Avisos: para poder sobrevivir a diciembre (y porque es el mes de mi cumpleaños), este mes las actualizaciones serán cada 10 días (procuraré que los capítulos sean un poco más largos de lo habitual, eso sí). Eso quiere decir que actualizamos hoy, luego el 13 y luego el 23. El 2 de enero regresamos a actualizaciones cada cinco días. (Es que el 18 es mi cumpleaños y no quería actualizar, jé, pero si nos veremos en otros fics).
Capítulo XXVI.
El festival de la luna
I.
Apenas lo dejan saludar a Katsuki y pasar un momento con él, Ochako dice en voz bastante alta que el príncipe quizá quiera descansar y lo jala para conducirlo a sus aposentos. Izuku se ríe, pero les da gusto y de despide del resto con un gesto. Ochako y Tsuyu se dirigen con él hasta los aposentos que comparten e Izuku se da cuenta como a ambas les cuesta no abrazarlo en el momento en el que se quedan solos. Pero esperan hasta estar en la salita para abalanzarse sobre él y amenazar con romperle las costillas antes de dejarlo hablar.
Izuku tarda un buen rato en contarles todo lo acontecido y en darles noticia de sus familias. «Escriban al sur», les dice. Se supone que los mensajeros pueden cruzar la frontera sin temor a morir en el camino. Izuku guarda sus dudas porque sabe que cambiar a la gente tomará tiempo. Los bárbaros verán al sur con desconfianza durante mucho tiempo y quizá algunas personas en el sur seguirán soñando con historias de guerra y conquista.
Katsuki aceptó a liberar a los prisioneros no porque fueran inocentes, sino porque la única manera de acabar con el ciclo de la guerra era con un gesto de perdón. Al regresarlos, el Rey Bárbaro aceptaba las disculpas del sur. Participar en la guerra no es sólo ver los horrores, sino ser parte de ellos. Es una obviedad, pero Izuku se la repite una y otra vez, para no caer en la tentación de verlo todo en blancos y negros.
—Katsuki estaba nervioso —dice Ochako entonces, sacándolo de sus pensamientos—; no lo admite, pero tenía miedo de que no volvieras antes del solsticio de invierno. Es la festividad más grande entre los bárbaros. Como… para el sur.
Eran más parecidos de lo que eran diferentes.
—Parecía una bestia enjaulada —comenta Tsuyu.
Izuku sonríe.
—Ya estoy aquí. —Carraspea—. Extrañé todo. El pan de Rikido. A Eijiro y a Denki. Los jardines. A ustedes. —Sus manos tiemblan y de repente todo lo rebasa—. Es difícil dormir cuando sé que no están en la habitación contigua —murmura y se ve las manos como si fueran mucho más interesantes que los ojos de Ochako y de Tsuyu—. Y a veces me hacía falta ayuda.
—Podrías haber mandado por nosotras, Izuku —dice Tsuyu, pero el príncipe niega con la cabeza.
Príncipe. Le da calma pensar sobre él mismo sólo como ese título, el único que tendrá ya desde el día que abdicó formalmente hasta el día de su muerte.
—No —dijo Izuku.
—No somos débiles, Izuku, lo sabes —reclama Ochako.
Pero no es eso. Nunca ha sido eso. Ochako y Tsuyu son las personas más fuertes que conoce. Le gustaría tener tan sólo un poco de la entereza de ambas.
—No es eso. —Izuku sacude la cabeza—. Nunca ha sido eso. —Las siguientes palabras son difíciles. Las repasa en su mente, una y otra vez. Se le da muy bien pensar en espirales y en círculos y en dar vueltas sobre sí mismo, pero a veces duda—. Pensé que estarían donde necesitaran estar. O donde quisieran. —Controla el temblor de sus manos agarrándolas—. Pensé también que incluso una solicitud de ayuda sería una orden viniendo de un rey. Y no quería que lo fuera. Era algo a lo que tenía que enfrentarme así…
—No tenías que enfrentarte solo a eso —dice Tsuyu—. Entiendo el resto de tus reparos, pero ese es estúpido.
—Era… demasiado.
No dice más. La muerte de su padre todavía le duele. Por las circunstancias o por saber que su padre había muerto despreciándolo. Quién sabe.
—Oh, Izuku.
Ochako rodea sus hombros con un brazo. Izuku se sorbe la nariz y no llora. Es un día feliz. Quiere recordarlo como un día feliz.
