Capítulo 9


A la mañana siguiente, antes de abrir los ojos, Sasuke supo que Sakura ya no estaba en la cama.

"¡Demonios, ya amaneció! —pensó Sasuke—, ¡y como marido y como laird tengo la obligación de saltar el primero de la cama!" Pensó que sin duda Sakura estaría abajo, esperándolo en el gran salón y su irritación disminuyó en cierta medida. Recordó que la noche anterior, Sakura había estado preocupada por Aoda: sin duda debía de estar con él.

El manto con los colores de los Ōtsutsuki estaba plegado sobre una silla. Seguramente Sakura se confundió de día pues se vistió con los colores de los Uchiha por segundo día consecutivo. "¡Ahora los Ōtsutsuki armarán un escándalo y yo no tengo tiempo para asuntos tan insignificantes... ¡maldición!"

Shisui y Itachi ya lo esperaban en el salón y en cuanto vieron aparecer al laird le hicieron una reverencia.

—¿Dónde está mi esposa?

Itachi y Shisui intercambiaron una mirada afligida y luego Itachi se adelantó un paso y respondió:

—Uchiha, creímos que estaba arriba, contigo.

—No está arriba.

—Y entonces, ¿dónde está? —preguntó Itachi.

Sasuke exclamó mirándolo con severidad:

—Eso fue precisamente lo que yo te pregunté.

Al oír la voz del amo, Aoda levantó la cabeza y golpeó la cola contra la estera. Sasuke se acercó al galgo, dobló una rodilla y palmeó al perro en el costado del cuello.

—Aoda, ¿te llevo afuera?

—Laird, lady Sakura ya lo llevó afuera —dijo Izumi desde la entrada. Bajó corriendo los escalones, les sonrió a Itachi y a Shisui y se volvió hacia el laird—. También le dio agua y comida. Dijo que hoy el perro está mucho mejor.

—¿Cómo supo tan pronto que el perro está mejor? —preguntó Shisui.

Izumi sonrió:

—Yo le pregunté lo mismo y me respondió que hoy gruñe un poco más fuerte. Así se dio cuenta de que está mejor.

—¿Dónde está la señora? —preguntó Sasuke.

—Fue a cabalgar —respondió Izumi—. Dijo que era un día demasiado hermoso para quedarse dentro.

—¿Mi esposa se fue a cabalgar sola?

Sasuke no esperó respuesta. Lanzando una maldición por lo bajo salió del salón, con Shisui y Itachi detrás.

—Si algo le sucediera a la señora, yo seré responsable —afirmó Shisui—. Tendría que haber estado aquí más temprano: hoy me toca a mí cuidarla —agregó, a modo de explicación—. ¡Maldición, preferiría que se quedara donde se le indica!

—Pero llevaba los colores de los Uchiha —informó Izumi.

—No tendría que llevarlos —dijo Shisui.

—Pero así es, señor.

Itachi se rascó el mentón.

—Confundió los días —reflexionó en voz alta. Le hizo un guiño a Izumi al pasar y apuró el paso para alcanzar a Shisui.

Sasuke disimuló la preocupación aparentando enfado. Fue muy claro con su esposa las últimas semanas: tenía que descansar. "No me parece que salir a cabalgar sola por las colinas infestadas de lobos sea descansar —pensó—. ¿Acaso tendré que encerrarla bajo llave? ¡Por Dios que se lo preguntaré en cuanto la vea!"

Sean, el mayordomo principal de los establos, vio que el laird se acercaba y de inmediato le preparó al animal que usaba para salir de caza. Cuando Sasuke llegó ya estaba sacando a la bella yegua negra del establo. Sasuke arrebató las riendas de las manos de Sean, respondió con un gruñido al saludo del hombre y montó el animal con un solo movimiento. Al llegar al prado, el caballo ya iba a galope rendido.

Kagami oyó el resonar de los cascos y alzó la cabeza. Estaba de rodillas, midiendo la distancia de un agujero que acababa de cavar hasta el siguiente. Cuando el laird detuvo el caballo, el anciano se levantó de prisa e hizo una reverencia.

—Buenos días tenga usted, laird Uchiha.

—Buenos días, Kagami —respondió Sasuke. Exploró el prado con la vista y luego la volvió hacia el anciano guerrero—. ¿Has visto a mi esposa?

—Estoy viéndola, Uchiha.

Kagami señaló con la mano; Sasuke se volvió sobre la montura y de inmediato divisó a Sakura. Estaba en la loma del lado norte, montada sobre su cabalgadura.

—¿Qué diablos está haciendo? —murmuró para sí.

—Reflexionando acerca de sus circunstancias —respondió Kagami.

—¡En nombre de Dios! ¿Qué significa eso?

—No lo sé, Uchiha. Me limito a repetir lo que ella me dijo. Hace más de una hora que está allí. Apuesto a que en este momento ya debe de tenerlo claro.

Sasuke hizo un gesto afirmativo y espoleó al animal.

—Es un bello día para cabalgar —le gritó Kagami.

—Es mejor aun para quedarse en casa —musitó Sasuke.

Sakura iba a bajar hacia el prado cuando divisó al esposo que subía la loma. Le hizo un gesto de saludo, juntó las manos sobre las riendas y esperó que se acercara. Estaba dispuesta para el encuentro y se preparó haciendo una honda inspiración. Era hora de que pusiera en acción el nuevo plan. No era extraño que estuviese algo nerviosa: no estaba habituada a hacerse cargo de las cosas. Pero eso no la detendría. "¡Por el amor de Dios!—pensó—. Soy responsable de mi propio destino y necesito que mi esposo lo entienda."

Sakura se había levantado una hora antes del amanecer y pasó el tiempo reflexionando con respecto a los cambios que deseaba hacer. La mayor parte de ellos se referían a su propia conducta, pero también había algunos que quería inducir al esposo a realizar. En realidad, quien la hizo reflexionar fue Aoda. Al curar la herida del perro, Sakura hizo un sorprendente descubrimiento. En primer lugar, observó que los gruñidos del animal eran pura jactancia: una demostración de cariño, en realidad. El segundo descubrimiento fue que no tenía motivos para temer a Aoda: una firme palmada y una palabra cariñosa le habían ganado la lealtad del perro. Esa mañana, cuando le dio de comer, el galgo gruñó afectuosamente y lamió la mano.

Y el amo no era muy diferente.

El ceño sombrío de su esposo ya no la amedrentaba, recordó Sakura cuando Sasuke llegó junto a ella.

—Se te ordenó que descansaras —exclamó Sasuke en tono duro y enfadado.

Sakura no hizo caso de ese saludo hostil.

—Buenos días, esposo. ¿Dormiste bien?

Sasuke estaba tan cerca que su pierna derecha presionaba contra el muslo izquierdo de Sakura. La joven no soportó más la expresión severa del esposo y bajó la mirada: no quería que esa hostilidad la desconcentrara. Tenía mucho que decirle y era importante que lo recordara todo.

Sasuke vio que su esposa llevaba el arco y las flechas en un carcaj de cuero sujeto a la espalda. Pensó que demostraba sensatez al llevar las armas consigo por si llegaba a producirse un ataque... suponiendo que tuviera buena puntería. Una cosa era practicar con un blanco clavado a un pino y otra muy distinta dispararle a un blanco móvil y real. Eso le recordó los peligros que acechaban detrás de las colinas y de inmediato se puso más ceñudo aún.

—Sakura, no hiciste caso de mis órdenes. No puedes...

La joven se inclinó de lado sobre la montura, se estiró y acarició suavemente el cuello del esposo con las puntas de los dedos. Antes de que Sasuke tuviese tiempo de reaccionar, repitió la caricia, suave como el aleteo de una mariposa y logró distraerlo.

La caricia lo dejó perplejo. Sakura se enderezó, juntó las manos y le sonrió. Sasuke sacudió la cabeza para aclararse los pensamientos y comenzó otra vez:

—No tienes idea de los peligros...

Sakura repitió las caricias. ¡Caramba, ese contacto estaba distrayéndolo! Sasuke le aferró la mano antes de que Sakura pudiese sacarla.

—¿Qué diablos haces?

—Te acaricio.

El hombre comenzó a decir algo, pero se arrepintió. La contempló largo rato tratando de entender qué le pasaba.

—¿Por qué? —preguntó al fin, con expresión inquieta.

—Quería demostrarte mi afecto, milord. ¿Te desagrada?

—No —refunfuñó el hombre.

Le tomó la barbilla con la mano, se inclinó hacia ella y le dio un beso prolongado y ardiente.

Sintiendo que se derretía, Sakura se acercó más, le rodeó el cuello con los brazos y se apretó a él mientras el beso iba creciendo en intensidad.

