Comenzaron a trabajar aquella semana a contrarreloj. Según supo Steve el primer día, Howard ya había ideado un primer prototipo y tenía todo listo para ensamblarlo pero necesitaba las medidas del capitán y reajustar las extremidades a su tamaño.
Durante la mañana hacían pruebas al traje confeccionado por Stark, sometían a Steve a pruebas físicas con ello puesto y se encargaban apuntar los resultados para considerar la evolución. Estas pruebas se llevaban a cabo en secreto y la única, a parte de Stark, que tenía acceso al campo de entrenamiento era Carter, la cual a veces participaba de ellos y se cebaba con Steve cuando algo le salía mal.
Una de las especialidades que le enseñó mientras llevaba el prototipo puesto, era el combate cuerpo a cuerpo. Puesto que ella no podía combatir contra el traje de vibranium le enseñaba los movimientos que debía copiar para medir la flexibilidad del material. Y una vez que llegaba la tarde y se lo quitaba, Steve debía pelear contra ella usando las mismas técnicas que le había enseñado. El problema era que Peggy era realmente un hueso duro de roer y por mucho que Steve intentase derribarla, ella era capaz de leer sus movimientos a la perfección. Por muchas fintas y placajes que le enseñase, no era suficiente y ella siempre se salía con la suya para inmovilizarlo.
—El problema es que eres un libro abierto —dijo Peggy usando el mismo término que Stark había empleado para describirlo—. Veo tus intenciones porque eres incapaz de usar la astucia. No puedes engañarme porque nunca lo has hecho con nadie y se te nota demasiado.
Esta charla tuvo lugar el tercer día de entrenamiento, tras haber permanecido ambos dos jornadas en completo silencio salvo en los momentos que se rompía cuando Carter le daba algunas directrices. Steve, se limitaba a observarla y a asentir, sin más intención que aprender lo que le mostraba y nada más. Pero esa vez, Steve se atrevió a pronunciar más de dos palabras seguidas.
—No todos valemos para burlar a la gente, supongo...
—Pues esa es la actitud que deberías evitar. Todo el mundo vale porque todo el mundo lo hace a diario. ¿Crees que tus padres no lo hacían para no preocuparte? ¿Crees que no lo hace el sargento Barnes contigo? —recriminó Carter. Steve fingió sorpresa—. Te sorprendería saber lo que piensa ese hombre de ti.
—No me interesa saber nada de lo que hace Barnes o tú o cualquier persona del West Point —dijo Steve recobrando su seriedad. Aquello le confirmaba que Peggy no sabía nada de la relación que mantenía en secreto con Bucky. La mujer esbozó una sonrisa perversa.
—Conque no, ¿eh? Pues esa será tu perdición. Sin empatía no puedes crear una conexión y sin conexión, no podrás llevar a cabo tus engaños. Así funciona el comportamiento humano. La gente disfruta haciendo sufrir así que supéralo cuanto antes, Rogers —dijo Peggy dando el último tragó a su taza de café.
Se encontraban en la misma sala en la que Erskine había creado el suero. En esos momentos estaba vacía. Ya no había supercomputadoras ni mesas clínicas, ni archivadores repletos de papeleo. Lo único que quedaba era una mesa con una cafetera y unas sillas para sentarse. Cualquier rastro que revelara algún detalle de que allí se había llevado a cabo un experimento, había desaparecido.
De pronto entro Stark con un dossier amarillo en la mano. Estaba que trinaba y parecía no haber dormido en toda la noche. Era la primera vez que Steve lo veía fuera de sí.
—¿Y a ti qué tripa se te ha roto? —dijo Carter cruzando una pierna sobre otra sentada en la silla.
—Te daré la versión corta; no puedo hacer que el traje vuele —dijo Stark caer el sobre en la mesa con violencia—. Ya que el suero no le ha hecho tener los huesos ligeros a Rogers, es imposible elevarlo con su masa muscular. El vibranium es ligero, pero no lo suficiente. No poseemos la tecnología adecuada y no creo que un elevador por magnetismo solucionase el problema.
—Si puedo correr con ello, pelear y atravesar muros de hormigón armado, no creo que se necesite mejorar nada más —opinó Steve en voz alta y en seguida se arrepintió.
—Oh, vaya, pero si sabe hablar. Pensé que habías hecho voto de silencio para cuando estuvieras cerca de mí. Ahórrate tus puntos de vista y háblame cuando consigas que no te venza una chica en combate —dijo Stark con brusquedad.
