Río Felthera, a un día de viaje remontando desde Eisin.

Dejó de llover abruptamente, sin una progresión natural. Pero las nubes siguieron ahí, parecía que tan sólo pretendiesen negarles el sol. Las ropas mojadas se pegaron a sus cuerpos y los esclavos sobre la cubierta se apelotonaron para mantener el calor. No eran más que otro tipo de fardos transportados entre los sacos de provisiones, objetos baratos de los que deshacerse: ancianos, lisiados, gente que había perdido la cabeza y se balanceaba murmurando para sí o que simplemente ya no veían lo que les rodeaba.

Todos mantenían la cabeza gacha, sumidos en sus propios y siniestros pensamientos, excepto Otto.

Sus ojos pardos observaban intensamente el paisaje que se veía tras la borda. Aquel paisaje era un canto a la desolación. El suelo parecía ceniza apelmazada y, de tanto en tanto, veía sobresalir lo que parecía los restos de un tocón descomunal.

– ¿Qué es este lugar? – preguntó a Jasper. Era el nombre del hombre, entrado en años, que le había ayudado en Eisin. El anciano negó con pesar.

– Son las llanuras de sangre y cenizas. Antes era parte del bosque de Erethor.

– ¿Qué mierdas pasó aquí?

– Lo quemaron, siguen quemándolo.

Otto apretó los dientes.

– ¡Hijos de una mierda!

Uno de los esclavistas que los vigilaba, se volvió hacia él al oírlo hablar. En otro momento Otto le habría devuelto la mirada con desafío, pero ahora tenía otros planes. Buscó a los otros tripulantes: el barquero, dos tripulantes, dos esclavistas más y un túnica negra que se mantenía bajo la cubierta.

– Y nos llevan hacia el frente de fuego para que les ayudemos a prender el bosque que queda…

– Sí.

– Pueden irse a la puta mierda, que no cuenten conmigo. Me marcho.

Jasper disimuló una suave risa.

– Si yo tuviese la mitad de mis años, te acompañaría, chico, pero voy a ralentizarte.

Otto le miró. El anciano, con su barba rala, sus cálidos ojos marrones y las marcas de una vida de trabajo lo observaba con una serenidad poco habitual.

– ¿Por qué me ayudaste?

– Porque yo ya he vivido lo suficiente, y alguien con tu fuego, sólo necesita una oportunidad.

Otto asintió.

Ambos observaron de reojo a los dos esclavistas que les vigilaban aburridos, dirigiéndoles desinteresadas miradas esporádicas. Uno de ellos era un tipo delgado, alto y correoso, al que le faltaban varios dientes. Se rapaba el cabello. Llevaba un látigo corto en el cinturón y un cedeku. El otro era un tipo corpulento y fornido, rallando la obesidad. Coraza de cuero, que no parecía de su talla, un hacha al cinto y puños como troncos.

– El legado está en la cabina – murmuró Jasper –, pero deben tener algo más escondido...

– Pues, vamos a ver qué es– dijo Otto, y se puso en pie.

Jasper lo observó inquieto cuando caminó hacia la borda. El tipo del látigo lo miró, pero no se movió, se limitó sonreír sarcástico, sin intentar detenerlo.

Otto observó el paraje desolado en la orilla… y el río bajo el casco. Notó la ondulación de inmediato: una inmensa anguila de río. Esos monstruos tenían su versión marina también. Podían destrozar y devorar a un hombre adulto en pocos segundos y notaban las vibraciones de los chapoteos en la superficie. Un buen guardián para que nadie saltase por la borda.

Otto oyó una risa tras él y se volvió para ver a los dos esclavistas riendo sarcásticamente.

– ¡Salta! Quiero ver cómo te devora – lo animó el del látigo.

Otto lo miró un instante, les devolvió una sonrisa irónica y volvió a su sitio.

– Hay una anguila gigante que nos sigue – comentó Otto a Jasper–. Parece que la tienen controlada.

– Debe ser el ástirax del legado.

– Las anguilas notan la vibración en el agua. Atrapan una presa, la engullen y luego van a por la siguiente. Necesitan unos segundos para detectar a alguien chapoteando en el agua.

– Pues parece que tu plan de escapar nadando, no va a ser factible.

