Naruto Y Hinata en:
EL CASTILLO DE LA NIEBLA
«Capítulo 9»
Su esposo condujo su montura por un sendero lateral flanqueado por altos álamos, en dirección oeste. No era el camino de vuelta y Hinata preguntó:
— ¿Adónde vamos?
— Pensé que le agradaría más conocer la aldea de Fûton, que pertenece al ducado, que estar encerrada entre los muros del castillo. — Ni siquiera se volvió para hablarle.
— ¿Pertenece al ducado?
— Así es. Arrendamos las tierras y ellos las trabajan desde hace siglos, siempre ha sido así.
— Y es responsable de ellos.
— Me encargo de su bienestar, por supuesto.
— Como un señor feudal. — Ella se enojaba por momentos teniendo que mantener una conversación con una espalda erguida.
— Más o menos. Hasta ahora nadie se ha quejado.
¿Quejarse?, se preguntó ella con ironía. ¿Quién se atrevería a protestar ante él? Con sólo mirar el témpano de sus ojos azules, renunciarían.
Una ardilla roja atravesó el camino, ascendió por el tronco de un árbol y se encaramó en una rama alta. Desde su bastión, arrugó su naricilla como si amedrentara a los dos intrusos que invadían sus dominios. Hinata se dejó llevar por la simpatía que le despertaba el animalillo, estiró la mano delante de su nariz y movió los dedos a modo de burla al tiempo que le sacaba la lengua. La ardilla se perdió entre las ramas y ella, sin perder la sonrisa, controló el nerviosismo de su montura que corcoveaba. No se dio cuenta que los ojos de su esposo se habían quedado prendidos en ella.
Si Hinata esperaba encontrar a campesinos callados que evitaran cruzarse con el patrón, se confundió de medio a medio. Al entrar en el pueblo por lo que era la calle principal, les recibió un conjunto de casas bajas y cuidadas con techos de pizarra negra y ventanas adornadas con tiestos rebosantes de flores. Algunas cestas de mimbre repletas de prímulas en forma de estrella colgaban junto a los dinteles de las puertas engalanando de rojo, amarillo, rosa o blanco las entradas de las viviendas.
Naruto condujo a su caballo hasta el centro de la aldea y ella le siguió sin perder de vista ningún detalle. A uno y otro lado de la plazuela aparecían pequeños jardines cuidados con esmero, tiendas, una taberna. Algunos pequeños correteaban, jugando a pillarse, bajo la atenta mirada de unos ancianos. A su paso, advirtió que aquellas gentes saludaban a su esposo con inclinaciones de cabeza y rostros francos.
Naruto frenó junto a la fuente, pero ella, encantada con el pueblo que tanto le recordaba a los de sus amadas tierras del norte de Escocia, no reaccionaba. Los aldeanos se fueron arremolinando, congregándose en torno a ellos y cercando al duque tan pronto descabalgó. Asombrada, vio que los más pequeños le solicitaban una golosina tirándole de los faldones de la levita. Naruto revolvió el cabello a un par de mocosos, buscó algunas monedas y se las entregó provocando la algarabía de los chicuelos que se alejaron gritando de alegría. Después se acercó a ella.
Parpadeó ante sus brazos extendidos, esperando a que decidiera bajar de Ensueño. ¿Un asesino?, volvió a preguntarse. ¿Era aquel hombre el mismo que hacía un rato le había ordenado total sumisión? Algo no casaba. Tan absorta estaba que no captó del todo lo que Naruto le decía.
— ¿Qué?
— Le preguntaba si desea refrescarse un poco en la cantina. La sidra aquí es excelente.
Totalmente confusa, Hinata iba de sorpresa en sorpresa. Pasó la pierna por encima de la silla y se dejó resbalar por un costado permitiendo que las manos de su esposo la sujetaran hasta dejarla en el suelo. Miró a su alrededor: todos la observaban en completo silencio.
— ¿Qué sucede? — le preguntó muy bajito.
— Seguramente están impresionados por vuestra belleza, milady — contestó en el mismo tono confidencial, sin apartarse un milímetro de ella.
— ¡Qué tontería!
Naruto la pegó a su costado y ella permitió aquella muestra de posesión, aunque se envaró.
— Les presento a la nueva duquesa de Konohagakure.
Hinata se encogió cuando las gentes de la aldea estallaron de júbilo y vitorearon la buena nueva. Respetuosamente, algunos se acercaron y estrecharon la mano de su esposo, regalándole a ella sencillas reverencias. No le quedó más remedio que contagiarse de la alegría general y les sonrió satisfecha, devolviéndoles sus muestras de afecto.
