Capítulo 25:

Cuerdas

Se había despertado de mal humor. Había estado toda la noche soñando con antídotos e ingredientes para pociones, con dementores, elfos y dragones, se había despertado al menos unas tres veces y sentía que había estado librando una batalla campal en su cama. Le dolía la cabeza, tenía un sueño terrible y se sentía frutado sexualmente porque apenas tenía tiempo de ver a su novio y masturbarse mientras fantaseaba con la voz de Harry, susurrándole lo buen chico que era, no le había relajado en absoluto.

—Accio taza —murmuró. El objeto ni si quiera hizo amago de agitarse. Tal vez debería probar con algo más pequeño—. Accio cuchara.

Gruñó irritado, pasando una mano por su cabello, revolviéndolo en el proceso. No sabía porqué intentaba hacer eso tan temprano por la mañana, sí sabía que solo iba a lograr enfadarse todavía más. Y aún tenía un millón de libros por leer.

Qué genial todo, pensó con hastío.

Un ruido en la ventana le detuvo sus cavilaciones. Al girarse, vio una lechuza esperando para entrar. Frunciendo el ceño, abrió la ventana, dejando que el animal volase por la cocina para dejar lo que reconoció como un periódico enrollado en la encimera, antes de volver a salir por donde había entrado. Cuando se acercó para recogerlo, vio que había una nota adjunta:

"Me he tomado la delicadeza de enviártelo personalmente.

Con amor,

Tú querida Rita Skeeter"

Lo que le faltaba.

Desenrolló el periódico, sin sorprenderse ni un ápice al ver que se trataba de El Profeta. Lo que sí le dejó congelado fue el titular que se leía: "Los Malfoy se divorcian. ¿Su matrimonio era tan puro como su sangre?"

Draco cerró los ojos y exhaló profunda y lentamente. Había una foto de sus padres acompañando el anuncio. Salían juntos de un despacho de abogados situado cerca del Callejón Diagon, su madre con una expresión plana, sin dejar que ningún sentimiento se filtrase a través de ella, mientras que su padre era todo soberbia y altivez. Eran abogados especialistas en separaciones, así que no hacía falta tener demasiado ingenio para saber qué hacían sus padres allí. No leyó el artículo, por el contrario, fue hasta su habitación a buscar su varita e incineró el diario sobre la encimera de su cocina. Descartó su práctica de magia sin varitas para hacer su desayuno, y decidió prepararse un café de manera manual.

Solo podía imaginar lo indignado que iba a estar su padre y las repercusiones que iba a tener en él. Esperaba que ninguna, porque no estaba de un especial humor para aguantarle.

Dio un sorbo a su café, dispuesto a dejar todo ese asunto de lado y se centró en leer el Diccionario de Runas.

Su humor se fue apaciguando con el paso de las horas. Draco se encontró concentrado en sus apuntes, y le entró una vaga nostalgia de su época escolar, cuando se pasaba horas estudiando en la sala común de Slytherin. Se sintió satisfecho al final de la tarde, cuando estuvo completamente seguro de que había conseguido memorizar el diccionario casi por completo. No podía hacer magia sin varitas, pero al menos todavía tenía talento para retener información con rapidez.

Se estiró en el sofá, soltando un suspiro cansado. Miró hacia la mesa, observando los pergaminos y libros que había desperdigado por ahí. Tendría que ordenar un poco antes de irse a su cita con Harry. Se irguió para sentarse, mirando fijamente la pluma que había utilizado para escribir. Sabía que no iba a funcionar, pero aún así alzó su mano e intentó concentrarse antes de murmurar:

—Accio pluma

Abrió los ojos de par en par, aguantando la respiración mientras miraba con total asombro la pluma en su mano. Estaba en su mano. Joder, lo había conseguido. Dejó la pluma otra vez encima de la mesa y volvió a repetir el proceso, consiguiendo el mismo resultado. No se lo podía creer.

Toda la frustración, irritación y cansancio que había sentido durante todo el día se esfumó de repente. Se sentía como un niño haciendo un hechizo por primera vez.

