Disclaimer: los personajes de Twilight le pertenecen a Stephenie Meyer. La autora de esta historia es LyricalKris, yo solo traduzco con su permiso.


Capítulo 13

El documento que el abogado envió debería haber sido simple. Edward vivía una vida relativamente tranquila. Tenía trabajo y lo había tenido desde que terminó sus estudios. Ni él ni su familia inmediata tenían problemas legales ni historial de problemas de salud serios. Ellos no eran fanáticos religiosos de ningún tipo, pero tampoco eran bárbaros ateos.

Edward se encontraba algo pasmado por la pregunta de si él o Bella estarían dispuestos a respetar las creencias religiosas del otro padre. ¿Permitirían que McKenna, incluso ayudar a McKenna, practicar cualquier religión que Liam profesaba? No si significaba reafirmar alguna mierda odiosa y crítica como la que Bella fue sometida cuando visitaba a la familia de Liam.

Pero, Edward sabía cómo actuar su papel. Él indicó que la niña sería libre de practicar cualquier religión que ella eligiera. Él no era el tipo de persona que denigraba la religión solo porque él no practicaba alguna. Él podía comprometerse a una hora de iglesia a la semana si facilitaba que Bella recuperara a su hija.

Entonces, estaba la pregunta.

Cuéntenos sobre el futuro que ve para usted y para su familia.

Bella había respondido esa pregunta con lujo de detalles. La vida que ella había descrito era abundante y llena. Ella deseaba mucho para ella y para su hija. Ella lo había incluido en su respuesta. Ellos eran compañeros, había escrito. Ella quería ser su amiga y confidente. Ella quería que él fuera feliz y estuviera satisfecho.

Él creía que era solo otra respuesta —diciendo medias verdades que el juez querría escuchar— hasta que ella ladeó su cabeza, mirándolo.

—¿Qué ves para tu futuro?

Esa pregunta lo había dejado sin aliento.

—¿Qué? —dijo, su voz mucho más áspera y asombrada de lo que la pregunta merecía.

Bella se quitó los zapatos y giró, sentándose de piernas cruzadas sobre el sofá, frente a él.

—Me estás ayudando a encontrar el único futuro que realmente quiero. Una posibilidad de tener conmigo a mi hija. De pensar en mostrarle todas las cosas que le susurraba cuando era solo una bebé. —Ella suspiró y sacudió la cabeza—. ¿Pero qué quieres? Incluso si es pequeño. ¿Qué quieres de tu futuro?

Era como la ralladura de un disco. Su cerebro simplemente se congeló. Abrió la boca para mentir, pero se encontró incapaz de hacerlo.

El futuro se había vuelto una idea vaga—una cosa que él sabía que pasaría, pero para las otras personas. No para él.

Cuando tenía nueve años, una maestra había asignado en su clase la tarea de escribir una carta a su yo del futuro. Era una carta con todas las cosas que ellos querían de la vida—lo que querían hacer, quiénes querían ser, dónde querían ir. Debían entregársela a sus padres, quienes entonces se la devolverían al graduarse.

Edward se había olvidado de la carta hasta que un día la encontró mientras ayudaba a sus padres liberar espacio de su ático. Él la había guardado y esta ahora se encontraba en el cajón de su mesa de noche, aún sin abrir. Esos eran futuros que no le pertenecían, y sentía que cualquier cosa que deseara ahora sería tan ficticio como lo que hubiera imaginado de preadolescente.

Excepto...

Mientras la miraba, se percató que sí tenía un deseo para el futuro. Era la personificación de un deseo a corto plazo, pero era algo que no tenía pero que estaba dispuesto a trabajar por él.

Se acercó hacia el sofá y copió su posición, sentándose de piernas cruzadas, tocando sus pies con los de ella. Él ofreció sus manos y esperó, observando mientras ella sonreía con una pizca de dulce timidez y colocó sus manos sobre las suyas.

—A ti, en mi cama. —Giró sus manos, dejando de las suyas debajo y trazando su dedo por una palma—. Debajo de mí. Donde puedo tocarte por completo.

