Celos
—¡Contéstame, Kikyō!
Kikyō apenas asomó un ojo por encima del hombro. Inuyasha era en demasía escandaloso, mucho más que Kagome. Nunca le había molestado o prestado la suficiente atención, pero hoy ni siquiera podía tolerarlo. Sus oídos pedían un descanso. Kikyō jamás levantaba la voz, y, si lo hacía, debía tener una muy buena razón, por ende, le gustaba que la trataran por igual.
Igualdad que no estaba sucediendo.
Qué molesto...
Reforzó el agarre en la mano de Kagome, quien continuaba en blanco, patinando los ojos de un sector a otro, de Inuyasha a su mentora. Lo único que sentía, además de nervios, era aquel gélido aferre.
—¡¿Qué le estabas haciendo a Kagome?! ¡¿Qué demonios era esa luz?! —continuó chillando Inuyasha, dando un paso adelante con los colmillos apretados.
Kagome parpadeó, reaccionando.
¿La luz? ¿De eso se trata todo esto?
—¡Inuyasha, espera! —Se apresuró hacia él, soltando la mano de Kikyō— ¡No es lo que piensas! ¡Yo fui la que aceptó darle mi energía!
—¿Darle tu energía? —repitió él, observando a Kikyō con recelo.
—¡Sí, eso es lo que viste!, ¡así que cálmate de una vez! —Lo agarró de los hombros, buscando sus ojos. Inuyasha no los quitaba de la sacerdotisa ni aunque Kagome lo zarandeara. Kikyō, sin quedarse atrás, le devolvía la misma mirada desafiante.
—Kikyō, no sé qué estás planeando, ¡pero no metas a Kagome en esto! —Apartó a Kagome de un modo algo brusco que Kikyō no pasó desapercibido— ¡Te dije que la entrenaras, no que le robaras la energía!
La nombrada esbozó una filosa sonrisa y comenzó a dirigirse hacia ellos a paso firme. Tenía dos fuertes motivos para terminar esa peligrosa conversación utilizando cualquier método que fuese necesario. El primero; aquel maltrato hacia su aprendiz era inconcebible. El segundo y no menos importante; estaba segura de que Inuyasha había visto más, mucho más, que sólo la luz de Kagome.
Debía cerrarle la boca.
—Tú eres el que no debe meterse entre nosotras, Inuyasha. ¿No crees que lo hiciste demasiado ya? —contestó, agarrando el brazo de Kagome para llevársela—. Vamos, se hará de noche.
Inuyasha chocó los colmillos y atajó su mano. La desprendió del brazo de Kagome, quien no podía creer su comportamiento para con ella.
—No, el entrenamiento terminó. Vendrás conmigo, Kagome. —La acercó hacia sí por el hombro. Kagome se estrelló contra su pecho, suspendida. ¿El entrenamiento terminó? ¿No volvería a ver a Kikyō? Su pecho se hundió. Esa idea se le hacía insoportable, casi que le causaba pánico.
Giró el rostro hacia Kikyō, tropezándose con un rostro que carecía de empatía. La Miko por poco y lo asesinaba con la mirada.
Si esto sigue así...
—Espera, Inuyasha, ¡estás entendiendo todo mal! —insistió Kagome, tratando de safarse del agarre. Inuyasha la aferraba con tanta fuerza que sus garras la estaban lastimando sin querer. Nunca lo había visto tan fuera de control. Le parecía incoherente el berrinche que estaba haciendo—. Aún quedan unos días de entrenamiento, ¡y además todavía me faltan cosas por mejorar!
Inuyasha la miró como si hubiera dicho una estupidez.
—¿Qué estás diciendo...? ¡Ella se está alimentando de tu energía, tonta!
—¡Ya te dije que yo se lo permití, idiota! —exclamó, haciéndolo tragar pesado— ¡Deja de hacer escándalo! ¡No sabes por todo lo que pasamos! ¡Ella me salvó la vida antes, lo correcto es que yo salve la de ella!
Lo correcto...
