Capítulo 26

Seduciendo a mí Esposo.

Inuyasha contempló esos ojos color chocolate, en ellos se reflejaba todo el deseo, todo el anhelo de los últimos cinco años. La atrajo hacia él, hacia su pecho y la besó con pasión, sabía a una mañana de primavera, podía escuchar los latidos de su corazón, incluso sentía su piel arder bajo su contacto.

Kagome pasó sus brazos alrededor de su cuello y se dejó llevar por el beso y las sensaciones que crecían en su interior, deseaba que la tomara aquí, ahora, en ese instante.

Pero no, regresó a la realidad, no podía tomarla aquí, en el carruaje o en cualquier otro lugar. Sólo le haría el amor cuando lo hubiese perdonado por completo.

Se apartó de ella y le dio un fugaz beso en los labios.

—No puedo – le susurró en su oído.

—¡¿Qué?!— exclamó sorprendida.

Kagome se decepcionó ante la respuesta de su marido, ella pensaba que la llevaría a su mansión y le haría el amor o incluso en el carruaje. Pero nunca se imaginó su rechazo.

—¿No me deseas, Inuyasha? – preguntó ella, bajando los brazos a sus costados.

—No es eso – él se apresuró a decir – Lo que pasa es que…

—El famoso Lord Inalcanzable rechaza a su propia esposa— interrumpió ella, con cierta ironía — ¿Has rechazado alguna vez a otras de tus amantes?

Inuyasha frunció el cejo – En primer lugar tú no eres mi amante – dijo severo – Eres mi esposa.

—¿Hasta ahora te das cuenta de eso?

Ella se quiso bajar de sus rodillas, pero Inuyasha la atrapó bajo sus brazos, era como si sus brazos fueran cuerdas alrededor de su cintura.

—No mi señora – respondió él – He sido consiente estos siete años. Y si – la acercó a él y posó sus labios sobre los de él – Te deseo como no tienes una maldita idea, los baños de agua fría en la madrugada son una tortura ¿Sabes?

—¿Entonces? – su corazón latía con fuerza, su pecho se movía de arriba abajo, algo que no pasó por desapercibido Inuyasha — ¿Por qué no me tomas ahora, aquí o en donde sea?

Inuyasha le dio un beso en los labios y luego hizo la cabeza hacia atrás y la recargó contra la pared del carruaje.

Suspiró.

Kagome lo observaba, podía ver como él se debatía entre hacerlo y no.

Inuyasha inclinó la cabeza – No puedo hacerlo porque no quiero que pienses que llevándote a la cama tratare de convencerte que he cambiado – tomó sus dos manos y las besó – Cuando te haga el amor será porque estas realmente convencida de que he cambiado y de que te amo.

—¿Y si digo que al diablo con todo eso? – le susurró al odio — ¿Si quiero que me hagas el amor de una vez, qué harías?

—Kagome, ya es tarde. Debes entrar, además está lloviendo con fuerza y no quiero que…

¡Al diablo con la lluvia! Dijo ella y lo besó, dejando en ese beso toda la pasión que sentía, como si con eso lo fuera a convencer.

—No te lo suplicare por tercera vez Inuyasha – volvió a susurrarle al oído – ¡Hazme el amor de una maldita vez!

Inuyasha esbozó una sonrisa y suspiró una vez más.

—¿Es mi última oportunidad, verdad?— preguntó con picardía.

—Si – asintió ella – Es tu ultima…— se desató los cordones de su vestido y este se deslizó por todo su cuerpo, revelando un camisón blanco que transparentaba toda su anatomía — …Oportunidad. Tú elijes.

Inuyasha se mordió el labio inferior y recorrió con un dedo la curva de su garanta hasta el nacimiento de sus labios, pero lo que más le excitó no era el hecho de verla semidesnuda, sino que respondía a sus caricias.

Tomó su bastón y golpeó el techo del carruaje, se escuchó del otro lado la voz del cochero e Inuyasha sin ver el rostro de su esposa, le indicó el nuevo destino.

—A casa.

Kagome esbozó una sonrisa, había ganado, había logrado seducir a su esposo en ese pequeño momento.

