Los personajes son de Stephenie Meyer y la Historia Pertenece a Noelia Amarillo
Capítulo de infarto…. Espero les guste!
CAPÍTULO 14
A las nueve de la noche del 25 de julio, festividad de La Virgen de la Puebla, Bella reunió el aplomo y la tranquilidad necesarios para pisar la calle. No fue falta de valor lo que impidió que saliera de casa antes, fue falta de mesura. Estaba segura de que si se hubiera encontrado con Edward por la mañana, a medio día o al principio de la tarde, le hubiera dado igual que estuvieran en mitad del pueblo o perdidos en la montaña; le hubiera arrancado los ojos, la piel, el cabello, y quizá hasta le hubiera cortado la polla para que los pobres perros tuvieran algo de comer. Pero ahora ya estaba tranquila. Más o menos.
—Cómo me lo encuentre y se le ocurra sonreír, a Dios pongo por testigo que le aplasto los huevos con un marrillo.
Había recorrido indignada toda la superficie de la casa una y otra vez mientras su hijo y su suegro la seguían como perritos falderos. Malo era sentir en la nuca la sonrisa de Alec, pero peor era escuchar una y otra vez en boca de Carlisle las virtudes de seguir la tradición y lo tranquila que iba a estar a partir de ese momento, ya que ningún varón del pueblo la iba a molestar puesto que había quedado sobradamente demostrado que su hijo la pretendía. ¡Edward la pretendía! ¿Pero qué coño le pasaba a su suegro por la cabeza? ¿No se daba cuenta de que era una broma estúpida? Porque si de algo estaba segura, era de que lo ocurrido en la Fuente Nueva era una estupidez. Ni más ni menos. Una broma que la había dejado en ridículo delante de todos los habitantes del pueblo ¡Iba a matar a Edward!
Inspiró profundamente y traspasó el umbral de la casa. Cerró la puerta a su espalda y comenzó a caminar hacia la Soledad. ¿Ningún «varón» iba a «pretenderla» porque estaba cogida»? ¡Eso habría que verlo! Pensaba ir a la fiesta, bailar Hasta que le reventaran los zapatos y presenciar asombrada los fuegos artificiales; o al menos fingiría estar asombrada. Tras haber asistido al desfile de dos gigantes y tres cabezudos, dudaba que los fuegos la dejaran con la boca abierta. Fuera como fuera, pensaba demostrar a todo el mundo que se lo estaba pasando en grande y que el ridículo del día anterior había pasado a la historia. ¡Ja!
En cuanto dio el primer paso en el parque de la Soledad, escuchó la canción.
La orquesta aún no había comenzado a tocar, pero la música inundaba el parque. Habían enganchado algún equipo de música a los altavoces del escenario y en esos momentos estaba sonando una canción que parecía haber sido escrita para ella.
You know that I want you And you know that I need youI want it bad Bad and bad. I want your loving And I want your revenge You and me could write a bad romance. Caught in a bad romance.
«Sabes que te quiero sabes que te necesito Lo quiero (demasiado) Demasiado y demasiado. Quiero tu amor quiero tu venganza. Tú y yo podríamos escribir un mal romance. Atrapada en un mal romance.»
Desde luego Bad Romance de Lady Gaga le iba como anillo al dedo en esos momentos, porque era justo así como se sentía cada vez que pensaba en el hombre de la cabaña. Inspiró profundamente, rotó los hombros, se lamió los labios y dio el paso que le llevaría, supuestamente, a pasar una noche perfecta.
Dejó a atrás el escenario y caminó decidida hacia el kiosco. Todas las personas a las que conocía estarían allí reunidas. Sólo tenía que atravesar el parque, saludar a los conocidos de su suegro, que la observarían complacidos por haber —supuestamente— cumplido con su estúpida tradición, y sonreír afectuosa ante las miradas divertidas de los amigos de su hijo. Podía hacerlo. Dio un paso, dos, tres... y atisbo por el rabillo del ojo su salvación. Sonrió como si le fuera la vida en ello, giró a la izquierda y tomó el camino que rodeaba el parque. Era más largo, más sinuoso y más oscuro debido a las copas de árboles que creaban sombras casi impenetrables; estaba bordeado de arbustos que de vez en cuando hundían sus ramas en mitad del sendero haciéndola tropezar, y eso por no contar con los hoyos que, sin previo aviso, aparecían en el suelo, pero casi nadie paseaba nunca por allí. O al menos casi nadie mayor de dieciséis o diecisiete años, sin casa o coche propios para darse el lote y que tuviera una fuerte necesidad de ello, y eso nunca solía suceder antes de que anocheciera.
Edward se quedó de piedra, o mejor dicho, se puso duro como una piedra en cuanto la vio. Si lo que ella quería era echar un pulso a la tradición que afirmaba que después de ser tirada al pilón ningún hombre la miraría, desde luego llevaba todas las de ganar. No creía que ningún habitante masculino del pueblo, y ya puestos, del resto del mundo, pudiera resistirse esa noche a su encanto.
Llevaba una minifalda vaquera con vuelos, que comenzaba en su cintura y terminaba apenas un par de centímetros por debajo de sus nalgas. ¡Todo el pueblo vería su culo! Bueno, tal vez verlo no, pero imaginárselo sí. Sin ninguna duda. Completaban el conjunto un ajustadísimo top blanco de encaje de tirantes muy finos que ni siquiera se acercaba a cubrirle el ombligo y unos zapatos de infarto en color blanco. Sencilla pero era la mujer más sexy del lugar, ¡Y estaba a la vista de todo el mundo!
Edward se puso en marcha. Estaba decidido a llegar basta ella y hacer lo necesario para dejar claro a todos que Bella era coto privado de caza. Que era suya, aunque ella lo negara a voz en grito. Le pertenecía. Y punto.
Apresuró la zancada hasta casi correr. Se negaba en rotundo a que atravesara La Soledad vestida de esa manera sin él a su lado. Por suerte, Bella debió de pensar lo mismo, ya que giró a la izquierda y se introdujo sin dudar en el sendero que rodeaba el parque. Edward arqueó las cejas pensativo. El sendero estaba flanqueado por arbustos y árboles, nadie paseaba jamás por él, y por si fuera poco estaba lleno de hoyos. Bella iba con unos taconazos de miedo. Como caballero sin brillante armadura, no le quedaba otra opción que acudir en su ayuda.