Se quedan así hasta que Denki llama a la puerta y le dice a Izuku que el Rey Bárbaro quiere saber si lo acompañará a cenar.
La cena es deliciosa e Izuku la devora. No sé da cuenta de lo mucho que extrañó el peculiar sazón de Rikido hasta que tiene su sopa de setas enfrente, condimentada como en el sur pero con los complementos del norte. Siente, de nuevo, ganas de llorar pero las contiene. Se sorbe la nariz y Katsuki se queda viéndolo un rato. En sus ojos hay una pregunta que no hace —quizá ya intuye las cosas que pasan por la mente de Izuku— y un cariño que Izuku no se había dado cuenta que extrañaba tanto. Nadie en la vida lo ha mirado como Katsuki.
Y es sencillo hacer esa afirmación, porque ninguna persona mira de la misma manera.
Pero los ojos rojos de Katsuki buscan los suyos con insistencia y lo recorren con una atención a la que no está acostumbrado. Son ojos pasionales, que reflejan la misma alma del Rey Bárbaro e Izuku sucumbe ante ellos.
Salen al balcón un momento, tras la cena.
Katsuki lo abraza por detrás e Izuku busca en sus brazos el equilibrio que lo mantiene anclado el mundo.
—La próxima semana llegan las brujas. Son la familia de Mina. Suelen refugiarse en el palacio durante las largas nevadas del invierno y siempre pasan aquí el solsticio —informa Katsuki. Izuku asiente, controlando su interés por hacer preguntas porque siente que Katsuki aún no ha terminado de hablar. No se equivoca—. Festejaremos el solsticio pronto. Esa fiesta es, junto al festival del sol, nuestro orgullo. El festival de la luna. —La voz de Katsuki está teñida de emoción e Izuku no puede ni siquiera pensar en interrumpirlo—. De hecho, mi madre le pidió matrimonio a mi padre durante un solsticio. Con toda la ceremonia que eso implica para los bárbaros.
—¿Ceremonia? —pregunta Izuku, con cautela. A veces olvida todas las cosas que todavía no conoce de la cultura bárbara.
—Es para lo único para lo que existen protocolos establecidos —dice Katsuki—. Y las bodas. El amor es importante. Aquí no existe una sola boda en la que no exista una conexión entre quienes desean casarse, lo sabes. —Izuku asiente, porque recuerda todas las discusiones que él y Katsuki han tenido sobre ese tema a lo largo de los meses—. Y, estando en guerra todo el tiempo, es difícil perder la esperanza y olvidar de donde viene.
»No es solamente el sur, Izuku —dice Katsuki y aquellas palabras duelen—. También nos atacaron los dragones, lanzándonos al sur. Y antes de que la idea de pelear para defendernos se extendiera por el sur, también el pueblo bárbaro cometió atrocidades. Nuestra historia está llena de sangre. Los reyes caen siempre con violencia. Mantener el trono es difícil si no mantienes la paz. —Con esas palabras no es difícil comprender por qué Katsuki se aferra a cualquier resquicio de ella—. Así que los matrimonios siempre han sido luz. Los rituales del amor nos alejan, aunque sea por horas, de los rituales de la guerra. Por eso los tenemos. —Katsuki suspira y mira a las estrellas.
»Mi madre contaba bien la historia. Sobre mi padre contando la historia de Habibi y su amor eterno por un dragón. La Doncella Guerrera que había enterrado la espada por amor y el dragón que había dejado de pelear por perseguir sus afectos. Dijo que lo miró a los ojos entonces y comprendió que quería pasar con él toda su eternidad. —Katsuki aprieta el abrazo e Izuku se funde en él—. Quizá Mitsuki fue muy brusca en la manera de pedirle matrimonio a Masaru. Mi madre era muy brusca.
»Pero se lo pidió cuando terminó la historia. ¿Quieres oírla? No sé si ya la leíste. Pero… Todavía recuerdo. La voz de mi padre contándola. La pienso en dialecto, pero… no es difícil traducirla en mi mente. Sé que tú aún me debes el final de una historia. Quiero saber lo que ocurrió con Orokku y el hada. Pero por esta noche…, quizá pueda arrullarte mi voz.
Izuku sonríe.
—Por favor, Kacchan.
Y el Rey Bárbaro le cuenta una historia de amor mientras miran las estrellas e Izuku siente que sólo están ellos en el universo y que sus almas están ya unidas en el firmamento.