Se levantó de un salto del sofá, corriendo hacia su habitación para vestirse con algo más elegante que su ropa de dormir. Había quedado con su novio para ir al cine y sabía que iba a llegar demasiado pronto a su cita, pero le daba igual. Tenía que enseñarle su logro. Con ese plan en mente, escogió una túnica decente, buscó su varita por todo el desorden de su casa y se apareció en casa de Harry.

No se sorprendió cuando el silencio y la oscuridad le recibieron. Se quedó de pie en el salón, observando como toda la casa parecía estar en la más auténtica calma. Ni si quiera había mirado que era hora antes de aparecer ahí. Quizás Harry no estaba en casa. Con una ligera desilusión en su estómago, se preparó para volver a su apartamento, cuando un ruido detuvo sus acciones. Reconoció el sonido inconfundible de la risa de su novio. Caminó por el salón, dirigiéndose al pasillo. Había una línea de luz que se colaba bajo la puerta del despacho de Harry. Se acercó lentamente, frunciendo el ceño cuando escuchó la alegre y amortiguada voz del moreno. ¿Con quién estaba hablando?

—Dame un segundo, Ren —escuchó que decía, una vez que ya estaba lo suficientemente cerca como para apreciar lo que decía.

La puerta se abrió antes de que tuviera oportunidad de llamar. Harry le recibió con una sonrisa, aunque su mirada era un poco extrañada.

—Llegas un poco pronto.

—Lo sé —contestó, sintiendo culpable por haberle interrumpido, dejando un beso en los labios de su novio—. Quería enseñarte algo.

—No pasa nada —Harry dio un paso hacia atrás para dejarle pasar, señalando al hombre que en ese momento se levanta del sillón donde había estado sentado—. Ren ha decidido honrarme con su presencia. Renaud, él es Draco, mi novio.

A Draco no le hubiera hecho falta esa aclaración porque lo reconoció nada más verle. Era el hombre del recuerdo que le había regalado Harry, el cual había visto ya demasiadas veces. Renaud tenía el cabello más oscuro de lo que había imaginado, siendo casi de un color castaño claro en vez de rubio como había imaginado, pero lo mantenía en la misma coleta alta que había visto en el recuerdo. Sus ojos eran azules, su sonrisa parecía amigable, sus gestos eran distinguidos y, al hablar, su voz era igual de grácil que la primera vez que lo había escuchado.

—Creía que nunca iba a tener el placer de conocerte —dijo Ren, acercándose a él para extender su mano—. Empezaba a pensar que eras fruto de la imaginación de Harry.

—Qué gracioso —murmuró el aludido.

—Encantado de conocerte —respondió, estrechando su mano.

La magia de Ren era sutil y parecía arremolinarse a su alrededor como una corriente de aire. Debía admitir que era un tanto agradable.

—Qué acento tan encantador —halagó, alzando las cejas con sorpresa mientras soltaba su mano. Parecía realmente fascinado. Luego se giró hacia Harry—. ¿Por qué tú no hablas así? Ni si quiera parece que seáis del mismo país.

Harry puso los ojos en blanco, enviándole una mirada irritada al otro.

—Draco es mucho más elegante que yo.

Ren sonrió cuando se volvió hacia Draco, observando su rostro con detenimiento. Intentó que su expresión no reflejase lo nervioso que le ponía el escrutinio.

—Tenía mis dudas de que pudieras conseguir un novio, pero supongo que nada se interpone ante Harry Potter, ¿no?

—No me lo puso muy fácil, la verdad.

—Podría habértelo puesto mucho más difícil —replicó Draco con una mirada engreída.

El moreno se apoyó sobre el borde de su escritorio, cruzándose de brazos, con una sonrisa entre cariñosa y altanera.

—¿Y haberte resistido a mis innumerables encantos?

—No son tantos, Potter —replicó, negando con la cabeza, haciendo que su novio riese.

—Mientes fatal. Sé que te encanto.

—Bueno, ¿no es magnífica toda esta tensión sexual que tenéis? —rió Renaud, mirando entre los dos. Draco se guardó la réplica que tenía en la punta de la lengua, sonrojándose por lo que él francés acababa de decir— ¿Desde cuándo os conocéis?

