La Propuesta
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Capitulo 12
Como si el invierno hubiera estado esperando una señal para presentarse antes de que empezara oficialmente, había nevado. Un suelo inmaculado dio los buenos días a los niños que se quedaron extasiados. Previamente abrigados con chaquetones, guantes y bufandas, se entregaron a un retozo como Hinata nunca había visto en su patio. Incluso Sheba dejó a un lado su aire digno y se puso a perseguirlos, ladrando y revolcándose como si su vida dependiera de divertir a aquellos pequeños seres humanos.
No tardó en aparecer un hombre de nieve. Misuke instruyó a su hermano pequeño en los secretos de la construcción y le alzó en brazos para que pusiera la zanahoria en su sitio. Ni siquiera Naruto hizo mención de las tareas que había que realizar.
A la hora de la comida, los chicos estaban empapados, con las mejillas encendidas y más que dispuestos a zamparse el generoso estofado que Hinata les había hecho. En honor a los niños, había que decir que ni un solo metro cuadrado del patio quedó sin pisotear.
Otra ventisca de mayores proporciones se abatió sobre ellos a los pocos días. Refunfuñando, Naruto se vio obligado a abrir un camino con la pala hasta el establo antes de amanecer. Durante una semana estuvieron chapoteando en el barro y luchando contra un camino impracticable para llegar a la ciudad.
Sin embargo, Hinata sospechaba que aquel deshielo sólo era un respiro antes de que el invierno se lanzara sobre ellos con toda su crudeza.
Hinata se había levantado. Acostumbrado a su cálida presencia en la cama, ahora notaba su falta. En cuestión de unas pocas semanas, Hinata se había convertido en parte de sus costumbres.
Adormilado, Naruto buscó a tientas sobre el edredón.
-¿Hina? ¿Hinata?
Su voz era somnolienta. Dejó la mano quieta, cerró los ojos y escuchó. En el salón de abajo, el reloj anunció la hora.
Las tres de la madrugada. Se sentó frotándose los ojos. Quizá Hinata hubiera bajado. Antes de que el pensamiento acabara de tomar forma en su cerebro, Naruto estaba poniéndose los pantalones, alerta a cualquier sonido que se produjera abajo.
Sigilosamente, bajó las escaleras sintiendo el suelo helado bajo sus pies desnudos. La luna entraba en el salón iluminando la mecedora inmóvil, derramando una luz fantasmal sobre la nieve del patio.
Naruto fue a la cocina con el ceño arrugado. Tampoco esperaba encontrarla allí pero, por alguna razón, la inquietud hizo que se mordiera los labios para mirar por la ventana.
La luna llena dejaba ver claramente el gallinero, la lechería y el establo, así como el secadero y el retrete, pero no había señales de su esposa.
Fue al lavadero para calzarse y descubrió que, allí donde debían haber estado las pequeñas botas de trabajo de Hinata, había un espacio vacío.
Encendió la lámpara de queroseno. El pesado chaquetón de lana de Hina tampoco estaba en la percha. Sacudiendo la cabeza, fue a la puerta trasera.
Miró más allá del sendero que llevaba a la colina y al exiguo cementerio que se había inaugurado con el fallecimiento de Hanna Hyūga. Allí concluyó su búsqueda. En la cima, iluminada por la luna llena, se erguía una figura envuelta en un chaquetón grueso. Inclinaba la cabeza y tenía los brazos apretados en torno al cuerpo, pero estaba inmóvil, como fundida en metal, una estatua de puro dolor ante sus ojos.
-¡Hinata!
Era apenas un susurro, un grito de anhelo que nacía en Naruto al sentir en su propio corazón el pesar que la consumía entre las tumbas de su familia.
En un segundo, se calzó las botas y se puso la chaqueta. Siguió sus huellas diminutas en la nieve, entre los copos dispersos que flotaban en el aire. Sin embargo, cuando llegó a la cima, se mantuvo a distancia, sabiendo que ella necesitaba estar sola. Hinata seguía sin moverse, sólo la brisa que agitaba la bufanda atestiguaba que era una persona de carne y hueso y no una imagen esculpida.
Entonces ella levantó una mano para apartar un mechón de pelo, pero aquella mano pequeña temblaba. Los dedos se cerraron con fuerza y se limpió la mejilla con el puño.
