Capítulo 11


Una mujer valiente... ¿o no?

A la mañana siguiente y después de pasar una noche en la que me había despertado varias veces, tomé un baño rápido y me dirigí en la bicicleta recién engrasada y limpia a mi trabajo. Nunca había sentido celos, para mí eran una sensación extraña y dolorosa. No me gustaba nada, así que oculté firmemente en una esquina de mi mente la imagen de Sasuke y Samui, y recé por que no tuviera que verlos mucho ese fin de semana. Alguien dijo una vez que si no se sienten celos es que nunca has amado. Yo amaba, sí, mucho, a mi marido. O al menos de eso era de lo que tenía que convencerme.

Pedaleando con furia llegué un poco antes de que se abriera el pub, así que entré por la puerta de la cocina, sabiendo que Chiyo estaría allí.

—Hola, cielo —me saludo ofreciéndome una taza de té.

La cogí entre mis manos heladas con agradecimiento y aspiré su dulce aroma.

—Estarás contenta, ¿no? —preguntó.

—Quién ¿yo?

—Sí, tú ¿no eres española?

—Ah, lo del partido. Sí, claro, estuvo muy bien —respondí enterrando mi rostro en la taza humeante.

—Eso me dijeron —contestó Chiyo con un gesto entre divertido e interrogante.

Yo no contesté y me concentré en beberme el té.

Naruto abrió la puerta con tal fuerza que casi me empotra detrás.

—¡Joder! Ya vuelve a llegar tarde. Si es que no sé qué hacer con ella —se calló. Chiyo lo miró de forma extraña. Él aspiró un momento con fuerza y se asomó detrás de la puerta.

—No, no he llegado tarde —contesté. Tenía que empezar a echarme menos perfume.

—Vamos, ayer fue una locura y hay que recoger y colocar todas las mesas. Tenemos muy poco tiempo —exclamó bruscamente.

—Voy—dejé la taza en la encimera y salí tras él.

—Vete recogiendo los vasos y lávalos para desinfectarlos, yo voy a sacar a Sasuke de su nidito de amor y que empiece a currar —se fue subiendo las escaleras de dos en dos.

Puse el hilo musical y me concentré en una canción de Pink, a la vez que recogía las consumiciones y las iba dejando en la barra. La verdad es que lo habían dejado todo como si hubiese pasado una manada de elefantes enfurecidos.

Oí pasos sobre las escaleras y vi salir a Sasuke pasándose la camiseta negra por la cabeza todavía mojada. Me saludó sonriendo, con esa sonrisa de "bien follado". Dios mío, ¿qué me pasaba? Al pasar a mi lado pude oler el jabón en su cuerpo y esa mezcla de cítricos y madera de sándalo de su perfume. ¿Qué perfume sería?, me pregunté con curiosidad. No se había afeitado y una suave capa de pelo oscuro le cubría parte del rostro. "Sakura, vale ya", me reprendí. Concéntrate en lo que estás haciendo.

Tanto Naruto como Sasuke se dedicaron a mover las mesas a sus lugares correspondientes, con cuidado de no rayar demasiado el suelo de madera pulida. Yo recogí vasos, vasos y más vasos, y me fui detrás de la barra para comenzar a lavarlos. Decidí con firmeza no levantar la cabeza de mi trabajo ni una sola vez.

Al pasar al lado del fregadero observé un charco en el suelo. Me agaché para ver mejor. Había una fuga en el codillo.

Me incorporé y los miré.

—¿Dónde hay una llave inglesa? —pregunté.

Ambos me miraron como si les hubiera pedido que me bailaran la danza del vientre.

—¿Qué? —contestaron al unísono.

—Que si me podéis dejar una llave inglesa —exclamé. Como respuesta obtuve miradas de incredulidad. ¿Lo había dicho bien? Quizá hubiera otra forma de expresarlo, que yo desconocía.

Fue Sasuke el que se movió primero. Entró en el almacén y se le oyó trajinar. Salió con una caja de herramientas que me ofreció como si me estuviera dando una bomba atómica.

—¿Para qué la quieres? —inquirió con curiosidad.

—Hay una fuga en el fregadero, nada importante, solo se ha aflojado un poco el codillo —se lo dije en español, ya que codillo no sabía cómo decirlo en inglés.

—Ah —fue su única respuesta.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Naruto acercándose.

—Que hay una fuga en el fregadero. Por lo visto va a arreglarla ella —respondió Sasuke encogiéndose de hombros.

