Episodio 9: Grief and Sadness

Por la puerta de la habitación apareció un hombre que aparentaba tener unos 40 años bien llevados, sus rasgos eran suaves y estaba pulcramente afeitado, vestía una camisa azul de manga corta y unos pantalones vaqueros que parecían nuevos, estaba sudoroso y parecía bastante cansado; en su rostro se dibujaba una expresión de preocupación que mutó en una ligera sonrisa cuando sus ojos se cruzaron con los del doctor Salas.

- ¡Antonio! – exclamó mientras alargaba la mano al doctor – ¡Cuánto tiempo!

- Hacía meses que no te veía por aquí, Juanjo - respondió el doctor Salas estrechando y sacudiendo la mano tendida por su colega - ¿Qué tal todo?

Juan José Fernández, que así se llamaba el recién llegado padre de Luis, se encogió de hombros y suspiró.

- Pues no muy bien – contestó con el gesto ensombrecido – si no es mucho preguntar ¿Podría dejarnos a solas? Tengo de hablar con ellos – solicitó, haciendo un gesto con la cabeza hacia su hijo.

El doctor aceptó sin problemas y salió de allí, no sin antes indicarles que, si sucedía algo o había algún cambio, usaran el llamador que estaba instalado al lado de la cama en la que reposaba Simon; cuando desapareció pasaron un par de minutos en silencio, hasta que Luis lo rompió.

- ¿Y bien? – se limitó a preguntar.

- Nada – contestó su padre negando con la cabeza – nada de nada, ni el palmeral, ni en las almadrabillas, ni en el zapillo.

Luis bufó

- Eso no nos ayuda

- No – reconoció Juanjo – pero he estado examinando el lugar donde encontramos a Simon.

Aquellas palabras hicieron reaccionar a Erik, que se dio la vuelta e interrogó con la mirada al hombre, sin decir una sola palabra.

- Para un sensitivo es fácil – continuó – en aquel lugar había una cantidad de energía residual tremenda, si Simon tuvo que luchar contra lo que demonios fuera lo que le atacó, no me extraña que acabase en ese estado.

- La cuestión es… ¿luchó? – preguntó Luis, que no se dio cuenta de que ofendió a su amigo con su comentario.

- Sí – sentenció su padre – y lo hizo desesperadamente, me atrevería a decir, de otra forma no habría tanta energía suya allí – se llevó la mano a la barbilla y empezó a andar por la habitación – me atrevería a decir que la proporción era de cuarenta, treinta y treinta por ciento.

- ¿Ese cuarenta es de mi hermano? – preguntó Erik.

Juanjo asintió con la cabeza.

- O sea, que hubo más de un atacante – dedujo Luis.

- En ese caso no me extraña el resultado – resolvió el Belmont.

- A mí me hubiera extrañado que hubiera podido con uno sólo – sentenció el joven Fernández mientras el pelirrojo lo fulminaba con la mirada – Simon es demasiado débil.

- La cuestión no es esa – intervino Juanjo, viendo que Erik, encendido, abría la boca para contestar – y de todas formas, si hubieras estado allí pensarías lo contrario, la energía residual era mareante.

- Ya – respondió su hijo, enfadado - ¡Pero eso no nos ha ayudado a encontrar a Alicia! - Juanjo agachó la cabeza, siendo consciente de que llevaba razón - ¡Y nosotros estamos aquí hablando sin hacer nada por buscarla, joder!

Tras las palabras de Luis se hizo un pesado silencio en la habitación, sólo interrumpido por la acelerada respiración del muchacho, que, sentado, había hundido su cabeza entre las manos y parecía a punto de llorar. No fue hasta pasados cinco minutos cuando otro sonido, ésta vez proveniente de la cama, los hizo reaccionar.

Era un gemido de dolor.

Simon había despertado.

Apresurado, Erik se abalanzó sobre la cama, fijándose en el rostro de su hermano pequeño, que abrió los ojos lentamente.