Sakura no supo cómo sucedió: de pronto, cuando el marido se enderezó, estaba sentada sobre el regazo de Sasuke, que la estrechaba con fuerza. La joven se acurrucó sobre el pecho del hombre, lanzó un breve suspiro y sonrió complacida.

Sintió deseos de reír. ¡Había dado resultado! Acababa de demostrar una importante teoría: en realidad Sasuke era muy parecido a su perro. Le gustaba tanto como a Aoda jactarse de ser malo.

—A una esposa se le permite demostrarle afecto al marido.

Sakura supuso que era una señal de aprobación, ¡Y qué arrogante! Se apartó para contemplarlo.

—¿Está permitido que un marido lleve a su esposa a cabalgar?

—Por supuesto; un marido puede hacer lo que se le antoje.

"Una esposa también", pensó Sakura.

—Milord, ¿por qué estás siempre tan serio? ME gustaría que sonrieras un poco más.

—Sakura, soy un guerrero —Dijo Sasuke, convencido de haberle dado una explicación sumamente lógica.

El hombre alzó a Sakura y volvió a colocarla sobre su propio caballo.

—Tú casi nunca sonríes —señaló—. ¿Por que?

—Soy la esposa de un guerrero, milord —respondió sonriendo, y Sasuke no pudo evitar imitarla.

—Milord, eres muy apuesto cuando sonríes.

—Pero a tí no te agradan los hombres apuestos, ¿recuerdas?

—Lo recuerdo. Intentaba hacerte un cumplido.

—¿Por qué?

Sakura no respondió.

—¿Qué estabas haciendo aquí, sola?

La joven respondió con otra pregunta.

—¿Puedes disponer de una hora para cabalgar conmigo? Estoy buscando una cueva de la que me habló Kagami, Dentro hay un tesoro.

—¿Qué tesoro?

Sakura negó con la cabeza.

—Primero, ayúdame a encontrarla y luego te diré lo que hay dentro. Se que estás muy atareado, pero una hora no es nada, ¿verdad?

Mientras pensaba la respuesta, Sasuke frunció el entrecejo. En efecto, ese día tenía importantes obligaciones y eso era lo fundamental, desde luego. No le encontraba sentido a cabalgar por puro placer: no era... productivo.

—Muéstrame el camino, Sakura. Yo te seguiré.

—Gracias, milord —dijo Sakura, extasiada.

"Esta pequeña y dulce esposa mía disfruta tanto de los pequeños placeres...", pensó Sasuke. Y se sintió como un ogro por haber dudado antes de aceptar la petición de Sakura.

Sakura no quiso darle tiempo de arrepentirse. Quería alejarlo del feudo... y de las responsabilidades para sostener una larga conversación a solas con el. Tomó las riendas y espoleó al caballo, que salió al galope colina abajo.

Era una amazona experta y eso sorprendió a Sasuke, que la suponía demasiado delicada para las actividades al aire libre.

Sasuke siguió a la esposa hasta que llegaron al bosque y entonces tomó la delantera.

Anduvieron en zigzag buscando la entrada de la cueva. Después de una hora de búsqueda, Sakura quiso desistir.

—La próxima vez, tendremos que pedirle a Kagami que nos acompañe: él nos mostrará el camino.

Avanzaron por entre los árboles y se detuvieron en un claro angosto cerca de un arroyo desde el cual se divisaba el valle.

—¿Estás lista para regresar? —preguntó Sasuke.

—Milord, antes quisiera hablar contigo, y si no tuviese tanta hambre te pediría que nos quedáramos aquí todo el día. ¿Notaste lo verde y lozano que es tu valle? —Los ojos le brillaban de malicia—. ¡Y pensar que tienes un clima tan benigno todo el año! Me considero muy afortunada. Sí, sí.

El entusiasmo de Sakura aligeró el ánimo de Sasuke. Nunca la había visto tan alegre y sintió que se le entibiaba el corazón. Para ser sincero, él tampoco quería irse.

—Esposa, puedo saciar tu apetito.

Sakura se volvió para mirarlo.

—¿Cazarás para conseguir alimento?

—No: traigo todo lo necesario.

Sasuke se apeó y luego la ayudó a desmontar.

—Sakura, estás muy delgada. Pesas menos que una pluma.

La muchacha ignoró la crítica.

—Marido mío, ¿dónde está esa comida de la que te jactaste de tener? ¿Caerá como maná del cielo?

El hombre movió la cabeza. Sakura vio que levantaba la solapa de la montura y sacaba un plato plano de metal. Detrás de la montura había un saco atado con una cuerda.

Sasuke le indicó que caminara hacia el claro. Ató las riendas de los dos caballos a una de las ramas y luego siguió a su esposa.

—Sakura, quítate el manto: lo usaremos de mantel. Extiéndelo sobre el suelo, cerca de los pinos.

—No me parece decente —dijo Sakura en tono insolente, demostrando que en realidad no le importaba si era decente o no. El ánimo alegre de la joven intrigó a Sasuke y lo impulsó a averiguar la causa de ese cambio pues, por lo general, Sakura era muy reservada.

Minutos después, la mujer estaba sentada sobre el manto observando cómo Sasuke preparaba la comida. Vio que encendía el fuego con turba y ramitas y colocaba el plato metálico sobre las llamas. Luego vertió harina de avena de un saquillo sobre el hueco de la mano, agregó agua que sacó del arroyo y amasó rápidamente una gruesa tortilla. Echó la mezcla sobre el plato y preparó otra mientras la primera se cocía.

Cuando Sakura probó la tortilla, le supo a palillos mezclados con polvo, pero no se lo dijo a Sasuke, conmovida por el trabajo que se había tomado en prepararla.

A Sasuke le resultó cómica la expresión de Sakura mientras mordisqueaba la tortilla de avena. Hizo varios viajes al arroyo para bajar los bocados con agua y, cuando sólo había comido la mitad, anunció que estaba llena.

—Fue muy considerado de tu parte traer la comida —afirmó.

—Sakura, todos los guerreros llevamos comida con nosotros. —Se sentó junto a ella, se respaldó contra el tronco del árbol y añadió—: Cuando salimos a cazar o a luchar, llevamos todo lo necesario. Los habitantes de los Highlands somos autosuficientes. No necesitamos pan, vino ni carros cargados de ollas y calderos como los soldados ingleses, que son unos flojos. Los mantos nos sirven de tienda de campaña o de manta y el alimento lo sacamos de la tierra.

—¿O se lo robáis a otros clanes?

—Está mal tomar las cosas sin permiso.

—Así lo hacemos nosotros —volvió a explicar.

—¿Los otros clanes también os roban a vosotros?

—No tenemos nada que puedan quitarnos.

—¿Todos os robáis unos a otros?

—Por supuesto.

—Es propio de bárbaros —concluyó Sakura en voz alta—. ¿Acaso ninguno de los lairds comercia para obtener lo que necesita?

—Algunos lo hacen —respondió Sasuke—. Dos veces por año se reúne un consejo cerca de Moray Firth. Asisten ahí los clanes que no están enemistados. Oí decir que en esas reuniones se comercia mucho.

—¿Dices que lo oíste? ¿Quiere decir que tú nunca asististe?

—No.

Sakura esperó otra explicación pero Sasuke guardó silencio.

—¿No te invitaron? —preguntó, indignada ante la idea de esa posible ofensa.

—Mujer, todos los lairds son invitados.

—¿Y por qué no asististe?

—No tenía tiempo ni ganas. Por otra parte, como ya te expliqué muchas veces, no tenemos nada para intercambiar.

—¿Y si lo tuvieras? —preguntó Sakura—. ¿En ese caso irías a la reunión?

Por toda respuesta Sasuke se encogió de hombros.

Sakura dejó escapar un suspiro.

—¿Qué opina el padre Mitokado acerca de los robos?

"Es evidente que a mi esposa la obsesiona la opinión del sacerdote", pensó Sasuke.

—No nos lo reprocha, si eso es lo que estás pensando. Sabe que sería en vano. La supervivencia es más importante que esa preocupación mezquina por un pecado venial.

Sakura quedó atónita ante la actitud del marido. Y también sintió envidia: debía de ser agradable vivir sin la permanente preocupación por los pecados.

—El padre Mitokado es un sacerdote poco común.

—¿Por qué lo dices?

—Es muy bondadoso y eso no es habitual en un sacerdote.

El comentario provocó una expresión de perplejidad en el semblante de Sasuke.

—¿Cómo son los sacerdotes en Inglaterra?