Las gentes se fueron alejando para retornar a sus quehaceres, murmurando en grupos, y ellos se encaminaron a la taberna-posada, un establecimiento no muy grande, pero limpio y ordenado.
— Son gentes estupendas — decía Naruto— . Y fiables. Mucho más sensatos y laboriosos que los aristócratas que viven esencialmente para lucirse entre chismorreos y fiestas; supongo que el mundo al que está acostumbrada.
Él parecía encontrarse más a gusto allí, más que entre individuos de su propia clase social. Desconcertada, respingó ante una voz potente y tosca que rompió el silencio.
— ¡Vaya, vaya! El demonio en persona nos hace el honor de una visita.
Hinata centró su atención en el hombretón que había deslizado tan grosero comentario. Era un tipo que debía de medir casi dos metros, de cabello castaño y encrespado, largo hasta los hombros y brazos como troncos. Una barba corta y bien recortada le cubría un rostro adusto pero atractivo. Estaba repantingado en un banco junto a la chimenea y las piernas sobre la mesa, con las gastadas botas como mástil.
Ella temió la confrontación: Naruto la hizo a un lado y atravesó el local a grandes zancadas. Al llegar a la altura del otro barrió con el brazo las piernas de quien le increpara, expulsándolas de la mesa.
— ¡Cochino sapo del infierno! — Escuchó, con el corazón en un puño— . Aún te debo un puñetazo y creo que es momento de saldar cuentas.
Hinata retrocedió, los ojos abiertos como platos, muda como el resto de los parroquianos que, curiosamente, no parecían dar importancia a la riña. Por el contrario, les observaban con interés y seguían el diálogo, al parecer, divertidos.
— La última vez te largaste a Uzumaki House con un ojo morado, chico — replicó el hombretón— . ¿Cuál fue? ¿El derecho? ¿Es que quieres que te ponga el otro igual? — Y prorrumpió en carcajadas mientras se levantaba.
Hinata palideció. Si parecía grande sentado, de pie intimidaba. Sacaba más de una cabeza al duque, con hombros al menos una cuarta más anchos que los de su esposo.
— Si lo haces, se lo contaré a Katsuyu y dormirás en el cobertizo toda una semana.
Ella no entendía nada.
— Y serías capaz… — oyó al otro.
— Lo juro por todos los duendes del bosque — aseguró Naruto.
El personaje se paró en medio y un segundo después ambos se estrechaban en un abrazo, palmeándose en la espalda y regalándose algún que otro vocablo típico de los varones. Naruto se volvió hacia ella y la llamó. Se acercó con cierto recelo, preguntándose quién era aquel sujeto que la observaba con indisimulado descaro.
— Milady, quiero que conozcas a un buen amigo: Gamakichi Bridges. Ella es mi esposa.
Por sus ojos oscuros pasó un relámpago de asombro. Hinata le saludó con una inclinación de cabeza y él respondió con una reverencia digna de un aristócrata. De pronto, se encontró sonriendo a aquel gigante.
— Duquesa — tronó su voz de barítono— , es un honor.
— Lo mismo digo, señor Bridges.
— ¡Por Dios, milady! — protestó— . Nadie me ha llamado así desde que tengo uso de razón. Gamakichi es más que suficiente para mí.
Se sentaron a la mesa y al momento el tabernero dejó sobre ella una botella de sidra y tres vasos. Gamakichi sirvió y alzó el suyo en un brindis.
— Por la nueva duquesa de Konohagakure. Por la Duquesa perla. — Ella enarcó sus cejas y Gamakichi se echó a reír— . Es por vuestros ojos, señora. Jamás se ha visto por aquí unos ojos parecidos a dos hermosas perlas.
A ella le gustó el sobrenombre. Sí, era mucho más divertido que el auténtico.
— Me gusta, Gamakichi. La Duquesa Perla. — Se echó a reír— . A mi abuelo Jiraya le daría un ataque si se enterase.
A Naruto le resultaba imposible dejar de mirarla. Su rostro irradiaba frescura, su cabello suelto eran oscuras llamas danzando en torno a su cabeza y escurriéndose hombros abajo. Y sus ojos brillaban como piedras preciosas, desde luego, el sobrenombre con el que Gamakichi acababa de bautizarla era del todo apropiado.
