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Atención. No apto para menores de 18 años.

Angst.


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10. PUENTE MIRABEAU

Aromas deliciosos, olor a pan recién hecho y a tarta de chocolate. Esencias, mantequilla y azúcar.

El día de la boda de Marinette, su casa se llenó de preparativos, de empleados que mezclaban frenéticos el fondant para cubrir la obra de arte que su padre estaba haciendo.

Vainilla, licor de naranja, nueces.

La novia, en cambio, pasaba uno de los peores días de su vida. Marinette entendía que estaba coleccionando malos momentos, no comprendía por qué estaba sufriendo tanto.

Llegó desde Amberes, diciendo que no se casaba. Sabine pensó que habían tenido una pelea. Tom pensó que eran los nervios. Adrien les dijo que era una crisis. Nadie le creyó. Les pareció imposible que Marinette se negara a algo de lo que había hablado desde los catorce años, ¡y con Adrien! el sueño de toda chica, amable, guapo, adinerado, nunca se enfadada y siempre caía bien. Seguro que Marinette estaba agobiada por todo, seguro que sí. Sus padres la dejaron estar y siguieron con sus preparativos. Marinette, en cambio, pasaba los días inventando una manera de enterarse cómo estaba Félix. Incluso lo llamaba y lo llamaba, pero su teléfono la mandaba al buzón. Adrien se pasaba por ahí, para ver qué tal estaba, para empezar la terapia de pareja. Marinette no lo recibía. Los días pasaron.

Oscuridad, frío, tristeza y soledad, todo eso en su corazón.

Bullicio, preparativos, actividad frenética, expectación, todo eso en su casa y en la mansión Agreste.

Su vestido colgaba de una percha en el fondo de su armario, sus zapatos blancos llenos de polvo estaban debajo de su cama, su velo se encontraba doblado en un cajón. Sus sueños y sus esperanzas se esparcían rotas en cada rincón de su habitación. Dos días antes de su boda, la única persona que creyó su firme resolución de no casarse, apareció ante su puerta. Sus padres le abrieron y le hicieron pasar, temerosos. Le enseñaron dónde quedaba la habitación de Marinette y él se irguió, orgulloso, les saludó con una mueca y subió hacia el ático, para hablar con su futura nuera.

Gabriel Agreste no admitía espectáculos ni escándalos, podía aceptar pecados, siempre y cuando permanecieran a oscuras, en secreto. Lo que Marinette pretendía ya era imposible.

- Nadie dejará plantado a mi hijo enfrente de tantas personas, Marinette. No me importa si tengo que arrastrarte yo mismo. Si no querías casarte, tuviste once años para negarte.- Se ajustó las gafas, estiró los dedos. -Si te atreves querida nuera, no dejaré nada de tí, te haré polvo, Marinette.- Lo dijo en voz baja, para que nadie escuchara. -Además, no te preocupes, siempre puedes divorciarte después-

Escándalo, vergüenza, humillación.

Marinette no pudo replicar. Sin embargo, a quince minutos antes de partir para la Iglesia, ella aún no se había arreglado ni vestido, sólo se había duchado como todos los días. Alya Cesaire la encontró así, abandonada a su suerte, cuando subió para llevarla en la limusina.

- ¡Marinette! ¡es tardísimo!-

Ella la miró sólo por un segundo, pero Alya pudo ver que su mirada era triste y apagada. Estaba pálida y no había ni un rastro de felicidad en su cara. Marinette se puso de pie, abrió el armario, se puso su vestido de novia sobre la ropa interior de todos los días y se calzó, sin limpiarlos, el par de zapatos de satén. Se cepilló el pelo y se colocó la diadema sobre la que iba montada el velo. Encontró unos pendientes de plata, con brillantes Swarovski, y eso fue todo. Alya corrió hacia su mesilla y sacó algo de maquillaje, que aplicó a la carrera como buenamente pudo. En tiempo récord, Marinette estaba lista.

