Capítulo 11


La ceremonia de Yahico y Konan fue muy hermosa. Ambos se habían entregado ante Dios en la hermosa pradera que se elevaba sobre los grandes acantilados. El enorme mar azul zafiro fue el principal testigo de aquella unión, sus olas grandes y espumosas, de crestas plateadas por el brillo del sol, golpeaban con fuerza sobre las piedras, rugiendo en compañía del viento.

El cielo lucía hermoso, con delgadas y desdibujadas nubes blancas que lo atravesaban raudas, perdiéndose en la lejanía del horizonte, justo allí donde el cielo tocaba el mar en una difuminada línea.

Desde lo más alto de la cima el clérigo, vestido con una burda túnica castaña, les dio la bendición bajo el ancho arco formado de piedras; un lugar sagrado donde se celebraban actos religiosos desde hacía varias décadas.

La ceremonia fue acompañada de cánticos y el sonido de las gaitas de fondo.

Sakura sintió cómo Helen le aplastaba los nudillos con un fuerte apretón de manos, y le rodeó la cintura, temiendo que de la emoción llegara a desmayarse. No sería la primera vez que pasaba eso, y aunque Helen no fuera alguien a quien amara, sí sentía respeto por ella e incluso cierta ternura.

La condesa de Mar era una buena persona. Desde que la acogieran en su casa, junto a Deidara, siempre se había portado bien con ellos, teniendo para ella dulces y suaves palabras. También era cierto que alguna vez había recibido castigos, sobre todo por encubrir a Konan, su hija.

Sakura se mordió el labio inferior, pensativa. A partir de ese día todo cambiaba, Konan ahora tenía un esposo al que honrar, y un hogar diferente en el que vivir. Sí, seguirían siendo amigas hasta la eternidad, pero Sakura ya no sería su única confidente.

La noticia de lo sucedido con Deidara había corrido como el propio viento. El conde de Mar había puesto el grito en el cielo nada más enterarse, y él personalmente había acudido a charlar con Haruno. Helen había dejado a varios siervos a su cuidado, y Sakura no podía por menos que estar agradecida por las atenciones que la familia de Mar siempre les había otorgado.

Cuando los labios de Yahico se posaron sobre los de Konan, Sakura no pudo reprimir un par de palmadas de pura felicidad; el sueño de su amiga se acababa de cumplir y ella estaba feliz por ello.

No podía decir que estuviera eufórica; después de lo que había ocurrido el día anterior con Uchiha, estaba resentida. No había vuelto a verlo hasta hacía un rato, cuando se había colocado, junto a los demás guerreros, para felicitar a los recién casados. Estaba imponente a pesar de la seriedad de su rostro. En teoría, Sasuke había tenido que pasar una noche maravillosa; sin embargo, sus gestos no lo demostraban y Sakura tampoco quería fijarse demasiado porque aún seguía enfadada.

Su enojo, mayormente, radicaba en ella. Tanto querer ignorar al gigante que confundió con un bruto la primera vez que lo vio, y ahora ardía de celos al saber que había pasado la noche con otra mujer. Pero no debía sorprenderse, la misma Konan la había advertido sobre todas las féminas que lo perseguían. ¡Encima eran tontas! ¿O no?

Varias niñas, con cestas de mimbre, abrieron el regreso a la casa. Cubriendo el camino con hermosos pétalos de rosa, pretendían tejer una suave alfombra multicolor, pero el viento era demasiado fuerte. Las hojillas rosas, rojas y amarillas volaban como delicadas mariposas alrededor de las personas. Incluso Sakura se había tenido que sujetar varias veces la corona de flores silvestres que adornaba sus cabellos rosas, por miedo a que escapara con el aire. La túnica blanca, bordada con hilos de plata, se le enredaba en las piernas, dificultándole la marcha pendiente abajo.

—Una ceremonia preciosa, ¿verdad, lady Haruno?

Sakura supo quién le había hablado mucho antes de mirar, y deseó no haber perdido el color de su cara cuando se volteó hacia el hombre, fingiendo una sonrisa cargada de amabilidad.

—Ha sido muy bonita, lord Surrey —le dedicó una graciosa reverencia—, y gracias a Dios que el tiempo ha acompañado perfectamente.

—Sí, aunque yo diría que tiene pinta de tormenta —contestó el hombre, observando el cielo con los ojos entrecerrados; luego observó a Helen con una sonrisa fría—. Condesa de Mar, estáis muy hermosa esta mañana.