—Crueles. —En cuanto lo dijo, Sakura se arrepintió pues eso significaba meter en el mismo saco a todos los hombres de Dios, compararlos con los pocos clérigos que conocía—. Tal vez algunos sean bondadosos —agregó, con un gesto afirmativo—. Sin duda, tiene que haber entre ellos hombres buenos, que no crean que la mujer es la última en el amor de Dios.

—¿Que la mujer es qué cosa?

—Las últimas en el amor de Dios —repitió Sakura. Se enderezó, pero mantuvo la cabeza gacha—. Sasuke, ya es tiempo de que sepas que no estoy en buenos términos con la Iglesia —dijo, como quien realiza una sombría confesión.

—¿Y eso a qué se debe, Sakura?

—Soy rebelde —murmuró.

El hombre sonrió, y Sakura pensó que debía creer que estaba bromeando.

—Soy una rebelde —repitió—. No creo en todo lo que enseña la Iglesia.

—¿Por ejemplo? —preguntó el hombre.

—No creo que Dios ame menos a las mujeres que a los bueyes.

Sasuke jamás había escuchado algo tan disparatado.

—¿Quién te dijo...?

Sakura lo interrumpió:

—Al obispo Shimura le gustaba enumerar las jerarquías de Dios para recordarme mi propia insignificancia. Decía que, a menos que yo aprendiera a ser en verdad humilde y sumisa, nunca me reuniría con los ángeles.

—¿Ese obispo era tu confesor?

—Durante un tiempo lo fue —respondió Sakura—. El obispo era el consejero y el confesor de Aoi, por la importante posición que ocupaba mi primer marido. Me daba muchas penitencias.

Sasuke percibió el miedo de la muchacha. Se inclinó, le puso la mano sobre el hombro, y Sakura se crispó.

—Cuéntame cómo eran.

Sakura negó con la cabeza; lamentaba haber hablado de ese tema.

—¿Cuándo regresará Yoshio?

Al ver que cambiaba de tema, Sasuke resolvió dejarlo pasar. Eran extrañas las inquietudes que atormentaban a su esposa, y a juzgar por el modo en que se retorcía las manos, el obispo Shimura debía de ser una de las peores.

—Yoshio regresará a casa cuando el muro esté terminado —respondió—. Ayer me preguntaste lo mismo. ¿Acaso olvidaste mi respuesta?

—Es probable que mañana te pregunte lo mismo.

—¿Porqué?

—Un hijo debe vivir con el padre. ¿Acepta la espera? ¿Se siente a gusto con la familia de la madre? ¿Confías en la gente que lo cuida? Un niño tan pequeño como Yoshio necesita, sobre todo, la atención del padre —concluyó.

Semejantes preguntas, en realidad constituían un insulto. ¿Acaso suponía que Sasuke era capaz de dejar al hijo en manos de personas negligentes?

"No creo que sea una insolencia —pensó Sasuke—. Por su expresión afligida, deduzco que en realidad se preocupa por Yoshio."

—Si Yoshio se sintiera desdichado o lo trataran mal, me lo diría.

Sakura sacudió la cabeza con vehemencia:

—No, quizá no te lo diga y sufra en silencio.

—¿Y por qué haría tal cosa?

—Porque le daría vergüenza, claro. Imaginaría que hizo algo mal y que merece que lo traten con crueldad. Sasuke, tráelo a casa. Es con nosotros con quien tiene que estar.

Sasuke la sentó sobre su regazo, le alzó la barbilla y la contempló largo rato, tratando de comprender qué era lo que en verdad pensaba.

—Lo traeré de visita.

—¿Cuándo?

—La semana que viene —prometió—. Cuando lo traiga, le preguntaré si se siente desdichado o si lo tratan mal.

Le cubrió la boca con la mano para que no lo interrumpiese y al ver que Sakura movía la cabeza agregó en tono firme:

—Y mi hijo me dirá la verdad. Y ahora quisiera que me contestes una pregunta, Sakura.

Le quitó la mano de la boca, esperó que hiciera un gesto afirmativo y entonces le preguntó:

—¿Cuánto tiempo sufriste tú en silencio?

—Me entendiste mal —dijo la muchacha—. Yo tuve una infancia maravillosa: mis padres eran gentiles y cariñosos. Mi padre murió hace tres años y aún lo echo mucho de menos.

—¿Y a tu madre?

—Ahora está sola. Yo jamás habría aceptado venir aquí si Naruto no me hubiese prometido cuidarla. Mi hermano es un buen hijo.

—Tal vez, mientras estuviste casada con el barón, viste a tus padres con frecuencia, pero hay una distancia demasiado grande entre este feudo y la casa de tu madre para visitarla más de una vez al año.

—¿Me dejarías ir a ver a mi madre?

Parecía atónita.

—Yo te llevaré —respondió el marido—. Pero sólo una vez cada año. No puedes pretender ver a tu familia con tanta frecuencia como cuando estabas casada con el inglés.

—En aquella época nunca vi a mis padres.

Fue el turno de mostrarse perplejo.

—¿Acaso tu esposo no te permitía visitarlos?

Sakura negó con la cabeza.

—En aquel entonces yo no quería verlos. ¿No tendríamos que regresar? Está haciéndose tarde y ya te aparté demasiado tiempo de tus tareas.

Sasuke se sintió irritado: lo que Sakura decía no tenía sentido para él. Pareció regocijarse cuando le dijo que podría ir a visitar a la madre una vez al año, pero luego dijo que mientras estuvo casada con el barón prefería no ver a los padres: eso era una contradicción.

A Sasuke no lo satisfacían las respuestas a medias, quería una explicación completa.

—Sakura... —comenzó en voz sorda—. Estás contradiciéndote. No me gustan los acertijos...

Sakura estiró las manos para acariciarle el cuello tomándolo por sorpresa, pero Sasuke no se dejó distraer. Le sujetó la mano para que no volviera a interrumpirlo y continuó:

—Como dije, no me agradan...

Sakura le dio unas palmaditas del otro lado del cuello y la concentración de Sasuke desapareció. Dejó escapar un suspiro, lamentando su propia falta de disciplina, le aferró la otra mano, la acercó hacia sí y la besó.

Sólo tenía intenciones de besarla, pero la respuesta entusiasta de Sakura lo hizo desear más. El beso se tornó apasionado. Apretó la boca contra la de su esposa y las lenguas se trabaron en un duelo que imitaba al acto de amor.

Sakura quiso más. Se soltó las manos y le rodeó el cuello. Hundió los dedos en el cabello del esposo y se removió, tratando de acercarse más.

La dulce respuesta de Sakura hizo que Sasuke se olvidara de sí mismo y tuvo que apelar a toda su voluntad para apartarse. Cerró los ojos para que esa boca provocativa no lo tentara y soltó un fuerte quejido de frustración.

—Esposa mía, no es el momento —dijo con voz dura.

—No, claro que no. —La voz de la muchacha fue un suave susurro.

—Los peligros...

—Claro, los peligros...

—Tengo cosas que hacer.

—Debes de creer que soy una desvergonzada al apartarte así de tus responsabilidades.

—Sí, eso es lo que creo —admitió Sasuke con una sonrisa.

Sasuke no la dejaba pensar. Mientras pasaba revista a todos los motivos que los obligaban a regresar de inmediato, le acariciaba el muslo.

Sakura no podía prestar atención a lo que decía, distraída por ciertos detalles... Ese limpio aroma masculino: Sasuke olía como el aire libre y eso era subyugante.

También la voz del hombre, honda y vibrante. El tono gruñón no la intimidaba, más bien le resultaba excitante.

—Sasuke.

La mano del hombre ascendió por el muslo.

—¿Qué?

—Quisiera comentarte algo acerca de las importantes decisiones que tomé.

—Sakura, puedes decírmelo después.

Sakura asintió.

—¿Hay lobos por aquí?

—A veces —repuso el hombre.

—No parece preocuparte.

—Los caballos darán aviso con tiempo. Tu piel parece de seda.

La joven se echó un poco hacia atrás para poder besarle la barbilla y la mano del hombre llegó a la unión entre los muslos. De manera instintiva, Sakura los separó. Sasuke ahuecó la mano sobre esa carne suave y comenzó a acariciarla, al tiempo que el beso se volvía húmedo y ardiente.

Desvestirse fue una tarea incómoda e irritante pues llevó mucho tiempo, y al tironear de los lazos que le sujetaban las faldas, Sakura los anudó más. Sasuke quiso ayudarla pero sus manos fuertes aunque torpes desgarraron el satén.

De súbito, el hombre se impacientó pues ya no podía esperar. La colocó a horcajadas sobre sus caderas, la alzó y se quedó inmóvil.

—Recíbeme dentro de ti —le ordenó en un susurro ronco. Quería gritar "ahora", pero dijo—: Cuando estés lista, esposa.