—No sé qué quieres decir con eso, Howard. Podría matarte con un pulgar si quisiera así que no se por qué me tiene que vencer a mí primero si tú todavía no lo has hecho —dijo Peggy arqueado una ceja con una sonrisa cáustica. Steve sonrió de forma inconsciente y Peggy lo advirtió—. ¿Lo ves, Steve? Empatía. Me burlo de este capullo y así tu te sientes más comprendido.
Steve lanzó un suspiro, contrariado. Aunque no tuviera ninguna intención de mantener una relación con Peggy más allá de la estrictamente laboral, le habría gustado al menos tener un momento de descanso de su molesto sarcasmo.
—De todas formas, todavía no sabemos todos los detalles de la misión que tenemos que llevar a cabo —dijo Peggy levantándose de la silla y dejando la taza vacía de café sobre la mesa—. Si no puedes ajustar un parámetro del traje que puede ser sustituido por otra labor, no creo que te lo tengan en cuenta. Además, el vibranium es caro como para hacer otro prototipo. Te sugiero que pienses un poco con la cabeza y dejes a un lado tus ansias.
—Ike me confió a mí esa tarea, no hables sin saber. Lo hizo por una razón y si no la llevo a cabo lo decepcionar él y tendremos menos oportunidades de vencer la guerra contra esa escoria nazi —dijo Howard ocupando la silla en la que previamente se había sentado Carter. Estaba pálido y ojeroso y no debía de haber descansado en horas. Su pelo negro desaliñado caía sobre su frente sudorosa y su bigote era la viva imagen de un jardicito descuidado.
—Seguramente encuentres la solución pronto. Eres un gran científico —dijo Steve para sorpresa de los demás.
—¿Qué? —dijo Howard mientras Peggy comprendía lo que estaba pasando.
—Te está tomando el pelo, vete a dormir —continuó riendo Peggy. Howard le dedicó una mirada inquina pero obedeció a Peggy inmediatamente mientras esta lo despedía entre carcajadas—. Menos mal que me he tomado un café. No sé que me pasaría ahora si estuviera borracha. Madre mía, qué día llevamos. En fin, Rogers. Buena jugada.
Steve no dijo nada y se limitó a asentir y a incorporarse para salir fuera de la sala. Sin embargo, Peggy se levantó con rapidez de su asiento y lo retuvo por la muñeca. Steve se volvió desconcertado.
—Espera, Steve. Realmente quisiera pedirte disculpas por mi comportamiento. Sé que no lo has tenido fácil y nosotros hemos sido bastante problemáticos contigo. Pero eres un gran soldado y un buen camarada y no me gustaría estar enemistada con un hombre como tú —confesó ella con cierto rubor en sus mejillas. Pero las palabras de la mujer no inmutaron al capitán que permaneció hierático y con una mirada neutra.
—Usted eligió cómo tratarme desde el principio. Si me veía como un mocoso repelente y no le gustaba, ese es su problema, no mío. No me gustan los abusones, señorita. Y por que ahora se ponga la piel de cordero, sé que debajo se esconde el lobo —contestó Steve paciente, a que la otra le soltara. Pero ella no parecía rendirse en su afán por intentar ganarse su simpatía—. No se equivoque conmigo. Puedo reírme con usted, pero nunca estaremos en el mismo bando.
—A veces, sin darnos cuenta, tratamos de mala forma a quienes queremos y les hacemos sufrir —replicó ella bajando la cabeza.
—Puede ser, pero no se les humilla sin razón, como ha hecho usted conmigo todos estos años...
Peggy lo interrumpió acercándose a él, poniéndose de puntillas y besándole en los labios, temblorosa. Él no se movió y se dejó besar, pero sin ceder ante aquel momento de pasión que ella estaba intentando brindarle.
—Qué poco has entendido de qué va todo esto, Rogers —dijo ella llevándose las manos a las sienes para masajeárselas—. Somos crueles con quienes amamos porque tenemos miedo de abrirnos. Tenemos miedo de ser vulnerables y que se rían de nosotros. Y eso también te implica a ti. ¿Crees que no quería ser amable contigo y preguntarte cómo te iba y mostrarme más comprensiva? Pero vivo rodeada de hombres y no es fácil distinguir a uno bueno de uno que no lo es. Y, como has podido observar, a mí tampoco se me dan bien las relaciones humanas. Por eso sé cómo vas a reaccionar. Porque me recuerdas a mi cuando me creía invencible, y nunca lo somos.