—Desde que teníamos once años.

—Oh, dejadme adivinar —comentó, luciendo divertido—. Os enamorasteis cuando erais críos.

Compartieron una mirada cómplice, antes de que Harry contestase.

—Al contrario, nos odiábamos en realidad.

—En mi defensa, diré que yo sí quise ser su amigo, pero Harry me rechazó.

El aludido le miró incrédulo, aún su boca se curvaba en una sonrisa.

—¿Cómo no te iba a rechazar? Eras insoportable.

—¿Yo? Tú fuiste quien me dio de lado por Weasley.

Un carraspeo detuvo su discusión. Draco parpadeó, ligeramente avergonzado por haber olvidado que Ren seguía allí y que los observaba realmente entretenido.

—No me importaría continuar con esta amena charla —dijo, riendo por lo bajo—, pero tengo que volver a casa. Harry, ya hablaremos mañana en la oficina sobre el caso, y espero que puedas venir la semana que viene al club. Espero que podáis venir ambos, de hecho.

—Estaré allí —prometió Harry, abrazando brevemente a su amigo.

—Encantado de conocerte, una vez más. Siento no tener más tiempo para charlar.

—No te preocupes. Ha sido un placer.

Draco sonrió y estrechó su mano de nuevo a modo de despedida. Hubo un par de cosas que había dicho Renaud que le había paralizado. Se giró para mirar a Harry en cuanto Ren se marchó por la red flú.

—¿Vas a ir a su club? —preguntó.

—Es el cumpleaños de Nina, que aparte de ser la socia de Ren, también es mi amiga —Harry extendió una mano, invitándole a acercarse a él. Draco la aceptó sin dudarlo un segundo—. No hace falta que vengas si no te sientes cómodo.

No quería ir. El último plan que tenía en mente era ir a un club de BDSM para ver a desconocidos reproduciendo escenas mientras él miraba como un voyerista.

—No sé si me gustaría ver a gente haciendo... ya sabes.

—¿Qué? ¿Ver a personas atadas a cruces y siendo azotadas?

Entrecerró los ojos y se cruzó de brazos ante el tono condescendiente de Harry.

—Sí, precisamente eso.

—El club de Ren no es así —respondió Harry con voz mucho más suave y comprensiva, apoyando sus manos sobre la cintura de Draco para atraerle un poco más cerca—. Hay salas privadas para hacer eso. Ya lo has conocido, es demasiado pretencioso para dejar que su club sea como cualquier otro. Y Nina es una artista que le gusta mostrar su arte a través de las personas y el sexo.

—Ya veo —murmuró, aún no muy convencido. ¿Estáis trabajando en un caso Ren y tú? —preguntó, decidiendo cambiar de tema.

—En caso internacional. Ren es el Auror encargado dentro del MACUSA y aquí me toca a mi.

—¿Eso significa que es grave?

Harry sonrió ante su voz preocupada, negando ligeramente con la cabeza.

—Un poco. Te diría más, pero es confidencial — el moreno le regaló una mirada de disculpa, que se convirtió en una entusiasmada cuando volvió a hablar—. Cuando seas Infable ya no tendremos este problema, porque dejaré de ser tu jefe y tendrás competencia para investigar los casos.

Draco se estremeció y una sensación cálida se alojó en su interior al escuchar la frase. "Cuando seas Inefable...", había dicho. No "Sí llegas a serlo". Lo daba ya por sentado, sin ninguna duda, como si confiase en él al cien por cien.

—Tengo que enseñarte algo —dijo, recordando porque había ido allí en primer lugar.

Se separó de Harry, buscando una pluma en su escritorio que pudiera utilizar. La dejó encima de la mesa, respiró hondo, alzó una mano y rezó para que le saliese bien y no quedase en ridículo.

—Accio pluma.

Exhaló con fuera y su rostro se rompió con una gran sonrisa cuando la pluma viajó hasta su mano. Miró a Harry, quien a su vez lo observaba con unos ojos verdes brillantes y orgullosos.

—Sabía que al final lo dominarías —exclamó, abrazándole con fuerza—. Creo que deberíamos celebrarlo con una buena botella de vino.