—¿¡Que!? Sasuke, no le dejes que toque nada o lo romperá del todo —el tono de Naruto era una mezcla de sorpresa y de horror.

Rebusqué en la caja de herramientas y encontré lo que buscaba. La calibré en la mano y la ajusté al tamaño correcto.

Naruto estaba a punto de saltar sobre mí. Sasuke lo detuvo poniéndole la mano sobre el pecho.

—Déjala, creo que sabe lo que hace —ordenó.

Yo me agaché y metí la cabeza debajo del fregadero. Con pericia ajusté el codillo y, sacando la cabeza, les pedí que dieran el agua. Con un pequeño recipiente comprobé que ya no había fugas.

Me levanté con una sonrisa de satisfacción en el rostro.

—Ya está —dije entregándole a Sasuke la llave inglesa.

—¿Seguro? —preguntó Naruto que entró en la barra y lo comprobó por sí mismo. Quise darle una patada en el trasero, que tan a mano tenía, pero me contuve—. ¿Dónde has aprendido a hacerlo? —añadió con curiosidad.

—En casa siempre hay cosas que arreglar, enchufes, puertas que no ajustan, no sé, ese tipo de cosas. ¿Por qué?

—¿Tu marido no se encarga de esas cosas? —preguntó contrariado Naruto. Sasuke nos miraba divertido.

—Bueno, de las más complicadas sí, pero no siempre está en casa y no me gusta esperar si hay algo que yo puedo solucionar. Solo he ajustado un pequeño tubo. No es nada extraordinario —expliqué sintiéndome algo avergonzada.

Ambos se miraron.

—¡Sí lo es! —exclamaron a la vez riéndose.

Completamente roja me dirigí a la otra punta de la barra, donde descansaban la mayoría de los vasos que tenía que enjuagar.

—Hay que fregar el charco, si no alguien se resbalará. ¿O queréis que lo haga yo? ¿Como soy mujer...? —pregunté desde el refugio del fondo de la barra.

—No, ya lo hago yo ahora —contestó Sasuke. Naruto seguía estando en estado de semishock.

Cuando se dirigía al almacén en busca de la fregona y el cubo, se paró y sacó su teléfono del bolsillo del pantalón, miró quién le llamaba y le dijo a Naruto.

—Hazlo tú, tengo que contestar, es importante —salió al exterior para hablar con más comodidad.

Yo seguí en la esquina recogiendo y clasificando vasos y de paso observando con plena libertad los movimientos de Sasuke fuera. Parecía una llamada importante, como había dicho. En una ocasión pateó el suelo y se pasó dos veces la mano libre por el pelo, como para despejar las ideas. Ese era un gesto que hacía muy a menudo. Cuando me volví a dejar los vasos en el fregadero me había olvidado por completo del charco. El charco, por el contrario, no se había olvidado de mí.

Llevaba dos vasos en cada mano sujetos con los dedos, pise el agua esparcida, me resbalé y solté los vasos al hacerlo, que cayeron a mi alrededor haciéndose añicos. Busqué alrededor algo a lo que agarrarme, pero no fui lo suficientemente rápida, y viendo que iba a caerme de culo, giré en el último momento intentando proteger del golpe el teléfono móvil que llevaba metido en el bolsillo trasero del pantalón. Caí apoyando todo mi peso sobre el codo derecho y emití un grito de dolor desgarrador.

Naruto, al ver mi caída, se acercó corriendo. Sasuke, probablemente alertado por el grito, entró como una rapidez asombrosa.

Yo me senté ayudándome con mi brazo izquierdo y sujeté con fuerza el brazo derecho contra mi cuerpo. Ramalazos de dolor me recorrían el brazo derecho desde el hombro hasta la mano y me encogí sobre mí misma para mitigar la sensación de mareo.

Naruto intentó levantarme cogiéndome por los hombros, pero al notar la presión sobre el hombro derecho volví a gritar.

—¡No me toques! —él retrocedió asustado.

Sasuke se arrodilló a mi lado.

—Déjame ver —murmuró con la voz suave que había utilizado cuando me rescató de las vacas asesinas.

—No —contesté yo, el rostro atravesado por lágrimas ardientes.

—¿Se ha roto el brazo? —preguntó Naruto con voz ahogada.

—No lo sé, no me deja vérselo —contestó Sasuke algo enfadado.