El camino era más intransitable de lo que en un principio había supuesto, pero Bella no cejó en su empeño. No tardaría mucho en llegar a la verja que rodeaba el castillo y después podría atravesar la zona infantil, llena de inocentes niños que no sabían nada de fuentes ni tradiciones, y caminar unos pocos metros hasta el kiosco. Por supuesto, una vez allí tendría que enfrentarse a las miradas de sus conocidos, pero ya cruzaría ese puente en su momento. Estiró la espalda y continuó caminando, o al menos lo intentó, ya que su pie se torció al pisar el enésimo hoyo y estuvo a punto de caer de bruces. Algo se lo impidió. Más bien alguien. O mejor dicho, una parte de la anatomía de alguien.
Un brazo trigueño y duro como una roca golpeó contra su estómago, sujetándola. Bella recobró el equilibrio e intentó girarse para agradecer la ayuda a su inesperado salvador, pero éste se lo impidió inmovilizándole las manos con una de las suyas. Presa del pánico, abrió la boca para lanzar un alarido que ni la mismísima Montserrat Caballé sería capaz de igualar, pero él también le tapó la boca.
Abrió los ojos como platos y antes de que a su agresor le diera tiempo a decir «Joder!», clavó con fuerza el tacón de su zapato en lo que esperaba fuera el pie del hombre.
Lo era.
—¡Joder! —siseó una voz conocida en su oído—. Soy yo.
—¿Mmmmm? —preguntó Bella con la boca todavía cubierta por la mano.
—¡Yo! —susurró Edward, pero luego se mordió los labios. ¿Quién de los dos era en ese momento? Sopesó sus opciones y su pene decidió que parte de lo que pensaba hacer esa noche en el jardín del castillo bien podía hacerlo en ese momento—. Soy yo... eh...
—¡Mmmmm grrr! —exclamó Bella, intentando soltarse.
—Tranquila, soy yo... Mmm... —«¿Cómo narices se referiría ella a él?»—. ¿Tu amante? —preguntó.
—¡Mmm grrrr arrrrrrrggl —Bella se removió enfadada contra él e intentó volver a pisarle. De hecho, lo consiguió; lo cual hizo que la erección que luchaba por volver a ser la que era antes del primer pisotón reculara rápidamente.
—¡Auch! —se quejó—. Soy yo, el vaquero, el ermitaño de la cabaña. —Se describió a sí mismo como ella le había imaginado en alguna (divertida) ocasión, pero no le sirvió de nada, Bella volvió a patalear con fuerza—. Si me prometes no gritar dejaré de taparte la boca. —«Esto no me está pasando a mí», pensó.
—Mm —contestó Bella, quedándose quietecita.
—Imagino que eso es un sí —dijo separando la mano de su boca cálida, suave... ¡y llena de dientes!—. ¡Ay!
—¡Odio que me tapen la boca! ¡Lo odio! Joder.
—No quería que gritaras.
—No iba a gritar —mintió—. Sabía desde el primer momento quién eras —volvió a mentir. Lo cierto era que no lo había sabido hasta que le escuchó decir «soy yo», y tampoco en ese momento tuvo claro si era Edward o el desconocido de la cabaña. Al fin y al cabo todos los hombres tenían la misma voz cuando susurraban.
—¡Seguro! —No se tragó la mentira.
—Lo que tú digas. Ahora, suéltame.
—No.
—¿No? Me tienes agarrada en mitad del parque la Soledad. ¿No crees que a la gente le parecerá extraño? —ironizó.
—No estamos en mitad del parque, sino en un camino por el que nadie pasa nunca. Y no te tengo agarrada, te tengo presa.
—¿Presa? —El hombre no exageraba. Le sujetaba las manos a la altura de su pecho con una de las suyas y enterraba con fuerza su rostro entre el hombro y el cuello de Bella, impidiéndole girar la cabeza debido a la presión que ejercía... Y a los tiernos mordiscos que a veces le daba.
—Sí. Y voy a hacer contigo lo que se me antoje —afirmó él, pegando su polla, casi recuperada del susto, al dulce y femenino trasero.
—Y... ¿qué se te antoja? —susurró ella con voz ronca, entrando en el juego.
—Llevas demasiada ropa.
Bella apenas tuvo tiempo de suspirar antes de sentir como la minifalda ascendía por sus muslos y se arremolinaba alrededor de sus caderas, dejando un diminuto tanga negro a la vista de todo el mundo; si es que hubiera alguien cerca, claro. Luego escuchó un «clic» y acto seguido sintió el filo de algo metálico pegado a la ingle.
—¿Qué es eso?
—La solución a tu exceso de ropa.
El filo metálico se coló por debajo de las cintas del tanga y las fue cortando. Un segundo después los restos de su preciosa, sexy y carísima ropa interior estaban tirados en el suelo. Bella no sabía si gritar de frustración por la pérdida o jadear para llevar aire a sus «remecidos pulmones». A final la excitación ganó la batalla. Edward sonrió al oiría jadear. Acababan de comenzar. Sin dejar de sujetarla, dejó caer la navaja automática al suelo y utilizó la mano que tenía libre para comprobar si ella hacía sus deberes. Bella sintió los dedos del hombre deslizarse entre sus muslos, presionar contra ellos.
Abrió las piernas al instante.
—Muy bien —susurró él, complacido.
Acarició con las yemas el pubis depilado, recorrió cada centímetro de piel con suaves caricias hasta quedar satisfecho.
—Has hecho bien tus deberes, está tan suave como tus tetas —afirmó, subiendo la mano y pellizcando los pezones por encima del top. Bella no pudo evitar gemir.
Sus dedos atormentaron sin pausa los pechos, pasando de uno a otro cuando el pezón se endurecía y erguía. Los pellizcó y acarició sin dejar de frotar la polla enfundada en los vaqueros contra el trasero femenino mientras Bella abría más las piernas y se pegaba a él todo lo que podía, gemía y jadeaba. Pero no era suficiente.
—Suéltame.
—No.
—Por favor —suplicó.
—¿Qué harás si te libero? —Usaba a propósito expresiones que le recordaban que estaba presa entre sus brazos.
—Tocarme —respondió ella, sin darse cuenta de que lo decía en voz alta.
—¿Tocarte? No lo creo —negó él tirando de un pezón.
—No.
—Sé lo que quieres. En cuanto te suelte bajarás la mano a tu coño mojado. —Acarició con las yemas de los dedos el pezón irritado.
—No.
—Te acariciarás el clítoris, jugarás con él. —Sus dedos cosquillearon sobre los pezones.
—Sí.
—Te meterás los dedos. Uno al principio, dos cuando estés tan empapada que se puedan deslizar hasta el fondo. Después querrás follarte con tres dedos hasta correrte. —Presionó con la palma de la mano sobre los pezones, moviéndolos en circulas.