Simplemente ella se puso de pie, y sin mirar a su amiga, le dijo:

- Alya, obsérvame bien, mira mi rostro y ve mi ojos...nunca te cases si te ves como yo el día de tu boda. Las novias deberían casarse felices, y no así.- Alya intentó hablar, pero ella la cortó. -No olvides lo que te digo, por favor.-

No hubo ceremonias, ni palabras de despedida, ni fotos en las escaleras de su casa, Marinette salió como una tromba de la panadería, se abrió ella misma la puerta y subió a la limusina que la esperaba para afrontar su destino.


Durante los pocos años que duró su matrimonio con Adrien Agreste, Marinette siempre se preguntó en cómo volver a ser libre. Año tras año, ella y su abogado, solicitaron de todas las maneras y alegando casi todas las causas, la anulación de su unión. No lo conseguía, no había acuerdo. En la vida real, cada quien hizo de su vida lo que quiso. Ella se fue a New York y él, a Japón, a impulsar su emporio en Oriente. Iban y venían a París como aves migrantes, por temporadas, nunca por mucho tiempo. Fue un fin de semana, en el que ambos estaban en la mansión, cuando les avisaron que una mujer les esperaba en el recibidor.

Marinette fue la primera en salir a ver quién era la recién llegada. Una mujer hermosa, de ojos rasgados, rostro serio y con piel de porcelana , estaba de pie, elegantemente vestida, acompañada por un pequeño niño, igual de hermoso que ella, idéntico en todo pero de ojos verdes.

Kagami Tsurugi, cansada de la subterfugia vida que llevaba en Japón, fue directo al origen de sus problemas. Trajo consigo la prueba fehaciente de su relación con Adrien y de un parpadeo, le abrió a Marinette la puerta de salida de su tumultuosa relación con los Agreste.

- Durante años- le diría después a su marido, ahora ya convencido de aprobar el divorcio. - durante años, te pedí que firmaras. Durante años, te negaste a aceptar que yo amaba a otro. Durante años, Adrien, años. ¿Por qué no pudiste ser sincero? Los dos hemos tropezado con la misma piedra, yo acepté mi culpa y pedí enmendarla, pero no quisiste y hoy...hoy...has sido cruel conmigo. ¿Venganza? ¿odio?.-

Adrien negaba y negaba.

- Ninguna de esas cosas, Marinette.- él le cogía de las manos, cerrando sus ojos para no verla. - Amor, siempre te he amado. Y te quiero siempre a mi lado, como siempre lo pensamos. Marinette, yo rogaba que tal vez un día...desistieras de irte...pero mientras tanto, mientras tanto yo...-

No quiso escuchar más. Ni una palabra más de su boca. Apenas salió de la oficina de su abogado, ya habiendo firmado y recuperado su apellido, ella fue inmediatamente al aeropuerto y tomó el primer avión que encontró para Londres. Fue directo a buscarlo, pero en su mansión le dijeron que él ya no vivía ahí sino en Amberes, y que su madre había viajado a verlo. Otra vez Amberes, otra vez el mismo viaje, y otra vez, por el mismo motivo.

¿Qué sería de él? ¿Cómo estaría? Seguro que tendrían que empezar de nuevo, tendría que convencerlo de volver. Pero lo conseguiría, no importaba con cuantas mujeres hubiera estado, ni lo que con ellas hubiera hecho. Tampoco le importarían sus vicios, ni sus defectos. Ella bien sabía que él coleccionaba error tras error en su afán por olvidarla. Tenía fe, fe en que en el fondo de su corazón todavía existiera amor. Había soñado tanto tiempo con él. Con su pelo rubio, y sus pestañas brillosas, sus ojos verdes con reflejos, con su nariz, perfecta y con algunas pecas, y sus labios, gruesos y fieros en el amor. Sus dedos, intensos y fuertes. Recordaba su voz, que nunca titubeaba. Soñaba con él, con Félix.

Y su sueño se volvió realidad, en una de las calles de Amberes, cerca a una joyería con mucha clientela. Él estaba esperando afuera, en la acera, con gafas de sol y las manos en los bolsillos, elegante, con sombrero, todo un señor. Iba a lanzarse hacia él, gritando su nombre, riendo. Una mano la sujetó del codo, cortando sus intenciones.

