[ XIV ]
~ Despedida ~
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Busqué apoyo en el pasillo, cayendo de espaldas a la pared, llevándome las manos a la cabeza. El dolor se repetía, más intenso esta vez. Reí al darme cuenta de por qué no quería que la acompañara nadie, al intuir que aquella mañana de optimismo era sólo una tapadera, que todo aquél amor que me dio iba a ser el último.
No era justo, desbordé mis lágrimas, el mundo volvía a arrebatarme lo que más quería y me obligaba a verlo irse lentamente. ¿Cómo iba siquiera a acercarme a ella ahora sin morir por dentro? ¿Qué se suponía que tenía que hacer?
Lloré, sabiendo que desde ahí Zeta escucharía mi tristeza. No podía levantarme del suelo, una fuerte gravedad me empujaba hacia abajo sin piedad, y aún no me había permitido pensar en lo que pasaría cuando ella se fuera.
Tardé en recomponerme lo suficiente como para volver a su habitación. Mis ojos no paraban de sangrar lágrimas, la vi encogida en esa camilla, tumbada de lado, escondida bajo la manta.
Sobrevolé la cama, abrazándola por detrás como pude, hundiendo mis dedos en su alocado pelo atesorando su aroma.
—No llores— pidió. —No quiero verte triste— no podía pedirme algo así.
—Debiste de habérmelo dicho antes joder, hubiéramos aprovechado más el tiempo…
—Ha sido perfecto Vid. Voy a irme feliz…— sus sollozos me inundaban de lágrimas. Las cosas no podían terminar así, no para ella.
—Tiene que haber una forma de arreglar esto, a-aún hay tiempo…— traté de esconder mis llantos, sin nada de éxito.
—No pasa nada Vid, está bien, no me des falsas esperanzas.
—No, no. No, no voy a quedarme de brazos cruzados, no, te quiero demasiado para dejar que te vayas de esa forma, aún hay tiempo…— la abracé con las fuerzas que tenía, temblando entera, con el sabor de mis lágrimas pintando la almohada.
—Prométeme que seguirás adelante, no te hundas de nuevo.
Me incorporé, limpié mi cara entera y me puse delante de ella para que me viera.
—No voy a permitir que esto termine sin más, si hay una única persona en todo Pixie Hollow que pueda ayudarte la encontraré, cueste lo que cueste, tiene que haber una forma.
—Llevo meses con esta mierda, no tienes ni idea de lo complejo que es, nadie sabe nada, no hay forma de arreglar esto ¿es que no lo ves? No pierdas el tiempo.
—¿Me preguntaste si creía en los milagros no? Pues sí, y voy a conseguirlo aunque me deje la piel en ello, y vamos a vivir felices en casa, y-y me voy a casar contigo para cumplir tu sueño de la lista de deseos, y comeremos dulces todos los días.
—Para… déjalo.
Miré de un lado a otro en busca de algo que sirviera, me arranqué una tira de mi vestido y la corté con los dientes para que fuera lo suficientemente corta. Até los extremos y conseguí lo más parecido a un anillo que pude hacer.
—Zarina— me arrodillé en el suelo —¿me harías el inmenso honor de casarte conmigo?— la hice reír en ese profundo lago de tristeza.
—¿Y-y quién no querría casarse contigo?— la besé, riéndonos entre lágrimas, pegando nuestros rostros a un amor que sería capaz de cualquier cosa.
—Voy a arreglar esto ¿me oyes? Aguanta todo lo que puedas, volveré lo antes que pueda.
No, no iba a quedarme de brazos cruzados, no iba a despedirme sin sentir que había revuelto el mundo entero en busca de una solución, apostaría mi vida a la muerte por ella si hiciera falta.
Volé con una velocidad que no alcanzaba desde hace tiempo, y aterricé en el taller de los tintineadores haciendo tambalearlo todo, a por Tink.
—Reúne a Peri, a Sil, a Fawn, Viola, a todo dios ahora mismo, necesito que Pixie Hollow entero se ponga al corriente lo antes posible, Invierno incluído. El agarrotamiento por pérdida de aurora de Zeta ha pasado a su cuerpo y morirá en pocos días si no hacemos nada, alguien en este puto mundo tiene que saber cómo curarla y me da igual dónde esté o quién sea— la asusté, pero no había tiempo para eso. —¡Muévete, vamos!
Había prendido la mecha, sólo podía confiar en que todos pusieran de su parte para ayudarla.
Volví al centro sanador a por ella, se rió al verme tan pronto, seguía llorando igual.