—Dios... Sí... —jadeó Bella, juntando las piernas con fuerza.
La mano que le atormentaba los pezones bajó veloz hasta pubis y se hundió en él, frotando el clítoris, penetrando con los dedos en su vagina, presionando la palma contra su vulva. La respiración de la mujer se aceleró, el estómago se le contrajo, las piernas le temblaron y, en ese preciso instante, la mano que estaba a punto de llevarla al orgasmo desapareció.
—No... No pares ahora, ¡joder!
—No tienes poder para darme ordenes —susurró él en su oído a la vez que le daba un azote en el trasero desnudo. Bella cerró las piernas intentando calmar los espasmos de frustración que recorrían su cuerpo.
Edward rebuscó en sus bolsillos hasta encontrar el juguete con el que pensaba sorprenderla cuando se hiciera de noche. Sería mucho mejor utilizarlo en ese instante.
—Abre las piernas —ordenó él.
—¿Qué...? —Una caricia recorrió sus muslos. Algo redondo y suave, muy suave.
—Abre las piernas. Ahora.
Bella obedeció y un segundo después sintió una de esas cosas redondas presionar contra la entrada de su vagina hasta penetrar en ella.
—Ahhh.
Sin apenas darle tiempo para recuperarse, una segunda cosa penetró en ella introduciendo la primera más profundamente. Si no estaba equivocada, él acababa de introducirle unas bolas chinas. Sopesó entre gemidos la nueva sensación. Era... estimulante. Mucho. Se sentía henchida, húmeda, excitada; a punto de correrse. Jadeó cuando el pulgar del hombre se posó sobre su clítoris y comenzó a jugar con él a la vez que el anular y el corazón presionaban la segunda bola introducida en su vagina. Las piernas le volvieron a temblar y sus pulmones se quedaron sin aire.
—Te gusta. —No era una pregunta.
—Sí... —jadeó Bella.
—¿Qué te parece si me bajo los pantalones y te follo ahora mismo? —preguntó, apretando su erección contra el delicado trasero.
—Sí...
—¿Sí? ¿Te parece bien? —inquirió frotándose contra ella.
—Sí...
—¿Seguro? Estamos en la Soledad. Cualquiera puede vernos —explicó a la vez que bombeaba contra ella, por encima de la ropa.
—No... —jadeó Bella, poniéndose tensa.
—¿No, no nos verá nadie, o no, no quieres que te folle ahora mismo? —preguntó a la vez que el pulgar imprimía más presión contra el clítoris, terso y resbaladizo.
—No... No, me folles...
—Cómo desees —aceptó sin dejar de hundir sus dedos en su coño. Las bolas chocaban una contra otra tocándola el útero y haciéndola temblar— ¿Crees que es justo que tú te corras mientras que a mí no me dejas follarte?
—No...
—Exactamente. No es justo. —Afirmó, retirando los dedos que acariciaban su clítoris y penetraban su vagina—. Cinco minutos antes de que empiecen los fuegos artificiales, cuélate en el jardín del castillo y camina en dirección norte hasta llegar a un árbol enorme y viejo que hay en el extremo más alejado de la verja. Es un olmo negro. No tiene pérdida, no hay ningún árbol más grande en el jardín.
—Sí... —asintió Bella, moviendo las caderas y buscando los dedos que segundos antes la habían abandonado.
—¿Qué tienes que hacer? —preguntó él.
—Ir al castillo y buscar un árbol.
—Un árbol grande.
—Muy grande —repitió ella, apretando su trasero contra enorme erección que despuntaba en la ingle del hombre.
—No se te ocurra quitarte las bolas chinas ni acariciarte—ordenó él, separándose de ella, pero sin soltarle aún las manos.
—No...
—Sólo yo puedo tocarlas. Sólo yo puedo tocarte.
—Sí.
—Cuando suene el primer chupinazo irás al jardín y buscarás el olmo, le abrazarás al tronco, con la falda levantada, el culo desnudo, las bolas chinas bien dentro de tu coño y me esperarás.
—Dios.
—Lo harás.
—Sí.
—No lo olvides —advirtió él, soltándole las manos. Estas cayeron sin fuerza a sus costados.
—No.
Bella esperó su respuesta, pero sólo escuchó el sonido de pisadas alejándose. Respiró profundamente intentando calmarse. El clítoris y la vagina le palpitaban insatisfechos, los pezones ardían contra el top y todos los músculos de su cuerpo temblaban. No sabía si odiar a ese hombre por la jugarreta que le había hecho, o caer de rodillas a sus pies y comerle la polla hasta que estuviera tan desesperado como ella y la follara; claro que para eso era necesario que él estuviera presente.
Pasó unos minutos allí de pie, pocos o muchos no tenía ni idea, en mitad del sendero en sombras esperando a que su cuerpo se relajara y dejara de temblar. El sudor se acumulaba en sus pechos y en su espalda. Tenía el interior de los muslos empapado por la excitación y cada vez que intentaba dar un paso, las bolas chinas se ocupaban de recordarle lo que iba a pasar un par de horas después. Al final consiguió tranquilizarse, se irguió decidida, acarició su ombligo pensativa y comenzó a andar haciendo caso omiso de la sensación de plenitud y los cosquilleos en su vagina. No sabía cuánto quedaba para la medianoche, pero era consciente de que iban a ser unas horas muy largas.
Cuando consiguió llegar al kiosco, tras unas cuantas paradas para recuperar el aliento e intentar calmar la excitación que le producía caminar, la orquesta ya estaba sobre el escenario. No los podía ver desde allí, pero los acordes de los instrumentos y la voz chillona de la cantante resonaban en el parque y, por si eso no fuera suficiente, había parejitas, de mayor o menor edad, bailando cada dos o tres metros.
Por supuesto, la mayor aglomeración de personas se daba en la pista de baile frente al escenario, pero a la gente le importaba poco el lugar en el que estaban si les apetecía bailar, y así fue como tuvo que esquivar a un corrillo de niños saltando al lado del tobogán, a una pareja de ancianos bailando muy agarrados un pasodoble en mitad del camino y, unos minutos después, a un grupo de adolescentes agarrados unos a otros bailando Paquito el Chocolatero frente a la barra del kiosco.
Cuando llegó al kiosco intentó sentarse en el murete con sus amigos, pero fue incapaz. En el momento en que su trasero toco la piedra, las bolas chinas se movieron en su interior haciendo que estuviera a punto de retorcerse de placer.
Se levantó de golpe y sonrió a sus extrañados compañeros, que la miraban como si estuviera enferma.