Steve, atónito la observó de arriba abajo sin saber qué hacer en ese momento. Peggy ¿enamorada de él? ¿Le estaba abriendo su corazón?
—Lo siento pero no puedo corresponderle —dijo Steve. Carraspeó incómodo y desvió la mirada.
—Es por Barnes, ¿verdad? —dedujo Peggy cruzándose de brazos.
—No —mintió él de manera imperceptible—. Es porque no puedo pensar ahora en otra cosa que no sea en la guerra, Peggy.
Se maldijo a sí mismo por haber utilizado su diminutivo pero eso pareció divertir a Carter. Se acercó a él y lo abrazó con fuerza. Era la primera vez que ella tenía un gesto amoroso e íntimo con él. La última vez que estuvieron a solas Steve aún era un chico asmático y ella estuvo a punto de darle una bofetada. Él correspondió sin mucho entusiasmo mirando a un punto concreto de la habitación ensimismado en sus propios pensamientos. No había olvidaba. Ni podría perdonarla nunca. Pero quizá pudiese ganarse su confianza y dejar de levantar tantas sospechas por su carácter huraño frente al resto del cuartel.
Y luego estaba el asunto de que Carter le había dicho a Howard y este a su vez había propagado el rumor de que Bucky era homosexual. Y ahora el resto del pelotón le hacían el vacío. No, no señor. Peggy podría tratar de besarlo una y mil veces, pero el daño estaba hecho. Bucky era lo único que le importaba en aquel nido de víboras.
—Ven conmigo al bar siempre que quieras —ofreció ella resolviéndose su pelo rubio bien peinado—. Te enseñaré cómo debes beber. Ya eres todo un hombre, ¿no?
—Adiós, Peggy —suspiró el con exasperación dándole la espalda para marcharse de allí.
—¡Eh, espera, oye! No te enfades —dijo ella riéndose mientras lo perseguía por el pasillo del Ala secreta.
Esa noche, tras haber terminado la dura jornada de entrenamiento, Steve se dirigió a su compartimento exclusivo para capitanes de la armada. Con un cuarto propio podría tener la privacidad que necesitaba para llevar a cabo sus encuentros clandestinos con Bucky. Él ya le estaba esperando cuando entró. Steve se dio cuenta de que su compañero tenía algo en su regazo. Una mirada de tristeza invadía sus ojos azules.
—¿Bucky? —llamó Steve alarmado.
El sargento hizo entonces un gesto de limpiarse los ojos con la manga de su camisa y alzó el rostro dedicándole al capitán una sonrisa que intentaba disfrazar su aire taciturno.
—¡Steve, te estaba esperando! Quería enseñarte una cosa. —Bucky se levantó del borde de la cama y le tendió a Steve un bloc de dibujo y una caja de carboncillos—. Como dijiste el otro día que querías pintar te he comprado esto. Tuve permiso el otro día y aproveche. ¡Ah! Y también he comprado esa gramola del rincón —dijo el sargento señalando el aparato de música que había cerca de la cama de Steve.
—Bucky —dijo Steve conmovido por aquel gesto y agarrando el material de dibujo—. No tenías por qué...
—Quería hacerlo y ver cómo se te iluminaba la cara —confesó el otro ampliando su sonrisa y moviéndose con nerviosismo mientras se frotaba las manos—. Y además... No terminé de darte tu lección de baile.
—Bucky, espera —dijo Steve reteniéndolo para a continuación abrazarlo con fuerza. Su amante, le correspondió enseguida, hundiendo la cabeza en su pecho—. ¿Te han seguido tratando mal?
Bucky asintió débilmente pero no dijo nada. Steve furioso contestó:
—Te juro que voy a destruir a ese Stark.
—No, no. Trabajáis juntos y no quiero que tengas problemas con el general Eisenhower...
—No puedo permitir que se salga con la suya y verte triste por su culpa. Maldito desgraciado...
—La vida se lo hará pagar, ya lo verás. Soy feliz cuando estoy contigo, solo necesito eso. Déjalo estar, Steve —dijo Bucky alzando la vista y sonriendo a su chico conciliador.
Steve no pudo contenerse y volvió a besarlo. Y de nuevo comenzó a dudar del futuro de aquella relación. No quería tomar la dolorosa decisión de romperle el corazón porque se lo rompería a sí mismo también. Quizá si Bucky estuviese dispuesto a dejarlo todo para entrar en Hydra y estar juntos... Aunque el capitán sabía que eso jamás podría suceder.
