10. Cicatriz


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Hinata se quitó el delantal que protegía su radiante vestido amarillo y lo dejó sobre el respaldo de la silla de la biblioteca que acababa de limpiar. La biblioteca resplandecía, así como la mesa y la mayoría de las estanterías que cubrían las paredes. Todavía había mucho que hacer, pero en la biblioteca había hecho grandes progresos, así como también en muchos de los salones de aquella ala de la casa. Ella y su ejército de mujeres de la aldea.

El reverendo Senju la había ayudado a reclutar a media docena de mujeres dispuestas a trabajar en el castillo Namikaze y el zaguán de la planta baja hervía de actividad, se escuchaban canturreos y sonidos que Hinata estaba segura que no se habían visto u oído durante mucho tiempo en el castillo.

El ritmo quedo de las voces femeninas, el trajín de las faldas, el roce vigoroso de las escobas produjeron en Homura Mitokado un gesto malhumorado por lo que él denominaba con amargura

«Invasión de enaguas». Pero Inari y Kabuto, el otro criado joven, se apresuraron a ofrecer su ayuda, sacando el polvo, la suciedad de muchos años.

Hinata había insistido en quitar ella misma las telarañas de la biblioteca. Cuando se abatieron las sombras de la tarde, contempló las hileras de libros ahora ordenados pulcramente en las estanterías y se sintió enormemente satisfecha. Al día siguiente empezaría a clasificarlos y catalogarlos, pero por ahora...

Se pasó una mano fatigada por la frente. Acalorada por los recientes ejercicios, se deslizó al exterior a respirar un poco de aire fresco. El descuidado e intrincado jardín que se abría en la parte trasera del edificio se extendía tranquilo y silencioso ante ella. Los nudosos rododendros y los arbustos de las azaleas elevaban sus brazos a través de la neblina de la tarde. Una alfombra de campanillas y de brezo dorado había tomado posesión del sendero y la dulce fragancia se entremezclaba con el sabor del mar.

Era como si las flores hubieran florecido en total desafío contra aquella dura tierra, la humedad de la niebla y el rugido distante del mar. y cuando Hinata cogió una flor rosada de rododendro de uno de los árboles, empezó a creer que existía la posibilidad de que ella también pudiera florecer allí.

Después de la última noche. No estaba tan loca como para creer que entre ella y Naruto había florecido un gran amor. No de la clase que siempre había soñado. Pero lo que sucedió en aquel dormitorio demostraba que podían convivir bien y razonablemente el uno junto al otro.

Aunque... Hinata frunció ligeramente el entrecejo cuando se agachó para coger algunas campanillas y un puñado de brezo. Tenía que admitir que no había sido demasiado razonable cuando se despertó aquella mañana y se encontró que su marido se había desvanecido, sin dejar un recado de a dónde había ido, sin ni siquiera despedirse de ella. Aquello la hirió en lo más íntimo porque no se lo esperaba.

A ella le había afectado porque era una tonta. Claro que no podía esperarse que Naruto bailara en su presencia. Ese hombre estaba acostumbrado a ir a la suya, a vagabundear libre y salvaje sin contar con nadie. Y ella tenía muchas cosas en qué ocuparse durante su ausencia.

En primer lugar, civilizar aquella casa, se dijo con una sonrisa mientras se adentraba por el sendero del jardín y recogía más flores. Luego ya se ocuparía de civilizar al hombre.

Porque era obvio que su marido necesitaba que lo civilizaran. Se puso tensa, escuchando, cuando escuchó un bramido procedente de la casa.

Naruto... la estaba llamando. Al fin había vuelto a casa. El corazón empezó a latirle un poco más deprisa. Era extraño lo rápidamente que podían cambiar las cosas. El día anterior por la mañana la habría aterrorizado encontrarse con su formidable marido. En cambio ahora sentía timidez y, al mismo tiempo, fervientes deseos de volver a verlo.

Pero no podía llamarla de la misma manera que llamaba a sus perros. Se dijo que tenía que permanecer en calma y esperar hasta que Naruto apareció en el extremo del sendero, con la capa de montar sobre sus anchos hombros y los rubios cabellos flotando sueltos alrededor de su rostro.

Parecía fuera de lugar en el jardín, como un sombrío señor de la guerra que hubiera perdido el camino, procedente de una época lejana.