Edward cabeceó complacido al verla saltar. No había estado muy seguro de que las bolas funcionaran tal y como le explicó la dependienta del sex shop, pero al ver que Bella tardaba más de media hora en recuperarse y, sobre todo, tras ver su cara, no le cupo la menor duda. Tenía el rostro sonrosado, como si tuviera mucho, muchísimo calor; no cesaba de lamerse los labios, incluso mordérselos. Se mostraba inquieta, se acariciaba el estómago para al segundo después frotarse los bazos. Sus píes no dejaban de danzar, daban un paso adelante, luego otro atrás, incapaz de quedarse quieta. Tragaba saliva con rapidez, un hilo de sudor brillaba en su clavícula y descendía por la unión de sus pechos. Los pezones se marcaban duros y erguidos a través del top. Esto último no le gustó nada a Edward, todo el mundo podía verlos, de hecho todos sus amigos los miraban intentando disimular.
«Bella es mía» quiso decirles, pero no hacía falta, había quedado sobradamente demostrado el día anterior. Con una mueca depredadora en los labios, caminó decidido hasta el grupo.
—Hola. —Saludó colocándose al lado de su mujer y pasando un brazo por su cintura.
—Adiós —contestó Bella, soltándose y alejándose de él para situarse unos cuantos cuerpos más allá, arropada entre dos amigas que sonrieron satisfechas. Los hombres arquearon las cejas y miraron a Edward burlones, las mujeres alzaron la barbilla orgullosas y asintieron.
«Bueno —pensó él—, nada fuera de lo normal». Había asistido muchas veces a ese tipo de escenas entre sus camaradas solteros, ahora casados, y lo cierto era que aunque hasta el día anterior le había parecido una estupidez todo el tema de la Fuente Nueva, ahora lo veía con otros ojos. Por lo pronto, ninguno de sus amigos intentó bailar con Bella. De hecho, entre todos ellos habían formado un círculo alrededor de ella, impidiendo que hombres ajenos al pueblo se aceraran al «coto privado de caza». Las tradiciones tenían su lado bueno.
Bella aguantó como buenamente pudo. Los tacones le estaban machacando los pies, pero no se atrevía a sentarse otra vez, estaba segura de que no podría evitar jadear. Por mucho que intentara quedarse quieta, su cuerpo parecía tener otras intenciones y no paraba de dar pasitos adelante y atrás, haciendo que las bolas se movieran en su interior. Sentía la vulva mojada e hinchada, el clítoris palpitante y los pezones duros como piedras. Bueno, estos no los sentía, los veía claramente y no podía hacer nada para evitarlo. Era una verdadera tortura. Una tortura excitante, sobrecogedora e inigualable. Apenas prestaba atención a la conversación que se desarrollaba a su alrededor, pero no podía dejar de mirar a Edward, de sentir sus ojos clavados en ella, devorándola. Miró el reloj de su muñeca, sólo faltaba media hora para los fuegos artificiales. Si quería desaparecer disimuladamente, tenía que ponerse a ello ya mismo, porque le daba la impresión de que Edward estaba dispuesto a no perderla de vista. De hecho su mirada no era difícil de interpretar; decía, alto y claro, que la seguiría hasta el fin del mundo... y más allá.
Bella chasqueó los dedos, frotó la palma de una mano contra el puño de la otra, se mordió los labios con fuerza y sopló.
—Bueno, me voy a ver si veo dónde está mi suegro —con una voz demasiado chillona—. Chao.
—Está sentado en La Cueva, al lado del escenario —expresó Edward.
—Voy a decirle hola.
—Vale —dijo él acercándose y tomándola del codo—. Te acompaño.
—No es necesario. Gracias, —Edward alzó las cejas pero no la soltó—. Si no te importa, me gustaría recuperar mi brazo. Gracias.
—Me importa.
—Serás animal. Suéltame-ahora-mismo —susurró furiosa. No quería montar un espectáculo, pero si no le dejaba otra opción, por Dios que lo haría.
—No.
—¿Cómo te atreves? —bajó aun más la voz, hasta que sólo él pudo oírla.
—Me atrevo a todo —siseó en su oído, pegándose a ella— No voy a dejar que te pasees con esta pinta por la Soledad tú sola. Ni lo sueñes.
—Serás... Retrogrado, Machista. Anticuado. Carcamal —soltó todos los epítetos que se le ocurrieron, y con cada uno fue alzando un poco más la voz.
—Uyuyuy, la parejita ya está discutiendo —comentó una voz tras ellos—. Es una lástima, pero se veía venir.
—Hola, primo —gruñó Edward sin soltar a su mujer.
—¿Qué narices quieres, Emmett? —inquirió Bella irritada. Había tenido tiempo de cavilar sobre lo sucedido en la fuente durante toda la mañana y Emmett se había llevado varios de sus pensamientos menos agradables.
—¡Eh! Que yo no he hecho nada.
—Exactamente —explotó ella, dando un tirón que consiguió soltarla de los dedos de Edward—. No hiciste nada. Me tiró a la Fuente y no te molestaste en impedirlo. ¡Menudo amigo estás hecho!
—Me pilló de sorpresa —se defendió Emmett, que acababa de convertirse en el chivo expiatorio del cabreo, excitación y confusión que poblaban la cabeza de Bella en ese momento. Al fin y al cabo, podía regañarle y mangonearle y él se mostraría adecuadamente contrito. «No como otros», bufó pensando en Edward y en su postura de macho dominante.
—Tampoco te dignaste a darme tu camisa para que me tapara —aclamó indignada.
—Te la dio Carlisle.
—Exacto. Un anciano tuvo más cabeza, reflejos y decencia que tú —espetó clavándole el índice en el pecho—. Aléjate de mi vista.
—Oh... pobre Emmett. Parece que acabas de bajar a los infiernos —resopló Edward, divertido.
—Y tú. —Bella apuntó a Edward con su índice—. Vete a la mierda.
Se dio la vuelta y comenzó a andar en ninguna dirección particular. Sólo quería alejarse y que la dejaran en paz. Las bolas de su interior comenzaron a moverse rítmicamente con cada paso, su sexo volvió a humedecerse y sus pezones se convirtieron en guijarros. La frente se le perló de sudor a la vez que el estómago comenzó a cosquillearle y la vagina a palpitar. Se paró, incapaz de dar un paso más sin ponerse a jadear, y se sujetó el abdomen con las manos.
«Mierda, mierda y más mierda,» Tenía que llegar al jardín del castillo, una vez allí podría relajarse, o jadear, o gritar o lo que fuera que necesitara hacer, sin temer que nadie pudiera verla ni oírla.