— Señora — dijo Gamakichi— , estoy completamente enamorado de mi esposa, pero usted es la mujer más bonita que he visto nunca. ¿De verdad no es un hada?
Hinata le brindó una coqueta caída de pestañas que levantó un exagerado suspiro en él y ella volvió a reír desinhibida.
— Tendrán que venir a comer a casa. Katsuyu y los niños se alegrarán de verte y querrán conocer a tu esposa. — Nada más hacer el ofrecimiento, continuó muy serio— . Si a su excelencia no le importa entrar en una casa humilde.
¿Importarle? Recordó Hinata las veces que había pasado la noche fuera de Byakugan Tower, compartiendo una velada agradable y distendida con alguna familia de los alrededores.
— ¿Tiene queso y pan de hogaza, Gamakichi?
— Por supuesto, milady.
— Entonces acepto. Pero la sidra será asunto nuestro, ¿no es así, milord? — dijo dirigiéndose a su esposo. Acto seguido se levantó— . ¿Nos vamos? ¡Ah! ¿Le importaría enviar a alguien para avisar a Natsu? Se preocupará si no aparezco. — Sin esperar respuesta, porque no era una petición, sino una orden apenas sugerida, se dirigió a la salida.
Naruto reaccionó un poco más lento de lo que cabía esperar. Intercambió una rápida mirada con su amigo y encargó al posadero unas cuantas botellas de sidra, sorprendido aún por la facilidad con que ella demolía sus defensas.
Aunque no fue exactamente queso y pan de hogaza lo que degustaron en casa de Gamakichi, Hinata pocas veces se había sentido tan liberada. Los Bridges eran labradores y él, además, se encargaba del molino.
Al llegar, Hinata se encontró a una mujer robusta, no muy alta y en avanzado estado de gestación, que trajinaba en los fogones. Viéndoles entrar, se limpió las manos en el delantal y se lanzó a los brazos de Naruto, que la recogió en el aire y giró con ella. Cuando la dejó en el suelo, la muchacha esperó que le presentaran a la desconocida, un poco azorada por su infantil comportamiento, tratándose de una dama. Fue sólo un instante porque inmediatamente una corriente de simpatía empezó a fluir entre ellas. Como si el vozarrón de Gamakichi hubiese sido el tañido de una campana, dos chiquillos, niño y niña, entraron a la carrera desde el patio trasero. Gamakichi los cogió a ambos y los colocó sobre sus caderas, besándolos en la cabeza. Al soltarlos, corrieron hacia Naruto, que no les negó unas cuantas vueltas en el aire levantando su excitación.
Para Hinata fue otro descubrimiento: jugaba con los pequeños como cualquier padre, y disfrutó de la escena hasta que Katsuyu puso un poco de orden. Se los presentó, orgullosa:
— Estos son Gema y Kat.
Las viandas fueron sencillas pero exquisitas: pan horneado aquella misma mañana, pescado salado, carne encebollada y tarta de manzana. Consumieron las tres botellas de sidra y otra adicional que Gamakichi aportó para celebrar su visita.
En la sobremesa, mientras los niños jugaban fuera, Katsuyu y Hinata conversaron sobre Escocia.
— Viví durante seis años en Edimburgo — le contó, con la ensoñación pintada en el rostro— . Me gustaría volver alguna vez.
— Si decides hacerlo, me encantaría que te alojaras en Byakugan Tower.
Katsuyu habló del bebé que esperaban y Hinata se apresuró a ofrecerle su ayuda incondicional. Entretanto, no perdía detalle de la conversación que Gamakichi y Naruto mantenían: cómo mejorar la cosecha del año siguiente, la rueda nueva para el molino, el arreglo del tejado de la pequeña capilla del pueblo… Su esposo se le revelaba como un patrón preocupado por el buen funcionamiento de sus tierras y el bienestar de sus arrendatarios.
Katsuyu era una joven dicharachera y divertida, y la única capaz de mantener a raya a su par de diablillos, a su esposo y al duque. Todos acataban de buen grado sus órdenes y, a pesar de su pequeña estatura y su frágil apariencia — su cabello dorado recogido en dos largas trenzas aniñaban su aspecto— , sus instrucciones no se discutían. Gamakichi no disimulaba la adoración que sentía hacia ella. Y Naruto tampoco.
Finalizada la charla, todos contribuyeron a recoger la mesa y fregar los platos. Hinata no salía de su asombro: su marido secaba los platos mientras bromeaba con Gamakichi, que se encargaba de aclararlos. Ella, por su parte, entretenía a los niños.