—No me lo he roto —afirmé yo hipando.

—Déjame ver, por favor. No te voy a hacer daño —imploró Sasuke con voz más firme.

—Eso decís todos y mentís —solté yo. No sabía muy bien si me refería a mi brazo o a otra cosa mucho más íntima.

Sasuke hizo caso omiso a mis protestas y me apartó el brazo izquierdo que tapaba el herido. Lo cogió con delicadeza, con la delicadeza que solo puede tener un hombre grande y fuerte como él, e intentó estirármelo.

Yo me retraje, al sentir nuevos latigazos de dolor.

—Se me ha dislocado el codo —le dije en español, frunciendo los labios por el dolor.

—¿Te ha pasado antes? —preguntó observando como mi antebrazo caía mostrando un ángulo imposible.

—Sí, varias veces. La última hace siete años. No recordaba lo que dolía —mascullé aguantando la respiración.

Él me lo volvió a doblar contra mi pecho y me lo sujetó con el otro brazo. Sosteniéndome por la cintura me levantó. Una vez que estuve de pie, me tambaleé, apoyándome en él.

—¿Te vas a desmayar? —preguntó dejando que me apoyara contra su cuerpo.

—No. No hay sangre, así que no, pero ¡duele mucho! —susurré yo.

Noté cómo su pecho vibraba con un pequeño amago de risa. Observé a Naruto que estaba blanco como el papel.

—Eh, no creas que te libras de mí por esto —le dije.

—Lo siento, lo siento mucho, me he puesto a recoger las mesas y me he olvidado del charco. Esto es culpa mía. Lo siento, de verdad, dime qué puedo hacer y lo haré —contestó recuperando algo de color.

—Ahora no se me ocurre nada, pero no te preocupes que lo tendré en cuenta para próximas veces —lo dije en tono de broma, para hacerle ver que no tenía importancia, que era un simple error.

—De acuerdo. Lo que quieras, dímelo —afirmó serio.

—¿Te encuentras lo suficientemente fuerte para andar? —me preguntó Sasuke respirando en mi coronilla.

Estuve a punto de contestar que me encontraba perfectamente sobre todo en esa posición, pero el dolor se estaba apoderando de mis articulaciones.

—Sí, ¿me llevas al hospital? —inquirí.

—Te llevo a un médico. No creo que meterte en un coche ahora vaya a hacer que te sientas mejor, tendría que bajarte hasta Inverness.

—¿Qué médico? —pregunté yo extrañada.

—Samui —contestó quedamente.

Vaya, no podía ser otra, no, pensé acompañando mi dolor con furia contenida.

—Tenemos que aprovechar que ella está aquí. Noto cómo se están inflamando las articulaciones y no creo que sea bueno esperar mucho más. Vamos, yo te ayudo a subir —me cogió por la cintura y subimos las escaleras.

Yo no tenía ni fuerzas para contestar, así que me dejé llevar.

Entramos en la casa sin llamar. En la salita no había nadie. Sasuke me indicó que me sentara en el sofá. Lo hice con cuidado evitando cualquier movimiento brusco, que solo provocaba más dolor.

—Samui —llamó Sasuke abriendo la puerta de la habitación.

Desde mi posición pude ver que la cama de matrimonio estaba completamente deshecha, probablemente a causa del revolcón o revolcones de la noche anterior. Asqueada retiré la vista y la fijé en un punto intermedio del salón, cerca de la televisión. Entrecerré los ojos prestando más atención. Allí tirado en el suelo había un sujetador de encaje blanco precioso, probablemente de La Perla o alguna marca igual de cara. Yo una vez había tenido uno, mi madre me regaló el conjunto nupcial de esa marca. Todavía lo guardaba entre papeles de seda cuidadosamente escondido en un cajón del armario. El tejido era exquisito y delicado, muy propio de Samui. Hasta su nombre se atragantó en mi mente. Por lo visto la fiesta había comenzado pronto. Me removí inquieta en el sofá, quizá aquel hubiera sido el primer escenario. Por lo menos estos desagradables pensamientos mitigaban un poco el dolor físico que se me iba extendiendo hasta la espalda.

—¿Qué te ocurre? Pareces enfadada. ¿Te encuentras peor? —preguntó Sasuke parado en el centro del salón.

Lo miré sorprendida, como dándome cuenta de que él estaba allí. Tenía que aprender a disimular un poco mejor o acabaría poniéndome en evidencia de una forma ridícula.