—Buena idea —aprobó Edward abrazándola por la espalda y sobresaltándola.
«¿Lo he dicho en voz alta?», pensó Bella por un instante. No, imposible.
—¡Es qué no me vas a dejar en paz! —clamó mirando al cielo. Ya era de noche. Faltaba poco para los fuegos. Tenía que desaparecer.
—Bailemos.
—¿Qué?
—Estás parada en mitad de la pista de baile. La gente está mirando. Bailemos.
Sin darle otra opción, la obligó a girar hasta que sus pechos quedaron pegados a su torso. A través de la fina camisa que él llevaba podía sentir sus pectorales. Los pezones respondieron ante el contacto. Un fogonazo de placer recorrió sus venas, alojándose en su útero.
—Dios —jadeó, posando las palmas sobre el pecho del hombre, intentando separarse—. Para. No quiero bailar.
—Por supuesto que quieres —declaró él, agarrándola firmemente por la cintura.
En ese instante la orquesta cambió de canción y atacó con una de las canciones más bailadas en cualquier verbena nacional: Suspiros de España. Edward soltó una carcajada, apretó la cintura de Bella y comenzó a moverse con ritmo. Al momento se vieron rodeados por todo tipo de parejas, desde ancianos a jovenzuelos, y Bella se vio inmersa en un mar de cuerpos oscilantes que se movían al compás de la música.
Edward aferró la mano derecha de la mujer con la izquierda suya y colocó la que le quedaba libre a la altura de los omóplatos. Mantuvo esa posición siguiendo el compás durante apenas un par de minutos, los suficientes para volverse loco por la necesidad de sentir la tibia carne femenina pegada a él. Inspiró profundamente y desplazó con lentitud la mano que sujetaba el cuerpo femenino, hasta posarla abierta sobre la suave piel del final de la espalda. Presionó con ella hasta que Bella quedó totalmente pegada a él.
Ella sintió en su vientre la dura erección que pugnaba contra los pantalones del hombre y se rindió.
Se rindió a él, a sus caricias, a su deseo.
Se movieron uno contra otro, los pies punta con punta, la mano derecha de Bella asiendo desmayada la masculina, la otra aferrada a la camisa del hombre. Giraron una y otra vez con los cuerpos tan pegados que parecían uno solo. Sus labios jadearon al unísono sin dejar de mirarse fijamente a los ojos. La piel de Bella era suave y cálida al tacto, la de Edward estaba cubierta de sudor. Los rasgos del hombre eran duros y contenidos, sus labios apretados fuertemente para impedir que gimieran desesperados. Las facciones de la mujer eran dulces, relajadas, sus ojos se entornaban rendidos a la pasión. La mano de Bella se crispó contra el pecho de Edward. Todo su cuerpo tembló.
Él bajó la cabeza y posó sus labios sobre la tierna y dulce boca de Bella, bebiéndose los jadeos incontrolados que escaparon de ella. La mano anclada en el final de la espalda la apretó con más fuerza, hasta que sintió los espasmos que se adueñaban del estómago de la mujer. El pene le palpitó dentro de los pantalones, se engrosó y alargó como nunca lo había hecho, lágrimas de semen brotaron de su glande, humedeciendo el algodón de los boxers. Los testículos se tensaron, endurecidos y dispuestos para descargar su preciado contenido. Apretó salvajemente sus labios contra los de Bella mientras todo el cuerpo femenino vibraba y sus largas uñas pintadas de rojo se hundían en su poderoso torso. La sujetó con fuerza cuando le fallaron las piernas, separó sus labios de los tentadores de ella y la miró con ternura, haciendo caso omiso del dolor que asolaba sus testículos, de la frustración con la que pulsaba su polla. No iba a correrse en los pantalones como un chiquillo impúber. Esperaría. Sólo unos minutos más. Bella sería suya bajo las estrellas y los fuegos artificiales.
Bella parpadeó confusa. Había tenido uno de los orgasmos más explosivos de su vida en mitad de la pista de baile de la Soledad. Rodeada de gente. Entre los brazos de Edward. Y lo más aterrador de todo era que, cuando el éxtasis había corrido raudo por todas sus terminaciones nerviosas y sus ojos se habían cerrado incapaces de resistirlo, en su mente se había dibujado la imagen de un hombre... de dos nombres. El rostro de Edward, los labios de su amante desconocido. Las manos de Edward, el cuerpo desnudo del hombre de la cabaña... Miró a su cuñado confundida, dio un paso atrás, y otro, y otro más... Se giró y salió corriendo de la pista de baile, chocando sin darse cuenta con las parejas que aun bailaban.
Edward permaneció erguido en mitad de la pista, ajeno a todo lo que rodeaba, pendiente de cada uno de los pasos de su mujer. La observó cruzar a bandazos el parque, perderse entre los caminos que llevaban al castillo y por último desaparecer a través de la reja que lo rodeaba. El cazador que había en él, sonrió. Se sacó los faldones de la camisa de la cintura del pantalón, los colocó descuidadamente esperando que disimularan su erección y fue tras ella.
Bella miró aturdida a su alrededor. Estaba en el jardín del castillo. ¿Dónde le había indicado él que se encontraran? Al lado de un olmo negro.
—¿Cómo coño es ese árbol? —Preguntó al aire—. Grande, ha dicho que era el más grande del jardín.
Recorrió el lugar con la mirada, pero todos los árboles le parecieron más o menos igual tamaño. ¡Joder! La explanada del jardín era enorme. Él había dicho que fuera hacia el norte.
—¿Y por donde narices se va al norte? —siseó entre dientes. Si estuviera en Madrid no tendría ninguna duda, pero aquí, en ese preciso momento estaba totalmente desorientada—. Piensa.
Él había dicho que estaba en el extremo más alejado de la verja, por tanto caminaría dejando la verja tras ella y buscara un árbol grande y viejo.
Edward la observó titubear, girar la cabeza a un lado y, al final, caminar decidida hacia el sur. Sonrió y decidió que para Navidad le regalaría una brújula. La siguió ocultándose entre las sombras, si andaba lo suficiente acabaría llegando a un pequeño grupo de esbeltos álamos que esperaba les ocultaran lo suficiente. Y si no era así, sinceramente le daba lo mismo. Estaba a punto de reventar, los pantalones le oprimían dolorosamente el pene y a cada paso que daba los testículos mandaban pinchazos de dolor a su ingle.