Su sombrío señor de la guerra. El corazón de Hinata dio un brinco con inesperado y bravío orgullo. Luego sintió un sobresalto y se arregló apresuradamente su aspecto, los cabellos todavía recogidos en el gorro que se había puesto mientras limpiaba.

Se escondió detrás de un árbol, se quitó el gorro y se pasó los dedos, desesperada, por los desordenados rizos.

Naruto la siguió buscando.

— ¡Hinata! — ahora su voz sonó más cortante, casi alarmada mientras se dirigía por un sendero que lo llevaba en dirección opuesta.

Se guardó el gorro adornado con encajes en el bolsillo del vestido. Apretando el ramo, salió en busca de Naruto y le agarró la parte trasera de la capa.

— Aquí estoy — dijo casi sin aliento.

Él se giró en redondo como si ella lo hubiera apuntado con una pistola, el rostro extrañamente pálido. Pero el color volvió a sus mejillas cuando la sorpresa dio paso a la ira.

— ¡Demonios del infierno, señora! ¿Por qué te escondes de mí de esta manera?

— Yo... yo no me he escondido — tartamudeó Hinata, retrocediendo ante el hosco recibimiento de su marido— . No quería sorprenderte.

— Pues lo has hecho de todos modos. ¿Qué diablos has estado haciendo aquí en mi ausencia? ¿Por qué tengo la casa llena de mujeres? — su cólera hizo que Hinata retrocediera un paso, apretando aún más el ramo de flores.

— Son... mujeres de la aldea.

— Ya lo sé. ¿Qué están haciendo aquí?

— Las he contratado para que me ayudaran a limpiar.

— ¿Y quién te ha dado permiso para hacerlo?

— Tú.

Como Naruto se la quedó mirando como si hubiera perdido el juicio, se apresuró a añadir:

— Cuando el señor Senju me llamó esta mañana, me dijo que le habías dicho que podía tener una muchacha que...

— Una muchacha. Eso significa una— dijo Naruto— . No pretendo tener el castillo lleno de mujeres.

— No he dicho que había contratado a cuatro o cinco doncellas — replicó Hinata con indignación— . Sólo creí que...

— ¡Ya sé lo que pensaste! Lo mismo que cualquier otra mujer desde el principio de los tiempos. Que en cuanto te casas con un hombre, puedes entrar a saco en su casa y empezar a cambiarlo todo.

— Pensé que se suponía que esta también iba a ser mi casa — no añadió que creía que su reacción a todo eso también sería diferente. Cuando ella apareció, Naruto pensó que era una criatura inútil y quiso demostrarle lo sensible y eficiente que podía ser como señora del castillo Namikaze. Y esperaba que se sintiera orgulloso de la mujer que había elegido.

Pero esto era lo que ella parecía estar a punto de olvidar. Que Naruto no la había elegido. Lo había hecho el Buscador de novias.

— Magnífico — dijo Hinata, tragando con dificultad el nudo que se le había formado en la garganta— . Ahora volveré a la casa y pondré todas las telarañas donde las he encontrado.

Giró en redondo y se alejó de él en un revuelo de enaguas. Las flores casi se le fundieron en las manos mientras atravesaba el jardín con paso apresurado a causa de su orgullo y sus sentimientos heridos.

— ¡Hinata, espera!

Ignorando la orden, ella siguió caminando, pero Naruto acortó la distancia que los separaba en dos zancadas y la cogió por el brazo. Ella no tuvo más remedio que dar la vuelta y quedar frente a él, aunque se mantuvo rígida bajo su mano.

La expresión de Naruto se había suavizado un poco, y apretó la mandíbula antes de lograr emitir las siguientes palabras.

— Yo... yo, lo siento.

No fue la disculpa más elocuente que Hinata había escuchado en su vida, pero sí la más sincera. Y la más difícil de emitir. La joven hizo un gesto para demostrarle que la aceptaba y se relajó un poco.

— Es que me sorprendes constantemente — siguió diciendo él— . Desde el principio. Yo... yo no estoy acostumbrado a todo esto. Son tantos los cambios.

— Ninguno de los dos estamos acostumbrados.

La mano se deslizó por el brazo y le sujetó la suya y la joven descubrió por fin alguna huella, en sus duros rasgos, del hombre que había estado con ella en la cama la noche anterior. Ternura. Gentileza.

