—¡Arg! —gritó Astrid, frustrada—. ¡Esto es imposible!

Se dejó caer de espaldas en el suelo, mirando el alto y brillante techo del Ahtohallan. Furia y Elsa habían salido a buscar leña y comida, dejando a la vikinga a cargo de la búsqueda del espíritu a través de la historia. Llevaban allí varios días y todavía no habían descubierto nada, y la paciencia de Astrid estaba ya a punto de agotarse.

Respiró hondo y cerró los ojos un momento para relajarse. Inmediatamente, la imagen de Hipo en el suelo de aquella torre volvió a su mente, como cada vez que los cerraba, y sintió de nuevo la apremiante necesidad de hacer algo.

—Hipo… ¿qué te han hecho? —susurró para sí misma.

Cogió aire de nuevo, renovando energías, y se levantó dispuesta a seguir, pero no consiguió incorporarse del todo: justo allí, delante de ella, estaba Hipo reflejado en las brillantes luces del glaciar. Estaba en el suelo de la torre, como le vio ella días atrás, sujetándose la cabeza y farfullando. Oyó su propia voz de fondo, llamándole mientras Furia se la llevaba volando, y vio cómo el vikingo la reconocía y la buscaba con la desesperación en sus ojos. Torpemente consiguió incorporarse y dar un paso hacia la ventana, pero Desdentao le hizo caer con su cola. A Astrid le dolía el alma al verle así.

—¿Qué pasó después?

Reaccionando a su palabras, las imágenes cambiaron y mostraron a Hipo en una oscura habitación, encadenado a una pared por las muñecas con unas cadenas tan cortas que le obligaban a mantener los brazos levantados. Estaba de rodillas, con la cabeza cayéndole sobre el pecho y, a juzgar por su respiración, parecía estar dormido.

La puerta se abrió, llenando la estancia de luz y despertando al vikingo. Desdentao entró y se sentó frente a él, sin más, pero el muchacho empezó a fruncir el ceño y a negar con la cabeza una y otra vez.

—¡No! ¡Astrid me quiere! —dijo con seguridad.

La vikinga se llevó la mano a la boca, incapaz de contener las lágrimas.

—Eso es… —le dijo a Hipo—. Te quiero a ti, Hipo. Aguanta…

—¡Deja de darme la lata de una vez!

Astrid no entendía muy bien qué estaba pasando, pero parecía que Hipo estaba manteniendo una conversación con alguien. Prestó atención, pero no escuchó nada a parte de la agitada respiración de Hipo.

—En serio, ¿por qué insistes? No me importa lo que me digas. Sé que no es así.

Hipo miró a Desdentao a los ojos.

—Hola, campeón. Sé que estás ahí dentro, en algún lugar. Tienes que aguantar, ¿vale? No importa lo que te digan. Sea lo que sea, no es cierto.

El dragón no reaccionó de ninguna forma, pero Hipo no se daba por vencido.

—¿Qué te dijeron? ¿Algo relacionado con Furia? ¿Fue por la presión de ser el alfa? ¡Cállate! ¡No estoy hablando contigo! —exclamó de pronto mirando hacia arriba. Después devolvió su vista al dragón. —¡Vamos, campeón! ¡Dame algo!

Desdentao se mantuvo impasible. Luego, dio un pequeño coletazo en el suelo y salió de la estancia, dejando a Hipo oculto en las tinieblas.

La imagen volvió a cambiar. Hipo, con la barba un poco más crecida y visiblemente más desmejorado, seguía en el mismo lugar. Esta vez estaba sentado, con los brazos hacia arriba. Tenía las muñecas y las manos ensangrentadas, pero el vikingo parecía alegre. Estaba tarareando la canción de sus padres mientras su pie y su prótesis se movían rítmicamente de un lado a otro.

La puerta se abrió, obligándole a retirar la mirada. Desdentao entró y se sentó frente a él.

—¡Desdentao! ¿Dónde has estado? ¡Llevo días esperándote!

Nada. Ninguna reacción.

—Blablabla. ¡Cállate ya! Escucha campeón. Lo he estado pensando mucho estos días y creo que te debo una disculpa. Nunca te lo he dicho, pero siento mucho haberte lisiado de por vida. Estábamos en guerra con los dragones y se suponía que era lo que debía hacer, pero eso no justifica mis actos. Y me alegro mucho de que gracias a ello cambiase todo y nos hiciésemos amigos pero, aún así, quiero pedirte perdón. —Hipo miró a Desdentao a los ojos. —Lo siento mucho, de verdad.

Las pupilas del dragón se dilataron durante una pequeña fracción de segundo.

—Ahí estás… —dijo Hipo, sonriendo satisfecho.

Luego cogió aire varias veces y, cerrando los ojos, dio un fuerte tirón con sus brazos, colgando todo su cuerpo de las cadenas. Los grilletes se deslizaron a través de sus manos provocándole un intenso dolor hasta liberarlas, pero Hipo no gritó; no tenía tiempo para ello. Antes de darle tiempo al dragón a reaccionar, saltó sobre su cola y agarró fuertemente la membrana que no debería estar allí. Tenía un tacto frío y extraño, casi etéreo; nada que ver con la verdadera cola del dragón.

Desdentao se revolvió, pero Hipo se sujetó fuertemente con sus piernas mientras tiraba con todas sus fuerzas de la membrana. Consiguió romperla un poco y el dragón gritó de dolor, intensificando sus movimientos. Hipo soportó como pudo los golpes que Desdentao le dió al lanzarse contra las paredes, sin soltar en ningún momento aquel extraño apéndice. El dragón consiguió revolverse lo suficiente como para poder coger con su boca al vikingo y lanzarlo contra la pared. Hipo cayó al suelo, inerte, y su rostro se empezó a cubrir de sangre.

Las imágenes se apagaron.

—¡Hipo! —gritó Astrid.

La vikinga intentó que el Ahtohallan mostrase más imágenes, pero fue imposible.

Hundida en la desesperación, Astrid paseó de un lado a otro de la habitación.

—Piensa, Astrid, piensa —se decía a sí misma.

Temía por la vida del vikingo. Si el Ahtohallan no le mostraba más imágenes se debía a que, o bien era un suceso muy reciente o a que estaba muerto. Sólo de pensarlo Astrid sentía cómo el mundo se desmoronaba y cómo la oscuridad la envolvía por completo. Pero también sabía que, pese a su apariencia enclenque, era un hombre fuerte, un vikingo que había conseguido superar batallas y golpes mucho peores que aquel, así que decidió creer en él, creer que seguía con vida. Respirando hondo, sacó fuerzas de flaqueza para hacer lo único que podía hacer en aquel momento: centrarse en encontrar la forma de acabar con aquel espíritu. Sin embargo, su mente volvía una y otra vez a Hipo, a su amor, al vínculo que los unía, perdiéndose en él y haciendo temblar sus convicciones. Pese a ello, Astrid sacudía la cabeza, repitiéndose para sus adentros que Hipo seguía vivo, que seguía necesitando su ayuda, y que debía seguir luchando.

Una de esas veces, la vikinga sacudió la cabeza con tanta fuerza que acabó mareada, se golpeó con la pared y cayó al suelo, boca arriba. Allí, observando las pequeñas sombras que revoloteaban por el mundo a causa del mareo, de pronto tuvo una revelación.

Un rato después, cuando volvieron Elsa y Furia, Astrid las apremió para que se acercasen a ella.

—Creo que tengo algo...