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Contiene un microspoiler del capítulo de anime de esta semana, pero es tan mini que podéis leer sin temor. De todas formas, está en los primeros 5 párrafos, pero es una tontería. Espero que os guste.
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Capítulo 11
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Kageyama estaba sudando, todo su cuerpo sudaba y él ardía de los pies a la cabeza, y sabía que había jugado muchos partidos en su vida, partidos en los que se había apostado el orgullo y donde había dejado hasta la piel, pero en ese momento ese juego lo era todo. Y había sido perfecto. Y el corazón le latía rabioso en el pecho, mientras a su alrededor el estadio se deshacía en gritos, y Atsumu le miraba desde arriba, pero él, en el suelo, con Hinata al lado, con el ardor de la pelota todavía en la palma de la mano, sonrió enseñándole los dientes.
No perderé contra nadie.
Y miró a Hinata antes de que Hinata le mirase a él, y le vio intercambiando una mirada con Atsumu, y fue una mirada que le heló por dentro, porque Kageyama sabía que él le había visto. No como persona, sino como jugador. Había visto lo que era Hinata y lo que podría llegar a ser, y no lo olvidaría. Conocía a Atsumu. En cualquier caso, sería imposible olvidarlo.
Hasta él había tenido miedo.
—Shoyo-kun. Algún día...— dijo Atsumu, levantando el dedo y señalando a Hinata—...yo colocaré para ti.
Kageyama sintió que las palabras se le congelaban en el pecho y que el calor que sentía se apagaba de pronto, como si le hubiesen robado la alegría de la victoria, como si Atsumu hubiese puesto en marcha un gigantesco reloj con una cuenta atrás antes desconocida. La cuenta atrás definitiva.
Es mío, gritaba cada centímetro de su cuerpo. Es mi rematador.
Hinata se quedó inmóvil, como si no entendiese, y Atsumu giró la mirada hacia Kageyama y le sonrió de aquella manera que usaba únicamente para esos momentos en que eran sólo ellos dos.
El aire en la pista pareció de pronto más denso que nunca.
—Kageyama.
Se giró hacia Hinata, todavía con la respiración agitada. Tenía la mano extendida, y estaba sonriendo como en éxtasis, y Kageyama le miró un momento, intentando descifrar. Mirándole a los ojos, alzó su mano y la chocó con la de él, y abrió la boca para decir algo, pero en ese momento todos saltaron sobre ellos, aplastándoles mientras gritaban de felicidad.
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Fueron los últimos en salir de la pista, porque les paraban todo el tiempo chicos de otras escuelas para preguntarles técnicas, para saber sus nombres completos, para conocer cuánto tiempo llevaban jugando. Muchos les preguntaban por su rápido raro, y Hinata reía y se hacía fotos con todo el mundo que se lo pedía como si estuviese en el jodido parque de atracciones. Kageyama apenas acertaba a contestar, mareado y sin aliento. Estaba tan agotado que podría haberse tirado en una esquina y quedarse allí esperando a que alguien le regalase una maldita gelatina. Sin embargo, después de verse atrapados por la multitud y de perder a sus compañeros, Hinata le agarró de la manga de la chaqueta y tiró de él entre la gente. Literalmente le arrastró, empujando a todo el mundo, y Kageyama le vio avanzar pidiendo disculpas a izquierda y derecha, casi corriendo delante de él, tirando más fuerte.
Esquivaron la multitud empujando una puerta a la izquierda, una salida de emergencia, y de pronto el aire volvió y Kageyama se sintió revivir, cogiendo una amplia bocanada lejos del griterío y del asfixiante calor. El reposo duró un instante, porque en cuanto la puerta se cerró tras ellos, Hinata le empujó contra la pared de cemento con una fuerza impropia de él y le besó.
Le agarraba de la camiseta con ambas manos, y era tan dulce como cuando se besaron en las duchas, pero ahora era distinto, porque también había hambre en él, y era como una continuación de su forma de jugar, y tenía pasión, y alegría, y estaba sonriendo mientras le besaba, y Kageyama se sintió a sí mismo sonriendo también y le besó de vuelta, perdiendo una mano en su cabello. Estaba húmedo, y un poco enredado, y los dedos se le quedaron atrapados en un revoltijo de mechones naranjas, pero no le importó en absoluto.