Draco cerró los ojos cuando Harry le besó, intentando no gemir. Su estómago se apretó y la sangre se agolpó rápidamente en su entrepierna. Apenas era consciente de que había dejado caer la pluma para poder envolver los brazos alrededor del otro.

—O podríamos celebrarlo con algo mejor. Creo que me lo merezco —jadeó.

—Si lo que quieres es que te incline sobre mi escritorio y te folle hasta que olvides tu nombre, puedes pedírmelo.

Su garganta emitió un sonido estrangulado. No contestó, porque en cuanto los dientes de Harry rasparon la piel de su cuello, se le olvidó incluso porqué había ido allí.


Nueva York era enorme y caótica. A pesar de ser de noche, todavía había un montón de gente en la calle, en los bares, en los parques o por cualquier sitio que mirase. El puente de Brooklyn era alucinante y Draco había quedado impresionado con el paisaje que podía admirar desde los miradores. Harry había sobrellevado toda su emoción con una paciencia admirable. Incluso cuando había insistido en subirse al ferri de State Island. Le había hablado de su antigua vida en la ciudad, de su trabajo en el Ministerio Estadounidense, de cómo era el cuerpo de Aurores allí, dónde estaban los restaurantes con las mejores vistas y cuáles eran sus lugares favoritos, lo cual había desembocado en una promesa de volver a la ciudad en otra ocasión en la que tuvieran más tiempo.

Ahora, sin embargo, toda esa exaltación a lo desconocido se había extinguido y había dado paso a un nerviosismo que lo tenía inquieto. Caminaban de la mano por una avenida enorme de la que no recordaba en nombre y, mientras avanzaban, Draco podía sentir que su corazón cada vez latía más rápido.

—¿Cual será la temática de la fiesta, entonces?

Harry le había dicho que creía que la temática le iba a gustar, pero Draco no se había atrevido a preguntar porque ya se sentía demasiado vacilante con su decisión de acudir al club de Ren y temía arrepentirse si Harry le decía lo que iba a ver allí.

—Se trata de Shibari.

Frunció el ceño, mirando a su novio con confusión.

—¿Qué es eso?

—Es un estilo de bondage japonés. Se realiza base de ciertas técnicas concretas, utilizando cuerdas o telas de fibras naturales, generalmente. Es muy estético y en Japón se considera un arte porque a diferencia del bondage, que tiene la única finalidad de inmovilizar, el Shibari se destina a que sea algo hermoso sobre todas las cosas. Ni si quiera está destinado a que la persona atada esté inmovilizada, se enfoca más en que la gente aprecie el conjunto estético que forma esa persona con las técnicas que utiliza un maestro en las cuerdas.

Había pasión en la voz de Harry y sus ojos parecían iluminarse con un sentimiento enardecido mientras hablaba.

—Te gusta, ¿no? —dijo, sonriendo un poco. Era la primera vez que veía a Harry tan entusiasmado.

—Es mi principal fetiche, la verdad —admitió, con una expresión culpable—. Creo que el Shibari te gustará.

Draco asintió. Sorprendentemente, la explicación de Harry había conseguido calmarle en lugar de ponerle más nervioso. Ahora que estaba seguro de que no iba a ver nada demasiado fuerte, se sentía un poco más sereno.

El club resultó que se llamaba Liens* lo que hizo que Draco soltase un risa nada más verlo. Debería habérselo imaginado. La entrada era oscura, aunque tenía una puerta de cristal en la que solo se veían unas escaleras que daban a un piso inferior. Apretó la mano de Harry cuando traspasaron las puertas y avanzaron hacia abajo. Había música tranquila y agradable de fondo y todo estaba iluminado por luces azules o violetas que, reflejadas por las paredes negras brillantes, creaban una atmósfera inusualmente íntima.

Entendió a lo que Harry se refería en cuanto descendió del último escalón. Sus ojos parpadearon antes una sala diáfana con paredes grises oscuras. Se podía escuchar un música tranquila de fondo y habían tiras de luces en el suelo que delimitaban varios pasillos por donde paseaban mucha más gente de la que habría pensado, aunque lo que más le llamó la atención y lo que le hizo abrir la boca con impresión fueron los cubículos con paredes transparentes donde habían personas expuestas.

