P1: Ruinas Antiguas.

- ¡El señor Shippô está aquí! - Gritaron lejos de la entrada del fuerte de la aldea Kitsune uno de los guardias mientras otros me mantenían detenido junto a Kirara.

El fastidio burbujó a fuego lento mientras veía a los Kitsunē acorazados con las colas al descubierto y grandes espadas franqueándome con detenimiento, esperando tan solo un movimiento de mi parte: al acecho. No estaban siendo más que un obstáculo en algo ya premeditado.

¿Qué era todo esto? ¿Acaso ya no era bienvenido? El miedo paseó como un acróbata en mi garganta y dejó a su paso, un incipiente nudo, casi histérico conforme a las grandes y diminutas posibilidades. Esto no era bueno y nadie escapa de la traición: Todos pueden ser reemplazados.

- ¡Oh, vamos! ¿Por qué tardan tanto? Abran ya, mandé un mensaje a los ancianos. Esta visita ya estaba pautada. - Señalé con hastio, luego de un momento, tras dejar de torturarme. Cauto observé como Kirara maullaba en afirmación, aún con ello los guardias no se movieron ni un ápice ante mi réfuta.

Fruncí el ceño y esperé un rato más, el tiempo era casi empalagoso de lo lento que parecía transcurrir y justo cuando mi paciencia casi se agota y me rodeaba una sombra peligrosa, llegó el guardia escandaloso de un principio y me miró apenado. Cómo si no cupiera en sus propias pieles, como sí mi presencia resultaba más de lo que podía tolerar. Demasiado tímido, incluso podía decir.

- Puede pasar, señor. Pero tendrá que esperar otro poco, ellos están viendo a alguien en este momento, Shippô-Dono. - Advirtió el tipo semi retorciéndose mientras los guardias imperturbables se movían casi estoicamente y de igual forma sus mononokes, para abrirme paso. Kirara en su forma original maulló con ahínco y el más sincero alivio brotó en el fondo de mi ser.

Todo el lugar era una amplia - y húmeda al principio- cueva, adornada por fuego azul y dibujos casi extraños en un idioma muy, muy antiguo. Los símbolos casi siseaban ¡peligro! o ¡Fuera! Cada vez que los determinaba o recorría con énfasis.

La fortaleza y además santuario de los ancianos me permitió el paso, casi podía percibir el recóndito eco de mis pasos y el brumoso poder que desprendía todo el lugar, cada pared, cada diminuta ruina y gota de silencio.

Muchos suelen decir que algo oculto habita en el lugar de igual forma, cada generación de sabios han hecho su vida y mudado aquí después de todo, uno tras otro, muerte tras muerte, dedicando su vida a la investigación, a la toma de decisiones, al registro y la experiencia.

Cada gota de conocimiento Kitsunē e incluso Yôkai permanecía en pergaminos sellados con magia en la más profunda y escambrosa parte del santuario. Él mismo había vislumbrado con asombro la cantidad inmensa de papeles acumulados, así mismo, él era uno de los pocos elegidos que había poseído el privilegio de bajar hasta allí y curiosear.

La palabra Zorro no era más que un apelativo sugerente a la astucia e inteligencia, tuve que recordarme casi sonriente. Le orgullecía eso de su gente, fuera de cualquier otro defecto o virtud.

Kirara iba a mi lado, con la cola encrespada y actitud casi a la defensiva. No le gustaba el lugar, el aire era casi lugubre, pesado y lleno de polvo, no podía culparla honestamente.

Con la mano derecha pasé mis dedos cubiertos de garras por su claro pelaje y eso pareció recomponerla, tranquilizarla. Le brindé una suave sonrisa cubierta de colmillos ahora realista y ella maulló en respuesta, estaba conmigo.

La oscuridad en algunos tramos no fue un impedimento, justo antes de poder dedicarle un par de pensamientos más a los símbolos alrededor, abrieron una conocida compuerta y procedimos a otra, el olor del incienso quemado golpeó un poco mis sentidos y no dudaba que también los de la Neko. El olor era fuerte, casi invasivo pero le daba un toque de calidez al ambiente. De vida a tanto, gris, amarillo apagado, pálido azul y muerte.

El guardia escandaloso se detuvo posteriormente e hizo una reverencia. -Espere aquí.- Dijo, pero justo cuando se dió la vuelta le aventajé y abrí la puerta principal, sabía hacerlo después de todo. Me conocía casi de memoria el camino.

¡Esos viejos y yo tenemos algo pautado! ¡No me importa con quién demonios estén o cualquiera de sus tonterías, esto es urgente! ¡Mí madre es urgente!. Kirara saltó a mi lado y el guardia me observó con una mueca horrorizada en su pintado rostro justo antes de que entrara y observara de frente a los tres Ancianos Kitsunē reunidos frente a un daiyôkai desconocido.

Por razones aparentemente aún menos iluminadas que la cita actual, la presencia de aquel demonio, su rostro y silueta a simple vista me impresionaron. Algo me decía que no sé trataba de cualquiera, él era potente, mis instintos casi gritaban ¡Alerta!

El tipo era apuesto. Sus ojos grises eran fríos, sin goce de ni una sola idea traslúcida o auge de expresión, eran casi como el hielo y hasta el más mínimo movimiento de su cabeza al girarse y ver hacía mí tenía una gracia y un cálculo estimado con experiencia. Poseía los colores rojo, gris y azul en su kimono, los colores de la Corte del Señor del Este. ¿Qué hacían los ancianos con este yôkai? ¿No eran acaso ellos aliados oficiales de Sesshômaru?