Hinata estaba sudando, y olía un poco todavía a su champú de mierda para niños pequeños, y a sudor, y a gel medicinal y también a victoria. Olía a volley, y qué bien besaba. Era como si lo hubiesen hecho un millón de veces. No se parecía en nada a Suzume-san, ni tampoco a Atsumu. Lo hacía suave, un poco impaciente. Torpe, pero no de forma incómoda. Era torpemente dulce, y lo hacía bien por instinto, como casi todo lo que empezaba. Su dulzura era curiosa y caliente y Kageyama se derretía, y se dejaba llevar, y le besó con un poco de rabia, porque le enfadaba su instinto para las cosas que merecían la pena, y porque quería dominar lo que Hinata había empezado, y porque estaba ansioso y le costaba controlarse, y el deseo se le escurría por cada poro de la piel y mierda, acababan de ganar al puto Inarizaki.
Deslizó los labios de su boca hasta su oreja, y después clavó los dientes suavemente en su cuello, y Hinata suspiró y le apartó deprisa.
Los dos se miraron, respirando con dificultad.
—Hemos ganado—jadeó Hinata, todavía agarrándole de la camiseta. Kageyama iba a contestar, pero Hinata le besó otra vez, impidiéndole hablar— Hoy he jugado guay.
—Cállate —susurró, apoyándose con una mano en la pared para, con el impulso, girarle, girarse y ser él ahora quien le atrapaba contra la salida de emergencia, besándole despacio. Hinata suspiró en su boca.
Le gusta así.
—¿Has visto mis recepciones? —dijo contra sus labios, sin dejar de besarle. Kageyama sintió el pecho ardiendo, y el corazón latiéndole con tanta fuerza que parecía que se le saldría por la boca. Le mordió el labio con fuerza para que se callase, pero Hinata protestó suavemente y siguió intentándolo, sin inmutarse—. He recib...
—¿Has visto tú mis colocaciones? —le cortó finalmente. Hinata intentó besarle más deprisa, pero Kageyama se esforzó por demostrar quién mandaba. No le dejaría hacer lo que quisiese, y mucho menos dominarle. Nadie le dominaba a él.
Le cogió de la cara con ambas manos, apretándole más contra la pared, sin dejar de besarle. Hinata estaba sonriendo. Ese idiota estaba sonriendo en sus boca, porque sabía lo que había hecho en la pista. Sabía que había jugado como un maldito monstruo, y eso le daba rabia, y le enfadaba, y le creaba la urgencia de ponerse a entrenar para que jamás le alcanzase, pero también le ponía más que ninguna otra cosa en el mundo.
—Me la colocaste —susurró Hinata, dejando que Kageyama le besase aunque sin participar, manteniendo la sonrisa—. Cuando salté, la colocaste como yo quise.
—Cállate— repitió, casi en un gruñido, volviendo a morderle. Hinata apoyó los brazos en la puerta en un intento de impulsarse, cambiar de posiciones y devolver a Kageyama contra la salida de emergencia, pero él se lo impidió, haciendo fuerza con las piernas, aplastándolo más—. Yo decidí ponértela.
Volvió a sonreír. Kageyama quería matarlo.
—Eres impresionante —susurró de pronto, mirándole a los ojos y riendo. Era la primera vez que alguien reía de esa manera mientras le besaba, y Kageyama se quedó mudo, y ni siquiera pudo seguir besándole, ni tampoco impedir que él le empujase y le aplastase contra la maldita salida de emergencia, haciendo que la barra de la puerta se le clavase en la espalda. Abrió la boca para quejarse, pero Hinata había empezado otra vez a besarle de esa forma tan jodidamente dulce—. Pero juntos somos invencibles.
Kageyama le devolvía el beso en ese momento, pero Hinata se separó. Se alejó de golpe, dos pasos atrás, sonriendo. Le miraba con ese gesto que sólo tenía en la pista, y si el corazón no se le paró en ese momento debió ser porque estaba protegido por alguna presencia divina, la misma que le había empujado a romper el beso de las duchas antes de hacer algo de lo que pudiese arrepentirse. Antes de hacer cualquier cosa que le asustase.
Pero todas las dudas que tenía en ese momento parecían enterradas bajo una gigantesca capa de endorfinas. Hinata extendió la mano desde lejos, y le acarició la cara.
Tal vez se había desmayado en medio del partido y todo era fruto de una alucionación.
