—¿Que me va a follar?
Edward soltó una gran carcajada al escuchar a Bella. Ella le contó su encuentro con Jacob, que le había acompañado al club para dejar las bolsas y todo lo que había pasado. Incluso su masturbación viendo al trío gay. Después siguió con la conversación que habían mantenido.
—Eso me ha dicho y parecía muy seguro de sí mismo —declaró Bella.
—Pues lo lleva chungo. No me gustan los hombres, así que no pienso dejarle que me dé por el culo ni tampoco darle yo a él. Ni hacerle una felación o que me la haga, ya puestos.
Se quedaron un momento en silencio, abrazados en la cama.
—He pensado que mañana por la noche podríamos ir otra vez al club. Ya he llamado a Ángela para que se quede con Renesmee —confesó Bella.
—Me parece bien. Tengo ganas de repetir.
En ese momento Bella recordó la publicidad que había cogido en el local. Se deshizo del abrazo de Edward y fue a buscar su bolso.
—Mira, estas son las fiestas que hay este fin de semana y toda la semana que viene en el club. Podemos ir, además de mañana, el martes, el miércoles y el jueves. Me gustaría ir a la del lunes pero es solo para travestis y chicos que vayan solos, así que no podemos entrar. El local estará cerrado solo para ellos.
Edward agarró lo que Bella le daba y lo miró.
—Todas tienen buena pinta, pero no podemos ir todos los días al club. Es demasiado — respondió.
—¿Por qué no? —cuestionó ella—. Hacemos el amor todos los días. ¿Por qué no podemos ir al club a echar un polvo cada día?
Edward se recostó contra el cabecero de la cama.
—Porque me da la sensación de que si lo hacemos en el local, luego en casa no vamos a querer y, ante todo, está nuestra intimidad y privacidad. Está muy bien que vayamos al club de vez en cuando, un día a la semana, por salir de la rutina. Pero todos los días me parece exagerado.
—Pues a mí no me importaría. Además, podemos hacerlo en el club y en casa también.
—Eres una viciosa —sonrió Edward.
—Pero te gusta que lo sea, ¿a qué sí? —dijo Bella reptando por su cuerpo hasta su boca.
Fusionó sus labios con los de él al tiempo que le quitaba la publicidad de las manos. Se sentó a horcajadas en su regazo y comenzó a restregarse contra la dureza que Edward tenía entre las piernas.
—Además —prosiguió ella—, contigo quiero siempre.
—De momento —añadió él separándose de sus labios para tomar aire—, vamos a ir mañana y luego ya veremos.
De nuevo unieron sus bocas y poco a poco el beso dio paso a una noche de placer sexual que los preparó para lo que iban a vivir cuando fuesen al club.
Sexy Party era una fiesta que consistía precisamente en insinuar. Porque es más morboso sugerir que mostrar, todas las personas que participaban iban ligeritas de ropa pero sin enseñar nada. A lo largo de la noche, las prendas íntimas de seda, raso, encaje y demás irían desapareciendo según fuera calentándose el ambiente.
Edward se había comprado para la ocasión una camiseta de tirantes toda llena de agujeros que iba a juego con un tanga de cuero negro. Por la parte de atrás, la camiseta acababa en unos faldones que le tapaban el trasero, pero cualquiera podría vérselo solo con levantar un poco la prenda.
Bella llevaba un body de encaje negro con lacitos rojos muy sexy. Con un pronunciado escote que le llegaba hasta el ombligo y la parte trasera cubierta de tiras en la zona del culo, estaba atractiva y sensual.
Todos los participantes iban descalzos para facilitar la comodidad y les habían advertido que, durante la noche, habría varios apagones en los que podrían aprovechar para quitarse prendas poco a poco o para tocar y besar a quien tuvieran al lado en ese momento.
Bella y Edward estaban nerviosos por conocer qué les depararía esa fiesta en el club. Seguro que sería una noche mágica, morbosa y que los dos disfrutarían al máximo.
El ritmo del reggaetón aumentaba su ansiedad sexual. Era tal la excitación que el corazón les bombeaba frenético en el pecho, amenazando con romperles la caja torácica.
Mientras bebían sus cócteles bailaban sensualmente en mitad de la sala junto con otras parejas. Todas se miraban, se sonreían y, algunas, lanzaban besos al aire.
—Mira esas chicas de ahí —señaló Bella indicando a dos morenas—. La del camisón rojo de encaje y la del conjunto de braguita y sujetador negro. No te quitan los ojos de encima —le dijo a Edward—. Seguro que quieren hacerlo contigo.
