En un sitio tan pequeño no había dónde esconderse. No era que lo estuviera haciendo intencionadamente de todos modos, pero pocas veces tomaba conciencia de cosas así. Atsushi se sentía ridículamente estrecho, patéticamente expuesto. Había llegado con el sol, sintiéndose incapaz de permanecer para ver a ambos en sus dinámicas de la mañana. La garganta y los ojos le picaban por lo mucho que había corrido desorientado y le había tomado hasta el mediodía encontrar su camino de vuelta a casa. Se reportó enfermo ese día y simplemente se había quedado allí sentado, con la taza de café fría y la mirada pegada a la calle, a la gente que pasaba distraída en sus rutinas, indiferentes a todas las pequeñas batallas que ponían sus vidas en peligro, a todas las veces que esa ciudad estuvo a punto de explotar y sólo fue salvada porque alguien decidió que era conveniente. Se mordió los labios, intentando apagar el pesimismo que le estaba partiendo la razón. Atsushi sabía que las vidas son valiosas, que todas las personas merecen estar en ese mundo, al menos mucho más que él. La garganta reseca se resistió a dejarle pasar una saliva que no había y se obligó a beber el agua de café frío. Estaba decididamente cansado pero tenía miedo de dormir.

— Sé que no soy la mejor persona para decirte esto pero me sorprende que estés siendo tan irresponsable como para escaparte del trabajo.

Las largas pestañas de Atsushi se enredaron entre ellas por la pereza con la cual chocaron como intentando desdibujar la figura delante de él. Recogió las piernas contra su pecho, dejando la taza a un lado y Dazai se permitió sentarse a su lado.

— No luces enfermo, sólo desvelado.

— Estaba por tomar una siesta, no pude dormir mucho anoche.

— ¿Qué le puede estar preocupando a mi gatito?

El labio inferior de Atsushi se quedó entre sus dientes, masticando también lo que quería decir realmente, sabiendo que no tenía fundamentos, que sus sentimientos eran poco confiables porque era una persona insegura y podía estarlo malinterpretando. O podía ser que estuviera tan desesperado por no renunciar a la poca felicidad que había conseguido que estaba dispuesto a mentirse hasta lo enfermizo.

¿Qué clase de persona quería ser para Dazai?Probablemente la que no pudo ser para Akutagawa.

Arrastró los dientes por su labio hasta dejar un resto sanguinolento que Dazai notó, tomándolo por el mentón para hacerlo mirarlo. Café de hojas secas, de polillas atraídas por una luz equivocada.

— ¿Qué se supone que soy para ti, Dazai?

El hombre levantó una ceja en un arco tan perfecto que no parecía natural y entonces Atsushi sintió escalofríos. Dazai era su salvador, sólo saldrían palabras dulces para hablar de su amabilidad de sus labios, pero las palabras de Chuuya le retumbaron en el fondo del corazón.

"Dazai es un fantasma que intenta actuar como un humano."

— ¿A qué te refieres, mi amor?

— Tú no me amas. Ni siquiera te agrado ¿Verdad?

Esas palabras eran afiladas, pesadas y debían lograr un impacto mayor que un parpadeo, esa misma mano en su mentón yendo a su mejilla sin una sonrisa, sin un puchero.

— Claro que te amo, Atsushi.

— Me estás mintiendo.

Los dedos de Dazai seguían las líneas de su rostro, repasando las zonas cansadas bajo sus ojos, la hendidura que la alargada inanición le había dejado para siempre en las mejillas, el mentón afilado. Atsushi no quería verlo a los ojos porque sabía que ahí encontraría su respuesta. Claro que le estaba mintiendo pero ¿Qué iba a hacer al respecto? ¿Le estaba haciendo daño? ¿Le estaba quitando algo realmente importante? Lo estaba complaciendo, le estaba dando lo que había pedido y un poco más. Pero algo no sonaba lógico ahí. Pero algo le estaba dando escalofríos.

— Te amo.

Lo tomó del mentón, sus labios a escasos centímetros para que su aliento cayera en su boca, un veneno diluído en el café de sus ojos para que lo bebiera, engañado por lo dulces que lucían bajo la luz del mediodía, haciéndole pensar qué sacrifico ofreció a cambio de poder caminar bajo la luz del sol como si mereciera el calor y el peso de la vida. Sus manos en su cuello, ligeramente sorprendido por su renuencia a besarlo, los ojos violetas con dorado fijos y asustados.

— Me estás mintiendo.

Repitió temblando, mordiéndose los labios pero las lágrimas ya estaba afuera, mojando su cuello sin que Dazai siquiera parpadeara. Atsushi inhaló sonoramente, jalando la manga de su chamarra para limpiarse las lágrimas cuidando no apartar las manos de Dazai de sí. Cerró los ojos, pesadamente , recargando su rostro contra la palma de sus manos, dejándose besar. Amaba tanto los labios de Dazai, la manera en que iba de su boca a su cuello, a sus hombros y volvía a su oreja, a su boca y luego a sus mejillas, la manera en que lo iba empujando contra el suelo, diciéndole justo lo que quería saber. Dazai al menos disfrutaba de su cuerpo, no había manera en que pudiera fingir la satisfacción que experimentaba al acariciar su cintura o sus muslos, al dejar su cuello manchado de negro. Y aunque en ese momento Atsushi se debatía entre empujarlo y comenzar a gritarle entre empujones por todas las sospechas sin fundamentos, por todos los cables sueltos que iba conectando, o dejarse comprar por lo poco que Dazai quisiera darle, la realidad es que a él también le enloquecía su cuerpo. Se había moldeado a él de una manera tan necesitada que sólo necesitaba de su cercanía para sentirse incendiado, para que toda la sangre en su cuerpo comenzara a alentarse, impidiendo la respiración normal. Donde Dazai lo tocaba le devolvía la vida, marcándolo a su ritmo e intenciones. Y Atsushi sólo podía colgarse de él y cerrar los ojos, asustado de lo poco que se estaba oponiendo a ser destrozado. Dazai lo estaba usando, estaba tomándolo como otro peón pero a él no le importaba en lo más mínimo si a cambio podía tenerlo, aunque fuera una mentira pobremente construida porque era tan ingenuo que no necesitó más para entregarse a él. Las manos de Dazai lo recorrían bajo la chamarra y el recuerdo de la pareja riéndose le escaló. Él quería esa intimidad, esa confianza, no sólo sexo.

Estaba seguro que Dazai no tenía nada más por ofrecerle.

Estaba seguro que él no necesitaba nada más para quedarse a su lado.