Pero la felicidad doró poco, Inuyasha volvió a su estado original el vestido de Kagome y que la cubrió con su abrigo, acercó su frente a la de él para después bajarla de su regazo y sentarla a un lado de él.

—Está lloviendo y no quiero que pesques un resfriado, además si quieres concluir esto en la cama, será mejor que esperemos hasta llegar a casa.

—Si Milord – ella asintió, esbozando una sonrisa.

Ahora que lo recordaba, iba a ser la primera vez que entraría a su casa. Cuando se habían casado, esa misma noche la llevó a su hacienda en Hampshire y por un lado la duda la invadía.

¿Qué es lo que vería? ¿Sus empleados iban a pensar que era una nueva amante? Y de pronto el miedo la invadió, no quería que sus empleados pensaran que era su amante, sino su esposa. Ella era Lady Taisho, esposa del Lord Inalcanzable.

El carruaje se detuvo en la entrada de la mansión, Inuyasha bajó primero del carruaje y la lluvia lo recibió con una fuerte bienvenida, empapándolo de pies a cabeza.

Después le ofreció una mano a su esposa y ella bajó, ambos corriendo hacia la entrada y un mayordomo de edad avanzada los recibió en la entrada. En ningún momento Inuyasha le quitó el abrigo.

—Milord, Milady – el hombre hizo una reverencia.

—Buenas tardes Myoga – respondió con un leve asentimiento de cabeza, abrazó a Kagome por la cintura y la atrajo hacia él – Te presento a…— esbozó una sonrisa al verla y después miró al hombre – Mi esposa, Lady Taisho.

—Mi señora, a su servicio.

Kagome se sorprendió ante las presentaciones, no se lo había esperado de su parte, iba a cambiar cortesías con el mayordomo, pero Inuyasha la tomó entre sus brazos y fue escaleras arriba, se detuvo en el primer escalón y giró sobre sus talones para ver su mayordomo.

—Estaremos muy ocupados – dijo Inuyasha y esto hizo que Kagome se sonrojara – Haz que preparen el baño dentro de una hora y avísanos cuando esté lista la cena.

—Si Milord.

Entonces subió las escaleras con su precioso tesoro en brazos.

—Eres un descarado – susurró Kagome — ¿Qué crees que pensará ante tal comentario?

—Que eres mi esposa, que estamos enamorados y que lo estamos demostrando de una sola manera.

Llegaron hasta la habitación, pero antes de abrir la puerta, Inuyasha le dio una última oportunidad a su esposa.

—Esta será la última oportunidad para huir, si deseas que te lleve a casa, adelante dilo y lo haré – su mirada se oscureció – Si no, no habrá nada que me impida hacerte el amor en estos momentos.

Kagome esbozó una media sonrisa, se aferró aún más al cuello de su esposo, no había nada que la haría cambiar de parecer.

— ¿Qué espera para abrir la puerta, esposo? – Preguntó ella – Estoy empapada y comienzo a sentir frio.

Y él le regaló una de esas sonrisas que la hacían sentir calor.

—En ese caso – giró la perilla de la puerta y la abrió con un pie – Le aseguro que entrara en calor en unos instantes mi señora.

Ambos entraron y cerró la puerta con otro pie.

Bajó a Kagome al piso y sintió como su cuerpo se deslizaba por sus manos, deleitándose bajo su contacto.

Kagome observó la enorme habitación, en frente de ella había una enrome cama de cuatro postes con sabanas en color blanco. En el fondo un pequeño escritorio, en frente de la cama una pequeña salita y más en frente una chimenea. Era tal y como se la había imaginado, las paredes eran de color crema, dos ventanas balcones adornadas por cortinas en color blanco.

Se sentía una paz en torno a ella.

Ella avanzó por la habitación hasta detenerse en medio, justo entre el borde de la cama y un sofá, misteriosamente había fuego en la chimenea, pero eso no era lo le llamaba la atención, era la enorme cama y no pudo evitar observarla.

¿Cuántas mujeres habían dormido en esa cama? ¿Quién había sido la primera mujer que entró a esa habitación?