Kikyō bajó los párpados, entristeciéndose. No le interesaba la moralidad o las devoluciones, lo único que le importaba eran los sentimientos de Kagome. Sabía no la había salvado porque era lo correcto, sino porque la apreciaba. Sin embargo, escuchar esa mentira le dolió tal como si fuese verdad. Era como si su aprendiz estuviera escondiéndola, avergonzada de sus sentimientos. Razonando, entendía que no expresara a los cuatro vientos que la apreciaba frente al amado ¿de las dos? Ya no lo sabía. Kagome ni era capaz de contárselo a su propio corazón, así que menos se lo contaría a Inuyasha. Aunque era consciente de eso, de igual manera no podía evitar sentirse mal.
Inuyasha, otro conflictuado, era incapaz de borrar la duda y confusión de la cara. Lo que menos esperaba era que su fiel compañera defendiera a Kikyō, hasta sonaba como si la prefiriera a ella. ¿Qué demonios había pasado en esas semanas para tal cambio de actitud? No le convencía. Ni la actitud de Kagome, ni ese barato discurso que en nada explicaba lo que vio después de esa luz: a Kikyō abrazándola de un peculiar modo. Cosa que, según su percepción, Kagome no parecía recordar, o, en su defecto, no quería mencionar.
Esa última opción lo dejó aún más a la defensiva.
—Ya hiciste suficiente, Kagome —le dijo, comenzando a girarse con ella, no sin antes dedicarle un rápido vistazo a Kikyō que oscilaba entre la culpa y el enojo—. Nos vamos.
Kikyō observaba esa escena quieta en su lugar, pero poco más soportaría esas garras clavadas en la piel de su aprendiz.
—¡Inuyasha, deja de exagerar! —Kagome continuaba tratando de safarse del agarre, pero el Hanyō seguía reforzándolo como si dejarla ir significara perderla para siempre— ¡Me estás lastimando, idiota!
La sacerdotisa estrechó los ojos, harta de la situación, y atajó el hombro de Inuyasha con fuerza. Éste último volteó el rostro y ahí quedó, congelado, al tropezarse con los ojos más fríos que había visto en su vida.
—Suéltala.
—Kikyō... —Inuyasha titubeó un momento, pero no tardó en recomponerse. Hoy sería el primer día en que no se dejaría llevar por ella—. No.
Kikyō arrugó la frente y dobló los dedos en su piel.
—¡Suéltala! —Los dorados ojos del Hanyō brillaron cuando un resplandor violáceo se impregnó en su hombro, quemándolo por dentro.
—¡Agh! —Estampó una rodilla en el suelo, adolorido. Kagome lo observó desde lo alto, pasmada, antes de agacharse y atajar sus hombros.
—¡Inuyasha!
El nombrado se sostuvo el hombro, tiritando, y levantó la vista hacia la sacerdotisa, que ni parpadeó.
—K-Kikyō, ¡¿qué estás haciendo?!
—Te dije que la soltaras. —Se limitó a contestar con una voz tan grave que parecía otra persona. Kagome la miró desde el suelo boquiabierta e intentando asimilar el panorama. Nada de lo que estaba ocurriendo tenía sentido. Se sentía en el medio de los dos, disputada, cuando usualmente lo único que hacía era sobrar.
—¡Kikyō! —Se levantó de un salto— ¡Te pasaste!
La sacerdotisa arqueó las cejas, molesta de que lo defendiera, y sujetó su mano.
—No te preocupes por él. Tenemos cosas más importantes que hacer. —La jaló, incitándola a abandonarlo.
—¡E-Espera un segundo! —exclamó, frenando los pies. Kikyō le lanzó una fulminante mirada.
—¡Obedece!
Kagome se paralizó, a punto de dar un paso atrás. Kikyō analizó ese semblante que rozaba el temor, arrepintiéndose. Lo que menos quería era le tuviese miedo.
No le hice daño, solo lo derribé, Kagome.
Kagome se llevó una mano a la cabeza. Telepatía.
No podemos perder más tiempo. Inuyasha no debe interferir en el entrenamiento, sabes bien porqué.
