Pues aquí estoy de vuelta, con un nuevo capítulo yay!

Muchas, muchas gracias a todas las lindas personitas que han estado leyendo y comentando durante el transcurso de esta historia *corazón* *corazón* *corazón*.

Espero que os guste este nuevo capítulo. ¡Disfrutad de él!


Cap. 26: Kacchan

El pobre chico no lo vio venir y de una explosión salió volando. El que había a su lado hizo ademán de esquivar el ataque, que recibió a medias. Bakugou rió pero al girarse se detuvo, no encontraba a Midoriya donde lo había dejado, a su lado.

En un instante lo vio correr en la dirección opuesta a la salida. Tardó en entenderlo: el príncipe había aparecido en escena, sin entender nada de lo que sucedía. Y el chico corría hacia él por alguna razón.

-¡Todoroki! Tienes que pedir a los guardias que nos dejen marchar -se quedó callado al ver a su padre, ya recobrado, en lo alto de la barandilla de uno de los laterales que rodeaban el patio. Había escuchado a medias a su amigo, su cerebro iba a mil por hora. ¿Qué estaba sucediendo? Su padre allí, claramente enfadado. El demonio que jamás pisaría por su propia voluntad el castillo, corría esquivando soldados para llegar hasta ellos. Otro de los demonios también peleando. Y una tensión en el aire sofocante, como si faltara el oxígeno. Y la temperatura también estaba empezando a subir…

-No puede ser -se fijó en la figura de su padre. El calor debía de venir de él.

-Midoriya… tenéis que salir de aquí.

-Eso es lo que trato de decirte, ¡pide que nos dejen irnos!

-No me refiero a eso -no quería subir la voz ni perder los nervios. La situación podía cambiar en unos minutos pero aún no era tarde. -Mi padre es como tú, también tiene… poder.

-¿Qué clase de poder? -ambos lo miraron. Había llamas a su alrededor, pequeñitas pero tan brillantes como el sol.

-¡Bakugou! ¡Tenemos que irnos de aquí! -el rubio ya sabía que algo andaba mal. Lo notaba en el ambiente, no sabía identificarlo y sin embargo, lo hacía estremecer. Giró la vista para buscar a su amigo, rodeado de enemigos pero manteniéndolos a raya.

-¡Aún no podemos marcharnos! -ni rastro de la chica invisible. Ni su voz, ni un susurro o un objeto flotando…

El príncipe y el de pelo verde se encontraron con Bakugou entre explosiones y gritos de los soldados.

-Si no os dais prisa, quizás no podáis salir de aquí.

-No veníamos solos, todavía hay una compañera perdida -y fue en ese momento cuando Izuku lo entendió. Ese extraño empujón que había recibido el rey no podía ser otra que Hagakure. Abrió la boca porque quería añadir algo, sin embargo, no pudo emitir sonido cuando el rey habló. Su voz retumbó por todo el patio:

-Esto cada vez se pone más interesante. Ahora que estás aquí, hijo mío, no puedo hacer otra cosa que agradecerte estos minutos que me has dado. Es la hora de la verdad, la hora de… -se interrumpió al ver que, cerca de él, flotaba una espada.

-¡Toru! -Kirishima llegó tarde en su aviso porque el rey la había "visto" y la espada lo ayudó a ubicar su cuerpo para agarrarla por el brazo. Se oyó un grito cuando quemó su piel desnuda.

-¡Padre! -quedó ahogado en el jaleo de alrededor. El príncipe sacó entonces su espada, parecía que aquél sería el momento para enfrentarse a su padre. Dio un paso al frente y miró a Bakugou. Cuando sus ojos se encontraron se pusieron de acuerdo sin palabras. Caminaron y luego corrieron hacia su majestad, dejando atrás a Izuku. El rubio tendió la mano al otro, que se agarró a él por su antebrazo. Con una fuerte explosión, ganó altura. Jamás se imaginó luchar al lado de aquél tipo y ahora sentía que era su mejor carta.

La fuerza del rubio era suficiente para llevarlos a los dos hasta donde se encontraba el rey, a pesar de su hombro herido. Se dejaron caer a unos metros de distancia, el príncipe con menos soltura, cayó de rodillas. Las chispas en las manos del demonio no paraban de salir, ansiosas por atacar. Parecía intuir dónde estaba la muchacha, que jadeaba y se quejaba, seguro tratando de soltarse del agarre que le abrasaba la piel.