Era más de lo que él podía soportar. En un momento de clarividencia, se preguntó cuántas noches había acudido a aquel sitio, silenciosa y sola en su dolor. Ahora que los tenía a él y a los niños para consolarla, podía encontrar alivio en su nueva familia. Sin embargo, había salido de la cama en una de las noches más frías del invierno para velar en un lugar desolado donde sólo los espíritus inquietos podían hacerle compañía. ¿Había acudido otras veces sin que él se diera cuenta? Seguramente no, al igual que esa noche, Naruto hubiera presentido su ausencia.
-Hinata.
El sonido de su nombre restalló como un trueno y Naruto vio que sus hombros se ponían rígidos. Hinata abrió la mano y la retiró de su mejilla, como si quisiera ocultar ante él la evidencia de que había estado llorando. Sólo, entonces se volvió a mirarlo.
-¿Te he despertado? Lo siento. He tratado de no hacer ruido -susurró ella, alterando apenas el silencio.
Se aferraba el chaquetón, cuyos botones no había abrochado correctamente. Por debajo asomaba el camisón blanco, un abrigo escaso contra aquel frío. Hinata se echó a temblar, como si en aquel preciso instante hubiera tomado conciencia del viento cortante que soplaba del oeste.
Naruto la rodeó con sus brazos, poniéndole una mano en la mejilla. Sintió la oreja fría y se inclinó para besarla, echándola hacia atrás sin miramientos hasta que pudo verle la cara. Entonces tomó posesión de sus labios con una fuerza que no había empleado con ella hasta entonces.
Como enloquecido por el deseo, como si no pudiera soportar que ella lo abandonara en la cama, ahondó en las profundidades de su boca, tomándose unas libertades que no había buscado otras noches. Se apartó de ella, la mirada fija en unos ojos que reflejaban el pasmo que ella no trataba de disimular.
-Me has asustado. No sabía dónde estabas.
Su voz era dura, su ceño acusador. La apretaba contra sí con fuerza, haciéndole daño.
Sin temer su ira, aunque quizá conmovida por su preocupación, Hinata se apoyó contra su pecho, como si buscara el calor que él le brindaba. Echó la cabeza hacia atrás para poder ver mejor su cara entre las sombras. Hinata se pasó la lengua por los labios y siguió el mismo camino que la lengua de Naruto había recorrido un momento antes. Él contempló aquel gesto con los ojos entornados.
-Lo siento.
Alzándose de puntillas, Hinata le ofreció la boca, soltando su chaquetón para abrazarlo, como si temiera que él la rechazara. La excitación aceleraba su pulso, dilataba las ventanas de su nariz.
Aceptando su rendición, Naruto deslizó las manos hasta sus nalgas, sujetándola mientras descargaba la plenitud de sus ingles contra su vientre.
Muy dentro de ella, Hinata sintió una respuesta primitiva que saludaba la evidencia creciente del deseo masculino. Con manos rudas, con besos exigentes, Naruto la llevaba de cabeza a aguas profundas y ella aceptó la zambullida de buen grado.
-¿Naruto?
Su voz era como una sirena en la noche y él acudió a su llamado seducido por su inocencia. La besó con más suavidad, incitándola a responder. Naruto no encontró resistencia a su lengua y se trabaron en un combate de tentaciones y caricias insinuantes.
De repente, sin aliento y con los ojos dilatados, Hinata echó la cabeza hacia atrás buscando aire, desnudando la esbelta línea de su cuello ante Naruto. Del mismo modo que los machos dominantes aceptan el sometimiento de sus compañeras en la naturaleza, Naruto aceptó la ofrenda y su boca encontró carne fresca en la que dejar la marca de su posesión.
Le lamió la garganta, justo por encima de las clavículas, apartando la franela del camisón, mientras le desabrochaba los botones con movimientos familiares. Sentía en la lengua el sabor leve y salado de aquel cuello. Con una sonrisa salvaje, recordó el motivo de que hubieran sudado aquella noche.
Como siempre, ella había aceptado sus caricias, gozando con su posesión, empapada en sudor mientras él la hacía suya.
Jamás había anhelado poseer a ninguna mujer de aquella manera febril, no sólo en la intimidad de su alcoba, sino en la monotonía de la vida cotidiana. Era una urgencia salvaje de proclamarla suya, de saberla suya incluso cuando ella lavaba la ropa o preparaba la comida, lo que lo consumía.
Y ella lo estaba permitiendo. Su deseo estallaba en cuanto Naruto reconocía la disponibilidad de Hinata para dejarse subyugar por su fuerza superior. Hinata empezó a gemir y Naruto la levantó luchando contra su ropa. Echó a andar a grandes trancos, hundiendo sus tacones en el suelo, alejándose de las tumbas, directamente hacia el granero.