Sakura se sujetó de los hombros del esposo y descendió con lentitud, hasta colocarse sobre él. Se miraron a los ojos, mientras el miembro viril penetraba por completo en ella.

El placer fue casi intolerable. Sakura cerró con fuerza los ojos y dejó escapar un gemido. Se movió hacia delante para besarlo y sintió una cálida oleada de éxtasis. Comenzó a moverse.

Esos movimientos lentos y provocativos enloquecieron a Sasuke. La aferró de las caderas y le demostró lo que quería que hiciera. La danza del amor se hizo frenética y los dos perdieron el control. Sasuke llegó al orgasmo el primero pero ayudó a Sakura a alcanzar el propio deslizando la mano entre los cuerpos unidos y acariciándola. Sakura se apretó en torno del esposo y hundió la cara en la curva del cuello de Sasuke. Al llegar al clímax, susurró el nombre del esposo.

Sasuke la sostuvo abrazada largo rato, luego le alzó la barbilla y le dio un beso apasionado. Las lenguas se enlazaron en un baile lento y perezoso. Luego la apartó. No le dio mucho tiempo para recuperarse. La besó una vez más y le dijo que se vistiera, que estaba perdiendo el día.

Sakura no quiso mostrarse herida por la actitud del esposo. Sabía que los deberes lo reclamaban, aunque hubiese preferido disfrutar un poco más del momento íntimo.

Se lavaron en el arroyo, se vistieron y caminaron juntos hasta donde estaban los caballos.

—Sakura, no quiero que vuelvas a salir sola; te lo prohíbo.

Sakura no dijo ni si ni no. Antes de alzarla sobre la montura, Sasuke la miró con aire severo. Sakura se acomodó la correa del carcaj sobre los hombros, deslizó el arco en el brazo y tomó las riendas.

—Cuando volvamos al castillo, descansarás.

—¿Por qué?

—Porque yo lo digo —repuso.

Sakura no estaba de ánimo para discutir, y tampoco quería que se separaran mientras Sasuke estuviese de un ánimo tan irritable.

—Sasuke.

—¿Qué?

—¿Disfrutaste del momento que compartimos?

—¿Por qué me preguntas semejante cosa? Tendría que ser obvio para ti que lo disfruté.

Tras un elogio tan retorcido, Sasuke se acercó al caballo y montó.

—No es obvio —exclamó Sakura.

—Tendría que serlo —replicó el hombre. Imaginó que Sakura esperaba un cumplido y la mente se le puso en blanco de inmediato. No era muy hábil con las frivolidades ni los arrumacos pero la expresión abatida de Sakura le indicó que los necesitaba. No quería que se sintiera rechazada después del momento que habían compartido.

—Me hiciste olvidar mis deberes. —Sin duda, eso la convencería de lo tentadora que le resultaba.

Sin embargo, a Sakura le pareció una acusación.

—Te pido disculpas, Sasuke. No volverá a suceder.

—Mujercita tonta, trataba de hacerte un cumplido.

Sakura abrió los ojos, sorprendida.

—¿En serio? —dijo con aire incrédulo.

—Claro que era un cumplido. No es frecuente que un laird olvide sus deberes. Semejante falta de disciplina podría provocar un desastre: ¿acaso eso no es un cumplido?

—Por lo general, los cumplidos no se expresan de ese modo. Quizá por eso no lo comprendí.

Sasuke refunfuñó. Sakura no entendió el significado de ese sonido ronco, pero sí que la discusión había terminado. Sasuke dio una palmada en la grupa del caballo de Sakura.

No volvió a dirigirle la palabra hasta que llegaron a los establos, y entonces le repitió que quería que descansara.

—¿Por qué tengo que descansar? No estoy débil, milord.

—No quiero que enfermes.

Apretó las mandíbulas, y Sakura comprendió que sería inútil discutir pero estaba tan exasperada que no pudo contenerse.

—Sé razonable: no puedo pasar todo el día en la cama. Si lo hago, de noche no podré dormir.

Sasuke la hizo bajar, le tomó la mano y la llevó medio a rastras hacia el castillo.

—Dejaré que te sientes junto al fuego, en el salón. Si quieres, hasta puedes coser.

La imagen le agradó y sonrió al pensar en Sakura entregada a tareas tan femeninas.

Sakura en cambio, lo miraba ceñuda, y Sasuke se sorprendió tanto de la reacción de la esposa que rió.

—Milord, tienes nociones muy rígidas acerca de cómo debo pasar el tiempo. ¿De dónde las sacaste? ¿Acaso tu madre solía sentarse a coser junto al fuego?

—No.

—¿Y cómo se entretenía?

—Haciendo tareas pesadas. Murió cuando yo era muy pequeño.

La expresión y el tono de Sasuke hicieron comprender a Sakura que no quería seguir hablando del tema: era evidente que la infancia era un punto doloroso. Pero ese simple comentario le dijo mucho acerca de cómo pensaba el esposo. La madre había muerto a causa de la fatiga de las labores pesadas... y por eso Sasuke quería que ella descansara todo el día.

Comprendió que no tenía que hacer más preguntas, pero la venció la curiosidad.

—¿Amabas a tu madre?

No le respondió, y Sakura intentó con otra pregunta.

—¿Quién te crió cuando ella murió?

—Nadie y todos.

—No comprendo.

Sasuke apretó el paso como si quisiera huir del interrogatorio de Sakura. De pronto, se detuvo y se volvió hacia la mujer.

—No es necesario que entiendas. Ve adentro, Sakura.

Cuando quería, el esposo podía ser bastante grosero. La apartó de sus pensamientos sin siquiera echar una mirada atrás para comprobar si obedecía sus órdenes.

Sakura permaneció varios minutos de pie sobre la escalera, pensando en Sasuke. Quería comprenderlo. Era su esposa y le importaba saber qué lo hacía feliz y qué lo encolerizaba, pues entonces sabría cómo actuar.

—Milady, ¿por qué está ceñuda?

Sakura se sobresaltó; se volvió, y al ver a Shisui le sonrió.

—Me asustó —dijo, señalando un hecho evidente.

—No fue mi intención —repuso el guerrero Ōtsutsuki—. La vi inquieta y pensé si podría hacer algo para mejorarle el ánimo.

—Estaba pensando acerca de vuestro laird —respondió la mujer—. Es un hombre complicado.

—Así es —acordó Shisui.

—Me gustaría entender cómo piensa.

—¿Por qué?

Sakura alzó los hombros.

—Las preguntas directas son inútiles —señaló—. Pero hay más de un modo de entrar en un castillo.

Shisui la entendió mal.

—Sí, hay dos entradas; tres, si contamos la del sótano.

—No me refería al castillo —explicó Sakura—. Quise decir que hay varias maneras de conseguir lo que uno se propone, ¿entiende?

—Pero es verdad, milady: hay dos entradas al castillo —insistió Shisui, empecinado.

Sakura suspiró.

—No importa, Shisui.

El guerrero cambió de tema.

—¿Irá esta tarde a caminar con Kagami?

—Quizá —respondió la joven. Se apresuró a subir los escalones de la entrada y Shisui corrió a abrirle las puertas.

—Milady, hoy es jueves —le recordó.

Sakura sonrió.

—Sí, en efecto. Por favor, discúlpeme. Quiero ir a ver a Aoda —dijo, al ver que el soldado seguía junto a ella. Supuso que querría saber qué planes tenía. Era imprescindible encontrar una manera de convencer a Sasuke de que no necesitaba acompañante alguno. Shisui y Itachi la volvían loca, revoloteando todo el día alrededor de ella. Esa mañana, para poder salir, tuvo que escapar sin ser vista, pero no podía recurrir otra vez al mismo truco. Ahora la vigilaban más. Por otra parte, no era muy honrado recurrir al engaño.

Sakura se quitó el carcaj y dejó el arco y las flechas en un rincón, junto a la escalera.

—¿Entonces, sabía usted que era jueves? —preguntó Shisui.

—No pensé en ello, señor. ¿Es muy importante?

El hombre asintió.

—Hoy tendría que haber llevado los colores de los Ōtsutsuki.

—Sí, pero ayer...

—Ayer se puso los de los Uchiha, milady. Lo recuerdo bien.

Sakura cayó en la cuenta de que al guerrero lo afligía su equivocación.

—Es importante que lo recuerde, ¿verdad?

—Sí.

—¿Por qué?

—No querrá ofender a ninguno de los dos clanes, ¿no es así?

—No, claro que no. En el futuro intentaré recordarlo, y le agradezco que me señale el error. Subiré de inmediato y me cambiaré.

—Pero el día ya casi terminó, milady. Ahora quédese con el manto de los Uchiha. Mañana y pasado mañana podrá usar los colores de los Ōtsutsuki y así reparará la ofensa.