Desde el primer día que Izuku pasa en el castillo se hace notorio que todo el mundo está inmerso en los preparativos del festival de la luna. Por lo que Mina cuenta no es un festival muy complicado, pero sí muy simbólico. Los bárbaros no sobreviven solos al invierno. Con las nevadas es imposible. De manera que se reúnen, juntan sus provisiones y juran protegerse durante el invierno. En las aldeas toda la gente se ayuda. El castillo se llena, porque el invierno no es temporada para hacer excursiones. La única que no está es Kyoka, que se marcha junto a Hanta y Momo y el resto de la partida de caza —Itsuka entre ellos— en una última expedición antes de la primera nevada.
Para los bárbaros, el invierno siempre ha sido tiempo de paz con el sur; en los pequeños reinos del otro lado de la frontera las nevadas no son tan largas ni tan fuertes. No duran nunca más de cuatro días y el frío no lo paraliza todo.
La gente empieza a sacar todas sus pieles, e incluso Izuku saca sus atuendos más acolchonados, para poder sobrevivir al frío. El único que parece estar a sus anchas es Eijiro, pues los dragones norteños son criaturas de la nieve; él no respira hielo, pero de todos modos está protegido contra el frío.
La comida se almacena; Rikido se asegura de que quede suficiente grano para sobrevivir todo el invierno y pasa días haciendo conservas de las frutas que quedan y los vegetales. Nada crece hasta la primavera, así que deben de estar preparados. Una semana antes del solsticio ocurre la matanza. Los animales que los bárbaros están seguros no sobrevivirán al invierno son llevados uno a uno al matadero. La carne se sala y las pieles se limpian. Se aprovecha todo. Incluso los huesos. Todo será comida, armas, ornamento o vestido. A los bárbaros les parece de mal gusto desperdiciar a los animales sacrificados.
Finalmente, pocos días antes del festival de la luna, llegan las brujas. Mina corre por los pasillos, alertando de la llegada de su familia. Va engalanada —aunque no tanto como se prepara para las fiestas— para recibir a las brujas que la acogieron en su seno desde niña. Lleva un vestido rosado, del mismo tono que la pintura con la que se adornó las mejillas. La tela de la falda va plisada por el frente y sube hasta uno de sus hombros para volver a bajar por el otro. Las orillas de la tela son blancas con detalles de aplicaciones en color dorado. La blusa no le cubre el vientre, pero no es necesario, porque Mina la posibilidad de usar algunos encantamientos términos para mantenerse caliente. Se ve preciosa también con la pintura en su cara y el kohl negro que enmarca sus ojos, piensa Izuku, mientras la bruja espera a que la caravana se acomode en el patio.
En el norte, las brujas y los brujos tienen una tradición más nómada. Al menos las que viven y viajan entre brujas. Algunos se quedan en alguna aldea unos años, pero no es como en el sur, que suelen aprender para servir a las grandes familias, donde los hombres encuentran maestros más fácilmente y la educación de las jóvenes brujas usualmente es olvidada en la búsqueda de un buen partido —como en el caso de Ochako—. En el norte las brujas son una familia en armonía con la tierra.
Katsuki espera a un lado de Mina, con el cráneo del venado en la cabeza. Izuku se posiciona al otro lado, todo de verde, con una tiara dorada en la cabeza y un velo de tela gruesa, color crema, que lo ayuda a mantener el calor. El cinturón de su atuendo es también dolor crema, con bordados todavía otoñales.
La primera mujer que se acerca es un poco más alta que ellos y lleva un vestido muy parecido a los que usa Mina. Gris con aplicaciones en negro y algunos detalles rojos. Va plisado el frente, con un drapeo que lo hace tener mucho más volumen; la tela de la falda sube por el frente hasta el hombro de la mujer y cae hacia atrás escondiéndose entre el volumen de su cabello negro. Antes de que alguien pueda decir algo, Mina se lanza hacia ella y la abraza por el cuello.
—¡Nemuri!
En su voz destaca una emoción tan grande que es infinita. Izuku la mira con una sonrisa al ver como la mujer responde a su abrazo. El gesto se prolonga un poco más antes de que ambas mujeres se separen y la bruja se acerque hasta Katsuki. Él le dedica un gesto de asentimiento en señal de respeto. Ella hace lo mismo.