Después, pasearon por las inmediaciones y llegaron hasta el río. Hinata lo estaba pasando maravillosamente, y accedió a la petición de los pequeños que tiraban de ella hacia la orilla. Se pasó las faldas por entre las piernas y se las remetió por delante en la cinturilla. Y así, con aquel aspecto tan distante del de una duquesa, intentaron atrapar una trucha entre los tres, llenando el lugar de risas, gritos y chapoteos.
Gamakichi, con su esposa apoyada en su hombro, medio adormilada, no perdía detalle, recostado en un álamo.
— Es todo un hallazgo.
— ¡Ajá! — asintió Naruto— . Un hallazgo muy descarado.
— ¿A qué te refieres?
— Mira de frente, dice las cosas a la cara y no se muerde la lengua.
— Lo he notado. Y me gusta. Ya era hora que encontraras una mujer que no te dijera sí a todo. — Naruto gruñó por lo bajo— . Y dime, ¿qué le ha parecido a la duquesa viuda la unión con los Hyûga?
— Puedes imaginarlo. Puso el grito en el cielo y se marchó a York.
El corpachón de Gamakichi vibró al compás de una risa profunda al ver a Hinata hundirse en el río ante un ataque de sus hijos a la par, saliendo después escupiendo agua.
— Katsuyu tendrá que prestarle alguna ropa — dijo— . Le caerá bien a la abuela gruñona, estoy seguro.
— No apuestes nada, ya conoces a mi abuela.
— Esa chica es capaz de conquistar a cualquiera. — Miró de reojo a su amigo, que había fruncido el ceño convenido de lo que acababa de decir.
Llegó el momento de partir y tener que abandonar tan grata compañía. Hinata y los niños, chorreando, se adelantaron con Katsuyu hasta la casa. Una vez allí, se secó el pelo y esta le prestó ropa y un par de zapatos.
— ¿Volverán? — preguntó Gamakichi— . Los niños suelen preguntar por Naruto y ahora te echarán de menos a ti.
— Procuraré… — dudó Hinata, que tenía en cuenta las exigencias de su esposo.
— Mejor todavía. ¿Por qué no pasan unos días en casa? — intervino Naruto, tomando a Katsuyu de la cintura y besándola en el cuello.
— Deja esas manos quietas. — Se las golpeó— . ¿Qué va a pensar tu esposa de estas confianzas?
— Lo mismo que Gamakichi, si es la mitad de inteligente de lo que imagino — repuso él, atento a la reacción de Hinata— . Sólo que te quiero.
— ¡Naruto Uzumaki!
El duque estalló en risas que fueron coreadas por Gamakichi y la propia joven, un tanto azorada, echando miradas de reojo a la duquesa. Pero Hinata también sonreía, gratamente impresionada de tan curioso trío, donde la camaradería arropaba una amistad que se adivinaba antigua.
— Lo digo en serio — insistió Naruto— . Gema y Kat disfrutarían lo suyo en el castillo.
— No estoy para ir a ninguna parte, Naruto — negó Akatsuyu— . Estoy gorda como una vaca.
— ¿Cuánto falta?
— Para mi gusto, mucho aún.
— Avísenme. Enviaré al doctor…
— No te preocupes. Es el tercero y será fácil. Además, Kiri lleva más de treinta años atendiendo nuestra aldea.
Se intercambiaron promesas de una futura reunión. Si el matrimonio no iba a Uzumaki House, serían Hinata y Naruto los que se acercarían cuando llegara el nuevo retoño.
.
.
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— ¿Conoce a los Bridges desde hace mucho, milord?
La pregunta de Hinata, en el camino de regreso, sacó a Naruto de sus cavilaciones. No había dejado de mirar a su reciente esposa. No podía, porque se estaba dando cuenta que, tanto luciendo un elegante traje de amazona o vestida como iba, como una campesina, le excitaba de igual modo. Carraspeó y se centró en el camino.
— Gamakichi y yo crecimos juntos. Siempre nos reuníamos cuando yo regresaba del colegio para idear travesuras. Y juntos estuvimos en el frente. Cuando necesité un hombro sobre el que llorar, allí estaba Gamakichi. Siempre. Nunca he tenido un amigo mejor que él.
Hinata guardó silencio. Después de tan maravilloso día, se le hacía cuesta arriba volver a la tenebrosidad de los muros de Uzumaki House.
— ¿Le han agradado? — oyó que preguntaba él.