Kagome pasó la vista de ella a Inuyasha, quien las observaba consternado desde el suelo.
Los sentimientos encontrados… no me dejarán concentrarme. No podré fusionar nuestras energías. Ella sabe cómo me afecta su presencia... Siempre lo supo.
Reflexionó, rogando que ese pensamiento no llegara a su mentora. Ahora entendía porque su compañero no estuvo en el entrenamiento desde el principio. Y tenía sentido que no lo estuviese. El problema no pasaba únicamente por la concentración. Si se le cruzaba un sólo pensamiento negativo nacido de los celos, la fusión de sus poderes espirituales no funcionaría, puesto que requiere que estén sincronizadas en cuerpo, alma y mente.
—Kagome… —la llamó Inuyasha con unos apenados ojos. Kagome desvió los suyos, indecisa.
La sacerdotisa intercaló la mirada entre ellos, pensativa. La situación se estaba convirtiendo en un circo innecesario. No había nada que aborreciera más que los escándalos infantiles llevados por adultos, o casi adultos. Inuyasha no era el mejor ejemplo de adultez y Kagome, aunque a veces se comportara como una, seguía siendo una niña. La única adulta allí era ella misma, quien, irónicamente, también estaba formando parte de aquel berrinche en vez de poner orden. Le daba vergüenza su propio comportamiento.
De verdad... qué molesto.
Bajó las pupilas al Hanyō, inexpresiva, y regresó los pasos a él. Le tendió una mano que lo desconcertó.
—Inuyasha. —lo llamó, incitándolo a tomarla. El nombrado dudó unos instantes, pues ya no sabía con quién estaba tratando, y la sujetó, poniéndose de pie. No llegó a enderezarse que Kikyō lo atrajo hacia sí de un tirón, chocando sus cuerpos. Se acercó a su oído con una suspicaz sonrisita— ¿Qué fue exactamente lo que viste que no te animaste a interrumpir, Inuyasha? —preguntó en un murmullo.
Inuyasha ensanchó los ojos, endureciéndose.
—¿Por qué no me detuviste? —continuó provocándolo. El Hanyō cerró los puños, comenzando a temblar de la frustración. Su voz poseía un tinte burlesco—. Sentiste que sobrabas, ¿no es así? ¿O simplemente la imagen fue demasiado fuerte para ti? Como sea..., estás sobrando ahora.
Kikyō se apartó, dejándolo gruñendo en el lugar, y se volteó hacia Kagome, la cual ya no sabía qué pensar.
—Decide, Kagome. —Extendió una mano hacia ella con una seria expresión—. Quedarte conmigo o volver con él.
La más joven se llevó la mano al pecho, sintiéndolo cerrado. ¿Decidir? ¿Cómo decir entre ambos? ¿Por qué tenía que hacerlo y por qué le estaba costando tanto? Estaban hablando de terminar o continuar el entrenamiento, sí, pero intuía que había algo mucho más profundo detrás, lo cual le impedía tomar una rápida decisión. La respuesta tenía que ser simple: Inuyasha. No obstante, dejar atrás a su mentora... El sólo pensarlo le generaba una angustia insoportable. Kikyō había pasado de ser su "enemiga" a una gran amiga, mucho más que una amiga. Separarse de ella era como dejar una parte de sí misma atrás. Una parte de su alma. A pesar de las peleas y las idas y vueltas, se sentía bien con ella. Cómoda. En casa. ¿Tenía que dejarla? ¿Dejarla por cuánto tiempo? Mejor dicho, ¿cuánto tiempo le quedaba a ella? ¿Cuánto más podría disfrutar de su compañía? Inuyasha era un ser casi eterno, pero Kikyō sólo era un cadáver andante que tarde o temprano debería regresar a su lugar.
No soportaba la idea.
De pronto no soportaba el hecho de que estuviera muerta. Antes le dolía, pero ahora le desesperaba esa separación inminente que, cuando menos se lo esperase, llegaría. Sin embargo, Inuyasha... Inuyasha era todo para ella. Rechazarlo también dolía.
Se sentía divida.