—Rey Bárbaro —saluda ella.
—Nemuri Kayama. Bienvenida. Y a todas las brujas y brujos —añade Katsuki.
—Trajimos provisiones —informa ella—. Y regalos para el infierno.
Katsuki le dedica una sonrisa apenas visible. Entonces, Nemuri voltea hacia un lado y se fija en Izuku. Frunce un poco el ceño. El Rey Bárbaro nota hacia donde mira.
—Izuku Midoriya, príncipe del sur —lo presenta. Hay duda después, pero Izuku supone que Nemuri es una persona de confianza por las frase que agrega—: Es mi compañero.
Izuku sonríe. Le dedica un asentimiento a la bruja.
—Bienvenida.
Pero ella no deja de fruncir el ceño.
—Tu aura… —murmura—. Hay algo extraño en tu aura… —Su voz se vuelve hasta Katsuki de nuevo—. ¿Podemos hablar?
—Pregúntaselo a él —dice Katsuki—. ¿Quieres ver su aura? Eres la única bruja que conozco que puede hacer eso. —Y ese dato suena como información para Izuku, porque de otro modo resultaría innecesario verbalizarlo y Katsuki no desperdicia sus palabras—. Izuku decide.
—Príncipe —dice la bruja. Lo mira con preocupación—. ¿Puedo…? Tu aura…
Izuku traga saliva.
—Hay algo en la magia… —agrega la mujer—. En la magia del ambiente. Una marca.
Entonces, el príncipe asiente.
—Está bien.
Es más tarde, cuando Nemuri le pide una pequeña audiencia en sus propios aposentos. Esta únicamente con Katsuki, pues Tsuyu y Ochako decidieron pasar la tarde en los jardines y Eijiro se ofreció a acompañarlas. La bruja llega acompañada de Mina.
—Príncipe —saluda y se sienta en los cojines frente a él. Izuku no dice nada, no todavía. Su mente todavía está evaluando a Nemuri—. Te ruego que disculpes el atrevimiento, por supuesto. Una bruja como yo no tiene más que curiosidad.
Extiende sus manos, pidiendo una de Izuku y el príncipe la levanta. Al hacerlo, las manchas anchas de su atuendo revelan las mangas interiores, que se arremangan también un poco hacia arriba por el gesto. Dejan visibles las cicatrices que le dejó Kai Chisaki, en quien apenas piensa, porque es ya una pesadilla demasiado lejana. Ante eso, Nemuri frunce los labios.
—Las marchas de un hechicero —dice. No busca confirmación.
—No son las únicas que tengo —dice Izuku—. Hay una… una en mi pierna.
Y esa le duele más que todas las anteriores, aunque es mucho menos grave y mucho más pequeña.
Nemuri no dice nada y aprieta su mano.
—Es… de hecho, muy sutil… —Voltea a ver a Mina—. No es algo de lo que te hubieras podido dar cuenta —le dice y en el rostro de la bruja se pinta el alivio—. Es muy sutil. Pero hay un rastro de magia que te está persiguiendo, príncipe sureño. No es muy fuerte, sólo… ten cuidado. Puedo sentirlo en tu aura, tu piel.
Izuku asiente.
—Gracias.
Nemuri sonríe. Tiene una sonrisa cálida, grande, confiada que le inspira buenos sentimientos a Izuku desde el primer momento.
—Y disfruta el solsticio. El festival de la luna te encantará. Ya no debe de tardar, la primera nevada.
II.
Eijiro lo embosca dos días antes del solsticio de invierno.
—¿Vamos al nido? —pregunta—. Antes de que no podamos subir por la nieve. Este año no hemos ido muchas veces —se queja.
Y Katsuki asiente.
A la mañana siguiente, en la víspera del solsticio, sube hasta el mirador. Denki también está ahí; bufa al verlo. Eijiro le sonríe en forma de una disculpa.
—Dijo que si iba a ser la última vez que iba a subir al nido tenía que llevarlo.
—Está bien.
A Katsuki no le importa. Y a Denki lo hace feliz estar con Eijiro en cada segundo y momento. Así que ambos montan a Eijiro cuando se transforma y el dragón alza el vuelo. El Rey Bárbaro le dirige una última mirada a su palacio antes de que se pierda entre la niebla. Izuku le dijo que pasaría el día con Mina o que quizá recorrería el palacio con Hitoshi. Todavía no había decidido cuando Katsuki se marchó. En un acuerdo silencioso y tácito, los dos decidieron no hablar de la magia que parece perseguir a Izuku o haberse quedado impregnada en él. Ese asunto quedará para después del solsticio, cuando puedan, por fin, darse un momento de descanso.