—¿Ya has vuelto o te has dejado algo?— la besé una vez más.
—El mundo empieza a moverse. Ahora necesito que me cuentes todo lo que sepas sobre la enfermedad.
Ya había leído libros sobre el tema días atrás, pero lo que me contó no tenía nada que ver. Sus conocimientos iban muchísimo más allá, las pruebas que hizo con polvo de hada eran tantísimas y escapaban de mi entender, pero aún así me hice una idea de la complejidad del asunto.
No iba a ser algo que pudiera solucionarse con medicina tradicional, quizás tampoco con polvo de hada, aquello requería de algo más y no tenía ni idea de qué podría ser. Me negaba a creer que no se podía hacer nada, siempre había una solución a los problemas, por imposible que pareciera, Tink me enseñó mucho sobre eso.
Si pudiéramos recuperar el aura de sus alas de alguna forma, si pudiéramos reaviviar su aura, si pudiéramos volver atrás en el tiempo… Parecía que todo estaba perdido, que no había nada que hacer.
Un duende de los animales apareció preguntando por Zarina, y me puse en pie con el corazón a mil. Nos contó sobre medicina animal, sobre una enfermedad parecida, pero eso era algo que ella ya había considerado y no iba a resultar. Aún así le dimos las gracias.
Miles de hadas y duendes de todo Pixie Hollow tratando de ayudar a Zeta, si eso no era suficiente, poco más podríamos hacer.
Cuidé de ella, sintiendo su dolor como si fuera mío, a pesar de los calmantes. Comer se le hizo cuesta arriba, cada vez le dolía más su espalda y a la que llegara a sus pulmones o a su corazón, iba a terminar todo, cada segundo era uno menos para ella, y me desquiciaba que nadie entrase por esa puerta.
Tink apareció por la tarde, agotada, preguntando cómo iba todo. No pintaba bien, pero no debíamos perder la esperanza, dijo que todo el mundo estaba hablando del tema, que habían formado grupos de apoyo por talentos y que hasta los ministros estaban involucrados. Volvió a irse para seguir yendo de un lado para otro, incansable, dando el cien por cien.
Las horas pasaron, con dolor, tratando de pensar lo menos posible en que aquél podría ser su último día.
—Vid…
—Dime cielo.
—¿Me dejaste ganar en la carrera de salamandras?— me hizo reír.
—No, pero creo que Fawn no me dio la salamandra más rápida que tenía…— echaría tanto de menos sus ojos, y su sonrisa, y sus labios.
Silenciamos al escuchar a alguien llegar a toda prisa. Era Peri, recuperando el aliento, con un libro en la mano y los ojos bien abiertos.
—Vidia, tienes que ver esto— me hizo salir al pasillo, me contó en voz baja sobre los libros que Dewey y ella estuvieron buscando, y encontraron eso.
Era muy antiguo, pero detallado, el proceso de trasplante de alas y de aurora, si algo podía curarla era aquello, tenía todo el sentido del mundo pero dijo que no sabían con certeza si aquello la curaría o no. Poco me importaba a esas alturas, aunque la probabilidad fuera muy baja, había que intentarlo.
—Cuida de Zeta, voy a hablar con las hadas sanadoras.
Exigí los más cualificados, mostré el libro con autoridad y pedí que lo hicieran lo antes posible. Dijeron que era una locura, no era sólo quitarlas, estábamos hablando de ponerle mis alas y esperar a que funcionara sin más. No era una gran opción, perdería mis alas y el propósito de mi talento pasara lo que pasara, pero este era un precio que estaba más que dispuesta a pagar.
Conseguí que aceptaran, todos se pusieron rápidamente en marcha y nos llevaron a una habitación especial. Zeta me preguntó asustada qué estaba pasando, Peri no le dijo nada por si acaso.
—¿Crees en los milagros Zeta?— el hada sanadora nos explicó cómo iba a funcionar la cosa, no podían anestesiarla completamente dada su condición, así que pedí que no me anestesiaran a mí tampoco. Si iba a ser doloroso para ella, también lo sería para mí, además no soportaría despertar y que no estuviera.
Se pusieron manos a la obra, pidieron que Peri saliera de la habitación y lo agradecí, no iba a ser bonito que digamos.
Zeta estaba empeorando, su respiración era cada vez más forzada a pesar de que decía que estaba bien. Le di todos los ánimos que pude.
—Muerde esto, en breves empezaremos con la extirpación— asentí, tragando saliva. Era bastante tolerante al dolor pero intuí que aquello iba a estar a otro nivel.