—¿Una carrera? —dijo Hinata de pronto, dejando caer los dedos, rompiendo la caricia, y empezando a subir las escaleras del acceso de la salida de emergencia a toda velocidad. Kageyama sentía que las piernas le fallarían, pero no pensó. Su cuerpo reaccionó solo y empezaron una carrera delirante por las escaleras del estadio de Tokio, entre empujones e insultos.
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—Pensé que no vendrías.
Kageyama frunció el ceño y empujó la puerta, entrando sin esperar el consentimiento. El piso estaba cálido, como siempre. Atsumu no era de los que escatimaban en cuanto a calefacción. Pasó junto a la cocina y se dirigió al salón, buscando con la mirada.
—¿Dónde está?
—Espera, hombre, la tengo en el dormitorio. ¿Vienes? —. Kageyama le lanzó una mirada asesina—. Oye, no te voy a violar ¿eh?
—Como si pudieses —replicó, mirándole seriamente. Lejos de enfadarse, Atsumu soltó una carcajada.
—Eres un gilipollas, Tobio —dijo, agitando la cabeza. Se dirigieron hacia el dormitorio y Atsumu señaló una bolsa sobre la cama—. Ahí está. Podría haber vendido todo en ebay y me habría sacado una buena pasta.
—Nadie te iba a dar nada por un calcetín usado —replicó Kageyama, levantando una ceja mientras cogía la bolsa con sus pertenecencias, las que se había dejado en algún momento en ese piso.
—También hay un calzoncillo ¿eh? No subestimes el poder de un calzoncillo de un tío bueno en ebay. Además, las chicas hablaban mucho de ti después del partido. Ahora que también le das a eso, seguro que muchas te buscan esta noche en el bar.
—No me interesa —replicó, volviendo hacia la puerta del dormitorio. Rápido, Atsumu taponó la puerta, sonriendo—. Tengo prisa.
—Venga, no seas así. Acabo de perder en los nacionales, ¿sabes?
—Estás en segundo año —dijo Kageyama, sin cambiar su gesto serio—. Volverás el año que viene.
—Oh, me abruma tu consideración —contestó Atsumu, poniendo los ojos en blanco.
—No es consideración. Yo también volveré el año que viene, y os ganaremos otra vez.
Kageyama hizo el intento de abrir la puerta, pero Atsumu volvió a bloquarle. Chistó, empezando a impacientarse.
—No tengo ganas de juegos.
—¿Qué te pareció nuestro ataque rápido? —preguntó, y los ojos le brillaron. A Atsumu le gustaba el volley tanto como a él, y eso era lo que siempre le había fascinado desde que le conoció— Vi tu cara la primera vez que Osamu y yo lo hicimos. No tuvo precio. Quiero probarlo con Shoyo.
Kageyama se revolvió por dentro cuando oyó su nombre de pila.
—Buena suerte con eso.
—En la sub-19, tal vez —dijo, sonriendo con gesto perverso—. Después de este campeonato, le invitarán seguro y también a nosotros. Estoy deseándolo. No me habías dicho que era así.
—¿Así, cómo?
—Así —contestó Atsumu, riendo—. Es el sueño de todo colocador, no me jodas. Le pega a cualquier cosa que le mandes, él solo salta como un desquiciado y ¡pam! Y no le importa una mierda que sea una colocación imposible, o que la bola esté cerca o lejos de la red, o que se la mandes a la izquierda o a la derecha. Es que es un jodido sueño. Y encima no se queja cuando la cagas, joder, ese tío es una pasada. He tenido algunas ideas para mejorar el rápido raro con él.
—Pruébalas con tu jodido hermano —gruñó Kageyama, abrumado. ¿Qué narices pretendía con ese discursito?
—Ey, ¿qué te pasa? ¿No te gustaría ver a otro colocador poniéndola para él en un ataque como ese? A lo mejor puedo sacar más de él.
Kageyama recordó el mensaje que Oikawa-san le había mandado aquella vez. Yo haré florecer su talento.
—Yo saco lo mejor de él. Además, ningún rápido que pudieses probar sería igual que el nuestro —dijo, sin pensar—. Nuestro ataque es distinto.
—¿En qué? Es un súper rápido en minus tempo —contestó Atsumu, encogiéndose de hombros, sin borrar esa sonrisa pretenciosa—. No es nada del otro mundo. Simplemente no se ven colocaciones como esas entre juveniles, ni rematadores que salten como locos confiando en que la bola llegará a su mano.
