Naruto Y Hinata en:
EL SECRETO DE NARUTO
Duodécimo Capítulo
Miedos
Hinata pasó toda la tarde en un extraño estado de perplejidad. Naruto había confesado que desde que se conocieron había tenido celos de Menma. ¡Por ella! Aún no podía creerlo. Pero el beso que le había dado, tras su declaración, había sido lo bastante ardiente y sincero como para respaldar aquella idea inquietante. Aún le temblaban las piernas al recordarlo.
Sin embargo, la realidad se había impuesto y Naruto, al recordar dónde estaban y lo que habían ido a hacer a ese lugar, se había apartado de ella con una disculpa azorada. A partir de aquel momento, había evitado mirarla, casi como si se avergonzara de haber expuesto de ese modo sus sentimientos. Y ella, que había buscado sus ojos en más de una ocasión para cerciorarse de que lo sucedido no era fruto de su imaginación, solo había encontrado evasivas.
Necesitaba hablar con él más despacio, a solas. Pero los niños demandaron toda su atención y se concentró en tranquilizarlos, mientras Tenten limpiaba la cabaña y Naruto recorría los hogares de Balquhidder interrogando a los aldeanos para descubrir si alguien había visto a la anciana Fiona. Parecía que la tierra se la hubiera tragado. Hacía muchos días que nadie sabía de ella y el laird no obtuvo ninguna pista fiable acerca de su paradero.
Lo que sí obtuvo, en cambio, fue una explicación al porqué ninguno de los aldeanos había socorrido a los huérfanos.
Al parecer, corría el inquietante rumor de que Fiona era una especie de bruja que pactaba con el diablo para obrar sus milagros curativos. Su afición por las hierbas y las pócimas misteriosas había sembrado el miedo en los corazones supersticiosos de todos ellos, de manera que, cuando se enteraron de que Megan había enfermado, no tardaron en achacar la culpa a las malas artes de la anciana. Para agravar la situación, Fiona desapareció sin dejar rastro, lo que no hizo más que aumentar las sospechas de que ella era la responsable del lamentable estado en el que se encontraba la joven Megan.
Cegados por su miedo irracional a la brujería, ninguno de los aldeanos pisó el hogar de los huérfanos para ayudar. Tampoco quisieron tener trato con los niños, temerosos de que el mal de Fiona pudiera alcanzarles.
Naruto jamás había escuchado tanta sarta de estupideces. Regresó a la cabaña de Megan convencido de que aquella gente carecía de sentido común y tendría que hablarlo con Hinata muy seriamente.
Lee y Kiba llegaron poco después con la carreta y la comida. Primero, tanto Tenten como ella repartieron la sopa entre los pequeños y Hinata observó, conmovida, cómo aquellos enormes guerreros prestaban su ayuda para alimentarlos. Después, Naruto les ordenó que subieran a los niños en la carreta y él mismo la condujo hasta la orilla del río para poder asear a los pequeños.
—¿Puedes creerlo? —le preguntó Tenten, mientras observaban cómo los chiquillos reían e intentaban zafarse de los guerreros para evitar el baño.
Los guerreros, en lugar de enfurecerse, los perseguían y, cuando los apresaban, los cargaban sobre sus hombros como si fueran sacos de harina, haciendo las delicias de los pequeños. Naruto acababa de atrapar a un niño que no podía tener más de cuatro años, con el pelo rubio muy rizado y ojos castaños enormes, que lo miraba con admiración. A Hinata no le extrañaba. En el momento en que aquellos guerreros les habían llevado la comida, se habían convertido en héroes a sus inocentes ojos.
—¿Cómo te llamas, chico? —escuchó que su esposo le preguntaba al pequeño, con el tono algo rudo. Estaba claro que Naruto no acostumbraba a tratar con niños.
—Duncan.
—Bien, Duncan. Si me prometes no volver a huir, te enseñaré a luchar con una espada. ¿Qué me dices?
—¿Y me enseñarás a ser tan grande como tú?
Entonces Naruto hizo algo que consiguió que Hinata casi cayera de espaldas. Le mostró una sonrisa a Duncan. Y tras la sonrisa, liberó una ronca carcajada que estrujó el corazón de la joven hasta dejarla sin aliento.