Y de repente, muy de repente, entendió lo que el Hanyō pasaba día tras día con ambas: confusión, angustia, culpa. Pesadas emociones que no se las deseaba ni a su peor enemigo.
¿Por qué está pasando esto?
Se preguntó al borde de las lágrimas.
Esto es mucho más doloroso que verlos juntos.
Por suerte, había una cosa en lo que se diferenciaba de él: Kagome era más decidida. Por impulsiva y porque sabía lo doloroso que era quedar estancada en medio de la incertidumbre. No cometería el mismo error de Inuyasha, quién por querer complacer a las dos terminaba justamente dañándolas. Se veía obligada a decidir. Y eso es lo que haría, al menos por ahora: tomaría una decisión. La que palpitaba con más fuerza en su corazón.
Aunque duela... debo hacerlo.
Bajó la cabeza, ensombreciéndose, y luego de un momento empezó a caminar hacia Inuyasha con lentitud. Pasó al lado de Kikyō sin siquiera mirarla. Ésta última entornó los ojos, sintiendo como su perfume le acariciaba las mejillas al pasar, y esbozó una pequeña sonrisa.
No debería sorprenderme.
Pensó, obligándose a mantener la compostura.
Lo bueno dura poco... dicen.
Respiró hondo y despegó los pies del suelo. Derrotada, arrancó un lento caminar hacia el bosque, dispuesta a retirarse. Le dio el beneficio de la duda y allí tenía el resultado: había perdido, y estaba bien. Si Kagome era feliz con Inuyasha, no interferiría en esa felicidad aunque le doliera en el fondo del alma. En ese tiempo, hermoso tiempo, en el que pudo conocerla se encontró deseándole lo mejor. Primero dejando en libertad al que alguna vez fue el dueño de su corazón y luego anhelando ser la dueña del corazón que, irónicamente, le arrebató a su pasado amor. La vida sí que es misteriosa, reflexionó. Quién iba a decir que Kagome, justo Kagome, sería la persona que curara a su alma llena de pesar. Esa mocosa, con su amabilidad, comprensión e incluso con sus errores, juntó pieza por pieza lo que quedaba de su humanidad y la llenó de vitalidad. Pero también, como si su destino fuera la desgracia, volvió a dañarla. Sin embargo, era un dolor diferente al que pasó con Inuyasha. Uno punzante pero liviano. Porque de verdad... sólo le deseaba lo mejor. A ella. A los dos. Kagome le enseñó a dejar el rencor atrás, y no podía agradecerle más aquello.
La retirada era en paz y sin remordimientos.
Así debe ser.
—Lo siento, Inuyasha, pero todavía no puedo volver contigo.
Kikyō se detuvo en seco con los ojos bien abiertos. Giró el rostro, hallando al Hanyō con la misma expresión y a Kagome con otra apenada. Y de pronto, mágicamente, todos esos pensamientos maduros perdieron fuerza como si nunca hubiesen existido, siendo reemplazados por otros egoístas y esperanzadores.
—Tengo que terminar lo que empecé. Kikyō no me lastimó, no me hizo nada. Fue mi decisión ayudarla. Por favor, créeme. —Kagome lo observó con los ojos cristalizándose. Inuyasha relajó la frente, incapaz de llevarle la contra a esa cara.
—Kagome, creo en ti. Pero... —Pasó la visión a la sacerdotisa, dubitativo—. Kikyō...
—Kikyō no ha hecho más que cuidarme —agregó Kagome, rematándola, para luego sonreírle—. Ahora entiendo lo que viste en ella. Es una mujer increíble.
Esas palabras impactaron a los dos implicados en formas diferentes. Inuyasha no salía de la consternación y Kikyō, si pudiera sonrojarse, lo haría. Su intento de corazón latió deprisa al escucharla, tanto, que dolía. Kagome la estaba adulando. Había sido adulada en su vida pasada, pero nunca se había sentido feliz de serlo. Era la primera vez que su pecho se llenaba de entusiasmo por un cumplido de ese tipo. Galopeaba fuerte, gritándole que tomara a Kagome entre sus brazos y la abrazara con fuerza.