—Precisamente por eso —dijo Kageyama, hablando despacio—. Hinata sabe que yo colocaré la bola donde él esté, da igual la posición, el momento, la altura a la que salte o lo bien o mal que me den el pase, no importa, yo se la serviré y él lo sabe. No saltará así con cualquier colocador.
—Ah, claro —rió Atsumu—. Bueno, entonces es cuestión de confianza ¿no? Shoyo desprende alegría, es como mirar directamente al sol. No me parece que sea muy difícil ganarse la confianza de alguien así.
Kageyama torció el gesto. ¿Qué sabía Atsumu de cómo era Hinata?
—Déjame pasar.
—Espera, hombre. Un momento. No te enfades, Shoyo-kun no fue el único que brilló. Tú estuviste espeluznante. Sabía que eras bueno, pero en el Young Camp no te vi sacar de esa forma. Joder, y esos bloqueos, ¿y la dejada del final?
Kageyama suavizó el gesto.
—Tú también jugaste de miedo. Tu equipo es genial.
—Pues claro. ¿Pensabas que íbamos a ser unos paquetes? —contestó, fingiendo enfado y arrancando una ligera sonrisa a Kageyama—. El año pasado quedamos de segundos.
—Ya sabía cómo jugabais. Tu hermano es muy bueno.
—Pero yo soy mejor —replicó Atsumu, enseñando los dientes. Kageyama le devolvió una sonrisa maligna. Eso también le gustaba de él, su afán competitivo— Sabes, Tobio, me estoy preguntando porqué no paramos de parlotear como si estuviésemos en la cola de la carnicería cuando podríamos hacer algo más interesante.
—Porque ya te dije que sólo vine a buscar mis cosas —explicó, sosteniéndole la mirada. Atsumu se acercó a él, hasta quedar muy próximos, pero Kageyama no se movió—. No vamos a acostarnos.
—Siempre dices lo mismo.
—Esta vez lo digo en serio —replicó, molesto. Sin embargo, era cierto. Atsumu soltó una risotada, agarrándole del cordón del pantalón.
—¿Te has declarado ya a Shoyo?
Kageyama apartó su mano con fuerza, frunciendo el ceño.
—No hay nada que declarar.
—No sé porqué no lo admites. Cualquiera se enamoraría de él. Hace que las cosas parezcan fáciles, y tiene una energía brutal. Es como un puto grupo electrógeno.
—Parece que eres tú el que te deberías declarar —replicó, mirándole a los ojos. Atsumu le apartó la mano, sonriendo y volvió a cogerle de los cordones del pantalón, acercándole hasta chocar con él.
—No te confundas, Tobio-kun. A mí quien me gusta eres tú —susurró, intentando besarle. Kageyama giró la cara, recibiendo un beso en la mejilla. Atsumu rió como respuesta—. Vamos. Hay cosas que no vas a poder hacer con Shoyo. Aunque él te correspondiese, ¿crees que sería lo mismo? Es muy crío para ti. Tal vez dentro de dos o tres años.
—En unos meses cumple diecisiete. Nació antes que yo —replicó, esquivando un segundo beso de Atsumu.
—No me refiero sólo a su edad. Me juego una mano a que ese tío es virgen—. Kageyama frunció el ceño, y Atsumu soltó una carcajada— ¿Ves? Lo sabía. Estás dejándote llevar por el momento y te vas a comer una hostia.
—¿Pero qué dices?
Atsumu se acercó más, y le miró como lo había hecho un rato antes en la pista.
—Vamos, hombre, no te molestes. Yo también lo siento. Estar ahí, bajo los focos, es la puta bomba. Crees que te comes el mundo. Y cuando ganas, joder. Cuando ganas todo es posible. Te arde la sangre en las venas y te parece que podrías hacer cualquier cosa. ¿Crees que eres el único que lo nota? Es la adrenalina de la victoria, el mejor afrodisíaco que existe. Nos pone a todos como locos, pero una vez pasa el momento, se esfuma.
—No tiene nada que ver con eso —dijo Kageyama, pero sintió que su voz no sonaba tan firme como antes. Atsumu le besó en el cuello, y cerró los ojos.
