Disclaimer: Los personajes pertenecen al imaginario de la serie Once Upon A Time
Periodicidad de actualizaciones: Domingos 22h / GMT +1
Notas: ¡Feliz domingo! ¿Cómo estáis? ¡Espero que genial y con ganas de leer! Como siempre, muchísimas gracias a quienes os tomáis unos minutitos de vuestro tiempo para leer mi historia y un besazo enorme a lxs que comentáis vuestras impresiones. ¡Allá va el capítulo!
CAPÍTULO 14
La sorpresa
El silencio se había adueñado de la habitación. Regina estaba sentada en una butaca junto a la cama de Henry, observándole mientras dormía. El hombre había conseguido descansar, al fin, tras una larga intervención quirúrgica y estaba tumbado entre los mullidos cojines que ella misma le había comprado pocas horas antes. Y es que, con los nervios de la espera, había tenido que buscar algo en lo que ocupar su mente mientras no tenía noticias sobre el estado de la operación. Ella, Sam y Nigel, recorrieron las calles de Boston en busca de cojines y mantas para Henry. Lo último que le había dicho su jefe, segundos antes de que cruzara las puertas de quirófano en su camilla, fue que echaba de menos la comodidad de su propia casa.
Regina era consciente de que no podía volver, al menos no por ahora, pero precisamente por eso estaba decidida en hacer su estancia en el hospital lo más placentera posible. Y a juzgar por lo cómodo que parecía dormir, creía haberlo conseguido. Le echó un largo vistazo, el corazón encogiéndosele en el pecho. La bata del hospital se le abría a la altura del cuello, dejando al descubierto la extrema delgadez que se había adueñado de su cuerpo. Clavículas y esternón pronunciados, como si la piel y el músculo fueran una mera sábana con la que tapar sus huesos. Suspiró, alargando la mano hasta dar con la suya. Estaba fría.
—¿Regina? —murmuró él, revolviéndose entre las mantas. Parpadeó un par de veces, torciendo los labios mientras sus ojos intentaban adaptarse a la luz del cuarto.
—Estoy aquí —le respondió.
—¿Cuánto rato he dormido? —preguntó, frotándose los ojos con la manga de su bata. Ella sonrió al verle, pues ese era un gesto que Emma también solía hacer a menudo.
—Sólo un par de horas. Deberías descansar más.
—En mi estado lo último que me apetece es ponerme a descansar o dormir —bufó, el rostro pálido—. Tengo miedo de que al cerrar los ojos, ya no vaya a volver a abrirlos. Sé que debería estar preparado y afrontar esto con entereza, pero después de hoy... —calló, tragándose las palabras.
—Henry, no digas eso. Saldremos de esta juntos, como siempre hemos hecho —cerró los dedos con fuerza alrededor de su mano y le sonrió. Los ojos le escocían, pero sabía que no debía llorar. Al menos no en ese momento.
—¿Emma y tú estáis bien? —dijo él, en un intento de cambiar de conversación—. Me dijiste que ahora compartís piso. Si se parece a mí, me extraña que no os hayáis matado todavía —rió y al segundo empezó a toser. Regina se incorporó de inmediato y le ayudó a ponerse de lado. Él atemperó la respiración y se dejó caer sobre los cojines, suspirando—. Gracias.
Ella asintió y volvió a sentarse en la butaca. Le dolía verle así. Quería gritar, llorar o simplemente ser abrazada de nuevo por Emma. «Tienes que ser fuerte», se recordó.
—Todo va bien, Henry. Desde que le preparo yo la comida que creo (a no ser que esa niña me esté engañando) que come adecuadamente. Nada de fast food o bocadillos a diestro y siniestro. Si hubieras visto lo que tenía en la nevera de su anterior apartamento te habrías llevado las manos a la cabeza... No me extrañaría nada que hubiera estado alimentándose a base de bolsitas de ketchup.
—Bueno, bueno... menos mal que te tiene a ti como su chef particular —bromeó él, sus labios dibujando una sonrisilla.
—¿La verdad? Últimamente parece que sólo me quiera para eso... —resopló, echándose hacia el respaldo de la butaca—. Casi no la veo y lleva días que parece que me evite. Vuelve a casa tarde y se va cada vez más temprano. Con decirte que en estas semanas me habré cruzado con ella sólo dos o tres veces, te lo digo todo.
—¿Ha pasado algo?
—Sólo lo que te conté... le expliqué el origen de nuestra relación, nada más. ¿Crees que se ha alejado de mí por eso?
—Lo dudo mucho. ¿No tenía novio? Ese tal «Graham» que estaba investigando sobre nosotros —comentó Henry. Oír el nombre del castaño hizo que se le revolviera el estómago—. Puede que esté pasando el tiempo con él. Los jóvenes y sus amoríos... pueden ser muy intensos. Y qué, ¿cómo es? ¿Es un buen tipo?