- ¿Donde… estoy? – preguntó con un hilo de voz.

- En Torrecárdenas – respondió su hermano – te encontraron en la playa hecho polvo, llevas unas tres horas aquí.

- ¿Y Alicia? ¿Dónde está? – prosiguió, temeroso de oír la respuesta.

Erik negó con la cabeza con gesto apenado, Luis volvió a hundir su cabeza en las manos y Juanjo, que tenía la cabeza gacha, soltó un escueto "no está" con voz cansada.

La cara de Simon se contrajo de dolor y rabia, y empezó a llorar, mientras se culpaba una y otra vez; Erik, intentando calmarlo, le decía que no era su culpa, pero Luis, furioso, intervino.

- ¡Claro que lo es! ¡Nunca hemos tenido peor idea que confiarte su seguridad! – Gritó sin levantar la cabeza - ¡Eres una vergüenza!

- ¡Luis, ya vale! – replicó Erik al momento.

- ¡NO! – Gritó - ¡EL ESTÁ AQUÍ Y ELLA NO!

- ¡Simon no tiene la culpa! – le contestó el pelirrojo, que empezaba a alterarse.

- ¡SI QUE LA TIENE! ¡SI HUBIERA ATENDIDO MÁS EN LOS ENTRENAMIENTOS…!

- ¡CALLATE! – Bramó Juanjo con voz potente, interrumpiéndolos - ¡Sus heridas son la prueba de que ha luchado casi hasta la muerte! ¡Deberías pensar en eso, al menos!

Luis, que ya se había levantado y encaraba la cama, se detuvo en seco y volteó lentamente hacia su padre; tenía los dientes apretados, y unas gruesas lágrimas corrían por sus mejillas.

- ¿Me estás pidiendo… que no tenga en cuenta que se ha tomado los entrenamientos como un simple juego? ¿Quieres que ignore el hecho de no está ni de lejos al nivel que Erik tenía a su edad? ¿ES ESO LO QUE ESTÁS DICIENDO?

Juanjo, sin abrir la boca, asintió, mientras tanto Erik intentaba consolar a Simon, ignorando la escena; no pasó mucho tiempo hasta que padre e hijo se enzarzaran en una violenta discusión que sólo fue interrumpida cuando una quinta figura apareció por la puerta de la habitación.

- ¿Qué está pasando aquí? – preguntó, con voz autoritaria.

Era una mujer de mediana edad, sus rasgos eran idénticos a los de Juanjo pero, por supuesto, feminizados, tenía el cabello marrón recogido en un discreto y elegante moño, vestía camisa blanca bajo un chaleco marrón a juego con una falda lisa hasta las rodillas, del mismo color que el chaleco; su expresión, como su voz, era severa, Luis y Juanjo se quedaron atónitos al verla.

- Mamá… ¿Cuándo…? – preguntó Luis casi sin palabras.

- Salí apenas me llamó tu padre y me explicó lo que pasaba – la mujer recorrió la habitación con la mirada, mientras su severidad se disipaba para dar paso a la preocupación - ¿Cómo está Simon?

- Mal, Adela – contestó Erik – física y anímicamente, tal y cómo cabría esperar.

La mujer se acercó lentamente a la cama, cuando estuvo lo suficientemente cerca como para mirar a la cara al joven Belmont, éste la volvió al otro lado, avergonzado de sí mismo.

- Lo siento – masculló el muchacho entre dientes, volviendo a llorar.

- ¿Alicia no…? – fue a preguntar ella.

Juanjo, que se había colocado a su lado, negó con la cabeza mientras unas tímidas lágrimas caían por sus mejillas, ambos se abrazaron y ella rompió a llorar, mientras que él, conteniéndose, le susurraba palabras de consuelo hasta que Luis, que tras la aparición de su madre se había mantenido al margen, volvió a hablar, aunque en esta ocasión mucho más sereno.