-¡Suéltala! -si atacaba la usaría de escudo. Era bajo y ruin, por eso estaba tan seguro, lo haría sin pestañear. Pasaron unos minutos muy tensos, lentamente cada segundo, nadie hacía el más mínimo gesto.

-Hijo mío…

-¡Cállate! -no lo pensó. Estaba muy enfadado con él desde hacía mucho, mucho tiempo. Por tantas injusticias, tantos actos egoístas. Por el daño que le había hecho a Momo, su pequeña y dulce Momo. Su padre vio venir el movimiento con expresión aburrida, ni en aquella circunstancia había estado a la altura. Tiró de la criatura invisible para colocarla delante de su cuerpo. Mataría dos pájaros de un tiro.

-¡Todoroki! -Midoriya lo llamó con todas sus fuerzas, el ruido de los soldados, el fuego, el viento… su voz apenas era audible. Un movimiento captó su atención y vio al demonio pelirrojo corriendo hacia él, esquivando soldados que trataban de frenarle. Al llegar a su altura lo agarró y tiró para que lo siguiera.

-Necesito tu ayuda, ¡vamos! -¿habría ido con él de saber lo que ocurriría? Sin pensarlo, corrió y lo siguió. Lo siguiente no lo podría olvidar jamás, como si de una película se tratara, todo se precipitó y a la vez iba a cámara lenta.

Un rugido rasgó el aire y una figura enorme y roja se dirigió hacia el rey y los demás presentes. Con el viento a favor y el impulso que había tomado, ganó velocidad en muy pocos metros. Todoroki frenó en seco y desvió la mirada de su padre. La joven propinó una patada al monarca y éste la soltó, dejándola caer a unos pasos.

-¿Kirishima…? -Bakugou miró a su amigo, buscó con la mirada a Deku y tragó saliva. Iba sobre la parte de atrás, al inicio de su cola.

-¿Deku…? -el príncipe lo oyó y siguió su mirada. Se quedó con los ojos como platos y los ojos clavados en la enorme criatura que volaba hacia ellos sin intención de frenar. El rey tampoco supo lo que ocurría hasta que fue demasiado tarde.

-¡Deku! -iba a cometer una estupidez. Podía verlo en sus ojos. En el brillo extraño que emanaban, su determinación… algo le dio un terrible presentimiento. ¿Había llegado a decirle que lo quería? No pudo evitar sonreír. ¿De verdad se estaba preguntando eso cuando sus vidas corrían peligro? Qué triste no haberle dicho nunca que lo amaba más que a sí mismo, más que a cualquiera, más que a la vida. Sus ojos se encontraron un momento y leyó en ellos la verdad. Una verdad que no pensaba aceptar sin pelear.

Kirishima arrojó con todas sus fuerzas hacia arriba al humano de pelo verde unos segundos antes de agarrar al rey entre sus mandíbulas y rogando por no morder carne de su propia especie. Acto seguido todo su cuerpo se estrelló contra el pasillo de piedra que comunicaba las torres, con la intención de destruirlo. Bakugou se alejó con una explosión antes del derrumbe. Su hombro herido no le dejaba controlar del todo la fuerza, no se planteó agarrar al príncipe. Que se las arreglara solo. Algo chocó contra él entonces y una mano que no pudo ver se aferró a su ropa.

-So… socorro -reconoció la voz de Toru y un extraño alivio lo invadió. Por un momento todo parecía que iría bien. Hasta que Deku comenzó a caer. Había alcanzado una altura considerable y sus sentidos estaban un poco embotados. Estaba listo para lo que viniera a continuación: concentrar toda su energía, fuerza y potencia en el brazo derecho para golpear al rey. Ese hombre que maltrataba a los demonios, que humillaba a su hijo y cuya mera presencia paralizaba a todos. Un hombre déspota que ahora, herido, iba hacia él, lanzado por su amigo dragón antes de que los escombros lo hicieran caer al suelo.

Quiso sonreírle antes del impacto. Con todo el amor que sentía por él, Izuku no quiso que la posible última vez que mirara a Bakugou viera miedo. Un terror que ya se había instalado en sus ojos rojos, tan fieros siempre y ahora muy asustados. "Todo irá bien" le mandó en un susurro antes de centrar su vista en el rey, que se protegió con los brazos antes de recibir el golpe.

¿Qué fue lo que pasó a continuación? Los soldados vieron caer no solo el pasillo donde estaban sus majestades y los demonios, también una parte de una de las torres. Pero su rey no, él voló hacia arriba con tal rapidez que parecía irreal. Y chocó contra una extraña luz de energía con tal fuerza que todos sintieron el impacto. Y se precipitaron hacia el suelo, cada vez con más potencia. El suelo tembló por el choque, haciendo caer más escombros. El humo los cegó y por unos minutos no se oyó absolutamente nada.