—Realmente no bromeaste cuando dijiste que esto parecía un museo —murmuró.

Alguien se acercó para ofrecerse champán que Draco rechazó porque sintió que el alcohol no iba a ser una ayuda en ese momento.

Lo que hizo, en cambio, fue observar con auténtica conmoción a una chica dentro de uno de los cubículos de cristal. Estaba arrodillada en el suelo, con la cabeza gacha y con el cabello castaño recogido en una coleta baja que caía por su espalda. Vestía únicamente ropa interior de encaje negro y se encontraba atada con una cinta del mismo color. La cuerda estaba alrededor de su cuello y sus hombros, haciendo que la parte superior de sus brazos quedasen pegados a sus costados, y se enredaban en su estómago con un intrincado patrón de nudos que creaban un dibujo abstracto.

—¿Qué te parece?

Desvío su atención a Harry, quien le observaba midiendo su reacción.

—Es... curioso —respondió, a falta de una palabra mejor. No le extrañó que su voz soñase un poco sin aliento.

—Podemos irnos si quieres.

—No —Draco sonrió, intentando eliminar la preocupación del rostro de su novio—. Está bien. Solo es un poco sorprendente.

Harry asintió, aunque no se veía demasiado convencido. Podía sentir su mirada sobre él mientras caminaban por el pasillo. Había otra chica en el siguiente espacio, esta vez suspendida entre cuerdas simples. Lo que más le fascinó fue la posición en la que se encontraba. Estaba sentada en el aire, con las piernas cruzadas como si hubiera una silla debajo de ella, aunque no era así. Sus brazos estaban doblados sobre su pecho, con la mano derecha en su hombros izquierdo y viceversa, tapando sus senos. Tenía los ojos vendados pero eso no le impedía admirar que su expresión era orgullosa.

—Harry —se dio la vuelta, encontrando a una mujer que abrazó a su novio nada más verlo. Era asiática, llevaba el cabello trenzado que caía por su espalda y vestía con vaqueros y una camiseta de algunas tallas más grandes—. Me alegro de que hayas podido venir.

—Feliz cumpleaños, Nina —respondió, soltando la mano de Draco para corresponder el abrazo.

—Tú debes de ser Draco —comentó ella, dando un abrazo que le tomó por sorpresa—. Ren me ha hablado de ti. Tenía razón al decir que eres precioso.

—Encantado de conocerte y felicidades.

—¿Eso ha dicho Ren? —cuestionó Harry, como ojos entrecerrados y la burla en su voz.

—No me digas que te has vuelto celoso ahora que tienes novio —esbozó una pequeña sonrisa divertida al ver a Harry bufar mientras rodaba los ojos, aunque no lo negó—. ¿Os está gustando la exposición?

—Está genial, Nina.

—Es fascinante —coincidió Draco con sinceridad.

Ella les sonrió brillantemente a los dos. Parecía extremadamente jovial y demasiado efusiva para su gusto.

—Se te ha echado de menos por aquí —le dijo a Harry—. Las exposiciones ya no son lo mismo ahora que no participas.

—¿Participabas en las exposiciones? —cuestionó. Ni si quiera sabía porqué se sorprendía a esas altura. Su novio realmente no mentía al decir que lo había probado todo.

—Un par de veces.

—Harry hace los nudos más bonitos que he visto jamás —comentó con voz soñadora—. Si me los hubierais dicho, os hubiera guardado un espacio para vosotros. Apuesto a que te verías fantástico, Draco. Tienes una piel maravillosa.

—Gracias —murmuró. Nina le sonrió enormemente, ajena a su incomodidad.

—Avisadme la próxima vez. Será un placer teneros aquí —ella miró por encima de su hombro. Su rostro se iluminó y pronto estaba abrazándoles de nuevo a modo de despedida—. Disfrutad de la explosión, chicos.

Nina se marchó antes incluso de que pudieran responder, yendo a saludar a alguien más. Draco alzó las cejas, sin saber qué pensar.