—Sí, me duele bastante —contesté sosteniendo con más fuerza mi brazo herido.

—Tranquila que pronto lo solucionaremos —sonrió él—. Samui —llamó suavemente golpeando la puerta del baño.

—Sí —se escuchó una voz amortiguada.

—¿Puedes salir? Necesito tu ayuda —contestó Sasuke.

—Claro, cielo, dame un minuto.

¿Era mi imaginación o su voz sonaba todavía más dulce que la noche anterior?

Se escuchó el sonido del agua correr y luego el golpe de algunos objetos contra la cerámica del lavabo y se abrió la puerta, mostrando a la doctora Samui Thoms perfectamente peinada, maquillada, perfumada y vestida únicamente con una camiseta de Sasuke que le cubría lo justo para no parecer indecente.

Sasuke la miró con los ojos como platos. Yo reprimí una sonrisa, que resultó ser una mueca debido al tirón que se produjo en ese momento en mi brazo. Ella, sonriendo de forma sensual, se acercó a él y le plantó un beso intenso y profundo en los labios. Yo enarqué una ceja. Sasuke estaba quieto como una piedra, no hizo ningún movimiento, siguió con los brazos extendidos a ambos lados de su cuerpo.

—No estamos solos —oí que le susurraba al oído.

Ella se apartó con gesto asustado y miró en derredor hasta que su mirada se posó en mí, encogida en el sofá. La mirada cálida que solo un instante antes le había dirigido a Sasuke se convirtió en frío acero al posarse sobre mí.

—¿Qué hace esta mujer aquí? —explotó, intentando estirarse la camiseta para que le cubriera un poco más que las nalgas.

Fijé mi vista en ella y dejé traslucir todo el desprecio que pude en una mirada.

—Ha tenido un accidente abajo, creemos que tiene una subluxación de la articulación del codo. ¿Puedes hacer algo al respecto? —preguntó Sasuke, totalmente ajeno al cruce de miradas entre nosotras.

—Soy cardióloga, cielo, debería acudir a un traumatólogo —su tono se había suavizado al dirigirse a su amante.

Cardióloga, ¿eh? El sumun de los doctores. Picaba alto Sasuke, vaya que sí.

—De todas formas seguro que sabes más de huesos que cualquiera de nosotros, por lo menos podrías echarle un vistazo —su tono se había vuelto frío.

—Está bien —accedió ella a regañadientes.

Luego nos dio instrucciones como si fuéramos su grupo de residentes. A Sasuke le ordenó que se sentara detrás de mí y que me sujetara con fuerza. Él lo hizo sin vacilar y yo me apoyé en su pecho sintiéndome un poco mejor. Su contacto, no sabía por qué, me tranquilizaba. A mí me ordenó que me mantuviera erguida y estirara el brazo herido todo lo que pudiera, que era bastante poco y, sobre todo, lo remarcó varias veces, me ordenó que no gritara, que mantuviera las formas.

Aquello me molestó tanto que juré por todos los dioses conocidos y por descubrir que de mi boca no saldría ni el más mínimo quejido de dolor. Esta vez mi orgullo ganaría la batalla.

Se sentó sobre la mesita de centro, justo frente a nosotros y cogió mi brazo derecho del que colgaba el antebrazo de una forma desmadejada, como si fuese un muñeco roto. Aguanté el dolor de tenerlo así, sin la sujeción del otro brazo. Sasuke notó mi angustia y noté más presión de su cuerpo sobre mí.

—¿Cuándo fue la última vez que te pasó lo mismo? —preguntó intentando distraerme.

—Hace siete años —contesté yo aguantando la respiración.

—¿Cómo? —siguió él.

—En la prueba de mi vestido de novia, me subieron a una pequeña tarima para que pudiera verlo mejor y al bajar enganché un pie en el cancán y caí al suelo igual que ahora, sobre el codo —expliqué resollando.

—¿Estás casada? —inquirió Samui, su tono se había vuelto un poco más amigable.

—Sí —afirmé enseñándole el pequeño anillo de oro que circundaba mi dedo anular, cada vez más hinchado. Mi mano comenzaba a parecerse a una exposición de salchichas Frankfurt.

Comenzó a palpar mi brazo con dedos expertos, hincando el dedo en cada una de las articulaciones que iban de la mano al codo. Yo resollé con fuerza, pero no emití ningún sonido más. Odiaba a los médicos en general y a esa doctora en particular. Creí que estaba ahondando demasiado, lo que no sabría decir es si por desconocimiento de la lesión o por otra causa.