—Sois un adulador —rio Helen, ruborizada, agitando la mano—. No sabía que os conocierais.

—No podéis saber siempre todo —dijo Namikaze con un encogimiento de hombros.

La mujer acarició el dorso de la mano de Sakura con cariño.

—¿Le importaría acompañar a mi protegida? Voy acercarme a mi hija. Sé que en estos momentos me necesita.

Sakura arqueó una ceja, sorprendida; lo que Konan menos necesitaba en ese momento era a su madre. Ella y Yahico bajaban el sendero tomados de las manos.

—Para mí será un placer —Namikaze extendió el brazo y Sakura apoyó ligeramente su mano sobre la del hombre.

—Espero que hayáis podido olvidar el encontronazo de ayer, milord —le dijo Sakura, bajando la mirada con timidez al tiempo que retomaban la marcha.

—Es agua pasada —respondió, acercando su cuerpo al de ella de modo provocativo.

La muchacha abrió los ojos, sorprendida, rezando para que nadie los estuviera mirando, cosa imposible pues bajaban con más invitados. Se sintió algo asqueada bajo la mirada libidinosa del conde; sin embargo, fingió no darse cuenta del estrecho acercamiento.

—Y ahora, ¿qué tenéis pensado hacer, Lord Namikaze? ¿Os marcharéis a vuestro hogar...?

—Sí. Ahora sería un mal momento para viajar a Inglaterra. Posiblemente, dentro de poco nos encontremos envueltos en una de las peores batallas que las Highlands hayan vivido nunca.

Por el rabillo del ojo, Sakura descubrió a Uchiha, que caminaba junto a Asuma, Hiruzen y un par de hombres más. Todo el tiempo la observaba, esperando que ella cruzara su mirada con él; sin embargo, fingió no verlo. Su ceño fruncido no era muy buena señal.

—¿Cómo es eso? —Le preguntó con preocupación a Namikaze, que caminaba tan erguido que estaba segura de que el hombre padecía dolor de espalda—. ¿Estáis tratando de asustarme?

—¡Nada más lejos de mi intención! —El hombre miró a su alrededor, y alejó a la joven un poco más de posibles oídos indiscretos—. Eduardo entrará dentro de poco en guerra con Francia, y los guardianes se niegan a enviarle sus ejércitos.

¡Bien!, gritó la mente de Sakura con júbilo. No quería demostrar su alegría ante él, pues había notado el amargo tono de su voz. Mentalmente aplaudió a Yahico y a los hombres de Escocia.

—¿Y vos qué haréis? —le preguntó.

Ambos seguían caminando sendero hacia abajo. La fuerte construcción asomó tras un pequeño cerro, coronado por una solitaria encina.

En el patio habían extendido largas mesas para celebrar el banquete y varios estandartes ondeaban al viento.

Hombres portaban cerdos, atados por las extremidades a un largo palo, y los colocaban sobre hogueras donde luego los harían girar una y otra vez hasta que estuvieran completamente asados. La fiesta duraría todo el día y también la noche. El vino y la cerveza pasarían de mano en mano, y todo ello entre alegres músicas.

—Yo me retiraré a mi hogar, necesito descansar de tanta política y tantas guerras. —El hombre agitó la cabeza, soltando un suspiro—. ¿Ha viajado alguna vez a Inglaterra, milady?

—No —negó ella—. Una vez, hace mucho tiempo, estuve muy cerca de la frontera. Vestían todos parecidos a vos —le dijo, observando sus calzas metidas en unas elegantes botas—, pero nunca he salido de las Highlands. ¿Y vos? ¿Habéis viajado mucho?

—Podría decirse que sí —asintió—, adoro conocer lugares nuevos. Posiblemente, en un año o dos, viaje a España; me atrae mucho la cultura religiosa del país y sus mujeres, me han comentado que son muy hermosas —clavó los ojos en ella hasta que la hizo ruborizar, y satisfecho soltó una risilla—. De modo que Uchiha piensa pedir su mano —le dijo en un susurro. No era una pregunta, sino una afirmación.

—¡Oh, no! Estáis confundido, milord. Uchiha y yo apenas nos conocemos de unos días. —Buscó a Sasuke con la mirada. Caminaba unos pasos por detrás de ella, y su rostro serio la miró con enojo; incluso sus ojos negros brillaron tan amenazantes que Sakura se asustó.