—Lo es, no tienes nada de qué preocuparte —confesó Regina a regañadientes. Tras el encuentro en el hospital, pidió a Sam que le investigara y, muy a su pesar, no encontraron ni una sola mancha en su expediente. Aquel muchacho era demasiado perfecto.
—¿Entonces por qué pones tan mala cara? —rió el hombre, señalándola. Ella parpadeó. Ni siquiera se había dado cuenta de lo fruncidos que tenía los labios.
—No me cae bien —masculló.
—Conociéndote como te conozco, diría que estás celosa —observó Henry, alzando una ceja—. ¿Tanto te molesta que mi hija le preste atención a otro?
—Yo no he dicho eso. Es tu hija, Henry, por el amor de dios —renegó, en un intento de ocultar sus verdaderos sentimientos.
El hombre volvió a reír y tosió, de un modo más leve que antes. En cuanto recobró la compostura, la miró a los ojos y dejó escapar una bocanada de aire.
—No me importaría, ¿sabes? —dijo, sonriéndole con ternura.
—¿El qué?
—Que estuvieras con Emma.
Regina rodó los ojos y a Henry se le escapó una risilla traviesa.
—Hablo en serio —añadió—. Sé de buena tinta lo magnífica que eres como persona. Has estado a mi lado en todo momento y te has hecho cargo del negocio mejor incluso de lo que yo lo habría hecho. Siempre dices que yo te salvé cuando eras una niña pequeña, pero realmente tú fuiste quien me salvó a mí. Jamás podré compensarte por todo lo que tu familia y tú tuvisteis que entregar... —se detuvo, los ojos brillantes y el labio tembloroso.
—Henry, no…
—Escúchame, por favor —le insistió—. Conozco tus gustos y sé lo poco dada que eres a implicarte con las personas, ¿acaso crees que ignoro tu «relación» con Danielle? Pero cuando me hablas de Emma... es la primera vez en mucho tiempo que te veo ilusionada. Así que si ella te aceptara, me parecería bien. Te quiero muchísimo, Regina. Eres mi orgullo, no lo olvides —confesó.
—No me gusta cuando hablas así, ya te lo he dicho mil veces. No hagas sonar las cosas como si fuera una despedida, porque no lo va a ser —le reprochó, el tono sombrío.
—Tenemos que empezar a prepararnos por si lo fuera —resolvió él, alzando la mano hasta dar con su mejilla—. Sólo por si acaso, ¿vale? Vuestra felicidad es lo único que me preocupa ahora mismo, así que deja que sea un viejo egoísta sólo una vez más.
La morena asintió. No podía hacer más, no podía exigirle más. Las palabras que callaba se le atragantaban, clavándose bajo su piel, pero se forzó a sonreír. Continuó a su lado, escuchándole y conversando con él acerca de todo y nada. Finalmente, Henry volvió a dormirse y ella se puso en pie.
Sentía que la presión que tenía oprimiéndole los pulmones iba a asfixiarla. Necesitaba salir a coger aire, así que avanzó con la mayor calma de la que pudo hacer gala hacia la puerta del cuarto para no despertarle. En cuanto cruzó el umbral, Sam y Nigel se dispusieron a seguirla, pero ella detuvo su intención con un leve movimiento de manos. Quería estar sola.
Subió las escaleras que comunicaban la planta con la azotea en un par de zancadas y en cuanto abrió la puerta de metal, una ráfaga de aire acudió en su ayuda. El viento helado de Boston le acarició el rostro y meció sus cabellos. Ella inspiró con fuerza, como si todo su cuerpo necesitara desesperadamente ese soplo de vida. Dio un par de pasos, pero finalmente las piernas terminaron por flaquearle y acabó con la espalda pegada al ladrillo de obra vista de la pared. Se dejó caer y echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos. Estaba cansada.
Rebuscó en el bolsillo de sus pantalones hasta dar con el paquete de Marlboro y lo rasgó, sacando un cigarrillo. Con una ansiedad apremiante, se lo llevó a los labios y buscó el mechero en su otro bolsillo. Cuando dio con él, prendió el cigarrillo de una firme calada y dejó que su sabor se abriera paso hasta llegar a los pulmones. El nerviosismo que se había apoderado de su cuerpo empezó a diluirse y sus músculos se relajaron. La enfermedad de Henry no dejaba de agravarse y los médicos insistían en que debía prepararse para lo peor. «Malditos inútiles», renegó, los carrillos tensos. Había puesto a su disposición todos los medios necesarios y aún y así no habían sido capaces de encontrar con un tratamiento o una cura confiable.