Su respiración se aplacó porque ella imaginó que podría ofrecerle una cálida acogida. Deseaba hacerlo. Hinata pensó que lo vería en sus ojos, esos ojos apremiantes que parecían atraerla a sus brazos a través del absoluto poder de su mirada. Hinata dio un paso titubeante cuando la mirada se desvaneció. Naruto bajó los párpados, la soltó y la dejó más confundida que antes.

— ¿Y qué estabas haciendo aquí tan sola? — preguntó.

Hinata tardó un momento en responder. Estaba tan segura de que él la besaría que hasta había preparado los labios. Luchando contra su desilusión y embarazo, finalmente consiguió hablar.

— He salido al jardín. Aquí hay algo casi mágico.

Levantó el hermoso ramo para que él lo viera, pero Naruto contempló las flores con tanto entusiasmo como si fueran un manojo de dulcamaras venenosas.

Hinata en ese momento se sintió más estúpida que nunca y apartó el ramo.

— Nunca había visto flores en esta época del año tan temprana.

— No deberías haberlo hecho. Es peligroso.

— ¿Coger flores?

— No — repuso él lacónico— . Merodear por el jardín. El sendero desciende y acaba en el acantilado. No quiero que pasees sola por aquí.

— Está bien — convino ella con cierta renuencia. Aunque apreciaba su preocupación, deseaba discutir con él, decirle que no era una niña descuidada o una muñeca de porcelana que necesitara que la guardaran en una vitrina.

Sin embargo, vio algo en su expresión que la obligó a mantenerse callada. Naruto se alejó unos pasos de ella, se apoyó en un árbol y se quedó contemplando el intrincado sendero que había asegurado que llevaba hasta aquellos peligrosos acantilados que descendían verticalmente hacia el mar. Por primera vez, Hinata observó que parecía muy fatigado, con las arrugas del cansancio bien marcadas en la cara.

Se imaginó que él era uno de aquellos hombres de acero, nacidos a lomos del caballo que podían pasar horas y horas en la silla de montar sin que ello les afectara. ¿Qué es lo que debía de haber estado haciendo que lo había dejado tan agotado?

Cuando se atrevió a preguntárselo, la única respuesta que recibió fue breve y concisa.

— Me he ocupado de unos asuntos de la hacienda. Nada que tenga mucho interés.

Entonces, ¿por qué parecía tan preocupado que ella hubiera deseado apartarle los cabellos de la frente, acariciar aquella cicatriz de guerrero y asegurarle que todo estaba bien? Excepto que ella no tuviera la más mínima idea de lo que era nada y estaba claro que él no tenía intención de contárselo.

La tristeza y la frustración se apoderaron de Hinata. Considerando las intimidades que ella y Naruto habían compartido, pensó que las cosas podrían ser diferentes. Seguramente su marido ya no sería un extraño para ella. No después de la noche pasada.

Sin embargo, tenía los hombros tan rígidos e intocables como no los había visto nunca y se mantenía completamente cerrado a ella. Fueran cuales fueran sus sombríos pensamientos, al parecer le hacían sufrir.

— Y en cuanto a las mujeres de la aldea — dijo apartándose del árbol— . Puedes decirles que hagan lo que tú quieras en la casa, pero que no entren en mi estudio.

— Como tú desees, milord — murmuró Hinata, ocultando su disgusto por el modo con el que seguía tratándola— . El cielo sabe que ya tengo muchas cosas que atender. Todavía quedan los dormitorios y luego toda el ala vieja de la casa. Estoy segura de que la torre del homenaje del castillo podría limpiarse bien y...

— ¡No! — exclamó Naruto con tal vehemencia que Hinata se lo quedó mirando boquiabierta.

— No tienes ni que acercarte a la torre del homenaje, ¿lo entiendes? — dijo con ferocidad.

— ¿Por qué? Los lugares históricos me despiertan una gran curiosidad, y estaba buscando...

— ¡No! ¡Te lo prohibo!

Hinata se puso rígida ante aquel tono perentorio. Estaba haciendo todo lo que podía para ser paciente y comprensiva, pero Naruto se lo estaba poniendo muy difícil.

— Te doy mi palabra, milord — dijo— . Primero me dijiste que saliera de tu biblioteca. Luego de los jardines, y ahora de tu castillo. ¿Soy tu esposa o tu prisionera?

— No estoy habituado a que nadie cuestione mis órdenes, señora.

— Y yo no estoy habituada a obedecer órdenes irracionales, señor.

— ¿Acaso es irracional que pretenda mantenerte a salvo? La torre del homenaje del castillo es vieja, oscura, sucia y está llena de... de arañas.