—La señora tendría que llevar los colores de los Uchiha todos los días, Shisui. Es inaceptable que la esposa de un Uchiha lleve vuestros colores dos días seguidos —dijo Itachi desde la entrada.

Sakura estaba por acordar con esa sugerencia, pero la expresión de Shisui la hizo desistir. Como lo vio más irritado que a Itachi, prefirió aceptar lo que decía Shisui.

Pero ninguno de los dos parecía demasiado interesado en que Sakura estuviese de acuerdo.

—Itachi, yo creo que Shisui tiene razón al decir...

—No usará los colores de tu clan dos días seguidos.

—Lo hará —replicó Shisui, ceñudo—. Itachi, la señora quiere llevarse bien con todos y tú harías bien en seguir su ejemplo.

—Cambiaste de opinión, ¿eh? No hace una hora dijiste que ojalá se quedara en su lugar.

—No quise ofender. Mi tarea sería más fácil si ella me dijera dónde...

—Nadie me pondrá en ningún lugar.

Los soldados la ignoraron pues estaban enzarzados en una apasionada discusión. Comenzó a marcharse pensando que de ese modo los dos hombres se calmarían, pero en realidad deseaba estrangularlos a los dos.

Sakura recordó que se había prometido llevarse bien con todos los miembros de los clanes, hasta con los jefes cabezas duras. Como no le prestaban atención, comenzó a retroceder lentamente. Los hombres no lo advirtieron. Entonces, Sakura corrió escaleras abajo y se aproximó hasta el hogar, donde Aoda descansaba.

—La gente de los Highlands tiene nociones muy extrañas acerca de todo, Aoda —murmuró. Se arrodilló junto al perro y lo palmeó—. ¿Por qué será que a hombres ya crecidos les preocupa lo que usan las mujeres? Ya veo que tú no tienes la respuesta; deja de gruñir. Te levantaré las vendas para ver si estás curándote bien. Te prometo que no te haré daño.

La herida estaba cicatrizando bien. Cuando terminó de colocar otra vez las vendas y le dijo palabras animosas, Aoda meneó la cola.

Shisui y Itachi habían seguido la discusión fuera. Sakura subió, se cambió el manto por el de los Ōtsutsuki y regresó al salón para ayudar con los preparativos de la cena. Por fortuna, ese día la tarea estaba asignada a Izumi y a Hana: las otras mujeres no le harían caso. Mei, una bonita pelirroja, era la más ofensiva. Cuando Sakura le pedía algo, en mitad de la frase se daba la vuelta y se iba. Samui era otra Ōtsutsuki que tenía una actitud hostil hacia la señora. Aunque no sabía cómo, Sakura estaba resuelta a cambiar la conducta de las mujeres.

Izumi y Hana eran las únicas que no obedecían a la regla unánime de las Ōtsutsuki de ignorarla. Por el contrario, se mostraban ansiosas de ayudarla y esa aceptación hacía que Sakura las apreciara más.

—Milady, ¿qué quiere que hagamos? —preguntó Izumi.

—Quiero que recojáis abundantes flores silvestres para colocar sobre las mesas —dijo Sakura—. Hana, tú y yo pondremos los manteles de lino sobre las mesas y encima colocaremos las tablas de trinchar.

—El salón tiene buen aspecto, ¿verdad? –señaló Hana.

Sakura asintió. Además, olía a limpio. El aroma del pino se mezclaba con el fresco olor de las tablas del suelo. La habitación era lo bastante grande para que en ella entraran cuando menos cincuenta guerreros, aunque tenía pocos muebles. En el momento en que Sakura notaba ese hecho, dos soldados bajaron las escaleras trayendo dos sillas de respaldo alto.

—¿Dónde piensan ponerlas? —preguntó Hana.

—Junto al hogar —respondió uno de los hombres—. Nos lo ordenó el laird.

Hana frunció el entrecejo. Extendió el mantel blanco sobre la mesa y comenzó a alisarlo.

—Me pregunto por qué...

Sakura la interrumpió. Tomó el otro extremo del mantel y lo estiró desde la otra punta de la mesa larga.

—Quiere que me siente a coser junto al fuego —explicó, lanzando un suspiro.

Los soldados cruzaron el salón con las sillas y Aoda comenzó a gruñir. Los dos hombres eran jóvenes y, por lo visto, el perro los inquietaba un tanto. Cambiaron de dirección y dieron un amplío rodeo en torno del animal.

Sakura comprendió el temor de los jóvenes. Pensó en decirles que Aoda no les haría daño, pero comprendió que eso los avergonzaría. Fingió estar atareada en acomodar el mantel.

Las sillas fueron colocadas en un ángulo, frente al hogar. La señora les dio las gracias y los jóvenes, tras hacer una reverencia, se apresuraron a salir de la habitación.

Los asientos y los respaldos de las sillas eran mullidos. Sakura vio que una de ellas estaba tapizada con los colores de los Uchiha y la otra, con los de los Ōtsutsuki.

—¡En nombre de Dios! ¿Acaso tendré que alternar las sillas como hago con los mantos?

—¿Cómo dice, milady? —Hana interrumpió la educación de hogazas de pan sobre la mesa—. No entendí lo que dijo.

—Sólo hablaba conmigo misma —dijo Sakura. Tomó la mitad de los panes y fue a preparar la otra mesa.

—¿No cree que nuestro laird fue considerado al pensar en la comodidad de usted? Con lo ocupado que está, de todos modos se acuerda de hacer que traigan sillas para usted.

—Sí —admitió de prisa Sakura, para que Hana no creyera que no apreciaba la consideración del esposo hacia ella—. Creo que esta noche trabajaré en mi tapiz. Eso complacerá a mi esposo.

—Es una buena esposa al querer complacerlo.

—No, Hana, no soy muy buena esposa.

—Sí lo es —replicó Hana.

Sasuke entró a tiempo para oír la afirmación de Hana. Se detuvo en el último escalón, esperando que la esposa se volviese y advirtiera su presencia, pero Sakura estaba atareada colocando las tablas frente a cada sitio sobre la mesa.

—Una buena esposa tiene que ser dócil.

—¿Acaso es malo ser dócil? —preguntó Hana.

—Al parecer, no concuerda conmigo —repuso Sakura, intentando dar un tono despreocupado a un tema tan delicado.

—A mi juicio, usted es bastante dócil —afirmó Hana—. Milady, nunca advertí que discutiese con nadie, y menos aún con su esposo.

Sakura asintió.

—Intenté estar de acuerdo porque me demostró ser considerado con mis sentimientos. Sé que lo complacerá verme sentada junto al fuego cosiendo, y le daré el gusto pues a mí me agrada esa tarea.

—Eso es bueno, esposa—dijo Sasuke, remarcando las palabras.

Sakura se volvió, vio al marido y se sonrojó, incómoda. Sintió como si la hubiese sorprendido haciendo algo malo.

—No te falté el respeto, milord.

—No, no lo hiciste.

Sakura lo contempló largo rato, tratando de adivinar lo que pensaba, pero Sasuke no dejó entrever si se sentía divertido o enfadado con ella.

Para Sasuke, Sakura, con las mejillas sonrosadas, era un hermoso espectáculo, y como tenía expresión afligida se abstuvo de sonreír. Comprendió que su esposa había hecho grandes avances desde que se casaran: ya no temblaba al verlo. Todavía era demasiado tímida para el gusto de Sasuke, pero esperaba que con tiempo y paciencia superaría ese defecto.

—Marido mío, ¿deseabas algo?

El hombre asintió.

—Sakura, aquí no tenemos curandero. Y como tú demostraste habilidad con el hilo y la aguja, quisiera que cosas a Itachi. Un soldado inexperto al que estaba entrenando le hizo un tajo en un brazo.

Sakura ya corría hacia la escalera a buscar los elementos.

—Me encantará ser útil. Iré a buscar las cosas que necesito y volveré enseguida. ¡Pobre Itachi! Debe de estar muy dolorido.

La predicción resultó falsa. Cuando Johanna volvió al salón, Itachi estaba esperándola. Sentado sobre uno de los taburetes, tenía el aspecto de estar abrumado por la atención de las mujeres que lo rodeaban.

Sakura notó que Izumi era la más inquieta por el estado de Itachi. Estaba en el extremo opuesto de la mesa, fingiendo arreglar las flores que había recogido, pero tenía los ojos velados y no apartaba la mirada del soldado. Itachi, en cambio, la ignoraba.