Sentí las raíces de mis patrones agarrándose a mi cuerpo con fuerza, avisándome con un puntiagudo escozor. Me pedí a mí misma que lo dejara ir, que iba a estar bien y que iba a estar en un cuerpo que las necesitaba más que yo.
Inexplicablemente, las alas dejaron de dolerme. Continuaron con el proceso con el ala derecha, y respiré hondo para calmar mi sistema nervioso.
—Bien, eso es— vi como se llevaban mis alas de reojo, Zeta me miraba desde la otra camilla, con lágrimas corriendo por su nariz.
Empezó la peor parte, los gritos de dolor que soltaba eran difíciles de soportar, la veía retorcerse, agarrando las sábanas con fuerza, tosiendo sangre.
Las hadas y duendes sanadores no lo veían nada claro, su condición pendía de un hilo y lo estaban forzando a más no poder. Aún así, Zeta se mantuvo fuerte, resistiendo con la fuerza de una diosa en ese proceso largo y desgarrador, consiguiendo que los patrones se ligaran a su cuerpo finalmente.
Lo había conseguido, pero ¿a qué precio? Bajé de la camilla para verla, sus ojos apenas se mantenían inmóviles, apenas respiraba y sentía que ese era el final.
—Zeta… vamos, aguanta un poco más…— le sujeté la mano, pero ni quiera tenía fuerza.
—Lo… siento… Vid.
—No no no no no no no… por favor…
Soltó un aliento de alivio, cerrando los ojos, perdiendo la consciencia.
Caí al suelo, derrotada, agotada, maltratada, cabreada. No iba a poder seguir adelante después de aquello.
Un ligero soplo de viento meció la madera en la que estaba, no era yo, estaba rodeando a Zarina.
—Sigue con pulso— escuché decir.
—Las alas están brillando— dijo otro.
Levanté del suelo, sintiendo como el viento cogía fuerza. Me miraron como si fuera culpa mía pero no era yo.
De pronto, bajo un brillo cegador, se generó una ráfaga de viento brutal hacia el techo, atravesándolo con sin piedad y haciéndolo volar hasta a saber dónde.
El brillo de la luna se unió con el de sus alas, y estas empezaron a aletear suavemente. El pánico entró por la puerta por lo que acababa de pasar, pero todo parecía muy calmado ahora, sentía paz a pesar de los gritos, y Zeta me agarró de la mano.
—H-hey… hola pequeña— una cascada de lágrimas me impidieron ver. Le besé la mano porque no llegaba a sus labios.
—¿Qué es tanto alboroto?— respiró profundamente, con una cara de alivio preciosa, abriendo sus dorados ojos tranquilamente.
—Has hecho un agujero en el techo— sus alas se expandían y contraían con un brillo rosado que envolvía la habitación de magia.
—No digas tonterías…— su sonrisa duró tanto como su brillo —¿Estoy en el cielo?
—No~ estás conmigo. ¿Te sientes bien?
—Me siento como si tuviera un orgasmo constante en todo el cuerpo— me reí, no podía creer que hubiera funcionado de verdad.
Al parpadear me di cuenta de la cantidad de hadas que nos rodeaban, Tink y Peri estaban por ahí medio abrazadas, y muchos empezaron a aplaudir a los que llevaron a cabo la operación.
No me separé de sus ojos desde entonces, nos llevaron a una habitación más apropiada, con una camilla donde cabíamos las dos. Poco a poco fue despertándose de ese estado y le hicieron una serie de pruebas para comprobar que todo estaba en orden.
Me abrazó la felicidad cuando la vi revolotear con mis alas, el aura que la envolvía irradiaba libertad.
Dormimos juntas en nuestro pequeño trocito de cielo, deslizándonos en sueños compartidos que curaron cualquier mal que pudiéramos tener.
Al día siguiente, todo fue alegría y emoción. Todos se asombraron de lo que hice, pero el mérito no era mío, sino de Peri. Ella pasó medio día entero rebuscando con Dewey en la biblioteca de Invierno sin descanso, si no fuera por eso no estaríamos todo ahí.
—Tenía que devolverte el favor ¿no?— dijo, refiriéndose a su cambio de talento.
Aprovechando que todos estábamos reunidos, anuncié que Zeta y yo nos íbamos a casar. Jamás había sentido tanta felicidad en un espacio tan reducido.
La mismísima reina anunció un evento para el siguiente atardecer en relación a los hechos que habían ocurrido y que habían puesto Pixie Hollow patas arriba.
