Naruto Y Hinata en:
LA JOYA DE BYAKUGAN
11. Siéntelo
—Lleva los caballos a la parte de atrás y ocúpate de ellos —le ordenó Naruto en cuanto alcanzaron la cabaña—. Reúnete conmigo dentro cuando hayas acabado.
Ella obedeció, reticente. Si le dijera que prefería esperar fuera, con los animales, ¿se enfurecería? Decidió no tentar a la suerte, así que hizo lo que le había pedido. Aunque, eso sí, se demoró todo lo posible para retrasar el momento de entrar.
Cuando al fin se reunió con él en el interior, lo encontró conversando con dos mujeres. Una de ellas era mayor, una anciana con la cara tan arrugada que Hinata temió ser desconsiderada por mirarla tan fijamente. La otra, sin embargo, era una moza joven, de cabello pelirrojo y rasgos muy hermosos, aunque algo exagerados para su gusto. Los labios eran demasiado carnosos y tenía los pómulos muy pronunciados. Poseía además unos pechos enormes que, para colmo, quedaban expuestos en el descarado escote de su blusa.
—Pasa, Hin, no te quedes en la puerta —lo animó el laird, que de pronto parecía estar de un humor estupendo—. Estas buenas mujeres son amigas mías. Ella es Iona y esta su hija, Thonia. Almorzaremos aquí... nos tratarán bien. Muy bien.
Había un deje extraño en el tono de Naruto. No hizo más que corroborar su mal presentimiento. ¿Qué estaban haciendo allí, en una cabaña donde solo vivían dos mujeres? Se fijó en que Thonia tenía sus ojos verdes clavados en ella y se estremeció.
Era una mirada parecida a las que Suiren le solía dedicar..., pero no era igual. Esta era, de lejos, mucho más espeluznante.
Intentó obviar que el ambiente se había vuelto de repente muy denso, casi irrespirable, y se acomodó en el lugar que el laird le indicó para comer. Enseguida, la vieja Iona les sirvió uno de sus mejores menús, según palabras del propio Naruto: carne de pato en salsa con salteado de puerros, y Thonia les colocó delante dos sendas copas de vino. Después, los dejaron a solas para que dieran buena cuenta de la comida.
—¿No bebes? —le preguntó el laird, en un determinado momento.
—Prefiero tener la mente despejada, mi señor, por si me necesitáis después.
Los ojos azules de Naruto se clavaron en los suyos, consumiendo el aire a su alrededor.
—Bebe.
—Pero, laird...
—Bebe un buen trago de vino, Hin, lo vas a necesitar.
—¿Por qué?
—Haces muchas preguntas, ¿nunca te lo ha dicho nadie?
—Sí.
Era cierto. Sus hermanos y su padre, incluso su querida Natsu, ya se lo habían reprochado en alguna ocasión.
—Apura tu copa, joven Hin. Hoy vas a convertirte en un hombre.
Hinata, que ya había dado un trago al líquido tibio, se atragantó. Tosió y se puso colorada antes de poder preguntar de nuevo.
—¿Cómo habéis dicho, mi señor?
—Tranquilo, muchacho. No debes ponerte nervioso... —Acto seguido, haciendo gala de su falta de tacto, añadió, sin irse por las ramas—. Mira, Thonia es muy buena en la cama; ni yo, ni ninguno de mis hombres, hemos tenido queja de su trato. Sabe lo que se hace, no tendrás problemas con ella.
Hinata estaba a un paso de la histeria. ¿Esa era la idea que le rondaba al laird por la cabeza? ¿Encamarla con una mujer ducha en los menesteres del amor? ¿Para convertirla... en un hombre de verdad?
—No, mi señor. Os lo agradezco, pero yo nunca... yo jamás...
—¿Será tu primera vez? —Naruto lo contempló con una sonrisa condescendiente—. ¡Ya lo imaginaba! ¿Por qué crees que te he traído aquí? No eres el primero al que Thonia desvirga, ya te lo he dicho, es muy hábil.