—Ahora —dijo tensando mi brazo hasta el extremo.

La presión de Sasuke sobre mi cuerpo se hizo más fuerte. En ese mismo momento, al notar el tirón sobre mis articulaciones inflamadas, olvidé mi promesa antes pronunciada de no emitir el más mínimo sonido y, para mi vergüenza, emití un aullido ensordecedor y aterrorizado, y varios gemidos agudos acompañando a mis gritos de angustia.

Noté el cuerpo de Sasuke sudoroso sujetándome con todas sus fuerzas y yo luchando por separarme de él. Me incliné hacia delante intentando reprimir el relámpago de dolor que me atravesó como una lanza y luego me eché hacia atrás rindiéndome. Lo golpeé en la boca con la cabeza y oí una maldición pronunciada en gaélico. Sin embargo, no dejó de sujetarme.

Solo había una parte de mi cuerpo que se encontraba libre de ataduras y eran mis piernas, que levanté en un intento de salir huyendo de allí en ese mismo instante, pero algo las bloqueó, el cuerpo de Samui, que empujado por la furia de mis dos extremidades inferiores, cayó hacia atrás rompiendo la mesita de madera que le servía de apoyo y mostrándonos claramente su ropa interior, que por su puesto era de encaje, esta vez negro, con ribetes de seda negra.

Samui maldijo en voz alta al caer y yo la miré sorprendida tanto por el desastre que había causado como por las palabras que salieron de su boca.

En ese momento entró Naruto, probablemente asustado por los gritos. Se paró frente a nosotros y después de mirarnos a todos prorrumpió en grandes carcajadas.

Yo lo miré con furia, era lo único que podía hacer, seguía encerrada entre los fuertes brazos de Sasuke. Samui se levantó de un salto tapándose lo mejor que podía y Sasuke volvió a maldecir en mi oído.

—Para no querer gritar, es la mejor imitación de un aullido que he oído nunca —susurró con aliento cálido y respirando entrecortadamente.

Tres días diciendo que mis gritos aún reverberaban en los valles de las Highlands consiguieron lo que no habían hecho científicos de diferentes nacionalidades, despertar a Nessi, que, según contaban, anduvo aullando varias noches buscando al que probablemente consideraba un compañero perdido en las profundidades del Lago.

Dejé a Sasuke con un labio partido, que sangraba profusamente, y que no permitió que nadie le curara. Se encerró en el baño y se lo curó él mismo. Samui huyó despavorida a la habitación a vestirse un poco más decentemente. Y los dos me tuvieron que llevar al hospital de Inverness.

Aunque Samui había hecho un buen trabajo colocándome el codo, el dolor sordo y la inflamación de las articulaciones seguían ahí. Tenían que hacerme una radiografía y comprobar si había más daños internos.

Aguanté con paciencia en la sala de espera y le entregué a Sasuke mi tarjeta sanitaria europea, que en principio no sirvió de nada, ya que observé cómo pagaba la consulta. Me pusieron un cabestrillo, una inyección antiinflamatoria y calmante y me enviaron a casa con órdenes de guardar reposo y tranquilidad en las próximas dos semanas. Además me dieron una receta de relajantes musculares para tomar durante los siguientes ocho días.

Yo estaba avergonzada y dolorida, pero el cansancio y la medicación pudieron más y pasé dormida todo el trayecto hasta casa.

Mis caseros me acogieron como a una hija y me acompañaron a acostarme a la habitación. Aseguraron a Sasuke que cuidarían de mí, que estuviera tranquilo. Yo no quería pensar en nada, solo dormir, me acosté antes del mediodía y no desperté hasta el día siguiente.

El fin de semana transcurrió demasiado tranquilo. Dormía mucho debido a las pastillas y cuando me levantaba comía y veía la televisión. Estaba muerta de aburrimiento. Decidí hacer algunas llamadas a España para matar el tedio.

—Hola, Konan —exclamé cuando oí la voz de una de mis amigas.

—Hola, Sakura, ¡cuánto tiempo! Ya pensábamos que nos habías abandonado. ¿Qué tal todo? —su voz resultó familiar y acogedora.

—Muy bien —mentí—. ¿Qué tal tú?