El calor y el olor de los animales creaban un refugio en la noche helada. Por un momento, Naruto se sintió como ellos.
Al igual que ellos, él también estaba dominado por una fuerza que su mente racional no podía sojuzgar. Y fue esa fuerza la que lo impulsó a llevar a su mujer a uno de los pesebres vacío y lleno de paja, preparado para las bestias, pero listo para la hembra que llevaba en brazos. Se tumbaron abrazados, y Naruto la cubrió con el peso de su cuerpo, deseando conquistarla con la violencia de su fuerza masculina.
Hinata se aferraba a él con todas sus fuerzas, aceptándolo, alzando las nalgas como si no sintiera su peso, como si anhelara la posesión que el empuje de sus ingles anunciaba, moviéndose contra él. Y en la oscuridad del establo, rodeados de los animales con los que se ganaban la vida, ambos se unieron.
Las manos de Naruto temblaban mientras le subían el camisón y abrían el chaquetón, mientras liberaba su miembro en el aire frío. Con un gemido salvaje, sus cuerpos se fundieron en un torbellino de pasión.
No había luz que guiara las caricias, sólo la oscuridad que convertía cada movimiento en una jadeante urgencia. Se tomaron de las manos, Naruto la sujetaba contra la paja mientras repetía una y otra vez sus embates sobre aquel cuerpo suave y menudo. Sólo existía la necesidad, el deseo y una pasión irrefrenable que exigía respuesta y satisfacción.
Presintiendo la urgencia abrasadora de Hinata, Naruto la condujo al centro de la red que ella había tejido con cada movimiento, llevándola hacia la resplandeciente promesa de placer que flotaba un poco más allá de su alcance. Y entonces, con un gemido gutural, la empujó más allá de los límites de su propio anhelo, hasta un placer absoluto y cegador.
En el silencio del granero, Hinata respiraba a grandes bocanadas, tratando de compensar el ahogo que se había apoderado de ella. Naruto era pesado, la aplastaba con su cuerpo, pero ella lo sujetaba con fuerza, negándose a ceder un sólo milímetro de la intimidad que los unía. Pero Naruto salió de ella y fue aflojando su abrazo gradualmente, una señal de que recobraba la lucidez que la noche gélida demandaba.
-¿Hinata? ¿Te encuentras bien, cariño?
Aquellas palabras la emocionaron. Que su primer pensamiento fuera su bienestar colmó su corazón de una alegría serena.
-Creo que me encuentro mejor de lo que nunca había soñado, Naruto.
Hinata sintió que él se ponía de rodillas y la arropaba con el chaquetón y se cerraba los pantalones y su propio abrigo. De repente, volvió a tomarla en brazos.
-¿Tienes todavía las botas puestas? -preguntó él con un deje de humor. Hinata asintió contra su hombro.
-¿Podrás cerrar la puerta?
Con un suspiro de satisfacción, Hinata se mordió los labios para callar. Era perfectamente capaz de caminar ella sola, pero la sensación de seguridad de la que estaba gozando, ahogaba su necesidad de independencia.
Ya andaría al día siguiente. Por ahora, durante unos benditos minutos, sería sólo lo que Naruto quisiera que fuera.
La carga de pesar que había llevado con ella a lo alto de la colina había desaparecido barrida por su tormenta de amor. La había dejado entre las hojas caídas del otoño, bajo la nieve que cubría las tres tumbas. La había enterrado en el suelo helado que aprisionaba el cuerpo del niño al que había dado el ser y la sepultura sola y sin ayuda. Y al rasgar aquel terrible manto de dolor, tejía una prenda nueva, hecha de amor, con el cuidado y el cariño de un alma generosa, precisa en sus medidas gracias al hombre con quien se había casado.
Se colgó sin vergüenza de su cuello cuando la subía por las escaleras. Le besó en la cabeza mientras él le quitaba las botas y cuando volvió a abrazarla, se desnudó los secretos de su corazón.
-Tenía que despedirme de él, Naruto. He mantenido su recuerdo tanto tiempo en mi corazón que temía que no hubiera sitio en él para nadie más.
-Ya has sufrido bastante por ese niño, Hinata. Ya era hora.