-¿Deku? -se incorporó con dificultad, agarrándose el brazo que ya no podía mover. Lo buscó con la mirada pero los ojos le lloraban de tanto humo y polvo y apenas veía nada. Gemidos cerca de él, la chica estaba viva. Su amigo, medio enterrado a unos metros, aún respiraba a juzgar por el polvo que se levantaba periódicamente cerca de su nariz. El príncipe no era una prioridad, aunque también trató de encontrarlo. Pronto sus ojos dieron con la persona que más ansiaba ver.

Sobre un montículo más alto de rocas, yacía inmóvil el cuerpo de Midoriya. Tenía uno de los brazos en una postura muy extraña y no había indicios de que estuviera vivo. El demonio se puso de pie y dio un paso, vacilante. El siguiente le costó un poco menos. Y así sucesivamente. Poco a poco iba escalando por las piedras. Cuando el de pelo verde movió la cabeza el rubio respiró y fue consciente de algo: llevaba conteniendo el aliento desde que lo había encontrado. Con renovadas energías, subió un poco más deprisa. Por el rabillo del ojo vio movimientos: el rey. Estaba gravemente herido y aún así pudo de alguna manera ponerse de pie. Las llamas lamieron una de sus manos y fue en dirección al chico, todavía demasiado aturdido para siquiera incorporarse.

-¡IZUKU! -oyó su nombre por un oído. El otro solo le ofrecía un pitido agudo y muy molesto. Su idea era incorporarse pero los brazos no le querían responder. La cabeza era todo lo que podía mover. Por eso la giró hacia el sonido pero el sol lo deslumbró. Cerró los ojos, ciego por un instante. Y de pronto se hizo la oscuridad sobre él. Volvió a abrirlos y trató de enfocar. Bakugo estaba sobre él, aliviado y sonriendo. Una sonrisa sincera.

-Menos mal… -trató de enfocar la vista para ver si el chico estaba herido. Extrañamente no sentía dolor, solo un poco de frío.

-¿Kacchan…? -volvió a sonreír, avergonzado de sí mismo por haber echado tanto de menos escuchar aquella forma tan cursi de llamarle. Dejó escapar el aire de los pulmones, le costaba mucho respirar y cada vez que salía se escuchaba un extraño silbido, a hueco. Quizás el aire salía no solo por su boca, sino por el enorme agujero que lo atravesaba.

Tenía otra oportunidad, ¿cuántas veces se había arrepentido de dejarlas pasar?

-Deku… te quiero, mi Deku -de todo lo que le habría podido decir, Midoriya nunca esperó aquellas palabras. El brazo con el que el rubio se había sujetado le falló y se desplomó sobre el chico.

-Ka… -un olor a carne quemada hasta ese momento imperceptible llenó todos sus sentidos. No había llamas. Solo estaba el rey medio agachado sobre ellos, sonriendo con el rostro ensangrentado. Bakugou estaba muy rígido, no se movía. Su peso lo aplastaba y le robaba el aire de los pulmones. Obligó a uno de sus brazos a rodear al otro y apretarlo fuerte. Aquél era el final pero no pensaba abandonarlo. Cerró los ojos y se encogió contra él, aguantando las ganas de llorar.

Aquel golpe nunca llegó. Pero sí un gemido gutural entre cortado y un ruido sordo de un cuerpo cayendo a su lado. Volvió a abrir los ojos, la silueta de Todoroki estaba recortada a contra luz, con una expresión indescifrable y su espada ensangrentada.

-Bakugou… -Kirishima arrastraba su enorme cuerpo hacia ellos. El príncipe ayudaba al rubio a incorporarse pero algo andaba mal, no se movía. Midoriya apenas se pudo sentar pero se las arregló para arrebatar el cuerpo inerte del demonio para que quedara contra él. Lo zarandeó mientras se le llenaban los ojos de lágrimas. Después de un minuto tan angustioso como largo, dejó de hacerlo y solo lo abrazó con fuerza. Y el dragón lo supo. Porque algo en él también faltaba, algo en su interior se había apagado.

-¡KACCHAN! -su grito y el rugido se unieron en un único sonido que pareció engullir a todos los demás, paralizando a todas las criaturas vivas que lo escucharon.