Ella estaba embarazada de ocho meses, esperaba su segundo hijo y, evocando sus palabras, estaba aterrorizada, porque ya sabía lo que era un parto y había decidido que cuando fuera al hospital si no llegaba a tiempo para la anestesia epidural llevaría un ladrillo en el bolso para golpearse la cabeza y pasar inconsciente el mal trago de dar a luz a su hijo.

—Imagínatelo —oí un suspiro largo y forzado y el crujir de una silla, como si estuviera acomodándose.

—Me lo imagino —contesté riendo.

—No, ni lo intentes, esto es mucho peor. Las tetas se te caen, se te levanta el culo y tengo una tripa de veintitrés meses por lo menos. Entra dos días antes que yo a los sitios. Y luego no mejora, ¿sabes? Cuando das a luz, las tetas se te levantan y en cambio se te cae el culo y encima se te queda esta maldita tripa por lo menos otros seis meses más —explicó compungida.

Yo me carcajeé.

—Ya veo que estás encantada —señalé con diversión.

—Bueno —puso voz melancólica, esa voz que solo tenemos las mujeres cuando llevamos un pequeño ser en nuestro interior. Podía imaginármela acariciando su voluminosa tripa—, no te creas, que el segundo es mucho peor que el primero. Ahora tengo a dos niños en casa y todavía no ha llegado el tercero. Los dos reclaman mi atención continuamente, por no hablar del calor que hace, que tengo las piernas como butifarras. Creo que jamás me podré poner un traje de baño sin sentir vergüenza —terminó.

—Ya será para menos —intenté consolarla yo.

—Nunca, escúchame bien, nunca te dejes convencer para tener otro hijo, ni con palabras melosas de tu maridito al oído diciéndote lo bella que estás en estado de buena esperanza —sentenció ella.

—Konan, ¿no me dirás que Yahico te cambió los anticonceptivos por aspirinas? —sonreí yo.

—No tanto, pero se puso de un pesado, que si no podíamos dejar a Yahico solo, que era muy bueno tener otro hijo, que si tal, que si cual, pero ¿sabes qué? Él está como un pepe, disfrutando del verano como si tal cosa y yo encerrada en casa con el aire acondicionado funcionando como si tuviese que ventilar el Palacio Real y abanicándome porque cada movimiento supone un esfuerzo sobrehumano. No, Sakura, jamás te dejes convencer —insistió.

—Lo intentaré. Pero de todas formas, ya sabes que Sasori y yo no tenemos demasiadas ganas de repetir experiencia —contenté algo pesarosa. A mí no me hubiera importado tener otro hijo, pero Sasori había sido reacio a ello desde el primer momento. Por lo menos no tenía que preocuparme de su insistencia a ese respecto.

—¿Qué tal Sasori? —preguntó cambiando súbitamente de tema.

—Bueno, tú lo sabrás mejor que yo. Apenas hablamos, creo que está bastante enfadado porque decidí venirme aquí unos meses —exclamé.

—Sakura, tienes que reconocer que algo de razón tiene. Sin ton ni son, te dio la vena y hala, a recorrer mundo sola, pero ¿qué se te metió en la cabeza? Todos sabíamos lo afectada que estabas por la muerte de tu amiga Matsuri, pero de ahí a abandonarlo todo va más de un paso —replicó.

La pequeña reprimenda me sentó como una patada en el estómago, pero lo disimulé.

—Lo tenía que hacer, Konan y creo que nos va a venir bien, a los dos —remarqué.

—Eso desde luego, si al acabar esta aventura no estáis más enamorados, seguro que estáis divorciados —su tono brusco me sorprendió. Quizá era lo molesta que estaba debido a su avanzado embarazo, pero había algo implícito detrás de sus palabras.

—¿Ha ocurrido algo que yo deba saber, Konan? —pregunté directamente.

—Todavía nada, que yo sepa, pero ya sabes como son estos maridos nuestros, hasta que consigues sacarles algo... Lo único que sé es que se le nota cambiado, está enfadado y Yahico me ha comentado (que no salga de nosotras) que sale todos los días y no con nuestro grupo. Se ha juntado con el grupo de su hermana, que ya sabes cómo son... —dejó la frase sin terminar.

Sí, yo sabía perfectamente cómo eran. No perdonaban un día de fiesta. Todos estaban solteros y habían decidido que disfrutar de la vida debía considerarse un deporte nacional, que, por supuesto, incluía emborracharse casi todos los días de la semana. Por la descripción que hizo Konan de Sasori, empezaba a creer que no conocía de nada a mi marido.