Otto no dijo nada y se puso a esperar…

Anocheció. Las sombras tomaron el paisaje. Y, en cuando la mortecina luz diurna fue borrada por completo, se elevó un grito, un chillido desesperado que provenía de la orilla sur. Algunos de los esclavos levantaron la cabeza asustados, otros se taparon las orejas ante ese chirrido que taladraba las mentes.

Otto se puso en alerta y observó interesado...

Los dos esclavistas volvieron la mirada hacia la orilla sur con inquietud.

– Espectros – dijo uno de ellos.

– Esperemos que no se acerquen al río.

El tipo delgado se dirigió hacia la borda, escudriñando las orillas. El grandote observó a su compañero apoyado distraídamente en un fardo. Otto se puso en pie, despacio, caminó hasta el tipo flacucho y, al mismo tiempo que el otro esclavista gritaba "Eh, ¿qué haces?", Otto empujó al imbécil del látigo por encima de la borda.

Hubo un chapoteo en el agua. Otto permaneció impasible junto a la borda observando al idiota manotear como un pollo en la superficie. ¿El muy imbécil no sabía cómo actuar ante una anguila gigante? ¿Y se las daba de barquero?

– ¡Hijo de perra! – era el otro imbécil, viniendo hacia él para dar sumario y ejemplar castigo con él.

La cubierta estaba tan atiborrada de esclavos y cargamento, que trastabillaba esquivando bultos moviéndose hacia él. Ninguno de los esclavos se apartó y uno le puso la traveta, otro rió nerviosamente al ver la escena. Un alarido surgió del río, y hubo otro chapoteo violento, que Otto conocía bien: la anguila estaba disfrutando de su cena.

Se volvió y saltó tan lejos como pudo.

Hubo un revuelo sobre la cubierta. El primero en ponerse en pie fue Jasper, le imitaron otros esclavos. "Ha saltado... Ha huido... Ha matado al cabrón del látigo..." Jasper observó el río con el corazón en un puño… y entonces lo vio: la cabeza de Otto rompió la superficie y nadó hacia la orilla sur. Había buceado un largo trecho. Jasper lanzó una carcajada, levantó los brazos sobre la cabeza vitoreando y gritó:

– Vamos, chico. ¡nada!

Más esclavos se pusieron en pie, mirando hacia el que huía, sin entender exactamente qué había ocurrido. Algunos se dirigieron también hacia la borda. El tipo grandote desenganchó el hacha de su cinturón y los amenazó con ella:

– ¡Sentaos ahora mismo!

Pero no funcionó. Los gritos de entusiasmo empezaron a replicarse. Y de la cabina salió el legado. Un tipo de edad mediaba, con gesto de "dejadme en puto paz" y la cara marcada por una herida de fuego.

– ¿Qué mierdas está pasando aquí? – gritó también con una poderosa voz.


En la orilla, Erisad despertó a Lavina y Dush al oír el grito del espectro.

– ¡Tenemos uno de esos fantasmas cerca!

Se pusieron en pie de inmediato y Erisad oteó la oscuridad en busca del autor del chillido desgarrado que había oído, pero no vio movimiento sobre tierra… Lo vio sobre el río.

– ¡Se acerca una barcaza gnoma!

Lavina miró sin ser capaz de verla en esa penumbra…

– ¿Algún detalle, Erisad?

– Van cargados de fardos y… gente.

– ¿Algún túnica negra?

– No veo ningún túnica negra, sólo humanos sentados en la cubierta. Parece un transporte de… ¿tropas?

– Entonces vamos a ocultarnos, no nos conviene ser vistos – ordenó Lavina.

Erisad se quedó callada y frunció el ceño. Entonces oyeron el sonido de alguien cayendo al agua, y gritos.

– ¡Está tratando de escapar! – exclamó Erisad – ¡Es un transporte de esclavos!

– Hijos de una mierda… ¡Vamos!

Lavina tomó su espada y se dirigió hacia la orilla. Los demás la siguieron.

– Peq, ¿puedes acercarnos esa barcaza?

El gnomo se crujió los nudillos.

– La duda ofende.

– ¡Veo al legado! – avisó Erisad – Acaba de salir a la cubierta.

