había provocado un orgasmo. No debería sentirme tan débil o avergonzada. Me sentía mucho más cómoda que la primera vez que me había ordenado desvestirme.

Me observó con ojos enfadados, sin mostrar excitación.

Me quité los zapatos con los pies y me bajé los leggings, y con ellos la ropa interior. Después me presenté desnuda delante de él, insegura ante lo que pasaría a continuación. Esperaba que me tomara por detrás sobre la cama. El sexo era bueno, así que no sonaba tan mal, pero eso no hubiese sido mucho castigo.

Los pantalones de vestir que se había quitado antes le cubrían de nuevo las piernas, igual que la camisa le cubría el pecho. Incluso en mitad de la noche, se negaba a dejar que sus hombres lo viesen en un estado menos que perfecto. Se sacó el cinturón de las hebillas del pantalón y lo dobló en dos, juntando principio con el final. Agitó el cuero en el aire, provocando un fuerte chasquido.

―Voy a castigarte por lo que has hecho. Voy a darte diez azotes y a ponerte el trasero rojo por tus desagravios. Sube a la cama, con el culo en el aire.

¿Iba a azotarme como a una cría?

―¿Eso es todo?

Volvió a chasquear el cinturón.

―No te preocupes, monada; dolerá. Y disfrutaré haciéndote daño.

No recordaba si me habían azotado alguna vez.

―El culo en el aire ―ordenó con autoridad―. Ahora.

Lo rodeé y me subí a cuatro patas en la cama. Los pies me colgaban del borde del colchón, y apoyé las mejillas contra las sábanas. Tenía el trasero apuntando al techo, en la posición perfecta para que me azotase.

Sasuke se puso a mi espalda y pasó el cuero con cuidado por mi piel, dejando que sintiera su suavidad. Después me pasó la mano por la nalga, apretándola con fuerza.

―Esta noche me has cabreado mucho, monada. He sido más indulgente de lo necesario, pero eso se acabó.

Agarré las sábanas a ambos lados de mi cuerpo, deseando que aquello terminase lo más rápido posible.

Sasuke se movió, y sus rodillas dieron con el suelo de piedra. Su aliento cálido me golpeó la entrada y me pregunté qué iba a pasar. Justo cuando me volví para mirar, sentí su cálida boca en mi zona más vulnerable.

Ah, guau...

Su lengua me lamió el clítoris antes de empezar a chuparlo.

Ningún hombre me había hecho eso nunca, y a pesar de lo aterrada que estaba, seguía siendo una sensación increíble.

Me aferró los muslos al meter la lengua dentro de mí, probándome y explorándome. Volvió a jugar con mi clítoris, llevándome al borde de un poderoso orgasmo. Podía sentir cómo se acercaba por el horizonte. Me besó más fuerte, con la misma agresividad con la que me besaba la boca.

Estaba casi a punto, gimiendo con sus caricias. Mis manos bajaron por la cama hasta sujetarme las muñecas.

Y entonces se apartó.

No.

Volvió a levantarse y cogió el cinturón.

―Tu coño es igual de mono que tú. ―Descansó el cinturón contra mi trasero antes de apartarlo otra vez―. Vamos a contar hasta diez. Cuando diga el número, lo repetirás. Si no lo haces, recibirás otro azote. ¿Me has entendido?

―Sí.

―Sí, señor.

No podía llamarlo así. Aquello era lo máximo que me sacaría.

Cuando no le di lo que quiso, continuó hablando.

―Pues eso son cinco más. ―Se posicionó a mi espalda antes de lanzar todo su peso en el latigazo del cinturón. Me golpeó tan fuerte que grité, oyendo el azote en los oídos. Empezó a respirar de manera agitada, como si estuviese esforzándose más de la cuenta. Pero sólo se trataba de su excitación saliendo a la superficie. Su deseo emergió, ruidoso e inconfundible―. Uno.

¿Sólo había sido uno?

No quería añadir otros cinco azotes a la lista, así que conté con él.

―Uno...

Me azotó cinco veces más, de forma consecutiva. Golpeó la misma zona una y otra vez, haciéndome gritar de dolor. Era una sensación ardiente que nunca había experimentado. No me lo puso fácil; me dio lo más fuerte que pudo. Las lágrimas me escocieron los ojos cuando la piel empezó a irritarse.

Cuando llegamos a diez, paró.

―¿Ves lo que pasa cuando me jodes?

Lloré en silencio sobre las sábanas.

Sasuke rodeó la cama y me cogió del pelo. Me miró la cara húmeda por las lágrimas, sin mostrar compasión.

―Te avisé, monada. Te dije que no lo hicieses, pero lo has hecho de todas formas. Nunca aprenderás, a menos que te castigue.