—Si te enteras de algo que deba saber, ¿me lo dirás? —pregunté directamente.

—Claro, lo difícil será no enterarse Sakura, es como si se hubiese liberado de una cuerda que le ataba el cuello y no lo entiendo, porque desde luego contigo la vida la tenía muy fácil, ya le gustaría a mi Yahico: comida calentita todos los días al llegar a casa, de Akane te encargabas tú prácticamente y seguro que también le hacías buenos trabajos en la cama —explotó.

Yo me ruboricé. Sasori y su marido eran compañeros de trabajo y mucho me temía que habían compartido alguna conversación subida de tono sobre nosotras.

—Te tengo que dejar, Konan, cuídate mucho, tú y ese pequeñín. ¿Me avisarás cuando nazca? —pregunté.

—Por supuesto, a ver si eso te hace venir por lo menos unos días antes. Un beso.

La conversación con Konan me dejó preocupada y algo enfadada. Tenía la sensación de que por el hecho de haberme ido, le había dado un permiso tácito para que hiciera todas las cosas que no hacíamos juntos y que, por supuesto, sabía que me molestaban en extremo. Llevaba más de dos semanas en Escocia, todavía me quedaban dos meses más. Igual tendría que plantearme en serio volver por lo menos para pasar el fin del verano con él. Quizá pudiéramos irnos unos días a la playa solos, a recuperar el tiempo perdido. Como si eso me fuese a ayudar, comencé a buscar ofertas de viajes a través del teléfono, dejando mi correo electrónico como enlace. Pero ¿verdaderamente quería irme? Ahora empezaba a sentirme cómoda, demasiado cómoda, sentía que la gente me apreciaba, pero en realidad solo iban a ser tres meses y después ¿qué? Unos cuantos correos y mensajes, y pronto estaría todo olvidado, ¿o no? Me parecía que había una cosa, en realidad un hombre, que jamás podría olvidar. Pero Sasuke no me debía nada y así me lo había demostrado al aparecer con su novia. Yo había captado el mensaje a la primera. Debía olvidarlo todo y centrarme en mi familia, que era lo verdaderamente importante.

Recibía breves visitas de Temari que me llevaba los famosos pastelitos de arándanos de Chiyo y me tranquilizaba diciendo que podían con todo. Esa semana también debía haber mucho trabajo. La Eurocopa seguía en marcha y tenían lleno todos los días.

Naruto fue una vez a verme, con gesto tan avergonzado que hasta me dieron ganas de reír.

—Mira —le dije señalando el cabestrillo—, no es nada, solo un pequeño accidente.

—Ya lo sé —contestó algo molesto—, pero cuando te oí gritar... no sé...

—Bueno, no me lo recuerdes, ya sé que fui un poco escandalosa.

—¿Un poco solo? —preguntó él con brillo bailando en sus ojos azules.

—Es que esa mujer —me negaba a decir su nombre—, fue muy... excesivamente meticulosa en sus manipulaciones.

—Claro, claro —rio él.

—Naruto, tú has estado en el ejército —le comenté—. ¿Has entrado en combate?

—Sí, ¿por qué? —contestó algo incómodo.

—Porque has tenido que ver heridas bastante más graves que la mía.

—Desde luego, pero eran de hombres preparados para la guerra, no de una joven delicada como tú —aclaró.

—¿Delicada? —comencé a reír. Nunca me habían definido de esa forma.

—Bueno, comparada conmigo o con cualquier soldado eres bastante delicada —dijo sonrojándose.

Yo volví a reír.

—Me gusta cuándo te ríes así, se te marcan dos hoyuelos muy graciosos a ambos lados de la cara —dijo mirándome fijamente.

Yo desvié la mirada y me quedé seria.

Él, notando mi incomodidad, no dijo más al respecto.
Hablamos un rato de cómo iban las cosas en el pub, de quiénes habían preguntado por mí. Yo lo agradecí y le dije que les transmitiera mi agradecimiento.

Antes de despedirse me entregó dos cheques, el de la semana pasada y el de esa.

—Pero no he trabajado esta semana —protesté.

—Son órdenes del gran jefe, preciosa, y yo estoy de acuerdo, si no hubiera sido por mi torpeza... —volvió a enrojecer.

—Déjalo ya —contesté cogiendo los cheques.

—El sábado viene un grupo muy bueno a tocar. Lo mismo te apetece ir, como invitada, claro —añadió.