- Simon, necesitamos que nos cuentes lo que ha pasado, punto por punto.

Todas las miradas, incluida la del muchacho, se centraron en él.

- ¿Para qué? – respondió el joven Belmont, dolido – soy un inútil, lo que diga no puede tener ninguna utilidad.

- Al contrario – le contradijo su hermano – debemos saber lo que sucedió y quienes fueron los atacantes, así al menos sabremos por donde empezar.

Algo animado por las palabras de Erik, Simon narró con todo detalle lo sucedido - omitiendo el uso del Holy Cross – con un nudo en la garganta que lo ahogaba según se acercaba a la aparición de Orlox. Según narraba los últimos detalles, se dio cuenta de que Juanjo y Adela habían palidecido y Erik, que se había dado cuenta de ello, preguntó a su hermano si le importaba que lo dejaran sólo un rato, a lo que asintió, y se fueron todos a la sala de espera de la planta, vacía en aquel momento.

- Díganme… ¿Qué sucede con ese tal Orlox? – preguntó Erik a los Fernández

Adela, que estaba sacando un café de la máquina que allí había, le contestó, sin darse la vuelta.

- Erik, tú has oído hablar de los señores de la noche ¿verdad?

- Los 5 vampiros más sangrientos y poderosos que jamás ha conocido la humanidad – continuó Juanjo - ¿Te suena el nombre de Nosferatum?

- Si, claro – contestó Erik – el vampiro que bebía la sangre de sus víctimas usando los incisivos.

- Su nombre también es usado para definir al vampiro en sí mismo – continuó Luis.

- Bien respondido – juzgó su padre – veréis, es común que un vampiro tenga dos identidades paralelas: la vampírica y la que usa para relacionarse con los humanos. Pues bien – se asomó a la ventana, encendió un cigarro, le dio una gran calada y se dio la vuelta, apoyando los codos sobre el alfeizar – Orlox era la identidad humana de Nosferatum.

- Pero Nosferatum no existe desde hace más de dos siglos – argumentó Erik - ¿Queréis decir que ha vuelto?

Adela dio un pequeño sorbo a su café.

- Basándonos en las palabras de Simon… si.

- Pero… ¿Para qué iba a querer Orlox precisamente a nuestra Alicia? – preguntó Luis.

- Más que eso – Juanjo dio otra calada a su cigarro - ¿Qué pinta la luna roja en todo esto?

Erik arqueó una ceja, según todo lo que había leído la luna roja simbolizaba las acciones sangrientas de un vampiro de gran poder, y sólo aparecía si éstas se producían.

- La luna roja es un elemento importante de los rituales de nigromancia – explicó Luis a su confuso compañero – es increíblemente poderosa, y es vital para algunos conjuros. Por ponerte un ejemplo, para algunas de las invocaciones descritas en el Necronomicón, es crucial.

Se hizo el silencio de nuevo, los cuatro se habían entregado a la deliberación, fue entonces cuando unos potentes taconazos, cuyo sonido destilaba furia, inundaron toda la planta, aquello sacó a Luis de sus pensamientos y, por algún motivo, le hizo mirar la hora.

- ¡La una y media! – Exclamó – ¡Esther me mata!

Y justo en ese momento, una chica joven aparecía por la puerta de la sala de espera; era bastante bonita, de ojos grandes y almendrados, su cabello castaño ondulado estaba tocado con un pequeño lazo a modo de pillapelo detrás de su cabeza a la altura de las orejas, vestía una camiseta de tirantas ancha de color azul oscuro a rayas negras horizontales y un short vaquero con una sudadera anudada a la cintura. Estaba que echaba humo.

- ¡LUIS!

Como activado por un resorte, el joven Fernández se puso de pie de un salto.

- ¡Dios! – Exclamó - ¡Lo había olvidado por completo!