—Serás tan grande como yo, ¡claro que sí! —exclamó su esposo, lanzando al niño por los aires y cogiéndolo al vuelo, provocando más risas infantiles—. Pero, para eso, debes asearte bien, o caerás enfermo. Hay que quitarte esa mugre de las orejas si no quieres quedarte pequeño para siempre.
—Voy a echarles una mano con las niñas, tal vez con ellas les dé más pudor —le dijo Hinata a Tenten—. ¿Por qué no regresas a la cabaña y ayudas a Megan a asearse ahora que no están allí los pequeños?
Su amiga asintió y se marchó para cumplir lo encargado. Hinata se encaminó a la orilla tratando de superar la impresión de ver a su esposo reírse mientras jugaba con Duncan. No recordaba haber visto sonreír a Naruto jamás y aquello la sobrecogió. Su rostro, siempre serio y circunspecto, se transformaba con la sonrisa. Normalmente era atractivo, aunque de un modo sombrío y perturbador. Al relajarse, al sonreír, se parecía demasiado a Menma.
Al Menma de su recuerdo, al amigo que se ganó su corazón y que logró que el amor llegara a su vida.
—Yo me encargo de Rose Mary y de la otra pequeña —le dijo al llegar a su altura.
—Eso nos deja a dos niños para cada uno de nosotros... creo que podremos con ellos.
De nuevo, Naruto esquivó su mirada. La rehuía, y ahora que Hinata había descubierto que era capaz de abrirse con ella y mostrar sus sentimientos como había hecho un rato antes, ese hecho le molestaba. Quería que la mirara a los ojos. Quería que hablase con ella. Quería que le sonriera como había sonreído a Duncan.
¡Oh, Cielo Santo! ¿En qué lío se estaba metiendo? Tenía la sensación de estar confundiendo a su esposo con su amor de juventud. Y ya había decidido que no quería eso. Naruto no era Menma, nunca lo sería. Por mucho que sonriera igual que él. Por mucho que ahora confesara haber sentido celos de su hermano, no podía sustituirle en su corazón como quien se cambiaba de vestido.
Intentó centrarse en la tarea que tenía por delante y ayudó a Rose Mary y a la pequeña Bonnie, de tres años, a lavarse en el río. Las vistió después con ropa limpia y las llevó de nuevo hasta la carreta, donde los hombres ya habían subido también a los niños. Todos estaban encantados con sus nuevos protectores y les rogaron que volviesen otro día a visitarlos.
—Por supuesto que volveremos —les aseguró Lee, que cargaba con uno de los más pequeños sobre los hombros—. Vendremos todos los días.
—Yo tengo que reclutar más soldados, así que ya podéis crecer rápido —les exigió Naruto. Al hacerlo, le guiñó un ojo a Duncan.
Hinata, que había visto el gesto, notó un vuelco en el estómago.
A cada minuto que pasaba en compañía de ese hombre, se daba cuenta de no lo conocía en absoluto. Todas las convicciones que tenía acerca de su persona iban cayendo una a una, empezando por la manera en que trataba a Trébol, pasando por los motivos de su pasada antipatía hacia ella, hasta la forma de hablarle a unos niños pequeños. ¿Quién era en verdad el hombre con el que se había casado?
—Adelantaos vosotros y llevad a los niños a la cabaña, por favor. Tengo que hablar con mi esposa a solas unos momentos —dijo entonces. Se agachó junto a la loba y también le ordenó, como si pudiera entenderlo—: Ve con ellos, Trébol.
Hinata observó con asombro cómo su mascota obedecía. Los chiquillos rieron encantados cuando la vieron dar vueltas alrededor de la carreta mientras esta se alejaba por el camino.
—No sé cómo has hecho para ganarte su fidelidad en un día ―susurró.
—Bueno, ha pasado la noche conmigo. Supongo que notó que me sentía solo y se echó a mi lado en el suelo para hacerme compañía. Al menos, nos dimos calor mutuamente.
La joven bajó los ojos, abochornada por la implicación de esas palabras.
—Naruto...