Era evidente que la mujer Ōtsutsuki sentía afecto hacia el soldado Uchiha y se esforzaba por disimularlo. Sakura se preguntó si eso se debía a que Itachi no había manifestado el menor interés en la muchacha o a que Izumi era una Ōtsutsuki y él, un Uchiha. Una cosa era segura: Izumi era desdichada. Sakura sabía que no le correspondía intervenir, pero quería tanto a Izumi que en verdad deseaba ayudarla.

De pronto, otra Ōtsutsuki pasó corriendo junto a Sakura.

—Itachi, para mí será un placer coserte —dijo Fugai. La misma mujer que había puesto a Sakura el mote de "valiente", sonreía a Itachi—. No me importa que seas un Uchiha; de todos modos te curaré bien.

Sakura irguió la espalda y cruzó de prisa el salón.

—Por favor, apártate —ordenó—. Yo atenderé a Itachi. Izumi, tráeme un banquito.

Sasuke entró otra vez en el salón, vio que se había reunido mucha gente y los hizo salir.

Sakura examinó la herida. Era un corte largo y angosto que comenzaba en el hombro izquierdo de Itachi y terminaba debajo del codo. Era bastante profundo y sería necesario coserlo para que cicatrizara bien.

—¿Le duele, Itachi? —preguntó, en tono compasivo.

—No, milady, en absoluto.

Sakura no le creyó. Dejó sobre la mesa los elementos y se sentó junto al soldado, en un taburete.

—Si es así, ¿por qué hace muecas?

—Porque disgusté al laird —explicó Itachi por lo bajo—. Esta herida prueba que no presté atención.

Tras esta explicación, dirigió a Izumi una mirada ceñuda sobre el hombro. La muchacha se apresuró a bajar la vista. Sakura pensó que tal vez el Uchiha culpara a la mujer por su propia falta de atención.

Itachi ni se movió mientras Sakura cosía la herida. Le llevó mucho tiempo limpiar el corte, pero la costura fue rápida. Izumi la ayudó desgarrando largas tiras de tela blanca de algodón para vendar la herida.

—Ya está —dijo Sakura al terminar—. Quedará perfecto, Itachi. Que la venda no se moje y, por favor, no levante cosas pesadas que puedan romper los puntos. Le cambiaré las vendas todas las mañanas —agregó, con un gesto afirmativo.

—El puede ocuparse de eso —dijo Sasuke, acercándose al hogar. Se apoyó sobre una rodilla y acarició a la mascota.

—Yo preferiría cambiar los vendajes, milord —dijo Sakura. Se apartó para que Itachi pudiese levantarse y rodeó la mesa. Izumi había dejado las flores amontonadas sobre la mesa y Sakura pensaba ponerlas en un florero de porcelana con agua antes de que se marchitaran.

—Esposa, no contradigas mis órdenes.

Sasuke se levantó, se volvió hacia el soldado y, en tono airado, le ordenó que saliera del salón.

—Vuelve a tus tareas, Itachi. Ya perdiste demasiado tiempo. Izumi, quédate. Quiero hablar contigo antes de que te marches.

Sakura quedó atónita ante la dureza del tono del esposo. Era obvio que estaba furioso con el soldado y parte de su furia se volcaba sobre Izumi. La mujer Ōtsutsuki parecía amilanada y Sakura la compadeció. Quería defenderla. Resolvió que tendría que averiguar qué había hecho para disgustar al laird.

—Milord, acabo de indicarle a Itachi que no levante cosas pesadas.

—Irá a trabajar en el muro.

—¿Eso significa que levantará piedras? —dijo Sakura, horrorizada.

—Sí —dijo Sasuke, con dureza.

—No puede.

—Lo hará.

La joven levantó una flor y la metió en el florero sin prestar atención a lo que hacía pues estaba concentrada en mirar al esposo con severidad.

Pero pensó que tal vez fuese injusta: Sasuke no sabía cuan grave era la herida de Itachi.

—Milord, el corte es bastante profundo. No tendría que hacer ningún trabajo.

—No me importa si pierde el brazo, mujer. Trabajará.

—Se desgarrarán los puntos.

—Por lo que a mí me importa, puede levantarlas piedras con la otra mano o patearlas. ¡Izumi!.

—¿Sí, laird Uchiha?

—No distraerás a mis soldados mientras trabajan, ¿me entiendes?

Los ojos de la muchacha se llenaron de lágrimas.

—Sí, laird Uchiha, entiendo. No volverá a suceder.

—Asegúrate de que así sea. Puedes irte.

Izumi hizo una breve reverencia y se volvió para irse.

—¿Desea que regrese mañana para ayudar a la señora?

Sakura iba a decir que sí cuando Sasuke la cortó con su respuesta.

—No es necesario. Una de las mujeres Uchiha vendrá a encargarse de tus tareas.

Izumi salió corriendo del salón. Sakura estaba furiosa con su marido. Metió otra flor en el jarrón y sacudió la cabeza.

—Milord, heriste los sentimientos de Izumi.

—No se morirá por ello —replicó el hombre.

—¿Y eso qué significa?

—Ven, Aoda. Es hora de salir.

Sakura arrojó el resto de las flores dentro del jarrón y corrió a pararse delante de Sasuke para impedirle salir. Se detuvo a medio metro de él. Con los brazos en jarras, Sakura echó la cabeza hacia atrás para poder mirarlo a los ojos.

"En este momento, no muestra la menor timidez —pensó Sasuke—. A decir verdad, echa chispas por los ojos." Sasuke se sintió tan complacido con la valentía de su esposa que tuvo ganas de sonreír.

En cambio, la miró ceñudo.

—¿Acaso discutes mis motivos?

—Creo que sí, milord.

—Eso no te está permitido.

Sakura cambió el modo de abordarlo.

—Se me permite dar mi opinión —le recordó—. Y yo opino que avergonzaste a Izumi con tus críticas.

—No morirá por ello —replicó el hombre.

Aun con esfuerzo, Sakura no apartó la mirada.

—Tal vez, una buena esposa dejaría de discutir —murmuró.

—Sí, en efecto.

La joven suspiró.

—En ese caso, Sasuke, creo que no soy una buena esposa. Quiero saber que hizo Izumi para merecer tu enojo.

—Hizo que casi mataran a mi soldado.

—¿Eso fue lo que hizo?

—Sí.

—Pero no debe de haberlo hecho adrede —la defendió.

Sasuke se inclinó casi hasta tocar la cara de Sakura con la propia.

—Itachi cometió un error y, al parecer, se contagió de tu mal, esposa. No prestó atención a lo que estaba haciendo.

Sakura se enderezó.

—¿Acaso te refieres al pequeño incidente en que me vi envuelta cuando me metí por accidente en medio de la sesión de entrenamiento?

—Así es.

—Es desconsiderado de tu parte que me lo recuerdes —afirmó Sakura.

Fue evidente que a Sasuke no le importaba en lo más mínimo si era desconsiderado.

—Sobrevivir es más importante que los sentimientos heridos —farfulló.

—Eso es cierto —admitió Sakura.

Aoda los interrumpió con un fuerte ladrido. Sasuke se volvió, llamó a la mascota y salió del salón sin echar otra mirada a su esposa.

Sakura reflexionó toda la tarde sobre la conversación. Pensó que quizá no debería haber intervenido en las decisiones de su esposo con respecto a los miembros del clan, pero no pudo contenerse. En el tiempo que llevaba de casada se había encariñado mucho tanto con Itachi como con Izumi.

A decir verdad, estaba sorprendida de sí misma. En otros tiempos, había aprendido a no entablar ninguna relación de afecto pues eso significaba encariñarse y dar a su esposo otras armas para esgrimir en contra de ella. Si se encariñaba con algún miembro del personal, lo ponía en riesgo.

«Una mañana, Chelsea rompió un huevo. La cocinera lo informó a Aoi. Esa tarde, Aoi le rompió una pierna a Chelsea y el obispo Shimura afirmó que era un castigo adecuado para un error tan grave».

Sin embargo, aquí las cosas eran tan diferentes como el día de la noche. En los Highlands, Sakura podía tener amigos y no era necesario que se preocupara por la seguridad de ellos.

El padre Mitokado se reunió con ellos para la cena. Parecía fatigado por el viaje hacia y desde los Lowlands, pero desbordaba de noticias sobre los últimos sucesos en Inglaterra y ansiaba compartirlas.

Los soldados hablaban todos al mismo tiempo y resultaba difícil oír lo que decía el sacerdote.

—Sin duda, el papa Inocencio excomulgará al rey John —informó el padre Mitokado casi a gritos, para que lo oyesen—. Pronto se pondrá al país en interdicto.

—¿Qué es lo que hizo para merecer semejante trato? —preguntó Sakura.