El viento acariciaba con mucha suavidad las copas de los árboles. Hacía sin embargo un poco de frío, por lo que Midoriya se ajustó con la mano la capa roja con cuello de pelo que llevaba sobre los hombros. Los collares hicieron un sonido agradable al movimiento y los pendientes de su oreja sorda los imitaron. Después apretó un poco más el cabestrillo que ahora siempre sujetaba su brazo, totalmente inútil tras la pelea contra el rey. Habían pasado ya 6 meses, justo aquel día.

Oyó pasos. El único oído que le quedaba se había agudizado y reconocía muchos más sonidos antes imperceptibles. Kirishima, que ahora cojeaba, se detuvo a unos metros. No saludó, sabía que lo había oído. Ya nada se escapaba a sus sentidos.

-¿Vas a ir hoy también? -el de pelo verde asintió sin decir nada.

-¿Puedo acompañarte? -se giró y lo miró, con un gesto de cabeza le indicó que lo siguiera. Mientras caminaban, recordó lo que había pasado en aquellos meses.

Había vuelto a la aldea, se sentía mucho más cerca de ellos que de su propia gente. Sabía que Todoroki era ahora rey pero aún le resultaba doloroso reunirse con él. La muerte de Bakugou fue un golpe duro para todos, pues a pesar de su carácter se había ganado la estima de los demonios a su cargo. Su entierro fue según las costumbres de la aldea, una ceremonia muy sentida en la que Midoriya se sintió como si no estuviera realmente allí. Solo cuando todos se marcharon y se quedó solo en la cabaña que antaño había compartido con él, fue consciente de lo que significaba su muerte. Siempre había oído que el tiempo todo lo curaba pero había comprobado que no era cierto, solo había hecho los recuerdos más fuertes e intensos.

Aceptó el cargo de jefe para no dejarles desamparados mientras elegían a alguien más cualificado. Al final, se había ido haciendo a la idea de serlo por, al menos, unos cuantos años. Todos habían intentado superar aquella tragedia pero había otra persona que, como él mismo, tenía la herida más profunda: el dragón.

Llegaron juntos hasta una piedra enorme, con trozos de otras aquí y allá, reventadas por explosiones hacía tiempo. Era un sitio al que le gustaba ir y el pelirrojo compartía su costumbre. No solían coincidir, aquel día era especial. Sin decir nada, se sentaron cada uno a un lado. De alguna forma les reconfortaba estar allí, en silencio.

Las horas fueron pasando lentamente, el día se resistía a marcharse. Antes del anochecer, Kirishima se fue para ocuparse de la hoguera en memoria de su mejor amigo. El muchacho humano hizo un gesto, indicando con la cabeza que iría más tarde. El pelirrojo atisbó con su vista de dragón, justo antes de marcharse del claro, cómo se sacaba de un bolsillo un trozo de papel arrugado. No necesitaba más para saber que era la carta que Bakugou le dejó antes de emprender el último viaje que hicieron juntos. La conocía tan bien porque se la había leído al volver, cuando el chico aún no entendía su idioma.

La luz ya no era suficiente para leer la carta pero no lo necesitaba, se la sabía de memoria. Aún así la llevaba encima como un amuleto, casi se había convertido en una superstición. Se tocó el primer colgante que le dio el rubio y suspiró. Si se quedaba en silencio lo suficiente, parecía que volvía a escuchar su voz. Guardó la carta cuando apretó un poco más el viento sin poder evitar recordar lo que decía:


Yo no soy del tipo de persona que se enamora. No soy el tipo de chico que puede luchar contra el corazón duro que él mismo se ha impuesto. Soy frío en los momentos en los que debería dar calor y quemo a los demás cuando más necesitan un respiro. No soy capaz de luchar contra la soledad que me atenaza el corazón… entonces ¿por qué? Si solo hubiera escuchado a esa parte de mí que te gritaba, que te necesitaba… ahora estarías aquí, esto no sería más que una horrible pesadilla. Si hubiera leído las señales, si hubiera entendido los erráticos latidos de mi corazón… si solo… si solo… te hubiera dicho que te quería…


Nunca sabría si ese era el final de la carta o se tuvo que ir antes de terminarla. Daba igual, era una cosa con la que le gustaba atormentarse cuando pasaba por un mal momento. Miró por última vez al cielo, las estrellas estaban completamente visibles.

-¿Serás tú una de ellas? -se bajó de un salto y puso rumbo a la aldea.

Owari


Gracias por leer :3

Por cierto, aunque ha acabado ya, hay un pequeño epílogo que traeré proto. Si me dejáis algún review me haréis sentir muy feliz y lo traeré antes.