- ¡Ya! – Le contestó ella - ¡Como siempre! ¡Me dijiste que tu misión acababa a medianoche! ¡Podías haberme avisado al menos, te he localizado porque fui a comisaría a preguntar!

- Perdona – interrumpió Erik, visiblemente molesto – No estoy en contra de que las parejas discutan, pero estas berreando en mitad del pasillo y hay gente que quiere descansar. Si vas a echarle la bronca a Luis, hazlo en la escalera.

Esther agarró al chico del brazo y casi lo arrastró hasta el descansillo, más allá de los ascensores.

- Mira, Esther – intentó argumentar Luis – No estoy de humor y ha pasado de todo esta noche, mañana lo discut…

- ¡CALLATE! – Gritó ella - ¡DEJA DE DARME LARGAS!

El muchacho se quedó atónito, nunca había gritado a su novia y no iba a hacerlo, pero no era, ni mucho menos, el momento ni el lugar para tener una pelea.

- ¿Cómo que largas? – preguntó él - ¿Tienes idea de la noche que llevo? ¡Si hubiera quedado en ir a mi casa también se me habría olvidado avisar!

- ¡Eso son tonterías! – replicó ella - ¡Una hora! ¡HE ESTADO ESPERANDOTE UNA PUTA HORA! – gritaba ahora señalando su reloj.

- ¡Y yo llevo una hora aquí esperando a ver si alguien localiza a mi herma…!

- ¡Hay otra! ¿Verdad? – Lo volvió a cortar ella, ahora con lágrimas en los ojos – ¡Es eso! ¡Tú ya no me quieres!

- Pero será posible… - murmuró, dejando caer los hombros en un gesto de hastío - ¡Si tuviera la oportunidad, la rechazaría! ¡Te lo he dicho cientos de veces!

- ¡Mentiroso! – Esther estaba al borde de la histeria - ¡Dime la verdad!

Luis se puso una mano en la cintura y apretó el puño de la otra, sentía la imperiosa necesidad de destrozar la pieza de mobiliario más cercana.

- ¿Quieres la verdad? – preguntó, exasperado - ¿La quieres?

- ¡SI! – gritó ella con la voz ya quebrada por el llanto.

- Bien, bien… Te la diré ¿Estás segura de que quieres oírla?

Esther asintió nerviosamente.

- ¡ERES LA ÚNICA, JODER! ¡LA ÚNICA MUJER A LA QUE HE AMADO EN TODA MI PUTA VIDA! ¡ESTOY HASTA LOS COJONES DE DECIRTELO! ¿¡POR QUÉ COÑO NO QUIERES ESCUCHARME!?

- ¡No me grites! – le pidió ella entre llantos.

- ¡NO ME MONTES ESPECTÁCULOS! – Exclamó Luis con desesperación - ¡ES LA CUARTA VEZ EN ESTE MES, Y YA NO SÉ CUANTAS VECES DESDE HACE TRES AÑOS! ¡SI TE HUBIERAS MOLESTADO EN ESCUCHARME, SABRÍAS QUE MI HERMANA HA DESAPARECIDO Y QUE SIMON ESTÁ HECHO POLVO EN UNA HABITACIÓN DE ESTA PLANTA! ¡PERO NUNCA ME ESCUCHAS! ¡NO SABES POR LO QUE ESTOY PASANDO AHORA!

Una vez hubo terminado, Esther le propinó una sonora bofetada; él, que no podía creérselo, se llevó la mano a la mejilla donde aún sentía el impacto del golpe.

- ¡Basta! – Exclamó Esther entre sollozos - ¡Se acabó! ¡Hemos terminado! ¡NO QUIERO VOLVER A SABER NADA DE TI!

Y se marchó escalera abajo, llorando, dejando en el rellano a un Luis Fernández que se caía a pedazos, con la cara aun ardiendo por el guantazo, teniendo la sensación de vivir una grotesca pesadilla.

Aquello, simple y llanamente, no podía estar pasando.