— Es una familia encantadora. Gracias por presentármelos.
Observó su perfil, de nuevo adusto, y no pudo por menos que preguntarse por qué se había evaporado la jovialidad de la que hizo gala durante toda la visita. Era como si también él lamentara regresar, y en el corazón de Hinata se abrió paso, de nuevo, la sensación extraña y fría de que su esposo arrastraba algún secreto. Pero también recordó el apodo que le había adjudicado Gamakichi Bridges: la Duquesa Perla. Le gustaba. Sí, le gustaba mucho.
— ¿Cuánto tiempo permaneceran en Inglaterra?
Así, de sopetón, en medio de la cena, la pregunta sonó demasiado directa y poco delicada.
Gen Katsugi y Jibachi Kamizuru se habían presentado aquella misma tarde en el castillo mostrándole sus credenciales y Ebisu se encargó de acomodarlos. Hinata creyó entender que eran enviados de un tal Shibi Aburame, de Gales, aunque no logró enterarse de la razón por la que estaban allí, ya que inmediatamente pasaron al gabinete privado del duque.
No le ilusionaba ejercer de anfitriona, pero las inesperadas visitas suponían para ella un alivio tras la precipitada marcha de Shikamaru, que había partido sin esperar su regreso dejando tan sólo una escueta nota de despedida.
Un tanto a la defensiva, Gen replicó:
— Si nuestra presencia le causa incomodidades, excelencia…
Naruto desvió su atención hacia él.
— No soy dado a los cumplidos, Katsugi. Si me incomodara, tenga por seguro que se lo haría saber. Es más, los invitaría a que abandonaran mi casa. Lamento que haya interpretado mal mis palabras, sólo pretendía saber con qué plazo cuentan.
— Bien…
— Imagino — le cortó Naruto— que desean resolver vuestros asuntos con premura. La carta de Aburame denota cierta urgencia.
Hinata se flageló mentalmente por haber juzgado sus palabras tan estúpidamente.
— Lo siento, excelencia — se retractó Gen Katsugi— . Sé perfectamente cuándo hablo de más y le pido disculpas. Necesitaríamos ultimar el asunto lo antes posible.
— Entonces, intentaremos que sea así.
Él parecía remiso a insistir en su ayuda, pero su compañero, más conversador y cauto, tomó la palabra.
— Nuestro tutor está convencido de la bondad del negocio, milord: productos de cosmética a cambio de trigo, del que estamos escasos por la mala cosecha. Un acuerdo que resultaría satisfactorio para ambas partes. Y ha pensado en Zabuza Momochi.
— Esperaba más seso de los galeses — comentó el duque, torciendo el gesto— . Momochi no es más que una asquerosa rata.
— Lo sabemos, milord — convino Katsugi— . Pero no hay otro con mayor red de contactos.
— Yo no me fiaría de él.
— Si llegamos a un acuerdo…
— Es un usurero y no sería el primer acuerdo que se salta — negó Naruto— . Aunque siempre hay fórmulas para hacerle respetar éste.
— ¿Debemos entender que cooperará con nosotros, excelencia? — Hinata captó una nota de esperanza en la voz de Kamizuru.
Naruto se echó hacia atrás, suspiró y asintió.
— Shibi Aburame sigue teniéndolos bien puestos, ¿eh?
A Hinata se le subieron los colores pero sus invitados estaban demasiado ocupados riendo la gracia de su marido para captarlo. No así éste, a cuyos ojos, fijos en ella, acompañaba un rictus irónico de su boca.
— ¿Mañana les viene bien? — preguntó Naruto a los dos jóvenes. Ellos asintieron— . Sólo espero que no se sorprendan de mis métodos, porque pueden llegar a ser menos ortodoxos que los del propio Momochi.
Terminaron la cena y Hinata se disculpó dejándoles que ultimaran sus asuntos.
Al salir, a punto estuvo de toparse con la persona que entraba. Respetuosamente cedió espacio a Hinata con un seco:
— Disculpe.
Naruto interrumpió la conversación, se fijó en ella y dijo:
— Pase, señora Dumond.
— No quería molestarlo, excelencia — anticipó, erguida como un poste y con las manos cruzadas sobre el estómago.
Él se acercó hasta ella y Hinatar vio el gesto afectuoso con que la escuchaba poniendo la mano en su brazo. Preguntándose por la personalidad de la recién llegada, permaneció un momento más en lugar de marcharse en tanto ellos intercambiaban algunas palabras confidenciales. Aun así, acertó a oír:
— Es su hermano, milord. Le está esperando en la biblioteca.