—Para ti quizás no, pero para él sí. Baja al mundo real. Ya te lo dije el otro día, una cosa es darte unos morreos con un tío por la excitación de un partido, o porque estás flipando con todo y te vienes arriba, y otra cosa es verte en la cama. Joder, me he enrollado con medio Inarizaki, el año pasado cuando íbamos ganando todo en los nacionales estábamos todos salidos como perros, pero ninguno ha pasado de un par de besos calientes. Jamás. Y a Shoyo le está pasando eso, tío. Se ve clarísimo desde fuera. Es un chaval enamorado del voley y está flipando contigo porque eres jodidamente bueno, y tiene un colocador monstruoso comiendo de su mano y eso es para volverse loco, pero cuando se haga real, se asustará y ya sabes lo que viene después. Miedo, drama, arrepentimiento y en fin, destruiréis el Karasuno.
—Hinata no es de los que se asustan —replicó Kageyama, apartando el cuello y mirándole a los ojos. Atsumu le cogió de la chaqueta y bajó la cremallera, despacio.
—Todos se asustan al principio. Incluso tú.
—Yo no me asusté nunca y menos contigo—dijo, frunciendo el ceño. Atsumu le intentó besar, y apartó otra vez la cara, sintiendo sus labios en la comisura de la boca—. Atsumu, para.
—Claro que sí. La primera vez que lo hicimos estabas muerto de miedo —susurró, metiendo una mano bajo su pantalón.
—Para.
—Estabas asustado, aunque no querías que me diese cuenta, lo notaba. No pasa nada ¿sabes? Yo también pasé por eso. Además, fue la única vez que fuiste dulce.
—No fui dulce —protestó Kageyama, pero Atsumu le atrapó en un beso del que no pudo escabullirse.
—Claro que sí. Fuiste dulce, incluso tierno, y te encantó hacerlo conmigo—susurró, quitándole la chaqueta—. Por eso vuelves una y otra vez.
—Atsumu...
—Tobio, no te veré hasta el año que viene. Quién sabe qué será de nosotros entonces. Igual hasta me he casado con Sakura —dijo, volviendo a colar la mano bajo su ropa—. Celebra conmigo tu victoria de hoy. Esto no lo vas a tener con Shoyo.
Kageyama apretó los ojos, y dejó que Atsumu le desvistiese, porque en verdad sentía que la sangre le ardía, y había evitado a Hinata toda la tarde porque cada vez que le miraba quería derribarle y saltar sobre él. Y no podía hacer eso. Porque entonces sí le asustaría.
Pero sí podía hacerlo con Atsumu.
—Es la última vez —dijo, empujándole sobre la cama. Atsumu cayó boca arriba, sonriendo. Cuando ponía ese gesto era jodidamente atractivo—. La última. No te rías. Hablo en serio.
—Entonces déjame a mí arriba —susurró Atsumu, incorporándose e intentando cambiar sus posiciones. Kageyama volvió a derribarle, y se sentó sobre él, aplastándolo contra las sábanas, con gesto serio.
—Ni de coña.
—Vamos —rió Atsumu, levantando la mano para acariciarle la cara. Kageyama se la bajó de un manotazo, besándole con dureza mientras hacía fuerza para hundirle más en el colchón, atrapándole con las piernas.
—No. Dame un condón.
—Siempre tan romántico, Tobio.
El gesto de Atsumu le hizo esbozar una sonrisa, y le besó despacio mientras se ponía el condón. Atsumu se separó un poco, contrariado.
—¿Y esto...? —susurró, pero Kageyama no le dejó seguir hablando. Volvió a besarle muy lento, recorriendo su boca suavemente con la lengua, y le acarició la cara y también el pelo, deslizando un mechón entre sus dedos. Nunca le había besado de esa forma.
La forma en que le gustaba a Hinata.
Dulce.
—Joder —susurró Atsumu, retorciéndose bajo él.
Kageyama cerró los ojos.
La sangre le ardía en las venas, y su mente volaba lejos de allí, buscando un olor que no estaba, un tacto que era distinto, y un nombre del que sabía que tenía que olvidarse.
Destruireis el Karasuno.
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—Y dices que es un asunto de vida o muerte.
—Sí.
—Vale. Bien.
Kageyama apretó los labios, intentando conservar la compostura, pero la mirada inquisidora de Sugawara-san le hacía desconcentrarse. Era como si pudiese leerle por dentro, y eso no era bueno, porque su interior estaba hecho un desastre.