Qué extraño. Él ni siquiera recordaba que esa parte de él existiera. Que pudiera hacer su tono tan bajo y sus palabras tan intensas. Seducción. ¿Quién creería que fuera capaz de eso?

Pero el jadeo de Bella y la forma en que sus pezones se erizaron debajo de su camiseta le decía que había dado en el blanco. El aire a su alrededor parecía crujir, filosa con anticipación, y una sonrisa comenzaba a aparecer en su boca. Él jaló su mano hacia su boca, besando su palma mientras la miraba a los ojos.

—Esto no puede sorprenderte.

Ella rio—una risa nerviosa.

—Yo, eh... quiero decir, eso no es lo que quise decir.

—¿Pero te pone incómoda?

Bella negó con la cabeza lentamente.

—¿Nerviosa? —preguntó, sosteniendo su palma de nuevo.

Ella agachó la cabeza, observando las formas que él formaba sobre su piel.

Él quería tomarla en sus brazos, quitar el miedo con besos, pero se contuvo.

—¿Me dirás por qué?

—Yo, eh... —Con su mano libre, se pasó los dedos por su cabello—. No lo sé. Lo que funciona o no.

Él entendía lo que ella quería decir, y respondió a la pregunta que no había sabido si había tenido el derecho a hacer. La quimioterapia y otros tratamientos de cáncer hacían estragos en un cuerpo, destruyendo e incapacitando más que solo las células de cáncer. Muchos pacientes de cáncer reportaban años de disfunción sexual después de los tratamientos. Le ayudaba a entenderla más, saber que no debería presionar demasiado.

Su rostro estaba sonrojado, cálido al tacto cuando él presionó sus dedos cuidadosamente debajo de su barbilla. Ella inhaló abruptamente, pero no se apartó. Él presionó gentilmente, levantando su barbilla, y cuando se encontró con su mirada, él podía ver el deseo allí, mezclado con vulnerabilidad. Ella levantó su cabeza, mirando por un instante sus labios, y él reconocía una invitación cuando veía una. La besó suavemente, saboreando la dulzura de sus labios. Entonces, él dejó un camino de besos hasta su mejilla y se acercó, murmurando en su oído.

—Solo lleva tiempo. —Besó su lóbulo—. Y lubricación.

—Mierrrda —dijo ella apretando la mandíbula.

Entonces enredó sus dedos en su cabello. Lo jaló hacia ella. Hubo un movimiento rápido mientras se besaban, brusco y con fervor. Cuando se acabó, estaban enredados, ella en su regazo y las manos de él tocando la piel caliente debajo de su camiseta.

—Okey —susurró ella contra sus labios.

—¿Okey?

—Sí. —Aferró su rostro en sus manos, apartándose para mirarlo—. Ese es un futuro que definitivamente puedo hacer que ocurra.

~Bella~

Allí, nuevamente, estaba la frustrante dualidad de su mentalidad.

Por un lado, ella estaba embelesada con este hombre. Ella había estado enamorada de su primer marido. Realmente enamorada. Aún así, lo que sentía por Edward, con Edward, era muy diferente a lo que fuera que había experimentado antes. Ella quería perderse, entregarse al poder de él, de los dos. Ella no quería pensar más.

Él la cargó, sus bocas aún unidas, atacando y suavizándose en turnos. Ella envolvió sus piernas alrededor de su cintura, volando mientras la llevaba hacia su cuarto y la recostaba sobre su cama, cerniéndose sobre ella al mismo tiempo.

Ella estaba bien, mucho más que bien, hasta que su mano se deslizó sobre su camiseta. Él desabrochó los botones con una mano, presionando su lengua contra su boca. Era ridículo lo sexy que ella lo encontró, sabiendo que él podía moverse sobre ella con los ojos cerrados, que sus dedos eran firmes y hábiles.

Pero mientras más se revelaba su piel, los nervios comenzaron a invadirla. Ella se encontraba sin aliento, no solo por los besos que compartían, sino por las pizcas de algo peligrosamente cerca al pánico la recorría. Jadeó cuando él se apartó y parpadeó, lo encontró observando su piel desnuda. Había lujuria en sus ojos. Sus labios estaban entreabiertos, sus mejillas rojas.