—Pero yo no puedo, yo nunca he visto...
No sabía ni qué decir. ¿Cómo iba a librarse de aquel entuerto? La descubriría, sin duda, y su cólera sería tal, que le rompería el cuello sin miramientos.
Naruto bebió también de su vino mientras estudiaba su expresión de pánico.
—Chico, ¿vas a decirme que nunca has visto a una pareja copulando? ¿Dónde has estado metido? ¿Kizashi y Mebuki no lo hacen en vuestra choza?
Hinata negó con la cabeza, demasiado mortificada como para hablar. Comprendía que, entre las clases más bajas, los campesinos o los sirvientes como sus padres adoptivos, era normal hacer vida marital en la misma habitación que compartían con sus hijos. Pero ella, en Byakugan, tenía su propia alcoba y había sido criada como una dama.
Sus oídos jamás habían escuchado los pormenores de aquel acto entre parejas... Es más, se suponía que debían respetar su inocencia y su pureza, por eso nadie la había instruido en tales cuestiones. ¿Cómo iba a sospechar que alguna vez echaría de menos que alguien la hubiese ilustrado al respecto? Así, al menos, sabría qué demonios esperaba el laird de ella... de él... ¡En menudo lío se había metido!
Se levantó, presa de una náusea que apenas podía controlar. Salió corriendo de la cabaña y vomitó la deliciosa comida a unos pasos de la puerta.
Naruto, que había salido tras ella, contempló con fastidio su reacción.
—De acuerdo... Tal vez he querido ir muy rápido, Hin. Pensé que tenías más mundo, pero está visto que no. —Se acercó hasta ella y le dio unas palmadas en la espalda en lo que pretendía ser un gesto de confianza entre hombres—. Haremos una cosa: hoy solo mirarás.
—¿Cómo? —preguntó en un graznido, mientras se limpiaba la boca con el dorso de la mano.
—Dices que no sabes, que nunca lo has visto. Le pondremos remedio... y después ya no tendrás excusa. Es más, estoy convencido de que, si tienes lo que tienes que tener, después querrás hacerlo tú también. Tu cuerpo reacciona por sí solo cuando ves a otra pareja... ya lo comprobarás.
A Hinata se le secó la boca. Tuvo que soportar que el enorme brazo del laird le rodeara los hombros y la condujese, como si se tratase de un amigo de toda la vida, de vuelta a la cabaña.
—¿Hay algún problema, mi señor? —preguntó Thonia, cuando ambos entraron en el salón. Cerca de ella estaba la anciana, que los miraba retorciéndose las manos con ansiedad.
—¿Mi hija no es del agrado del muchacho?
—Todo lo contrario, Iona —contestó Naruto—. Su belleza es excesiva para la timidez de mi pequeño amigo. Esta tarde se limitará a observar... y a aprender.
La joven pelirroja esbozó una sonrisa más que complacida al enterarse de que el revolcón se lo daría el laird de los Namikaze, y no un triste chico imberbe sin experiencia. Hinata notó un sabor amargo en la boca al percatarse de la mirada incendiaria que la mujer le lanzó a Naruto. Y hubiera jurado que no era por la bilis que acababa de expulsar. ¿En serio debía presenciar lo que estaba a punto de ocurrir entre esos dos?
Thonia se acercó a ellos, contoneando las caderas de manera exagerada, y tomó la mano del laird para conducirlo a su alcoba. Hinata ya se había fijado en que, aunque la cabaña no era muy grande, aparte del salón había dos habitaciones más. Supuso que, si la mujer se dedicaba a ese oficio, la intimidad era más que necesaria.
—Ven con nosotros, Hin.
La orden del laird sonó rasgada, tal vez algo ausente. Hinata se dio cuenta de que él miraba el trasero de Thonia y parecía tener ya todos sus sentidos puestos en lo que iba a ocurrir en el interior de aquella alcoba. ¿Se daría cuenta si ignoraba la orden, si se quedaba con la anciana al otro lado de la puerta, al calor del fuego de su hogar mientras él saciaba sus apetencias carnales?