-Sí, ya no había sitio para todo ese dolor. No desde que llegaste. Pero tenía que decirle adiós. Tenía que subir allí y explicarle que no podía permitirle que me impidiera amar a tus chicos ni a ti.
-¿Ni a mí? -preguntó él conteniendo el aliento.
-Te amo, Naruto. Necesitaba decírtelo -confesó ella y suspiró como si se hubiera librado de un gran peso-. Creo que ya lo sabías, pero tenía que decirlo.
Naruto le acarició la frente con los labios y ella dejó que su aliento la inundara hasta que no pudo esperar más.
-¿Naruto?
-Me importas mucho, cariño. Tú lo sabes. Suave como el arrullo de una paloma en verano, sus palabras se derramaron consoladoras en el frío de su alma.
-Te deseo más de lo que soy capaz de expresar -añadió con una nota de reserva en la voz-. Necesito que seas mi mujer, necesito el consuelo que me das. Alivias mi dolor, Hinata. Cuando estoy dentro de ti, me curas de alguna manera. Te llevas todos los malos recuerdos y me dejas limpio y fresco, hasta el punto de que me siento capaz de conquistar el mundo.
Una risa seca, avergonzada, acompañó sus palabras, como si sólo a regañadientes admitiera la poesía de lo que decía.
-Debes pensar que se me ha reblandecido el cerebro, Hina.
-No, jamás se me ocurriría pensar eso. Lo que no entiendo es por qué no quieres hablar de tu vida con Shion. Puede que necesite saber lo que sucedió para comprenderte mejor.
-Es que... hay veces que me siento confuso. Yo también te necesito, Hina... pero no sé si me queda amor para darte. Tuve que depositar todo el que tenía en los chicos. Fui el padre y la madre durante mucho tiempo, hasta que llegamos aquí. Y eso es lo que pasa, que no parece quedar demasiado amor en mí.
Hinata tenía la boca seca, Naruto le negaba lo que ella más anhelaba. Cerró los puños con todas sus fuerzas.
-¿Qué pasó, Naruto? -preguntó haciendo un esfuerzo y acariciándole la cicatriz-.¿Fue un accidente? ¿Qué te pasó en la mejilla?
Hinata se apoyó en un brazo y se inclinó para besar la marca que llevaba, a pesar de que él se puso rígido.
-Basta, Hinata. No quiero hablar de eso ahora.
Entonces, Hinata supo que sus intentos eran inútiles y le dio la espalda sintiendo que la unidad que habían alcanzado por un momento en el establo, se derrumbaba.
-Necesito dormir un poco, Naruto. Está a punto de amanecer.
Si Naruto notó que ella se replegaba sobre sí misma, no lo demostró. Con un brazo sobre su cintura, su gran mano abarcaba uno de sus pechos, conteniéndolo entre sus dedos. Fue como si la retirada de Hinata borrara su mal humor, como si bus- cara tender un puente entre la distancia que él mismo había impuesto entre los dos. Pero entonces, depositó un beso junto a su garganta antes de acurrucarse en torno a su cuerpo menudo.
Sin embargo, aun cuando él se quedó dormido y roncaba suavemente en su oído, Hinata siguió con los ojos bien abiertos en la oscuridad, con el corazón ávido y anhelante de escuchar las palabras que él era incapaz de decir.
A la luz del día, Hinata recordó que habían estado a punto de discutir. Su pacto no incluía el amor. Que se hubiera enamorado era un problema exclusivamente suyo, tendría que acostumbrarse a vivir sin ser correspondida.
Porque Naruto era generoso con su dinero y sus caricias. Dando vueltas a la manivela que accionaba la lavadora Fulton, oyó el gorgoteo del agua, el movimiento de la ropa, gloria pura, música para sus oídos. La tabla de lavar colgaba de la pared, más seca que un hueso, sin utilizar desde el día en que Naruto había traído la lavadora en la carreta. Con todo, la nueva máquina requería un considerable esfuerzo físico.
Cada carga de ropa necesitaba estar moviendo la palanca durante diez o doce minutos, algo que le impedía dedicar ese tiempo a recoger los huevos o preparar las comidas. Sin embargo, Hinata no tardó en descubrir que una mujer podía pensar muchas cosas durante esos diez o doce minutos. Como preguntarse, por ejemplo, por qué se sentía tan unida a Naruto en tan poco tiempo.
Que Naruto era un buen marido, no tenía discusión. Que ella se estaba convirtiendo en una adicta a sus caricias, tampoco. Ni en sus sueños más salvajes había imaginado que pudiera llevarla a unas cimas de placer tan desgarrador. Claro que aquellos sueños habían estado muy limitados por su falta de experiencia.
