Vino o cerrando el ciclo.
Aquel año Harry no estaba solo frente al retrato de Snape. Tampoco bebía whisky de fuego. En el sillón de al lado, Draco miraba en silencio el retrato de su padrino, mientras bebía una copa de vino. Entre los dos, sobre la mesita, una botella de tinto, de esos caros que traía Malfoy de su bodega, y una copa que Harry aún no había tocado.
— Así que esto es lo que haces cada año mientras te escaqueas de los actos oficiales del ministerio —preguntó Draco después de un tiempo en silencio, dejando la copa vacía sobre la mesa.
— Cada año desde que este cuadro está aquí.
— ¿Por qué? —cuestionó mientras rellenaba su copa y acercaba a Harry la que aún no había tocado.
— El primer año no estaba aquí.
— Estabas en Rumania.
Harry asintió con la cabeza.
— No quería saber nada de nadie. Después de la batalla, de los funerales, Charlie me propuso irme con él un tiempo. Y yo quería desaparecer, realmente.
— Pero volviste, ¿te cansaste de dragones? — preguntó zumbón, aún sabiendo la respuesta.
— Volví porque demasiadas cosas estaban pendientes, necesitaba poner aquí en orden mi vida, hacerme cargo de mi casa, las bóvedas, mi ahijado y mi futuro. Los siguientes aniversarios decliné la invitación con la excusa de estar ocupado estudiando.
—Lo recuerdo. ¿Cómo llegó aquí este cuadro? —se impacientó.
Harry dio un sorbo a su copa y giró la vista a otro cuadro, sobre la chimenea de la biblioteca. El conocido dolor le estalló en el estómago mientras repasaba otra vez los queridos rasgos.
— Fue Charlie. El décimo aniversario de la batalla nos pilló recién casados y sin excusas para no acudir. Ese año, el propio ministro se personó en el hospital a darme un discurso, en público, sobre la necesidad de que participase en los homenajes porque yo era El Salvador del Mundo Mágico. Le contesté que el verdadero salvador era Severus, que había dado su vida por mi causa a pesar de no tenerme ningún aprecio personal.
Ninguno de los dos vio en ese momento en una oscura esquina de la biblioteca la presencia de un brillo nacarado.
— Aquello le sentaría al Kingsley como una patada en el culo —rió Draco, con la copa en la mano sin tocar— ¿Charlie encargó el cuadro?
Harry asintió con la cabeza mientras daba un buen trago a su copa.
— El día del aniversario me trajo aquí, me puso un vaso en la mano y me dejó a solas para mi propio homenaje —suspiró y se acabó la copa—. Le echo de menos.
Draco guardó silencio, recordando a Astoria.
— Severus fue un segundo padre para mi. Lo conocía bien y sé que en el fondo sí te apreciaba —dijo dejando la copa sobre la mesa y levantándose para acercarse más al cuadro— Nunca le di las gracias por lo que pasó en la torre de astronomía —murmuró con los ojos empañados, pasando las puntas de los dedos por el marco tallado.
— Me habría gustado tener la oportunidad de conocerle mejor. ¿Sabías que encontré los diarios de mi madre?
Draco negó con la cabeza, apoyado contra la pared junto al cuadro, los brazos cruzados sobre el pecho.
— Alguien, supongo que Remus, los guardó en la bóveda Potter cuando sacaron de casa de mis padres lo que se pudo salvar—dio un pequeño sorbo— .Hablaba mucho de Severus.
— ¿Eran amigos de la infancia, no?
— Si, eran vecinos. Pero seguía escribiendo sobre él después de dejar de hablarse. Lo echaba de menos, se preocupaba por él y por sus malas compañías. Después de nacer yo—sus ojos volvieron al cuadro—, empezó a pensar en un acercamiento. A pesar de estar escondiéndose, los últimos días estaba alegre porque estaba embarazada —A Harry se le estranguló la voz—, y se planteaba pedirle a Snape que fuera el padrino, aunque no sabía cómo decírselo a mi padre.
El silencio les acompañó unos minutos, cada cual en sus propios pensamientos. En la esquina oscura, el brillo de un fantasma se apagaba lentamente, preparado para volver a su retiro.