—Hin.
Pues sí. Se había dado cuenta de que sus pies no querían caminar. Les siguió a duras penas, con el corazón en la garganta y el estómago vuelto del revés. No estaba preparada para ver lo que estaba a punto de ocurrir allí dentro.
Nada más entrar, Thonia cerró la puerta y se aproximó a ella... demasiado. Tanto, que sus carnosos labios rojos depositaron un húmedo beso sobre su boca.
—Puedes sentarte ahí, pequeño Hin —le susurró, con la voz empalagosa como la miel.
Contuvo las ganas de limpiarse aquel beso y se movió, tensa como la cuerda de un arco, hasta colocarse donde la mujer le indicaba. Era una pequeña butaca de piel de oveja, en una esquina de la habitación. Cuando sus ojos lograron enfocar algo, después de salir del estupor que la embargaba, se fijó en que el laird ya se estaba quitando la camisa por encima de la cabeza.
Varios mechones de pelo le cayeron sobre la cara y Hinata supo que, para apartarlos, Naruto utilizaría ese ademán tan suyo que ya se sabía de memoria. Se sorprendió al darse cuenta de que conocía a la perfección los gestos del laird, sus ceños fruncidos, sus escasas sonrisas. Y aún se sorprendió más cuando fue consciente de que le gustaba sabérselo de memoria, como si de ese modo ella tuviera, de alguna extraña y retorcida manera, un vínculo más especial que el que pudiera tener con él cualquier mujer...
Tembló de pavor al comprender que el calor que sentía en la boca del estómago era puro anhelo. Tal vez incluso celos.
Envidió las manos de Thonia, que podían tocarlo con libertad. ¡Y vaya si lo hacía! La descarada no dejaba un palmo de piel sin explorar mientras lo desnudaba. También usaba su boca. La paseaba por el pecho del laird, lo saboreaba con la lengua y depositaba húmedos besos por donde pasaba. Envidió también sus labios, y cada parte de su cuerpo que Naruto acariciaba. Una vez pensó que ser tocada o abrazada por ese hombre tenía que ser horrible; mas, al ser testigo de cómo las manos del laird se movían, posesivas, suaves y rudas al tiempo, deseó poder sentir durante un instante lo mismo que debía estar sintiendo Thonia.
—Mi señor... —gimió de pronto la pelirroja, cuando él la apretó contra su cuerpo sujetándole el trasero con ambas manos.
—Quítate la ropa —ordenó Naruto, con la voz ronca.
La mujer se giró hacia Hinata con una sonrisa lasciva en su hermoso rostro, y se deshizo de todo lo que llevaba encima con movimientos lentos y pausados, sin dejar de mirarla a los ojos. Al verla completamente desnuda, Hinata enrojeció hasta que la cara le ardió como si tuviera fiebre. Había estado tan concentrada en los ojos verdes de Thonia, que no se había percatado de que Naruto también se había desprendido de las calzas y de las botas. Su mirada curiosa recayó en la entrepierna masculina y descubrió, fascinada, que el miembro del hombre era el triple de grande que esa mañana en el lago y que se levantaba hacia arriba como si tuviera vida propia.
Cuando Thonia se volvió hacia él, y le agarró justo ahí mientras buscaba su boca para besarlo con frenesí, Hinata sintió un ahogo. Miraba, con los ojos a caballo entre el espanto y el asombro, cómo ella lo acariciaba. Quería salir corriendo para no verlo, pero también ardía en deseo por acercarse más y no perderse detalle. Ese hombre conseguiría condenarla al fuego de los infiernos, porque estaba convencida de que aquello estaba mal. No tendría que estar observando esa escena, no era más que lujuria y perversión... y Naruto había logrado despertar en su interior un interés morboso por saber qué era lo que venía a continuación.