La última vez, el doctor García le dijo que estaban probando un nuevo fármaco que resultó ser igual (o peor) que todos los anteriores. Conseguía paliar el dolor o el malestar de Henry, pero no frenaba de forma efectiva el deterioro de sus órganos. Y lo peor es que el efecto rebote del tratamiento acabó por empeorar su estado y derivó en la operación que habían llevado a cabo hacía unas horas.
Golpeó el ladrillo con el lateral del puño, furiosa. La piel le dolía y le ardía a partes iguales, pero no era nada en comparación a las punzadas que se le clavaban en el pecho. Se llevó la mano a la cara, tapándose unos ojos que ya no podían aguantar las lágrimas. «No puedo hacer esto sola», concluyó muy a su pesar.
El teléfono le vibró en el interior del bolsillo. Regina cogió aire, enjuagándose las lágrimas con uno de los pañuelos que siempre llevaba consigo y buscó el dispositivo. En cuanto sus ojos se fijaron en el nombre que aparecía en la pantalla, no pudo evitar que una tímida sonrisa le brotara por los labios. Como si de una especie de salvavidas se tratara, Emma le había escrito un mensaje en el que decía: «¿Cuándo piensas volver al piso?». El corazón le latió con fuerza, calentando su pecho. La echaba de menos, mucho más de lo que quería admitir. En tan poco tiempo la rubia se había convertido en alguien indispensable para ella. Abrió la aplicación de mensajería y tecleó su respuesta.
«¿Por qué lo preguntas?», le había enviado. En el fondo no sabía del todo qué era lo que estaba esperando. Quizás sólo sentía la necesidad de que la respuesta de Emma coincidiera con lo que ella estaba pensando. No, en realidad quería desesperadamente que así fuera. Una nueva vibración la alertó, avisándola de que ya tenía una respuesta. Escudriñó la pantalla, los nervios galopantes. «El apartamento es muy grande. Me siento sola», leyó. Acentuó la sonrisa. No era lo que esperaba, pero dado el carácter de Emma, tampoco podía pedir grandes dosis de sinceridad y transparencia respecto a sus emociones. ¿Qué podía decirle? ¿Admitía abiertamente que ella sí que la echaba de menos o...? Se mordió el labio y volvió a teclear: «No es que pasaras mucho tiempo en él estos últimos días. Dudo que notes mi ausencia. Quizás alargue el viaje un tiempo más, quién sabe... ;)», contestó.
El humo de su cigarrillo flotaba en el aire, mecido por el viento. Ella se llevó el cigarro a los labios y le dio una firme calada, exhalando una bocanada que corrió a encontrarse con el resto de partículas que se elevaban hacia el cielo. La rubia aún no le había dicho nada y Regina empezaba a preocuparse por si había sido demasiado abrupta. Cuando el teléfono vibró, lo desbloqueó al instante, pero no se encontró con el nombre que anhelaba ver.
Danielle le había escrito. Hacía mucho que no se veían y la última vez que lo hicieron, le encomendó averiguar más acerca del motivo por el que Henry estaba tan apegado a la delegación europea de la empresa. Abrió el chat y empezó a leer. Conforme avanzaba, el nudo de su estómago que Emma había aflojado, volvió a apretarle con fuerza. La sensación de mareo y náusea se apoderaron de su cuerpo y un ligero temblor sacudió sus dedos. «Esto no puede ser verdad».
Los números eran mucho peores de lo que ella sabía y de lo que los estadistas y economistas de la compañía le habían indicado. Si los datos que Danielle le estaba facilitando eran ciertos, la delegación estaba al borde de la ruina. «Mayka debe estar falseando la información», supuso, apretando los carrillos. Odiaba a esa mujer desde lo más profundo de su ser y aún no comprendía por qué Henry le había confiado el liderazgo de esa sección de la empresa. Desde el primer momento en el que la vio supo que no era de fiar. Mayka era una muchacha que desprendía un aura de «niña de papá», de no haber dado palo al agua en su vida. Siempre llevaba la manicura impecable y vestía al último grito, mirando por encima del hombro a todo aquel que no consideraba digno de su presencia. Una chiquilla que, a todas luces, no sabía lo dura que era realmente la vida. Lo peor de todo era que ella tenía que soportar sus ademanes de grandilocuencia. Respiró hondo, volviendo a la lectura de los mensajes de Danielle.
Al parecer el motivo por el que Henry no se había desprendido de esa parte de la empresa seguía estando fuera de conocimiento. Chasqueó la lengua al tiempo que instaba a la castaña a continuar indagando. A menos que descubriera lo que fuera que estaba bloqueando a su jefe, no podría maniobrar.