Sus brazos la rodearon por la cintura atrayéndola a su cuerpo. Inuyasha hizo a un lado su cabello y besó la cuerva de cuello.

—Sé justo lo que estás pensando – dijo él – Y la respuesta es: Ninguna. Tú eres la primera y la última.

Ella giró sobre sus talones sin soltarse de los brazos de su esposo, lo miró a los ojos y en ellos había sinceridad.

— ¿Seguro? – Ella arqueó una ceja, no muy convencida – No me importaría saber la…

Él le colocó un dedo en los labios – Admito que si he traído amantes aquí – confesó – Pero ninguna ha entrado a esta habitación. Sólo han pasado de la puerta a la habitación de huéspedes y de la de huéspedes a la puerta. Ahora si te sientes incomoda podemos dejarlo para otra ocasión.

— ¡No! – Ella se apresuró a contestar y negó con la cabeza – Es sólo que me resulta…— buscaba la palabra, aunque en el fondo la conocía muy bien.

— ¿Difícil de creer, verdad? – terminó la frase por ella y Kagome asintió.

Inuyasha la atrajo más hacia él. ¡Dios! La deseaba demasiado, aún no había podido creer lo estúpido que había sido por haberla dejado todo ese tiempo solo, pero nunca era tarde.

La besó en las mejillas, en la frente y por ultimo depositó un casto beso en sus labios.

—Si pudiera retroceder el tiempo créeme que no cometería el mismo error y creo que aún no es tarde para comenzar de nuevo ¿No crees?

Ella asintió ante esas palabras.

— ¿Quieres algo de beber? – Preguntó, soltándose de sus brazos de mala gana e ir a una pequeña cantina – Tengo vino…

Kagome se cruzó de brazos y lo siguió.

—No gracias– dijo ella, tomando asiento en el borde del sofá mientras contemplaba a su esposo, quien llenaba una copa con un líquido color café claro.

Estaba reviviendo la misma escena de hace siete años, una chimenea, copas y vino y por ultimo él. Ya sabía dónde iba a terminar esto, besos ardientes, caricias que vienen caricias que van y todo concluía en un lugar.

Observó la cama con sábanas blancas.

Si, asintió. Ahí.

Pero ella misma le había pedido que la llevara a su mansión y la hiciera suya.

Inuyasha esbozó un sonrisa pícara – Recuerdo que nuestra primera noche tomamos vino.

—Recuerdo que esa noche estabas muy molesto conmigo – comentó ella.

Inuyasha dejó la copa de whisky y se acercó a su esposa, le quitó el abrigo y lo dejó en el sofá. Sus ojos dorados recorrían cada centímetro del anhelado que cuerpo que tenía en frente de él.

En ese instante, él sabía que ya no había marcha atrás, que ella sería suya esa misma noche, y por qué no, para toda la vida.

— ¿Esa noche te lastimé? – preguntó, deseaba saber si le había hecho daño.

—No – ella negó – Sólo me lastimaste a la mañana siguiente, cuando anunciaste que te iras.

—Pienso redimir cada uno de los errores que he cometido contigo – dijo, tomó sus manos y las besó – Empezando por esta noche.

La atrajo hacia sí y la besó con pasión desenfrenada, no podía reprimir más el deseo, la deseaba aquí y ahora y siempre. Ella siempre debió haber dormido en esa cama y no en otra, una que se encontraba a kilómetros de ahí.

Él borraría los recuerdos de aquella primera noche, una noche que había sido completamente gris.

Sus manos expertas y suaves, fueron desatando cada nudo de su vestido, se lo quitó por los hombros y este cayó en cascada por todo su cuerpo. Kagome sacó un pie y después el otro para liberarse por completo de aquel vestido.

Él dio un paso hacia atrás para contemplarla, ella estaba ante él con un simple camisón de seda que le llegaba hasta la mitad de sus muslos, pero que no cubría nada y dejaba mucho a la imaginación.

Intentó cubrirse al ver como Inuyasha la recorría con la mirada, con esos ojos dorados ardientes y llenos de deseo. Él se lo impidió capturando sus manos.