—Sí, lo sé. No es momento para hablar de eso —la interrumpió—. No obstante, lo que tengo que decirte tiene mucho que ver con el hecho de que no me aceptes en tu lecho.
Hinata tragó saliva. Había deseado toda la tarde que Naruto dejara de rehuirla y ahora que lo tenía allí, hablando con esa sinceridad tan descarnada, deseó salir corriendo y escapar de aquella mirada azul que ahondaba en su interior.
—¿De qué quieres hablar? —se obligó a preguntar.
—Tu feudo está mucho peor de lo que el rey me explicó —le soltó sin ambages—. Tus soldados, ya lo has visto esta mañana, están mal entrenados. Los libros de cuentas de Hyuga Castle no cuadran. Por lo poco que he podido ver, vuestros vecinos abusaron de la buena fe de tu padre y hasta puede que os hayan estado robando. Y los aldeanos... Por mucho miedo que le tuvieran a la anciana, ¿cómo han podido dejar a los niños desatendidos?
Naruto exudaba furia por cada poro de su piel. Dio un paso hacia ella, con el rostro tan oscurecido por la indignación que Hinata dio un paso hacia atrás.
—Ya sabes el poder que tienen las supersticiones —intentó defenderlos—. Si pensaban que Fiona era una bruja, puedo entender su miedo. Han pasado muchas fatigas en estos tiempos de guerra, Naruto, es lógico que no quisieran añadir más desgracias a sus vidas.
Naruto dio otro paso más hacia ella.
—¿De verdad piensas eso?
Hinata cogió aire y pensó en los niños. En cómo los habían encontrado, en su llanto inconsolable. Y pensó también en Megan, abandonada a su suerte por sus propios vecinos.
—No —admitió al fin, con los hombros hundidos—. No tienen excusa. Yo jamás habría consentido algo así de haber estado presente.
Su esposo asintió, satisfecho con la respuesta. Se acercó más a ella y le colocó las manos sobre los hombros. Hinata se tensó al momento; su proximidad originaba un auténtico caos en su interior.
—Esto no puede quedar así. Los aldeanos se merecen una buena reprimenda y solo un auténtico jefe puede impartir justicia.
—Eres el laird ahora, por orden del rey —le recordó Hinata.
—Para que ellos me reconozcan como tal deben prestarme juramento. Los aldeanos, los soldados, incluso la servidumbre de Hyuga Castle. Siempre se ha hecho así cuando un clan se adhiere a otro. Los MacHyuga deben jurar fidelidad a un Uzumaki. Solo así podré imponerme y enderezar las cosas.
Hinata apretó los labios con obstinación. Aún se sentía ofendida por el hecho de que el rey no les hubiese dejado a ellos resolver sus propios asuntos. Naruto no tenía la culpa, por supuesto. Él solo hacía lo que se le había ordenado. Aun así, su tono fue amargo cuando le contestó.
—Entonces... ¿a qué esperas para convocarlos a todos? Reúnelos y pídeles que te juren fidelidad. Saben que es una orden de Indra, no se negarán.
—No puedo hacer eso mientras mi propia esposa no me acepte. No puedo pedirles que me sean leales, no puedo prometerles que velaré por sus vidas y por el bienestar del clan si no tengo la seguridad de que tendré la oportunidad de cumplir esa promesa.
Sus palabras impactaron con fuerza en el corazón de Hinata. Deseaba decirle que sí lo aceptaba, que en realidad pensaba que era el esposo que ella necesitaba... que el clan necesitaba. Era fuerte, era justo y estaba demostrando no ser el guerrero sanguinario que ella recordaba. Tal vez, cuando mató a Lío, estaba cegado por la furia y ella lo vio en su peor momento. Porque lo cierto era que no había vuelto a descubrir a Naruto cometiendo otra fechoría similar.
Pero tenía miedo.
No a equivocarse con él, pues era evidente que bajo aquellas rudas maneras había un buen corazón.
No.
Tenía miedo de ella misma. Un pánico atroz a que, cuando él volviera a besarla, el nombre de Menma escapara de sus labios, creando un abismo insalvable entre ambos.