Le había prometido que no haría nada en contra de Surrey por el momento y pensaba cumplir su promesa.

—Por cierto, perdonad mi torpeza. —Namikaze se detuvo—. He sido informado que vuestro pariente fue atacado anoche.

Sakura no pudo evitar tensar los hombros cuando un escalofrío irracional recorrió su columna vertebral. Un miedo atroz se agarró a sus entrañas al cruzar por su mente, tan sólo por unos breves segundos, que el lord pudiera estar implicado. ¿Pudiera ser? Quizá tenía tantas ganas de culpar a Surrey de cualquier cosa, que veía fantasmas hasta donde no los había.

—Sí —asintió, evitando sus ojos; detestaba esa mirada descarada que se posaba continuamente en sus pechos. Sólo le faltaba babear para que Sakura huyera a vomitar a cualquier sitio, lejos de él. Hacía de tripas corazón por el único motivo que la ataba a ese hombre: la venganza—. Un indeseable le salió anoche al paso, menos mal que Deidara se defendió y acabó con su vida —pretendió que sus palabras hirieran al hombre, en caso de que él hubiera enviado a alguien a hacerlo. Namikaze tan sólo se encogió de hombros imperceptiblemente.

—Espero que el joven se encuentre bien. Es una pena que puedan pasar estas cosas en el sitio más protegido del país..., en este momento, claro.

—Con unos pocos cuidados se recuperará. Os agradezco vuestra preocupación.

—¿Y vos, qué vais a hacer ahora que Konan de Carrick se ha desposado? ¿Dónde viviréis, milady?

—Me quedaré en Carrick, por supuesto. Acompañaré a Konan.

—Sería un honor para mí que visitarais mi hogar algún día. De hecho, mi propiedad queda cerca de donde un día estuvo la vuestra. —No vio que Sakura apretaba la boca con tanta fuerza que el músculo de la mandíbula comenzó a latir ligeramente, y si lo vio no dio muestras de ello—. ¿Pensáis volver allí algún día?

—Sí —contestó, elevando el mentón—. Haruno volverá a ser lo que fue. Espero que algún día vos también podáis verlo.

Llegaron hasta las mesas y Sakura aprovechó para soltarle el brazo.

—Quiero pasar a visitar a mi primo. Disculpadme, milord.

—No os preocupéis, lady Haruno, os buscaré más tarde. Y sabed que si puedo ayudaros en algo, lo que sea, seré vuestro más leal servidor.

Sakura se despidió de él con otra pequeña reverencia, y escapó hacia las dependencias donde se hallaba Deidara.

Antes de entrar en la cámara descubrió a la sierva de cabellos oscuros que se había atrevido a irrumpir la noche anterior en el lugar donde Deidara descansaba.

La joven llevaba una larga y abultada falda, que un día debió de ser blanca pero que ya se hallaba amarillenta. Por encima de un holgado blusón llevaba un pequeño justillo negro anudado bajo los senos de tal manera que éstos parecían más grandes de lo que en realidad eran.

Kin, que así era como la había llamado Sasuke, comía con ansia de un cuenco que el cocinero le había entregado. Ella debió notar que Sakura la estudiaba, porque levantó la cabeza y, restregándose los labios con un brazo, le dedicó una fría sonrisa.

—Milady, si está buscando a mi señor...

—No lo estoy haciendo —la interrumpió la joven, girándose para entrar a ver a Deidara.

Kin corrió tras ella, penetrando en la sala, y Sakura se giró con el rostro expectante.

—¿Qué es lo que quieres? Ya te he dicho que no estoy buscando a tu señor. —Con las manos en las caderas, los ojos verdes refulgieron furiosos.

—Lo sé, milady. Sólo quería conocerla. Naruto me contó que usted y mi señor se van a casar.

—No voy a casarme con nadie, pero si así fuera, ¿qué podría importarte a ti? ¿Y quién es Naruto?

—Él es el mejor compañero de milord, y supongo que no debería importarme que se casen —respondió Kin en un suave hilo de voz. Sus ojos se anegaron de lágrimas cuando miraron a una sorprendida Sakura—. Sé que no debería decir esto... pero estoy desesperada. Si Sasuke se entera de que he hablado con vos...

—¿Le llamas Sasuke? —preguntó ella, helada.

Kin asintió con la cabeza.

—Estoy esperando un hijo de mi señor.