—Kagome... —Volvió a extender una mano hacia ella con unos desarmados ojos. Ni le importó que Inuyasha los viera. No le importaba nada más que haber sido elegida.
La nombrada se volteó ante el llamado. La miró un momento y comenzó a dirigirse hacia ella. Kikyō le sonrió en el camino e Inuyasha apretó las mandíbulas entre furibundo y entristecido. No podía concebir la idea de perderla, perderlas. Ya ni sabía por quién estaba luchando. Lo único seguro era que no podía detener la furia aunque intentase.
Y los celos.
—Kagome, espera. —Empezó a seguirla a paso rápido. Kagome no se volteó— ¡No me ignores!
Kagome apegó los hombros al cuello a punto de quebrarse. Costó tomar esa decisión. Ahora lo único que quería hacer era desaparecer. No soportaba más ese enredado trío, apenas sabía si era correcto lo que estaba haciendo. Si Inuyasha seguía insistiendo, podría flaquear. Y no era tiempo de flaquear, sino de mantenerse firme y terminar el entrenamiento para finalmente darle un fin a Naraku. Firmeza que, por lo que veía, estaba a punto de conllevar una medida drástica pero también muy familiar.
—¡Kagome!
—¡Siéntate!
—¡Ugh! —Inuyasha se estampó contra el suelo. Lo único que quedó de él fue una orejita tiritando.
—Ka-Kagome, maldita… ¿Por qué? —gruñó, levantando el rostro. Kagome lo observó con pesar desde lo alto y trató de sonreír.
—Voy a estar bien, Inuyasha. Gracias por preocuparte, pero... hasta que termine el entrenamiento prefiero no verte. Entiéndelo, por favor.
Inuyasha arrastró las garras por la tierra.
—Es por el bien de todos.
—Kagome… —Inuyasha bajó las orejas. Ambas mujeres que amaba lo estaban rechazando. Ya no se sentía con fuerzas para insistir, ya no tenía argumentos para hacerlo. Conocía a su compañera. Cuando tomaba una decisión todo estaba dicho. No había manera de llevarle la contra.
Kikyō contempló esa escena en silencio y agarró la mano de Kagome con delicadeza. Le sonrió.
—Vamos. Tenemos que llegar antes del anochecer.
Inuyasha, levantándose, escuchó esa dulce voz que no fue dedicada a él. Kikyō, al lado de Kagome, parecía otra persona. Una que no conocía.
—Kikyō...
Su pasado amor deslizó las pupilas a él y su sonrisa se transformó en una ganadora. Puntiaguda. Inuyasha parpadeó.
—Hasta pronto, Inuyasha. Me alegra haberte visto bien.
Inuyasha arqueó una ceja. ¿Dónde lo veía bien? Tenía la ropa desgarrada en el hombro por su ataque y toda la cara llena de tierra por el "siéntate" de Kagome. No tardó en comprender que, como siempre, la sacerdotisa estaba siendo extremadamente sarcástica.
Kikyō se dio la vuelta; Kagome no miró atrás. Se la llevó con ella, dejando al Hanyō confundido en el lugar.
Y con mucha rabia.
Kagome contenía las lágrimas. Nunca se había sentido tan mal en su vida. Dejar atrás a Inuyasha, y más de esa forma... Era la primera vez que lo hacía. Y dolía. Dolía mucho. Tanto, que le hacía arrepentirse. Una parte de ella quería volver corriendo a sus brazos, pero la otra no quería soltar esa gélida mano que la aferraba con cariño.
Si quiero ser más fuerte, debo dejar de depender de él.
Llegó a esa conclusión tan rápido y con solo unas palabras de Kikyō que la idea le resultaba inconcebible. ¿Por qué accedió a quedarse con ella?, ¿por el entrenamiento? No..., claro que no fue únicamente por eso. Quería estar con Kikyō el mayor tiempo que pudiese. ¿Por qué tenía esa influencia en ella? Ya comenzaba a preocuparle. Si antes estaba confundida, ahora su mente era un caos. Casi que podía escuchar a todas sus vocecitas internas debatiendo arduamente.