— Sólo me dan miedo algunas arañas. Pero presiento que existe alguna otra razón. ¿Qué me estás ocultando? ¿Otra esposa?

Hinata sólo había querido hacer una broma, pero la incómoda expresión que apareció en el rostro de Naruto, no le hizo recobrar la seguridad ni mucho menos.

— No estoy ocultando nada — dijo— . Si tienes tanto interés en visitar el lugar, ya te llevaré yo algún día.

— ¿Cuándo?

Su insistencia hizo que apretara las mandíbulas.

— Cuando... cuando haga que estamos casados un año y un día.

— Esto parece un cuento de niñera.

— Bueno, esto es lo que querías al venir aquí, ¿no es cierto? — replicó él— . ¿Un cuento de hadas?

Su sarcasmo le provocó el dolor de un latigazo, echándole en cara ese disparate del retrato, dañándola más aún porque pensó que ya lo había olvidado. Quizá todavía no conocía bien a los hombres. Sobre todo a este.

— Quizá llegué aquí con algunos conceptos equivocados, milord — dijo mirando a Naruto con expresión de reproche— . Pero no estás ayudándome a superarlos.- Luego se recogió las faldas y se dirigió a la casa antes de que el acopio de dignidad se transformara en algo parecido a las lágrimas.

Esta vez Naruto no hizo ningún esfuerzo para detenerla. Aunque lo deseaba hasta tal punto que le dolió la necesidad de tomarla entre sus brazos, cubrirle el rostro con un aluvión de besos, llevarla hasta el lecho y perderse en su amor. Como cualquier hombre haría con su mujer. Sin ninguna sombra ni dificultad entre ellos.

Pero Naruto se quedó allí quieto viéndola marchar hasta que el brillo del vestido y sus negros cabellos desaparecieron en el interior de la casa. En ese momento fue como si todo el color y la calidez se desvanecieran del jardín, dejando sólo un cielo gris y frío y un viento amargo soplando del mar.

Naruto se apretó los ojos con los dedos, se sentía demasiado cansado siquiera para lanzar un juramento. La había vuelto a herir, y era lo último que deseaba hacer.

Dios, ¿Cuándo aprendería a dejar de gruñir ante su mujer igual que una bestia salvaje? Ni siquiera después de que Mitokado revolviera todos los infiernos de su interior, ni siquiera después de haber entrado como una tromba en la casa y de haber encontrado el lugar lleno de mujeres, intentó dominar su temperamento. Sólo había ido en busca de Hinata para discutir con ella la situación, con un tono firme pero razonable.

Pero cuando la encontró en el jardín no fue capaz de escuchar sus razonamientos porque el pánico se le clavó en el corazón y no fue capaz de ver nada más que el sendero que conducía a aquellos malditos acantilados.

El cielo le ayudó. Esa mujer lo estaba haciendo tan vulnerable como no lo había sido durante mucho tiempo. Cuando finalmente apareció, se sintió tan aliviado, que dejó atrás la ira ciega e irracional.

Y como si todo eso no hubiera sido ya bastante, justo cuando había dejado de discutir con ella, Hinata había sacado a colación lo que él precisamente evitaba. El deseo de visitar la parte vieja del castillo.

A causa de la alarma que le produjo, fue incapaz de pensar e interpretó su papel de tirano. Y le prohibió que visitara la torre del homenaje hasta que hubiera pasado un año y un día.

¿Un año y un día? Naruto se sobresaltó. ¿De dónde había sacado esa idiotez? Hinata tenía razón. Todo eso parecía salido de un maldito y absurdo cuento de hadas.

Sin embargo, ¿Qué otra cosa podía hacer o decir? ¿Acceder a que entrara en el viejo zaguán del castillo, dejarla que rindiera pleitesía al fantasma de Jiraya? ¿Presentarle al resto de la herencia de la familia, igualmente terrorífica, incluidos sus malditos poderes?

Quizá lo mejor sería hacerlo. Siempre había sido un hombre sincero y la constante necesidad de secretismo estaba empezando a pesarle. La máscara que estaba obligado a llevar, ahora le irritaba.

Quizás el tiempo le daría la razón a Hinata. ¿Qué era lo peor que podía suceder?