Cuanto más lo acariciaba Thonia, de aquella manera tan íntima, más sonidos perturbadores brotaban de la garganta del laird. La estaban matando aquellos gemidos, lograban que su estómago se contrajera y que notase un latido extraño mucho más abajo, entre las piernas. Sintió la necesidad de tocarse para intentar aliviar la tensión que se acumulaba cada vez más en esa zona, pero tenía miedo hasta de respirar...
Y le costaba. Jadeaba en silencio, con los labios entreabiertos, sin apartar la vista ahora de la mano del laird, que también acariciaba a Thonia masajeándole los enormes pechos, para bajar luego por su estómago hasta rozarle los rizos pelirrojos del pubis. Tuvo que morderse el labio inferior para ahogar una exclamación cuando vio cómo dos de los dedos masculinos penetraban en el interior de la mujer.
Thonia sí gritó de gusto y Hinata se removió inquieta en la butaca, notando cómo sus pechos se volvían más pesados y se apretaban contra el vendaje que los oprimía. ¡Dios Todopoderoso, Naruto tenía razón! Su cuerpo reaccionaba solo, como si quisiera participar también del placer de la pareja.
A continuación, el brazo que le quedaba libre al laird ciñó la cintura de la mujer para sujetarla y ella, como si leyera su mente, se arqueó hacia atrás dejando sus pechos aún más expuestos. Naruto bajó la cabeza y tomó uno de ellos con la boca, lo que consiguió que Hinata se tensara y apretara las piernas, muslo contra muslo. Se humedeció los labios y tragó saliva con dificultad. El corazón le palpitaba como el de un caballo al galope. ¿Era posible que todos sus sentidos clamasen de añoranza? Porque así se sentía, como si echara de menos de manera dolorosa lo que Thonia recibía, lo que Thonia acariciaba, lo que Thonia debía estar sintiendo, a juzgar por sus gemidos.
Se encontró fantaseando de pronto, imaginando lo que supondría ser ella... Podría sentir el fuerte brazo del laird rodeándola, la lengua en sus pezones, por toda su piel. Podría experimentar la sensación de tener sus dedos tocándola ahí abajo, ¡colándose en su interior!, donde la tensión era ya insoportable...
Un sonido extraño y desconocido brotó de su propia garganta sin pretenderlo. Fue lo bastante audible como para llamar la atención de Naruto, que levantó la cabeza y la miró con los ojos nublados por la pasión.
De inmediato, Hinata quedó atrapada en aquella mirada intensa y poderosa, llena de fuego. Se avergonzó de sentir lo que sentía, de que él la hubiera escuchado gemir, de tener que darle la razón cuando le dijo que querría unirse a ellos...
—Acércate, Hin.
La voz del laird sonó rasposa, pero tan convincente que no admitía réplicas.
Puso a Thonia frente a ella y él se colocó en la espalda de la mujer, mirándola por encima de sus lechosos hombros. Hinata se levantó como pudo de la butaca y dio unos pasos hacia ellos, totalmente prendada de la mirada azul oscura del laird. En ese momento, no comprendió el riesgo que corría. La mirada de Naruto la mantenía completamente subyugada y las nuevas emociones que gobernaban su cuerpo virgen anulaban su voluntad.
Cuando estuvo lo bastante cerca, él apresó una de sus muñecas y guió su mano hasta uno de los pechos de Thonia. Fue de lo más extraño. Estaba tocando a esa mujer, palpando la turgencia de aquel seno generoso y pleno, pero lo único en lo que podía concentrarse era en el calor que la mano del laird le trasmitía a su brazo.
Thonia echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de Naruto, y gimió como si sus torpes caricias la complacieran.
—Muy bien, Hin —susurró el hombre—. Te gusta, ¿verdad?