Katsuki necesita el aire. Un último vuelo antes de que caiga la nieve y la poca visibilidad haga demasiado peligroso que Eijiro lleve pasajeros.
Suben en el aire.
Y no queda nada, sólo montañas.
Arriba, en las montañas, ya hay aguanieve. La cueva está húmeda y pronto no se podrá entrar hasta el fin del invierno, cuando la primavera se acerque.
Katsuki adelanta a Eijiro y a Denki, buscando también darles un momento para ellos solos.
No se equivoca. De reojo ve a Denki colgarse del cuello de Eijiro y ponerse de puntitas para besarlo. Eijiro lo rodea por la cintura y lo atrae hacia sí y ese es el momento en el que Katsuki decide que aquel gesto es demasiado íntimo como para tener público. Demasiado grande y demasiado pequeño a la vez. Aparentemente insignificante en el gran esquema de las cosas, pero enorme a la vez, tan grande que no puede ser contenido.
Así que les da un momento y camina hasta el interior del nido. ¿Cuántos huevos de dragón fueron acunados entre llamas y piedras preciosas? ¿Cuántos dragones se amaron en él? Aquellas son preguntas para las que nunca tendrá respuesta. Baja y se siente insignificante entre la roca, pero infinitamente privilegiado por poder ver ese nido y ese momento.
Allí fue cuando comprendió que Izuku lo atraía lo suficiente como para desear enseñarle el nido.
Allí descubrió que lo quería.
Así, pues, ese es el lugar indicado para tener otra epifanía.
Las palabras que Denki pronunció meses atrás, cuando estaban despidiendo otra estación, se clavan en su corazón.
«¿Vas a pedirle que se case contigo?»
Usualmente, al pedirle casamiento a alguien, se le ofrece un regalo. Entre quienes tienen habilidades artísticas, regalan tapices —su padre le dio uno a su madre como regalo de bodas, tiempo después de que Mitsuki le pidiera que se casara con él. Es educación básica. Una muestra de afecto. No es una ceremonia que tenga que seguirse al pie de la letra, ni un protocolo inamovible, pero, aunque es tan poco dado a respetar los rituales que tienen que ver con el poder, Katsuki intenta respetar aquellos que tienen que ver con el amor.
Los bárbaros se aferran a él como a una luz en medio de la oscuridad.
—¿Katsuki? —la voz de Eijiro interrumpe sus pensamientos.
—Estás demasiado callado —comenta Denki, que se ajusta la capa en el cuello. Es una capa color negro con detalles blancos y pieles de un conejo blanco en el cuello. Eijiro le regaló la piel de aquel conejo—. Es extraño.
—Mago idiota —se queja Katsuki.
—Ey, déjalo, Denki —dice Eijiro—. Está teniendo una epifanía o algo parecido.
Katsuki mira al fondo del nido y luego voltea hacia el dragón y el mago. Escoge las siguientes palabras con cuidado.
—Creo que pronto tendremos una boda.
Los dos se abalanzan sobre él. Katsuki se arrepiente inmediatamente. Eijiro lo hace tropezar y acaban todos en el suelo. Denki le aplasta un brazo.
—¡Quítense de encima, carajo! —grita, intentando quitárselos de encima—. ¡Sólo lo decidí impulsivamente!
Eijiro se ríe. Su carcajada suena fuerte y clara en el nido abandonado.
Denki lo imita.
—¡Todos sabíamos que esto iba a pasar eventualmente! —exclama y parece tan contento como si le hubieran pedido matrimonio a él—. Nunca hemos tenido una boda, Katsuki. Será especial. Ver una.
Y en su voz está el anhelo de desear una y no tenerla. Sólo por eso Katsuki permite que sigan abrazándolo dos segundos más.
La mañana del solsticio caen los primeros copos de nieve sobre los patios y, al llegar el mediodía, todo el piso está cubierto por una capa de blanco.
Una vez que empieza la primera nevada, no se detiene hasta una o dos semanas después; es importante no dejar que la nieve se acumule o llegue a los pasillos, de manera que Eijiro pasa el día limpiando la nieve acumulada y Mina se asegura de poner barreras para que, aunque se acumule, no bloquee los pasillos de todo el palacio. También, en algunos lugares estratégicos, se asegura de poner encantamientos térmicos.