Se inclinó y recogió una azalea disgustado por el modo con el que le temblaba la mano. Recordaba con tanta claridad cómo lo había mirado Hinata cuando le había mostrado el ramo, sus labios suaves y sonrientes, sus ojos brillando maravillados mientras le hablaba de la magia de haber encontrado flores. A él, que nunca había visto magia en nada.

Pero estaba empezando a verla en ella y eso le asustaba. Hizo girar la azalea en sus manos y pasó un dedo por los sedosos y blancos pétalos.

De pronto la voz de Deidara retumbó en su cabeza, Deidara con su diabólico poder de hacer remover en un hombre los recuerdos más dolorosos.

«Has pensado en regalarle flores...» Naruto apretó los labios y luchó contra las imágenes que le evocaban aquellas palabras. Su antepasada Ino sabía cómo destilar un elixir de sus capullos, la clase de brebaje que podía hacer olvidar a un hombre. Y se suponía que había sido su regalo de despedida a su amante mientras yacía moribunda. Naruto nunca quiso saber nada de los hechizos de la familia, pero a menudo se preguntaba si poseía el secreto de este... el poder de olvidar. Sin embargo, la visión de la flor que sostenía en la mano ya fue suficiente para que se le helara la sangre con el recuerdo.

Naruto se apretó el puente de la nariz y cerró los ojos para apartar los recuerdos. Sin embargo, esa mente que era tan experta en sacar los misterios del futuro también era adecuada para descubrir las miserias del pasado...

Volvía a ser un niño, desafiaba las órdenes de su padre, desafiaba a todo aquel que se adentraba por el territorio prohibido, la habitación tapizada de rosa que a él le parecía la morada de los ángeles.

Habían dejado la puerta abierta y cuando él se asomó la vio a ella, a su madre de rojos cabellos como la reina de los ángeles, sentada en el sillón de madera tallada que era su trono. Inclinada sobre su bordado, con los finos dedos que movían la aguja con una gracia y una habilidad que le fascinaban.

Por una vez, no estaba llorando. El hecho lo animó a entrar un poco más en la habitación y murmurar:

— ¿Mamá?

Kushina levantó la cabeza y su serenidad desapareció. La repulsión que apareció en sus ojos fue tan inmediata como el temblor que le recorrió el cuerpo.

— Aléjate de mí — susurró. Tímidamente él alargó la mano, mostrándole el ramillete de flores, raíces y semillas que encerraba en la mano.

— Mamá, sólo quería...

— ¡Vete! — exclamó con voz chillona. Se incorporó en la silla, se protegió detrás de ella mientras en su rostro aparecía un temor salvaje.

Naruto hundió los hombros. No esperaba que le permitiera tocarIa como había visto que hacían otros muchachos con sus madres, que les acariciaban el cabello o se echaban en sus brazos. Había aprendido a aceptar el hecho de que sucedía algo muy malo con él que no le hacía merecedor de su amor.

Sólo quería demostrarle que no era un diablo. No del todo. Contempló con tristeza el ramo de flores sabiendo que no podía acercarse más, que había hecho todo lo que había podido. Se concentró todo lo que pudo y, con suavidad, hizo que el ramillete flotara por la habitación.

Kushina dejó escapar un grito horrible y en medio del terror que sentía, sujetó lo primero que tuvo a mano, un jarrón de cristal.

El recuerdo de los gritos de su madre, el jarrón destrozado que le hizo un corte en la cabeza como si hubiera sido un cuchillo. Naruto cerró el puño, se apretó la cicatriz hasta que pudo dominar al fin el dolor del recuerdo.

El jardín poco a poco volvió a aparecer ante su vista. Algo suave le acariciaba la palma de la mano y cuando lentamente abrió el puño, observó lo que había hecho. Había aplastado la delicada flor y los pétalos rotos fueron cayendo de uno en uno formando un montoncito en el suelo.

¿Creía en serio que estaba preparado para contarle la verdad a Hinata? Se encogió de hombros. No, sería mejor mantenerla alejada de sus malditos secretos.

Necesitaba más tiempo para prepararla, para asegurarse de que no tendría miedo. Más tiempo para... para...

¿Para qué? Se burló una voz en su interior que se parecía extrañamente a la de Deidara.

¿Para ganar su corazón? Ay, se quedó atónito. Eso era exactamente lo que quería hacer. Volvió a apoyarse en el árbol mientras una carcajada sin ninguna alegría se le escapaba. No era Hinata quien había caído presa de los cuentos de hadas.

Era él.


La Historia tiene el propósito de Entretener.