La sacerdotisa la espió de reojo. Kagome no pronunciaba palabra alguna mientras caminaban de regreso, tampoco levantaba la cabeza. Le preocupó. Su aprendiz no era una persona de pocas palabras, todo lo contrario.
—¿Lloras?
—No.
Kikyō escuchó su voz rasposa y suspiró. Kagome estaba a punto de llorar y ella no era la mejor persona para consolarla, no si Inuyasha era la razón, porque sabía que lo era. Se limitó a reforzar el agarre en su mano mientras continuaban recorriendo el bosque para volver al templo. Con suerte no las atacarían. No estaban en su mejor momento para trabajar en equipo. Kagome la había elegido, sí, ¿pero a qué costo? Estaba descompensada. ¿Realmente la eligió porque quería o porque debía terminar el entrenamiento? Agradecía haber sido la ganadora, pero no se sentía bien con esa victoria. No si la consecuencia era verla llorar.
—Ese collar resultó útil al final. —comentó para cortar el tenso ambiente. Kagome levantó un poco el rostro.
—La anciana Kaede... Tu hermana me contó que tú hiciste ese collar para Inuyasha —comenzó a decir en voz baja— ¿Por qué nunca se lo diste?
La sacerdotisa pensó la respuesta un segundo, hundiéndose en los recuerdos. Amargos pero a la vez felices.
—Me arrepentí. Él había cambiado un poco para ese momento. Había hecho el collar cuando Inuyasha aún quería robar la perla de Shikon. ¿Y tú se lo diste porque...?
—Se despertó queriendo robarla. Aún mantiene el discurso de que quiere convertirse en un Yōkai, pero sé que ya no lo desea. Yo tampoco creo necesario que lo sea. Ni eso, ni un humano. Me gus... Está bien para mí que sea un Hanyō. Nunca entendí porqué lo discriminan por eso.
—Simple, porque le temen a lo diferente. —Kikyō plantó la vista adelante al borde de irritarse. No dejó pasar ese "Me gusta" que estuvo a punto de pronunciar. Kagome lo aceptaba tal cual era. A diferencia de ella, que le costó aceptar su naturaleza doble. O más bien entenderla—. Es curioso... La palabra que utilizas para el conjuro no es la misma que yo elegí hace tiempo.
—… ¿Cuál elegiste?
Kikyō declinó la cabeza esbozando una melancólica sonrisa.
—Amado.
La respuesta de Kikyō le arrancó a la fuerza las lágrimas que venía reprimiendo. Rodaron por sus mejillas, pesadas y frías. Endureció la garganta, intentando controlar la congoja. Kikyō debía ser la que llorara y liberara ese dolor pasado. Pero no. Siempre se mantenía impasible, escondiendo todo el pesar.
—¿Alguna vez te quebraste? Por todo lo que pasó... ¿Te permitiste hacerlo, Kikyō?
Su mentora bajó los párpados, pensativa, pero no contestó. Kagome sonrió de lado, limpiándose las lágrimas. Se esperaba el silencio.
—Espero que Naraku no aparezca, no me siento muy fuerte hoy. —agregó.
Kikyō la miró unos instantes y volvió la vista al frente. Entrelazó sus dedos.
—¿Con quién crees que estás hablando? Naraku me tiene terror. No solo soy la sacerdotisa más poderosa, sino también la debilidad para su parte humana.
—¿Y qué? Eso no le impide atacarnos. Si sucede lo de la vez pasada…
—Si sucede, te protegeré.
Kagome paró en seco. La observó con el labio inferior desprendido y los ojos rojos. Esas palabras pegaron fuerte en su corazón, más de lo que debían, y que Kikyō la mirara con tanta decisión no ayudaba.
—Yo te protegeré con mi vida, Kagome.
No...
Rogó en silencio que la sacerdotisa se detuviera, que dejara de destruirla con sus hermosas acciones y palabras, las cuales, lamentablemente, en ese momento lo único que hacían era potenciar el llanto que trataba de contener. Se encontraba demasiado sensible por todo lo ocurrido. La idea era parar de llorar, no llorar a cántaros como ahora estaba haciendo. Tapándose la cara, intentando hacer el menor ruido posible, lloraba en silencio.