Bucky deshizo el abrazo y se dirigió a encender la gramola, el disco comenzó a rodar sobre la plataforma metálica y la aguja a rasgar la rugosa superficie del pequeño plato de vinilo. Al momento, sonó una melancólica melodía y Bucky tomó a Steve de la cintura.
—Yo lidero, déjate llevar —dijo Bucky sonriendo sin dejar de mirar a Steve con un ligero rubor en sus mejillas.
Al principio, Steve cometió una serie de torpezas que casi tiran por tierra todo su esfuerzo de continuar la danza pero no se desanimó ya que Bucky lo encontraba muy gracioso y le insistía hasta que lo dominase.
—No, Steve, tienes que seguir el juego de pies —decía Bucky riéndose y mostrándole como debía hacerlo—. ¿Lo ves? Así es más fácil.
—Jamás se me dará bien esto... —se disculpó el capitán apesadumbrado.
—Eh, vamos —animó Bucky—. Roma no se hizo en un día. No todo el mundo tiene un talento desde que nace. Tú practica hasta que te salga. Y mientras yo me río de ti.
—Eres malvado conmigo —suspiró Steve. A continuación sonrió—. ¿Sabes qué? Debería ser yo quien liderase, así no tendría que dar tanto paso. Apuesto a que tú no sabes ser la otra parte.
Bucky rió e hizo que Steve diera una vuelta para acabar cayendo sobre la cama. El sargento aprovechó para ponerse a horcajadas sobre la cintura de su compañero e inmobilizarle las muñecas.
—Ya quisieras ser tan bueno liderando como yo, Rogers.
—¿Es un desafío? Sabes que podría superarte —replicó Steve con los ojos entrecerrados y una sonrisa torcida.
—Sí podrias; en tus sueños —puntualizó Bucky cerniéndose sobre él para besarlo con calculada lentitud para hacer que se quedara con ganas de más.
Empezaron a besarse sin pausa y Steve dejó de darle importancia a lo incómodo que le había resultado que Peggy lo besara sin permiso. Oh, dios. Ese beso. Tenía que contárselo a Bucky.
—Bucks, espera —dijo Steve mientras el otro le mordía el labio mientras lo besaba. El otro se separó confundido—. Hay algo que tengo que decirte y me parece importante que lo sepas. Esa mujer, Carter, intentó besarme antes. Yo me negué en rotundo pero ella está interesada y no sé, no puedo decir que estamos juntos tampoco porque volverá a suceder lo mismo y todo se volverá contra nosotros...
Bucky entonces se abalanzó sobre Steve y lo besó con más violencia hasta el punto de no dejar respirar a Steve. Este, aturdido, intento desembarazarse de él un momento.
—Ey, Buck. ¿Qué pasa? —dijo el capitán con la respiración entrecortada como la de su amante—. ¿Estas bien?
—¡Estoy molesto! ¿Por qué ella puede besarte tan libremente y yo tengo que buscarte a hurtadillas? —estalló el sargento—. ¿No se da cuenta de que...?
—¡Bucky! ¿Estás celoso? —dijo Steve incrédulo tomándolo de la cintura mientras se incorporaba, lo tumbaba bocabajo y se ponía sobre él, cambiando de posiciones—. Ey, no hay nada de qué preocuparse. Yo no la he dejado acercarse. No tiene ningún derecho a hacerlo. Yo te quiero a ti.
—¿De qué sirve eso? Ella seguirá intentándolo... —replicó Bucky con tristeza pero Steve lo silenció con otro beso.
—No intentará nada. Antes prefiero que las ratas me devoren a dejar que ella intente acercarse a mí de nuevo —aseguró Steve acariciándole el rostro.
—Eres idiota —dijo Bucky abrazando a su pareja.
—Pero soy tu idiota, ¿recuerdas? —le susurró a Bucky y este soltó una de esas risas que tanto gustaban a su capitán.
Steve permaneció despierto toda la noche. Bucky dormía junto a él desnudo. Escuchó su respiración mientras le acariciaba la espalda y se dejaba mecer por su ritmo acompasado pero sin llegar a cerrar los ojos.
—Te voy a romper el corazón —susurró Steve para sí con un suspiro de dolor—. Me odiarás por ello pero ¿qué otra alternativa me queda? No quiero hacerlo pero no tengo elección, Bucky. No la tengo.