El templo se llena de hogueras y fuego, en ofrenda a los dioses Sin Cara. El altar a la madre, el regalo a Izuku, está lleno de velas y cera caída en todas partes. «Para iluminar a Nana Shimura en la noche más oscura de año», dijo Izuku. Y lo segundo es sólo una creencia, pero Katsuki la respeta, como respeta todo lo que no entiende del sur y mira la imagen de Nana Shimura antes de arrodillarse a ella y rogarle buenos presagios y agradecerle que Izuku esté en su vida —sea o no responsable de alguna clase de interferencia en sus vidas, de lo cual el Rey Bárbaro es escéptico—. La luz llena todo el palacio, buscando ayudar a la luna a iluminar todo más claro en esos días en los que se asoma en los primeros momentos de la tarde, mientras el sol se esconde demasiado temprano en el horizonte.
El festival no empieza hasta poco antes de la cena, cuando todo el mundo se acerca al templo para pedir piedad en el frío del invierno y agradecer por las buenas épocas. Hay peticiones a los dioses Sin Cara —que Katsuki, en todo su escepticismo, ignora; le duele la indolencia de los dioses ante el dolor de sus pueblos—, sonrisas. La gente usa sus mejores galas de invierno, las mejores pieles. Mina dijo que se encargaría de ayudar a arreglar a Izuku —y Katsuki sospecha que es sólo porque le gusta peinar su cabello y oírlo contar historias mientras pasa el tiempo con Lady Ochako y Lady Tsuyu, a las que adora más que a su vida entera—. El Rey Bárbaro no objeta cuando Denki y Eijiro llegan a sus aposentos con pigmentos y pintura para mezclar. Rojo, amarillo y juntos hacen naranja.
Denki lleva una capa negra con pieles blancas, esa vez de un zorro albino que Eijiro cazó por accidente cuando en realidad estaba persiguiendo a un ciervo. Las pieles le cubren el cuello, manteniendo el calor y el resto de la tela de la cama es gruesa, aterciopelada y le cae hasta los pies. Tiene bordados en la parte de abajo, sencillos, en forma de rayos —lo que lo distingue—, pero seguramente hechos por Mina porque no hay manera de que el mago borde así de derecho. Eijiro se contenta con llenar trozos de su piel con escamas rojas de varios tonos, la mayoría de ellas brillantes y llamativas. Hay una veta en sus sienes y luego en sus antebrazos y también en el cuello. Lo protegen mejor del frío en esa forma.
Los pantalones de un azul deslavado por el uso son los mismos de toda la vida, pero de sus hombros cuelga, en vez del acostumbrado pedazo de tela roja, pieles. Katsuki no distingue de qué animal, pero, a juzgar por la cuidadosa manera en la que Eijiro las acomoda en su cuello, son importantes para él. Hay unas muñequeras en sus brazos, de cuero, con algunos detalles.
Denki se encarga de decorar el torso de Eijiro con detalles rojos, tal como sus escamas y su cabello. Patrones llenos de alas de membrana, como las de los dragones y figuras que recuerdan a las escamas de un dragón. Hace lo mismo con sus brazos, aunque les pone mucha menos pintura. Y en su rostro sólo dibuja unas cuantas líneas, para resaltar sus mejillas y su nariz.
—Oh, tengo kohl rojo —agrega, cuando Eijiro intenta verse al espejo para ver qué hizo Denki con él—. Me lo dio Ochako. —Y con cuidado, con un pincel, delinea los ojos de Eijiro. Se hace un paso para atrás para admirar su trabajo y Eijiro se le queda viendo con una ceja enarcada—. Sí. Me gusta. Resalta tu mirada. —Se voltea hacia Katsuki—. ¡Puedo ponerte a ti también! Como tienes los ojos rojos… Aunque podría mezclarlo con un poco de amarillo. Para que quede en un anaranjado oscuro… como la tela de tus brazos.
Katsuki bufa.
Pero deja que Denki pinte sus mejillas —no sus brazos porque están cubiertos— con el tema del solsticio. Es raro adivinar la forma de un copo de nieve color naranja sobre su piel, pero no queda mal. Al terminar, le rodea los ojos con el mismo kohl rojo, aunque con una pizca de amarillo. El mago sonríe al terminar.