—¿Un grupo de música celta? —pregunté emocionada.

—Sí.

—¿De esos que llevan tambores y gaitas y cantan en gaélico?

—Sí, pero son bodhrams, no tambores —corrigió.

—De acuerdo, iré. Nunca he visto uno en directo, no me lo perdería por nada del mundo —afirmé sonriendo.

—Muy bien, pues allí te esperamos —concluyó.

—Gracias.

—Cuídate —dijo y me dio un beso en la mejilla raspándome un poco con la barba sin afeitar.

—Tú también, adiós —murmuré notando cómo me ruborizaba.

Si lo notó, no dio muestras de ello.

Cuando se fue, cogí los cheques y los acaricié. Allí impresa estaba mi paga semanal, en la letra pulcra y estilizada de Sasuke. Estaban escritos con pluma. Siempre me había gustado el trazo de la pluma estilográfica. Cuando comencé la universidad, mis padres me regalaron una Mont Blanc, que guardaba con gran cariño, pero a la que desgraciadamente no le había dado mucho uso. Firmaba remarcando las letras mayúsculas con el nombre completo Sasuke Uchiha, con un rasgo oblicuo que lo abarcaba por completo.

Aquella tarde recibí una llamada de un número desconocido. Me sobresalté, me había quedado dormida por el efecto de las pastillas y tampoco es que recibiera muchas llamadas. Lo normal y más cómodo eran los mensajes de texto.

—¿Diga? —contesté algo adormilada y en castellano.

—Cerezo, soy Sasuke —oí su voz grave.

Nunca hasta ese momento había utilizado mi nombre en la acepción gaélica. Me despejé en un instante.

—¿Sí?

—¿Qué tal estás? —su voz sonaba cercana, como si estuviese en la habitación de al lado. Ruido de impresoras y faxes se oían de fondo.

—Bien, gracias —dije.

—¿Y tu brazo?

—Mejor, mucho mejor, ya puedo quitarme a ratos el cabestrillo, aunque no tengo mucha fuerza aún —contesté latiéndome el corazón a mil por hora. Me sentía como una adolescente que recibe la llamada del chico que le gusta después de esperar horas y horas cerca del teléfono.

—Me alegro —afirmó. Pude notar cómo sonreía.

—¿Y tu labio? —pregunté.

—Bien, solo me molesta un poco al comer, también al hablar, al sonreír... —dejó la frase sin terminar.

—¡Oh, Dios mío! ¡Cuánto lo siento! ¡De verdad! —repliqué lamentando el golpe que le había propinado días antes.

Oí su risa al otro lado del teléfono.

—Es una broma, Cerezo, no es nada, apenas molesta.

—Oh, bien —dije un poco más calmada.

—No habrás ido a trabajar, ¿verdad?

—No, todavía no, pero creo que para la semana que viene estaré perfectamente y el lunes me podré incorporar de nuevo. Por cierto, no tienes por qué pagarme esta semana —le comenté recordando el cheque.

—Quiero hacerlo, así que sobre eso no hay más que hablar —concluyó de forma decidida.

—¿No creerás que es culpa de Naruto tú también? —pregunté. Quizá por eso me pagaba la semana extra.

—No, fue un accidente, pero creo que a Naruto le ha afectado mucho —suspiró profundamente.

—Lo sé, ha estado aquí esta mañana —le comenté.

—¿Y qué te ha dicho? —inquirió.

—Oh, nada en particular, bueno sí, me ha invitado a ir a un concierto este sábado en el pub —expliqué.

—¿Vas a ir?

—Sí, no tengo otra cosa más que hacer. La verdad es que no tengo demasiados planes. Me está matando el aburrimiento. Y tú ¿vas a venir? —pregunté cruzando los dedos de mi brazo en cabestrillo.

—No, no puedo. Nosotros tenemos otros planes. Pásatelo bien y recupérate pronto. Adiós Cerezo —susurró colgando el teléfono.

Nosotros. No había pasado por alto que se refería a alguien más que a él. Ese nosotros solo podía significar Samui, la fabulosa, encantadora, guapa, bella, delicada y maldita doctora.

Me tomé otra pastilla. Necesitaba desesperadamente otro relajante muscular. Pensé en el Doctor House, a ver si ahora me iba a hacer adicta a la vicodina. De todas formas, era lo único que me faltaba. ¡Cuán equivocada estaba!