- No lo hagas, Marinette.- susurró Amelie, intentando evitar revuelo.- Por favor, no. ¡Marinette! mira bien, por favor, mira bien.- siguió hablando la madre de Félix.

Y ella vio, vio como sus sueños se desmoronaban en un segundo, partiéndole el alma y el corazón. Una mujer de pelo negro y vestido verde claro con mucho vuelo, salió acompañada de dos niños pequeños, uno mayor que el otro, mientras empujaba un pequeño cochecito clásico con una pañalera colgando de él. Hay un bebé adentro, intuyó Marinette. La mujer del vestido verde, le dio un beso a Félix, mientras que los niños se le treparon encima. Los cogió en un brazo a cada uno, le dio un vistazo al pequeñajo en su capazo, y echaron a andar, los cinco, felices.

- Ella está embarazada de un cuarto niño, Marinette. Por eso he venido a verlos. Ahora que lo sabes, dime tu qué vas a hacer.-

Sabía muy bien lo que iba a hacer, lo tenía decidido de antes. Le dio vuelta a la idea muchas veces, cuando Adrien todavía no firmaba. Ya era el momento, entonces, se dijo. Y ella volvió a andar el camino de vuelta a París. No había lágrimas, ni lamentos. Lo había perdido todo, ahora sí, en serio. Todo, la esperanza, la fe, el amor. Todas las cosas que ella siempre pensó que eran necesarias para vivir. Todo perdido, sin opción a que regresen.

Al llegar a la panadería, cogió a Minou, el segundo Minou, cogió el cesto donde el gato dormía, sus juguetes, y sin despedirse de sus padres fue hasta la casa de Alya, quien recibió al nuevo gatito con una sonrisa en los labios.

- ¿Y donde vas ahora, Marinette? - le preguntó risueña, mientras jugaba con Minou.

Ella no contestó, se despidió rápidamente y en unos segundos, empezó a caminar por las calles de París, miró su reloj, en unos minutos más, la mayoría de personas estarían comiendo y por lo tanto, las calles estarían vacías. Mejor para ella.

Trataba de no pensar en nada, ni en lo que estaba haciendo, ni en Félix, pero al llegar al puente fue imposible no recordarlo. El tiempo perdido, el amor olvidado. Nunca habían tenido ni siquiera una oportunidad, ni siquiera un intento. Jamás le había dicho que lo amaba, que siempre lo había hecho. Necesitaba pedirle perdón por haber sido tan indecisa, tan tonta de aferrarse a un sueño que se volvió pesadilla. El alma le pesaba y le impedía respirar, sentía una opresión en el pecho y muchas ganas de llorar. Sus manos temblaban pero aún podía pensar con claridad. Aún podía ver su rostro sonriente, cogiendo en brazos a sus hijos. Aún podía verlo sonriendo junto a ella a los pies de la noria, antes de que les tomaran esa foto a los dieciséis años. Todavía podía sentir la calidez de sus labios, como cuando la besó por primera vez en su fiesta de fin de curso. Y sus abrazos tiernos y fuertes, cada vez que la recibía bajando del tren. Y en sus oídos, podía escuchar su risa, su voz. Podía sentir su aliento susurrándole su nombre al oído.

Marinette, Marinette.

Se quitó los zapatos, tiró su bolso a una papelera, y se trepó ágilmente sobre la barandilla del puente Mirabeau, sentándose en ella. Un fuerte viento le hizo estremecer, llenándola de frio y temor, y otra vez, escuchó cómo el viento se le colaba dentro suyo, en su mente, inúndala de su voz.

"El amor es una guerra, llena de batallas que sólo se ganan con decisión y arrojo, y se pierden al dudar, al no decidirse. El amor es una guerra, y hoy, la has perdido nuevamente. No habrá más batallas, no habrá más esperanza. Declina y ríndete, princesa indecisa del amor".

Y Marinette de un impulso certero se lanzó hacia adelante, cerrando fuertemente los ojos y cogiendo todo el aire posible, pensando que así obtendría más valor para no retroceder.

