Miró al pez dorado en la pecera, en dónde la había puesto, con una sonrisa. El pez lo miró, con sorpresa, haciendo que su sonrisa acrecentara —. Por poco y te secas, eh. Eres afortunada en ciertos casos — colocó la pecera en uno de los mesabancos, mirándola —. Pero, ¿Qué fue lo que te impidió acercarte a tu Senpai y darle la escama?

La pez dorado lo miró unos minutos, antes de bajar la mirada al suelo de piedras de la pecera, antes de responder —. Era como tú dijiste, que cualquiera estaría bien, mientras pueda compartir mis sentimientos... Me di cuenta de lo... Egoísta que puedo ser.

Ray la miró, sin sonreír, algo sorprendido por sus palabras, y su madura conclusión. Y eso que la chica era un desastre, infantil pero, por sobre todo, querida; aunque su amado senpai, Oliver, ya tenía a quién amar.

Le sorprendía que lo dejase ir así de fácil, cuando muchas hubiesen luchado por ser el objeto de su interés del chico. Sonrió, al parecer, Emma era genuinamente amable, pero también podía ser egoísta, como todo ser humano.

Y eso estaba bien.

Sonrió algo malicioso, antes de voltear a verla.

— Bueno, existe una forma de que vuelvas a tu estado original.

— ¿En serio!

— Sí, pero, ¿Qué estás dispuesta a pagar por ello?

Se estremeció un segundo, por aquel brillo en sus orbes amatistas y esa sonrisa que era todo, menos inocente. Boqueó un par de veces, hasta finalmente, formular una respuesta —. Yo... Yo ofrezco mis servicios.

— ¿Sólo eso?

Pasó saliva (si es que eso era posible en su estado), sintiendo un rubor en sus mejillas (si es que eso también era posible) —. Mi... Mi... Mi vida.

Ray suspiró, divertido —. Eres demasiado extremista, Emma. Con tu cuerpo bastaba, pero ya, suficiente de ello — tomó una de las escamas que estaba en el suelo, y limpiándola con su uniforme estudiantil, la colocó en su lengua, sonriendo malicioso —. Tu vida, será mía entonces — y luego de esas palabras, la tragó.

Emma de inmediato se volvió humana, aunque la pecera se vacío sobre ella y su cabeza, se sentía aliviada de ya no ser un pez.

— ¿Qué...? ¿Qué fue lo que hiciste?

— Hmm, me llevé parte de la maldición... En otras palabras — entrelazó sus dedos delicadamente, asombrándola, tanto por poder tocarlo como por el gesto —, ahora compartimos un lazo. ¿No era esto lo que querías? — cuestionó, con una sonrisa suave.

A Emma se le enrojecieron las mejillas —. Y-Yo...

Nada le había salido como esperaba, sin embargo, tal vez y podía vivir con ello.

— Ah, tendrás que secar eso — señaló Ray, las escamas que sobresalían de su antebrazo izquierdo, alarmándola.

— ¿QUÉ!

Sin duda, las cosas se pondrían emocionantes, y tal vez, hasta divertidas.


Nota: Ok, esto no era el concepto de Crossover, pero fue inevitable.