A su pesar, Bella cerró los ojos fuertemente. No podía soportar mirarlo a los ojos, viéndolo mirarla.

Edward rozó sus dedos por sus curvas, sus costados y entonces su centro. Acarició su pezón, su mano aferró un pecho. Entonces, hubo un susurro y sintió el calor de su boca, sus labios besando la cicatriz en su cuello.

Todos los pensamientos y recuerdos que ella había estado conteniendo agresivamente se asomaron a la superficie. Recuerdo de una tormenta de furia y enojo que existía solo en el espacio entre sus orejas. Su cuerpo, su roto y miserable cuerpo, era muy débil como para dejarla gritar o golpear la pared. Todo se acumuló dentro de ella.

Más de una vez un pensamiento desagradable había salido. Un pensamiento superficial que no tenía derecho a estar allí cuando no era importante. Pero ella no podía evitarlo. ¿No era suficientemente malo que su esposo haya decidido que no podía amarla después de todo? Perder su belleza parecía difícil de soportar en esos momentos de desesperación. Su cabello largo y hermoso. Sus suaves rasgos. Sus ojos brillantes.

¿Quién podría desearla ahora?

Bella se estremeció, volviendo lentamente al presente como un nadador probando el agua fría. Ella había pasado mucho tiempo distanciándose de su cuerpo. Era un esfuerzo el soltarlo—perderse en la sensación de los labios y las manos de Edward en su piel. Muchas cosas que temía perder nuevamente, cosas que no sabía si era capaz de hacer ya. Excitación. Deseo. Emoción. Anhelo.

Y algo más. Algo que hacía perder el aliento. Una emoción crecía en ella, y Bella jadeó ante lo fuerte que era. Sus ojos se llenaron de lágrimas, abrumada.

Él le estaba hablando. Hablando sin palabras. Hablando el idioma de un amante.

Mientras volvía a quedarse sin aliento, obligando a callar el pánico y la vergüenza, notó que se sentía hermosa. Sus caricias le decían que lo era.

Bella gimoteó, un sollozo escapándose de su garganta.

—Oye —susurró Edward. Tomó su rostro entre sus manos—. Bella, ¿qué pasa?

—Nada. —Su voz se quebró cuando habló y bajó el rostro. Demasiada emoción. Demasiada. No podía explicarlo—. No pasa nada. Simplemente... —Sacudió su cabeza, tomándole las muñecas, necesitando aferrarse a algo—. Es demasiado.

Él apartó con sus pulgares las lágrimas que cayeron de sus ojos.

—¿Malo?

Ella negó con la cabeza.

—Muy bueno. —Deslizó sus dedos a lo largo del brazo de Edward—. Demasiado bueno. —Vaciló, porque las palabras en su cabeza sonaban tontas; las fantasías de una niña, no de la mujer cansada del mundo que ya no creía en los cuentos de hadas—. Siento que eres una persona que imaginé. Todo lo que necesitaba en mi vida. Siento que vas a desaparecer. —Llevó su mano hacia la camisa negra que él tenía puesta, observando su cuerpo definido contra la tela—. O que me vas a herir —admitió en un susurro.

Él tomó su mano, presionándola contra los latidos firmes de su corazón. Cuando ella tuvo el valor de levantar la mirada —él había estado en silencio por mucho tiempo— vio que su ceño estaba fruncido. La forma en que la analizaba entonces, como si estuviera tratando de encontrar la respuesta a una pregunta que ella no sabía, la hizo estremecer. Pero mientras levantaba una mano para acariciar su cuello, él suspiró. Bajó su cabeza para besarla suavemente.

—No quiero herirte —murmuró contra sus labios—. Eres tan hermosa, Bella. Tan llena de vida. Eres mucho... más.

Bella no tenía que preguntarle qué significaba eso. «Más» era la palabra correcta para lo que sea que ella sentía.