—No están mal. Me gusta más la morena del camisón que la otra. Tiene las tetas más grandes que su amiga y diría que un culo perfecto, si no fuera porque el culito más perfecto que hay en todo San Diego es el tuyo, cariño.
Agarró a Bella de la cintura, pegándola a él, y devoró sus labios con pasión. Ella se colgó de su cuello y se restregó contra su pelvis.
—¿Te apetece que les digamos algo? —preguntó Bella.
—Sí tú quieres, bien. Pero ¿qué harás tú? ¿Vas a mirar? ¿Vas a participar? ¿O vas a buscar algún hombre?
—De momento me quedaré con vosotros y luego ya se verá.
Edward aceptó la propuesta de su mujer y, cogidos de una mano, con los cócteles en la otra, se acercaron a las chicas.
Tras las presentaciones iniciales, Bella les propuso que si querían tener sexo con su marido y ellas dijeron que sí.
Entonces Bella se apartó un poco para dejarlas el camino libre.
Se sentó en un sofá contemplando cómo la tetona comenzaba a besar a Edward mientras la otra acariciaba su torso por encima de la camiseta. Bajó su mano por el vientre masculino y llegó hasta los genitales. Los sopesó y lanzándole una mirada a su amiga, le dijo:
—Está bien dotado.
—Ya te lo había dicho —recordó la otra.
Seguramente habrían estado hablando entre ellas antes de que Edward y Bella se acercasen, valorando al hombre en la distancia.
La de las tetas grandes volvió a besar a Edward en la boca mientras él le acariciaba los pechos. Ella dejó vagar su mano por la espalda de él hasta llegar a su trasero, que apretó por encima de los faldones de la camiseta.
—Y tiene el culo duro. Me encanta —le dijo a su amiga.
—Pues la polla ni te cuento. Como si fuera acero —respondió la otra, que había metido la mano por dentro del tanga para comprobar el miembro de Edward.
Bella disfrutaba del espectáculo, viendo cómo esas dos manoseaban y se comían a su marido, que iba pasando de la boca de una a la de la otra, besándolas a ambas.
—¿Tu mujer solo va a mirar o quiere unirse a nosotras? —preguntó una de ellas.
—Ella decidirá dentro de un rato lo que quiere hacer —contestó Edward. En ese momento, se apagó la luz.
Las manos que le estaban tocando el culo se agarraron a su camiseta y Edward sintió cómo se la subían hasta sacarla por la cabeza. Acto seguido, dos pares de labios buscaron a tientas sus tetillas y cuando las encontraron, comenzaron a succionar para endurecerlas. Él aprovechó para quitarle el sujetador a la que iba con el conjunto de lencería. Planeó que en el próximo apagón le quitaría el camisón a la otra chica.
Bella notó una mano sobre su muslo y se tensó. Los dedos fueron subiendo hacia arriba, directos a su ingle mientras el calor de una boca buscaba su cuello. Cuando lo encontró, se pegó a él, lamiéndoselo. Esto hizo que todas las terminaciones nerviosas de Bella se disparasen alteradas. Pudo comprobar que tenía barba porque le hizo cosquillas en la piel.
—Me encanta tu olor —susurró el hombre tras aspirar su aroma en la garganta de Bella.
—Gracias —musitó ella.
La luz volvió y Bella descubrió a un joven de unos treinta años, rubio, con barba y ojos azules, que parecía el típico jugador de rugby.
Se miraron a los ojos y se sonrieron.
A su lado, Edward y las dos mujeres se sentaron para estar más cómodos.
Seguían besándose y acariciándose. Todo eran manos y bocas ávidos de placer.
Edward se inclinó hacia la chica de las tetas grandes y, por encima de la tela del camisón, succionó uno de sus pechos mientras ella se retorcía y jadeaba. La amiga acariciaba la espalda de él, repartiendo besos por toda su piel. En su viaje descendente, llegó hasta el trasero de Edward y tras darle cuatro o cinco besos en cada nalga, le mordió en una de ellas, haciendo que el hombre gimiera de pasión.
Bella seguía entretenida con su jugador de rugby. El chico llevaba un mono sin mangas, con la parte superior transparente y el bóxer en el que acababa la prenda de lycra. Tenía una cremallera central que Bella fue bajando poco a poco, descubriéndole para ella mientras no dejaban de besarse y él le acariciaba la entrepierna, pasando sus dedos por el lugar más codiciado.
Cuando llegó al final de la cremallera, le bajó los tirantes por los hombros hasta sacárselos por los brazos. El mono quedó enrollado en la cintura del chico y ella pudo dedicarse a inspeccionar con las manos el torso masculino.
Otra vez se quedaron a oscuras.