Bella caminó con paso inseguro un par de metros, y al final decidió quitarse los zapatos. Posó sus pies desnudos en el suelo y hundió sus pequeños dedos en la hierba fresca y húmeda. Un alivio momentáneo para el fuego que recorría su cuerpo. Hacía escasos minutos que había estallado entre los brazos de Edward y su piel estaba ardiendo de nuevo. A cada paso que daba las bolas se movían en su interior, vibraban contra las paredes de su vagina, empujaban con firmeza su útero y ella lo único en lo que podía pensar era en la polla del desconocido entrando con fuerza en su cuerpo.
—¿Donde estará ese puñetero árbol?
Tras varios minutos caminando, algún tropezón y muchos estallidos de placer recorriendo sus venas, llegó a un grupito de arboles que no se veían especialmente grandes ni viejos. Los observó todo lo atentamente que pudo entre las bramas del deseo y se decidió por uno.
—No creo que seas tú —dijo contra el delgado tronco—, pero no puedo dar un paso más —afirmó levantándose la falda por encima de las caderas—. ¿Cuándo sonará el puñetero chupinazo? Necesito tocarme —susurró, aferrándose con una mano al tronco mientras con la otra se acariciaba los muslos. «Sólo un poquito», pensó—. Él no se va a enterar de lo que hago —afirmó cuando sus dedos encontraron la suave piel depilada de su pubis.
—Él sabe todo —susurró una voz tras ella. Él.
Su mano asió la de Bella, impidiéndola llegar hasta donde tanto necesitaba. Pegó su pecho a la espalda femenina y su ingle al trasero. Bella pudo sentir su tremenda erección a través de los vaqueros. ¿Por qué no se los había quitado?
—Eso no ha estado nada bien —la regañó él con voz ronca, dándole una fuerte palmada en las nalgas.
En contra de todo lo que siempre había pensado, esa palmada estuvo a punto de lograr que se corriera. Había algo excitante en sentir la palma de su mano sobre el trasero. Las vibraciones que ondulaban sobre sus nalgas recorrían el perineo y la vulva y terminaban sobre el clítoris. Bella gimió y apretó con fuerza los muslos, pegando más sus senos a la corteza del árbol, frotando los pezones duros y erguidos contra ella.
—Ni se te ocurra —le advirtió él, pasando un brazo por su estómago y obligándola a separarse unos centímetros del árbol, los suficientes para no rozar sus pechos contra el tronco.
La mano del desconocido se coló entre sus muslos fuertemente apretados, obligándola a abrirse para él. En cuanto lo hizo, apuntaló con sus botas los pies desnudos instándola a separarlos más. Bella no opuso ninguna resistencia.
—No gires la cabeza —ordenó.
La mano seguía posada en sus muslos, acariciándolos. Bella dobló las rodillas, intentando que ascendiera hasta el lugar en donde estaba ardiendo. Él se limitó a darle un suave cachete. Bella empinó su trasero, rozándose contra él, intentando tentarle. Esta vez el hombre respondió. Se pegó más a ella y pasó la mano que tenía libre por su estómago, deteniéndose a jugar con los dedos en su ombligo. Nada más.
—¿A qué esperas? —preguntó frustrada.
—A que sea el momento justo —contestó él, Inmóvil.
—¿Y cuándo será eso? —inquirió ella, frotando las nalgas contra su ingle.
—No te muevas—repuso él, quitando la mano de su estómago y dándole otro azote en el culo.
La impaciencia hacía temblar a Bella. Él estaba ahí, pesado a ella, duro como una piedra; su pene largo y grueso apoyado contra su trasero— y no hacía nada.
Los músculos de su vagina se apretaban y aflojaban espasmódicamente contra las bolas, su vulva se humedecía cada vez más, su clítoris latía y sus pezones se quejaban doloridos, y él no hacía nada. ¡Nada de nada!
—No puedo más... por favor —rogó.
—Aún no —repitió él.
—¿Cuándo?
—¿No lo sabes? Qué mala memoria tienes.
Bella cerró los ojos e intentó recordar todas sus indicaciones: el árbol, el jardín, la falda levantada, el culo desnudo. Cuando sonara el primer chupinazo. De repente un ruido atronador resonó contra el cielo nocturno, como si hubiera estallado el más grande de los cohetes. Las manos que se posaban sobre su piel se alejaron de repente. Un segundo después oyó el sonido de algo rasgarse —un condón, supuso—. Y poco más tarde el sonido metálico de la cremallera del pantalón.
Sonó el segundo chupinazo. Los dedos ásperos y callosos acariciaron el interior de los muslos, asieron el cordón de las bolas chinas y con inquietante lentitud fueron tirando de él hasta que estas abandonaron la vagina con un sonido húmedo. Bella jadeó al sentirlas rozar contra su vulva. Y después, él se quedó inmóvil de nuevo.
Explotó el último cohete. Las manos de él se aferraron a su cintura. Sus pies separaron más los de Bella. Su ingle se apoyó contra las impacientes nalgas femeninas y su pene se alojó en la unión entre sus muslos.
Un fogonazo de múltiples y brillantes colores iluminó el cielo nocturno sobre sus cabezas.
La verga penetró de un solo empujón. Los dedos que asían su cintura se clavaron en la piel. Las manos de Bella se aferraron con fuerza a la corteza del árbol. Él comenzó a bombear, fuerte, rápido, rudo. Sus enérgicos empujones desplazaron el cuerpo femenino hasta que sus pechos se apretaron rítmicamente contra el tronco del árbol, pero apenas se dio cuenta. Todo su mundo se centraba en la polla rígida y poderosa que entraba en ella vigorosa y potente, cada vez más violenta, más rígida... Con cada empellón, las puntas de sus pies se alejaban de la húmeda hierba y sus sentidos se acercaban más al Paraíso. Una de las manos que le asía la cintura le rodeó el estómago y se deslizó hasta su pubis. Los dedos largos y trigueños presionaron su clítoris, una vez, dos, tres... Bella explotó. Un grito incontenible abandonó sus labios y se confundió con el estruendo de los fuegos rarifícales. El hombre empujó una vez más, dos, tres... y se tensó inmóvil muy dentro de ella. El rugido que surgió de su garganta provocó escalofríos de placer en su alma femenina.
Bella sintió que sus rodillas fallaban. Los fuertes brazos del hombre la sujetaron. Salió de ella con un gemido y permitió que los cuerpos de ambos se derrumbaran exánimes sobre la hierba. Uno al lado del otro, el pecho fuerte y cálido contra la espalda esbelta y delicada.
Los dedos del hombre acariciaron la mejilla, dibujaron las líneas de su rostro y retiraron el pelo de su cara.