Kikyō detalló esas manos que temblaban y pasó un brazo por encima de sus hombros. La acercó a ella con suavidad.
—¿Quieres que te lleve a caballito? —preguntó en un dulce murmullo para animarla. Kagome escondió el rostro en la curva de su cuello, empapándola con sus lágrimas silenciosas, y negó.
—Puedo caminar. —contestó con la nariz tapada mientras Kikyō pasaba el pulgar por su mejilla.
—Entonces..., ¿te suelto?
Kagome volvió a negar, atajando su brazo. Kikyō le sonrió y ambas retomaron el recorrido abrazadas.
Si Kagome tuviera que explicar en un examen el porqué de sus lágrimas, lo reprobaría. Trataba de descifrar cuál era el sentimiento que las lideraba, pero lo único que sentía era una mezcla de tristeza, felicidad y confusión. Tristeza por abandonar a Inuyasha, felicidad por ser tan querida para Kikyō y confusión porque todo estaba cambiando, más de lo que creyó. Su corazón en especial. Ya no había sólo una persona en él, sino dos. Dos importantes personas en las que no pudo dejar de pensar en todo el camino. Una estaba a su lado, protegiéndola.
No obstante, había otra cosa que la tenía mal. Un importante día que se acercaba. Uno que, si era posible, prefería no mencionar. Si lo hacía, volvería a llorar. Quizás se encontraba tan sensible por eso, pensó.
Luego de un rato más de caminata por el bosque, Kagome y Kikyō llegaron al templo. Les llevó, fácil, unas tres horas. Por suerte no fueron emboscadas, hecho que extrañó a la mayor.
¿Qué está pensando Naraku? Debe estar planeando algo. Ya sabe que hemos forjado un vínculo.
Pensó, mirando como Kagome caminaba por el pasillo, directo a su habitación. Seguía deprimida. Todo el camino lo estuvo; apenas hablando, apenas comiendo los sándwiches de su madre. Rescataba que al menos paró de llorar.
—¿Te molesta que me vaya a dormir temprano hoy? Estoy cansada —preguntó, apenas mirándola. Kikyō negó con la cabeza—. Gracias.
El nudo que se estaba formando en su garganta no le permitía pensar bien. La retirada que estaba viendo, menos.
—Kagome —la llamó, apresurándose a ella. La nombrada volteó el rostro, revelando unos apagados ojos que le hicieron dudar. No había nada qué decirle, fue un impulso detenerla—... ¿Cómo te fue en el examen?
Kagome levantó un poco los párpados y le sonrió levemente.
—Hasta que te acordaste… Terrible gracias a ti y a tu beso, bruja.
Kikyō tragó pesado. Cierto, la había besado. Con todo lo que pasó por poco y olvidaba ese pequeño detalle.
—Pero quizás apruebe. Te lo haré saber.
Kagome retomó los pasos a su habitación. La sacerdotisa se quedó contemplándola, ya sin excusas para detenerla, y comenzó a dirigirse a la suya. Ese beso parecía haberse esfumado cuando Kagome vio a Inuyasha. Lo único que rondaba por su cabeza ahora era él. Él y su triste semblante observándolas.
¿Inuyasha siempre será su debilidad? Incluso aunque quiera olvidarlo.
Empezó a desvestirse para ponerse el Yukata. Al abrirse la vestimenta un osito de peluche la saludó desde su pecho. Al final se lo llevó. Sonrió y lo dejó al lado del Futon, donde se recostó. Se tapó el rostro con el brazo, emanando un pesado suspiro. Estaba agotada psicológicamente.
Si yo pude superarlo, ¿por qué tú no?