- ¡Oh, Joven Shippô! Que impaciente, le presento a Ryô Shinji, consejero principal y en acciones del Señor del Este, Ryô Kaizen, también su primo. - Habló el anciano Ame mientras fijaba sus zorrunos ojos en el invitado, casi luchando por no revolotear en demasía prémura. Kirara saltó a sus pies y fijó sus gatunos ojos en una sombra tras el invitado y de ahí no se movió.

El oficial escandaloso con un rostro hecho piedra revuelto por sus iniciales impresiones dió una seria reverencia, media vuelta y se fue, casi haciendo imagen y semejante al refrán Es mejor que digan aquí corrió, que aquí quedó.

El tipo parecía incluso aliviado de poder irse, de librarse si me permito especular. Quizás temía que los Ancianos o las nuevas presencias iban a amonestarle por mi comportamiento. Una sonrisa casi tiró de mis labios, casi. Los Ancianos sabían quién era y en la mayoría de los casos eran justos.

- Señor Shinji, le presento a Shippô, nuestro favorito, también el Kitsunē que estuvo a cargo con Lord Sesshômaru del Oeste y su hermano, de acabar con el conocido Naraku. - Presentó el anciano Keiga y yo hice una reverencia, los ojos grises de Shinji me examinaron con aún más atención al escuchar sus palabras y posteriormente, él también hizo una.

- Así que éste muchacho es su preferido... - Habló una voz mientras los pasos de otro Daiyôkai y una presencia mortífera y atemorizante se hacía presente. Era casi como sí helara el ambiente, como sí le bebiera el espíritu a todo cuanto se tropezara con su presencia.

Fruncí el ceño, ¿Cómo es que no lo noté? Me pregunté.

Un escalofrío involuntario me recorrió antes de que alguien más respondiera. - Así es, General Rei, Shippô es nuestro elegido. - Sonrió Togâ y el tal Rei le sonrió espeluznantemente de vuelta, enseñando una mandíbula cuadrada y colmillos.

Lo examiné con fijeza, un general aún lejano debía saberlo. Los preferidos Kitsunē eran todos aquellos que los Ancianos acogían en preparación.

Era un trato arriesgado, te jugabas el cuello en el entrenamiento pero tú nombre y privilegios significaban algo, incluso los preferidos podían optar a ser líderes en función si mostraban las características y avidez necesaria. Tras la sombra de los Ancianos, por supuesto, pero a fin de cuentas la cabeza. Eso era los elegidos, un peldaño más en la escala de poder y redención, un paso más al liderazgo. Te volvías ambas cosas y el favorito y se acabó, ganaste.

Gané, sin pedir ninguna ficha, arriesgando: Solo había pedido por la protección de mamá. Volví estoico el rostro al general.

Su caninos brillaron hacía mi, pero no hubo rastro ni semejante en sus ojos. - Así que fuiste el Kitsunē que estuvo viajando de aquí para allá por unos trozos de una esfera maldita y quién venció al híbrido arácnido, ¿Eh, chico? - Preguntó en broma el General, pero algo en su tono me puso alerta. Demasiado simplista, demasiado forzado.

- No caiga en las provocaciones de mí hermano, Señor Shippô, ya saben lo que dicen del ejército, endurece el cuerpo pero no los modales. - Habló Shinji por primera vez y aunque su tono sonó conciliador y sus palabras fueran amables, me sucedió lo mismo que con el general. Un hermano era todo completo una insana belleza aristócrata, el otro era bien parecido en rasgos fuertes, un símbolo de fiereza y fortaleza mecánica, un guerrero.

- Si, lo entiendo perfectamente. Descuide. - Me escuché decir mientras observaba cómo Rei endurecía su sanguinaria sonrisa hacia mi al verme observando, analizando. Sus ojos eran azules, un letal azul.

Volteó su mirada a los Ancianos y luego, a su hermano. - Creo que ya hemos hecho por lo que vinimos, y el mocoso héroe entró sin tocar. Es mejor que nos larguemos, Shinji. - Habló descuidadamente tras un momento de silencio. En respuesta el mismo Shinji suspiró antes de devolverme una helada mirada y hacer una reverencia a los ancianos.

- Espero consideren lo que hemos discutido, Ancianos. Odiaría ver que por su neutralidad el Lord tomara medidas. Sí nos disculpan. - habló Shinji en despedida, junto antes de pasar a mí lado y detenerse. - Espero volvernos a encontrar, Señor Shippô. Me gustaría tener un par de palabras con el sucesor de la corte Kitsunē. - Dijo finalmente, sonó como una amenaza, como algo que temer. Yo asentí ante sus palabras, no podía hacer más.

Justo cuando Shinji y Rei pasaron por mí lado, mi corazón dió un vuelco y se detuvo, en cada uno de ellos latía una fuerza increíble, un poder demoníaco tan oscuro y puro como había visto tan solo en Sesshômaru o en el mismísimo Naraku.

Los ancianos esperaron a que se marcharán y justo cuando lo hicieron, el zorro blanco frente a mí que era el Anciano Amē soltó un suspiro pesado. - Así que lo sentiste, ¿No Joven, Shippô? - Habló y su mandíbula se apretó y sus colmillos salieron a la vista. Sabía a qué se refería, hablaba de ese increíble poder y esa aura de mortandad. ¿Estos son los enemigos de Lord Sesshômaru?