—John estaba decidido a poner a su propio hombre como arzobispo de Canterbury, pero nuestro papa no aceptó esa intervención. Nombró a su elegido, que no era inglés, según tengo entendido, y John, furioso por esa elección, dio la orden de que no se le permitiera el ingreso a Inglaterra.

Uno de los soldados Mitokado hizo un chiste que a los otros hombres les pareció en extremo divertido y Sakura tuvo que aguardar a que cesaran las carcajadas provenientes de la segunda mesa para hablar.

—¿Qué pasará si el país queda en interdicto?

—Que los súbditos sufrirán, claro. La mayoría de los sacerdotes tendrán que huir de Inglaterra, no se dirán misas, no se recibirán confesiones ni se celebrarán bodas. Los únicos sacramentos que el papa Inocencio permitirá serán el bautismo de los inocentes recién nacidos y la extremaunción de los moribundos, siempre que la familia pueda encontrar a un sacerdote capaz de administrarlos a tiempo. El estado de cosas es lamentable, lady Sakura, pero al parecer al rey no le inquieta demasiado.

—Para compensar, quizá les robe a las iglesias —reflexionó Sasuke, con lo cual Sakura estuvo de acuerdo.

Esa perspectiva acongojó al padre Mitokado.

—Si lo hace, arderá en el infierno —murmuró.

—Padre, el alma del rey ya está perdida.

—No puedes estar segura, muchacha.

Sakura bajó la vista:

—No, no puedo estar segura.

El padre Mitokado cambió de tema.

—El príncipe Arthur está muerto —informó—. Se dice que murió en la época de Pascuas, hace cuatro años. —Hizo una pausa y luego agregó—: Existen rumores de que fue asesinado.

En ese momento, Sasuke observó a Sakura y advirtió que se había puesto pálida.

—Es probable que fuese asesinado —terció Itachi.

—Sí, pero lo que inquieta al barón es...

—Quién lo mató —propuso Itachi.

—Exacto —admitió el sacerdote.

—¿Qué es lo que dice la gente? —preguntó Sasuke.

—Muchos de los barones creen que el rey John hizo asesinar a Arthur pero, por supuesto, él niega saber nada acerca del sobrino.

—El rey es el único que tiene un motivo poderoso —dijo Itachi.

—Quizá —dijo el padre Mitokado.

—Brindo por un provechoso día de trabajo —exclamó Shisui.

Todos los soldados Ōtsutsuki se pusieron de pie, con las copas en las manos y los Uchiha los imitaron. Se juntaron entre las dos mesas, chocaron las copas y bebieron lo que quedaba en ellas. Gran parte se derramó sobre el suelo.

Sakura pidió permiso para retirarse. Subió las escaleras, buscó el bolso con el tapiz a medio hacer, la aguja y los hilos y volvió al salón. Se sentó en una de las sillas y comenzó a bordar.

Acababa de dar la primera puntada cuando le pidieron que se cambiara de lugar.

—Está sentada en la silla con los colores de Uchiha, milady —le advirtió Shisui, de pie frente a ella, con las manos a la espalda. Detrás del jefe se agrupaban otros tres soldados Ōtsutsuki. Le tapaban la luz y parecían muy preocupados por lo que sin duda consideraban un terrible desliz.

Sakura suspiró.

—Shisui, ¿es muy importante dónde me siento?

—Sí, milady. Esta noche lleva puestos los colores Ōtsutsuki y tendría que sentarse en la silla Ōtsutsuki.

Los tres soldados se apresuraron a asentir.

Sakura no supo si reír o gritar a los soldados enfurruñados que guardaban silencio esperando a ver qué haría la señora.

—Dejen que se siente donde quiera —exclamó un soldado Uchiha.

A Sakura la situación le pareció absurda. Mirando tras los hombres, buscó a Sasuke con la vista en procura de orientación. Sasuke la observaba con expresión inescrutable y Sakura pensó que dejaba la decisión en sus manos.

Sakura decidió conformar a los Ōtsutsuki. A fin de cuentas, seguía siendo jueves.

—Gracias por habérmelo advertido, Shisui, y por ser tan paciente.

Aunque quiso mostrarse sincera, no pudo impedir que en su tono se filtrara cierto matiz burlón. Cuando se puso de pie, los hombres retrocedieron y uno se inclinó para recoger el bolso con los hilos.

Sakura fue hasta el otro lado del hogar y se sentó en la silla Ōtsutsuki. Se acomodó la falda, ajustó un pliegue suelto, retomó el tapiz y prosiguió la labor.

La cabeza inclinada sobre el bordado, fingió estar muy concentrada en la labor, pues los Ōtsutsuki seguían observándola. Cuando escuchó ruidosas exclamaciones que supuso de aprobación, tuvo que morderse los labios para no reír.

El padre Mitokado permaneció junto a Sasuke el resto de la velada. Puso al laird al tanto de los últimos acontecimientos de los otros clanes. A Sakura le fascinó la conversación.

Hablaban de enemistades y le pareció que todos los clanes que habitaban los Highlands se encontraban envueltos en algún tipo de reyerta. Los motivos que aducía el padre Mitokado le resultaron aun más sorprendentes: el más ligero desliz o insulto los enfurecía. Un resoplido desdeñoso bastaba para iniciar una batalla.

—A los habitantes de los Highlands les gusta pelear, ¿verdad, padre Mitokado? —preguntó, sin alzar la vista.

El padre esperó que los soldados Ōtsutsuki salieran en fila del salón antes de responderle. Sakura se sintió aliviada de que se fueran. Eran tan ruidosos y turbulentos que se hacía difícil conversar sin gritar.

Una vez que los hombres salieron, reinó un agradable silencio. Ninguno de ellos había saludado a la señora y Sakura trató de no ofenderse, pues al menos le habían hecho una reverencia a su esposo.

Volvió a formularle la pregunta al sacerdote.

—Sí, les gusta pelear —respondió el padre Mitokado.

—¿Y a qué cree que se debe?

—Lo consideran honroso.

Sakura equivocó una puntada, frunció el entrecejo y se dispuso a corregir el error. Sin apartar la vista de la labor, le preguntó a su marido si estaba de acuerdo con el padre.

—Sí, es honroso —dijo Sasuke.

A Sakura le parecieron opiniones ridículas.

—¿Se considera honroso chocar las cabezas entre sí? No veo por qué, milord.

Sasuke sonrió: las palabras empleadas y el tono exasperado de Sakura lo divirtieron.

—Muchacha, la lucha permite que los highlanders exhiban las cualidades que más aprecian —le explicó el sacerdote—. El coraje, la lealtad hacia el jefe y la resistencia.

—Ningún guerrero desea morir en su cama —intervino Sasuke.

—Lo consideran un pecado —dijo el clérigo.

La joven dejó la aguja y miró a los hombres convencida de que se burlaban de ella, pero ambos parecían serios. Sakura seguía sin comprender.

—¿Qué clase de pecado es ése? —preguntó, con evidente suspicacia.

—Indolencia —le respondió Sasuke.

Sakura contuvo una exclamación desdeñosa.

—Debes de creer que soy una ingenua para tragarme semejante cuento —se burló.

—Sí, Sakura, eres ingenua, pero no estamos tomándote el pelo. Pensamos que morir en la cama es un pecado.

Sakura movió la cabeza para demostrarle que no le creía y retomó la labor. El padre siguió con las novedades, pero a Sasuke le costaba prestarle atención pues seguía con la mirada fija en su esposa.

Sakura lo subyugaba. Sintió que le bullía en el pecho un contento como jamás había experimentado. Cuando era muy joven, ingenuo y estaba solo, se dormía todas las noches pensando en su propio futuro. Construía sueños acerca de la familia que formaría: la esposa y los hijos sólo le pertenecerían a él y, desde luego, vivirían en su propio castillo. A menudo, Sasuke imaginaba a su esposa sentada junto al fuego, enfrascada en una labor femenina... como el bordado.

Las imágenes que evocaba en la mente siendo un muchacho lo apartaban de la dureza de la realidad; esas fantasías lo ayudaban a sobrevivir.

Sí, en aquel entonces era muy joven y tierno. Pero el tiempo y la práctica lo endurecieron y había olvidado aquellos sueños tontos. Ya no sentía la necesidad de poseer y había aprendido a bastarse a sí mismo. Los sueños eran para los débiles. "Sí — pensó—, ahora soy fuerte y he olvidado los sueños".

Hasta ese momento, mientras contemplaba a la esposa, todos aquellos sueños regresaron en tropel. "La realidad es muy superior a las fantasías", pensó Sasuke. Nunca imaginó tener una esposa tan bella como Sakura. Nunca pensó que se sentiría tan feliz, ni que experimentaría un anhelo tan feroz de protegerla.