El rostro de su esposo se ensombreció pero no dudó en ordenarle:
— Tengo invitados. Dígale que espere.
— Sí, excelencia.
Ella se disponía a marcharse cuando Naruto la detuvo.
— Señora Dumond, quiero que conozca a mi esposa, la duquesa — dijo yendo hasta ella y tomándola de la cintura— . Konan Dumond es nuestra ama de llaves, Hinata.
Alta, cabello corto celeste y excesivamente delgada, Hinata detectó en ella una lejanía envarada que agudizaban sus ojos ambar y fríos. Dobló la rodilla ejecutando una oportuna reverencia.
— Señora — saludó y de inmediato se olvidó de ella y se dirigió a Naruto— . Si me disculpa, milord.
Se alejó perdiéndose en la penumbra de la galería. Hinata ni se movió. ¿Por qué sus sentidos se habían alertado ante ella? Reaccionó a la presión en su cintura que la aproximaba más a su esposo.
— No sabía que tuviera ama de llaves.
— Konan se había tomado unos días de descanso. Lleva tiempo con nosotros. Aún no conoces a todo el personal, pero lo remediaremos mañana. Tengo mala memoria para los nombres — dijo. Ella dudó que fuera cierto— , de manera que la señora Dumond hará las presentaciones.
— ¿De qué se encarga esa mujer exactamente?
— De todo.
— Creí que ése sería mi cometido.
— Es posible que encuentre deficiencias en la decoración, señora, pero no en el servicio. Uzumaki House necesita un ama de llaves y no veo que usted deba estar pendiente de si hay que comprar mantelerías o velas. ¿Alguna explicación más?
Hinata le hubiera replicado como merecía, pero decidió que no era momento ni lugar para un enfrentamiento porque los invitados aguardaban.
— No le he pedido ninguna.
— Pensaba que sí.
— Pues pensaba mal. Pero me acaba de quedar claro que ya tiene quien lleve vuestra casa. Yo estoy de más.
— Para eso tengo criados.
— Lo he entendido perfectamente. Seré el adorno de vuestras comparecencias.
Naruto se mordió el labio inferior y ella también lo hubiera hecho después de besar su boca. Sin duda se estaba trastornando allí. No era lógico que abominara de él y poco después la provocara un apetito que no había sentido nunca.
— Lo hará muy bien, no me cabe duda.
— Lo mejor que pueda — replicó en el mismo tono confidencial en que él le hablaba— . Pero permanecer ociosa no va conmigo, milord, así que, dado que no me permitirá desplegar mis dotes de anfitriona, ya que rechaza las fiestas y las visitas, tal vez podría matar el tiempo lavando vuestras sábanas, por ejemplo.
— Hinata…
— Nunca cuestionaré a quién le das de comer, milord — le cortó, ofuscada— . Tampoco creo que pudiera gobernar este mausoleo sin la colaboración de una persona competente. Pero sepa que soy capaz de algo más que posar como una de las estatuas que adornan estas dependencias. Las mujeres Hyûga nunca fuimos objetos, excelencia.
Sin darle tiempo a responder se desasió de su brazo y le dio la espalda. Su cabello golpeó el rostro de Naruto y el ruedo de su vestido, sus pantalones. Observando el suave contoneo de sus caderas mientras se alejaba vigorosa, el duque admiró su coraje. Era una verdadera amazona. Terca y altanera como sólo podía serlo una escocesa. Una valquiria de cabello azabache a quien le iba a encantar domar. Y lo haría. Porque él había planificado su vida de acuerdo a unos cánones y no permitiría que ninguna mujer la volviera cabeza abajo. En su casa, él era quien imponía las pautas y aquella díscola muchacha las acataría, le gustara o no. ¡Eso de enfrentársele a cada momento tendría que acabarse!
Sacudió la cabeza y regresó junto a sus invitados intentando alejar de su mente los arranques de arpía de su mujer y, sobre todo, la llegada de su hermano. Hermanastro, en realidad. Su padre lo engendró con una criada de taberna tras el abandono de su madre. Eso sí, tuvo la decencia de darle su apellido y dotarle de una exigua herencia preñada de deudas, como a él mismo. Deidara y él nunca se tuvieron demasiado apego y, sin embargo, se hizo responsable de su hermanastro y fue aumentando su fortuna en secreto, paso a paso. Claro que de ahí a verle a menudo iba un mundo.
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Continuará...