Lo miró con los ojos anegados de lágrimas. Y su gesto fue suficiente para que Naruto la soltara y se alejara, con el rostro contraído por la decepción.
—No te pido que me ames, Hinata. No soy tan necio como para pretender algo así. Te lo dije una vez, jamás te obligaría a que olvidaras a mi hermano. Solo te ruego que me tengas en cuenta como hombre. Hay matrimonios sin amor que funcionan, ¿sabes? Yo te trataré con gentileza, si ese es tu miedo. Pero necesito que me aceptes. Mientras tanto, solo soy un extraño en estas tierras, con muchas posibilidades de salir de tu vida y la de tu clan si no cambias de opinión.
Hinata no podía hablar. La situación la superaba y él la presionaba demasiado. Necesitaba tiempo... Aunque, por lo que veía, a su esposo se le había terminado la paciencia. Con un dolor angustioso en el pecho, trató de hacérselo entender.
—Naruto, yo...
No la dejó proseguir. Levantó una mano y giró la cara, frustrado.
—No quiero oírlo. Tus ojos ya lo dicen todo. Creo que, después de todo, habrá que posponer esa convocatoria general. Los MacHyuga tendrán que jurar fidelidad a su nuevo laird más adelante. Solo espero ser yo ese laird... de verdad que sí.
Se dio la vuelta y se marchó por el mismo camino que había seguido antes la carreta de los niños. Hinata se quedó a solas y fue cuando las lágrimas por fin decidieron abandonar sus ojos y correr libres por sus mejillas. Si Tenten estuviera con ella la llamaría estúpida, con toda la razón. Estaba alejando a Naruto cada vez más y llegaría un momento en que el guerrero se daría por vencido. ¿De verdad quería decirle a todo el mundo que su esposo era impotente, solo para librarse de él? ¿Iba a ser capaz de hacerle algo así? No creía poder cometer tal infamia. Pero tampoco creía que él esperara eternamente.
Se encontraba en una auténtica encrucijada de emociones.
Naruto se reprochó el haber sido tan impulsivo. Se alejó de Hinata porque no quería seguir viendo en su rostro la angustia que le producía estar casada con él. Sabía que no le estaba concediendo el tiempo prometido, pero las circunstancias en las que se encontraba no le permitían mucho margen.
A eso había que añadir la estupidez de confesarle sus celos de juventud. Había expuesto su corazón para nada, porque, ¿qué pretendía conseguir? Tal vez lo mirara con otros ojos después de aquello. Tal vez no volviera a encogerse de miedo cuando se acercara a ella. ¿Y qué más daba si, a pesar de todo, sus sentimientos iban a seguir siendo los mismos? Ahora, él se sentía débil a su lado. Vencido y frustrado porque Hinata jamás le correspondería.
Y un guerrero no debería albergar tales emociones.
La furia se fue adueñando de su ánimo según caminaba. Regresó directamente a Hyuga Castle y llegó de un humor de perros. Jamás sería un buen líder si dejaba que los asuntos del corazón gobernaran su voluntad.
Era hora de que Naruto Uzumaki retomara las riendas de su vida.
Desde que Menma no estaba, se había sentido perdido y desorientado. La guerra contra los ingleses le había permitido mantenerse centrado durante un tiempo, empeñado tan solo en cumplir con su deber. Pero, una vez ganada la batalla de Bannockburn, no había conseguido ser el mismo que era antes. Y ya jamás lo sería.
Al menos, se dijo, podía recuperar el dominio de sí mismo. Para ello, solo debía ser más pragmático y menos pasional. Hacía muchos años que había renunciado a la felicidad del corazón, ¿por qué de pronto se había dejado engatusar por la quimera de que, tal vez, las cosas podrían ser diferentes? Era un necio por planteárselo siquiera.
Se encontraba más sereno y sentía más paz interior cuando aceptaba su destino sin ambicionar imposibles. Y eso pensaba hacer a partir de aquel momento.
Entró en el gran salón decidido a esperar un par de días más... solo un par de días. Si para entonces Hinata MacHyuga no había tomado una decisión, no tendría más remedio que tomarla él por ella.
Continuará...