—¿Recuerdas lo que hablamos...?
—Lo de las personas que te gustan, y el amor y todo eso. ¿Has descubierto ya tus sentimientos?
Frunció el ceño. La palabra sentimientos no le gustaba, pero llegados a ese punto no estaba para remilgos.
—Supongo.
—¡Vaya! Entonces el problema es que no son correspondidos.
Kageyama recordó la forma en que Hinata le habló en las duchas, antes de besarle. Yo siento lo mismo.
—Creo que sí.
Suga torció el gesto, extrañado.
—Pero si hay una chica que te interesa, y esa chica está interesada en ti, ¿Cuál es el problema, Kageyama?
—Son varios, en verdad —dijo, alzando la mano para ir numerándolos uno a uno, mirándole a los ojos—. Uno, que no es una chica, sino un chico. Dos, que es un compañero del Karasuno. Tres, que es Hinata. Cuarto, que a Hinata no le gustan los tíos, o eso creo, porque yo soy un tío y le gusto. Quinto, que es virgen.
Kageyama había visto muchas caras en su vida, pero jamás una con el nivel de asombro de la de Sugawara en ese momento. Parecía tal vez traumatizado. Quizás necesitase asistencia médica. Esperó, mientras tu senpai tosía, se ponía colorado, luego verde, luego azul y finalmente parecía recobrar la compostura.
—C-creo que me pediré un cubata —dijo finalmente, en un hilo de voz.
—Son las cinco de la tarde —apuntó Kageyama, levantando una ceja.
—Buena hora para empezar.
No era un farol. El camarero volvió poco después con un cubata bien cargado y una menta-poleo. Kageyama observó fijamente a Suga mientras se bebía medio cubata de un trago. Esperó un poco hasta que por fin habló.
—Asumo que esto no es ninguna broma.
—No lo es.
—Ya. Me lo temía. Madre mía. ¿Has hablado de esto con él? Quiero decir, con Hinata.
—No demasiado —dijo Kageyama, removiendo su menta-poleo—. Pero nos enrollamos un par de veces.
—Dios mío.
—Sólo besos. En las duchas y en...
—No necesito tanta información, Kageyama, gracias.
Kageyama se removió en su asiento.
—No quiero destruir el Karasuno.
—Ya. Hay una regla de oro en los equipos, y es no mezclar lo personal con lo que pasa en la pista, porque todo acaba complicándose. Sin embargo... Es difícil que no acabe todo mezclado, y al final mira, tienes el caso de Noya y Asahi. Su conflicto no habría llegado a los límites que alcanzó si no fuesen tan amigos, porque los dos sintieron que estaban fallando al otro más allá de lo que implicaba el propio equipo. Pero... Pero la fuerza de esas relaciones también nos refuerza en la pista.
—No entiendo qué quieres decirme, Sugawara-san.
—Quiero decirte que es una decisión que debes tomar tú solo, Kageyama. Tú y Hinata, claro, si es que te estás planteando tener una relación con él y a él le parece bien —Kageyama parpadeó, contrariado. ¿Una relación? ¿Quién había hablado de tener una relación?
—Yo no quiero una relación —dijo, un poco molesto—. Y menos con Hinata.
—¿Entonces qué quieres de él?
¿Qué quiero de él?
—Que esté en la pista, y que aprenda de una maldita vez a sacar como es debido, y salte todo lo alto que pueda para aprovechar mis colocaciones.
—¿Sólo eso? —. Kageyama recordó el olor a manzana de su pelo, y sintió el estómago del revés—. Yo también quiero todo lo que has dicho, pero sé que Hinata no me gusta. Si me estás contando, y si ha pasado eso entre vosotros, entonces será por algo más. ¿No te gustaría, no sé, salir con él?
—¿Salir a dónde?
Suga se encogió de hombros. Se había bebido ya la mayor parte de su cubata.
—No lo sé, tal vez a dar un paseo por el parque, o a dar de comer a los patos. Esas cosas.
—No me gustan los patos —dijo, aunque podía imaginarse a Hinata alimentándolos mientras daba saltos de alegría gritando algo como wooa o uuooo.
—Era un ejemplo, Kageyama. Me refiero a hacer algo juntos, algo que no sea jugar al volley y que te gustaría hacer con él.