—Mañana vendrás a la cabaña —ordenó.
El estruendo de los fuegos artificiales impidió que Bella escuchara cómo el hombre se subía la cremallera de los pantalones. Impidió que oyera sus pasos alejándose, pero no le importó. Sabía con certeza ineludible que al día siguiente volvería a sentirlo dentro de ella. Junto a ella. Abrazado a ella.
Bella traspasó el agujero de la reja poco después de que los fuegos artificiales dejaran de iluminar el cielo. No sabía si había pasado mucho tiempo desaparecida ni le importaba en absoluto si así era. Lo único que quería era despedirse de sus amigos —más por educación que por otro motivo—, e irse a casa a dormir. Estaba agotada. Permanecer al borde del orgasmo durante dos horas era realmente cansado y la sesión de sexo salvaje había sido la estocada final que la había dejado total e irremisiblemente extenuada.
Comprobó que toda su ropa —toda, menos el tanga— estuviera perfectamente colocada, se atusó el pelo esperando que no estuviera muy despeinado y se puso los zapatos de tacón. Ya había dejado atrás el jardín, no podía seguir caminando descalza por mucho que le apeteciera.
Se dirigió con pasos vacilantes hacia el kiosco; se despediría rápidamente de sus amigos alegando que estaba muy cansada, y adiós muy buenas. Sólo esperaba que Edward no estuviera con ellos. Su cuñado era capaz de leer sus pensamientos y llevaba escrito en el rostro lo que había pasado hacía escasos minutos. No quería ni imaginar cómo se lo tomaría si llegaba a enterarse de que su «coto privado de caza» había follado como una loca con otro hombre. Se le escapó una risita tonta al imaginar su reacción y, acto seguido, se le contrajo el estómago por culpa de un repentino ataque de remordimientos. ¡Acababa de follar con el desconocido a pocos metros de donde se encontraba Edward! Podría haberles visto. Se detuvo en seco, repentinamente seria.
«¡Oh, Dios!», pensó llevándose las manos a la boca. Podía imaginar perfectamente su reacción. No se enfadaría, ni armaría ninguna bronca, ni mucho menos haría el espectáculo. Eso sólo lo hacía ella.
Edward se sentiría profundamente herido. Le había declarado sus intenciones hacía sólo una semana: quería tener una «relación seria» con ella. No, seguro que eso no lo había dicho ni pensado de verdad. Para nada. Él sólo quería... La quería. Punto. La había besado hacía menos de una semana en el mismo jardín en que acababa de follar con otro hombre, tras revelarle todas sus esperanzas, sus planes, sus ilusiones; un segundo después de pedirle —a su manera brusca e indirecta— que se quedara en el pueblo con él. La había vuelto a besar el día anterior, metidos hasta la cintura en la Fuente Nueva, proclamando ante todo el mundo que estaba interesado en ella. Que, si la tradición no mentía, quería convertirla en su mujer. Y, por si fuera poco, hacía menos de una hora que ella acababa de correrse entre sus brazos, en mitad del baile, aferrada a su pecho y con sus labios bebiéndose sus gemidos.
«¡Qué he hecho!», gritó en su cabeza. «Si se entera de esto sufrirá... Y yo no podría soportar ver el dolor en sus ojos», pero tampoco podría soportar no volver a encontrarse con el desconocido. Los amaba a los dos.
«No. No amo a nadie», afirmó para sí a la vez que se abrazaba el estómago.
Ella no quería a Edward, no lo amaba, estaba segura. Tampoco amaba al desconocido con el que acababa de hacer el amor. De follar. No estaba enamorada de ningún hombre. ¡De ninguno!
Dirigió la mirada hacia el kiosco. Sus amigos la estaban haciendo señas. Edward no estaba entre ellos. Hizo un gesto con la cabeza a modo de despedida y giró en dirección a la salida del parque; tenía que irse de ahí en ese mismo momento.
Necesitaba estar sola, pensar, reflexionar. Esconderse en su habitación.
Una mano la sujetó del codo. Bella se volvió sobresaltada. No conocía al hombre que la agarraba.
—Perdona —dijo soltándola—. ¿Sabes dónde está El Vivo?
—¿El Vivo? No... Ni idea —respondió aturullada, ella no conocía a nadie con ese mote.
—¿Segura? Me han dicho que estaba contigo.
—¿Quién te ha dicho que El Vivo estaba conmigo? —preguntó Bella asustaba. La vieja bruja había dicho que ella pertenecía al «Vivo»
—Tus amigos —dijo el hombre—. Los que están sentados en el muro del kiosco —explicó al ver la mirada confundida de la mujer.
—Se equivocan —afirmó Bella, empezando a asustarse. ¿Qué era lo que ellos sabían? ¿Los habrían visto en el Jardín del castillo?
—Oh vaya... Perdona. Soy de Santa Cruz y he bajado a la fiesta pensando que lo vería y podríamos hablar de algo importante, pero no lo encuentro. Tú eres Bella, ¿verdad?
—Sí.
—¿Estás segura de que no has visto al Vivo?
—No, lo siento. De hecho, ni siquiera lo conozco —explicó, deseando irse de una buena vez.
—¡Claro que sí! —exclamó él divertido dándolo una palmadita en la espalda—. Vamos, no puedes estar tan enfadada con él como para decir que no le conoces.
—¡Es que no le conozco! —gritó enfada por las confianzas que se tomaba ese tipo.
—Ah, te habré confundido con otra Bella. —Ella asintió con la cabeza aceptando sus disculpas, pero el tipo no parecía dispuesto a soltarla— ¿Ayer te tiraron a la Fuente Nueva?
—Joder, las noticias vuelan.
—El... el que te tiró, mmm —frunció el ceño como si no recordara algo y luego continuó—, él es trigueño, alto, de ojos verdes, pelo cobrizo rebelde.
—Sí —respondió Bella con un hilo de voz. Estaba empezando a asustarse. Ese tipo estaba como una puta cabra. ¿A qué venían tantas preguntas? Miró a su alrededor, estaba rodeada de gente, eso la tranquilizó un poco. No se atrevería a atacarla en mitad del parque.
—Pues ése es El Vivo.
—¿Edward?
—Sí, ése, joder. No me salía su nombre... En Santa Cruz le conocemos por «El Vivo».
—Ah... lo siento. No he visto a Edward desde hace un buen rato.
—¿Lo verás mañana?
—No lo sé —ese tipo la estaba colmando la paciencia. Ahora mismo tenía algo importante que pensar... Edward y El Vivo eran la misma persona, claro que eso no quería decir nada... No podía angustiarse sólo por las supercherías de una vieja loca que aseguraba que ella pertenecía al Vivo.