Controlé las lágrimas y lo miré a los ojos, intentando encontrar fuerzas en alguna parte.

―Sabes que te lo mereces –susurró―. ¿Vas a volver a escapar?

―No... ―Jamás sería capaz de escapar, no cuando una docena de hombres lo acompañaban a dondequiera que fuese.

―Promételo.

―Lo prometo... ―Sólo quería que parase. No era sólo el dolor lo que me molestaba, también la humillación de recibir azotes como si fuera una niña; era tener que estar ahí tumbada y aceptarlo. Y lo peor era que, muy dentro de mí, sabía que me estaba gustando. Me gustaba que me hubiese tirado sobre la cama y me azotase con dominación. Me gustaba su modo de controlarme a mí y al resto del mundo que me rodeaba. Y quería que siguiese haciendo lo que había estado haciendo antes con la boca en mi sensible carne.

Su mano se suavizó y me acarició el pelo, más gentil.

―Quiero parar, monada, pero no puedo. Tengo que acabar.

–He dicho que no volvería a hacerlo...

―Lo sé. ―Me besó junto al párpado, como si lo sintiese de verdad―. Pero soy un hombre de palabra. No puedo retractarme de mi castigo.

―No me entregaste a Bones...

―Eso fue porque tenía un mejor uso para ti. No tenía nada que ver contigo.

Aquel hombre era más peligroso de lo que yo creía. Lo único que no haría sería tomarme a la fuerza, pero todo lo demás estaba sobre la mesa.

―Entonces acaba ya.

Me besó otra vez; sus labios se movieron hacia la comisura de los míos.

―No tienes ni idea de lo mucho que te deseo ahora mismo. No tienes ni idea de lo hermosa que estás, con el culo en el aire y lágrimas en las mejillas. No he estado tan excitado en toda mi vida. –De alguna forma, consiguió que aquella siniestra confesión sonara dulce.

Abandonó mi lado y volvió a ponerse detrás de mí. Dobló el cinturón antes de darme con él, golpeándome igual de fuerte que antes.

―Once.

Hice una mueca de dolor.

―Once.

Volvió a golpearme.

―Doce. ―Su respiración volvió a agitarse, su deseo de follarme llenó el espacio entre nosotros.

―Doce...

―Más alto, monada.

Profundicé la voz.

―Doce.

Me golpeó a lo largo de ambas nalgas, acertando en el ángulo perfecto para maximizar el dolor.

―Trece.

―Trece...

Lanzó todo su cuerpo en la siguiente descarga, golpeándome tan fuerte que me impulsó hacia adelante. Respiró con fuerza, sin contar el azote, recuperando el aliento mientras me miraba el trasero enrojecido.

―Catorce.

―Catorce...

―El último, monada. Hagamos que cuente.

Cerré los ojos y esperé a que acabara.

Me propinó el azote más fuerte que nunca había recibido, haciendo que el cuero me marcara la piel.

―Quince.

El número salió a trompicones de mi boca, queriendo asegurarme de que no tuviese excusa para volver a golpearme.

―Quince.

Dejó caer el cinturón al suelo y volvió a ponerse de rodillas. Sus labios besaron la piel inflamada de mi zona posterior y volvieron al rincón entre mis piernas. Se desabrochó los pantalones y se escupió en la mano.

―Tu coño es increíble... ―Se masturbó mientras me chupaba, haciendo cosas increíbles con mi clítoris que me provocaron convulsiones. El dolor y el placer real me encendieron el cuerpo. Tanteé tras de mí con una mano hasta encontrar la suya, oyendo el sonido de su mano húmeda acariciándole el pene.

Gimió contra mi sexo, a punto de correrse; su orgasmo llegó en tiempo récord.

Saber que estaba a punto de correrse me hizo explotar. Sus labios en mi clítoris hicieron que arquease la espalda y abriera la boca todo lo que pude. Solté un grito más alto que todos los demás, sonando como un animal moribundo.

―Dios...

Gimió con la boca todavía en mi cavidad, corriéndose conmigo en el mismo instante.

―Joder...

Disfruté del subidón mientras me consumía. Lentamente, empezó a desaparecer. Era la sensación más poderosa que había sentido jamás, provocando que me retorciese y contorsionase. Dejé de respirar y olvidé el dolor que provenía de mi trasero. Me rendí a aquella oscura sensación, disfrutándola completamente.

Sasuke siguió de rodillas mientras se recuperaba de su orgasmo. Después se puso en pie y se limpió antes de coger un bote de ungüento. Se untó los dedos y lo extendió por mis nalgas, calmando la quemazón casi de inmediato.

―Creo que ahora nos entendemos mejor. No vuelvas a desafiarme.

Había aprendido la lección.

―O serán treinta azotes.