Edward aprovechó para quitarle el camisón a la chica de las tetas grandes como había planeado y se cernió sobre ella, viajando por todo su vientre hasta que llegó a la braguita. Lamió por encima de la tela su sexo y le arrancó gemidos de placer. Con la otra mano, tanteó en busca de su amiga y le amasó un pecho para que no se quejara por estar desatendida.
—Cuando vuelva la luz —oyó que decía una de ellas—, nos vamos a desnudar los tres a la vez y vamos a follar. Ya no aguanto más.
Bella por su parte continuaba sumergida en las sensaciones que el jugador de rugby le provocaba con sus dedos recorriendo su hendidura.
—Quítame el body para que pueda sentir tus caricias en mi piel desnuda —le pidió.
El chico se apresuró a cumplir su deseo mientras los jadeos y gemidos de otras parejas resonaban en la estancia. La temperatura había ascendido y el aroma del sexo se estaba extendiendo por el lugar a pasos agigantados.
La piel de Bella ardía con las caricias del joven. Cuando le quitó el body y regresó, en un viaje tortuoso destinado a enloquecerla por sus pechos, su abdomen y su pubis, creyó que moriría de placer.
Pero aún había más.
Lo sintió moverse y abrirle más las piernas para colocarse entre sus muslos.
Entonces el calor húmedo de su boca se posó sobre sus pliegues femeninos y comenzó a lamerla al tiempo que insertaba un dedo en su vagina.
En ese momento, la luz se encendió de nuevo.
Bella y Edward se miraron. Los dos se habían olvidado del otro, tan centrados como estaban en su propio placer.
Ambos sonrieron y Edward le guiñó un ojo cómplice a su esposa. Ella amplió aún más su sonrisa y su mirada regresó al jugador de rugby, que, concentrado entre sus piernas, lamía, chupaba y succionaba toda su vulva y su clítoris.
—Túmbate en el sofá a lo largo. Quiero hacer un sesenta y nueve —le dijo al chico. Cambiaron posiciones y los dos comenzaron a darse un festín.
Mientras, Edward y sus dos amantes se habían desnudado por completo. También estaban tumbados, ocupando la otra parte del grandioso diván de cuero rojo. Al tiempo que una de las chicas estaba sentada en la boca de Edward para que este comiera su sexo, la otra le cabalgaba con frenesí tras haberle puesto un preservativo.
Todos estuvieron dándose placer, intercambiando posiciones, hasta que alcanzaron el orgasmo.
El de Bella fue demoledor. La dejó laxa, exhausta, sin fuerzas para continuar.
Pero no quería marcharse todavía. Conocía bien su cuerpo y sabía que si la dejaban descansar un rato, tendría fuerzas de nuevo para enfrentarse a lo que fuera.
Cuando el matrimonio volvió a estar junto y solo, Edward abrazó a su mujer y la acunó contra su pecho.
Algunos participantes de la fiesta se les acercaron para jugar, pero ellos les dijeron que no era el momento. Se dedicaron a mirar cómo la gente a su alrededor se entregaba a la pasión, al desenfreno y la locura.
Bella estaba sumiéndose en un agradable sopor cuando, de pronto, le pareció ver a una persona que no debería estar allí. Pero cuando volvió a mirar con más detenimiento ya no la vio, así que pensó que se lo había imaginado. ¿Cómo iba a estar ella allí? ¡Imposible!
—¿Quieres que vayamos al jacuzzi? —le preguntó Edward.
—Sí, me apetece darme un baño. Además, aquí me estoy relajando tanto que me voy a quedar dormida.
—¿Cómo es posible que te vayas a quedar dormida con la música y la gente follando a nuestro alrededor? —quiso saber su marido riéndose.
Ella se encogió de hombros, le besó con rapidez y se alzó del sofá. Le tendió la mano para que él se levantara también.
Con los dedos entrelazados, caminaron por el pasillo que iba a la zona de la piscina. Al doblar la esquina, se encontraron con Jacob y Sam de frente.
—¿Vosotros también participáis hoy? —preguntó Bella al verlos a los dos completamente desnudos.
—Sí. Hoy nos apetecía, así que nos hemos animado —respondió Jacob. Le lanzó una mirada cómplice a Sam y este asintió con la cabeza.
—Yo me voy a ir por ahí a ver qué encuentro —dijo su amigo—. ¿Os importa que Jacob se quede con vosotros un rato? Cuidádmelo bien, queridos.
Y sin esperar a su contestación, echó a andar hacia la sala.
Al quedarse solos los tres, Jacob se dirigió al matrimonio Masen:
—¿Lo estáis pasando bien?