Hinata apartó los ojos de los de él un momento, solo para fijarlos en su boca dura. Y deseó... ¡Oh, por todos los infiernos! Deseó que Thonia no estuviera entre ellos para así poder pegarse a ese enorme cuerpo desnudo y cálido que tironeaba de sus entrañas con insistencia. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía desear fundirse con la piel de un hombre al que había detestado justo hasta la noche anterior? ¿Cómo podía estar muriendo por recibir las mismas atenciones que una prostituta?
Y entonces, como si respondiera a cada uno de sus más prohibidos y vergonzosos deseos, Naruto la acarició.
No a Thonia.
A ella.
No recordaba nunca haber vivido nada tan excitante. El fuego encendido en el hogar arrojaba una luz ambarina sobre el cimbreante cuerpo de Thonia, como siempre delicioso, tibio, apetecible. Y sus manos hábiles, sus labios generosos y sus gemidos eran tan provocativos como de costumbre. Sin embargo, ser consciente de la presencia de Hin en aquella habitación lo estimulaba más que cualquier otra cosa. Notaba la mirada del chico sobre ellos y, aunque no había querido mirarlo, sabía que él también participaba de aquella escena sin perderse detalle.
Cuando escuchó el ruidito que escapó de su garganta supo que el muchacho estaba excitado. Entonces cometió el error de mirarlo, y de pedirle que se acercara. La cara de Hin estaba transida de pasión. Sus ojos delataban el asombro y la fascinación que debía de estar sintiendo. Lo guió para animarlo, para que supiera lo que se sentía al acariciar íntimamente a una mujer.
Sus labios entreabiertos dejaban escapar el aire entre pequeños jadeos y su delicada mano, acariciando con titubeos el pecho de Thonia, fue más de lo que pudo soportar. Con todo, lo que le llevó a un paso de perder su autocontrol fue descubrir que Hin continuaba mirándolo a él. No se fijaba en Thonia, no le prestaba la más mínima atención. Los ojos del chico, abiertos, brillantes, plateados, estaban clavados en los suyos... Aquel demonio con cara de duende lo deseaba, a él, y por todos los infiernos, Naruto también encontraba más suave y tentadora la piel del brazo que sujetaba que la de la mujer que se encontraba entre ambos.
Por eso, tal vez, sin darse cuenta, movió sus dedos en dirección ascendente, desde su muñeca hasta el codo, arrastrando la tela de la camisa hacia atrás para disfrutar del aterciopelado tacto de aquel antebrazo. Le resultó increíble; al contacto con la piel de Hin, su cuerpo reaccionó como si le hubieran dado un latigazo. Notó una flama que le recorrió desde las yemas de los dedos hasta el pecho, y bajó como un rayo hasta su entrepierna, consiguiendo que su erección se tornase dolorosa. Tuvo el súbito impulso de apartar a Thonia para que nada lo separase del pequeño duende que encendía sus sentidos y lograba que se sintiera más vivo...
Entonces Hin dio un paso atrás, con los ojos desorbitados, y la realidad le cayó encima como un jarro de agua fría.
La cólera contra sí mismo arrasó su ánimo y le agrió el momento.
—¡Lárgate de aquí! —siseó entre dientes, apartando su mano como si la piel de Hin quemara.
Por suerte no hizo falta que lo repitiera. El chico salió de la estancia como alma que llevaba el diablo y Thonia se giró hacia él, rodeándole el cuello con los brazos, malentendiendo la situación.
—No os aflijáis, mi señor. No sois el único al que no le gusta que lo miren mientras yace con una mujer. El muchacho ya aprenderá, todos lo hacen, tarde o temprano...
Naruto agradeció que ella no se hubiera percatado del verdadero problema e intentó concentrarse en su lengua, cálida y algo picante, que siempre conseguía enajenarlo lo suficiente como para olvidarse del resto del mundo.
Justo lo que él necesitaba en esos momentos. En aquella ocasión, para su total consternación, fue imposible. Cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de Hin. Y no podía dejar de comparar lo que sentía tocando a Thonia con lo que había sentido aquel breve instante acariciando la piel del chico. Gruñó contra la boca de la pelirroja y sus propios fantasmas lo espolearon para conducirse de una manera mucho más salvaje de lo que en él era habitual.