—Ella es un poco... —excéntrica, pensó.

—Diferente —terminó Harry por él—. A veces me recuerda a Luna Lovegood.

Asintió, completamente de acuerdo.

Caminaron por la sala con calma, deteniéndose cuando Harry le explicaba algo interesante sobre el tipo de ataduras o los diferentes materiales de cuerdas. Debía admitir que el moreno tenía razón, porque lo que veía era ciertamente un arte, tanto por la persona que ataba, como por la persona que era atada.

Draco miró con extrañeza hacia un grupo de gente que contemplaba uno de los cubículos. Hasta ahora, había visto a personas caminando alrededor como estaban haciendo ellos, parándose durante unos segundos para observar con más detalle, pero en ningún momento había observado que la gente se detuviese por completo para admirar a alguien.

Eso significaba que había algo interesante ahí.

Se dirigió al lugar, movido por su curiosidad. Cuando llego allí, se dio cuenta de porqué la gente se detenía para mirar.

Había un chico suspendido en el aire gracias a las cintas blancas que ataban sus piernas desde la cintura hasta las rodillas, que se balanceaba como si estuviera sentado en un columpio. Sus pies se agitaban y su boca sonreía alegre, iluminando su mirada azul. Tenía la piel ligeramente bronceada, lo que hacía que contrastase con la claridad de las ataduras.

Draco estaba pasmado ante la escena.

—Parece que se lo está pasando bien ahí dentro —opinó, viendo cómo el chico incluso saludaba de manera alegre a las personas que le miraban.

—A todos los que están ahí les gusta exhibirse, por eso lo hacen. Créeme, Ren es muy riguroso con el consentimiento.

—¿Lo harías conmigo?

No supo qué fue lo que le llevó a preguntar eso. Quizás fue el imaginarse a su novio en esa situación o el hecho de que estaba empezando a confiar tanto en él que la idea de verse atado no le asustó como creía que pasaría.

Harry no tardó en negar con la cabeza, lo cual le hizo sentirse levemente ofendido.

—Te dije que no iba a compartirte con nadie, y me refería al amplio sentido de la expresión —Harry le observó intensamente, antes de susurrar en su oído—: Eres un placer solo para mi vista.

Sintió que sus mejillas se calentaban y miró a su alrededor para confirmar que nadie les presagiaba atención. Le empujó para que siguiese caminando, intentando fingir que su aclaración no le había entusiasmado.

Al final, se encontró disfrutando de su tiempo en el club. Leer su libro sobre bondage y disciplina ya había generado en él una leve curiosidad, pero ver a gente practicándolo activamente le había provocado un sentimiento de anhelo más grande de lo esperado.

—Creo que aún en algún momento me gustaría intentarlo —dijo, una vez que volvieron a las calle de Nueva York.

—¿Atarte?

—Sí —contestó con sinceridad—. Además, me gustaría ver si Nina tiene razón y realmente eres tan bueno.

Harry se carcajeó y después guardó silencio, luciendo pensativo para finalmente sonreír prometedor.

—Podríamos intentar algo. No pronto, sin embargo —afirmó, pero no dijo nada más.

—Nunca es pronto para ti —se quejó.

Draco puso los ojos en blanco, aunque internamente estaba más emocionado de lo que podría llegar a admitir en voz alta.

—0—

*Liens: vínculos, ataduras.

Siiieeeento llegar tarde.

He tenido un día de locos y por mucho que lo he intentado, no he encontrado tiempo para actualizar.

No se puede decir que esté actualizando el viernes, ya que ahora mismo son es la 1:18 de la mañana, ya en sábado, pero prometo actualización los viernes y aquí esta, aunque esté a punto de caerme del sueño.

En realidad quería subir este capítulo mucho antes porque me hacía ilusión escribir sobre Ren y sobre el Shibari (no creáis que tengo experiencia en esto, solo lo leí en Google y me parecía interesante) pero nunca encontraba el momento oportuno para encajar esta parte de la historia. Espero que haya quedado bien, al final.

Y con esto y un bizcocho, me voy a dormir.

¡Hasta el viernes que viene!