– ¿Puedes encargarte de él, Erisad? Entretenerlo...

Por toda respuesta, la chica echó a correr a toda la velocidad que le daban sus piernas hacia la orilla. En cuanto sus pies tocaron el agua, llamó a las sombras y saltó, desenvainando la daga de mithral en mitad del salto.

A bordo, el legado observó al viejo loco que vitoreaba.

– ¡Siéntate, ahora mismo! – rugió furioso.

El anciano volvió a reír.

– ¿Y si no lo hago qué vas a hacer, niño? ¿Matarme?

Y el legado se puso rojo. Lo había llamado niño con tono paternalista… Alzó los brazos invocando el poder de su dios. Hebras de oscuridad se arremolinaron tras él. Los esclavos observaron el fenómeno y retrocedieron… El anciano loco se limitó a reír ante su inminente muerte.

Y de la oscuridad, tras el legado, surgió una chica. Era morena y tenía los ojos claros. Aferró el cabello del legado, golpeó sus rodillas y, cuando cayó al suelo, lo apuñaló. Empujó al herido y anonadado legado hacia los esclavos.

– ¡Pelead si queréis ser libres!

Los que todavía estaban sentados se pusieron en pie entre gritos.

Uno de ellos, que llevaba unos grilletes, los enroscó alrededor del cuello del legado cuando trataba de ponerse en pie sangrando y empezó a estrangularlo. Y el resto se unieron, desahogando su furia y su pérdida contra aquel túnica negra.

El barco se escoró de repente, y Erisad se aferró un fardo. Sonrió para sí… Peq, era digno hijo de su padre. La aguas gritaron bajo el casco.


Otto sintió el río alzarse bajo él. Y se limitó a nadar más rápido, mantener la boca cerrada era primordial para no ahogarse. El agua lo alzó y lo empujó hacia la orilla. Al retirarse, la resaca trató de llevárselo de nuevo y Otto se aferró al suelo. Había una anguila tras él con la que no quería encontrarse. Un solo hombre no era suficiente para saciarlas.

Logró permanecer sobre tierra mientras el agua se retiraba tratando de tirar de él y se puso en pie tambaleante. Entonces vio la figura de una mujer corriendo hacia él. Era alta, fuerte y llevaba una espada. Por un momento pensó que quizás era una aparición, pero al fijarse en el polvo que levantaban sus pisadas se percató de que era física.

– Oh, mierda – murmuró.

Su vida como hombre libre habría sido muy corta. Levantó el dedo corazón hacia ella en un gesto soez.

– Que te jodan, ¡perra de la sombra!

Ella respondió:

– ¡Quita de en medio, idiota!

La mujer llegó hasta él, lo apartó de un poderoso empujón, aferró la espada con ambas manos y golpeó justo a tiempo de desviar con un revés el ataque de la anguila. La bestia también había sido arrastrada por la ola tras él. Otto rodó alejándose de la mujer y su presa… La anguila siseó hacia ella, con unas fauces lo bastante grandes como para arrancar un brazo. Sus escamas se veían negras, y los ojos estaban blancos… Era uno de esos animales poseídos por los espíritus de los legados… La mujer volteó la espada, sin darle darle tiempo ni tregua a esa abominación y cercenó parcialmente su cabeza. La anguila cayó al suelo, se sacudió un par de veces y se quedó quieta, muerta.

Otto se quedó boquiabierto. ¡Vaya mujer! ¡Eso sí era un brazo fuerte y certero!

Un crujido de maderas y un bramido de aguas moviéndose le hizo mirar hacia el río. La barcaza había encallado.

Varios de los esclavos asomaron por la borda cargando con el cadáver ensangrentado del legado y lo arrojaron al agua. El fardo negro flotó río abajo dejando una estela de sangre tras él. Una chica estaba con ellos. También vestía de negro, pero sonreía. Llevaba una daga en la mano. En mitad de la penumbra sus ojos claros resaltaban… Resultaba inquietante.

– Comandante Lavina, el barco es nuestro – gritó a la guerrera junto a él.

Otto miró a la mujer.

– ¡¿Tú eres mi comandante?!

Lavina volvió la mirada hacia el esclavo huido y alzó las cejas.

– ¿Quién demonios eres tú?