—Genial —replicó Edward—. Aunque estamos ya un poco cansados. Íbamos al jacuzzi a descansar y reponer fuerzas para poder continuar.
—Bien. Os acompaño.
Permanecieron en silencio unos segundos, hasta que de nuevo Edward tomó la palabra.
Mientras, caminaron por el pasillo acercándose a la piscina.
—Me ha contado Bella los planes que tienes para nosotros. Si ella quiere, puedes follártela, pero a mí no me vas a dar por el culo ni te voy a hacer una felación ni nada de eso. No me van los hombres —le soltó a bocajarro.
Sin embargo, su tono de voz fue el de siempre, como si hablase del tiempo. No había malestar ni dureza.
Quería que las cosas quedasen claras entre ellos antes de continuar en su compañía, pues intuía que Jacob se había quedado con Bella y con él para cumplir sus deseos.
—Nunca digas de esta agua no beberé, Edward. La vida da muchas vueltas y no sabes lo que te va a tocar —rebatió su amigo.
Llegaron al jacuzzi y se metieron dentro. Había dos parejas más que estaban tan entretenidas que ni se dieron cuenta de que tenían compañía.
Jacob y Edward no comentaron nada más, por lo que los tres se relajaron dentro del agua. Bella cerró los ojos, apoyándose con la nuca en el borde.
De repente, sintió unos dedos que jugaban con su pezón derecho. Supo que era Jacob porque Edward estaba sentado a su izquierda.
Levantó los párpados mínimamente y miró por entre las pestañas a su amigo. Después desvió la vista hacia su marido, que observaba su reacción.
Jacob se detuvo, a la espera de que ella lo rechazara o lo aceptase.
Como Bella volvió a cerrar los ojos sin quejarse, Jacob continuó con sus tocamientos.
Primero jugó con el pezón derecho. Como ya estaba excitado y duro, tiró un poco de él y después se lo metió en la boca. Lamió y succionó, deleitándose con su sabor y después se pasó al otro.
Bella se retorcía por las descargas de placer que le estaba provocando con el calor húmedo de su boca y la lengua fustigando las cimas endurecidas.
—Qué bien le saben las tetas a tu mujer —comentó Jacob a Edward.
—Pues el coño es todavía mejor. Pruébalo —respondió él.
—Tendré que sacarla de aquí; de lo contrario, no podré hacerlo. Me ahogaría —dijo Jacob.
Bella los escuchaba sin intervenir. Estaba tan relajada que no le importaba lo que hicieran con ella.
—Bien. Vamos a sacarla —aceptó Edward.
Salió del jacuzzi y agarró a Bella por las axilas mientras Jacob la cogía de las piernas. La sentaron en el borde de la piscina. Edward se arrodilló detrás de su esposa, recostándola sobre su pecho.
—Si en algún momento quieres que paremos, dilo —murmuró en el oído de Bella.
—No, no quiero que os detengáis —susurró ella—. Quiero disfrutar.
Cuando terminó de decir esto, su amigo se apoderó de su boca unos segundos y después fue bajando por todo su pecho, el vientre y el pubis, repartiendo pequeños besos que alternaba con tiernos bocados, encendiendo todavía más a la mujer.
Jacob llegó al sexo de Bella, y comenzó a lamer y chupar toda la hendidura.
—Tenías razón, amigo. Es exquisita.
Le separó un poco más los muslos para poder disfrutar de ella y beberse todo su placer mientras Edward paseaba sus manos por la piel de ella, observando por encima del hombro de su mujer cómo su amigo jugaba con los sentidos de Bella.
Ella giró la cara, buscando la boca de su marido. Alzó los brazos hacia atrás, lo cogió por la nuca y lo inclinó hacia adelante para fusionar sus labios.
Mientras, Jacob seguía entretenido con su sexo. La sensación de sus labios rozando los pliegues femeninos y la punta de su lengua penetrándola despacio, estaban consiguiendo que las terminaciones nerviosas de Bella se volviesen locas.
Ella estaba ardiendo de pasión. Notaba el calor que precede al orgasmo apoderándose de su bajo vientre. Supo que en breves segundos alcanzaría el clímax y la felicidad se expandiría por su cuerpo, llegando a cada una de sus células.
Cuando el tsunami la barrió, Bella gritó, pero su gemido de placer quedó ahogado por los besos de Edward.
Entonces Jacob se colocó un condón para poder penetrarla con seguridad. La alzó un poco de las caderas para poder colarse en su interior. Con los dedos anclados a su cuerpo, se hundió en ella hasta que la colmó y se detuvo.