Sus besos, cuando tomó los suyos de nuevo, eran tiernos y fervientes. Presionó su espalda contra el colchón, hablándole sin palabras de nuevo. Bella lo inhaló y, mientras exhalaba, dejó que él sostuviera los restos de sus dudas. Cerró los ojos, rozando sus dedos por el cabello de él mientras la besaba por todo el cuerpo.

Era como volver a ser virgen. Cada caricia, cada escalofrío y cada emoción que la recorrió, era nuevo de alguna manera. Sensaciones y emociones combinadas. Él provocaba una respuesta de su cuerpo con paciencia, dejando que Bella solo lo disfrute. Ella jadeó y arqueó su cuerpo ante sus caricias.

Cuando él la cubrió con su boca, Bella se mordió el labio inferior. Su corazón estaba latiendo fuera de control. Su rostro estaba sonrojado. Tuvo que contenerse para no apartarse.

Pero, rápidamente, sus inhibiciones se esfumaron. Ella no tenía espacio cuando su cuerpo fue sacudido—sus terminaciones nerviosas iluminándose de placer. Ella empuñó la mano que se encontraba en el cabello de Edward, lanzando hacia atrás su cabeza con un profundo «Ohh», cuando él usó sus dedos para jugar con su clítoris.

Esto funcionó más de lo que quizás debería, pero su cuerpo trabajaba para él.

Tironeó de su cabello.

—Edward —gimió, sin aliento—. Quiero... Ven aquí.

Él volvió a subir por su cuerpo, sin camisa ahora. Ella buscó el botón de sus jeans incluso mientras estaba inclinado, compartiendo su sabor. Él se encontraba duro por ella, su polla saltando hacia su mano mientras le quitaba sus prendas. Él se acercó a la mesa de noche para tomar un condón, ella se lo quitó, aferrando su calor en la mano mientras se lo colocaba.

Él se enderezó, aferrando una de sus piernas para presionarla en el ángulo correcto. Ella presionó una mano contra su muslo, flexionándola mientras se ubicaba en su entrada. Él acarició, acarició, acarició, y se encontró enterrado en ella.

Ambos se detuvieron.

—Abre los ojos —murmuró él, su voz ronca. Ella ni siquiera había notado que los había cerrado. Se tensó, pero volvió a relajarse mientras sentía sus manos en su cuerpo. Él levantó una mano entre sus cuerpos y le levantó la barbilla—. Bella.

Ella abrió los ojos, e inhaló profundo.

La sensación que crecía centro de ella era enorme. Él la llenaba, en cuerpo y alma, mientras comenzaba a moverse dentro de ella. La forma reverente en que la tocaba, deslizando su mano desde la curva de su trasero hacia la de sus pechos, haciéndola sentir adorada y poderosa. Y de alguna forma, ella también se sentía segura en la fuerza de él. Él dirigía sus movimientos, presionando una mano en su trasero, arqueándola para así poder ir más profundo. Su otra mano la tenía presionando su pierna a su lado, sosteniéndola mientras embestía más fuerte.

Sus pechos rebotaban. Sus pieles chocaban. Bella se retorció. Gritó. Y cayó.

Como un exhalo, el movimiento frenético entre ellos se calmó. Bella parpadeó, mirándolo —glorioso y sonrojado y desaliñado— pero también estudiándolo. Ella tembló de cansancio y emoción. No pudo evitar las lágrimas que la abrumaban.

Salió de ella, recuperando el aliento como ella. Bajó sus piernas, y lo sintió recostarse a su lado. Ella había cubierto su rostro con sus manos, escondiendo las lágrimas. Con mucha suavidad, él apartó sus manos y besó sus mejillas. La jaló hacia sus brazos y acarició su cabello, simplemente abrazándola.

Ella se tranquilizó, dejándose caer en sus brazos. Él la sostuvo. La consumía. Acurrucó su cuerpo contra el suyo. Él la besó en la frente.

Con su cabeza felizmente en blanco, de quedó dormida, envuelta, segura, y amada en sus brazos.


Perdón si hay errores, FF anda mal y no me deja editar sin que se caiga la página -.-

Intentaré arreglarlo lo más pronto posible :)

Gracias por comentar y hasta el próximo.