—Si lo ves, dile que me dé un toque al móvil. He intentado llamarle, pero no sé por qué no me lo coge —«Yo sí lo sé —pensó Bella—, porque eres un verdadero coñazo»— Llevo buscándole desde antes de que empezaran los fuegos y está desaparecido en combate. Y me tengo que ir ya. —Dejó de hablar y la miró pensativo—. Hazme un favor, pregúntale cuándo puedo llevar la yegua a la cabaña para que su semental la monte. ¿Vale? Encantado de haberte conocido —dijo plantándole un beso en la mejilla y largándose con viento fresco.
Bella se quedó petrificada en mitad del parque. Ese tipo quería que le preguntara al Vivo, que no era otro que Edward, que cuándo podía llevarle una... yegua a su... cabaña... Y por si fueran poco, el tal Vivo llevaba desaparecido desde antes de los fuegos.
La respiración de Bella se tornó errática, los pulmones necesitaban más aire del que les llegaba. Ante sus ojos comenzaron a aparecer puntitos negros.
—¡Basta! —exclamó haciendo que las personas a su alrededor se giraran.
Controló como pudo la respiración, intentó calmarse y, cuando estuvo segura de que no se iba a caer redonda, echó a correr como alma que lleva el diablo hacia la casa de Carlisle.
Todas las luces de la casa estaban apagadas. Aún así, Bella revisó cada habitación en busca de su suegro, pero no estaba. Agotada y confundida decidió meterse en la cama y consultar con la almohada todo lo que le había dicho el gilipollas ese. Y todo empezó a encajar en su mente: el tanga que apareció de repente entre la colada, el mismo que se había olvidado en la cabaña; la yegua roja en el prado contiguo a la casa de Edward; que el desconocido pareciera conocer tan bien a Alec y a su suegro; que se empalmara pensando que estaba dormida en «la habitación del centro», ¡joder!, ahora mismo estaba tumbada en la cama de su habitación, la del centro de esa planta... Y más cosas. La yeguada que tenían entre varios amigos; el veterinario que les salía gratis, joder, ¡Edward era veterinario! La casa con dos chimeneas y una barbacoa en el porche; el amigo al que su amante desconocido había prometido que Negro montaría a una de sus yeguas y que resultó ser el mismo idiota que la había vuelto loca con sus preguntas sin sentido en la Soledad.
Se acurrucó en la cama, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos envolviendo las piernas. No, seguro que no. Todo era un terrible malentendido, seguro que el tipejo ese de Santa Cruz se había equivocado de persona, ni siquiera recordaba el nombre de Edward. Se había equivocado, no había otra opción.
Horas más tarde oyó la puerta de la casa abrirse y los pasos sigilosos de su hijo al subir las escaleras intentando pasar desapercibido. Bella salió como una exhalación de su cuarto y se plantó frente a un Alec asustado.
—¡Se me estropeó el reloj! ¡No sabía que era tan tarde! No lo volveré a hacer, te lo prometo —argumentó su hijo con los ojos abiertos como platos. Imaginaba que se ganaría una buena bronca por llegar tan tarde, pero no que se la ganaría a las cinco de la mañana nada más entrar por la puerta y todavía algo atontado por la cerveza que no debería haberse bebido.
—No pasa nada, cariño, no importa —afirmó su madre, estaba todavía vestida, la camiseta arrugada sobre su estómago, la falda girada y el pelo hecho una maraña. Parecía una loca—. Dime... ¿Te has fijado que al lado de la casa de Edward hay un prado con yeguas?
—Eh... sí. La yeguada. Es suya y de sus amigos.
—Vale. ¿Sabes si alguna de las yeguas es de tu tío?
—Sí. Roja.
—¿Un caballo rojo?
—Sí —contestó su hijo sonriendo—. Es roja y se llama Roja, a tío Edward no le gusta comerse el coco con los nombres. Fíjate que a su semental le llama Negro ¿Y a que no sabes de qué color es?
—Negro —contestó Bella con un hilo de voz.
—Exacto —asintió riéndose, hasta que vio las lágrimas que caían por las mejillas de su madre—, Mamá, ¿qué te pasa? ¿Estás bien?
—Sí. Perdona, cariño. Estoy un poco tonta. ¿Dónde está tu abuelo? —preguntó limpiándose las mejillas.
—Eh... Se ha ido a la casa del tío Sam. Me dijo que iba a pasar la noche allí. Que quería comprobar si el orujo que hacía el tío estaba en su punto.
—Necesito hablar con él —dijo Bella girando en redondo y bajando las escaleras.
—Mamá, son las cinco de la mañana, no es buena hora y no estás vestida para salir.
Asintió ante las palabras de su hijo y se dio la vuelta para quedarse parada en la mitad del salón, como si no supiera qué hacer a continuación.
—Mamá... Vamos, te acompaño a la cama, ¿vale? Ya sabes lo que pasa en estas fiestas, los amigos se reúnen, se toman unas copas y, cuando te quieres dar cuenta, estás medio mareada y la cabeza te da vueltas. —Bella miró a su hijo confundida. ¿Pensaba que estaba borracha?—. A mí me ha pasado lo mismo —confesó preocupado por su reacción—, y ya ves... No pasa nada—afirmó—. ¿Verdad?
—No, cariño, no pasa nada. Mañana tendremos resaca, nada más. Buenas noches —se despidió dándole un cariñoso beso en la mejilla. Alec era lo mejor que le había pasado en la vida. Lo más hermoso de todo lo que la rodeaba. Su hijo acababa de confesar que había bebido sólo para que ella se sintiera mejor—. Te quiero con toda mi alma —le dijo acariciándole las mejillas con sus manos. Luego se dio media vuelta y se encerró en su cuarto.
«Mañana será otro día», pensó.
Hola! apareci por aquí Sorry por la demora
Ahora siii se armaaaaa! Bella ya como que sabe? Bueno ya lo veremos en el próximo capituloo XD
Mini adelanto:
—No seas iluso. Cada vez que me has follado me he imaginado a un hombre distinto —mintió descaradamente.
—No te creo.
—Piénsalo. ¿Por qué iba a conformarme con un solo desconocido, pudiendo tener a quién me diera la gana? Ése era el juego, admítelo. Cada vez que he follado contigo he imaginado a un hombre distinto y ninguno tenía tu rostro —asestó la puñalada mortal.
—Mientes —escupió Edward.
—Si tú lo dices —Bella se encogió de hombros y, esquivándole, se dirigió a la puerta.
Lucerito!