Marinette no retrocedió.

Sin embargo, unas fuertes manos la sujetaron de la cintura y tiraron de ella hacia atrás, golpeándole la espalda contra el pavimento. Intentó defenderse, gritar, patalear, liberarse, pero la fuerza de esas manos le impedían moverse más allá de lo necesario.

- ¡No! ¡No te soltaré! ¡Esta no es la solución a los problemas que tengas!- le decía el hombre que la estaba sujetando. - Y no grites tanto, la gente vendrá y no quieres que aparezca la policía o la ambulancia, ¿no? Aunque quizá eso fuera lo mejor...- Marinette se incorporó, sentándose, sin defenderse. Intentaba ganar tiempo para que el hombre aflojase su agarre y así poder intentarlo otra vez.

- Ven, dime tu nombre y vamos a tomar un café o una copa, me cuentas qué te pasa y vemos en qué puedo ayudarte, ¿vamos? Primero dime tu nombre, por favor dímelo- seguía hablando su rescatista.

- Marinette, me llamo Marinette.-

Él se preguntaba el por qué una guapa mujer, joven, aparentemente sana, y bien vestida, había intentado quitarse la vida. Estaba maravillado al verla, parecía un ángel atribulado, cándido, dulce, hermoso. Al menos por fuera, ver a Marinette era un deleite para los ojos. Por dentro, estaba claro que la mujer vivía en el infierno. Bella contradicción, pensó el hombre. Antes de presentarse, él concluyó que podía ser una buena idea invitarle algo, para conocerla mejor y saber qué hacer.

Tenía claro que sus destinos se habían cruzado por alguna razón y quiso saber cuál.

La cogió de las manos, poniéndola de pie, le secó las lágrimas en sus mejillas y le arregló el cabello, poniéndoselo detrás de las orejas.

- Mi nombre es Luka, Luka Couffaine.-

Y a ella le pareció que era un hombre bueno y amable.

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Descargo: el suicidio es un tema delicado, aquí ni se romantiza ni leches. Hay que buscar ayuda o hablarlo con alguien, ya.

Lamento haber retrasado las actualizaciones. Esta historia se supone es de redacción ligera y va a saltos temporales, por lo que no puedo ahondar en detalles. Gano en ligereza y pierdo en profundidad. En líneas generales, estamos viendo que: Félix es el único que es estable en estos momentos, Marinette ha tomado ninguna decisión a lo largo de su vida, y cuando lo hace, es simplemente a destiempo. Y Adrien, la ama pero a la vez esta cansado del desamor, y malamente, toma un camino distinto.

Y no queda nada más que tres capítulos para el final.

Nuevamente vuelvo a agradecer a los reviews, favoritos y follows. A cada uno de ellos, gracias.

Curiosidades:

* Hace mucho tiempo, el cadáver de una suicida, como muchos otros, apareció en el Sena allá por finales de 1800. Un funcionario del mortuorio hizo una máscara de su rostro, al encontrarlo pacífico y hermoso, y esperando que alguien reclamara el cuerpo al publicar su cara. Tiempo más tarde, Laerdal tomó esa máscara para construir un muñeco en el que se pudiera practicar las primeras maniobras de resucitación cardio-pulmonar. Actualmente sigue en uso este modelo, la Resusci Anne de Laerdal Medical.

* Paul Celan se lanzó desde el Pont Mirabeau en 1970, logrando quitarse la vida. Tiene un gálibo de 15 metros, por lo que verdaderamente si te caes, se logrará el objetivo deseado.

* En esta historia, Marinette siempre tendrá a algún Minou a su lado.

Y eso es todo por ahora.

Habrá que esperar las demás actualizaciones de las otras historias. A "desde Londres..." lo tengo en borradores, porque voy a terminarlo entero antes de publicar un nuevo capitulo, básicamente porque cual rompecabezas, debo ir encajando escenas. Simplemente me he retrasado porque la vida real me exige demasiado.

Un abrazo fuerte

Lordthunder1000.