Danielle aceptó de inmediato, pero empezó a preguntarle sobre cuándo volverían a tener un momento a solas. Regina le dio una nueva calada al cigarrillo, meditando cómo proceder. Por un lado sabía que la castaña era mucho más propensa a colaborar con ella sin pedirle explicaciones después de sus encuentros, pero por otro... había algo que la frenaba. No se veía capaz de acostarse con ella. Al menos no con la imagen de Emma revoloteando recurrentemente en sus pensamientos. Frunció el ceño, resoplando y se frotó las sienes. No podía hacerlo.
El teléfono volvió a vibrar, pero no era Danielle quien le hablaba. La rubia, como si supiera que estaba pensando en ella, había contestado: «Te echo de menos. ¿Eso era lo que querías leer? Pues ahí lo tienes. Vuelve ya», decía. La sonrisa no le cabía en el rostro. Y unos segundos después de leer el mensaje, su mente fantaseó con la idea de coger el primer vuelo a Nueva York sólo para verla. Por desgracia, no estaba en su mano hacerlo. No al menos hasta que el estado de Henry volviera a estabilizarse. Suspiró, releyendo una y otra vez las palabras de Emma y finalmente se puso en pie. En el fondo le aterraba lo mucho que aquella cría llegaba a influir en su estado anímico, pero tampoco estaba dispuesta a pisar el freno. Quería averiguar a dónde la llevarían esos nuevos sentimientos y también sentía que, por primera vez, anhelaba ser correspondida.
[...]
La mañana era glacial. La nieve se amontonaba en las aceras y los copos continuaban cayendo, precipitándose desde un cielo gris . Regina se encontraba en el interior de un Mercedes negro, la pierna temblándole al ritmo del repiqueteo de sus dedos sobre la rodilla. Su vuelo estaba previsto en unas horas y el tráfico era casi tan espeso como la capa de nubes que se amontonaba sobre sus cabezas. ¿Y si cancelaban el tráfico aéreo por el temporal? ¿Y si no podía volver a Nueva York hasta pasada otra semana? Se mordió el labio, presa de los nervios.
—Llegaremos en un santiamén, señorita Mills —informó Nigel, observándola a través del retrovisor.
—Sí, en cuanto pasemos la siguiente salida, todo irá más fluido —añadió Sam.
Ella asintió, bajando la ventanilla antes de rebuscar el paquete de Marlboro en su bolso. Los días en Boston le habían parecido una eternidad, siempre de arriba para abajo en el hospital de Massachusetts. El buen humor de Henry y el aprecio que le tenía, no obstante, lo habían hecho más llevadero. De hecho, las últimas horas que pasaron juntos fueron las más sentimentales que había compartido con él desde que tenía memoria. Aunque ella no le había confesado acerca de sus conversaciones con el equipo médico, su jefe no era idiota. Sabía que la situación no era buena y empezaba a actuar en consecuencia.
El equipo que estaba a cargo del caso de Henry no perdía la esperanza, pero tampoco le ofrecían resultados. Sus conversaciones con el doctor García iban menguando con el paso de los días y ella lo atribuía a la falta de valor del hombre para enfrentarla, para decirle la verdad: No había cura, no había tratamiento. La única opción que les quedaba era seguir investigando en aras de dar con una solución milagro y cuidar lo mejor posible de él mientras tanto.
Aquella era la realidad a la que debía hacer frente. Iba a perderle y el miedo a volver a quedarse sola le carcomía los huesos. Cerró los ojos, respirando hondo antes de que las lágrimas acudieran a su encuentro. «Piensa que ya está estable de nuevo. Eso es todo lo que importa ahora», se recordó. En ese momento tenía algo más en lo que pensar.
Sujetó su teléfono móvil y lo desbloqueó. Los dedos bajaron por la pantalla de la aplicación de mensajería hasta dar con la conversación de Emma. Habían hablado casi todos los días y no había habido ni uno solo en el que la rubia no le preguntara por la fecha de su retorno. La morena sonrió al leer alguno de sus mensajes y dejó el teléfono sobre su regazo, aprovechando para prender el cigarrillo.
Si algo tenía claro tras todo lo ocurrido era precisamente la fugacidad de la vida. Todo ocurría en un abrir y cerrar de ojos, así que lo importante era aprovechar cada momento como si fuera el último. Con esa idea en mente, sabía que tenía algo pendiente. No le importaba que Emma ya tuviera a Graham y tampoco iba a dejar que el miedo al rechazo la detuviera. Como bien le había dicho Henry, al final todo dependía de si ella la aceptaba o no. Y se moría por preguntárselo.
—Cuando lleguemos a Nueva York... hay un par de sitios por los que debemos pasar —dijo, sonriente.
¿Qué creéis que hará Regina?
¿Y qué os parece que el señor Henry esté a bordo del barco? Jajaja
¡Nos leemos!