-Has dejado huella en mi casa, Naruto Namikaze -musitó.
«Y en mi corazón», añadió en silencio. En cuestión de meses, se había hecho cargo de la granja Hyūga y la había convertido en la granja Namikaze.
Incluso el banquero de Konoha, Asuma Sarutobi, se llevaba la mano al sombrero educadamente cuando la veía por la calle. Aunque siempre había sido correcto, se mostraba casi amistoso desde que Naruto había puesto sus asuntos en manos del Konoha Bank.
El que ella no tuviera la más ligera idea del estado de aquellos asuntos, no tenía la menor importancia para Hinata. Naruto había pagado la hipoteca y le había dado libertad absoluta en la tienda, por no mencionar su generosidad cuando se trataba del catálogo de Sears. Dejó la máquina un momento para remover la sopa espesa que estaba preparando.
-¿Señorita Hinata? -la llamó Arashi desde el porche, sacándola de sus ensoñaciones.
Hinata fue a ver, pero se echó el chal por encima antes de abrir la puerta, ya que hacía un día gélido.
-¿Qué pasa, Arashi?
-Nos vamos a la ciudad. Papá quiere saber si necesitas algo de la tienda -dijo el niño mientras lanzaba una mirada de preocupación hacia la carreta, donde su padre y su hermano esperaban.
-No se van a ir sin ti, Arashi.
-Ya lo sé. Papá ha dicho que esperaremos hasta que hagas una lista.
A despecho del frío, Hinata echó a andar a paso rápido hacia la carreta.
Arashi la siguió corriendo.
-Quizá haya llegado el pedido del catálogo, Naruto -dijo casi sin aliento mientras buscaba sus ojos.
-Vas a resfriarte, Hina -dijo él frunciendo el ceño para ocultar una oleada de deseo.
-Soy de una raza fuerte -dijo ella, a pesar de que estaba temblando.
Naruto le entregó las riendas a Misuke y bajó de un salto. Hizo que diera media vuelta y la llevó a la casa con un brazo sobre sus hombros. Abrió la puerta y la hizo pasar delante de él. Entonces se detuvo y la estrechó contra sí, levantándole la barbilla con su mano enguantada.
-Tendría que darte una buena charla, Hinata Namikaze -gruñó mientras los ojos se le oscurecían al contemplarla-. Menudo ejemplo para los chicos, saliendo de la casa sin el chaquetón y helándote hasta la médula. ¡Pero si estás hecha un témpano!
Naruto tomó uno de sus pechos en la mano, como si quisiera con aquel gesto reforzar sus palabras. Ella se echó a reír y Naruto miró fijamente sus labios. De repente, tomó posesión de ellos.
-En mi vida he conocido una mujer capaz de distraerme tanto como tú.
-¿Tienes alguna queja? -preguntó ella con una mirada pícara.
-¿Después de lo de anoche? Es difícil, cariño. Su sonrojo fue inmediato y él sonrió encantado.
-No puedo creer que estuvieras tan ardiente y molesta cuando...
-¡Naruto! -protestó ella, golpeándolo en el pecho-. Anda, vete. Lleva esos huevos a la ciudad antes de que se congelen. ¿Te has acordado de las manzanas para el señor Yamanaka? Están un poco arrugadas, pero me dijo que las quería de todas formas, que la gente las sigue pidiendo.
-Lo tengo todo bajo control, señora Namikaze. Excepto a mi esposa, por lo que parece.
Hinata volvió a reír.
-Yo creo que a ella sobre todo. Aquí me tienes, hasta la coronilla de lavar mientras que tú te vas a corretear por la ciudad.
-Te he preguntado en el desayuno si querías venir y dijiste que tenías mucho que hacer.
-Y es cierto. Acuérdate de mirar a ver si ha llegado el pedido y tráeme café y manteca. Es todo lo que necesito.
Naruto la soltó de mala gana.
-No tardaremos mucho, Hina. Esa sopa huele de maravilla. Tendremos hambre cuando volvamos. Hinata los vio alejarse desde el porche. Luego cerró la puerta, colgó el chal y volvió a darle a la manivela. Sin embargo, se pasó la lengua por los labios, donde permanecía la huella húmeda de los últimos besos acompañada de un ligero aroma a café.
Y Hinata sonrió para sí al descubrirlo.