—Queda bien.
Es deber de Katsuki llevar el espejo al templo. Mientras que en el festival del sol él es quien enciende el primer fuego del templo, durante el festival de la luna, en el solsticio de invierno, todo se llena de fuego para mantener el calor, pero es el festival de la luna. Se busca su luz en el firmamento en el tiempo más oscuro del año. Es por eso que hay un espejo ancestral que ha sobrevivido guerras, generaciones y generaciones de reyes, hecho con magia, empotrado en un marco de madera tallado, específicamente diseñado para, colocado en ángulo, reflejar la luz de la luna durante el invierno.
Todo el mundo dentro del palacio —el consejo, la partida de caza, guerreros que pasan el invierno refugiados allí, algunas personas de aldeas cercanas que se acercan a la celebración— se queda callado cuando Katsuki aparece con el espejo. Es poco el protocolo del norte, pero los festivales tienen unos cuantos detalles. Entra al templo tras descalzarse las botas y coloca el espejo en ángulo, frente a la ventana, para que refleje la luz. Después, tras un momento de silencio, se arrodilla ante sus dioses.
Pasó mucho tiempo enojado con ellos siendo apenas un niño, cuando su madre lo obligaba a esconderse bajo la mesa cuando pasaban los soldados. No sabía que estaba enojado precisamente con ellos, pero cuando sus padres murieron la rabia tuvo sentido. Gritó en el templo que no habían hecho nada para impedir aquella muerte sin honor. Gritó al vacío, al cielo, desde el mirador. Gritó tantas noches que su consejo tuvo que llevar las riendas del norte varios dios y Eijiro se enfrentó a su furia, cubriendo su piel de escamas ante los ataque de Katsuki, para obligarlo a descansar. Al contrario de las épocas con su madre, aquellos días oscuros los guarda hasta el fondo de su mente, allí donde es difícil alcanzarlos.
Pero ahora está un poco más en paz con los dioses y con sus historias, tal como la cuentan los cantadores y los artistas entre los Primeros Hombres y sus descendientes. Está en paz con su idea, al menos. Se resiste a pedir algo. Quiere hacer él su propio destino, dejar incluso a los dioses fuera de él.
Él e Izuku. Van a ser material de historias, cantares y leyendas. Katsuki se va a asegurar de eso.
El templo se llena de gente en busca de milagros. También se acercan algunos en busca de paz y algo de sosiego. Katsuki no ve a Izuku hasta el final de los ritos y entonces, se queda boquiabierto, incapaz de tener una reacción propia.
Nunca lo ha visto tan hermoso. Sí. Hermoso es la palabra. Guapo es demasiado pequeña para encasillar lo que es Izuku, lo que son las pecas de sus mejillas y las pocas que se asoman por el cuello —aun cuando Katsuki tiene el privilegio de conocerlas todas, incluso las que están en sus caderas—, lo que son sus ojos verdes enmarcados con kohl del mismo tono —grandes, vivos, expresivos, compasivos—, el tocado de oro con las tres llamas en su cabello, y el pequeño velo de tul que cuelga de él y deja ver su cabello —es obvio que no tiene el propósito de protegerlo del frío, pero Katsuki supone que sí protege su cuello del aire—. Va de verde y los bordes del atuendo llevan hilos de color crema mezclados con unos pocos hilos dorados, de esos que usa rara vez. Lleva las mangas dobles, para protegerse de la nieve que se cuela en el palacio. En el cuello, Mina —y Katsuki está seguro que fue ella, porque a nadie más se le habría ocurrido arreglar así un atuendo del sur de esa manera— prendió pieles de un color claro —crema— que se lleva con el resto del atuendo. Aun así, parece que Izuku tiene frío. No está acostumbrado al norte.
Antes de que entre al templo y se descalce los zapatos, Katsuki estira una mano y lo agarra por un brazo. Izuku voltea, sorprendido al principio, pero su mirada se va suavizando cuando ve a Katsuki.
El Rey Bárbaro se inclina un poco, buscando con sus labios una de las orejas de Izuku.
—Pide un buen milagro —murmura en ellos—, Alteza.
Izuku busca su mano. La aprieta. Lo mira como lo mira siempre, con los ojos amables, bien abiertos. Katsuki, como siempre, no puede evitar saltarse un latido y olvidar como respirar.