—¡Joder! ¡Qué caliente tiene el coño! Se me va a derretir la polla dentro de él —exclamó.
—Quien se acaba de derretir soy yo —murmuró Bella, que aún sentía en su sexo los últimos espasmos del orgasmo.
—Mi mujer es magnífica. Irradia sensualidad, es una trampa de erotismo de la que ningún hombre querría escapar —la piropeó Edward.
—Desde luego que sí —coincidió Jacob con él.
Su amigo comenzó a moverse. Al principio entraba y salía despacio, deleitándose con la seda caliente que era la vagina de Bella. Después aumentó el ritmo.
Edward acariciaba los senos de su esposa, tironeaba de sus pezones y después pasaba la palma para calmar el dolor que le pudiera haber producido. Repartió besos por toda la garganta de ella, por la clavícula y el lóbulo de la oreja.
—Creo que me voy a correr otra vez —gritó Bella en mitad del incendio que se estaba desatando entre sus piernas de nuevo—. Edward… Necesito… Tócame el clítoris…
Su marido, obediente, bajó los dedos hasta su nudo de nervios al tiempo que Jacob la empalaba cada vez con más fuerza, próximo también a su liberación.
Comenzó a frotar, intentando aniquilar el sentido común de Bella y reducir a cenizas todos sus pensamientos.
Cuando empezó a temblar como una hoja, Edward supo que ya no tardaría mucho en correrse.
—¿Cómo vas, Jacob? ¿Estás a punto? Ella casi lo está —comentó mirando a su amigo.
Pero él no contestó porque en ese momento alcanzó su éxtasis y soltó un gutural sonido. Echó la cabeza hacia atrás y descargó en su amiga toda su esencia.
Segundos después Bella le siguió y también emitió un grito de placer al liberarse.
—Ahora me toca contigo —dijo Jacob cuando su corazón dejó de martillear en su pecho con tanta fuerza que parecía que se le iba a salir—. Quiero chupártela y darte placer.
Edward le miró, meneando la cabeza.
—Ya te he dicho que no —volvió a negarse.
—Vamos… No vas a notar diferencia entre que te la chupe yo o lo haga Bella —insistió Jacob.
—No.
Bella intervino.
—¿Por qué no, Edward? Seguro que te gusta. Edward la miró cómo si tuviera dos cabezas.
—¡No! ¡No quiero tener sexo gay! ¡A mí no me gustan los hombres!
—Vale, vale, no te sulfures —comentó Jacob riéndose—. Tenía que intentarlo, pero si no quieres, peor para ti. Tú te lo pierdes.
Se levantó y se despidió de ellos.
Edward y Bella se quedaron un momento en silencio. Después ella habló.
—A mí me gustaría verte en esa situación. Debe ser supe morboso. Otra cosa es que te den por el culo, pero si solo es chupártela, no veo nada malo. Al contrario, me excitaría mogollón igual que me calienta cuando te la chupa una tía.
—Bella, solo de pensar que un hombre me haga una felación se me revuelve el estómago.
—Pero piensa que es para cumplir un deseo mío. ¿No me darías ese capricho? O sea que yo me puedo dejar follar, lamer y chupar por otros hombres y mujeres, ¿y tú no puedes permitir que te coma la polla un tío? No es justo, Edward.
—Todavía no has tenido sexo lésbico, así que no puedes hablar de lo que es justo y lo que no.
Bella se quedó pensando unos segundos. Después se levantó y le tendió la mano.
—Ven, volvamos a la sala de fiesta.
Regresaron allí y, justo al entrar, Bella le dijo a Edward:
—Elige una mujer o dos para que me den placer. Me da igual rubia, morena, pelirroja, con tetas grandes, pequeñas… Elige, venga, Edward. ¿No quieres que tenga sexo lésbico? Pues vamos. Escoge la que más te guste para mí.
Edward la miró con cara de pocos amigos.
—Creo que nos deberíamos ir a casa. Esto se está descontrolando demasiado.
—¿Tienes miedo? —le preguntó Bella.
—Te estás pervirtiendo mucho —contestó Edward.
—Me lo estoy pasando genial y no quiero que la noche se termine.
—Llega un momento en que todo tiene que acabar. Por el bien de los dos. Y ese momento es este.
Se dio la vuelta para dirigirse al vestuario, con ella agarrada de su mano, pero Bella no se movió.
—Venga, Edward, no seas aguafiestas.
—Y tú no seas viciosa —respondió él—. La fiesta se ha terminado para nosotros.
Como Bella no quería discutir con él y sabía que ya lo había presionado bastante, cedió y se marcharon al vestuario para después irse a casa.