Agarró a la mujer por el pelo y le echó la cabeza hacia atrás sin miramientos para devorarle los labios. Tal vez si se mostraba más apasionado, más básico, mucho más rudo, pudiera reafirmar su masculinidad y sacarse de dentro el veneno que aquel pequeño duende le había inoculado...
La brisa fresca, preludio de la lluvia que amenazaba en el cielo, calmó el ardor de sus mejillas cuando salió de la cabaña. Su cuerpo estaba tembloroso y débil, el corazón le latía fuerte contra las costillas y el brazo, allí donde la mano del laird lo había acariciado, continuaba sensible. Hinata se detuvo a unos pasos de la puerta para recobrar el aliento e intentar serenarse. ¿Qué había ocurrido en aquella habitación? Estaba muy confusa... No le había supuesto ningún trauma toquetearle el pecho a esa mujer; después de todo, ella tenía también dos senos y conocía su tacto.
Pero hubiera preferido acariciar el pecho surcado de cicatrices de Naruto y apartar a Thonia, sacarla de esa estancia para que el laird le dedicase a ella toda su atención. Sintió que algo le pinchaba en el estómago y lo identificó como un creciente malestar por imaginarse lo que la pareja podía estar haciendo en aquellos momentos ahora que se encontraban a solas. ¡Por San Mungo, como diría Mebuki! ¿De verdad estaba celosa?
—Lo que haces es muy arriesgado.
Hinata se sobresaltó al escuchar la voz de la anciana. No la había oído llegar, mas allí estaba, a su lado, contemplando el paisaje que se extendía frente a la cabaña.
—¿Cómo dices?
—Tarde o temprano te descubrirá. ¿Qué crees que hará entonces? —La vieja arrugada la miró ahora y le clavó sus retorcidos ojos—. Me ha costado un poco darme cuenta, lo cual quiere decir que tu disfraz tiene mucho mérito. Esa cara sucia y esas ropas holgadas despistan bastante, pero he visto a demasiados hombres en mi vida como para no darme cuenta de que tú no eres uno de ellos.
Hinata tragó saliva, tratando de controlar el pánico.
—No me delates, por favor.
—Lo que no entiendo —prosiguió Iona—, es cómo el laird no se ha dado ya cuenta. Una vez conoces la verdad es tan evidente... Supongo que está cegado con su propia lucha interna.
—¿Qué lucha interna?
—Querida niña... Ha pasado algo ahí dentro, ¿verdad?
—Me ha echado.
—Mmm. Lo que suponía. Por eso no se da cuenta. Cuando los hombres vuelven sus ojos hacia dentro, preocupados únicamente por lo que les perturba, se pierden todo lo que sucede fuera de ellos mismos.
Hinata la miró sin comprender.
—¿A qué te refieres?
La vieja emitió un hondo suspiro y apartó los ojos para volver a perderlos en el infinito del paisaje.
—A fe mía que el laird no es el único que no se percata de lo que ocurre a su alrededor —susurró—. Te sugiero que le confieses la verdad cuanto antes, niña, o a la larga será peor.
Hinata negó con la cabeza, tozuda.
—No puedo, aún no.
—¿Por qué querría una joven como tú hacerse pasar por varón? ¿Huyes de algo... de alguien?
—Huyo de mí misma, Iona —contestó ella, con voz queda, rota por la pena—. Hay días en los que de verdad preferiría ser Hin nada más. Así no tendría pesadillas, ni estas ganas de venganza que consumen toda mi energía.
La mujer se giró hacia ella y la contempló largamente.
—¿Es el laird, por ventura, el causante de tu pena y el destinatario de tu odio?
—No estoy segura. Hasta ayer, así lo creía.
Iona abrió los ojos y chasqueó la lengua con pesar. Se acercó más a ella y cogió su mano antes de hablarle de nuevo.