—No…— negó con la cabeza. Besó cada uno de sus dedos y después la observó – Quiero apreciarte esta noche. Si voy hacerte mía quiero deleitarme observando cada delicado… – acarició sus mejillas, después su cuello –…centímetro de tu dulce piel.

¿Cómo lo hacía? ¿Cómo lograba conseguir que tan potentes palabras tuvieran un efecto sobre ella?

Se sobresaltó al sentir aquellos brazos que la volvían abrazar por la cintura y la atraían más hacia él, sujetándola de sus nalgas y presionándola contra su entrepierna para después fundir la unión con un beso.

Kagome comenzó a sentir que todo le daba vueltas, sentía la erección de su esposo en su abdomen y esa intensa corriente conocida comenzó a recorrer por cada parte de su cuerpo. En ese beso, en esa pequeña unión sólo había paso para el deseo. Pasó sus brazos alrededor de su cuello y en cambio él la sostuvo contra su pecho y ella envolvió sus largas piernas alrededor de su estrecha cintura.

La llevó hasta la cama y la depositó en el lecho, ahí terminó por desnudarla completamente y dejar las ultimas prendas en el rincón de la habitación.

El pecho de Kagome subía y bajaba, al verlo retroceder y comenzar a desnudarse. Empezó por su saco, después desatando en nudo de su pañuelo y por último los botones de su camisa. Cada prenda que se iba quitando, era prenda que terminaba desparramada en la habitación. Contuvo el aliento cuando se quitó la camisa delante de sus ojos, su esposo era de hombros anchos, abdomen plano, brazos largos y fuertes.

Ahora entendía muy bien porque ninguna mujer podía resistírsele, ella misma no podía hacerlo en estos momentos, estaba bajo el hechizo de su mirada dorada.

Él se tumbó a un lado de ella en la cama, por más que la deseaba debía ir lento.

Kagome agachó la cabeza y cerró los ojos, era la segunda que vez estaría con él, un sinfín de emociones se acumulaban en su ser.

Él la tomó de la barbilla y alzó su cabeza hasta que sus miradas se encontraron en aquella oscuridad.

— ¿Nerviosa, amor?—preguntó

Ella asintió – Un poco.

—No debes sentir nervios. Te prometo que será delicado – se acercó a ella —…mucho mejor que la primera vez.

Y la besó, fue guiándola hasta que su espalda se encontró con aquellas almohadas de pluma. Colocó sus brazos al redor de su cuello mientras él dejaba besos ardientes en su frente, mejillas y labios.

Sus manos comenzaron a explorar ese cuerpo que había soñado con ya hace tiempo volver a tocarlo, volver a sentir como se arqueaba ella contra él y esta vez no fue la excepción, con una pequeña caricia ella se estaba entregando completamente.

Inuyasha fue bajando sus labios hasta besar la curva de su cuello, fue bajando lentamente hasta llegar al nacimiento de sus pechos y con su lengua lambió su pezón izquierdo, ambos ya erguidos mientras que con su otra mano atendía al otro y después pasaba al derecho. Kagome se arqueó contra al sentir su lengua tibia, su cuerpo comenzaba a vibrar, se retorcía bajo su cuerpo, como si con eso consiguiera decir que la tomara ahora.

—Inuyasha…— gimió.

—Aun no— susurró él – Aun no estas listas – y volvió a lamber sus pezones.

Con su otra mano libre, fue bajando hasta el pequeño triangulo de oscuro bello que se encontraba en medio de sus muslos. Abrió con cuidado sus piernas, ayudado por él, y de un asalto introdujo un dedo en su húmeda cavidad, después un segundo dedo.

Kagome estaba al borde de la locura, esos dedos se movían de una manera mágica en su interior, de arriba hacia abajo y en círculos.

Dejó de atender sus pezones y reclamó sus labios con un beso voraz y hambriento y ella se lo devolvió de sumo agrado.

—Por favor…—le rogó ella en sus labios –Por favor…

— ¿Por favor qué, amor? – susurró él.

—Entra en mí…—dijo

— ¿Es lo que deseas? – Le preguntó y la miró a los ojos y en ellos supo toda la verdad –Abre más las piernas para mi amor.