Sakura levantó la vista y lo sorprendió contemplándola. La expresión de su esposo la dejó perpleja: parecía estar mirando a través de ella, perdido en profundos pensamientos. "Sí —pensó Sakura—, debe de estar pensando en algo que lo aflige, pues tiene una expresión feroz".

—Me gustaría beber un poco de uisgebreatha —dijo el padre Mitokado—. Luego me iré a la cama. ¡Por Dios, esta noche estoy agotado!

Sakura se levantó de inmediato para servirle. Sobre un cofre arrimado a la pared, detrás de Sasuke, se encontraba una jarra con la bebida de los Highlands. Sakura llevó la jarra a la mesa y llenó la copa del sacerdote.

Luego se volvió para servirle al esposo pero Sasuke rechazó la bebida.

Mitokado bebió un gran trago e hizo una mueca.

—Apuesto a que no ha sido añejado más de una semana. Tiene un sabor agrio.

Sasuke sonrió:

—Preséntele la queja a Kagami: él es el que la prepara.

La curiosidad de Sakura se despertó de inmediato, al oír hablar de añejamiento.

—¿Es importante el tiempo que espera la bebida?

—Se añeja, muchacha —la corrigió el sacerdote—. No espera. Sí, es importante. Los expertos dicen que, cuanto más tiempo se deja, mejor resulta.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Sakura.

—Unos diez o doce años en barriles de roble —especuló el padre Mitokado—. Claro que hay que ser paciente para esperar tantos años sin probarla.

—¿La bebida es más valiosa cuando es añeja?

Sakura dejó la jarra sobre la mesa y se detuvo junto a su marido esperando que el padre terminara de beber y le respondiese.

Apoyó la mano sobre el hombro de Sasuke. Miraba con suma atención al sacerdote y Sasuke supo que Sakura no se daba cuenta de que lo tocaba. El inconsciente gesto de cariño lo alegró, pues significaba que Sakura había superado por completo el miedo que le tenía. "Es un primer paso, pero muy importante", pensó Sasuke. Estaba decidido a conquistar la confianza de la esposa. Recordó que se lo había ordenado, pero en cuanto lo hizo comprendió que la confianza debía ganarse. Sasuke se consideraba un hombre paciente: esperaría. Andando el tiempo, Sakura comprendería su buena suerte y apreciaría la protección que el esposo le brindaba. Aprendería a confiar en él, y de la confianza nacería la lealtad.

Un hombre no podía pedirle más a una esposa.

El sacerdote lo arrancó de sus pensamientos.

—Cuando se deja añejar, la bebida adquiere mucho más valor. Los hombres serían capaces de matar por conseguir uisgebreatha puro. Los highlanders toman muy en serio las bebidas, ¿sabes, muchacha? Por eso la llaman "el agua de la vida".

—¿Podrían intercambiarlo por mercaderías?

—Sakura, ¿por qué te interesa tanto el tema? —preguntó Sasuke.

La joven se encogió de hombros. No quería contarle lo de los barriles de oro líquido que le había mencionado Kagami. Primero, tendría que pedirle permiso al amigo. Por otra parte, quería comprobar por sí misma si los barriles aún estaban en la cueva. Además, sería una sorpresa agradable para Sasuke y, si valía tanto como Sakura suponía, el esposo tendría algo para cambiar por otros productos.

—Padre, ¿nos haría el honor de ocupar esta noche el dormitorio vacío? —dijo Sakura.

El clérigo miró al laird y esperó que éste se sumara a la invitación.

—La cama es muy cómoda, padre —señaló Sasuke.

El padre Mitokado sonrió.

—Quedarme será un placer —dijo—. Es un gesto muy hospitalario de parte de ustedes.

Mitokado se puso de pie, hizo una reverencia al laird y fue a buscar sus cosas. Sakura volvió a su silla, recogió el tapiz y la aguja y los guardó otra vez en el bolso. Sasuke la esperó cerca de la entrada.

—Esposa, puedes dejar la costura sobre la silla. Nadie la tocará.

Aoda entró en el salón y al pasar junto a Sakura le gruñó. La muchacha le dio unas palmaditas y siguió su camino.

Sasuke siguió a su esposa escaleras arriba. Mientras preparaba la cama, Sakura permaneció sumida en sus pensamientos. Sasuke agregó un leño al fuego, se puso de pie, se apoyó en la repisa y la observó.

—¿En qué estás pensando?

—En distintas cosas.

—Sakura, esa respuesta no me satisface.

—Estaba pensando en mi vida aquí.

—Te adaptaste sin muchas dificultades —señaló el hombre—. Tendrías que sentirte feliz.

Sakura se ajustó el cinturón de la bata y se volvió hacia el esposo.

—No me adapté, Sasuke. La verdad es que estuve viviendo en el limbo. Me siento atrapada entre dos mundos —añadió, con énfasis.

El hombre se sentó en el costado de la cama y se quitó las botas.

—Hoy quise hablar contigo del tema —dijo Sakura— pero no tuvimos tiempo.

—¿Qué es lo que tratas de decirme?

—Sasuke, tú y los otros me tratáis como si fuese una visita. Y peor aún: yo me comporto como si lo fuera.

—Sakura, lo que dices es absurdo. Yo no llevo extraños a mi cama. Eres mi esposa, no una visita.

Sakura fijó la mirada en el fuego, sintiéndose disgustada consigo misma.

—¿Sabes lo que comprendí? Me consumió el afán de protegerme a mí misma. Mañana me confesaré y le pediré perdón a Dios.

—No es necesario que te preocupes por protegerte: ése es mi deber.

A pesar de su propia irritación, Sakura sonrió y Sasuke se sintió insultado.

—No, yo tengo la responsabilidad de cuidarme.

A Sasuke no le gustó esa afirmación y compuso una expresión que competía en furia con las llamas del hogar.

—¿Insinúas que no soy capaz de cuidarte, tratas de enfurecerme?

Sakura se apresuró a tranquilizarlo.

—Claro que no —respondió—. Me complace contar con tu protección.

—Mujer, te contradices.

—Sasuke, no es que quiera confundirte: sólo intento aclarar mis ideas. Cuando una persona tiene hambre y no hay comida, esa persona vive obsesionada con la preocupación de conseguir alimento, ¿no es verdad, marido?

Sasuke se encogió de hombros.

—Supongo que sí.

—Durante mucho tiempo yo estuve obsesionada por el miedo. Viví tanto tiempo con él que me dominó, pero ahora me siento segura y tengo tiempo de pensar en otros asuntos. ¿Entiendes?

Sasuke no entendió. Y tampoco le agradó verla ceñuda.

—Ya te dije que me complaces. Deja de preocuparte.

Sakura se irritó y aun así, de espaldas al marido, se permitió una sonrisa.

—Sasuke, por asombroso que te parezca, no me preocupa demasiado complacerte.

Sasuke se sorprendió y se irritó al mismo tiempo.

—Eres mi esposa —le recordó—. Tienes la obligación de complacerme.

Sakura suspiró, sabía que Sasuke no entendería. Y no podía culparlo pues apenas se entendía a sí misma.

—No quise ofenderte, milord.

Parecía sincera, y Sasuke se serenó. Se acercó a la mujer por detrás y le rodeó la cintura con los brazos. Se inclinó y le besó el hueco del cuello.

—Ven a la cama. Te deseo, Sakura.

—Yo también, Sasuke.

Se volvió y le sonrió al esposo. Sasuke la alzó en brazos y la llevó a la cama. Se hicieron el amor lenta y dulcemente y, cuando ambos alcanzaron la cima, permanecieron abrazados.

—En verdad me complaces, mujer. —La voz ronca de Sasuke vibraba de amor.

—Recuérdalo, milord, pues estoy segura de que llegará el día en que no te complazca.

—¿Eso es una preocupación o una profecía?

Sakura se apoyó en un codo y le acarició el cuello con suavidad.

—No. sólo digo la verdad.

Lo distrajo preguntándole por los planes para el día siguiente. Sasuke no estaba acostumbrado a comentarlos con nadie, pero sentía deseos de hacerla feliz y le contó detalles de la caza que pensaba hacer al día siguiente y de los artículos que él y sus hombres robarían. Sakura no deseaba sermonearlo, pero no pudo evitarlo por mucho tiempo y se lanzó a un discurso acerca de los méritos de la probidad. Le habló de la ira de Dios, del Día del Juicio Final. Pero a Sasuke no lo impresionaron las imágenes de fuego y azufre: en mitad de la perorata, bostezó.

—Esposo, es mi deber ayudarte a llevar una vida buena y decente.

—¿Por qué?

—Para que vayas al Cielo, claro.

El hombre rió, y Sakura desistió y se durmió inquieta por el alma de su esposo.