—Supongo que acostarnos —dijo, encogiéndose de hombros. Suga empezó a toser como si estuviese muriendo, y por un segundo se asustó pensando que de verdad habría que llamar a una ambulancia, porque su cara estaba del color de su cabello, pero pronto se recompuso— Sugawara-san, ¿quieres que te pida un vaso de agua?
—N-no... No, creo que... Creo que ya estoy bien. ¿Has hablado de esto con alguien más?
—Con Atsumu —dijo, acabándose su menta-poleo—. Él cree que Hinata está flipando porque soy bueno en el volley, pero que le asustaré.
—¿Miya Atsumu? —preguntó Suga, con los ojos muy abiertos—. No sé si quiero saber porqué hablaste con Miya Atsumu de esto. No, no, no es necesario que digas nada. Me lo imagino. Madre mía. ¿Qué os dan de desayunar a las nuevas generaciones? Yo cuando tenía tu edad no pensaba en estas cosas.
Kageyama miró su taza vacía.
—No haré nada que perjudique al Karasuno —dijo, con voz firme. Suga rió, y le miró, extrañado. ¿Qué era tan gracioso?
—A veces pareces otro, Kageyama —dijo, con un gesto más tranquilo—. De todas formas, más allá de lo que resulte mejor o peor para el equipo... ¿Puedo darte mi opinión?
—Sí.
—Vale. No te lo tomes a mal, pero voy a serte sincero, aunque es evidente que la última palabra la tienes tú. Hinata es muy niño, Kageyama. Ya le conoces. Enamorarse es bonito, o ilusionarse, o lo que sea que te pase con él, pero no estáis en el mismo punto. Tú has crecido más deprisa, y no me refiero a la altura. Creo que estaría bien... Estaría bien que él creciese a su ritmo, y a lo mejor, cuando los dos seáis adultos, cuando estéis en el mismo nivel, entonces podría ser distinto. Realmente siempre me pareció que vosotros... los dos... Que había una conexión cósmica o algo. Pero... Pero creo que si ahora empiezas algo con él le vas a empujar a crecer a una velocidad que no es la suya... Y si te adaptas a su ritmo, probablemente acabes insatisfecho, porque esperas otro tipo de relación que él no te puede dar, o que no te daría naturalmente, y puede que le presiones sin darte cuenta, porque él no va a querer quedarse atrás. Vosotros siempre estáis compitiendo, ¿no? Quiero decir, tal vez os fuese genial, pero creo que Hinata todavía tiene que dejar de ser un niño para que algo así pueda salir bien, y eso no es algo que deba forzarse. ¿Entiendes?
—Sí —dijo, mirando el contenido de su taza.
—Imagino que tu mayor preocupación era el equipo, y ahora te he mareado más la cabeza con todo esto —dijo Suga, sonriendo con incomodidad. Kageyama negó con la cabeza.
—No importa. No lo había visto de esta forma.
—Aunque el tema del equipo también es complicado. Cuando las cosas van bien no hay problema, pero si no es así, un equipo puede llegar a romperse... Sin embargo, quiero que sepas que si decidieseis tener... tener algo, lo que sea, nadie se iba a oponer. Todos os apoyaríamos. Somos una piña, ya lo sabes.
Kageyama asintió con la cabeza. En el fondo lo sabía, aunque Sugawara no se lo hubiese dicho.
—Sugawara-san, ¿puedo hacerte otra pregunta?
Él asintió suavemente.
—Claro. Lo que quieras.
—¿Por qué sabes tanto?
Suga soltó una risotada, divertido.
—¡Porque me han roto el corazón cien veces! — rió, encogiéndose de hombros—. Yo era un poco como Hinata, ¿sabes? Todo me ilusionaba, a todo le ponía lo máximo de mí, y era inocente y un poco tonto, así que siempre fui con todo y sufrí mucho. Por eso... Por eso a lo mejor quiero protegerle mientras sea un niño. Me gustaría que cuando se enamore, no sé, todo brille para él. Creo que a alguien como Hinata, es como... como si el mundo se lo debiese.
Kageyama asintió.
—Gracias, Sugawara-senpai.
Suga rió, agitando la cabeza.
—Por esta vez te lo paso, porque esto es lo más parecido a una charla de senpai que he hecho en toda mi vida. ¡Daichi estaría orgulloso!
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