—Lo haré. —Y en voz mucho más baja añade—: Kacchan.
Es más tarde cuando el festival se mueve al enorme comedor y las salas aledañas. Las chimeneas se llenan de leña y las antorchas iluminan todo. El banquete llega y se va y Katsuki aprecia la sonrisa de Izuku al notar que Rikido cocinó platillos del sur especialmente para él.
Luego sigue la música de los bárbaros. Sus bailes. Así que la gente se apiña en las orillas y espera. Esa vez, Katsuki no tiene que buscar a Izuku: lo tiene a su lado.
—El primer baile. —Y le sonríe de lado al agregar el honorífico—: Alteza.
Izuku se sonroja y toma su mano.
La aprieta.
Katsuki lo atrae hacia sí por la cintura y baila con él. Todas las preocupaciones se desvanecen al tenerlo allí, hermoso como es, frente a él. Más tarde se preocupará por lo que queda de la guerra, por las sombras que aún persiguen a Izuku. Esa noche la gente merece un festival.
Merece esperanza.
Merece amor.
Y él está eternamente agradecido de tener a Izuku a su lado. Así como pasó; quizá, si tuviera el poder de volver entre los hilos del tiempo y reescribir lo que en ellos quedó grabado para siempre, habría cambiado algunas cosas. Habría cambiado la tristeza, la guerra, todas las cosas que supuso sobre Izuku y esas veces en las que le hizo daño. Sin querer o queriendo. No importa. Daría una extremidad por no haberle hecho daño jamás, porque Izuku no se lo merece. Izuku es el príncipe más grande que tendrá el sur y que tendrá el norte. Es de todas partes y piensa en toda la gente. Piensa en la paz y en el amor y en la entrega que supone presentarse vulnerable ante un rey que alguna vez fue enemigo. Katsuki puede entender lo que significa arrodillarse ante él, pero no la manera en que Izuku lo hace. Nunca es completamente suyo, pero a veces, cuando nadie más ve y nadie más sabe e Izuku murmura «Kacchan» en sus oídos, parece que son del otro. Por siempre y para siempre. Unidos en la guerra y en la paz.
Grandes.
Eternos.
Todo eso serán algún día.
Por hoy, Katsuki desea que sean humanos. Y no hay nada más humano que amar.
Notas de este capítulo:
1) ¡Otro festival! El sol y la luna suelen presentarse como dualidad en diferentes mitologías del mundo. Apolo (o Helios) y Selene; Hrímfaxi y Skinfaxi. Son dualidad universal y en español, incluso en cuestión de género. El sol representa todo lo que asociamos con «lo masculino» y la luna, aquello que asociamos con «lo femenino» (que no dejan de ser estereotipos que nunca persona del mundo cumple y están basados en ideas sexistas). Pero me gusta pensar la dualidad como que el sol es la pasión y el arrojo y la luna se refiere a los cuidados, la compasión (ojo, esos no son ni deberían ser cosas masculinas o femeninas, pero se sabe cómo es la sociedad en la que vivimos). Katsuki e Izuku representan a uno de los dos de manera obvia, pero tienen cosas del otro. Son diferentes, pero también iguales. Sólo los mueven cosas diferentes, que son las mismas que los mueven en el canon. Mientras que Katsuki busca ganar, Izuku busca salvar. Y deben complementase. Ganar para salvar, salvar para ganar. Es algo que define tan bien su relación; quería representarlo de alguna manera.
2) Hay un festival en la India llamado Vijayadashami que celebra el triunfo de Rama (el bien) sobre el mal (Ravana) cuando Ram «recupera» a su esposa Sita, secuestrada por Ravana. Sé, porque viví allá, que las celebraciones incluían que las mujeres hacían ayuno por sus amantes y al final cuando caía la noche o salía la luna si veían su cara… era… bueno. Busqué el significado exacto pero no encontré esa particularidad en ningún lado (sé que se hace en Punjab y Himachal Pradesh y Haryana, al menos; vivó en el primero) y sé que sale en el video de la canción Bole Chudiya de K3G (busquen así) casi al final. En fin, sé porque viví allá. En eso me basé un poquito por la luz de la luna. Porque se supone que es cuando sale, así… Bueno, en eso me basé para la parte del espejo —allá usan agua—. Eliminé toda la parte de los amantes. Pero por si quieren mis fuentes.
Andrea Poulain