—Déjame que te dé un consejo, niña. Por si no te has dado cuenta, el laird y tú...
—¡Hin, los caballos!
El vozarrón del Namikaze puso fin a la conversación. Había salido de la cabaña como un vendaval, colocándose las ropas, despeinado, sudoroso y agitado. Le dirigió una mirada que podría haberla convertido en sal, así que no dudó en correr hacia la parte trasera de la casa para encargarse de las monturas. Tal parecía que quisiera arrancarle la piel a tiras solo por existir, así que lo mejor era no darle motivo para ello.
Preparó los caballos y montó en el suyo antes de volver junto a él, pues presupuso que querría partir al instante. Aquel hombre no conocía ninguna de las fórmulas de la buena educación, así que tampoco esperaba que la dejara despedirse de sus anfitrionas como era debido.
Tal y como sospechaba, en cuanto estuvo a su alcance, el laird le arrancó las riendas de la mano para saltar sobre su montura y partir al galope, sin esperarla. Hinata solo pudo mirar a la anciana, que se había quedado tan pasmada como ella, y despedirse con un gesto de cabeza.
—Gracias por todo, Iona.
Dicho esto, salió en pos de aquel hombre temperamental y endemoniado.
Le costó trabajo ponerse a su altura, aunque nunca lo tuvo demasiado lejos. Parecía que Naruto trataba de mantener las distancias con ella, no permitía que le diera alcance, aunque tampoco la perdía de vista. Cuando por fin redujo la marcha lo bastante como para que se situara a su grupa, empezaron a caer las primeras gotas de lluvia. Hinata maldijo por lo bajo y supuso que él buscaría algún refugio...
Podía seguir soñando.
El laird continuó su camino como si tal cosa y, poco a poco, la tormenta arreció. En vista de que a Naruto no pareció importarle, Hinata se arrebujó en el tartán de los Namikaze dispuesta a aguantar esa cabalgada bajo el agua.
Después de una hora soportando aquel infierno, decidió que no podía detestar más a un hombre. Estaba calada hasta los huesos y le castañeteaban los dientes de frío. Tenía los dedos entumecidos y apenas podía sujetar las riendas de su caballo. El insistente sonido de la lluvia sobre los campos era ensordecedor, por lo que gritarle a ese descerebrado que se empeñaba en que ambos cogieran un enfriamiento, no tenía sentido. Solo esperaba que recuperara pronto la cordura y buscara cobijo, porque de lo contrario...
Naruto detuvo su caballo.
Hinata observó que su espalda se tensaba y se quedaba muy quieto, como si pretendiera escuchar más allá del sonido de las gotas de agua sobre la tierra mojada. Se giró hacia ella y sus ojos azules la atravesaron con intensidad. ¿Qué le ocurría? El laird volvió grupas y se acercó hasta su posición, con el gesto grave y concentrado.
Abrió la boca para hablar, pero en el último segundo, algo pasó silbando cerca de sus cabezas y Naruto actuó sin pensar.
Saltó sobre ella y la arrastró con él hasta el suelo. La tapó con su cuerpo mientras las flechas volaban sobre ellos, mascullando improperios contra sus cobardes atacantes. No la dejó respirar hasta que oyeron la voz del enemigo, que se escuchó más cerca de lo que ambos suponían.
—¡Qué suerte la mía! Naruto Namikaze, el flamante jefe de su clan, es también un estúpido redomado. Sales de tu fortaleza solo, sin más escolta que este muchachito pusilánime.
—¿Reed? —Naruto levantó la cabeza y lo buscó con la mirada—. ¿Reed MacNab?
—Mira por donde —se carcajeó—, voy a realizar dos de mis deseos más secretos. Acabaré con el arrogante Namikaze y me quedaré con su pequeño mancebo para mí solo. ¿Qué me dices, pequeño Hin? ¿Quieres terminar lo que empezamos la otra noche?
Continuará...