Esa pregunta tenía fácil respuesta. De hecho, era hipócrita planteársela. A Kikyō no le resultó una ligera tarea superarlo. Desde que volvió a la vida, por un largo tiempo sólo pensó en Inuyasha. No podía quitárselo de la cabeza, en especial si él se esmeraba en buscarla. Cada vez que lo veía se desarmaba por dentro en mil pedazos. Kagome le preguntó si se había quebrado alguna vez... Lo hizo. Un sólo día se permitió llorar y gritar su desgracia hasta desgarrarse la voz. Gritó, lloró y destruyó todo el bosque que la acobijaba guiada por la rabia. Pero sólo un día, hacerlo de más carecía de sentido. Podría decirse que lo que la ayudó a seguir adelante fue el enterarse de la verdad de Naraku, se encontró con otra misión además de añorar a su pasado amor. Con el paso del tiempo, también entendió que era un amor marchito, que ya no tenía vuelta atrás. Y aunque la tuviese, nada podría borrar los malos recuerdos. Pero lo que más ayudó fue la distancia.
No estar cerca de Inuyasha.
Tuvo meses, largos meses de distancia y reflexión. Sin embargo, Kagome no. Solo un mes, si no llevaba mal la cuenta, había estado separada de él. Pero... en ese mes pasaron muchas cosas entre las dos. Y estaba convencida, firmemente convencida, de que la cantidad de tiempo no era importante, sino la calidad de éste. Al menos para ella, la calidad había sido de gran escala, tanta, que incluso provocó que comenzara a sentir cosas por su persona.
¿Para ella no fue igual? Si está aquí conmigo es por algo... Entonces, ¿por qué me siento tan intranquila?
Antes de darse cuenta, se sentía triste, furiosa. Y peor aún…
Rodó sobre el futon y agarró al osito. Se abrazó a él con la frente arrugada.
Celosa.
Continuará...
Bueeeenaas infectadinis, ¿cómo van? Dejo por acá el capítulo once (tose). Tengo una tos de mierda últimamente. Será que... No, NO PUEDE SER. Tiene que ser la alergia a la vida. Shi shi, la alergia.
Bueno, ya estamos en Diciembre. DICIEMBRE. ¿Qué me dicen? No entiendo nada, ¿cuándo pasó? En fin. Estoy en esa, perdida. Y espero que ustedes estén bien.
Los leo en el próximo capítulo. ¡Beeesis y se me cuidan!
Maria Sato: ¡Heeeey! ¿Cómo andás? ¡Tanto tiempo! Me alegra leerte por acá en esta loca historia que estoy haciendo. Genial que te vaya gustando y te rías un poco con éstas dos jajaja Te leo en el próximo, entonces! ¡Besos!
Chat'de'Lune: Essstimada, ¡gracias por seguir por acá! Lo que te perdiste está dos capítulos atrás jajajaj Pulpo Kikyo te va a guiar (? ¡Ah! Amo a Mylène Farmer, la amo fuerte. Ahora mismo la estoy escuchando, amerita. ¡Te leo en el próximo capítulo! ¡Besitos y namasteee!
davherreras: ¡Gracias por seguir leyendo! Y sí, Kikyo siempre va con todo jajaja Alguien tiene que tomar las riendas. Te leo en el próximo, ¡besos!
Guest: ¡Gracias por seguir por acá! Y gracias a tu comentario me di cuenta que había subido el capítulo que no era (me refiero al 10) así que, gracias de nuevo jajaja. Ya me parecía que algo andaba mal (? Y respecto a los celos de Inuyasha, claramente no los podía dejar pasar. Ya estaba todo planeado para que en este capítulo estallaran jajaja Te leo en el próximo, ¡besos!
nadaoriginal: ¡Heeey, bienvenidx! ¡Gracias por leer! Me alegra que te esté gustando la historia y esta loca pareja que, reitero, en mi cabeza tiene sentido jajaja. Yo tampoco había encontrado casi nada de ellas años atrás. En sí, desde siempre quise escribir algo sobre ellas, pero me distraje con otras cosas en el camino. Ahora que tengo el hype a full con la nueva serie de Inuyasha (aunque para mí está medio meh la serie, por ahora), finalmente me decidí a escribir un Kagkik, y acá está. Así que gracias por acompañarme en este viaje. ¡Te leo en el próximo, besos!