Ella lo hizo y él se colocó en medio de su entrada, presionando la punta de su miembro ante las puertas de su paraíso.

Entró en ella lentamente y permaneció en su interior para que ella se acostumbrara a la sensación. Esbozó una sonrisa al verla, sus cuerpos se complementaban de una manera perfecta, ella se amoldaba a su cuerpo. Ya no podía resistirse y comenzó a moverse en su interior de una manera lenta y suave, arrancándole gemidos y suspiros de deseo.

Mientras se movía en su interior, sus manos acariciaban sus muslos, tomó sus dos piernas con las dos manos y las enredó en sus caderas.

—Aprieta – le susurró al oído.

Ella no sabía a qué se refería al principio, pero después apretó las piernas contra las caderas de su esposo, haciendo más excitante la unión. Kagome también se movía al mismo ritmo que el de su esposo.

Volvió a reclamar sus labios, con una mano acariciaba un pezón y la otra la pasaba por debajo de sus caderas y la atraía más hacia él.

Ninguna mujer lograba hacerle sentir lo que en estos momentos ella sentía, esa entrega era más por amor que por alimentar el placer carnal. Lo que le llenaba el corazón era ver como se le entregaba a él, la forma en que lo había seducido para que la llevara casa y terminaran en la cama, adoraba la forma en como comenzaba a convulsionar ante su cuerpo, estaba por llegar a la culminación de la pasión.

—Si…—susurró contra su oído – Hazlo amor.

Kagome ya no pudo resistir más, las corrientes eléctricas eran cada vez más potentes y toda sensación culminaba en un solo punto y si, tras las palabras de su esposo, se dejó ir.

—Ahhh…

Él se tumbó a su lado mientras que ambos esforzaban por tranquilizar sus respiraciones

Estalló en mil pedazos al sentir que había llegado al orgasmo y pocos segundos después Inuyasha se unía a ella.

—Te amo— él le susurró al oído y la atrajo hacia ella para estrecharla con fuerza en sus brazos.

Esa tarde habían hecho el amor más de dos veces, una en la tina del baño y otra después de cenar.

Kagome abrió los ojos, la habitación sólo era alumbrada por una pequeña vela, sintió un pequeño frio en la cama, giró la cabeza y el lado de su esposo estaba vacío. De pronto los recuerdos de la primera noche vinieron a su mente, observó al puerta, esperando a que él entrara y le anunciara que se iría pero que podía quedarse aquí o lo que era peor aún, tal vez era capaz de correrla.

Pero no, por más que pasaban los minutos él no había entrado.

Frunció las cejas, se levantó de la cama y se puso la camisa de su esposo que yacía en el suelo.

Salió de la habitación, bajó con cuidado las escaleras y una música llamó su atención, provenía de la sala de estar, ella inclinó la cabeza y fue hacia dónde provenía esa melancólica música. Y ahí estaba él, tocando un piano en color negro. Fue hasta él y se detuvo a un costado, él alzó las cejas pero no dejó de tocar.

Kagome esperó las últimas notas para poder hablar.

—No sabía que tocabas – dijo ella.

—Aun no sabes muchas cosas del famoso "Lord Inalcanzable" – dijo con ironía, haciendo reír a Kagome.

—Creí que te habías ido – dijo ella, con cierto matiz de tristeza en su voz.

— ¿Por qué haría eso? –preguntó él.

—Así fue como paso, después de nuestra primera noche juntos, al día siguiente te marchaste.

Inuyasha suspiró, cerró la tapa del teclado y atrajo a su esposa hacia él. Donde hundió su cabeza en el abdomen de su mujer.

—Si no hubiera sido tan ciego, en estos momentos seriamos una familia. Habríamos tenido hijos, yo hubiera estado ahí cuando perdiste a nuestro hijo.

Un nudo en la garganta se le acumuló a Kagome, debía decirle que nunca estuvo embarazada que sólo lo había dicho para lastimarlo.

—Inuyasha…

—Pero te prometo que esta noche todo va a cambiar – alzó la cabeza hacia ella – Esta noche me esforzare y seré un mejor esposo. Incluso, esta noche intentare dejarte embarazada…